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Neohumanismo literario: Ideas y premisas fundamentales de este sistema de pensamiento crítico

 






El Neohumanismo literario es un sistema de pensamiento crítico constituido por Jesús G. Maestro a partir de su obra científica, ensayística y literaria, desarrollada principalmente en libros como Crítica de la razón literaria (2017-2025), Ensayo sobre el fracaso histórico de la democracia en el siglo XXI (2024) y Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI (2025), entre otras de sus publicaciones académicas.

Este movimiento crítico toma como punto de partida y referencia tres hechos determinantes e incontenibles en la realidad del siglo XXI: 1) la destrucción del Estado moderno, como modelo político vigente desde finales del siglo XV, surgido en la Edad Moderna con el Renacimiento español e italiano; 2) el fracaso de la democracia, como sistema de gobierno nacido del idealismo totalitario característico de la Ilustración anglosajona y europeísta; y 3) la desnaturalización de la vida humana a través de la implantación irreversible de todo tipo de procesos de digitalización, mecanización y programación artificial a los que hoy estamos sometidos, hasta alcanzar estados incompatibles con la supervivencia misma de nuestra propia especie.

El Neohumanismo literario considera que estos tres hechos, que han introducido e introducen cambios radicales e insospechados en la experiencia social e individual, no se pueden detener, pero sí reconducir y reorganizar de modo que la vida del ser humano pueda hacerse compatible con ellos para bien de todos.

En este proceso de reorganización o reconducción controlada de la destrucción del Estado, el fracaso de la democracia y la desnaturalización de la vida humana, las soluciones que ha proporcionado ―incluso históricamente― la filosofía, la religión y las ideologías políticas, lejos de ayudarnos, resultan problemáticas, inconvenientes e incluso nocivas. En muchos aspectos lo siguen siendo, no sólo porque en lugar de haber evitado esta situación de destrucción política, fracaso democrático y mecanización inhumana de la vida, la han hecho posible, sino porque además de no resolverla la han justificado, en ocasiones irracionalmente, en términos ideológicos, políticos y filosóficos.

Ante este desenlace, comparable al de un callejón histórico y político sin salida, hay dos caminos y una realidad que pueden ofrecer posibles soluciones. Los caminos son la ciencia y la literatura, y la realidad ―con la que hay que pactar y hacerse compatible― es el mercado.

Desde siglos inmemoriales, mucho antes de las más modernas y contemporáneas revoluciones políticas e ideológicas, las más variopintas filosofías y religiones trataron de ofrecer al ser humano diferentes modos de vida, alternativos y sucesivos en todas sus promesas, para desembocar con el paso del tiempo en guerras igualmente cruentas o incluso más atroces que aquellas que trataron de evitar.

Con la llegada de la Ilustración dieciochesca, idealista y fabulosa, se prometió la secularización de la vida humana, política y social, así como la superación ancestral de conflictos religiosos, en nombre de una «razón ilustrada», ignorante de que los precedentes Siglos de Oro españoles, capaces de elaborar un Quijote y toda una literatura cuyo racionalismo no ha sido superado jamás, ya lo habían conseguido de forma insólita y eficaz. El racionalismo barroco es superior al idealismo de la Ilustración e incompatible con el concepto reformista, mecanicista y nihilista de la anglosfera, bajo cuyos efectos destructivos sobrevivimos hoy en las ruinas ilustradas del siglo XXI.

De hecho, la Ilustración no cumplió sus promesas de paz perpetua, ni de justicia universal, ni de seguridad política ni democracia global. La guerra sigue siendo una amenaza mortal y viva, la desigualdad nunca ha sido tan intensa y tan injusta y la democracia jamás ha estado tan desacreditada como en estos comienzos de siglo XXI, en que el ser humano ha visto mermadas en menos de dos décadas la mayor parte de sus libertades esenciales, algunas de las cuales costó siglos conseguir y legitimar, entre ellas, la presunción de inocencia, el derecho a la vida en todas las circunstancias y la defensa política y jurídica de la propiedad privada.

Hoy llevamos siglos bajo el peso de ideologías políticas que, en nombre de los más variados ideales ―desde la libertad y la paz perpetua hasta la felicidad y la justicia universal― nos han prometido utópica y también democráticamente de todo sin satisfacer ni cumplir realmente nada. El resultado lo tenemos ante nosotros: Estados destruidos, democracias fracasadas, vidas deshumanizadas.

En consecuencia, debido al desengaño provocado por la intervención constante y fracasada de creencias religiosas inoperantes, fantasmagorías filosóficas propias de adolescentes perpetuos y totalitarismos ideológicos que no resuelven ningún problema, desde el Neohumanismo literario se considera que la ciencia y la literatura ―es decir, el conocimiento científico y las artes en general― son los principales recursos en los que puede confiar el ser humano para preservarse como especie. Ciencia y literatura que hoy, como siempre, se ven intervenidas por ideologías políticas, creencias religiosas y totalitarismos filosóficos.

En este momento histórico, el Estado ha dejado de ser un referente de gestión porque el mercado lo ha reemplazado, para bien y para mal. Podemos estar de acuerdo o en desacuerdo con este hecho, pero tal cosa es inútil, porque el hecho en sí es como tal innegable e irreversible. El ser humano del siglo XXI debe pactar con el mercado y hacerse compatible con él para sobrevivir. Y no puede hacerlo a cualquier precio. El ser humano del siglo XXI sólo cuenta con dos apoyos: la ciencia y la literatura. Y un elemento imprescindible: el comercio.

A partir del realismo de esta situación histórica y presente, el Neohumanismo literario, como sistema de pensamiento crítico, se basa en las siguientes ideas o premisas fundamentales.

 

1. Negación del idealismo en todas sus formas:
    el ser humano debe partir de la realidad
    y no de sus ideales

El Neohumanismo literario rechaza toda concepción de la vida humana fundada en utopías, dogmas, mitologías políticas o promesas de redención histórica o metafísica. El punto de partida de cualquier pensamiento destinado a orientar la vida humana ha de ser la realidad efectivamente existente, no un mundo imaginario como algo por sí mismo deseable.

 

2. Ninguna sociedad puede organizarse  
     racionalmente contra la realidad: en la realidad
     está la razón que el ser humano debe saber leer
     e interpretar a través de la educación científica

La supervivencia humana exige reconocer los límites impuestos por la naturaleza, la historia, la ciencia, la tecnología, la economía y las estructuras efectivas de poder. Toda doctrina que ignore estos límites está condenada a sustituir el conocimiento por la ilusión y la política por la ficción. El idealismo conduce al ser humano al fracaso, del mismo modo que convierte en neoténicos a los adolescentes que no maduran ante la realidad y sus exigencias.

 

3. Ni el progreso ni la libertad son valores absolutos
     y garantizados, sino objetivos y logros
     por los que hay que luchar diariamente

Los avances científicos, tecnológicos y económicos ofrecen posibilidades inéditas, pero también nuevas formas de dependencia, desigualdad y sometimiento. El Neohumanismo literario no identifica acríticamente el progreso con el bien ni la innovación con la mejora de la vida humana: exige valorar sus consecuencias desde el conocimiento racional de sus efectos. La libertad no crece ni se amplía por sí misma a lo largo de la historia, simplemente se transforma en una libertad «diferente» y con frecuencia también menor, que no siempre mejor.

 

4. La ciencia constituye uno de los fundamentos
     irrenunciables de la supervivencia humana

Frente a las creencias, las supersticiones y las ideologías, la ciencia proporciona conocimientos racionales capaces de explicar y transformar la realidad objetiva de un mundo habitable. Sin embargo, la ciencia no debe confundirse con una ideología ni convertirse en una nueva religión secular: su función es conocer la realidad a fin de mejorar las condiciones de la vida humana, no imponer dogmas sobre el destino de la humanidad, negando su libertad o deshumanizando el curso mismo de la vida. La ciencia nunca puede ni debe ser un instrumento de religiones, filosofías o ideologías políticas, por más que cada una de estas tres formas de sutil y sofisticada inquisición trate de legitimar diferentes modos de intervenir en la actividad científica a lo largo de la geografía y de la historia.

 

5. La literatura constituye una forma superior
     y diferente de racionalismo y de conocimiento

La literatura no es un simple entretenimiento, una ornamentación cultural ni una manifestación subjetiva de sentimientos. La literatura es un sistema racional de ideas imprescindible en la educación científica del individuo al que habilita para abrirse camino en la vida a través de una experiencia clave: el desengaño. Las grandes obras literarias constituyen construcciones racionales capaces de representar, interpretar y confrontar las posibilidades, contradicciones y límites de la vida en todas sus facetas y alternativas. Por ello, la literatura constituye, junto con la ciencia, uno de los instrumentos fundamentales de conocimiento de que dispone el ser humano, desde el momento en que la educación ha de estar orientada al desengaño de cada persona ante sus adversidades y enemigos vitales, y no al engaño sistemático de sociedades e individuos, tal como ahora lo está. En este punto, el Neohumanismo literario considera que la literatura de los Siglos de Oro españoles, como estadio más desarrollado de la tradición literaria hispanogrecolatina, es la que constituye el código de referencia desde el punto de vista de sus valores, pragmatismo y desengaño para enfrentarse a la realidad humana de cualquier tiempo y lugar. Aquí es donde el Quijote de Cervantes se convierte en la obra clave del pensamiento humano y literario universal y en referente por excelencia del Neohumanismo literario.

 

6. La literatura debe preservarse de cualquier
     subordinación a ideologías, religiones y filosofías

Cuando la literatura queda reducida a propaganda filosófica o religiosa, política o ideológica, identitaria o moral, pierde su capacidad crítica y se convierte en instrumento gregario de un tercer mundo semántico. El Neohumanismo literario defiende una literatura capaz de enfrentarse racionalmente a cualquier creencia, doctrina o sistema imperativo de valores dogmáticos, incluidos aquellos que pretendan utilizarla en su propio beneficio, desde presupuestos filosóficos, religiosos o ideológicos.

 

7. La razón crítica debe sustituir a la utopía
     ideológica, a la creencia religiosa
     y al totalitarismo filosófico o político

El ser humano no puede confiar su supervivencia a promesas de felicidad futura, justicia definitiva, igualdad absoluta, paz perpetua o redención histórica o metafísica. Tales promesas son histórica y políticamente falsas y han servido una y otra vez para justificar formas de poder y de violencia que no cesan de reproducirse. El pensamiento crítico debe reemplazar la esperanza utópica y la creencia ideológica por el conocimiento de condiciones y posibilidades reales de supervivencia, asegurando la libertad, la propiedad privada y el conocimiento científico, literario y mercantil de la realidad en que vivimos.

 

8. La libertad humana no puede definirse al margen
     de sus posibilidades y condiciones reales
     y de ninguna manera puede someterse
     a un determinismo científico ni metafísico,
     sea político, filosófico o religioso

No hay libertad allí donde el individuo carece de los medios necesarios para ejercerla, como tampoco hay libertad cuando una persona delega completamente su capacidad de decisión en estructuras políticas, tecnológicas, económicas o ideológicas, por muy democráticas que estas digan llamarse. La democracia no puede inhabilitar decisiones individuales decisivas para los propios recursos humanos constituyentes e integrantes de una sociedad política. La libertad ha de entenderse como una capacidad real de actuación dentro de las condiciones objetivas y políticas que determinan la vida humana. En este punto, la política es la organización de la libertad, es decir, la administración del poder. La libertad no se delega y ninguna democracia puede construirse sobre la premisa de esta delegación de derechos y toma de decisiones. La libertad no puede ubicarse en la utopía de cualesquiera imaginaciones idealistas, ni tampoco limitarse a la conciencia ni apelar al sentimiento, sino que ha de ejercerse en el mundo real y político, material y humano, sin tutelas electorales que pongan en manos de una minoría o casta disposiciones y dictámenes que afectan a inmensas mayorías de individuos silenciados y sumisos.

 

9. El mercado es una realidad histórica con la que
     el ser humano debe pactar y formar parte

El mercado no constituye por sí mismo un ideal político, moral o antropológico, y de ninguna manera puede ignorarse bajo el idealismo, la seducción o el autoengaño de ficciones ideológicas, utópicas, políticas, religiosas o filosóficas. En las sociedades contemporáneas el comercio constituye una estructura fundamental de organización de la vida humana. El Neohumanismo literario no propone ni la sumisión al mercado totalitario ni su abolición imaginaria, sino el conocimiento y reconocimiento de sus mecanismos, límites y consecuencias para hacer posible una relación racional y eficaz con él. El Neohumanismo literario considera que todos cuantos participamos en la compra o venta de bienes de consumo somos de hecho «amigos del comercio», y que sus verdaderos y principales enemigos o adversarios son, bien quienes lo prohíben o derogan, sea de forma efectiva o utópica, bien quienes lo traicionan mediante la trampa o el incumplimiento de los contratos y derechos mercantiles positivamente estipulados o acordados.

 

10. El Estado ya no puede considerarse el
       fundamento último de la organización humana

La progresiva pérdida de soberanía y capacidad de gestión de los Estados, así como la disolución de fronteras y la pérdida de acuñación de moneda, entre otras impotencias políticas de los Estados actuales, obliga a abandonar la concepción del Estado como instancia capaz de resolver por sí misma los problemas fundamentales del siglo XXI. El Neohumanismo literario parte de la transformación histórica de esta estructura política y busca formas de supervivencia humana compatibles con un mundo en el que el Estado ha dejado de ocupar la posición central que históricamente se le atribuyó. Con la destrucción del Estado fracasa también su sistema político, esto es, la democracia como régimen de gobierno, lo que exige buscar una forma alternativa de gestión jurídica y de organización política.

 

11. La democracia no constituye un sistema político
      absoluto y eterno, ni puede ya resolver los
      problemas vitales del siglo XXI
      ni asegurar la libertad del ser humano

Ninguna forma de gobierno puede quedar exenta de crítica por presentarse como democrática. En nombre de la democracia no todo está justificado ni permitido. La democracia ha de juzgarse por sus resultados efectivos, por las libertades que garantiza, por las desigualdades que provoca o tolera y por su capacidad real para gobernar y administrar coherentemente sociedades contemporáneas. Cuando una democracia fracasa en estas funciones, el pensamiento crítico debe reconocer ese fracaso sin someterse al dogma de una supuesta superioridad moral democrática y debe tratar además de constituir un sistema político alternativo capaz de superar las deficiencias, limitaciones y fracaso de una democracia posmoderna que, hija y heredera de la Ilustración, es incapaz de cumplir sus declaradas promesas de bienestar universal.

 

12. La tecnología debe someterse siempre a crítica
       antropológica: la ciencia está al servicio del ser
       humano no el ser humano al servicio de la ciencia

El ser humano no es la cobaya de la ciencia. Digitalización, mecanización y programación artificial de la vida no son fenómenos externos o ajenos al ser humano: transforman nuestro modo de vida, trabajo, conocimiento, relación familiar y profesional, nuestras formas genuinas y naturales de ser, decidir y sobrevivir. El Neohumanismo literario rechaza tanto la tecnofobia irracional como la confianza ingenua en la tecnología y los fundamentalismos científicos o filosóficos, y exige determinar qué transformaciones tecnológicas favorecen la supervivencia humana y cuáles pueden conducir a su deshumanización o incluso su exterminio como especie.

 

13. La supervivencia de la especie exige educar al ser
       humano en un mundo cambiante y duradero,
       que nunca puede ser una restauración imitativa
       de tiempos, lugares y hechos pretéritos

El Neohumanismo literario no propone regresar a un pasado idealizado ni recuperar estructuras históricas definitivamente desaparecidas o incluso fracasadas. Ninguna meta futura está en el presunto pasado de una Arcadia legendaria o de una utópica y fabulosa Edad de Oro. El objetivo es afrontar las transformaciones irreversibles del presente y desarrollar formas de vida capaces de coexistir con ellas sin destruir las condiciones fundamentales de la existencia humana. Sabemos que la realidad tritura a quien es incompatible con ella y por esa razón, precisamente, el Neohumanismo literario tiene como divisas que el idealismo es una filosofía incompatible con la realidad y que el ser humano que no vive en la experiencia del desengaño vive en la ignorancia de la realidad.

 

14. Ninguna ideología puede exigir ni disponer
       de forma exclusiva ni excluyente
       el monopolio de la verdad sobre el ser humano

Religiones, filosofías e ideologías políticas han impuesto imperativamente conocimientos que han generado dogmas, conflictos y formas de sometimiento enemigas de la libertad humana. Con frecuencia han disputado y disputan entre sí por el monopolio de una supuesta «verdad», encarnada en un principio universal, una divinidad absoluta o un «Gran Hermano» al que cambian de nombre cuando se les ocurre o les conviene (nous, ápeiron, Demiurgo, motor perpetuo, Dios, sustancia pura, mónadas, noúmeno, Espíritu absoluto, Volksgeist, Superhombre, inconsciente, Dasein, etc.). El Neohumanismo literario no acepta ninguna de estas construcciones como instancias últimas de explicación, solución o salvación de nada. Todas ellas deben quedar sometidas a la crítica racional, histórica, científica y literaria del ser humano. En la mayoría de los casos no son sino ficciones explicativas incompatibles con la realidad. Desde su origen, religiones, filosofías e ideologías políticas se han atribuido a sí mismas una superioridad y un poder, un mando y unos derechos, sobre seres humanos y sociedades enteras, que distan mucho de ser respetables e incluso tolerables, si nos atenemos a las cruentas consecuencias a las que históricamente han dado lugar en la mayoría de los casos.

 

15. La supervivencia humana exige, como lo exige
       también la libertad, conservar la capacidad de
       pensar y de actuar contra las ideas dominantes
       y contra todo tipo de dogmas o imperativos, sea
       cual sea su naturaleza moral o política, religiosa
       filosófica, científica, literaria o mercantil

El principal instrumento de supervivencia del ser humano no es una doctrina destinada, imperativa o dogmáticamente, a proporcionarle respuestas definitivas o absolutas, sea en nombre de lo políticamente correcto, sea en nombre de un fundamentalismo moral o metafísico, científico o filosófico, sino una razón capaz de cuestionar día a día aquellas doctrinas que se presentan e imponen como totalitarias o indiscutibles. La ciencia aporta conocimiento ante la realidad, la literatura permite conocer la complejidad de la experiencia humana a través de modelos de ficción integrables en la realidad y compatibles con ella, y el pensamiento crítico nos enseña y capacita a confrontar ambos conocimientos con las estructuras efectivas de una sociedad política. La literatura es una lucha por la libertad contra los enemigos de la razón y es, por ello mismo, una llave maestra que abre racionalmente todas las puertas de la vida y de la realidad. La única puerta que no abre la llave de la literatura es la que conduce a la mazmorra de un mundo inhabitable. Toda literatura digna de este nombre se niega a discurrir por semejante itinerario, del mismo modo que la realidad de la ficción poética se niega a legitimar la mentira y el engaño.

 

Colofón

En consecuencia, el Neohumanismo literario no propone una nueva utopía, una nueva creencia religiosa o filosófica ni una nueva ideología política, ni mucho menos una retórica de autoayuda, sino un sistema racional de ideas basado en conocimientos científicos y literarios y nunca ignorante de las realidades del mercado. Plantea y ofrece, en suma, una forma de pensamiento crítico destinado a conocer la realidad, interpretar sus transformaciones y hacer posible la supervivencia del ser humano dentro de un mundo que ya no puede reconstruirse conforme a ideales políticos, religiosos y filosóficos del pasado. Nada de cuanto se ha ido regresa jamás en su estado original. El fundamento del Neohumanismo literario no es la promesa de un cosmos mejor, sino la necesidad de comprender el mundo real a través de la ciencia, la literatura y la economía para evitar que el ser humano resulte de este modo destruido por las mismas fuerzas históricas, científicas, tecnológicas, financieras y políticas que él mismo ha construido.

Tú decides.

 

© Fundación Jesús G. Maestro


Diálogo con un narcisista

 


Diálogo entre Francisco de Quevedo y un narcisista del siglo XXI ―Quevedo, consejero de psiquiatras y psicólogos―:

 

―De mi gusto dependen todos.

―Si dependen de tu gusto, todos son ruines. El hombre racional no ha de depender del gusto ajeno, sino de la razón propia. […]. Tú y el demonio gastáis un mismo lenguaje. ¿Quieres ver lo que está en tu mano? Pues mira que aun tú no estás en ti. Pregúntale a tu alma las virtudes que le faltan, y a tu cuerpo las miserias que le sobran, y a tu vida los cuidados que la consumen, y a tu conciencia los verdugos que la atormentan; pregunta a tus acciones por tu juicio, y verás que no hay alguna que te pueda dar nuevas dél*.

 

Que es lo mismo que hablar, en el siglo XVII como en el XXI, de El fracaso de la felicidad.





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NOTA

[*] Francisco de Quevedo, Desconsuelos de los dichosos para que reconozcan los peligros de serlo y puedan prevenirlos [1633], Madrid, Iberoamericana · Vervuert, 2026, p. 237. Edición e introducción de Antonio Azaustre Galiana y José Manuel Rico García.



Prólogo de Jesús G. Maestro a la segunda edición del Quijote manuscrita en el IES Las Cantedras de Collado Villalba en Madrid

 




Prólogo de Jesús G. Maestro a la segunda parte del libro 
de Miguel de Cervantes, titulado
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha,
en la versión manuscrita del IES «Las Canteras»,
de Collado Villalba, Madrid.

 

Hace apenas unos días una gavilla de intelectuales o filósofos, que no sé muy bien cuál es hoy la diferencia entre unas y otras gentes, preguntáronme con astucia propia de sus gremios cuál era a mi entender la mejor novela del siglo XXI. Díjeles, sin dudarlo, que era el Quijote, de Cervantes.

Como me miraran con ojos de alinde, pensando sin duda que, o bien había yo oído muy mal, o bien había perdido el juicio rematadamente, habló un incauto chuleta y dijo:

―Quizá sabe Vd. ―o debiera saber― que el Quijote de ese Cervantes es de hace muchos años, o muchos siglos, y no de este presente XXI, por el cual le preguntamos. ¿O acaso Vd. no lee a sus contemporáneos y se ha quedado extraviado en aquellos tiempos oscuros?

―Sí sé y sí leo. Y por eso sé decir que el Quijote de Cervantes se publicó en dos partes, la primera en 1605 y la segunda en 1615, y entre medias, en 1614, publicóse bastardamente el Quijote apócrifo firmado por un tal de Avellaneda. Y sí leo a mis contemporáneos, es decir, a Vds. y a sus amigos de Vds., y por eso digo y confirmo que el Quijote de Cervantes es la novela mejor, por actual y valiosa, para leer en este siglo XXI.

Miráronme de arriba a abajo, con arrogancia frustrada y complejo de superioridad peor gestionado. Y como el que habló se quedara sin más palabras, avergonzado de impotencia dio media vuelta y fuese. Y rezongando como gozques siguiéronle los demás.

Fue testigo de aquellos instantes un periodista, que, sabiendo guardar secreto profesional, como todos los periodistas sabios en su oficio ―los cuales ocultan lo que saben y publican lo que deben―, díjome sin contenerse:

―Debe Vd. publicar un ensayo sobre el Quijote, diciendo todo lo que aquí ha callado sobre la actualidad de este libro en nuestro enfermo y trastornado siglo XXI, y enviarlo a un premio, y ganar ha ese certamen, sin duda por la alta originalidad de sus extrañas y valiosas ideas.

Miré a aquel joven, sin suponer yo en modo alguno que fuera periodista, dada su discreción y buen decir. Y díjele en voz baja y tranquila:

―Bien podré escribir un ensayo, y hasta un libro, sobre el libro de los libros, que no es la Biblia, sagrada escritura, sino el Quijote de Cervantes, escritura de ficción, libertad y realidad. Pero créame, inesperado y buen amigo, que ningún jurado de ningún premio ha de reconocerme ―y aún menos concederme― galardón alguno, ni por mis palabras, siempre ácidas, ni por mis ideas, incompatibles con las correcciones de los políticos, grandes enemigos de las ciencias, de la literatura y también de la libertad.

―Yerra Vd. en cuanto dice ―respondióme―, pues no valora el contenido de sus palabras ni el alcance de sus ideas.

―Joven amigo ―le dije con franqueza―: ¿no sabe Vd. que los premios son siempre una prolongación de la política y todos ellos de antemano tienen novio, marido y hasta viudo en sus posibles desiertos? Yo no encajo con nadie. Y menos con jurados que dan premios.

―Te equivocas ―espetó, pasándose inconscientemente por su parte a un tuteo imprevisto. Tú encajas, y mucho.

―¿Yo? ¿Con quién encajo yo?

―Con la gente.

Y con estas me dio la espalda y huyó, sin decir más palabra.

Cómo han de ser las cosas en el futuro bien lo ha de saber Fortuna, la diosa más inquieta e inquietante de las diosas, que yo no lo sé, porque no soy chamán ni adivino, ni arúspice ni gurú, pero sí diome qué pensar el cativo, pues... no en vano algunos hechos apuntaban en la dirección que el mozo, joven profesional de su oficio, por lo que supe después, había dicho con insolente franqueza y naturalidad.

Una prueba de que ―al menos en ocasiones― quien suscribe encaja con la gente es la invitación que amable y generosamente me han hecho llegar alumnos y profesores del Instituto de Enseñanza Secundaria de Collado Villalba, Las Canteras, al invitarme a escribir a mano este prólogo a la segunda parte de El Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes. De cuantos encargos y propuestas que me han hecho en la vida, es este sin duda de los más nobles y valiosamente electos. Quede constancia, pues, de mi agradecimiento.

Nada más valioso que prologar un manuscrito de la obra magna de la literatura universal, el Quijote de Cervantes, trasladado a mano a pliegos del siglo XXI por un conjunto de alumnos, profesores y padres. Sea ejemplo que sigan otros centros de enseñanza y otras promociones de estudiantes, docentes y familias.

Todos los españoles comunes y corrientes, aquellos que no procedemos ni formamos parte de las élites, somos un Cervantes que no ha escrito el Quijote, pero que tenemos la satisfacción de leerlo y reescribirlo, por boca y lengua de su autor primero y único.

Porque en el Quijote está, escrito en español, el genoma de la literatura universal.

 

Jesús G. Maestro
Madrid, 1 de diciembre de 2025.



Prólogo de Jesús G. Maestro
a la segunda edición del Quijote
manuscrita en el IES Las Cantedras
de Collado Villalba en Madrid





Prólogo manuscrito







Nuevas generaciones sin formación literaria: cuando discutir un disparate es formar parte de él

  



Cuando nos encontramos con alguien que colecciona tréboles de cuatro hojas, afirma trazar circunferencias de radio infinito con ambas manos o que Cervantes escribió el Quijote inspirado en el concepto de Derecho Mercantil de los nibelungos, no estamos simplemente ante un adínaton de tres cabezas, sino ante algo mucho más elemental y común. Estamos ante una contraseña o consigna. Tal cosa no es una argumentación o una opinión. Es el santo y seña de que nuestro interlocutor habla, escribe y vive en un tercer mundo semántico. Y no lo sabe. En ciertos contextos, discutir un disparate es formar parte de él.

A la universidad del primer cuarto del siglo XXI está a punto de llegar la tercera generación de jóvenes que cumplirá su mayoría de edad sin haber recibido nunca jamás formación literaria alguna. Sin embargo, y acaso precisamente por eso, coleccionan tréboles de cuatro hojas, trazan circunferencias de radio infinito y confirman en la obra de Cervantes la importancia posmoderna del Derecho Mercantil presente en el Cantar de los nibelungos. Todo ello gracias a las redes sociales, por supuesto, sede de la nueva universidad de la era global y posmoderna en que vivimos y convivimos con las generaciones más preparadas de la Historia del Universo.

La desaparición de la formación literaria en la universidad posmoderna no es un accidente ni una casualidad, ni mucho menos un secreto: es la consecuencia de haber perdido de vista la realidad deliberadamente. La vida humana es incomprensible de espaldas a la literatura y a las posibilidades y exigencias de su interpretación. Del concepto de literatura que tiene una sociedad depende también la idea de libertad por la que luchan sus miembros o ciudadanos.

Quien jamás ha leído con rigor a Cervantes, y se atreve a citarlo como falsa prueba de un supuesto conocimiento, no habla de literatura, sino de sí mismo, y de su pertenencia a una comunidad donde el disparate se exhibe como salvoconducto para «hacer amigos». La exposición de hechos imposibles se ha convertido hoy, gracias a la ilusión de conocimiento que brindan las redes sociales, en una contraseña que acredita el acceso a una ignorancia celebrada y compartida.

Con un necio nunca se puede dialogar, ni mucho menos discutir. Un necio no sabe razonar. Los locos razonan, pero mal. Los necios, simplemente, no razonan, y no tanto porque no sepan, sino porque no quieren. Lo suyo es la negación de la inteligencia, por norma. La propia y la ajena. La inteligencia propia, la niegan por incapacidad y zanganería; la ajena, por envidia. Hablar con un necio es promocionarlo, del mismo modo que discutir un disparate es formar parte de él. Las personas inteligentes olvidan, con demasiada frecuencia, que el éxito de las redes sociales se basa en la promoción de la estupidez, en la que ciegamente participan incluso también los cerebros supuestamente biempensantes e instruidos.

Las generaciones más jóvenes ―al disponer de menor y peor formación científica― saturan las redes sociales hablando de literatura sin haber recibido ningún tipo de educación literaria. Interpretan mal cuanto leen, pero hablan y escriben como si hubieran cursado o impartido estudios del más alto nivel durante décadas.

No conocen los géneros literarios, ni los métodos ni las obras de la Literatura Comparada, ni lo que es la ficción poética, ni nada saben sobre los orígenes de la creación literaria, ni manejan un concepto claro y probado de literatura. Ignoran historia y tradición poéticas, y sin saber distinguir la ontología del teatro, el poema o la narración, incapaces de diferenciar la ironía de la metáfora, o un pentasílabo adónico de una políptoton, pontifican sobre cualquier referencia dada en el campo de las artes poéticas y literarias.

Y así hablan y escriben de todo un poco, o un mucho ―pues el hablar no tiene puertas―, y con caritas de emoticono dictan sentencias sobre el arte en general y la literatura en particular, sobre la amistad y lo que surja. Y no digamos nada cuando el tema es la geopolítica, el nuevo género del horóscopo.

En realidad, lo único que consigue este tipo de persona ―nesciente y osada― es retratarse públicamente en internet como un incompetente, y dar cuenta del lugar que cada una de ellas ocupa en el simulacro de conocimientos que finge poseer. El resultado es un insectario de incompetencias. El narcisismo de las redes lo galvaniza todo y anula cualquier posibilidad de interpretarse a uno mismo con un mínimo de objetividad. La pobreza y la ignorancia son difíciles de ocultar, y aún más difíciles de disimular, salvo si se carece de sentido del ridículo, una carencia que remite sobre todo a la falta de un sensor fundamental: el que permite conocerse y reconocerse a sí mismo.

Hasta un incauto como Bertolt Brecht llega a postular, tres siglos después de Cervantes en el Quijote, el distanciamiento o extrañamiento como técnica de objetivación de uno hacia sí mismo y su entorno. El ignorante no llega ni de lejos a nada de esto. Le faltan demasiados sensores. Y le sobra narcisismo. Tiene todas las cualidades y potencias que conducen al fracaso. Pero no lo sabe. Y esta es su mayor limitación. La realidad no perdona a quienes no la conocen. Dicho de otro modo: destruye a quienes son incompatibles con ella.

Durante siglos, la literatura y sus posibilidades de enseñanza han sido un instrumento racional destinado a interpretar críticamente las más variadas y complejas situaciones humanas. Hoy esa labor la ejercen los espontáneos y ocurrentes de las redes sociales: coleccionistas de tréboles de cuatro hojas, dibujantes de circunferencias cuadradas o descubridores de la genealogía extraterrestre de Cervantes. A veces, los trebolarios tetrafolios tienen aspecto de título universitario. No se trata de extravagancias ingenuas, sino del resultado de la más absoluta y catastrófica ignorancia que puede verterse impunemente sobre la literatura. Y, en realidad, sobre cualquier cosa.

La literatura no puede ya esperar absolutamente nada de la universidad. Ni de ninguna otra institución educativa de nuestras sociedades actuales. La gente más joven se adiestra ―entre sí― en la promoción superlativa del disparate compartido y de la ignorancia institucionalizada. Quienes se proclaman como las generaciones más preparadas de la Historia llegan a la veintena sin haber leído jamás una obra literaria con la solvencia que exige un pensamiento crítico y un racionalismo científico mínimamente ordenado frente a lo que la literatura es. Y no lo saben.

No es una catástrofe, es una realidad cotidiana e impúdica: la literatura, en las redes sociales, se ha convertido ―como se convierte todo lo que posee algún valor― en un aberrante disparate. La literatura no ha desaparecido. Quienes han desaparecido son sus intérpretes científicos. Y entre ellos, los más jóvenes. No hay reemplazo generacional en la interpretación de la literatura. Y han desaparecido, incluso, de las instituciones académicas.

Hoy la interpretación literaria está en manos de ocurrentes y espontáneos. Me dirán que como siempre, y les responderé que sí, como siempre, con la única diferencia de que hoy estos ocurrentes y espontáneos son los únicos que la sobajan, manosean y adulteran, con feliz impudicia y morbosa fruición, y, por supuesto, sin el contrapunto de ninguna institución inteligente.

La pregunta es qué es lo que realmente les interesa a las personas inteligentes. Porque está bien claro que la literatura no les interesa en absoluto. Para nada. Sin embargo, a los necios, les encanta, y, como diría Quevedo de los mentirosos en sus Sueños (1627), «venían […] contentos, muy gordos, risueños y bien vestidos y medrados, que, no teniendo otro oficio, son milagro del mundo, con un gran auditorio de mentecatos y ruines». En manos de estos está hoy la literatura y sus posibilidades de interpretación, para regocijo de todos. Excepto de las personas inteligentes, que nadie sabe realmente en dónde están.


Jesús G. Maestro


 

Nuevas generaciones sin formación literaria:
cuando discutir un disparate  es formar parte de él



Los idealistas y la literatura

 





Los idealistas no saben qué hacer con la literatura. Realmente, nunca han sabido qué hacer con la literatura. Cuando se enfrentan a ella, se encuentran en un laberinto. En todos los casos, fingen ante sus lectores una inteligencia de la que carecen, y que sólo resulta alucinante para quienes, peores aún que ellos, por su ignorancia, se dejan encantar y fascinar por palabras que les suenan bien simplemente porque no las entienden. Y no las entienden porque nada significan. Lo peor de un ignorante no es que no sepa distinguir un redondel de una circunferencia, según la geometría, o un Mi sostenido de un Fa natural, según la escala cromática. Lo peor es que no permite ni tolera que los demás sean capaces de distinguirlo y de explicárselo.

La crítica literaria está sobresaturada, sobre todo desde la Ilustración y el Romanticismo, de gentes que creen que interpretar la literatura es escribir y publicar «cosas bonitas» sobre literatura, desde citas ectópicas de metáforas ajenas hasta frases de autoayuda que sólo se pueden cultivar en las emociones más básicas de un tercer mundo semántico y bobalicón.

A la gente se la seduce por sus deficiencias emocionales, no por su inteligencia. Eso lo sabe muy bien todo tipo de sofistas, intelectuales y amigos del comercio. Y de este modo se la conduce hacia los laberintos del siglo XXI, de modo que nadie pueda salir de ellos. La ignorancia individual desemboca en la hipnosis colectiva. Porque hay algo peor que un ignorante que desconoce lo que la literatura es: hablo del impostor que utiliza la literatura para engañar a sus posibles lectores. Servirse de la literatura para timar al prójimo es algo acaso tan infame como servirse de la medicina para privar de vida a un ser humano contra su voluntad y conocimiento. Porque privar a alguien de una vida inteligente es uno de los mayores actos de crueldad y vileza que pueden darse en este mundo.


Jesús G. Maestro



A la gente se la seduce por sus deficiencias emocionales,
no por su inteligencia: los timadores



Autorretrato

 



Autorretrato


Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI


Con motivo de la publicación del libro titulado Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI, en la editorial HarperCollins, pongo a disposición, tanto de los lectores de la obra impresa como de los oyentes del audiolibro, el siguiente autorretrato, en el que, en formato audio, respondo de forma abierta y clara a las preguntas y cuestiones que me han hecho llegar.

Estas palabras han de entenderse como lo que son, un autorretrato que sirve de preludio o introducción a la lectura de este libro, Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI, pues en realidad yo soy un total desconocido para casi todos mis oyentes y lectores, aunque la mayor parte de la gente crea lo contrario, algunos finjan conocerme ante terceros o no falte quien imagine haber pretendido lo imposible. La apariencia no es la realidad, salvo para el mundo anglosajón, que prefiere el espejismo al oasis y la mentira al desengaño.

Con inevitable frecuencia es fácil confundir al personaje que habla en un vídeo, o al autor de una obra académica y científica, con la persona real que da cuerpo a ese personaje, y que no siempre se corresponde con él, a pesar de todas las apariencias posibles, reales e imaginadas por los espectadores. Comúnmente la gente se hace una idea muy equivocada de la persona real, y adquiere de ella una imagen que nada tiene que ver con esa realidad genuina y con frecuencia invisible. Es muy fácil confundir realidad y apariencia, y habitualmente, como es bien sabido, toda apariencia tiende al engaño. Es conveniente disociar algunos aspectos, muy importantes, entre persona y personaje, es decir, entre la realidad del que habla y las ficciones que mediáticamente, a veces también mítica o hasta legendariamente, estimulan la imaginación, idealista y errada, de unos y otros.

Algunas personas me preguntan, con cierta insistencia, quién soy yo, cuál es mi ideología, por qué digo esto o aquello, qué obras literarias prefiero o recomiendo, si soy partidario del aborto o de los abortos ―el plural aquí no es lo mismo que el singular―, a quién voto en unas elecciones o qué objetivos políticos tengo, qué sistema educativo considero mejor para la educación de los listos o de los tontos, o, simplemente, me preguntan por qué no respondo a sus mensajes.

Me hacen, en suma, inquisiciones personales.

A fin de responder de forma discretamente definitiva a estas y otras cuestiones, expongo aquí, con fines disuasorios, una suerte de autorretrato, introducción a una serie de pensamientos aforismáticos y obras escritas en las que se sintetiza y objetiva mi filosofía de la vida, una filosofía de la que muchas personas se han hecho eco en internet y otros medios, a partir de mi obra impresa y de mis vídeos en YouTube.

Debo decir que la mejor forma de encontrar una respuesta a cualquier pregunta sobre mí es leer mi obra, directamente y sin intermediarios, e interpretarla ―en su contexto― con la debida atención. Leerla, sobre todo, sin patologías previas. A las patologías, comúnmente se las llama prejuicios.

Un hecho ha de quedar claro desde el comienzo, y para siempre: yo no hablo en nombre de ninguna ideología, ni de ninguna religión, ni de ninguna filosofía. Yo sólo hablo en nombre de los conocimientos de que dispongo. Tampoco hablo para gustar, ni para disgustar. Hablo y escribo, simplemente, para exponer un sistema de ideas, relacionadas siempre de un modo u otro con la literatura.

En mi vida, hasta este momento, he escrito esencialmente tres libros. En primer lugar, Crítica de la razón literaria, cuya primera edición es de 2017 y cuya décima y definitiva edición es de 2022. En segundo lugar, Ensayo sobre el fracaso histórico de la democracia en el siglo XXI, cuya primera edición es de 2020 y cuya tercera y definitiva edición es de 2024. En tercer lugar, he publicado el libro que aquí y ahora presentamos: Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI. El primer libro se refiere a la literatura; el segundo, a la política; y el tercero, a mi público, es decir, a ti. También he difundido mi actividad docente de forma abierta y gratuita en más de mil ―y pico― vídeos, y he publicado unos cuantos artículos, opúsculos y ensayos. Mi primer artículo en la prensa lo publiqué con 16 años de edad, en el diario La Nueva España, de Oviedo. Desde entonces no he dejado de escribir y publicar en diferentes medios de comunicación.  

El primero de estos libros, que titulé Crítica de la razón literaria. Una Teoría de la Literatura científica, crítica y dialéctica, constituye un método original y propio de interpretación literaria, cuyo objetivo, entre otros, ha sido el de sacar a la literatura del cubo de la basura en que la han metido las universidades actuales. En ese libro hablo de lo que sobre literatura no me enseñaron en la Universidad. Necesité sólo 20 tomos, exactamente 7.198 páginas. Escribirlo me llevó poco más de 20 años. Mis colegas lo han conocido por sus hijos y alumnos. Los más viejos de ellos lo han ignorado por completo. Es una obra que no pueden permitirse. Ni reconocer. Se sienten desautorizados y en evidencia. Tantos años en esto, para darse cuenta al final de que no han hecho más que repetir en español lo que otros dijeron antes en francés, inglés o alemán. Acaso también en ruso. Los más jóvenes, sin embargo, han convertido esta obra en su libro de cabecera. Algo tendrá el agua ―dicen― cuando la bendicen. Sea como fuere, la Crítica de la razón literaria ―y así lo ha advertido más de un lector― se ha adelantado a toda una generación de lectores, y se ha saltado directamente a los más viejos avechuchos para instalarse entre los más jóvenes e interesados milenaristas.

El segundo libro, para el que fueron suficientes unas semanas, lo titulé Ensayo sobre el fracaso histórico de la democracia en el siglo XXI. La posmodernidad democrática como medio de destrucción de la libertad y del Estado moderno. Este escrito habla de tres hechos terribles y, pese a todo, muy atractivos, entre otros francamente inconfesables, que, en el siglo XXI, determinarán de modo irreversible la vida de todos y cada uno de nosotros, y de nuestros descendientes: el fracaso de la democracia y la destrucción del Estado moderno, el triunfo de la barbarie y la ignorancia violenta, y la deshumanización digital del ser humano, ejecutada a través de internet y sus múltiples redes arácnidas, inteligencia artificial incluida.

El tercer libro, Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI, del que este autorretrato es una introducción, ha sido una exigencia de los dos primeros y una consecuencia de la difusión de mi obra académica y científica, así como de mi labor docente, visible a través de múltiples medios de comunicación audiovisual, en particular a través de YouTube.

Se sintetiza aquí una filosofía de la vida, la mía propia, que expongo en este ensayo, por si puede ser de interés para lectores, oyentes y espectadores. No es un libro de autoayuda, sino todo lo contrario: es un libro de desengaño y de crítica feroz contra quienes no tienen nada que decirnos y, sin embargo, no cesan de intoxicar nuestra vida, nuestros conocimientos y nuestra libertad. El lector tiene aquí un libro para sobrevivir al siglo XXI: una filosofía que es, ante todo, mi modo personal de organizar las ideas de las que disponemos y con las que actuamos. A partir de aquí, tú, lector, oyente o espectador, decides.

Esta trilogía es, por el momento, mi obra esencial. Como he dicho, el primero de estos libros habla de literatura y el segundo de política. El tercero habla de ti. De lo que hablen sobre el personaje de YouTube, al que han dado vida ―una vida virtual― los sueños de mis espectadores, sea cada uno de ellos el único responsable.

 


No soy responsable
de lo que hago en los sueños de los demás


He dicho muchas veces que no soy responsable de lo que hago en los sueños, fantasías o pesadillas ―redes sociales incluidas― de los demás.

No conviene confundir a una persona con su personaje. No quiero decepcionar a nadie, pero quien habla en los vídeos es un personaje que no siempre se corresponde con mi persona. De hecho, yo no soy mi personaje. Y no volveré a insistir en esta realidad. Lo sabemos desde que los antiguos griegos escenificaron la esencia y artificio del teatro moderno. Actor es la persona cuyo cuerpo da vida y soporte a un personaje. Su máscara. Es un referente físico en quien se objetiva un significado, acaso múltiples hipótesis, y hasta algún que otro relato, sin duda legendario y también falso y marfuz.

De hecho, la realidad que hay en la persona que da vida a ese personaje la conocen muy pocos, y casi nadie completamente.

Para mis antiguos alumnos, los del pasado siglo XX ―comencé a dar clase en la Universidad en 1993, con 25 años, tras doctorarme en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada―, soy acaso nada, o en el mejor de los casos, un recuerdo sin consecuencias. Para mis actuales alumnos, los del siglo XXI, soy un perfecto desconocido: ni siquiera saben mi nombre, no tienen ningún interés en recibir mis conocimientos y no me identificarían ni personal ni profesionalmente en ninguna parte ni lugar. En este punto, soy igual que mis colegas. Sólo que yo lo sé y lo digo, y ellos ni pueden hacerlo ni se atreven a decirlo.

Para los de izquierdas, soy de derechas; para los de derechas, soy de izquierdas. Así de listos son unos y otros.

Para los protestantes, soy un católico luzbelino; para los católicos, soy un caso perdido; para los agnósticos, un escritor inútil, y para los ateos, un jeroglífico. Para el resto de creyentes, un don nadie, excepto para los filósofos, que me hacen preguntas propias de personas que no han trabajado nunca. Para las feministas soy un hombre ―mea culpa―. Y tienen razón: formo parte de una generación de seres humanos que todavía alcanzó a distinguir a las personas por su sexo, y a no discriminarlas nunca ni por su género ni por ninguna otra cuestión irrelevante. Para los polemistas y ergotistas de todos los signos, sean de esto o lo contrario, soy alguien que ―salvo por su forma de razonar― debería estar con ellos y no contra ellos, aunque lo realmente cierto es que no estoy ni en contra ni a favor de hechos y debates que me rebasan (por no decir que me resbalan) y ante los que no tengo nada que hacer ni que aportar. No me atraen los querulantes.

Para los enemigos de los buenistas, soy buenista; para los buenistas, no soy buenista, porque soy heterodoxo ―es decir, original― e indómito, dado que no permito que me eduquen para obedecer; para quienes me conocen laboralmente, soy lo que hay: un intérprete de Cervantes, de la literatura en general y de la Literatura Española e Hispanoamericana en particular, y también de la Teoría de la Literatura, de la que he hablado como lo que es, una ciencia de los materiales literarios. La administración dice que soy, también, especialista en Literatura Comparada (sea de ello responsable la administración).

Soy, en suma, alguien que, a partir de su propia formación autodidacta como profesor de Universidad, en el ejercicio investigador y docente de la Filología Hispánica durante más de tres décadas, ha construido, para bien o para mal, una Teoría de la Literatura nueva, original y diferente.

La Crítica de la razón literaria se ha enfrentado sin reservas a una tradición que, entre otros muchísimos lastres, subordinaba el Hispanismo a los dictados de otras naciones y culturas, a mi juicio muy incompetentes en materia literaria, las cuales imponían a nuestras élites universitarias y políticas una forma de interpretar la literatura ―y en particular la literatura hispánica― con la que una persona inteligente no puede estar científicamente de acuerdo. No me dio la gana de aceptar eso, y por ello mismo escribí mi propia obra. En ella se contiene el mayor reproche a mis profesores universitarios: nunca fueron, ni supieron ser, originales. Fueron copistas, traductores e importadores de lo que se hacía en el extranjero. Y lo hicieron acríticamente. No me aportaron nada. Y si dijera otra cosa, mentiría. Hablo de la Universidad, porque en el bachillerato conocí a los mejores profesores de toda mi trayectoria académica y vital.

 


Políticos, maestros y colegas


Para mis colegas, soy una oportunidad (que cada uno ha gestionado según sus propias capacidades, o visto frustrada según mis personales decisiones o intereses). Para los investigadores más jóvenes y competentes, soy un tema para una tesis. Para la Universidad, un superviviente al que nunca los lenones pudieron silenciar, ni detener, ni domeñar: una rarísima avis a la que el poder nunca logró seducir con nada ni con nadie. Para los caciques, una bofetada a tiempo, y en algún momento una buena hostia a destiempo, pero siempre muy bien dada. Nunca es tarde ―dice la paremia―, si la dicha es buena. A veces, la dicha, se manifiesta de forma violenta.

Para los maestros, cualquier cosa menos lo que esperaban, cualquier desenlace menos un discípulo, cualquier resultado menos una obsecuencia: soy los antípodas de la sumisión. Nunca una frustración ―para ellos―, pero en algún caso sí un resentimiento, si nos acordamos ―no la nombremos― de alguna vieja gloria cada vez menos gloriosa y más vetusta. Para los resentidos y envidiosos, una viruela que sólo ellos saben por qué padecen. Para las camarillas, siempre fui una puerta cerrada y un despacho vacío. Para el poder académico, una total pérdida de tiempo.

El poder académico ―sea dicho con toda legitimidad― es una de las formas más ilusorias y pueriles de poder. El poder académico se limita a hacer de mensajero e intermediario informático, porque hoy toda burocracia académica no es otra cosa que reenviar correos electrónicos, los cuales se reciben inconscientemente de una instancia burocrática y se remiten a otra. No hay más. No es ni siquiera sumisión ni servilismo. Es algo mucho más simple y degenerado: es mensajería electrónica propia de gente que no sabe hacer su trabajo, es decir, dar clase, y que lo disimula eclipsándose en el lisérgico pseudopoder académico. La golosina de los bobos. En ese ejercicio se entretiene, ilusa y vaga, en realidad neutralizada, más del noventa por ciento de la población universitaria mundial. Siempre me negué a ocupar cargos de gestión académica. Y aun así las llamadas agencias de evaluación se vieron obligadas a acreditarme como catedrático. En contra de su voluntad, naturalmente, y de la de algún envidioso y frustrado colega.

Para los políticos que no me conocen, soy un presunto voto; para los políticos que me conocen, un sofión sin reservas. Para la democracia, una carcajada. Ante el supremo cortesano, el espectador de una obra de teatro cuyo final ignoramos tanto como deseamos... conocer. Y para la ramerilla de la democracia, es decir, para la prensa, soy el hombre invisible. Sea así por muchos años.


 

¿Hombres y mujeres?


Para hombres y mujeres soy lo que, en cada caso, unos y otras merecen por sus obras. Porque las palabras, entre los seres humanos, sólo sirven para engañar, con mejor o peor torpeza. Por ello, para los hombres soy, en algún caso, el maestro que imaginan o desean, y que no tienen, o no han tenido; en otros casos ―casos tronados, todo hay que decirlo―, soy lo que desearían para sí y saben imposible, una fascinación urticante, la sal en la envidia, la ortiga en el orto, una cara que no sale en su espejo y un libro que acaso hubieran querido escribir, cuando ni siquiera lo pueden reseñar: para más de uno, la impotencia de todos sus días; y en la mayoría de los casos sólo soy alguien que, simplemente, a veces responde a sus mensajes y a veces no. Para las mujeres, soy lo que cada una imagina ―bajo su responsabilidad―, y alguna consigue ―bajo la mía―: atención y distancia. Es decir, soy lo mismo que para los hombres.

Para los memos un meme: confieso que la puericia crónica no es lo mío. Pero les gusto. Los memos también buscan espejos. Y pareja. Opositores a Narciso, combustible de psiquiatra, carne de suicidios. No en vano la fascinación especular tiene genealogías patológicas de las que sólo el memo ―y no el modelo― es responsable. Para los enemigos, soy una sorpresa. No digamos más. Pero... seamos francos... lo cierto es que no tengo enemigos: tengo gilipollas. Para los amigos, un amigo desengañado, consciente de que la traición la ejecutará siempre uno de los mejores. La traición, como la noche, como la Historia, como la muerte, como el tiempo mismo..., nunca tiene prisa. Y es, sobre todo, como la muerte y como Hacienda: siempre llega.

Para los traidores, soy eso, literalmente, un viejo amigo. Para el calumniador, una persona que desmiente con hechos la mentira de sus palabras. Porque la calumnia siempre revela los intereses y expectativas de los crédulos, que la buscan inflamados y la retroalimentan latebrosamente. La calumnia contiene siempre la matriz de las intenciones del calumniador, pero nunca la realidad de los hechos adulteradamente narrados. Engáñese cada uno como quiera: la mentira no me necesita. Si tú la necesitas, ve con ella. Ve con el diablo, no conmigo. Para el gremio de los envidiosos, tengo un arsenal de contenidos originales ―y muy codiciados― titulado Crítica de la razón literaria.

Para la música, soy una frustración que ignora todas sus frustraciones: una disposición constante y una voluntad silvestre y libertina. Para mi querido y estimado profesor de música, soy ―acaso en algún momento― un pequeño dolor de cabeza comprensible y perdonable. Siempre compatible con su magisterio, que es lo más importante, porque le debo lo mejor de lo que soy capaz ante un instrumento delator e insobornable, como es el piano. Los profesores de música son los únicos maestros que reconozco, porque jamás podré superar su originalidad magistral y su paciencia infinita y generosa. Les debo el tiempo y el saber, inmenso, que me han dado. También a mi maestro en literatura, la mayor excepción, el único: Emilio Nieto Costas, mi profesor de literatura en segundo de bachillerato. Fue mejor que todos mis profesores de Universidad juntos. El discípulo obedece, el intérprete expone su criterio. Con libertad.

Para la filosofía, soy el lector de Borges ―confío en ella tanto como el argentino que soñaba con ser inglés, es decir, nada (nótese la epanortosis, por favor)―, y para la literatura soy el autor de la Crítica de la razón literaria.


 

Elogio y vituperio


Para quien me elogia soy un oído sordo, y para quien me vitupera soy un oído sordo que sabe leer en los labios. Para quien entra por la puerta de mi despacho, soy una adivinanza. Como editor, no quise explicaciones, quise resultados. No presto atención a mis interlocutores, pero finjo en la medida de lo posible y en razón de la cortesía. Sólo escucho música y sólo a la literatura presto atención sin distancias. No pierdan el tiempo buscándome coloquios.

Siento esta franqueza, pero antes muerto que embustero: las palabras, fuera de la literatura, son la banda sonora de la nada. Las mías, como las de los demás. Y cualquier efecto sonoro, si no es música, es ruido.

Otra cosa son las palabras de mi personaje, que es quien les habla y les hablará mientras yo viva. Quédense con él, y a mí déjenme en paz: serán más felices. (La única diferencia es que algunos ―los que no me conocen, ni pueden conocerme― quieren creer más en mis palabras que en las palabras de mi personaje, y yo, sinceramente, no necesito creer en las de nadie. Ni siquiera en las de mi personaje. Ése es para ustedes, no para mí).

La queja es una de las formas más socorridas de disimulo, y de ser, también, consciente de lo que hay. Trabajar es una forma de disimular el éxito y el bienestar propios de una vida, el mejor modo de pasar desapercibido ante el vecino y el colega. Una forma de fingir incomodidades que nos aproximan a los demás. Un modo de hacerles sentirse cercanos a nosotros mismos. Una ilusión de sociabilidad, que más de uno necesitará interpretar como una suerte de complicidad, o hasta de solidaridad inexistente. La ingenuidad del ser humano es infinita. Quejarse es una forma de despistar. También es una forma consensuada de placer.

Pero vivir es hechicero y seductor. La vida es la forma más atractiva de prorrogar el final. Amenizado por el fracaso ajeno y la supervivencia propia.

No soy arrogante, soy sincero. De una franqueza urticante y de una llaneza que, por viajar de la mano de la indiferencia, el desengaño y la misantropía, e incluso la indolencia, resulta molesta, a veces intolerable, muchas veces antipática y, desde luego, siempre incompatible con casi todo el mundo. Así sea, pues así lo quiero.

No soy narcisista, porque no soy como me veo yo, sino como me ves tú: si me sigues mirando, leyendo o escuchando, pregúntate por qué lo haces, pero no me lo preguntes a mí, porque yo no sé quién eres. Y, con todo respeto y consideración, no me interesa saberlo. No estoy encantado de conocerme a mí mismo, estoy encantado de no conocerte a ti.

Y si te parece bien lo que soy y lo que digo, sé bienvenido, y con tu pan te lo comas. Y si no te parece bien, o simplemente te molesta, la culpa es tuya por prestarme atención.

 


Los alumnos forman parte de mi trabajo,
no de mi vida


No hablo con alumnos fuera de mi ámbito laboral. Y desde luego no escucho ninguna de sus confesiones, ni dentro ni fuera del aula. Los alumnos forman parte de mi trabajo, no de mi vida.

Soy profesor, no confesor. No soy cura, ni psiquiatra, ni «hermano mayor» de nadie. En mi trabajo explico el Quijote, entre muchas otras obras literarias. Examino al alumnado conforme a la legalidad vigente y de acuerdo con la guía docente de la materia ―en las que ni creo ni confío, porque no son obra mía, sino de un poder ajeno del que no formo parte, ni como artífice ni como elector―, y lo que ocurra fuera de mi horario y calendario laborales no es asunto mío y no debe ser asunto mío. Trabajo por dinero, como todo el mundo. Porque trabajo es aquello que se hace por dinero. El placer es otra cosa. La libertad comienza cuando termina el horario laboral. Trabajar, como votar, es obedecer. Si no lo sabes, no puedo ―ni quiero― explicártelo. Descúbrelo por ti mismo, y si no eres capaz, dedícate al voluntariado, por placer y sin dinero. Y si crees en la vocación, advierte que un desengaño a tiempo puede ser tu mejor victoria y prevención.

Voluntariamente dedico mi vida personal y profesional a explicar literatura: en menos de una década he grabado más de mil largos vídeos ―sé que ya lo he dicho― sobre interpretación de autores y obras literarias, y he puesto desinteresadamente a disposición de todo el mundo, en internet, contenidos críticos y académicos propios de un nivel universitario, de forma abierta, libre y gratuita, así como toda mi obra, la Crítica de la razón literaria. Soy responsable de lo que he escrito (no de las apofenias del último ocurrente que me leyere), y me deberán el favor ―que no cobraré― de haberlo regalado. Lo que la gente haga con ello es algo que no puede importarme. No soy cómplice de mis lectores. Ni de nadie.


 

No hablo para hacer amistades,
sino para exponer un sistema de ideas
sobre la literatura


No hablo ni escribo para los jóvenes, ni para los viejos, ni para nadie en particular. Ni en absoluto para hacer amistades ni enemistades. Escribo y hablo para expresar un sistema de ideas sobre la literatura.

Si ofrezco gratuitamente mis conocimientos, es para que, si te interesa, los utilices de forma útil e inteligente, no para que me escribas ni contactes, y ni mucho menos para que me des tu opinión. No discuto opiniones: interpreto hechos. Ni mi vida ni mi obra dependen de tu opinión. Sinceramente: tu opinión no nos importa. (A los retransmisores de opiniones de terceras personas los considero, simplemente, lo que son: chismosos y bobos. Su destino es la sentina o pecinal de la papelera más cercana. El bloqueo eviterno. Me resultan excrementicios. Vaya también el correveidile, como la mentira, con el diablo).

Lo que digo o escribo no es resultado de una espontaneidad o una ocurrencia, sino que se trata de afirmaciones que forman parte de textos más amplios, de los que se extraen como una cita, y que pueden leerse como aforismos o paremias. Mi obra contiene una considerable selección y antología de ellas.

Ni yo ni nadie puede pretender que se entienda lo que se escribe o dice, si quien oye o lee no pone la debida atención. Cada texto selecciona, con vida propia, a sus propios lectores e intérpretes.

Por otro lado, hoy, con las redes sociales, la confusión y destrucción de la comunicación ―y de cualquier contenido inteligente― están aseguradas. Hay personas que viven ―es decir, malviven― en las redes sociales, enredadas en el reciario de internet, y que comentan todo lo que ven, sin entender nada de lo que leen. Mi obra, que se ha difundido mucho a través de estos medios, ha sido y es objeto de interminables comentarios, vídeos, réplicas, etc. La mayor parte de estos comentarios proceden de personas que no tienen conocimiento de nada, pero que, bajo la ilusión de la red pública, creen que saben algo. Su destino es la gomia de la basura.

Pongo un ejemplo. Siempre he dicho que la literatura no es una ciencia. Es la tesis número 4 de la Crítica de la razón literaria: «la literatura no es una ciencia». Bien, pues son incontables las personas que, comentando tonterías en internet, objetan ―jugando a ser sabios― que yo haya dicho que «la literatura es una ciencia». Es decir: entienden todo al revés. Otro lo lee, y sigue el hilo. Y así sucesivamente. Pueden citarse ejemplos como éste hasta el infinito.

Verdades y mentiras conviven en internet en condiciones idénticas y resulta imposible discriminarlas. Sobre todo entre adolescentes de larga duración. Gente que crece como «Mowglis» o silvestres «niños de la selva». Varios de estos «Mowglis» son hoy graduados universitarios. En las redes sociales ―su placenta― cultivan el magisterio de ignorancias crónicas y viciadas, metástasis de necedades infinitas. Y a la vez, internet ―no lo neguemos― es también un medio de difusión de conocimientos y saberes de primera categoría, para quien sabe identificarlos e interpretarlos. La realidad es dialéctica y conflictiva. Y acabará contigo, si no te haces compatible con ella, es decir, si eres un idealista.

Saber sobrevivir a esos contrastes es fundamental. Y la educación debe ser el principal instrumento para conseguirlo, y no el medio más insistente para provocar en niños y jóvenes todo tipo de patologías y trastornos de personalidad. Cuidado con convertirse en un «Mowgli».


 

No soy un youtúber,
soy un profesor que graba sus clases


No conviene confundir, al menos en mi caso, el mensaje con el medio, ni el emisor con el canal, porque, en mi vida y obra, el mensaje ―la literatura― no es el medio ni el canal ―YouTube―. En internet estamos todos, pero no todos estamos del mismo modo. El medio no nos hace iguales, pese a las apariencias. Y yo soy solamente un profesor.

Los profesores somos personas que enseñamos lo que sabemos a otras personas que quieren aprender lo que enseñamos. Más allá de estas condiciones básicas, todo lo demás sobra. A menos que ―como la administración y las agencias de calidad― forme parte de cuanto quiere arruinar, sabotear o simplemente destruir nuestro trabajo y vocación.

Se ha dicho que «los vídeos de Maestro son café para los muy cafeteros». Es posible que quien lo haya dicho no haya probado nunca el café. Pero eso no importa. Tampoco soy un profesor como el resto de mis colegas. Y eso importa aún menos.

No he liderado nunca nada ―de nada―, ni he dirigido jamás a ningún grupo de personas. Ni de animales. Nunca he sido pastor, ni flautista en Hamelin. No soy influyente ―¿por qué dicen «influencer»?― en nadie ni en nada. Tampoco soy un youtúber: soy un profesor que graba sus clases. Quien confunda el medio con el mensaje, que se lo haga mirar. Y si hay quienes dicen seguirme, sea suya la decisión, y quédense con la exclusiva de sus consecuencias. Ya he dicho que no soy responsable de lo que hago en los sueños de los demás, no presto atención a nadie, y nada tengo que ver con actos ajenos. Y aún menos con conductas gregarias. No participo en debates ni en polémicas. Nunca lo he hecho. Que los demás polemicen sobre mí no me convierte a mí en ningún polemista. No tengo opiniones, tengo interpretaciones. Ideas que no están subordinadas a la opinión del prójimo. Lo que yo pienso no depende de ti.

No he llevado a cabo jamás proyectos de investigación subvencionados por ministerios, universidades o agencias destinadas a inquirir, desde la burocracia que no ha investigado nunca nada, las investigaciones científicas de los demás. No pido permiso, aún menos atención, a los necios para escribir. Tampoco los quiero como lectores. No los reconozco como interlocutores. La Crítica de la razón literaria la he escrito a solas, y ni ella ni yo debemos nada a ninguna de estas entidades antemencionadas, a cuyas espaldas la he compuesto y publicado.

Las agencias de evaluación han tenido que tragarme tal como soy, y se han visto obligadas, contra sí mismas, a reconocerme, según dice la propia administración, como catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Yo me negué explícitamente a cumplir con muchos de los requisitos cacareados por esas instituciones. No me jacto de ser catedrático ―el mejor de todos los memes―: me jacto de ser catedrático a pesar de las agencias de evaluación científica y académica. Y contra ellas.

No he dirigido ni una sola tesis doctoral en más de 30 años de actividad docente universitaria. Ni pienso hacerlo. Es una forma de aprovecharse del trabajo de los demás. Es incluso absurdo y ridículo, además de irónico y burlesco, que a alguien que termina una carrera, tras cuatro o cinco años de estudio, haya que dirigirle un trabajo, como si se tratara de un inválido intelectual. ¿Para qué ha estudiado entonces durante casi un lustro o más? No me he servido de nadie, y menos de estudiantes, para desarrollar mi propio trabajo y curriculum vitae. Nunca he promovido ni la esclavitud académica, ni el caciquismo científico, ni la sumisión diferida. Nunca he tenido a nadie trabajando para mí, del mismo modo que siempre me negué a trabajar herilmente para otros, por muy superiores que fueran a mí, y que no por ello han dejado de servirse en más de un caso de mi trabajo, de mis ideas y de mis textos, sin reconocerlo ni mencionarlos, como si algo así pudiera ignorarse o disimularse.

Nunca olvidaré cómo en el año 1988, un excura, entonces profesor, nos impuso a todos los alumnos, como una obligación cuyo cumplimiento determinaba la calificación final de la asignatura, la transcripción de unos textos medievales, que después él utilizaría con fines propios y exclusivos para uno de sus trabajos académicos. Nunca olvidaré que le dije que no. Lo dije y lo hice con hechos irreversibles e inapelables. Y nunca olvidará él que, cuando insistió por última vez, con cobardía y sin valor, en que le transcribiera aquellos textos, al final de una clase, pues me los plantó delante de mis narices, sobre el pupitre, entre dos compañeros, ahí se quedaron los textos, en un aula vacía. Porque yo ni los toqué. Lo que hizo con ellos... él sabrá lo que fue. Yo sé lo que hice con él.

Mi obra es pública y de libre acceso, y sobre ella se han hecho y publicado varias tesis doctorales, que yo no he dirigido, aunque haya sido causa y combustible de ellas. Quien quiera utilizar mi trabajo para investigaciones científicas y académicas, ahí lo tiene, en internet, de forma libre, abierta y gratuita. A mí no me necesita para nada. Ni yo necesito dirigir a nadie. Las personas inteligentes no necesitan directores. Ni espirituales ni intelectuales. No es soberbia, es libertad. No es insumisión, sino simplemente coherencia. Toda originalidad implica la negación de un superior. Mis mejores intérpretes son aquellos que jamás han estado subordinados a nada ni han sido seguidores de nadie. Quien piensa con cerebro ajeno no entenderá jamás ni una sola de mis palabras, ni uno solo de mis libros. No quiero sufragáneos de ninguna autoridad, ni propia ni ajena. Mejor solo que mal acompañado. El esclavo intelectual es la peor de las compañías, el más deplorable de los turiferarios. Filosofías, religiones e ideologías son sus principales placentas  y laboratorios. Soy ajeno a todas ellas, y no quiero a nadie obsecuente con ellas.

No he tenido ni discípulos ni maestros. ¿Para qué? Más bien he tenido ocasión de conocer a quienes, en diferentes momentos y circunstancias, han querido o pretendido ser lo uno o lo otro, sin haber sido jamás ninguna de las dos cosas. Y, sobre todo, he tenido constancia de gentes que, confundiendo la realidad con la ficción de sus sueños, ansiedades o pesadillas, se atribuían privilegios relativos a su inexistente relación conmigo. Quien hambre tiene, con pan sueña, reza el proverbio. Dado que no soy psiquiatra, no puedo pronunciarme con rigor sobre el tratamiento médico de casos tales, y he de limitarme a una sintética exposición de hechos ajenos y estultos.

Confieso que antes de cumplir los 50 años he visto cumplidos todos mis objetivos personales y profesionales. La cátedra no estaba entre ellos, vino después, como puede venir cualquier cosa irrelevante y pasajera. Si mi posible éxito ha perjudicado a otros, ellos sabrán por qué. Yo lo ignoro. La envidia es la forma más siniestra de admiración. Nunca experimenté ese sentimiento. No tengo ni he tenido nunca razones ni motivos para ello. No tengo a nadie a quien envidiar. Lo siento por ellos. Quien por celos ladra no ladrará en vano, según reza el verso de Lope de Vega. Pero la verdad es que nunca he prestado atención a los ladridos de un can, cuanto menos a los de un colega o semoviente advenedizo.

Las grandes obras, especialmente las literarias y artísticas, y acaso también algunas de las científicas, son en realidad sólo testimonio insólito y único de lo que alguien inteligente y aislado ha sido capaz de hacer y de alcanzar. Un logro supremo y singular. Nada más. Nada menos. Las obras geniales no tienen otro destino que la soledad. Una soledad condecorada y solemne, acaso, pero soledad y olvido al fin y al cabo. Los demás, realmente ―el ruidoso y respetable público, destinatario consciente o inconsciente de ellas y de sus posibles consecuencias―, poco o nada valioso pueden hacer con estas supuestas grandes obras, salvo admirarlas unos, envidiarlas otros, imitarlas los más astutos, estropearlas por completo los más charlatanes o simplemente destruirlas los más ignorantes y bárbaros. Los discípulos son infidentes o parásitos por naturaleza. Los maestros, por su parte, siempre fueron ficciones de cortesía. El público, llamado el respetable, es la distancia que separa la realidad del idealismo. Lo sabemos: nos quieren por el ruido, no por las nueces.

Si buscan amo, llamen a otra puerta, y si necesitan amigos, acudan a una red social, donde no me encontrarán, porque la suplantación de identidad no remite nunca a ningún original. El espejismo jamás se convierte en oasis. También es cierto que no he intervenido nunca en la actividad de mis posibles publicistas. Si les gustan los dioses falsos, quédense con ellos. Sepan que yo no quiero ni a los verdaderos. Si necesitan consuelo, sírvanse del instrumento correspondiente.

Y si reciben un mensaje firmado con mi nombre y apellidos, pueden estar seguros de que el autor no soy yo.


Jesús G. Maestro



Autorretrato literario:
por qué yo no soy un youtuber. 

Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI