Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, como profesor universitario, autor de la Crítica de la razón literaria, dispone de forma abierta, libre y gratuita, de toda su actividad docente, académica e investigadora, en internet, con más de mil clases grabadas en su canal de YouTube.
En Miguel de Cervantes Saavedra
(1547-1616) nació en Alcalá de Henares y vivió una época histórica comparable a
la nuestra en muchos aspectos, marcada por el fracaso del idealismo
—renacentista en su caso e ilustrado y posmoderno en el nuestro— y el enfrentamiento
con una realidad determinada por la guerra y el cautiverio, la adversidad y el
desengaño —barroco en su caso y democrático en el nuestro—, y por la literatura
como forma de interpretación del mundo.
En 1569 viaja a Italia, donde inicia su carrera
militar. Participa en la batalla de Lepanto (1571), combate en el que,
superviviente a un tiro de arcabuz a cortísima distancia, perdió la movilidad
de la mano izquierda. En 1575, apresado por corsarios berberiscos, sobrevive
milagrosamente como cautivo en Argel durante cinco años, tras cuatro fracasados
intentos de fuga, hasta su rescate en 1580.
De regreso a España desempeñó diversos trabajos
administrativos y comenzó su carrera literaria. Publicó una original novela
pastoril (La Galatea, 1585) y escribió teatro y poesía,
aunque sin alcanzar el debido reconocimiento del público de su tiempo.
Cervantes es el artífice del «teatro épico», que Brecht desarrolla en el siglo XX, y
que al alcalaíno no le reconocieron en el Barroco sus contemporáneos españoles
ni europeos.
Su obra Numancia, decisiva en la historia del teatro trágico,
supera tanto los modelos clásicos griegos como la mitificada fama de
Shakespeare, por dos razones aún hoy pendientes de difusión: 1) niega el
determinismo y afirma la libertad y 2) retira a los nobles el protagonismo
exclusivo del dolor trágico para dárselo al pueblo, frente a la tradición
griega y las prácticas anglosajonas, que no reconocían en los seres humildes
dignidad en el sufrimiento, pues sólo se les consideraba objeto de risa, burla
y comedia.
En 1605 apareció la primera parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, obra
que transformó para siempre la literatura universal, al crear una nueva forma
de narrar el mundo y de interpretar desde la ficción literaria la realidad
humana y política, más allá de cualquier complejidad conocida hasta entonces,
desde la creación de personajes insólitos hasta la confrontación entre ficción
y realidad, a través de apariencias, engaños y desengaños antes jamás
señalados. En 1615 irrumpe la portentosa segunda parte de la novela, con el
título de El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha.
En 1613 publicó sus doce Novelas ejemplares, en 1614 un poemario burlesco
extremadamente astuto, Viaje del Parnaso, y en 1617, ya póstumamente, una
originalísima novela de aventuras y críticas desmitificadoras, de naturaleza
política y religiosa, titulada Los trabajos de Persiles y Sigismunda.
Cervantes murió en Madrid un 22 de abril de 1616. Toda su
obra literaria, en particular el Quijote, constituye una crítica
demoledora y cuidadosamente racionalista y cínica contra el idealismo de todos
los tiempos y geografías.
Su vida y su escritura representan la fuerza de una razón
barroca más poderosa y realista que la razón ilustrada impuesta por la cultura
anglosajona desde el siglo XVIII, y que, en contra de las ideas del Quijote,
domina y limita hoy nuestra forma de vivir.
Cervantes hizo de la vida humana una obra de arte
cuya actualidad en el siglo XXI es explícitamente incompatible con el fracaso
del Estado, de la libertad y de los derechos fundamentales del ser humano.
Todos estos libros son muy diferentes entre sí, y cada uno forma parte del menú de unos u otros lectores, porque no todos los modelos de ficción son literatura ni mucho menos aún son compatibles con la realidad del mundo que habitamos.
No culpes a tu profesor de las lecturas que estés obligado a leer, como tampoco culpas al periodista o al crítico literario que publicita, por dinero, tal o cual título.
El profesor manda en la escuela, no en tu vida. El periodista es un mensajero pagado. Sólo tú eres responsable de lo que lees e interpretas.
Los libros que leemos acreditan o desacreditan la inteligencia de la que disponemos. Tú eliges lo que lees.
Si la ignorancia no te previene del consumo de libros inútiles, que lo haga, al menos, la vergüenza. Si la tienes.
Carecer de conocimientos literarios permite al ignorante hablar con libertad y sin pudor de todo lo que no sabe en relación con cualquier cuestión relacionada con la literatura, su historia y materiales, sus conceptos y su genealogía. Y hacerlo con el desparpajo espectacular de un gonococo parlante, al que las redes sociales abastecen de estulticia y necedad industriales al servicio de la publicidad ajena. El gonococo trabaja para otros, pero nunca lo sabe.
Es muy fácil para una mente insipiente e inexperta, neoténica y malformada, confundir literatura fantástica y maravillosa, lo sobrenatural aceptado y lo extraordinario explicado, el llamado «realismo mágico» con el arte de los orates, la «industria» y el «milagro» —que diría Cervantes en el Quijote— y tantas cuestiones más.
El fracaso de la universidad, como institución educativa de la que buena parte de los alumnos salen sin saber leer ni escribir, y manejando delatoramente el uso improductivo de la inteligencia artificial, es una perpetuación de esta deficiencia.
Pero internet es el gran espejismo de la necedad que sienta cátedra. La neotenia literaria desemboca en el aborto intelectual. Las redes sociales son las esquelas de la mente de la mayor parte de sus usuarios.
El Neohumanismo literario es un
sistema de pensamiento crítico constituido por Jesús G. Maestro a partir de su
obra científica, ensayística y literaria, desarrollada principalmente en libros
como Crítica de la razón literaria
(2017-2025), Ensayo sobre el fracaso histórico de la democracia en el siglo
XXI (2024) y Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI (2025),
entre otras de sus publicaciones académicas.
Este movimiento crítico toma como punto de
partida y referencia tres hechos determinantes e incontenibles en la realidad
del siglo XXI: 1) la destrucción del Estado moderno, como modelo político
vigente desde finales del siglo XV, surgido en la Edad Moderna con el
Renacimiento español e italiano; 2) el fracaso de la democracia, como sistema
de gobierno nacido del idealismo totalitario característico de la Ilustración
anglosajona y europeísta; y 3) la desnaturalización de la vida humana a través
de la implantación irreversible de todo tipo de procesos de digitalización,
mecanización y programación artificial a los que hoy estamos sometidos, hasta
alcanzar estados incompatibles con la supervivencia misma de nuestra propia especie.
El Neohumanismo literario considera
que estos tres hechos, que han introducido e introducen cambios radicales e
insospechados en la experiencia social e individual, no se pueden detener, pero
sí reconducir y reorganizar de modo que la vida del ser humano pueda hacerse
compatible con ellos para bien de todos.
En este proceso de reorganización o
reconducción controlada de la destrucción del Estado, el fracaso de la
democracia y la desnaturalización de la vida humana, las soluciones que ha
proporcionado ―incluso históricamente― la filosofía, la religión y las
ideologías políticas, lejos de ayudarnos, resultan problemáticas,
inconvenientes e incluso nocivas. En muchos aspectos lo siguen siendo, no sólo
porque en lugar de haber evitado esta situación de destrucción política,
fracaso democrático y mecanización inhumana de la vida, la han hecho posible, sino
porque además de no resolverla la han justificado, en ocasiones
irracionalmente, en términos ideológicos, políticos y filosóficos.
Ante este desenlace, comparable al de un
callejón histórico y político sin salida, hay dos caminos y una realidad que
pueden ofrecer posibles soluciones. Los caminos son la ciencia y la literatura,
y la realidad ―con la que hay que pactar y hacerse compatible― es el mercado.
Desde siglos inmemoriales, mucho antes de
las más modernas y contemporáneas revoluciones políticas e ideológicas, las más
variopintas filosofías y religiones trataron de ofrecer al ser humano
diferentes modos de vida, alternativos y sucesivos en todas sus promesas, para
desembocar con el paso del tiempo en guerras igualmente cruentas o incluso más atroces
que aquellas que trataron de evitar.
Con la llegada de la Ilustración
dieciochesca, idealista y fabulosa, se prometió la secularización de la vida
humana, política y social, así como la superación ancestral de conflictos
religiosos, en nombre de una «razón ilustrada», ignorante de que los
precedentes Siglos de Oro españoles, capaces de elaborar un Quijote y
toda una literatura cuyo racionalismo no ha sido superado jamás, ya lo habían
conseguido de forma insólita y eficaz. El racionalismo barroco es superior al
idealismo de la Ilustración e incompatible con el concepto reformista,
mecanicista y nihilista de la anglosfera, bajo cuyos efectos destructivos
sobrevivimos hoy en las ruinas ilustradas del siglo XXI.
De hecho, la Ilustración no cumplió sus
promesas de paz perpetua, ni de justicia universal, ni de seguridad política ni
democracia global. La guerra sigue siendo una amenaza mortal y viva, la
desigualdad nunca ha sido tan intensa y tan injusta y la democracia jamás ha
estado tan desacreditada como en estos comienzos de siglo XXI, en que el ser
humano ha visto mermadas en menos de dos décadas la mayor parte de sus
libertades esenciales, algunas de las cuales costó siglos conseguir y
legitimar, entre ellas, la presunción de inocencia, el derecho a la vida en
todas las circunstancias y la defensa política y jurídica de la propiedad
privada.
Hoy llevamos siglos bajo el peso de ideologías
políticas que, en nombre de los más variados ideales ―desde la libertad y la
paz perpetua hasta la felicidad y la justicia universal― nos han prometido
utópica y también democráticamente de todo sin satisfacer ni cumplir realmente
nada. El resultado lo tenemos ante nosotros: Estados destruidos, democracias
fracasadas, vidas deshumanizadas.
En consecuencia, debido al desengaño
provocado por la intervención constante y fracasada de creencias religiosas
inoperantes, fantasmagorías filosóficas propias de adolescentes perpetuos y
totalitarismos ideológicos que no resuelven ningún problema, desde el
Neohumanismo literario se considera que la ciencia y la literatura ―es decir,
el conocimiento científico y las artes en general― son los principales recursos
en los que puede confiar el ser humano para preservarse como especie. Ciencia y
literatura que hoy, como siempre, se ven intervenidas por ideologías políticas,
creencias religiosas y totalitarismos filosóficos.
En este momento histórico, el Estado ha
dejado de ser un referente de gestión porque el mercado lo ha reemplazado, para
bien y para mal. Podemos estar de acuerdo o en desacuerdo con este hecho, pero
tal cosa es inútil, porque el hecho en sí es como tal innegable e irreversible.
El ser humano del siglo XXI debe pactar con el mercado y hacerse compatible con
él para sobrevivir. Y no puede hacerlo a cualquier precio. El ser humano del
siglo XXI sólo cuenta con dos apoyos: la ciencia y la literatura. Y un elemento
imprescindible: el comercio.
A partir del realismo de esta situación
histórica y presente, el Neohumanismo literario, como sistema de pensamiento
crítico, se basa en las siguientes ideas o premisas fundamentales.
1. Negación del
idealismo en todas sus formas:
el ser humano debe partir de la
realidad
y no de sus ideales
El Neohumanismo literario
rechaza toda concepción de la vida humana fundada en utopías, dogmas,
mitologías políticas o promesas de redención histórica o metafísica. El punto de partida de
cualquier pensamiento destinado a orientar la vida humana ha de ser la realidad
efectivamente existente, no un mundo imaginario como algo por sí mismo deseable.
2. Ninguna sociedad
puede organizarse
racionalmente contra la realidad: en
la realidad
está la razón que el ser humano debe
saber leer
e interpretar a través de la
educación científica
La supervivencia humana
exige reconocer los límites impuestos por la naturaleza, la historia, la
ciencia, la tecnología, la economía y las estructuras efectivas de poder. Toda
doctrina que ignore estos límites está condenada a sustituir el conocimiento por la ilusión y la política por
la ficción. El idealismo conduce al ser humano al fracaso, del mismo modo que
convierte en neoténicos a los adolescentes que no maduran ante la realidad y
sus exigencias.
3. Ni el progreso ni la
libertad son valores absolutos
y garantizados, sino objetivos y
logros
por los que hay que luchar
diariamente
Los avances científicos,
tecnológicos y económicos ofrecen posibilidades inéditas, pero también nuevas
formas de dependencia, desigualdad y sometimiento. El Neohumanismo literario no
identifica acríticamente el progreso con el bien ni la innovación con la mejora
de la vida humana: exige valorar sus consecuencias desde el conocimiento
racional de sus efectos. La libertad no crece ni se amplía por sí misma a lo
largo de la historia, simplemente se transforma en una libertad «diferente» y
con frecuencia también menor, que no siempre mejor.
4. La ciencia constituye
uno de los fundamentos
irrenunciables de la supervivencia
humana
Frente a las creencias, las
supersticiones y las ideologías, la ciencia proporciona conocimientos racionales
capaces de explicar y transformar la realidad objetiva de un mundo habitable.
Sin embargo, la ciencia no debe confundirse con una ideología ni convertirse en
una nueva religión secular: su función es conocer la realidad a fin de mejorar
las condiciones de la vida humana, no imponer dogmas sobre el destino de la
humanidad, negando su libertad o deshumanizando el curso mismo de la vida. La
ciencia nunca puede ni debe ser un instrumento de religiones, filosofías o
ideologías políticas, por más que cada una de estas tres formas de sutil y
sofisticada inquisición trate de legitimar diferentes modos de intervenir en la
actividad científica a lo largo de la geografía y de la historia.
5. La literatura
constituye una forma superior
y diferente de racionalismo y de conocimiento
La literatura no es un
simple entretenimiento, una ornamentación cultural ni una manifestación
subjetiva de sentimientos. La literatura es un sistema racional de ideas
imprescindible en la educación científica del individuo al que habilita para
abrirse camino en la vida a través de una experiencia clave: el desengaño. Las
grandes obras literarias constituyen construcciones racionales capaces de
representar, interpretar y confrontar las posibilidades, contradicciones y
límites de la vida en todas sus facetas y alternativas. Por ello, la literatura
constituye, junto con la ciencia, uno de los instrumentos fundamentales de
conocimiento de que dispone el ser humano, desde el momento en que la educación
ha de estar orientada al desengaño de cada persona ante sus adversidades y
enemigos vitales, y no al engaño sistemático de sociedades e individuos, tal
como ahora lo está. En este punto, el Neohumanismo literario considera que la
literatura de los Siglos de Oro españoles, como estadio más desarrollado de la
tradición literaria hispanogrecolatina, es la que constituye el código de
referencia desde el punto de vista de sus valores, pragmatismo y desengaño para
enfrentarse a la realidad humana de cualquier tiempo y lugar. Aquí es donde el Quijote de Cervantes se convierte en la obra clave del
pensamiento humano y literario universal y en referente por excelencia del
Neohumanismo literario.
6. La literatura debe
preservarse de cualquier
subordinación a ideologías,
religiones y filosofías
Cuando la literatura queda
reducida a propaganda filosófica o religiosa, política o ideológica,
identitaria o moral, pierde su capacidad crítica y se convierte en instrumento gregario
de un tercer mundo semántico. El Neohumanismo literario defiende una literatura
capaz de enfrentarse racionalmente a cualquier creencia, doctrina o sistema imperativo
de valores dogmáticos, incluidos aquellos que pretendan utilizarla en su propio
beneficio, desde presupuestos filosóficos, religiosos o ideológicos.
7. La razón crítica debe
sustituir a la utopía
ideológica, a la creencia religiosa
y al totalitarismo filosófico o
político
El ser humano no puede
confiar su supervivencia a promesas de felicidad futura, justicia definitiva,
igualdad absoluta, paz perpetua o redención histórica o metafísica. Tales
promesas son histórica y políticamente falsas y han servido una y otra vez para
justificar formas de poder y de violencia que no cesan de reproducirse. El
pensamiento crítico debe reemplazar la esperanza utópica y la creencia
ideológica por el conocimiento de condiciones y posibilidades reales de
supervivencia, asegurando la libertad, la propiedad privada y el conocimiento
científico, literario y mercantil de la realidad en que vivimos.
8. La libertad humana no
puede definirse al margen
de sus posibilidades y condiciones
reales
y de ninguna manera puede someterse
a un determinismo científico ni
metafísico,
sea político, filosófico o religioso
No hay libertad allí donde
el individuo carece de los medios necesarios para ejercerla, como tampoco hay libertad
cuando una persona delega completamente su capacidad de decisión en estructuras
políticas, tecnológicas, económicas o ideológicas, por muy democráticas que
estas digan llamarse. La democracia no puede inhabilitar decisiones
individuales decisivas para los propios recursos humanos constituyentes e
integrantes de una sociedad política. La libertad ha de entenderse como una
capacidad real de actuación dentro de las condiciones objetivas y políticas que
determinan la vida humana. En este punto, la política es la organización de la
libertad, es decir, la administración del poder. La libertad no se delega y
ninguna democracia puede construirse sobre la premisa de esta delegación de
derechos y toma de decisiones. La libertad no puede ubicarse en la utopía de
cualesquiera imaginaciones idealistas, ni tampoco limitarse a la conciencia ni
apelar al sentimiento, sino que ha de ejercerse en el mundo real y político, material
y humano, sin tutelas electorales que pongan en manos de una minoría o casta disposiciones
y dictámenes que afectan a inmensas mayorías de individuos silenciados y
sumisos.
9. El mercado es una
realidad histórica con la que
el ser humano debe pactar y formar
parte
El mercado no constituye por
sí mismo un ideal político, moral o antropológico, y de ninguna manera puede ignorarse
bajo el idealismo, la seducción o el autoengaño de ficciones ideológicas,
utópicas, políticas, religiosas o filosóficas. En las sociedades contemporáneas
el comercio constituye una estructura fundamental de organización de la vida
humana. El Neohumanismo literario no propone ni la sumisión al mercado
totalitario ni su abolición imaginaria, sino el conocimiento y reconocimiento
de sus mecanismos, límites y consecuencias para hacer posible una relación
racional y eficaz con él. El Neohumanismo literario considera que todos cuantos
participamos en la compra o venta de bienes de consumo somos de hecho «amigos
del comercio», y que sus verdaderos y principales enemigos o adversarios son,
bien quienes lo prohíben o derogan, sea de forma efectiva o utópica, bien
quienes lo traicionan mediante la trampa o el incumplimiento de los contratos y
derechos mercantiles positivamente estipulados o acordados.
10. El Estado ya no
puede considerarse el
fundamento último de la
organización humana
La progresiva pérdida de
soberanía y capacidad de gestión de los Estados, así como la disolución de
fronteras y la pérdida de acuñación de moneda, entre otras impotencias
políticas de los Estados actuales, obliga a abandonar la concepción del Estado
como instancia capaz de resolver por sí misma los problemas fundamentales del
siglo XXI. El Neohumanismo literario parte de la transformación histórica de
esta estructura política y busca formas de supervivencia humana compatibles con
un mundo en el que el Estado ha dejado de ocupar la posición central que
históricamente se le atribuyó. Con la destrucción del Estado fracasa también su
sistema político, esto es, la democracia como régimen de gobierno, lo que exige
buscar una forma alternativa de gestión jurídica y de organización política.
11. La democracia no
constituye un sistema político
absoluto y eterno, ni puede ya
resolver los
problemas vitales del siglo XXI
ni asegurar la libertad del ser
humano
Ninguna forma de gobierno
puede quedar exenta de crítica por presentarse como democrática. En nombre de
la democracia no todo está justificado ni permitido. La democracia ha de juzgarse
por sus resultados efectivos, por las libertades que garantiza, por las
desigualdades que provoca o tolera y por su capacidad real para gobernar y
administrar coherentemente sociedades contemporáneas. Cuando una democracia
fracasa en estas funciones, el pensamiento crítico debe reconocer ese fracaso
sin someterse al dogma de una supuesta superioridad moral democrática y debe
tratar además de constituir un sistema político alternativo capaz de superar
las deficiencias, limitaciones y fracaso de una democracia posmoderna que, hija
y heredera de la Ilustración, es incapaz de cumplir sus declaradas promesas de
bienestar universal.
12. La tecnología debe someterse
siempre a crítica
antropológica: la ciencia está al
servicio del ser
humano no el ser humano al
servicio de la ciencia
El ser humano no es la
cobaya de la ciencia. Digitalización, mecanización y programación artificial de
la vida no son fenómenos externos o ajenos al ser humano: transforman nuestro modo
de vida, trabajo, conocimiento, relación familiar y profesional, nuestras
formas genuinas y naturales de ser, decidir y sobrevivir. El Neohumanismo
literario rechaza tanto la tecnofobia irracional como la confianza ingenua en
la tecnología y los fundamentalismos científicos o filosóficos, y exige
determinar qué transformaciones tecnológicas favorecen la supervivencia humana
y cuáles pueden conducir a su deshumanización o incluso su exterminio como
especie.
13. La supervivencia de
la especie exige educar al ser
humano en un mundo cambiante y duradero,
que nunca puede ser una
restauración imitativa
de tiempos, lugares y hechos
pretéritos
El Neohumanismo literario no
propone regresar a un pasado idealizado ni recuperar estructuras históricas
definitivamente desaparecidas o incluso fracasadas. Ninguna meta futura está en
el presunto pasado de una Arcadia legendaria o de una utópica y fabulosa Edad
de Oro. El objetivo es afrontar las transformaciones irreversibles del presente
y desarrollar formas de vida capaces de coexistir con ellas sin destruir las
condiciones fundamentales de la existencia humana. Sabemos que la realidad
tritura a quien es incompatible con ella y por esa razón, precisamente, el
Neohumanismo literario tiene como divisas que el idealismo es una filosofía
incompatible con la realidad y que el ser humano que no vive en la experiencia
del desengaño vive en la ignorancia de la realidad.
14. Ninguna ideología
puede exigir ni disponer
de forma exclusiva ni excluyente
el monopolio de la verdad sobre el
ser humano
Religiones, filosofías e
ideologías políticas han impuesto imperativamente conocimientos que han
generado dogmas, conflictos y formas de sometimiento enemigas de la libertad
humana. Con frecuencia han disputado y disputan entre sí por el monopolio de
una supuesta «verdad», encarnada en un principio universal, una divinidad
absoluta o un «Gran Hermano» al que cambian de nombre cuando se les ocurre o
les conviene (nous, ápeiron, Demiurgo, motor perpetuo,
Dios, sustancia pura, mónadas, noúmeno, Espíritu
absoluto, Volksgeist, Superhombre, inconsciente, Dasein,
etc.). El Neohumanismo literario no acepta ninguna de estas construcciones como
instancias últimas de explicación, solución o salvación de nada. Todas ellas
deben quedar sometidas a la crítica racional, histórica, científica y literaria
del ser humano. En la mayoría de los casos no son sino ficciones explicativas
incompatibles con la realidad. Desde su origen, religiones, filosofías e
ideologías políticas se han atribuido a sí mismas una superioridad y un poder,
un mando y unos derechos, sobre seres humanos y sociedades enteras, que distan
mucho de ser respetables e incluso tolerables, si nos atenemos a las cruentas consecuencias
a las que históricamente han dado lugar en la mayoría de los casos.
15. La supervivencia
humana exige, como lo exige
también la libertad, conservar la capacidad
de
pensar y de actuar contra las
ideas dominantes
y contra todo tipo de dogmas o
imperativos, sea
cual sea su naturaleza moral o política,
religiosa
filosófica, científica, literaria
o mercantil
El principal instrumento de
supervivencia del ser humano no es una doctrina destinada, imperativa o
dogmáticamente, a proporcionarle respuestas definitivas o absolutas, sea en
nombre de lo políticamente correcto, sea en nombre de un fundamentalismo moral
o metafísico, científico o filosófico, sino una razón capaz de cuestionar día a
día aquellas doctrinas que se presentan e imponen como totalitarias o
indiscutibles. La ciencia aporta conocimiento ante la realidad, la literatura
permite conocer la complejidad de la experiencia humana a través de modelos de
ficción integrables en la realidad y compatibles con ella, y el pensamiento
crítico nos enseña y capacita a confrontar ambos conocimientos con las
estructuras efectivas de una sociedad política. La literatura es una lucha por
la libertad contra los enemigos de la razón y es, por ello mismo, una llave
maestra que abre racionalmente todas las puertas de la vida y de la realidad.
La única puerta que no abre la llave de la literatura es la que conduce a la
mazmorra de un mundo inhabitable. Toda literatura digna de este nombre se niega
a discurrir por semejante itinerario, del mismo modo que la realidad de la
ficción poética se niega a legitimar la mentira y el engaño.
Colofón
En consecuencia, el
Neohumanismo literario no propone una nueva utopía, una nueva creencia
religiosa o filosófica ni una nueva ideología política, ni mucho menos una
retórica de autoayuda, sino un sistema racional de ideas basado en
conocimientos científicos y literarios y nunca ignorante de las realidades del
mercado. Plantea y ofrece, en suma, una forma de pensamiento crítico destinado
a conocer la realidad, interpretar sus transformaciones y hacer posible la
supervivencia del ser humano dentro de un mundo que ya no puede reconstruirse
conforme a ideales políticos, religiosos y filosóficos del pasado. Nada de
cuanto se ha ido regresa jamás en su estado original. El fundamento del
Neohumanismo literario no es la promesa de un cosmos mejor, sino la necesidad
de comprender el mundo real a través de la ciencia, la literatura y la economía
para evitar que el ser humano resulte de este modo destruido por las mismas
fuerzas históricas, científicas, tecnológicas, financieras y políticas que él
mismo ha construido.
Diálogo entre Francisco de Quevedo y un
narcisista del siglo XXI ―Quevedo, consejero de psiquiatras y psicólogos―:
―De mi gusto dependen todos.
―Si dependen de tu gusto, todos son
ruines. El hombre racional no ha de depender del gusto ajeno, sino de la razón
propia. […]. Tú y el demonio gastáis un mismo lenguaje. ¿Quieres ver lo que
está en tu mano? Pues mira que aun tú no estás en ti. Pregúntale a tu alma las
virtudes que le faltan, y a tu cuerpo las miserias que le sobran, y a tu vida
los cuidados que la consumen, y a tu conciencia los verdugos que la atormentan;
pregunta a tus acciones por tu juicio, y verás que no hay alguna que te pueda
dar nuevas dél*.
[*] Francisco de Quevedo, Desconsuelos de los dichosos para que reconozcan los peligros de serlo y puedan prevenirlos [1633], Madrid, Iberoamericana · Vervuert, 2026, p. 237. Edición e introducción de Antonio Azaustre Galiana y José Manuel Rico García.
Prólogo de Jesús G. Maestro a la segunda parte del libro
de Miguel de Cervantes, titulado
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha,
en la versión manuscrita del IES «Las Canteras»,
de Collado Villalba, Madrid.
Hace apenas unos días una gavilla de
intelectuales o filósofos, que no sé muy bien cuál es hoy la diferencia entre
unas y otras gentes, preguntáronme con astucia propia de sus gremios cuál era a
mi entender la mejor novela del siglo XXI. Díjeles, sin dudarlo, que era el Quijote,
de Cervantes.
Como me miraran con ojos de alinde, pensando
sin duda que, o bien había yo oído muy mal, o bien había perdido el juicio
rematadamente, habló un incauto chuleta y dijo:
―Quizá sabe Vd. ―o debiera saber― que el Quijote
de ese Cervantes es de hace muchos años, o muchos siglos, y no de este presente
XXI, por el cual le preguntamos. ¿O acaso Vd. no lee a sus contemporáneos y se
ha quedado extraviado en aquellos tiempos oscuros?
―Sí sé y sí leo. Y por eso sé decir que el Quijote
de Cervantes se publicó en dos partes, la primera en 1605 y la segunda en 1615,
y entre medias, en 1614, publicóse bastardamente el Quijote apócrifo
firmado por un tal de Avellaneda. Y sí leo a mis contemporáneos, es decir, a
Vds. y a sus amigos de Vds., y por eso digo y confirmo que el Quijote de
Cervantes es la novela mejor, por actual y valiosa, para leer en este siglo
XXI.
Miráronme de arriba a abajo, con arrogancia
frustrada y complejo de superioridad peor gestionado. Y como el que habló se
quedara sin más palabras, avergonzado de impotencia dio media vuelta y fuese. Y
rezongando como gozques siguiéronle los demás.
Fue testigo de aquellos instantes un
periodista, que, sabiendo guardar secreto profesional, como todos los
periodistas sabios en su oficio ―los cuales ocultan lo que saben y publican lo
que deben―, díjome sin contenerse:
―Debe Vd. publicar un ensayo sobre el Quijote,
diciendo todo lo que aquí ha callado sobre la actualidad de este libro en
nuestro enfermo y trastornado siglo XXI, y enviarlo a un premio, y ganar ha ese
certamen, sin duda por la alta originalidad de sus extrañas y valiosas ideas.
Miré a aquel joven, sin suponer yo en modo
alguno que fuera periodista, dada su discreción y buen decir. Y díjele en voz
baja y tranquila:
―Bien podré escribir un ensayo, y hasta un
libro, sobre el libro de los libros, que no es la Biblia, sagrada escritura,
sino el Quijote de Cervantes, escritura de ficción, libertad y realidad.
Pero créame, inesperado y buen amigo, que ningún jurado de ningún premio ha de
reconocerme ―y aún menos concederme― galardón alguno, ni por mis palabras,
siempre ácidas, ni por mis ideas, incompatibles con las correcciones de los
políticos, grandes enemigos de las ciencias, de la literatura y también de la
libertad.
―Yerra Vd. en cuanto dice ―respondióme―,
pues no valora el contenido de sus palabras ni el alcance de sus ideas.
―Joven amigo ―le dije con franqueza―: ¿no
sabe Vd. que los premios son siempre una prolongación de la política y todos
ellos de antemano tienen novio, marido y hasta viudo en sus posibles desiertos?
Yo no encajo con nadie. Y menos con jurados que dan premios.
―Te equivocas ―espetó, pasándose
inconscientemente por su parte a un tuteo imprevisto. Tú encajas, y mucho.
―¿Yo? ¿Con quién encajo yo?
―Con la gente.
Y con estas me dio la espalda y huyó, sin
decir más palabra.
Cómo han de ser las cosas en el futuro bien lo
ha de saber Fortuna, la diosa más inquieta e inquietante de las diosas, que yo
no lo sé, porque no soy chamán ni adivino, ni arúspice ni gurú, pero sí diome
qué pensar el cativo, pues... no en vano algunos hechos apuntaban en la
dirección que el mozo, joven profesional de su oficio, por lo que supe después,
había dicho con insolente franqueza y naturalidad.
Una prueba de que ―al menos en ocasiones―
quien suscribe encaja con la gente es la invitación que amable y generosamente
me han hecho llegar alumnos y profesores del Instituto de Enseñanza Secundaria
de Collado Villalba, Las Canteras, al invitarme a escribir a mano este prólogo
a la segunda parte de El Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de
Miguel de Cervantes. De cuantos encargos y propuestas que me han hecho en la
vida, es este sin duda de los más nobles y valiosamente electos. Quede
constancia, pues, de mi agradecimiento.
Nada más valioso que prologar un manuscrito
de la obra magna de la literatura universal, el Quijote de Cervantes,
trasladado a mano a pliegos del siglo XXI por un conjunto de alumnos,
profesores y padres. Sea ejemplo que sigan otros centros de enseñanza y otras
promociones de estudiantes, docentes y familias.
Todos los españoles comunes y corrientes,
aquellos que no procedemos ni formamos parte de las élites, somos un Cervantes
que no ha escrito el Quijote, pero que tenemos la satisfacción de leerlo
y reescribirlo, por boca y lengua de su autor primero y único.
Porque en el Quijote está,
escrito en español, el genoma de la literatura universal.
Jesús
G. Maestro
Madrid, 1 de diciembre de 2025.
Prólogo de Jesús G. Maestro a la segunda edición del Quijote manuscrita en el IES Las Cantedras de Collado Villalba en Madrid
Cuando nos encontramos con alguien que colecciona tréboles de cuatro hojas, afirma trazar circunferencias de radio infinito con ambas manos o que Cervantes escribió el Quijote inspirado en el concepto de Derecho Mercantil de los nibelungos, no estamos simplemente ante un adínaton de tres cabezas, sino ante algo mucho más elemental y común. Estamos ante una contraseña o consigna. Tal cosa no es una argumentación o una opinión. Es el santo y seña de que nuestro interlocutor habla, escribe y vive en un tercer mundo semántico. Y no lo sabe. En ciertos contextos, discutir un disparate es formar parte de él.
A la universidad del primer cuarto del siglo XXI está a punto de llegar la tercera generación de jóvenes que cumplirá su mayoría de edad sin haber recibido nunca jamás formación literaria alguna. Sin embargo, y acaso precisamente por eso, coleccionan tréboles de cuatro hojas, trazan circunferencias de radio infinito y confirman en la obra de Cervantes la importancia posmoderna del Derecho Mercantil presente en el Cantar de los nibelungos. Todo ello gracias a las redes sociales, por supuesto, sede de la nueva universidad de la era global y posmoderna en que vivimos y convivimos con las generaciones más preparadas de la Historia del Universo.
La desaparición de la formación literaria en la universidad posmoderna no es un accidente ni una casualidad, ni mucho menos un secreto: es la consecuencia de haber perdido de vista la realidad deliberadamente. La vida humana es incomprensible de espaldas a la literatura y a las posibilidades y exigencias de su interpretación. Del concepto de literatura que tiene una sociedad depende también la idea de libertad por la que luchan sus miembros o ciudadanos.
Quien jamás ha leído con rigor a Cervantes, y se atreve a citarlo como falsa prueba de un supuesto conocimiento, no habla de literatura, sino de sí mismo, y de su pertenencia a una comunidad donde el disparate se exhibe como salvoconducto para «hacer amigos». La exposición de hechos imposibles se ha convertido hoy, gracias a la ilusión de conocimiento que brindan las redes sociales, en una contraseña que acredita el acceso a una ignorancia celebrada y compartida.
Con un necio nunca se puede dialogar, ni mucho menos discutir. Un necio no sabe razonar. Los locos razonan, pero mal. Los necios, simplemente, no razonan, y no tanto porque no sepan, sino porque no quieren. Lo suyo es la negación de la inteligencia, por norma. La propia y la ajena. La inteligencia propia, la niegan por incapacidad y zanganería; la ajena, por envidia. Hablar con un necio es promocionarlo, del mismo modo que discutir un disparate es formar parte de él. Las personas inteligentes olvidan, con demasiada frecuencia, que el éxito de las redes sociales se basa en la promoción de la estupidez, en la que ciegamente participan incluso también los cerebros supuestamente biempensantes e instruidos.
Las generaciones más jóvenes ―al disponer de menor y peor formación científica― saturan las redes sociales hablando de literatura sin haber recibido ningún tipo de educación literaria. Interpretan mal cuanto leen, pero hablan y escriben como si hubieran cursado o impartido estudios del más alto nivel durante décadas.
No conocen los géneros literarios, ni los métodos ni las obras de la Literatura Comparada, ni lo que es la ficción poética, ni nada saben sobre los orígenes de la creación literaria, ni manejan un concepto claro y probado de literatura. Ignoran historia y tradición poéticas, y sin saber distinguir la ontología del teatro, el poema o la narración, incapaces de diferenciar la ironía de la metáfora, o un pentasílabo adónico de una políptoton, pontifican sobre cualquier referencia dada en el campo de las artes poéticas y literarias.
Y así hablan y escriben de todo un poco, o un mucho ―pues el hablar no tiene puertas―, y con caritas de emoticono dictan sentencias sobre el arte en general y la literatura en particular, sobre la amistad y lo que surja. Y no digamos nada cuando el tema es la geopolítica, el nuevo género del horóscopo.
En realidad, lo único que consigue este tipo de persona ―nesciente y osada― es retratarse públicamente en internet como un incompetente, y dar cuenta del lugar que cada una de ellas ocupa en el simulacro de conocimientos que finge poseer. El resultado es un insectario de incompetencias. El narcisismo de las redes lo galvaniza todo y anula cualquier posibilidad de interpretarse a uno mismo con un mínimo de objetividad. La pobreza y la ignorancia son difíciles de ocultar, y aún más difíciles de disimular, salvo si se carece de sentido del ridículo, una carencia que remite sobre todo a la falta de un sensor fundamental: el que permite conocerse y reconocerse a sí mismo.
Hasta un incauto como Bertolt Brecht llega a postular, tres siglos después de Cervantes en el Quijote, el distanciamiento o extrañamiento como técnica de objetivación de uno hacia sí mismo y su entorno. El ignorante no llega ni de lejos a nada de esto. Le faltan demasiados sensores. Y le sobra narcisismo. Tiene todas las cualidades y potencias que conducen al fracaso. Pero no lo sabe. Y esta es su mayor limitación. La realidad no perdona a quienes no la conocen. Dicho de otro modo: destruye a quienes son incompatibles con ella.
Durante siglos, la literatura y sus posibilidades de enseñanza han sido un instrumento racional destinado a interpretar críticamente las más variadas y complejas situaciones humanas. Hoy esa labor la ejercen los espontáneos y ocurrentes de las redes sociales: coleccionistas de tréboles de cuatro hojas, dibujantes de circunferencias cuadradas o descubridores de la genealogía extraterrestre de Cervantes. A veces, los trebolarios tetrafolios tienen aspecto de título universitario. No se trata de extravagancias ingenuas, sino del resultado de la más absoluta y catastrófica ignorancia que puede verterse impunemente sobre la literatura. Y, en realidad, sobre cualquier cosa.
La literatura no puede ya esperar absolutamente nada de la universidad. Ni de ninguna otra institución educativa de nuestras sociedades actuales. La gente más joven se adiestra ―entre sí― en la promoción superlativa del disparate compartido y de la ignorancia institucionalizada. Quienes se proclaman como las generaciones más preparadas de la Historia llegan a la veintena sin haber leído jamás una obra literaria con la solvencia que exige un pensamiento crítico y un racionalismo científico mínimamente ordenado frente a lo que la literatura es. Y no lo saben.
No es una catástrofe, es una realidad cotidiana e impúdica: la literatura, en las redes sociales, se ha convertido ―como se convierte todo lo que posee algún valor― en un aberrante disparate. La literatura no ha desaparecido. Quienes han desaparecido son sus intérpretes científicos. Y entre ellos, los más jóvenes. No hay reemplazo generacional en la interpretación de la literatura. Y han desaparecido, incluso, de las instituciones académicas.
Hoy la interpretación literaria está en manos de ocurrentes y espontáneos. Me dirán que como siempre, y les responderé que sí, como siempre, con la única diferencia de que hoy estos ocurrentes y espontáneos son los únicos que la sobajan, manosean y adulteran, con feliz impudicia y morbosa fruición, y, por supuesto, sin el contrapunto de ninguna institución inteligente.
La pregunta es qué es lo que realmente les interesa a las personas inteligentes. Porque está bien claro que la literatura no les interesa en absoluto. Para nada. Sin embargo, a los necios, les encanta, y, como diría Quevedo de los mentirosos en sus Sueños (1627), «venían […] contentos, muy gordos, risueños y bien vestidos y medrados, que, no teniendo otro oficio, son milagro del mundo, con un gran auditorio de mentecatos y ruines». En manos de estos está hoy la literatura y sus posibilidades de interpretación, para regocijo de todos. Excepto de las personas inteligentes, que nadie sabe realmente en dónde están.
Jesús G. Maestro
Nuevas generaciones sin formación literaria: cuando discutir un disparate es formar parte de él
Los idealistas no saben qué hacer con la
literatura. Realmente, nunca han sabido qué hacer con la literatura. Cuando se
enfrentan a ella, se encuentran en un laberinto. En todos los casos, fingen
ante sus lectores una inteligencia de la que carecen, y que sólo resulta
alucinante para quienes, peores aún que ellos, por su ignorancia, se dejan
encantar y fascinar por palabras que les suenan bien simplemente porque no las
entienden. Y no las entienden porque nada significan. Lo peor de un ignorante
no es que no sepa distinguir un redondel de una circunferencia, según la
geometría, o un Mi sostenido de un Fa natural, según la escala cromática. Lo
peor es que no permite ni tolera que los demás sean capaces de distinguirlo y de
explicárselo.
La crítica literaria está sobresaturada,
sobre todo desde la Ilustración y el Romanticismo, de gentes que creen que
interpretar la literatura es escribir y publicar «cosas bonitas» sobre
literatura, desde citas ectópicas de metáforas ajenas hasta frases de autoayuda
que sólo se pueden cultivar en las emociones más básicas de un tercer mundo
semántico y bobalicón.
A la gente se la seduce por sus deficiencias
emocionales, no por su inteligencia. Eso lo sabe muy bien todo tipo de
sofistas, intelectuales y amigos del comercio. Y de este modo se la conduce
hacia los laberintos del siglo XXI, de modo que nadie pueda salir de ellos. La
ignorancia individual desemboca en la hipnosis colectiva. Porque hay algo peor
que un ignorante que desconoce lo que la literatura es: hablo del impostor que utiliza
la literatura para engañar a sus posibles lectores. Servirse de la literatura
para timar al prójimo es algo acaso tan infame como servirse de la medicina
para privar de vida a un ser humano contra su voluntad y conocimiento. Porque
privar a alguien de una vida inteligente es uno de los mayores actos de
crueldad y vileza que pueden darse en este mundo.
Jesús G. Maestro
A la gente se la seduce por sus deficiencias emocionales, no por su inteligencia: los timadores
Con motivo de la publicación del libro
titulado Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI, en la editorial
HarperCollins, pongo a disposición, tanto de los lectores de la obra impresa
como de los oyentes del audiolibro, el siguiente autorretrato, en el
que, en formato audio, respondo de forma abierta y clara a las preguntas y
cuestiones que me han hecho llegar.
Estas palabras han de entenderse como lo que
son, un autorretrato que sirve de preludio o introducción a la lectura de este
libro, Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI, pues en realidad
yo soy un total desconocido para casi todos mis oyentes y lectores, aunque la mayor
parte de la gente crea lo contrario, algunos finjan conocerme ante terceros o
no falte quien imagine haber pretendido lo imposible. La apariencia no es la
realidad, salvo para el mundo anglosajón, que prefiere el espejismo al oasis y
la mentira al desengaño.
Con inevitable frecuencia es fácil confundir
al personaje que habla en un vídeo, o al autor de una obra académica y
científica, con la persona real que da cuerpo a ese personaje, y que no siempre
se corresponde con él, a pesar de todas las apariencias posibles, reales e
imaginadas por los espectadores. Comúnmente la gente se hace una idea muy equivocada
de la persona real, y adquiere de ella una imagen que nada tiene que ver con esa
realidad genuina y con frecuencia invisible. Es muy fácil confundir realidad y
apariencia, y habitualmente, como es bien sabido, toda apariencia tiende al
engaño. Es conveniente disociar algunos aspectos, muy importantes, entre
persona y personaje, es decir, entre la realidad del que habla y las ficciones
que mediáticamente, a veces también mítica o hasta legendariamente, estimulan
la imaginación, idealista y errada, de unos y otros.
Algunas personas me preguntan, con cierta
insistencia, quién soy yo, cuál es mi ideología, por qué digo esto o aquello,
qué obras literarias prefiero o recomiendo, si soy partidario del aborto o de
los abortos ―el plural aquí no es lo mismo que el singular―, a quién voto en
unas elecciones o qué objetivos políticos tengo, qué sistema educativo
considero mejor para la educación de los listos o de los tontos, o,
simplemente, me preguntan por qué no respondo a sus mensajes.
Me hacen, en suma, inquisiciones personales.
A fin de responder de forma discretamente
definitiva a estas y otras cuestiones, expongo aquí, con fines disuasorios, una
suerte de autorretrato, introducción a una serie de pensamientos aforismáticos
y obras escritas en las que se sintetiza y objetiva mi filosofía de la vida,
una filosofía de la que muchas personas se han hecho eco en internet y otros
medios, a partir de mi obra impresa y de mis vídeos en YouTube.
Debo decir que la mejor forma de encontrar
una respuesta a cualquier pregunta sobre mí es leer mi obra, directamente y sin
intermediarios, e interpretarla ―en su contexto― con la debida atención.
Leerla, sobre todo, sin patologías previas. A las patologías, comúnmente
se las llama prejuicios.
Un hecho ha de quedar claro desde el
comienzo, y para siempre: yo no hablo en nombre de ninguna ideología, ni de
ninguna religión, ni de ninguna filosofía. Yo sólo hablo en nombre de los
conocimientos de que dispongo. Tampoco hablo para gustar, ni para disgustar.
Hablo y escribo, simplemente, para exponer un sistema de ideas, relacionadas
siempre de un modo u otro con la literatura.
En mi vida, hasta este momento, he escrito esencialmente
tres libros. En primer lugar, Crítica de
la razón literaria, cuya primera edición es de 2017 y cuya décima y
definitiva edición es de 2022. En segundo lugar, Ensayo sobre el fracaso
histórico de la democracia en el siglo XXI, cuya primera edición es de 2020
y cuya tercera y definitiva edición es de 2024. En tercer lugar, he publicado
el libro que aquí y ahora presentamos: Una filosofía para sobrevivir en el
siglo XXI. El primer libro se refiere a la literatura; el segundo, a la
política; y el tercero, a mi público, es decir, a ti. También he difundido mi
actividad docente de forma abierta y gratuita en más de mil ―y pico― vídeos, y
he publicado unos cuantos artículos, opúsculos y ensayos. Mi primer artículo en
la prensa lo publiqué con 16 años de edad, en el diario La Nueva España,
de Oviedo. Desde entonces no he dejado de escribir y publicar en diferentes
medios de comunicación.
El primero de estos libros, que titulé Crítica de la razón literaria. Una Teoría de
la Literatura científica, crítica y dialéctica, constituye un método
original y propio de interpretación literaria, cuyo objetivo, entre otros, ha
sido el de sacar a la literatura del cubo de la basura en que la han metido las
universidades actuales. En ese libro hablo de lo que sobre literatura no me
enseñaron en la Universidad. Necesité sólo 20 tomos, exactamente 7.198 páginas.
Escribirlo me llevó poco más de 20 años. Mis colegas lo han conocido por sus
hijos y alumnos. Los más viejos de ellos lo han ignorado por completo. Es una
obra que no pueden permitirse. Ni reconocer. Se sienten desautorizados y en
evidencia. Tantos años en esto, para darse cuenta al final de que no han hecho
más que repetir en español lo que otros dijeron antes en francés, inglés o
alemán. Acaso también en ruso. Los más jóvenes, sin embargo, han convertido
esta obra en su libro de cabecera. Algo tendrá el agua ―dicen― cuando la
bendicen. Sea como fuere, la Crítica de
la razón literaria ―y así lo ha advertido más de un lector― se ha
adelantado a toda una generación de lectores, y se ha saltado directamente a
los más viejos avechuchos para instalarse entre los más jóvenes e interesados
milenaristas.
El segundo libro, para el que fueron
suficientes unas semanas, lo titulé Ensayo sobre el fracaso histórico de la
democracia en el siglo XXI. La posmodernidad democrática como medio de
destrucción de la libertad y del Estado moderno. Este escrito habla de tres
hechos terribles y, pese a todo, muy atractivos, entre otros francamente
inconfesables, que, en el siglo XXI, determinarán de modo irreversible la vida
de todos y cada uno de nosotros, y de nuestros descendientes: el fracaso de la
democracia y la destrucción del Estado moderno, el triunfo de la barbarie y la
ignorancia violenta, y la deshumanización digital del ser humano, ejecutada a
través de internet y sus múltiples redes arácnidas, inteligencia artificial
incluida.
El tercer libro, Una filosofía para
sobrevivir en el siglo XXI, del que este autorretrato es una introducción,
ha sido una exigencia de los dos primeros y una consecuencia de la difusión de
mi obra académica y científica, así como de mi labor docente, visible a través
de múltiples medios de comunicación audiovisual, en particular a través de
YouTube.
Se sintetiza aquí una filosofía de la vida,
la mía propia, que expongo en este ensayo, por si puede ser de interés para
lectores, oyentes y espectadores. No es un libro de autoayuda, sino todo lo
contrario: es un libro de desengaño y de crítica feroz contra quienes no tienen
nada que decirnos y, sin embargo, no cesan de intoxicar nuestra vida, nuestros
conocimientos y nuestra libertad. El lector tiene aquí un libro para sobrevivir
al siglo XXI: una filosofía que es, ante todo, mi modo personal de organizar las
ideas de las que disponemos y con las que actuamos. A partir de aquí, tú,
lector, oyente o espectador, decides.
Esta trilogía es, por el momento, mi obra
esencial. Como he dicho, el primero de estos libros habla de literatura
y el segundo de política. El tercero habla de ti. De lo que hablen sobre
el personaje de YouTube, al que han dado vida ―una vida virtual―
los sueños de mis espectadores, sea cada uno de ellos el único responsable.
No soy responsable
de lo que hago en los sueños de los demás
He dicho muchas veces que no soy responsable
de lo que hago en los sueños, fantasías o pesadillas ―redes sociales incluidas―
de los demás.
No conviene confundir a una persona
con su personaje. No quiero decepcionar a nadie, pero quien habla en los
vídeos es un personaje que no siempre se corresponde con mi persona. De hecho,
yo no soy mi personaje. Y no volveré a insistir en esta realidad. Lo sabemos
desde que los antiguos griegos escenificaron la esencia y artificio del teatro
moderno. Actor es la persona cuyo cuerpo da vida y soporte a un personaje. Su
máscara. Es un referente físico en quien se objetiva un significado, acaso
múltiples hipótesis, y hasta algún que otro relato, sin duda legendario y
también falso y marfuz.
De hecho, la realidad que hay en la persona
que da vida a ese personaje la conocen muy pocos, y casi nadie completamente.
Para mis antiguos alumnos, los del pasado
siglo XX ―comencé a dar clase en la Universidad en 1993, con 25 años, tras
doctorarme en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada―, soy acaso nada,
o en el mejor de los casos, un recuerdo sin consecuencias. Para mis actuales
alumnos, los del siglo XXI, soy un perfecto desconocido: ni siquiera saben mi
nombre, no tienen ningún interés en recibir mis conocimientos y no me
identificarían ni personal ni profesionalmente en ninguna parte ni lugar. En
este punto, soy igual que mis colegas. Sólo que yo lo sé y lo digo, y ellos ni
pueden hacerlo ni se atreven a decirlo.
Para los de izquierdas, soy de derechas;
para los de derechas, soy de izquierdas. Así de listos son unos y otros.
Para los protestantes, soy un católico
luzbelino; para los católicos, soy un caso perdido; para los agnósticos, un
escritor inútil, y para los ateos, un jeroglífico. Para el resto de creyentes,
un don nadie, excepto para los filósofos, que me hacen preguntas propias de
personas que no han trabajado nunca. Para las feministas soy un hombre ―mea
culpa―. Y tienen razón: formo parte de una generación de seres humanos que
todavía alcanzó a distinguir a las personas por su sexo, y a no discriminarlas
nunca ni por su género ni por ninguna otra cuestión irrelevante. Para los
polemistas y ergotistas de todos los signos, sean de esto o lo contrario, soy
alguien que ―salvo por su forma de razonar― debería estar con ellos y no contra
ellos, aunque lo realmente cierto es que no estoy ni en contra ni a favor de
hechos y debates que me rebasan (por no decir que me resbalan) y ante los que
no tengo nada que hacer ni que aportar. No me atraen los querulantes.
Para los enemigos de los buenistas, soy
buenista; para los buenistas, no soy buenista, porque soy heterodoxo ―es decir,
original― e indómito, dado que no permito que me eduquen para obedecer; para
quienes me conocen laboralmente, soy lo que hay: un intérprete de Cervantes, de
la literatura en general y de la Literatura Española e Hispanoamericana en
particular, y también de la Teoría de la Literatura, de la que he hablado como
lo que es, una ciencia de los materiales literarios. La administración dice que
soy, también, especialista en Literatura Comparada (sea de ello responsable la
administración).
Soy, en suma, alguien que, a partir de su
propia formación autodidacta como profesor de Universidad, en el ejercicio
investigador y docente de la Filología Hispánica durante más de tres décadas,
ha construido, para bien o para mal, una Teoría de la Literatura nueva,
original y diferente.
La Crítica de la razón literaria se
ha enfrentado sin reservas a una tradición que, entre otros muchísimos lastres,
subordinaba el Hispanismo a los dictados de otras naciones y culturas, a mi
juicio muy incompetentes en materia literaria, las cuales imponían a nuestras
élites universitarias y políticas una forma de interpretar la literatura ―y en
particular la literatura hispánica― con la que una persona inteligente no puede
estar científicamente de acuerdo. No me dio la gana de aceptar eso, y por ello
mismo escribí mi propia obra. En ella se contiene el mayor reproche a mis
profesores universitarios: nunca fueron, ni supieron ser, originales. Fueron
copistas, traductores e importadores de lo que se hacía en el extranjero. Y lo
hicieron acríticamente. No me aportaron nada. Y si dijera otra cosa, mentiría.
Hablo de la Universidad, porque en el bachillerato conocí a los mejores
profesores de toda mi trayectoria académica y vital.
Políticos, maestros y colegas
Para mis colegas, soy una oportunidad (que
cada uno ha gestionado según sus propias capacidades, o visto frustrada según
mis personales decisiones o intereses). Para los investigadores más jóvenes y
competentes, soy un tema para una tesis. Para la Universidad, un superviviente
al que nunca los lenones pudieron silenciar, ni detener, ni domeñar: una
rarísima avis a la que el poder nunca logró seducir con nada ni con
nadie. Para los caciques, una bofetada a tiempo, y en algún momento una buena
hostia a destiempo, pero siempre muy bien dada. Nunca es tarde ―dice la
paremia―, si la dicha es buena. A veces, la dicha, se manifiesta de forma
violenta.
Para los maestros, cualquier cosa menos lo
que esperaban, cualquier desenlace menos un discípulo, cualquier resultado
menos una obsecuencia: soy los antípodas de la sumisión. Nunca una frustración
―para ellos―, pero en algún caso sí un resentimiento, si nos acordamos ―no la
nombremos― de alguna vieja gloria cada vez menos gloriosa y más vetusta. Para
los resentidos y envidiosos, una viruela que sólo ellos saben por qué padecen.
Para las camarillas, siempre fui una puerta cerrada y un despacho vacío. Para
el poder académico, una total pérdida de tiempo.
El poder académico ―sea dicho con toda
legitimidad― es una de las formas más ilusorias y pueriles de poder. El poder
académico se limita a hacer de mensajero e intermediario informático, porque
hoy toda burocracia académica no es otra cosa que reenviar correos
electrónicos, los cuales se reciben inconscientemente de una instancia
burocrática y se remiten a otra. No hay más. No es ni siquiera sumisión ni
servilismo. Es algo mucho más simple y degenerado: es mensajería electrónica
propia de gente que no sabe hacer su trabajo, es decir, dar clase, y que lo
disimula eclipsándose en el lisérgico pseudopoder académico. La golosina de los
bobos. En ese ejercicio se entretiene, ilusa y vaga, en realidad neutralizada,
más del noventa por ciento de la población universitaria mundial. Siempre me
negué a ocupar cargos de gestión académica. Y aun así las llamadas agencias de
evaluación se vieron obligadas a acreditarme como catedrático. En contra de su
voluntad, naturalmente, y de la de algún envidioso y frustrado colega.
Para los políticos que no me conocen, soy un
presunto voto; para los políticos que me conocen, un sofión sin reservas. Para
la democracia, una carcajada. Ante el supremo cortesano, el espectador de una
obra de teatro cuyo final ignoramos tanto como deseamos... conocer. Y para la
ramerilla de la democracia, es decir, para la prensa, soy el hombre invisible.
Sea así por muchos años.
¿Hombres y mujeres?
Para hombres y mujeres soy lo que, en cada
caso, unos y otras merecen por sus obras. Porque las palabras, entre los seres
humanos, sólo sirven para engañar, con mejor o peor torpeza. Por ello, para los
hombres soy, en algún caso, el maestro que imaginan o desean, y que no tienen,
o no han tenido; en otros casos ―casos tronados, todo hay que decirlo―, soy lo
que desearían para sí y saben imposible, una fascinación urticante, la sal en
la envidia, la ortiga en el orto, una cara que no sale en su espejo y un libro
que acaso hubieran querido escribir, cuando ni siquiera lo pueden reseñar: para
más de uno, la impotencia de todos sus días; y en la mayoría de los casos sólo
soy alguien que, simplemente, a veces responde a sus mensajes y a veces no.
Para las mujeres, soy lo que cada una imagina ―bajo su responsabilidad―, y
alguna consigue ―bajo la mía―: atención y distancia. Es decir, soy lo mismo que
para los hombres.
Para los memos un meme: confieso que la
puericia crónica no es lo mío. Pero les gusto. Los memos también buscan
espejos. Y pareja. Opositores a Narciso, combustible de psiquiatra, carne de
suicidios. No en vano la fascinación especular tiene genealogías patológicas de
las que sólo el memo ―y no el modelo― es responsable. Para los enemigos, soy
una sorpresa. No digamos más. Pero... seamos francos... lo cierto es que no
tengo enemigos: tengo gilipollas. Para los amigos, un amigo desengañado,
consciente de que la traición la ejecutará siempre uno de los mejores. La
traición, como la noche, como la Historia, como la muerte, como el tiempo
mismo..., nunca tiene prisa. Y es, sobre todo, como la muerte y como Hacienda:
siempre llega.
Para los traidores, soy eso, literalmente,
un viejo amigo. Para el calumniador, una persona que desmiente con hechos la
mentira de sus palabras. Porque la calumnia siempre revela los intereses y
expectativas de los crédulos, que la buscan inflamados y la retroalimentan
latebrosamente. La calumnia contiene siempre la matriz de las intenciones del
calumniador, pero nunca la realidad de los hechos adulteradamente narrados.
Engáñese cada uno como quiera: la mentira no me necesita. Si tú la necesitas, ve
con ella. Ve con el diablo, no conmigo. Para el gremio de los envidiosos, tengo
un arsenal de contenidos originales ―y muy codiciados― titulado Crítica de
la razón literaria.
Para la música, soy una frustración que
ignora todas sus frustraciones: una disposición constante y una voluntad
silvestre y libertina. Para mi querido y estimado profesor de música, soy ―acaso
en algún momento― un pequeño dolor de cabeza comprensible y perdonable. Siempre
compatible con su magisterio, que es lo más importante, porque le debo lo mejor
de lo que soy capaz ante un instrumento delator e insobornable, como es el
piano. Los profesores de música son los únicos maestros que reconozco, porque
jamás podré superar su originalidad magistral y su paciencia infinita y
generosa. Les debo el tiempo y el saber, inmenso, que me han dado. También a mi
maestro en literatura, la mayor excepción, el único: Emilio Nieto Costas, mi
profesor de literatura en segundo de bachillerato. Fue mejor que todos mis
profesores de Universidad juntos. El discípulo obedece, el intérprete
expone su criterio. Con libertad.
Para la filosofía, soy el lector de Borges
―confío en ella tanto como el argentino que soñaba con ser inglés, es decir,
nada (nótese la epanortosis, por favor)―, y para la literatura soy el autor de
la Crítica de la razón literaria.
Elogio y vituperio
Para quien me elogia soy un oído sordo, y
para quien me vitupera soy un oído sordo que sabe leer en los labios. Para
quien entra por la puerta de mi despacho, soy una adivinanza. Como editor, no
quise explicaciones, quise resultados. No presto atención a mis interlocutores,
pero finjo en la medida de lo posible y en razón de la cortesía. Sólo escucho
música y sólo a la literatura presto atención sin distancias. No pierdan
el tiempo buscándome coloquios.
Siento esta franqueza, pero antes muerto que
embustero: las palabras, fuera de la literatura, son la banda sonora de la
nada. Las mías, como las de los demás. Y cualquier efecto sonoro, si no es
música, es ruido.
Otra cosa son las palabras de mi personaje,
que es quien les habla y les hablará mientras yo viva. Quédense con él, y a mí
déjenme en paz: serán más felices. (La única diferencia es que algunos ―los que
no me conocen, ni pueden conocerme― quieren creer más en mis palabras que en
las palabras de mi personaje, y yo, sinceramente, no necesito creer en las de
nadie. Ni siquiera en las de mi personaje. Ése es para ustedes, no para mí).
La queja es una de las formas más socorridas
de disimulo, y de ser, también, consciente de lo que hay. Trabajar es una forma
de disimular el éxito y el bienestar propios de una vida, el mejor modo de
pasar desapercibido ante el vecino y el colega. Una forma de fingir
incomodidades que nos aproximan a los demás. Un modo de hacerles sentirse
cercanos a nosotros mismos. Una ilusión de sociabilidad, que más de uno
necesitará interpretar como una suerte de complicidad, o hasta de solidaridad
inexistente. La ingenuidad del ser humano es infinita. Quejarse es una forma de
despistar. También es una forma consensuada de placer.
Pero vivir es hechicero y seductor. La vida
es la forma más atractiva de prorrogar el final. Amenizado por el fracaso ajeno
y la supervivencia propia.
No soy arrogante, soy sincero. De una
franqueza urticante y de una llaneza que, por viajar de la mano de la
indiferencia, el desengaño y la misantropía, e incluso la indolencia, resulta
molesta, a veces intolerable, muchas veces antipática y, desde luego, siempre
incompatible con casi todo el mundo. Así sea, pues así lo quiero.
No soy narcisista, porque no soy como me veo
yo, sino como me ves tú: si me sigues mirando, leyendo o escuchando, pregúntate
por qué lo haces, pero no me lo preguntes a mí, porque yo no sé quién eres. Y,
con todo respeto y consideración, no me interesa saberlo. No estoy encantado de
conocerme a mí mismo, estoy encantado de no conocerte a ti.
Y si te parece bien lo que soy y lo que
digo, sé bienvenido, y con tu pan te lo comas. Y si no te parece bien, o
simplemente te molesta, la culpa es tuya por prestarme atención.
Los alumnos forman parte de mi trabajo,
no de mi vida
No hablo con alumnos fuera de mi ámbito
laboral. Y desde luego no escucho ninguna de sus confesiones, ni dentro ni
fuera del aula. Los alumnos forman parte de mi trabajo, no de mi vida.
Soy profesor, no confesor. No soy cura, ni
psiquiatra, ni «hermano mayor» de nadie. En mi trabajo explico el Quijote,
entre muchas otras obras literarias. Examino al alumnado conforme a la
legalidad vigente y de acuerdo con la guía docente de la materia ―en las que ni
creo ni confío, porque no son obra mía, sino de un poder ajeno del que no formo
parte, ni como artífice ni como elector―, y lo que ocurra fuera de mi horario y
calendario laborales no es asunto mío y no debe ser asunto mío. Trabajo por
dinero, como todo el mundo. Porque trabajo es aquello que se hace por dinero.
El placer es otra cosa. La libertad comienza cuando termina el horario laboral.
Trabajar, como votar, es obedecer. Si no lo sabes, no puedo ―ni quiero―
explicártelo. Descúbrelo por ti mismo, y si no eres capaz, dedícate al
voluntariado, por placer y sin dinero. Y si crees en la vocación, advierte que
un desengaño a tiempo puede ser tu mejor victoria y prevención.
Voluntariamente dedico mi vida personal y
profesional a explicar literatura: en menos de una década he grabado más de mil
largos vídeos ―sé que ya lo he dicho― sobre interpretación de autores y obras
literarias, y he puesto desinteresadamente a disposición de todo el mundo, en
internet, contenidos críticos y académicos propios de un nivel universitario,
de forma abierta, libre y gratuita, así como toda mi obra, la Crítica de la
razón literaria. Soy responsable de lo que he escrito (no de las apofenias
del último ocurrente que me leyere), y me deberán el favor ―que no cobraré― de
haberlo regalado. Lo que la gente haga con ello es algo que no puede
importarme. No soy cómplice de mis lectores. Ni de nadie.
No hablo para hacer amistades,
sino para exponer un sistema de ideas
sobre la literatura
No hablo ni escribo para los jóvenes, ni
para los viejos, ni para nadie en particular. Ni en absoluto para hacer
amistades ni enemistades. Escribo y hablo para expresar un sistema de ideas
sobre la literatura.
Si ofrezco gratuitamente mis conocimientos,
es para que, si te interesa, los utilices de forma útil e inteligente, no para
que me escribas ni contactes, y ni mucho menos para que me des tu opinión. No
discuto opiniones: interpreto hechos. Ni mi vida ni mi obra dependen de tu
opinión. Sinceramente: tu opinión no nos importa. (A los retransmisores de
opiniones de terceras personas los considero, simplemente, lo que son:
chismosos y bobos. Su destino es la sentina o pecinal de la papelera más
cercana. El bloqueo eviterno. Me resultan excrementicios. Vaya también el
correveidile, como la mentira, con el diablo).
Lo que digo o escribo no es resultado de una
espontaneidad o una ocurrencia, sino que se trata de afirmaciones que forman
parte de textos más amplios, de los que se extraen como una cita, y que pueden
leerse como aforismos o paremias. Mi obra contiene una considerable selección y
antología de ellas.
Ni yo ni nadie puede pretender que se
entienda lo que se escribe o dice, si quien oye o lee no pone la debida
atención. Cada texto selecciona, con vida propia, a sus propios lectores e
intérpretes.
Por otro lado, hoy, con las redes sociales,
la confusión y destrucción de la comunicación ―y de cualquier contenido
inteligente― están aseguradas. Hay personas que viven ―es decir, malviven― en
las redes sociales, enredadas en el reciario de internet, y que comentan todo
lo que ven, sin entender nada de lo que leen. Mi obra, que se ha difundido
mucho a través de estos medios, ha sido y es objeto de interminables
comentarios, vídeos, réplicas, etc. La mayor parte de estos comentarios
proceden de personas que no tienen conocimiento de nada, pero que, bajo la
ilusión de la red pública, creen que saben algo. Su destino es la gomia de la
basura.
Pongo un ejemplo. Siempre he dicho que la
literatura no es una ciencia. Es la tesis número 4 de la Crítica de la razón
literaria: «la literatura no es una ciencia». Bien, pues son
incontables las personas que, comentando tonterías en internet, objetan
―jugando a ser sabios― que yo haya dicho que «la literatura es una
ciencia». Es decir: entienden todo al revés. Otro lo lee, y sigue el hilo. Y
así sucesivamente. Pueden citarse ejemplos como éste hasta el infinito.
Verdades y mentiras conviven en internet en
condiciones idénticas y resulta imposible discriminarlas. Sobre todo entre
adolescentes de larga duración. Gente que crece como «Mowglis» o silvestres
«niños de la selva». Varios de estos «Mowglis» son hoy graduados
universitarios. En las redes sociales ―su placenta― cultivan el magisterio de
ignorancias crónicas y viciadas, metástasis de necedades infinitas. Y a la vez,
internet ―no lo neguemos― es también un medio de difusión de conocimientos y
saberes de primera categoría, para quien sabe identificarlos e interpretarlos.
La realidad es dialéctica y conflictiva. Y acabará contigo, si no te haces
compatible con ella, es decir, si eres un idealista.
Saber sobrevivir a esos contrastes es
fundamental. Y la educación debe ser el principal instrumento para conseguirlo,
y no el medio más insistente para provocar en niños y jóvenes todo tipo de
patologías y trastornos de personalidad. Cuidado con convertirse en un
«Mowgli».
No soy un youtúber,
soy un profesor que graba sus clases
No conviene confundir, al menos en mi caso,
el mensaje con el medio, ni el emisor con el canal, porque, en mi vida y obra,
el mensaje ―la literatura― no es el medio ni el canal ―YouTube―. En internet
estamos todos, pero no todos estamos del mismo modo. El medio no nos hace
iguales, pese a las apariencias. Y yo soy solamente un profesor.
Los profesores somos personas que enseñamos
lo que sabemos a otras personas que quieren aprender lo que enseñamos. Más allá
de estas condiciones básicas, todo lo demás sobra. A menos que ―como la
administración y las agencias de calidad― forme parte de cuanto quiere
arruinar, sabotear o simplemente destruir nuestro trabajo y vocación.
Se ha dicho que «los vídeos de Maestro son
café para los muy cafeteros». Es posible que quien lo haya dicho no haya
probado nunca el café. Pero eso no importa. Tampoco soy un profesor como el
resto de mis colegas. Y eso importa aún menos.
No he liderado nunca nada ―de nada―, ni he
dirigido jamás a ningún grupo de personas. Ni de animales. Nunca he sido
pastor, ni flautista en Hamelin. No soy influyente ―¿por qué dicen
«influencer»?― en nadie ni en nada. Tampoco soy un youtúber: soy un profesor
que graba sus clases. Quien confunda el medio con el mensaje, que
se lo haga mirar. Y si hay quienes dicen seguirme, sea suya la decisión, y
quédense con la exclusiva de sus consecuencias. Ya he dicho que no soy
responsable de lo que hago en los sueños de los demás, no presto atención a
nadie, y nada tengo que ver con actos ajenos. Y aún menos con conductas
gregarias. No participo en debates ni en polémicas. Nunca lo he hecho. Que los
demás polemicen sobre mí no me convierte a mí en ningún polemista. No tengo
opiniones, tengo interpretaciones. Ideas que no están subordinadas a la opinión
del prójimo. Lo que yo pienso no depende de ti.
No he llevado a cabo jamás proyectos de
investigación subvencionados por ministerios, universidades o agencias
destinadas a inquirir, desde la burocracia que no ha investigado nunca nada,
las investigaciones científicas de los demás. No pido permiso, aún menos
atención, a los necios para escribir. Tampoco los quiero como lectores. No los
reconozco como interlocutores. La Crítica
de la razón literaria la he escrito a solas, y ni ella ni yo debemos nada a
ninguna de estas entidades antemencionadas, a cuyas espaldas la he compuesto y
publicado.
Las agencias de evaluación han tenido que
tragarme tal como soy, y se han visto obligadas, contra sí mismas, a
reconocerme, según dice la propia administración, como catedrático de Teoría de
la Literatura y Literatura Comparada. Yo me negué explícitamente a cumplir con
muchos de los requisitos cacareados por esas instituciones. No me jacto de ser
catedrático ―el mejor de todos los memes―: me jacto de ser catedrático a pesar
de las agencias de evaluación científica y académica. Y contra ellas.
No he dirigido ni una sola tesis doctoral en
más de 30 años de actividad docente universitaria. Ni pienso hacerlo. Es una
forma de aprovecharse del trabajo de los demás. Es incluso absurdo y ridículo,
además de irónico y burlesco, que a alguien que termina una carrera, tras cuatro
o cinco años de estudio, haya que dirigirle un trabajo, como si se tratara de
un inválido intelectual. ¿Para qué ha estudiado entonces durante casi un lustro
o más? No me he servido de nadie, y menos de estudiantes, para desarrollar mi
propio trabajo y curriculum vitae. Nunca he promovido ni la esclavitud
académica, ni el caciquismo científico, ni la sumisión diferida. Nunca he
tenido a nadie trabajando para mí, del mismo modo que siempre me negué a
trabajar herilmente para otros, por muy superiores que fueran a mí, y que no
por ello han dejado de servirse en más de un caso de mi trabajo, de mis ideas y
de mis textos, sin reconocerlo ni mencionarlos, como si algo así pudiera
ignorarse o disimularse.
Nunca olvidaré cómo en el año 1988, un
excura, entonces profesor, nos impuso a todos los alumnos, como una obligación
cuyo cumplimiento determinaba la calificación final de la asignatura, la
transcripción de unos textos medievales, que después él utilizaría con fines
propios y exclusivos para uno de sus trabajos académicos. Nunca olvidaré que le
dije que no. Lo dije y lo hice con hechos irreversibles e inapelables. Y nunca
olvidará él que, cuando insistió por última vez, con cobardía y sin valor, en
que le transcribiera aquellos textos, al final de una clase, pues me los plantó
delante de mis narices, sobre el pupitre, entre dos compañeros, ahí se quedaron
los textos, en un aula vacía. Porque yo ni los toqué. Lo que hizo con ellos...
él sabrá lo que fue. Yo sé lo que hice con él.
Mi obra es pública y de libre acceso, y
sobre ella se han hecho y publicado varias tesis doctorales, que yo no he
dirigido, aunque haya sido causa y combustible de ellas. Quien quiera utilizar
mi trabajo para investigaciones científicas y académicas, ahí lo tiene, en
internet, de forma libre, abierta y gratuita. A mí no me necesita para nada. Ni
yo necesito dirigir a nadie. Las personas inteligentes no necesitan directores.
Ni espirituales ni intelectuales. No es soberbia, es libertad. No es
insumisión, sino simplemente coherencia. Toda originalidad implica la negación
de un superior. Mis mejores intérpretes son aquellos que jamás han estado subordinados
a nada ni han sido seguidores de nadie. Quien piensa con cerebro ajeno no
entenderá jamás ni una sola de mis palabras, ni uno solo de mis libros. No
quiero sufragáneos de ninguna autoridad, ni propia ni ajena. Mejor solo que mal
acompañado. El esclavo intelectual es la peor de las compañías, el más
deplorable de los turiferarios. Filosofías, religiones e ideologías son sus
principales placentasy laboratorios. Soy
ajeno a todas ellas, y no quiero a nadie obsecuente con ellas.
No he tenido ni discípulos ni maestros.
¿Para qué? Más bien he tenido ocasión de conocer a quienes, en diferentes
momentos y circunstancias, han querido o pretendido ser lo uno o lo otro, sin
haber sido jamás ninguna de las dos cosas. Y, sobre todo, he tenido constancia
de gentes que, confundiendo la realidad con la ficción de sus sueños,
ansiedades o pesadillas, se atribuían privilegios relativos a su inexistente
relación conmigo. Quien hambre tiene, con pan sueña, reza el proverbio. Dado
que no soy psiquiatra, no puedo pronunciarme con rigor sobre el tratamiento
médico de casos tales, y he de limitarme a una sintética exposición de hechos
ajenos y estultos.
Confieso que antes de cumplir los 50 años he
visto cumplidos todos mis objetivos personales y profesionales. La cátedra no
estaba entre ellos, vino después, como puede venir cualquier cosa irrelevante y
pasajera. Si mi posible éxito ha perjudicado a otros, ellos sabrán por qué. Yo
lo ignoro. La envidia es la forma más siniestra de admiración. Nunca
experimenté ese sentimiento. No tengo ni he tenido nunca razones ni motivos
para ello. No tengo a nadie a quien envidiar. Lo siento por ellos. Quien por
celos ladra no ladrará en vano, según reza el verso de Lope de Vega. Pero la
verdad es que nunca he prestado atención a los ladridos de un can, cuanto menos
a los de un colega o semoviente advenedizo.
Las grandes obras, especialmente las
literarias y artísticas, y acaso también algunas de las científicas, son en
realidad sólo testimonio insólito y único de lo que alguien inteligente y
aislado ha sido capaz de hacer y de alcanzar. Un logro supremo y singular. Nada
más. Nada menos. Las obras geniales no tienen otro destino que la soledad. Una
soledad condecorada y solemne, acaso, pero soledad y olvido al fin y al cabo.
Los demás, realmente ―el ruidoso y respetable público, destinatario consciente
o inconsciente de ellas y de sus posibles consecuencias―, poco o nada valioso
pueden hacer con estas supuestas grandes obras, salvo admirarlas unos,
envidiarlas otros, imitarlas los más astutos, estropearlas por completo los más
charlatanes o simplemente destruirlas los más ignorantes y bárbaros. Los
discípulos son infidentes o parásitos por naturaleza. Los maestros, por su
parte, siempre fueron ficciones de cortesía. El público, llamado el respetable,
es la distancia que separa la realidad del idealismo. Lo sabemos: nos quieren
por el ruido, no por las nueces.
Si buscan amo, llamen a otra puerta, y si
necesitan amigos, acudan a una red social, donde no me encontrarán, porque la
suplantación de identidad no remite nunca a ningún original. El espejismo jamás
se convierte en oasis. También es cierto que no he intervenido nunca en la
actividad de mis posibles publicistas. Si les gustan los dioses falsos,
quédense con ellos. Sepan que yo no quiero ni a los verdaderos. Si necesitan
consuelo, sírvanse del instrumento correspondiente.
Y si reciben un mensaje firmado con mi
nombre y apellidos, pueden estar seguros de que el autor no soy yo.