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Literatura y desengaño: Racionalismo barroco frente a idealismo ilustrado

  



En esta intervención se contraponen dos formas de racionalismo: el barroco español, entendido como un racionalismo materialista y crítico, y la Ilustración, interpretada como un racionalismo idealista, elitista y programático[1]

Según este planteamiento, la Ilustración reduce la literatura a un instrumento de adoctrinamiento moral y político al servicio de las élites, concibe la razón como patrimonio exclusivo de minorías ilustradas y transforma la creación literaria en una preceptiva rígida y normativa. Frente a ello, el Barroco —encarnado sobre todo en Cervantes, Quevedo, Gracián o Calderón— desarrolla una literatura de desengaño, no como pesimismo propio de las emociones de la impotencia, sino como conocimiento racional de la realidad efectiva: una realidad intervenida por el conflicto, las pasiones, la violencia, la hipocresía y los límites de la acción humana. 

El Quijote se alza así como la más poderosa crítica de las ficciones idealistas incompatibles con el mundo real, mientras que Quevedo representa la demolición satírica de ilusiones humanas, políticas y morales. 

La conferencia sostiene además que gran parte de la cultura contemporánea, en particular las élites intelectuales de la generación de los búmeres, prosigue enrocada en el idealismo ilustrado mediante utopías morales, pedagogías redentoras y discursos de una cursilería sentimental, de modo tal que pretenden imponer deseos tan subjetivos como anacrónicos sobre la realidad material del siglo XXI. 

Frente a ello, una literatura verdaderamente crítica debería ejercer la función de reintroducir en nuestro tiempo el desengaño racionalista, y destruir mitologías inútiles e ideologías fracasadas, así como mostrar la complejidad efectiva que les toca vivir a los más jóvenes, esa generación cervantina de chavales nacidos en el siglo XXI. 

La tesis final sostiene que el Barroco es más racional que la Ilustración precisamente porque no idealiza al ser humano ni confunde deseos absurdos con realidad efectiva, sino que exige ajustar el pensamiento a las condiciones materiales de la vida real, histórica y política.


1. ¿Qué concepto de literatura tiene la Ilustración?

El racionalismo de la Ilustración es incompatible con el racionalismo de la literatura. Por sorprendente que parezca, la Ilustración tiene un concepto de literatura por completo plano e inoperante, reducido esencialmente a adoctrinamiento moral.

Si examinamos el pensamiento literario de los ilustrados desde el punto de vista de las exigencias de la literatura, según su tradición hispanogrecolatina y los planteamientos metodológicos de la Crítica de la razón literaria, y no desde las exigencias de las filosofías ilustradas, estas serían las ideas principales y su respectiva interpretación crítica y dialéctica.

1. La Ilustración tiene un concepto de razón totalmente elitista, al servicio de la ética del poder político y minoritario, exclusivo y excluyente, que monopoliza la literatura como algo gestionado y producido por las élites, no por el pueblo, el cual queda reducido a consumidor acrítico, nunca a productor selecto. Ni siquiera a intérprete con validez y capacidades propias.

2. Asimismo, los ilustrados se arrogan de forma específica las facultades críticas e interpretativas de los hechos literarios, sin reconocer en el pueblo llano ninguna posibilidad al respecto. El poder intelectual y político estima que el pueblo, por sí mismo, es incapaz de comprender cualquier obra literaria, por lo que es necesario traducírsela a un lenguaje capaz de ser asumido por las deficientes facultades de la plebe. Esta tendencia persiste hasta hoy, y se manifiesta en el hecho de hacer creer a la gente común y corriente que es incapaz de leer el Quijote de Cervantes, y que por ello mismo necesita la mediación de las élites, a través de ediciones críticas, troceadas, fragmentadas, saturadas de notas apabullantes y obtusas o incluso traducidas a un supuesto «español actual», comprensible por su presunta facilidad, dado que el pueblo sería incapaz de leer directamente a Cervantes tal como los académicos sí son —supuestamente— capaces de hacerlo.

3. Pese a sus apariencias publicistas, la Ilustración concibe la ciencia como algo en lo que debe intervenir la filosofía, la religión —bajo el simulacro de la secularización— y la ideología política. La presunta independencia o autonomía ilustrada de las ciencias es una farsa más del discurso de los iluminados, como también lo es la idea de una secularización de la cultura o de un laicismo educativo. Nadie más religioso y pietista que Kant para preservar, en nombre de la Ilustración prusiana, idealista y fabulosa, una metafísica teológica frente al concepto mecanicista del mundo debido a la física de Newton. La Ilustración impuso un fundamentalismo científico que llega hasta nuestros días, donde la ciencia reemplaza dogmáticamente el papel que el monoteísmo del Antiguo Régimen reservaba a Dios. Hoy no se dice que el Dios de Lutero, protestante y reformado, nos niegue la libertad, en nombre del determinismo providencialista: hoy se niega la libertad en nombre de la mecánica cuántica, por ejemplo.

4. A diferencia del Barroco, la Ilustración es un movimiento con pretensiones globalistas que niega la dialéctica y toda forma de oposición, al fagocitarla desde una falsa combinación sintética, muy al estilo hegeliano, en virtud de la cual todo se armoniza. Las contradicciones insolubles, es decir, no armonizables, simplemente se descalifican en nombre de un supremacismo moral, cuya fórmula es muy simple: el adversario está moralmente equivocado. De este modo, el enemigo queda convertido en una errata biológica y ética que debe ser desautorizada por las buenas, en nombre de lo políticamente correcto, o incluso, por las malas, tal como planificó el nazismo, exterminada.

5. En consecuencia, el concepto que tiene de la realidad la Ilustración, es decir, la ontología ilustrada, es totalmente monista: todo depende de una potestad superior, y esta potestad son las élites que gestionan el poder político en nombre de un orden moral trascendente y globalista, cuya figura suprema no es Dios, sino el Estado. Hoy el Estado queda reemplazado por una nueva divinidad omnipotente y autosatisfactoria de todo tipo de bienes y dichas: el mercado global y sin fronteras. Todo está relacionado y subordinado al poder mercantil, político y providencial de las élites, y oponerse a ello es incurrir en un comportamiento equivocado e incluso delictivo. Una errata moral y penal. El pueblo llano queda reducido a un conjunto de recursos absolutamente sometidos al despotismo elitista. Esto explica que la democracia fundacional de los Estados Unidos asumiera la esclavitud como un hecho absolutamente natural, necesario y legítimo. Y que el siglo XXI, tanto o más neoilustrado que el XVIII, imponga un concepto de trabajo cuyos imperativos estén por encima de la libertad individual y de cualesquiera otras satisfacciones, de modo que el lema «el trabajo os hará felices» es la base de un nuevo derecho mercantil globalista donde se disuelven todos los primitivos derechos laborales y civiles encarnados en los decadentes y anémicos Estados de nuestra actual centuria.

6. El concepto de literatura que se deriva de estos postulados se resume en un único término: preceptiva. Los ilustrados consideran que una obra es literaria si reproduce literalmente la preceptiva o ley dictada para promover el ideal de razón elitista, idealista y programática en que se basan todos los objetivos monistas y globales de la Ilustración. La poética literaria, como conjunto de procedimientos constitutivos de los materiales literarios, de raíz aristotélica e hispanogrecolatina, queda derogada en nombre de la preceptiva neoclásica, que se impone programáticamente como un código penal sobre la totalidad de los procesos de creación literaria y artística. La literatura queda convertida en el siglo XVIII en un kitsch neoclásico y cerrado, sin posibilidades de desarrollo original.

7. En este sentido, toda genealogía literaria queda reducida a una sola y única familia, la literatura programática o imperativa, del mismo modo que había postulado Platón en su patibularia República. El modelo de este nuevo linaje literario será el Emilio de Rousseau, el manual oficioso de la pedagogía posmoderno impuesta en el siglo XXI. La crítica se extirpa de este modo de todos los niveles educativos, hasta su proscripción, reemplazada por sentimientos irreflexivos e intocables. Asimismo, la literatura crítica o indicativa resulta totalmente derogada y subrogada por una literatura programática o imperativa, según los dictados de las ideologías ilustradas y elitistas. El pueblo sólo puede votar y leer lo que las élites deciden y publican. Así es como el acto de votar se convierte en un acto de obediencia: votar es obedecer, leer es obedecer y vivir es obedecer. La educación es obediencia y todo es obsecuencia y sumisión. La educación, que remite a saber conducirse en la vida, resulta sustituida por la pedagogía ilustrada, como forma de obediencia, de modo que ejercer la libertad es cumplir con las leyes. En realidad, cumplir la ley es obedecer, porque la libertad se ejerce siempre dando un paso más allá de lo que las leyes, sobre todo en educación, permiten hacer, decir y pensar.

8. Por su parte, los materiales literarios, es decir, la ontología de la literatura, queda igualmente reducida en manos de los ilustrados a dos términos, con sus respectivas operaciones: autor / lector, de modo que el autor legisla y el lector obedece, pero no interpreta. La Ilustración no reconoce en la interpretación de las obras literarias más libertad que la autorizada por el protestantismo luterano ante las Sagradas Escrituras: la libertad de conciencia. Lo que ocurre es que la libertad de conciencia no sale de la conciencia, es decir, vive en la cárcel del cerebro y no en los escenarios vitales y legales de la vida real. El hecho clave está en que la libertad de conciencia del intérprete es la negación de la libertad de la ciencia que exige la literatura para poder ser interpretada como es debido, y no como es querido por la subjetividad del individuo, el gremio o la ideología de turno.

9. Por esta razón, desde el punto de vista de la gnoseología de la literatura, es decir, de las posibilidades de estudiar científicamente la literatura, se impone la interdicción, la prohibición o, sin más, el descrédito. La Ilustración es responsable de negar toda posibilidad de estudiar científicamente la literatura, en particular, y el arte, en general, con la intención de reducirlos a puro entretenimiento y pasatiempo. Baumgarten deroga el uso del término poética y lo reemplaza por el de estética (del griego aisthésis o sensación), de modo tal que el arte queda reducido a sus efectos sensibles. La literatura concebida por la Ilustración y el idealismo alemán renuncia a lo inteligible para limitarse a lo sensible. El Romanticismo hará el resto. Los ilustrados son los primeros en disolver la literatura en cultura, primer paso para reemplazar los estudios literarios por estudios culturales, y en convertir esta idea de cultura, indefinida y vacua, en ideología social para gremializar a las masas. La cultura se erige así en ideología. La cultura es una invención ilustrada de pueblos que tomaron conciencia de una carencia esencial y admirable en otros pueblos históricos y vecinos: la literatura. Alemania comprueba durante la Ilustración y el Romanticismo el poder de la literatura griega, latina e hispana, lo que provoca una reacción de cultura —que no de literatura— nacionalista germana con el fin de contrarrestar un pasado inasequible a sus pretensiones supremacistas. Los idealistas alemanes tratan de reemplazar la figura de Homero hasta disolverla en una suerte de Volksgeist germano, sin el cual sea imposible interpretar el resto de literaturas del mundo. En este contexto, un visionario y senescente Goethe postula una suerte de Weltliteratur o «literatura mundial alemana», algo así como una literatura comparada según la cultura germana.

10. El pensamiento religioso protestante interviene de forma totalitaria, bajo los imperativos de la Ilustración, el concepto de ficción literaria, de tal modo que leerá la literatura como si fuera una verdad —peligrosa—, un hecho real y no una fábula imaginaria. El idealismo ilustrado concibe la ficción literaria como una amenaza, de igual forma que Platón. La misma Ilustración que proclama la independencia de la Iglesia interpreta la literatura desde los dogmas morales más fuertemente teológicos, ideológicos y filosóficos de la historia, de modo que se toma la ficción en serio y proscribe los hechos literarios que considera delictivos o inconvenientes a sus ideales. En el siglo XVIII ocurre exactamente lo mismo que hoy, en pleno siglo XXI. Todo dogmatismo moral se toma siempre la ficción en serio, como una amenaza real y efectiva, tan nociva como la risa, lo cómico o el sentido del humor.

11. Desde el punto de vista de los géneros literarios, la Ilustración impone teorías normativas y preceptivas incompatibles con la literatura, su historia y su realidad, desautoriza el teatro español de los Siglos de Oro, la dramaturgia shakesperiana e incluso cualquier forma de entender la vida que, en nombre de una libertad real, no comulgue con la libertad ideal que propugnan, fraudulentamente, imperativamente, interdictivamente, tanto la Ilustración como su hijo natural y resentido: el Romanticismo. La literatura que no coincide con las teorías normativas de los géneros literarios ilustrados no es literatura. Dicho de otro modo: si algo falla, la culpa la tiene la realidad, no la Ilustración. Esta es una de las tesis nucleares del idealismo.

12. Finalmente, la Literatura Comparada se convierte a lo largo de los siglos XVIII y XIX, de la mano del positivismo histórico, en un poderoso testimonio de supremacismo afrancesado, para dar lugar en el siglo XX a un comparatismo anglosajón, con base geográfica en los Estados Unidos, tras el triunfo aliado en 1945. Sin embargo, este comparatismo literario acaba por disolverse a comienzos del siglo XXI en un globalismo indefinido, en nombre de una posmodernidad que no reconoce fronteras, y por lo tanto tampoco diferencias, de modo que la literatura es cultura y todas las culturas son iguales, por lo cual no hay nada que comparar. La Literatura Comparada, de larga tradición en el mundo hispanogrecolatino —recuérdese el libro de Cristóbal del Villalón, Ingeniosa comparación entre lo antiguo y lo presente (Valladolid, 1539)—, nos permite recorrer en la Edad Contemporánea una etapa de tres siglos, bajo el supremacismo nacionalista ilustrado y romántico de Francia, Alemania —frustrado en dos guerras mundiales— y Estados Unidos para desembocar actualmente en un nihilismo literario, cuyo océano es un mercado global y laberíntico en el que la literatura queda reducida al consumo de Harry Potter o la poesía cancioneril de un Premio Nobel como Bob Dylan.

 

2. El desengaño no es pesimismo,
     sino conocimiento crítico de la realidad

El desengaño barroco no debe interpretarse como una actitud sentimental, melancólica o psicológica, sino como una forma de racionalismo materialista y preventivo del fracaso. El Barroco tampoco concibe el desengaño como una filosofía existencialista, cuyo fin resida en sí misma, sin otras consecuencias que la autocontemplación, el narcisismo de la derrota o el nihilismo moral del impotente. El desengaño aurisecular consiste en comprender que la realidad no está organizada según los deseos humanos, ni responde a ideales morales, religiosos o políticos concebidos subjetivamente. Hablamos de un desengaño frente a las ficciones engañosas y los ideales fraudulentos.

La literatura barroca española —Cervantes, Quevedo, Gracián, Calderón, sor Juana— constituye una de las expresiones más poderosas de este racionalismo del desengaño. No porque niegue la existencia de ideales, sino porque demuestra críticamente su impotencia frente a las condiciones efectivas de la realidad histórica, política y antropológica.

El Barroco no afirma que «el mundo es malo». Sostiene algo mucho más profundo: el mundo —uno de los enemigos de la razón, esto es, del alma— no está hecho para satisfacer las ilusiones personales, sino para traicionarlas. Los deseos engañan al ser humano y a su forma de interpretar la realidad, muy al contrario de lo que postula toda la obra ilusoria de Freud. El Barroco, en suma, nos previene exactamente de lo contrario que afirma y promueve esa ilustración idealista y fabulosa: la tiranía de las emociones subjetivas, de los ideales engañosos y de las apariencias fraudulentas.

El idealismo ilustrado, en oposición a la inteligencia y el racionalismo barrocos, considera que la razón humana puede reorganizar satisfactoriamente la sociedad conforme a proyectos ideales e ilimitados de progreso, igualdad, virtud, paz o felicidad universal. El Barroco desconfía de tales construcciones porque conoce la potencia irreductible de las pasiones humanas, la violencia, la necedad y el conflicto político interminable.

 

3. Cervantes y su literatura:
     el desengaño barroco como crítica de la ficción idealista

El Quijote constituye sin duda la obra clave para comprender esta oposición entre racionalismo barroco e idealismo ilustrado.

Don Quijote no enloquece simplemente por leer libros de caballerías: enloquece porque interpreta la realidad según modelos literarios idealistas incompatibles con ella. Modelos cuyo idealismo procede de los libros de caballerías. Esta novela muestra constantemente el choque entre construcción ideal y resistencia material o efectiva del mundo.

La genialidad de Cervantes no consiste en ridiculizar únicamente al personaje, sino a lo que el personaje representa: el idealismo que ignora la realidad. En consecuencia, el Quijote explicita una realidad que destruye ideales imposibles y que advierte al ser humano del riesgo que supone vivir de forma incompatible con la realidad y el mundo. El conflicto no se reduce a «locura frente a cordura», sino a la imposibilidad de hacer coexistir idealismos y utopías —en las que sin embargo sí confía la Ilustración— con estructuras históricas y hechos reales efectivos.

La literatura barroca, a diferencia de la ilustrada y romántica, no tiene como finalidad catequizar moral o ideológicamente al lector, sino representar de forma crítica las contradicciones de la experiencia humana ante la realidad de los hechos y no bajo el idealismo de programas o imperativos morales supremacistas.

El Quijote desmonta varios mitos, como el mito de la justicia universal, el mito del heroísmo moral y supremacista, el mito de la bondad natural, el mito de la armonía social, el mito de que la voluntad humana basta para transformar el mundo o para exigir y legitimar esa transformación deseada, el mito de que las élites son mejores que el pueblo y que por ello mismo han de gobernar al pueblo, en nombre de una ilustración política (despótica) o de una política ilustrada, esto es, de un despotismo ilustrado.

Si don Quijote fracasa, no es por malvado, sino por inocente o ignorante, en su caso, por idealista —ignorante del funcionamiento de la realidad—, si bien sus adversarios triunfan precisamente no por inteligentes, sino por astutos, maliciosos e incluso indecentes, como es el caso de los duques y otros de sus pervertidos burladores, nobles o villanos.

Sin embargo, Cervantes no responde a estos mitos solamente con el cinismo y la ironía. El desengaño cervantino conserva inteligencia, humor y dignidad ante las clases humildes, a las que previene de frustraciones manifiestas y falsarias ilusiones. Don Quijote fracasa materialmente, pero revela una grandeza humana muy superior a la vulgaridad de cuantos lo rodean, sean nobles o clérigos, humanistas o plebeyos.

 

4. Sobre el racionalismo político del Barroco

El Barroco español surge en un contexto de decadencia europea —no solamente española— y punto culminante, por paradójico que resulte, de la consumación histórica del imperio hispano, así como de guerras constantes, crisis económicas y fracasos religiosos en la Europa reformada, que dan lugar a una multiplicación descontrolada de sectas protestantes, cuya repercusión llega hasta nuestros días. Esta visión del siglo XVII no suele verse explicada en la propaganda académica, por lo común de hechura afrancesada y anglogermana, sin duda negrolegendaria. No es casual que el siglo de Quevedo desarrolle una visión especialmente crítica de la condición humana, a la que la Ilustración se sustrae sofisticadamente para evitar conflictos ante los que no tiene respuesta ni explicación.

Frente al optimismo antropológico propio del idealismo ilustrado, el Barroco nunca pierde de vista varias constataciones y atestaciones de la realidad más viva y palpitante, que conviene declarar, aunque sólo sea para advertírselas a muchos búmeres e intelectuales neoilustrados nacidos a mediados del siglo pasado. El pensamiento barroco sabe que 1) el ser humano es racional por naturaleza, pero eso no basta para controlar las consecuencias de la vida, porque la razón, siendo imprescindible, no es suficiente; 2) la sociedad no elimina ni supera los conflictos: convive con ellos; 3) el poder político jamás desaparece ni clausura el curso de la historia: se transforma constantemente porque la libertad humana, a merced de una diosa Fortuna cambiante, no permite ningún final o estatismo histórico; 4) la violencia es constitutiva de la historia y la política, a las que conforma, y no es posible idealizarla sin fracasar; 5) la religión no resuelve las contradicciones materiales humanas, las moraliza; y 6) la razón tiene límites operativos que no se resuelven metafísicamente, es decir, la razón antropológica es incompatible con cualquier irracionalismo teológico que niegue la libertad humana, dicho de otro modo, es incompatible con el protestantismo y sus desenlaces nihilistas.

Todos los autores del último Siglo de Oro español convierten el desengaño en un instrumento de supervivencia intelectual, personal y profesional. El hombre prudente no es el idealista ni el humanista que ignora la realidad, al modo de Erasmo, Montaigne o Tomás Moro, sino quien conoce las reglas efectivas y reales del poder, la ambición o la hipocresía social, al modo de Nicolás Maquiavelo, Francisco Suárez, Francisco de Vitoria, Francisco de Quevedo, Juan de Mariana o Diego de Saavedra Fajardo.

El Barroco desarrolla diferentes formas de explicitar, examinar y hasta conjurar los múltiples idealismos, incorporándolos a su propio racionalismo materialista y crítico a través de la sátira, la ironía, la alegoría, el perspectivismo y la desmitificación de las apariencias, entre otros innumerables recursos.

El mundo barroco no condena el idealismo porque niegue la verdad, sino porque sabe que la verdad nunca aparece de forma transparente en la vida política o social, sino bajo apariencias confusas, engañosas, laberínticas. Esas son las formas del idealismo de las que abjura el Barroco, precisamente las mismas que la Ilustración se apresura a entronizar e idolatrar, con unos resultados absolutamente decepcionantes, de los que disfrutamos grotescamente en la posmodernidad del siglo XXI.

 

5. Quevedo y la demolición de las ilusiones humanas

Francisco de Quevedo representa quizá la forma más extrema del desengaño barroco. En su literatura aparece constantemente una serie clave de tópicos o temas barrocos: la corrupción del cuerpo, la degradación del poder, la fugacidad del tiempo, la falsedad de la vida pública y social, la miseria moral de hombres y mujeres...

Sin embargo, reducir este código barroco a simple «pesimismo» es una trivialización escolar y neoténica. Quevedo no lamenta sentimental o emocionalmente la decadencia, sino que la diagnostica de forma crítica y también preventiva. Por otro lado, el autor del Buscón (1626) y de los Sueños (1627) no es un precedente del existencialismo europeo finisecular y del siglo XX, de Kierkegaard a Sartre, pasando por Heidegger, sino que es el artífice mismo del existencialismo, de genealogía senequista y cristiana, al secularizar materialmente en su literatura muchos de los planteamientos de la filosofía católica.

Su literatura destruye toda idealización de la vida y sus exigencias, porque entiende que el lenguaje político, religioso y moral suele funcionar como un mecanismo que oculta y manipula perversamente múltiples intereses latebrosos. Quevedo es todo lo contrario a la publicidad y propaganda posmodernas. Es la antítesis de Rousseau y la desmitificación de Kant, es el antídoto de la Ilustración y la solución a los problemas que plantean desesperados e impotentes escritores como Nietzsche, Freud o Heidegger.

El Barroco descubre, a través de la prosa y la lírica de Quevedo, una verdad decisiva y censurada por la Ilustración: las palabras pueden convertirse en instrumentos de mentira institucionalizada. De ahí la importancia de la agudeza conceptual, de la sátira y del ingenio como formas de desenmascaramiento de las falsas apariencias y de las censuras de un poder que, en nombre de una supuesta libertad ideal, destruye la verdadera libertad política de la vida humana.

El Barroco combate además algo que la Ilustración preservará y potenciará en las manos exclusivas y excluyentes de las élites: los saberes esotéricos. Me refiero a los conocimientos ocultos, limitados a un grupo o gremio dominante, saberes esotéricos (con S), y no universales o exotéricos (con X).

El hombre del Barroco exige que el conocimiento sea literalmente «católico», es decir, universal o exotérico, y no algo circunscrito a élites que disponen de saberes e instrucciones no compartidos con el pueblo. En este sentido, el Barroco es un movimiento efectivamente católico, no tanto en el sentido religioso, sino según una forma secular y no jerarquizada de plantear y exigir una universalización del conocimiento, sin límites estamentales ni restricciones históricas, geográficas o políticas.

España no priva de sus conocimientos y tecnologías a los habitantes de la geografía hispanoamericana, al contrario de lo que sí hará el protestantismo en los territorios ocupados de los actuales Estados Unidos y Canadá, desplazando y reduciendo a la población nativa en «reservas» y espacios no compartidos con la población invasora. La anglosfera, obsesionada mordazmente por una idea fabulosa y mítica de pureza que cree poder preservar histórica y genéticamente, no se mezcla con lo ajeno: lo esclaviza.

Darwin es un resultado del protestantismo antes que un enemigo del creacionismo. Fíjense en el título completo de su obra: Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida (1859). La neoilustración intelectual posterior a la Segunda Guerra Mundial evitó siempre citar el título completo de este libro, porque su segunda parte resultaba muy inconveniente: «Las razas favorecidas en la lucha…». El concepto de libertad de Darwin es puramente genitivo: la libertad del más fuerte. Un concepto de libertad incompatible con el pensamiento de Cervantes. Y con la libertad del Barroco, más solidaria que la exigida por la Ilustración. Y acaso por ello mismo más difamada.

 

6. La Ilustración y el nacimiento del idealismo moderno

El idealismo es fruto de la Ilustración, no del Romanticismo, su hijo más resentido y consentido. La Ilustración es responsable de haber inoculado en las élites políticas una confianza ciega en un sistema de errores y prejuicios que, en pleno siglo XXI, ha cobrado fuerza nueva, hasta promover una peligrosa huida hacia adelante, capaz de precipitar a nuestra civilización en un abismo de nihilismo y agotamiento definitivos.

Estos prejuicios e ideales son, entre otros, los siguientes: exaltación del progreso como ideal histórico y pérdida de toda consciencia de las consecuencias regresivas o involucionistas de sus propios dogmas e imperativos visionarios, de modo que en nombre de un concepto alucinatorio de progreso todo está permitido; idolatría de la democracia ilustrada como fin de la historia; convicción de que la educación universal de las élites debe estar por encima de la educación del pueblo, lo que patenta la legitimidad de las minorías selectas, en términos de Ortega, o de las «minorías» —sin más, pues toda minoría sería «selecta» por naturaleza— contra cualesquiera mayorías, de las que las élites nunca formarían parte; la gestión de la política para el pueblo, pero sin el pueblo (fórmula inconcusa del despotismo ilustrado); imposición de reformas sociales al pueblo, pero sin contar con el parecer del pueblo, aunque el pueblo no necesite ninguna reforma, pues las élites deciden por él, al tratarse de una democracia en la que el krátos y el démos conviven separadamente; idealización subyugante de una moral humanitaria en términos elitistas y supremacistas, que todos deben cumplir por encima de su voluntad personal; la religión como ética del poder para las élites y al servicio de los intereses de las élites, nunca del pueblo ni para el pueblo, de modo que el sentimiento religioso verdadero es elitista, no popular; cultivo de la fe en los negocios como trasunto de Dios y exaltación del amor al dinero, no al prójimo; negación de la libertad del otro —sobre todo si es «diferente»— y afirmación del éxito propio, basado de forma exclusiva en la prosperidad económica; idealización del trabajo, el dinero y el liderazgo supremacista… La lista puede resultar interminable, sobre todo si apelamos a los procedimientos ideales —y materializables— de control globalista de la población, planetariamente, en función de intereses políticos y mercantiles. La única libertad autorizada es la libertad del mercado, no la del ciudadano, reducido a un ente de consumo sólo visible numérica o estadísticamente.

Autores como Juan Jacobo Rousseau o Manolo Kant creen posible fundamentar racionalmente una moral universal y una reorganización progresiva y programática de la sociedad. El concepto totalitario de Estado hegeliano precipitará el idealismo político de semejantes programas, abriendo las puertas del «progreso» histórico al marxismo y el nazismo.

Desde una perspectiva crítica, con la Ilustración nace la bestia totalitaria del idealismo contemporáneo. De hecho, nuestra vida en el siglo XXI es resultado del totalitarismo de la Ilustración. La frontera que separa el idealismo del totalitarismo es invisible. Y como el totalitarismo, la Ilustración promueve la creencia en soluciones definitivas o «soluciones finales» (la democracia como fin de la historia, en palabras de Fukuyama), decreta la confianza dogmática y programática en la pedagogía, defiende la idea de un progreso moral irreversible y determinista y exige la subordinación de la realidad a construcciones teóricas y elitistas de un idealismo absoluto y global. El Barroco habría considerado estas ideas como hiperbólicas formas de ficción antropológica incompatibles con la realidad y con la vida humana inteligente.

Donde la Ilustración afirma que «la razón humana es una facultad de las élites a la que ni el pueblo ni la población extranjera —diferente y ajena a las propias élites— debe acceder, porque, por su naturaleza imperfecta, ni puede usar ni debe disponer de tal recurso», el Barroco advierte que «el ser humano es, sin excepciones, un animal político intervenido por idealismos engañosos (pasiones, violencia y deseo de poder) que es necesario identificar y evitar para sobrevivir de forma racional y civilizada». La Ilustración combate cualquier forma de poder alternativo a las élites, de modo que actúa legitimada para usar con toda la fuerza de su sofística el idealismo como instrumento de engaño y fracaso ajenos; el Barroco, por su parte, por una cuestión de principios, combate el idealismo destinado a engañar al ser humano. Las posiciones son irreconciliables e incompatibles. Hoy, sin embargo, vivimos en sociedades enamoradas del idealismo. Hoy vivimos en democracia.

 

7. La literatura moderna como conflicto
     entre idealismo y desengaño

En nuestro siglo XXI, el desengaño está prohibido. A la democracia le falta realmente muy poco para prohibir, por ley, la infelicidad. Si eres infeliz, eres mala persona. Este imperativo parece ser el lema de nuestro tiempo. El objetivo de la publicidad, como el de la propaganda, es hacerte creer que la realidad es lo que compras cuando te venden las apariencias. En política, se llama democracia o totalitarismo, según compres o vendas o a la inversa.

La «literatura» mercantilizada por la anglosfera desde mediados del siglo XX puede leerse y consumirse como prolongación de esta tensión entre idealismo y desengaño, con la finalidad de entronizar el idealismo y extirpar toda experiencia o consciencia de desengaño.

El Romanticismo se propone reafirmar el idealismo sentimental e individualista. Frete a él, el Realismo recuperará críticamente la herencia barroca, coadyuvado por un renacer del naturalismo, que Zola trata de monopolizar como si lo hubiera inventado él mismo, y nunca antes se hubiera escrito un Libro de Buen Amor o Libro del Arcipreste, un Gargantúa y Pantagruel, un Lazarillo de Tormes o un Quijote, por ejemplo. Flaubert, Dostoievski, Galdós, Leopoldo Alas, «Clarín», o el propio Zola reaccionan contra el delirio romántico y enfrentan de nuevo al ser humano con los fracasos de las promesas incumplidas de la Ilustración. Emma Bovary, Ana Ozores y muchos otros personajes galdosianos fracasan precisamente porque intentan vivir según ficciones incompatibles con la realidad humana y eviterna, intervenida especialmente por los prejuicios sociales y políticos instaurados por la Ilustración. La novela realista se convierte así en una gran maquinaria de desengaño, capaz de recuperar muchos de los valores del Siglo de Oro en medio de las crisis múltiples de la Edad Contemporánea.

La literatura verdaderamente crítica —o indicativa— no confirma las ilusiones ideológicas de su tiempo, ni de ningún otro, como sí hace la literatura programática o imperativa, sino que las destruye y desautoriza incluso científicamente.

Sin embargo, nuestro más inmediato presente impone un retorno masivo del idealismo, de la mano del cine, la pseudoliteratura de mercado —pues otra literatura ajena al comercio resulta invisible (en la universidad la literatura ha muerto hace años)—, aplaudida políticamente en premios y galardones institucionales, internet y redes sociales y lo que queda de las proyecciones y seriales televisivos, básicamente en canales de pago.

Uno de los aspectos más actuales de esta oposición entre idealismo neoilustrado y desengaño, silenciado o eclipsado este último por la propaganda democrática y globalista, consiste en observar cómo gran parte de la cultura contemporánea, reducida a ideología, ha abandonado el racionalismo crítico —de orden barroco y dialéctico— para regresar a formas intensas de idealismo —de naturaleza ilustrada, romántica y hasta metafísica, semilla que está en el resurgir de nuevas creencias y oleadas religiosas—.

Hoy proliferan, con intensidad creciente y acrítica, utopías sentimentales, emocionales e ideologías de todo tipo, incluidas las religiosas; moralismos supremacistas basados en la fuerza de la fe, que no de la razón; psicologización extrema de la política hasta en los aspectos más íntimos de la vida, desde los colores hasta los morfemas; imposición de pedagogías redentoras a las que no es posible oponerse públicamente sin convertirse en un chivo expiatorio de masas intimidadas por el horror a verse individualmente sacrificadas; discursos en los que el deseo subjetivo pretende imponerse a la realidad material de la vida como verdad indiscutible. La enumeración puede continuar hasta el día del juicio final. Desde una perspectiva barroca, muchas de estas construcciones se interpretarían únicamente como nuevas formas de ficción idealista y engañosa. Pero no vivimos en el Barroco ni bajo sus ideales, sino en los imperativos estertorosos de los ideales ilustrados y posrománticos.

La literatura crítica o indicativa tendría entonces, en una visión barroca de la vida, la función de volver a introducir el desengaño racional: recordar los límites de la acción humana, mostrar la persistencia de conflicto que el idealismo no resuelve, destruir mitologías ideológicas de origen elitista, representar materialmente la complejidad de la experiencia histórica y presente y recuperar el desengaño como forma superior de inteligencia literaria.

La gran lección del Barroco español no consiste en enrocarse en la desesperación ni en la impotencia, sino en explicitar una dialéctica racional frente a las ficciones ideológicas de tal modo que prevalezca el desengaño ante el error y de este modo el ser humano evite el fracaso de su persona y de la sociedad política a la que pertenece. El Barroco es una estrategia racionalista ante el fraude del idealismo.

El desengaño no destruye ni inhabilita la acción humana, sino las ilusiones infantiles o neoténicas que ciegan nuestra forma deficiente de ver el mundo y de enfrentarnos a la realidad. Por eso Cervantes sigue siendo el más moderno y actual de todos los escritores universales. Porque muestra que la dignidad del hombre no consiste en vivir engañado, sino en actuar libremente frente los límites, contradicciones y adversidades que impone la realidad.

La literatura crítica no tiene como objetivo sedar moralmente la impotencia humana, sino hacer inteligible el mundo para que individuos y sociedades sobrevivan haciéndose compatibles con la realidad y sus exigencias.

Acaso la verdadera diferencia entre Barroco e Ilustración pueda resumirse llanamente al advertir que la Ilustración confía en que la razón protestante mejora al hombre, en tanto que agente comercial, diríamos, mientras que el Barroco sospecha que el primer deber de la razón es desengañarse a sí misma sobre el hombre mismo, y no hacerle creer en ideales de ningún tipo, sean políticos, religiosos, económicos o incluso humanísticos y filosóficos. El desengaño es el referente preventivo y supremo del Barroco, como el engaño lo es de la Ilustración.

 

8. Conclusión

La conclusión no es que el Barroco sea menos racional que la Ilustración, sino justamente lo contrario: el Barroco español es mucho más racional porque parte de la experiencia efectiva de la realidad histórica, política y antropológica, mientras que gran parte del idealismo ilustrado construye modelos abstractos, idealistas, fabulosos y supremacistas, de hombre, sociedad y progreso. Las utopías de la Ilustración han sido las más mortíferas de la historia.

En suma, el racionalismo barroco es un racionalismo material y vivo, mientras que el tan celebrado racionalismo ilustrado deriva con frecuencia hacia construcciones idealistas y utópicas. El Barroco no confía en ficciones normativas basadas en cómo «debería» ser el mundo, sino que se enfrenta al mundo —al que considera un adversario o incluso enemigo de la vida humana— tal como realmente es y funciona. Se centra en la ontología, no en la psicología, es decir, en los hechos, no en los ideales. Cervantes, Quevedo o Gracián ofrecen, en esta interpretación de la realidad, una inteligencia crítica más poderosa que muchos discursos ilustrados posteriores. ¿Dónde está el Quijote de la Ilustración? Sólo hay un Quijote, y pertenece a los Siglos de Oro, no a la Ilustración ni al Romanticismo. ¿Acaso los ilustrados razonaron mejor que el autor de esta novela maestra de la literatura universal? ¿Acaso Tolkien razona mejor que Cervantes?

El núcleo de esta interpretación está en que el Barroco no idealiza al ser humano, no cree que la educación suprima el conflicto ni supone que la historia avance moralmente, no confunde deseos con realidades ni convierte la razón en una utopía de la ética de las élites. Y precisamente por eso el Barroco hispano fue mucho más racional que la Ilustración y el Romanticismo anglosajones, porque ajusta el pensamiento a la materia de la experiencia histórica y humana en lugar de entronizar una pretensión idealista y quimérica: creer que la mente de las élites puede hacer con la realidad —y con el pueblo— lo que quiera.

En Cervantes el racionalismo barroco es inequívoco. Don Quijote no fracasa por exceso o deficiencia de racionalidad, sino por interpretar materialmente el mundo mediante ficciones idealizadas incompatibles con la realidad. La novela entera constituye una crítica demoledora de la sustitución de la realidad por construcciones imaginarias. El Quijote es una obra literaria incompatible con la Ilustración y la el racionalismo ilustrado. Quevedo o Gracián llevan estos mismos planteamientos aún más lejos si cabe: la prudencia barroca consiste en conocer las reglas efectivas del mundo, no en predicar desde una posición elitista ideales abstractos sobre él.

De este modo, la oposición correcta no es Barroco = irracionalismo / Ilustración = racionalidad, sino más bien la inversa: Barroco = racionalismo crítico y materialista; Ilustración = racionalismo idealista, supremacista y engañoso. El Barroco conduce al desengaño y la Ilustración exige el engaño. Son dos polos opuestos e irreconciliables. Ahí está el eje efectivo y dialéctico del planteamiento.

Y concluyo con un ejemplo vivo y manifiesto. Piensen que Tolkien es resultado seductor del idealismo ilustrado y romántico. Cervantes, por su parte, es una demostración del racionalismo barroco y de su experiencia y prevención del desengaño. No es lo mismo ver la realidad con los ojos de Tolkien que con los de Cervantes. Ustedes eligen.


Jesús G. Maestro


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NOTA

[1] Conferencia pronunciada oral y telemáticamente para la Universidad de La Laguna, Tenerife, a instancias del Grupo de Investigación en Estudios Semióticos Aplicados (GIESA), Área de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, el 15 de mayo de 2026.


Los idealistas y la literatura

 





Los idealistas no saben qué hacer con la literatura. Realmente, nunca han sabido qué hacer con la literatura. Cuando se enfrentan a ella, se encuentran en un laberinto. En todos los casos, fingen ante sus lectores una inteligencia de la que carecen, y que sólo resulta alucinante para quienes, peores aún que ellos, por su ignorancia, se dejan encantar y fascinar por palabras que les suenan bien simplemente porque no las entienden. Y no las entienden porque nada significan. Lo peor de un ignorante no es que no sepa distinguir un redondel de una circunferencia, según la geometría, o un Mi sostenido de un Fa natural, según la escala cromática. Lo peor es que no permite ni tolera que los demás sean capaces de distinguirlo y de explicárselo.

La crítica literaria está sobresaturada, sobre todo desde la Ilustración y el Romanticismo, de gentes que creen que interpretar la literatura es escribir y publicar «cosas bonitas» sobre literatura, desde citas ectópicas de metáforas ajenas hasta frases de autoayuda que sólo se pueden cultivar en las emociones más básicas de un tercer mundo semántico y bobalicón.

A la gente se la seduce por sus deficiencias emocionales, no por su inteligencia. Eso lo sabe muy bien todo tipo de sofistas, intelectuales y amigos del comercio. Y de este modo se la conduce hacia los laberintos del siglo XXI, de modo que nadie pueda salir de ellos. La ignorancia individual desemboca en la hipnosis colectiva. Porque hay algo peor que un ignorante que desconoce lo que la literatura es: hablo del impostor que utiliza la literatura para engañar a sus posibles lectores. Servirse de la literatura para timar al prójimo es algo acaso tan infame como servirse de la medicina para privar de vida a un ser humano contra su voluntad y conocimiento. Porque privar a alguien de una vida inteligente es uno de los mayores actos de crueldad y vileza que pueden darse en este mundo.


Jesús G. Maestro



A la gente se la seduce por sus deficiencias emocionales,
no por su inteligencia: los timadores



Autorretrato

 



Autorretrato


Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI


Con motivo de la publicación del libro titulado Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI, en la editorial HarperCollins, pongo a disposición, tanto de los lectores de la obra impresa como de los oyentes del audiolibro, el siguiente autorretrato, en el que, en formato audio, respondo de forma abierta y clara a las preguntas y cuestiones que me han hecho llegar.

Estas palabras han de entenderse como lo que son, un autorretrato que sirve de preludio o introducción a la lectura de este libro, Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI, pues en realidad yo soy un total desconocido para casi todos mis oyentes y lectores, aunque la mayor parte de la gente crea lo contrario, algunos finjan conocerme ante terceros o no falte quien imagine haber pretendido lo imposible. La apariencia no es la realidad, salvo para el mundo anglosajón, que prefiere el espejismo al oasis y la mentira al desengaño.

Con inevitable frecuencia es fácil confundir al personaje que habla en un vídeo, o al autor de una obra académica y científica, con la persona real que da cuerpo a ese personaje, y que no siempre se corresponde con él, a pesar de todas las apariencias posibles, reales e imaginadas por los espectadores. Comúnmente la gente se hace una idea muy equivocada de la persona real, y adquiere de ella una imagen que nada tiene que ver con esa realidad genuina y con frecuencia invisible. Es muy fácil confundir realidad y apariencia, y habitualmente, como es bien sabido, toda apariencia tiende al engaño. Es conveniente disociar algunos aspectos, muy importantes, entre persona y personaje, es decir, entre la realidad del que habla y las ficciones que mediáticamente, a veces también mítica o hasta legendariamente, estimulan la imaginación, idealista y errada, de unos y otros.

Algunas personas me preguntan, con cierta insistencia, quién soy yo, cuál es mi ideología, por qué digo esto o aquello, qué obras literarias prefiero o recomiendo, si soy partidario del aborto o de los abortos ―el plural aquí no es lo mismo que el singular―, a quién voto en unas elecciones o qué objetivos políticos tengo, qué sistema educativo considero mejor para la educación de los listos o de los tontos, o, simplemente, me preguntan por qué no respondo a sus mensajes.

Me hacen, en suma, inquisiciones personales.

A fin de responder de forma discretamente definitiva a estas y otras cuestiones, expongo aquí, con fines disuasorios, una suerte de autorretrato, introducción a una serie de pensamientos aforismáticos y obras escritas en las que se sintetiza y objetiva mi filosofía de la vida, una filosofía de la que muchas personas se han hecho eco en internet y otros medios, a partir de mi obra impresa y de mis vídeos en YouTube.

Debo decir que la mejor forma de encontrar una respuesta a cualquier pregunta sobre mí es leer mi obra, directamente y sin intermediarios, e interpretarla ―en su contexto― con la debida atención. Leerla, sobre todo, sin patologías previas. A las patologías, comúnmente se las llama prejuicios.

Un hecho ha de quedar claro desde el comienzo, y para siempre: yo no hablo en nombre de ninguna ideología, ni de ninguna religión, ni de ninguna filosofía. Yo sólo hablo en nombre de los conocimientos de que dispongo. Tampoco hablo para gustar, ni para disgustar. Hablo y escribo, simplemente, para exponer un sistema de ideas, relacionadas siempre de un modo u otro con la literatura.

En mi vida, hasta este momento, he escrito esencialmente tres libros. En primer lugar, Crítica de la razón literaria, cuya primera edición es de 2017 y cuya décima y definitiva edición es de 2022. En segundo lugar, Ensayo sobre el fracaso histórico de la democracia en el siglo XXI, cuya primera edición es de 2020 y cuya tercera y definitiva edición es de 2024. En tercer lugar, he publicado el libro que aquí y ahora presentamos: Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI. El primer libro se refiere a la literatura; el segundo, a la política; y el tercero, a mi público, es decir, a ti. También he difundido mi actividad docente de forma abierta y gratuita en más de mil ―y pico― vídeos, y he publicado unos cuantos artículos, opúsculos y ensayos. Mi primer artículo en la prensa lo publiqué con 16 años de edad, en el diario La Nueva España, de Oviedo. Desde entonces no he dejado de escribir y publicar en diferentes medios de comunicación.  

El primero de estos libros, que titulé Crítica de la razón literaria. Una Teoría de la Literatura científica, crítica y dialéctica, constituye un método original y propio de interpretación literaria, cuyo objetivo, entre otros, ha sido el de sacar a la literatura del cubo de la basura en que la han metido las universidades actuales. En ese libro hablo de lo que sobre literatura no me enseñaron en la Universidad. Necesité sólo 20 tomos, exactamente 7.198 páginas. Escribirlo me llevó poco más de 20 años. Mis colegas lo han conocido por sus hijos y alumnos. Los más viejos de ellos lo han ignorado por completo. Es una obra que no pueden permitirse. Ni reconocer. Se sienten desautorizados y en evidencia. Tantos años en esto, para darse cuenta al final de que no han hecho más que repetir en español lo que otros dijeron antes en francés, inglés o alemán. Acaso también en ruso. Los más jóvenes, sin embargo, han convertido esta obra en su libro de cabecera. Algo tendrá el agua ―dicen― cuando la bendicen. Sea como fuere, la Crítica de la razón literaria ―y así lo ha advertido más de un lector― se ha adelantado a toda una generación de lectores, y se ha saltado directamente a los más viejos avechuchos para instalarse entre los más jóvenes e interesados milenaristas.

El segundo libro, para el que fueron suficientes unas semanas, lo titulé Ensayo sobre el fracaso histórico de la democracia en el siglo XXI. La posmodernidad democrática como medio de destrucción de la libertad y del Estado moderno. Este escrito habla de tres hechos terribles y, pese a todo, muy atractivos, entre otros francamente inconfesables, que, en el siglo XXI, determinarán de modo irreversible la vida de todos y cada uno de nosotros, y de nuestros descendientes: el fracaso de la democracia y la destrucción del Estado moderno, el triunfo de la barbarie y la ignorancia violenta, y la deshumanización digital del ser humano, ejecutada a través de internet y sus múltiples redes arácnidas, inteligencia artificial incluida.

El tercer libro, Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI, del que este autorretrato es una introducción, ha sido una exigencia de los dos primeros y una consecuencia de la difusión de mi obra académica y científica, así como de mi labor docente, visible a través de múltiples medios de comunicación audiovisual, en particular a través de YouTube.

Se sintetiza aquí una filosofía de la vida, la mía propia, que expongo en este ensayo, por si puede ser de interés para lectores, oyentes y espectadores. No es un libro de autoayuda, sino todo lo contrario: es un libro de desengaño y de crítica feroz contra quienes no tienen nada que decirnos y, sin embargo, no cesan de intoxicar nuestra vida, nuestros conocimientos y nuestra libertad. El lector tiene aquí un libro para sobrevivir al siglo XXI: una filosofía que es, ante todo, mi modo personal de organizar las ideas de las que disponemos y con las que actuamos. A partir de aquí, tú, lector, oyente o espectador, decides.

Esta trilogía es, por el momento, mi obra esencial. Como he dicho, el primero de estos libros habla de literatura y el segundo de política. El tercero habla de ti. De lo que hablen sobre el personaje de YouTube, al que han dado vida ―una vida virtual― los sueños de mis espectadores, sea cada uno de ellos el único responsable.

 


No soy responsable
de lo que hago en los sueños de los demás


He dicho muchas veces que no soy responsable de lo que hago en los sueños, fantasías o pesadillas ―redes sociales incluidas― de los demás.

No conviene confundir a una persona con su personaje. No quiero decepcionar a nadie, pero quien habla en los vídeos es un personaje que no siempre se corresponde con mi persona. De hecho, yo no soy mi personaje. Y no volveré a insistir en esta realidad. Lo sabemos desde que los antiguos griegos escenificaron la esencia y artificio del teatro moderno. Actor es la persona cuyo cuerpo da vida y soporte a un personaje. Su máscara. Es un referente físico en quien se objetiva un significado, acaso múltiples hipótesis, y hasta algún que otro relato, sin duda legendario y también falso y marfuz.

De hecho, la realidad que hay en la persona que da vida a ese personaje la conocen muy pocos, y casi nadie completamente.

Para mis antiguos alumnos, los del pasado siglo XX ―comencé a dar clase en la Universidad en 1993, con 25 años, tras doctorarme en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada―, soy acaso nada, o en el mejor de los casos, un recuerdo sin consecuencias. Para mis actuales alumnos, los del siglo XXI, soy un perfecto desconocido: ni siquiera saben mi nombre, no tienen ningún interés en recibir mis conocimientos y no me identificarían ni personal ni profesionalmente en ninguna parte ni lugar. En este punto, soy igual que mis colegas. Sólo que yo lo sé y lo digo, y ellos ni pueden hacerlo ni se atreven a decirlo.

Para los de izquierdas, soy de derechas; para los de derechas, soy de izquierdas. Así de listos son unos y otros.

Para los protestantes, soy un católico luzbelino; para los católicos, soy un caso perdido; para los agnósticos, un escritor inútil, y para los ateos, un jeroglífico. Para el resto de creyentes, un don nadie, excepto para los filósofos, que me hacen preguntas propias de personas que no han trabajado nunca. Para las feministas soy un hombre ―mea culpa―. Y tienen razón: formo parte de una generación de seres humanos que todavía alcanzó a distinguir a las personas por su sexo, y a no discriminarlas nunca ni por su género ni por ninguna otra cuestión irrelevante. Para los polemistas y ergotistas de todos los signos, sean de esto o lo contrario, soy alguien que ―salvo por su forma de razonar― debería estar con ellos y no contra ellos, aunque lo realmente cierto es que no estoy ni en contra ni a favor de hechos y debates que me rebasan (por no decir que me resbalan) y ante los que no tengo nada que hacer ni que aportar. No me atraen los querulantes.

Para los enemigos de los buenistas, soy buenista; para los buenistas, no soy buenista, porque soy heterodoxo ―es decir, original― e indómito, dado que no permito que me eduquen para obedecer; para quienes me conocen laboralmente, soy lo que hay: un intérprete de Cervantes, de la literatura en general y de la Literatura Española e Hispanoamericana en particular, y también de la Teoría de la Literatura, de la que he hablado como lo que es, una ciencia de los materiales literarios. La administración dice que soy, también, especialista en Literatura Comparada (sea de ello responsable la administración).

Soy, en suma, alguien que, a partir de su propia formación autodidacta como profesor de Universidad, en el ejercicio investigador y docente de la Filología Hispánica durante más de tres décadas, ha construido, para bien o para mal, una Teoría de la Literatura nueva, original y diferente.

La Crítica de la razón literaria se ha enfrentado sin reservas a una tradición que, entre otros muchísimos lastres, subordinaba el Hispanismo a los dictados de otras naciones y culturas, a mi juicio muy incompetentes en materia literaria, las cuales imponían a nuestras élites universitarias y políticas una forma de interpretar la literatura ―y en particular la literatura hispánica― con la que una persona inteligente no puede estar científicamente de acuerdo. No me dio la gana de aceptar eso, y por ello mismo escribí mi propia obra. En ella se contiene el mayor reproche a mis profesores universitarios: nunca fueron, ni supieron ser, originales. Fueron copistas, traductores e importadores de lo que se hacía en el extranjero. Y lo hicieron acríticamente. No me aportaron nada. Y si dijera otra cosa, mentiría. Hablo de la Universidad, porque en el bachillerato conocí a los mejores profesores de toda mi trayectoria académica y vital.

 


Políticos, maestros y colegas


Para mis colegas, soy una oportunidad (que cada uno ha gestionado según sus propias capacidades, o visto frustrada según mis personales decisiones o intereses). Para los investigadores más jóvenes y competentes, soy un tema para una tesis. Para la Universidad, un superviviente al que nunca los lenones pudieron silenciar, ni detener, ni domeñar: una rarísima avis a la que el poder nunca logró seducir con nada ni con nadie. Para los caciques, una bofetada a tiempo, y en algún momento una buena hostia a destiempo, pero siempre muy bien dada. Nunca es tarde ―dice la paremia―, si la dicha es buena. A veces, la dicha, se manifiesta de forma violenta.

Para los maestros, cualquier cosa menos lo que esperaban, cualquier desenlace menos un discípulo, cualquier resultado menos una obsecuencia: soy los antípodas de la sumisión. Nunca una frustración ―para ellos―, pero en algún caso sí un resentimiento, si nos acordamos ―no la nombremos― de alguna vieja gloria cada vez menos gloriosa y más vetusta. Para los resentidos y envidiosos, una viruela que sólo ellos saben por qué padecen. Para las camarillas, siempre fui una puerta cerrada y un despacho vacío. Para el poder académico, una total pérdida de tiempo.

El poder académico ―sea dicho con toda legitimidad― es una de las formas más ilusorias y pueriles de poder. El poder académico se limita a hacer de mensajero e intermediario informático, porque hoy toda burocracia académica no es otra cosa que reenviar correos electrónicos, los cuales se reciben inconscientemente de una instancia burocrática y se remiten a otra. No hay más. No es ni siquiera sumisión ni servilismo. Es algo mucho más simple y degenerado: es mensajería electrónica propia de gente que no sabe hacer su trabajo, es decir, dar clase, y que lo disimula eclipsándose en el lisérgico pseudopoder académico. La golosina de los bobos. En ese ejercicio se entretiene, ilusa y vaga, en realidad neutralizada, más del noventa por ciento de la población universitaria mundial. Siempre me negué a ocupar cargos de gestión académica. Y aun así las llamadas agencias de evaluación se vieron obligadas a acreditarme como catedrático. En contra de su voluntad, naturalmente, y de la de algún envidioso y frustrado colega.

Para los políticos que no me conocen, soy un presunto voto; para los políticos que me conocen, un sofión sin reservas. Para la democracia, una carcajada. Ante el supremo cortesano, el espectador de una obra de teatro cuyo final ignoramos tanto como deseamos... conocer. Y para la ramerilla de la democracia, es decir, para la prensa, soy el hombre invisible. Sea así por muchos años.


 

¿Hombres y mujeres?


Para hombres y mujeres soy lo que, en cada caso, unos y otras merecen por sus obras. Porque las palabras, entre los seres humanos, sólo sirven para engañar, con mejor o peor torpeza. Por ello, para los hombres soy, en algún caso, el maestro que imaginan o desean, y que no tienen, o no han tenido; en otros casos ―casos tronados, todo hay que decirlo―, soy lo que desearían para sí y saben imposible, una fascinación urticante, la sal en la envidia, la ortiga en el orto, una cara que no sale en su espejo y un libro que acaso hubieran querido escribir, cuando ni siquiera lo pueden reseñar: para más de uno, la impotencia de todos sus días; y en la mayoría de los casos sólo soy alguien que, simplemente, a veces responde a sus mensajes y a veces no. Para las mujeres, soy lo que cada una imagina ―bajo su responsabilidad―, y alguna consigue ―bajo la mía―: atención y distancia. Es decir, soy lo mismo que para los hombres.

Para los memos un meme: confieso que la puericia crónica no es lo mío. Pero les gusto. Los memos también buscan espejos. Y pareja. Opositores a Narciso, combustible de psiquiatra, carne de suicidios. No en vano la fascinación especular tiene genealogías patológicas de las que sólo el memo ―y no el modelo― es responsable. Para los enemigos, soy una sorpresa. No digamos más. Pero... seamos francos... lo cierto es que no tengo enemigos: tengo gilipollas. Para los amigos, un amigo desengañado, consciente de que la traición la ejecutará siempre uno de los mejores. La traición, como la noche, como la Historia, como la muerte, como el tiempo mismo..., nunca tiene prisa. Y es, sobre todo, como la muerte y como Hacienda: siempre llega.

Para los traidores, soy eso, literalmente, un viejo amigo. Para el calumniador, una persona que desmiente con hechos la mentira de sus palabras. Porque la calumnia siempre revela los intereses y expectativas de los crédulos, que la buscan inflamados y la retroalimentan latebrosamente. La calumnia contiene siempre la matriz de las intenciones del calumniador, pero nunca la realidad de los hechos adulteradamente narrados. Engáñese cada uno como quiera: la mentira no me necesita. Si tú la necesitas, ve con ella. Ve con el diablo, no conmigo. Para el gremio de los envidiosos, tengo un arsenal de contenidos originales ―y muy codiciados― titulado Crítica de la razón literaria.

Para la música, soy una frustración que ignora todas sus frustraciones: una disposición constante y una voluntad silvestre y libertina. Para mi querido y estimado profesor de música, soy ―acaso en algún momento― un pequeño dolor de cabeza comprensible y perdonable. Siempre compatible con su magisterio, que es lo más importante, porque le debo lo mejor de lo que soy capaz ante un instrumento delator e insobornable, como es el piano. Los profesores de música son los únicos maestros que reconozco, porque jamás podré superar su originalidad magistral y su paciencia infinita y generosa. Les debo el tiempo y el saber, inmenso, que me han dado. También a mi maestro en literatura, la mayor excepción, el único: Emilio Nieto Costas, mi profesor de literatura en segundo de bachillerato. Fue mejor que todos mis profesores de Universidad juntos. El discípulo obedece, el intérprete expone su criterio. Con libertad.

Para la filosofía, soy el lector de Borges ―confío en ella tanto como el argentino que soñaba con ser inglés, es decir, nada (nótese la epanortosis, por favor)―, y para la literatura soy el autor de la Crítica de la razón literaria.


 

Elogio y vituperio


Para quien me elogia soy un oído sordo, y para quien me vitupera soy un oído sordo que sabe leer en los labios. Para quien entra por la puerta de mi despacho, soy una adivinanza. Como editor, no quise explicaciones, quise resultados. No presto atención a mis interlocutores, pero finjo en la medida de lo posible y en razón de la cortesía. Sólo escucho música y sólo a la literatura presto atención sin distancias. No pierdan el tiempo buscándome coloquios.

Siento esta franqueza, pero antes muerto que embustero: las palabras, fuera de la literatura, son la banda sonora de la nada. Las mías, como las de los demás. Y cualquier efecto sonoro, si no es música, es ruido.

Otra cosa son las palabras de mi personaje, que es quien les habla y les hablará mientras yo viva. Quédense con él, y a mí déjenme en paz: serán más felices. (La única diferencia es que algunos ―los que no me conocen, ni pueden conocerme― quieren creer más en mis palabras que en las palabras de mi personaje, y yo, sinceramente, no necesito creer en las de nadie. Ni siquiera en las de mi personaje. Ése es para ustedes, no para mí).

La queja es una de las formas más socorridas de disimulo, y de ser, también, consciente de lo que hay. Trabajar es una forma de disimular el éxito y el bienestar propios de una vida, el mejor modo de pasar desapercibido ante el vecino y el colega. Una forma de fingir incomodidades que nos aproximan a los demás. Un modo de hacerles sentirse cercanos a nosotros mismos. Una ilusión de sociabilidad, que más de uno necesitará interpretar como una suerte de complicidad, o hasta de solidaridad inexistente. La ingenuidad del ser humano es infinita. Quejarse es una forma de despistar. También es una forma consensuada de placer.

Pero vivir es hechicero y seductor. La vida es la forma más atractiva de prorrogar el final. Amenizado por el fracaso ajeno y la supervivencia propia.

No soy arrogante, soy sincero. De una franqueza urticante y de una llaneza que, por viajar de la mano de la indiferencia, el desengaño y la misantropía, e incluso la indolencia, resulta molesta, a veces intolerable, muchas veces antipática y, desde luego, siempre incompatible con casi todo el mundo. Así sea, pues así lo quiero.

No soy narcisista, porque no soy como me veo yo, sino como me ves tú: si me sigues mirando, leyendo o escuchando, pregúntate por qué lo haces, pero no me lo preguntes a mí, porque yo no sé quién eres. Y, con todo respeto y consideración, no me interesa saberlo. No estoy encantado de conocerme a mí mismo, estoy encantado de no conocerte a ti.

Y si te parece bien lo que soy y lo que digo, sé bienvenido, y con tu pan te lo comas. Y si no te parece bien, o simplemente te molesta, la culpa es tuya por prestarme atención.

 


Los alumnos forman parte de mi trabajo,
no de mi vida


No hablo con alumnos fuera de mi ámbito laboral. Y desde luego no escucho ninguna de sus confesiones, ni dentro ni fuera del aula. Los alumnos forman parte de mi trabajo, no de mi vida.

Soy profesor, no confesor. No soy cura, ni psiquiatra, ni «hermano mayor» de nadie. En mi trabajo explico el Quijote, entre muchas otras obras literarias. Examino al alumnado conforme a la legalidad vigente y de acuerdo con la guía docente de la materia ―en las que ni creo ni confío, porque no son obra mía, sino de un poder ajeno del que no formo parte, ni como artífice ni como elector―, y lo que ocurra fuera de mi horario y calendario laborales no es asunto mío y no debe ser asunto mío. Trabajo por dinero, como todo el mundo. Porque trabajo es aquello que se hace por dinero. El placer es otra cosa. La libertad comienza cuando termina el horario laboral. Trabajar, como votar, es obedecer. Si no lo sabes, no puedo ―ni quiero― explicártelo. Descúbrelo por ti mismo, y si no eres capaz, dedícate al voluntariado, por placer y sin dinero. Y si crees en la vocación, advierte que un desengaño a tiempo puede ser tu mejor victoria y prevención.

Voluntariamente dedico mi vida personal y profesional a explicar literatura: en menos de una década he grabado más de mil largos vídeos ―sé que ya lo he dicho― sobre interpretación de autores y obras literarias, y he puesto desinteresadamente a disposición de todo el mundo, en internet, contenidos críticos y académicos propios de un nivel universitario, de forma abierta, libre y gratuita, así como toda mi obra, la Crítica de la razón literaria. Soy responsable de lo que he escrito (no de las apofenias del último ocurrente que me leyere), y me deberán el favor ―que no cobraré― de haberlo regalado. Lo que la gente haga con ello es algo que no puede importarme. No soy cómplice de mis lectores. Ni de nadie.


 

No hablo para hacer amistades,
sino para exponer un sistema de ideas
sobre la literatura


No hablo ni escribo para los jóvenes, ni para los viejos, ni para nadie en particular. Ni en absoluto para hacer amistades ni enemistades. Escribo y hablo para expresar un sistema de ideas sobre la literatura.

Si ofrezco gratuitamente mis conocimientos, es para que, si te interesa, los utilices de forma útil e inteligente, no para que me escribas ni contactes, y ni mucho menos para que me des tu opinión. No discuto opiniones: interpreto hechos. Ni mi vida ni mi obra dependen de tu opinión. Sinceramente: tu opinión no nos importa. (A los retransmisores de opiniones de terceras personas los considero, simplemente, lo que son: chismosos y bobos. Su destino es la sentina o pecinal de la papelera más cercana. El bloqueo eviterno. Me resultan excrementicios. Vaya también el correveidile, como la mentira, con el diablo).

Lo que digo o escribo no es resultado de una espontaneidad o una ocurrencia, sino que se trata de afirmaciones que forman parte de textos más amplios, de los que se extraen como una cita, y que pueden leerse como aforismos o paremias. Mi obra contiene una considerable selección y antología de ellas.

Ni yo ni nadie puede pretender que se entienda lo que se escribe o dice, si quien oye o lee no pone la debida atención. Cada texto selecciona, con vida propia, a sus propios lectores e intérpretes.

Por otro lado, hoy, con las redes sociales, la confusión y destrucción de la comunicación ―y de cualquier contenido inteligente― están aseguradas. Hay personas que viven ―es decir, malviven― en las redes sociales, enredadas en el reciario de internet, y que comentan todo lo que ven, sin entender nada de lo que leen. Mi obra, que se ha difundido mucho a través de estos medios, ha sido y es objeto de interminables comentarios, vídeos, réplicas, etc. La mayor parte de estos comentarios proceden de personas que no tienen conocimiento de nada, pero que, bajo la ilusión de la red pública, creen que saben algo. Su destino es la gomia de la basura.

Pongo un ejemplo. Siempre he dicho que la literatura no es una ciencia. Es la tesis número 4 de la Crítica de la razón literaria: «la literatura no es una ciencia». Bien, pues son incontables las personas que, comentando tonterías en internet, objetan ―jugando a ser sabios― que yo haya dicho que «la literatura es una ciencia». Es decir: entienden todo al revés. Otro lo lee, y sigue el hilo. Y así sucesivamente. Pueden citarse ejemplos como éste hasta el infinito.

Verdades y mentiras conviven en internet en condiciones idénticas y resulta imposible discriminarlas. Sobre todo entre adolescentes de larga duración. Gente que crece como «Mowglis» o silvestres «niños de la selva». Varios de estos «Mowglis» son hoy graduados universitarios. En las redes sociales ―su placenta― cultivan el magisterio de ignorancias crónicas y viciadas, metástasis de necedades infinitas. Y a la vez, internet ―no lo neguemos― es también un medio de difusión de conocimientos y saberes de primera categoría, para quien sabe identificarlos e interpretarlos. La realidad es dialéctica y conflictiva. Y acabará contigo, si no te haces compatible con ella, es decir, si eres un idealista.

Saber sobrevivir a esos contrastes es fundamental. Y la educación debe ser el principal instrumento para conseguirlo, y no el medio más insistente para provocar en niños y jóvenes todo tipo de patologías y trastornos de personalidad. Cuidado con convertirse en un «Mowgli».


 

No soy un youtúber,
soy un profesor que graba sus clases


No conviene confundir, al menos en mi caso, el mensaje con el medio, ni el emisor con el canal, porque, en mi vida y obra, el mensaje ―la literatura― no es el medio ni el canal ―YouTube―. En internet estamos todos, pero no todos estamos del mismo modo. El medio no nos hace iguales, pese a las apariencias. Y yo soy solamente un profesor.

Los profesores somos personas que enseñamos lo que sabemos a otras personas que quieren aprender lo que enseñamos. Más allá de estas condiciones básicas, todo lo demás sobra. A menos que ―como la administración y las agencias de calidad― forme parte de cuanto quiere arruinar, sabotear o simplemente destruir nuestro trabajo y vocación.

Se ha dicho que «los vídeos de Maestro son café para los muy cafeteros». Es posible que quien lo haya dicho no haya probado nunca el café. Pero eso no importa. Tampoco soy un profesor como el resto de mis colegas. Y eso importa aún menos.

No he liderado nunca nada ―de nada―, ni he dirigido jamás a ningún grupo de personas. Ni de animales. Nunca he sido pastor, ni flautista en Hamelin. No soy influyente ―¿por qué dicen «influencer»?― en nadie ni en nada. Tampoco soy un youtúber: soy un profesor que graba sus clases. Quien confunda el medio con el mensaje, que se lo haga mirar. Y si hay quienes dicen seguirme, sea suya la decisión, y quédense con la exclusiva de sus consecuencias. Ya he dicho que no soy responsable de lo que hago en los sueños de los demás, no presto atención a nadie, y nada tengo que ver con actos ajenos. Y aún menos con conductas gregarias. No participo en debates ni en polémicas. Nunca lo he hecho. Que los demás polemicen sobre mí no me convierte a mí en ningún polemista. No tengo opiniones, tengo interpretaciones. Ideas que no están subordinadas a la opinión del prójimo. Lo que yo pienso no depende de ti.

No he llevado a cabo jamás proyectos de investigación subvencionados por ministerios, universidades o agencias destinadas a inquirir, desde la burocracia que no ha investigado nunca nada, las investigaciones científicas de los demás. No pido permiso, aún menos atención, a los necios para escribir. Tampoco los quiero como lectores. No los reconozco como interlocutores. La Crítica de la razón literaria la he escrito a solas, y ni ella ni yo debemos nada a ninguna de estas entidades antemencionadas, a cuyas espaldas la he compuesto y publicado.

Las agencias de evaluación han tenido que tragarme tal como soy, y se han visto obligadas, contra sí mismas, a reconocerme, según dice la propia administración, como catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Yo me negué explícitamente a cumplir con muchos de los requisitos cacareados por esas instituciones. No me jacto de ser catedrático ―el mejor de todos los memes―: me jacto de ser catedrático a pesar de las agencias de evaluación científica y académica. Y contra ellas.

No he dirigido ni una sola tesis doctoral en más de 30 años de actividad docente universitaria. Ni pienso hacerlo. Es una forma de aprovecharse del trabajo de los demás. Es incluso absurdo y ridículo, además de irónico y burlesco, que a alguien que termina una carrera, tras cuatro o cinco años de estudio, haya que dirigirle un trabajo, como si se tratara de un inválido intelectual. ¿Para qué ha estudiado entonces durante casi un lustro o más? No me he servido de nadie, y menos de estudiantes, para desarrollar mi propio trabajo y curriculum vitae. Nunca he promovido ni la esclavitud académica, ni el caciquismo científico, ni la sumisión diferida. Nunca he tenido a nadie trabajando para mí, del mismo modo que siempre me negué a trabajar herilmente para otros, por muy superiores que fueran a mí, y que no por ello han dejado de servirse en más de un caso de mi trabajo, de mis ideas y de mis textos, sin reconocerlo ni mencionarlos, como si algo así pudiera ignorarse o disimularse.

Nunca olvidaré cómo en el año 1988, un excura, entonces profesor, nos impuso a todos los alumnos, como una obligación cuyo cumplimiento determinaba la calificación final de la asignatura, la transcripción de unos textos medievales, que después él utilizaría con fines propios y exclusivos para uno de sus trabajos académicos. Nunca olvidaré que le dije que no. Lo dije y lo hice con hechos irreversibles e inapelables. Y nunca olvidará él que, cuando insistió por última vez, con cobardía y sin valor, en que le transcribiera aquellos textos, al final de una clase, pues me los plantó delante de mis narices, sobre el pupitre, entre dos compañeros, ahí se quedaron los textos, en un aula vacía. Porque yo ni los toqué. Lo que hizo con ellos... él sabrá lo que fue. Yo sé lo que hice con él.

Mi obra es pública y de libre acceso, y sobre ella se han hecho y publicado varias tesis doctorales, que yo no he dirigido, aunque haya sido causa y combustible de ellas. Quien quiera utilizar mi trabajo para investigaciones científicas y académicas, ahí lo tiene, en internet, de forma libre, abierta y gratuita. A mí no me necesita para nada. Ni yo necesito dirigir a nadie. Las personas inteligentes no necesitan directores. Ni espirituales ni intelectuales. No es soberbia, es libertad. No es insumisión, sino simplemente coherencia. Toda originalidad implica la negación de un superior. Mis mejores intérpretes son aquellos que jamás han estado subordinados a nada ni han sido seguidores de nadie. Quien piensa con cerebro ajeno no entenderá jamás ni una sola de mis palabras, ni uno solo de mis libros. No quiero sufragáneos de ninguna autoridad, ni propia ni ajena. Mejor solo que mal acompañado. El esclavo intelectual es la peor de las compañías, el más deplorable de los turiferarios. Filosofías, religiones e ideologías son sus principales placentas  y laboratorios. Soy ajeno a todas ellas, y no quiero a nadie obsecuente con ellas.

No he tenido ni discípulos ni maestros. ¿Para qué? Más bien he tenido ocasión de conocer a quienes, en diferentes momentos y circunstancias, han querido o pretendido ser lo uno o lo otro, sin haber sido jamás ninguna de las dos cosas. Y, sobre todo, he tenido constancia de gentes que, confundiendo la realidad con la ficción de sus sueños, ansiedades o pesadillas, se atribuían privilegios relativos a su inexistente relación conmigo. Quien hambre tiene, con pan sueña, reza el proverbio. Dado que no soy psiquiatra, no puedo pronunciarme con rigor sobre el tratamiento médico de casos tales, y he de limitarme a una sintética exposición de hechos ajenos y estultos.

Confieso que antes de cumplir los 50 años he visto cumplidos todos mis objetivos personales y profesionales. La cátedra no estaba entre ellos, vino después, como puede venir cualquier cosa irrelevante y pasajera. Si mi posible éxito ha perjudicado a otros, ellos sabrán por qué. Yo lo ignoro. La envidia es la forma más siniestra de admiración. Nunca experimenté ese sentimiento. No tengo ni he tenido nunca razones ni motivos para ello. No tengo a nadie a quien envidiar. Lo siento por ellos. Quien por celos ladra no ladrará en vano, según reza el verso de Lope de Vega. Pero la verdad es que nunca he prestado atención a los ladridos de un can, cuanto menos a los de un colega o semoviente advenedizo.

Las grandes obras, especialmente las literarias y artísticas, y acaso también algunas de las científicas, son en realidad sólo testimonio insólito y único de lo que alguien inteligente y aislado ha sido capaz de hacer y de alcanzar. Un logro supremo y singular. Nada más. Nada menos. Las obras geniales no tienen otro destino que la soledad. Una soledad condecorada y solemne, acaso, pero soledad y olvido al fin y al cabo. Los demás, realmente ―el ruidoso y respetable público, destinatario consciente o inconsciente de ellas y de sus posibles consecuencias―, poco o nada valioso pueden hacer con estas supuestas grandes obras, salvo admirarlas unos, envidiarlas otros, imitarlas los más astutos, estropearlas por completo los más charlatanes o simplemente destruirlas los más ignorantes y bárbaros. Los discípulos son infidentes o parásitos por naturaleza. Los maestros, por su parte, siempre fueron ficciones de cortesía. El público, llamado el respetable, es la distancia que separa la realidad del idealismo. Lo sabemos: nos quieren por el ruido, no por las nueces.

Si buscan amo, llamen a otra puerta, y si necesitan amigos, acudan a una red social, donde no me encontrarán, porque la suplantación de identidad no remite nunca a ningún original. El espejismo jamás se convierte en oasis. También es cierto que no he intervenido nunca en la actividad de mis posibles publicistas. Si les gustan los dioses falsos, quédense con ellos. Sepan que yo no quiero ni a los verdaderos. Si necesitan consuelo, sírvanse del instrumento correspondiente.

Y si reciben un mensaje firmado con mi nombre y apellidos, pueden estar seguros de que el autor no soy yo.


Jesús G. Maestro



Autorretrato literario:
por qué yo no soy un youtuber. 

Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI