Literatura y desengaño: Racionalismo barroco frente a idealismo ilustrado

  



En esta intervención se contraponen dos formas de racionalismo: el barroco español, entendido como un racionalismo materialista y crítico, y la Ilustración, interpretada como un racionalismo idealista, elitista y programático[1]

Según este planteamiento, la Ilustración reduce la literatura a un instrumento de adoctrinamiento moral y político al servicio de las élites, concibe la razón como patrimonio exclusivo de minorías ilustradas y transforma la creación literaria en una preceptiva rígida y normativa. Frente a ello, el Barroco —encarnado sobre todo en Cervantes, Quevedo, Gracián o Calderón— desarrolla una literatura de desengaño, no como pesimismo propio de las emociones de la impotencia, sino como conocimiento racional de la realidad efectiva: una realidad intervenida por el conflicto, las pasiones, la violencia, la hipocresía y los límites de la acción humana. 

El Quijote se alza así como la más poderosa crítica de las ficciones idealistas incompatibles con el mundo real, mientras que Quevedo representa la demolición satírica de ilusiones humanas, políticas y morales. 

La conferencia sostiene además que gran parte de la cultura contemporánea, en particular las élites intelectuales de la generación de los búmeres, prosigue enrocada en el idealismo ilustrado mediante utopías morales, pedagogías redentoras y discursos de una cursilería sentimental, de modo tal que pretenden imponer deseos tan subjetivos como anacrónicos sobre la realidad material del siglo XXI. 

Frente a ello, una literatura verdaderamente crítica debería ejercer la función de reintroducir en nuestro tiempo el desengaño racionalista, y destruir mitologías inútiles e ideologías fracasadas, así como mostrar la complejidad efectiva que les toca vivir a los más jóvenes, esa generación cervantina de chavales nacidos en el siglo XXI. 

La tesis final sostiene que el Barroco es más racional que la Ilustración precisamente porque no idealiza al ser humano ni confunde deseos absurdos con realidad efectiva, sino que exige ajustar el pensamiento a las condiciones materiales de la vida real, histórica y política.


1. ¿Qué concepto de literatura tiene la Ilustración?

El racionalismo de la Ilustración es incompatible con el racionalismo de la literatura. Por sorprendente que parezca, la Ilustración tiene un concepto de literatura por completo plano e inoperante, reducido esencialmente a adoctrinamiento moral.

Si examinamos el pensamiento literario de los ilustrados desde el punto de vista de las exigencias de la literatura, según su tradición hispanogrecolatina y los planteamientos metodológicos de la Crítica de la razón literaria, y no desde las exigencias de las filosofías ilustradas, estas serían las ideas principales y su respectiva interpretación crítica y dialéctica.

1. La Ilustración tiene un concepto de razón totalmente elitista, al servicio de la ética del poder político y minoritario, exclusivo y excluyente, que monopoliza la literatura como algo gestionado y producido por las élites, no por el pueblo, el cual queda reducido a consumidor acrítico, nunca a productor selecto. Ni siquiera a intérprete con validez y capacidades propias.

2. Asimismo, los ilustrados se arrogan de forma específica las facultades críticas e interpretativas de los hechos literarios, sin reconocer en el pueblo llano ninguna posibilidad al respecto. El poder intelectual y político estima que el pueblo, por sí mismo, es incapaz de comprender cualquier obra literaria, por lo que es necesario traducírsela a un lenguaje capaz de ser asumido por las deficientes facultades de la plebe. Esta tendencia persiste hasta hoy, y se manifiesta en el hecho de hacer creer a la gente común y corriente que es incapaz de leer el Quijote de Cervantes, y que por ello mismo necesita la mediación de las élites, a través de ediciones críticas, troceadas, fragmentadas, saturadas de notas apabullantes y obtusas o incluso traducidas a un supuesto «español actual», comprensible por su presunta facilidad, dado que el pueblo sería incapaz de leer directamente a Cervantes tal como los académicos sí son —supuestamente— capaces de hacerlo.

3. Pese a sus apariencias publicistas, la Ilustración concibe la ciencia como algo en lo que debe intervenir la filosofía, la religión —bajo el simulacro de la secularización— y la ideología política. La presunta independencia o autonomía ilustrada de las ciencias es una farsa más del discurso de los iluminados, como también lo es la idea de una secularización de la cultura o de un laicismo educativo. Nadie más religioso y pietista que Kant para preservar, en nombre de la Ilustración prusiana, idealista y fabulosa, una metafísica teológica frente al concepto mecanicista del mundo debido a la física de Newton. La Ilustración impuso un fundamentalismo científico que llega hasta nuestros días, donde la ciencia reemplaza dogmáticamente el papel que el monoteísmo del Antiguo Régimen reservaba a Dios. Hoy no se dice que el Dios de Lutero, protestante y reformado, nos niegue la libertad, en nombre del determinismo providencialista: hoy se niega la libertad en nombre de la mecánica cuántica, por ejemplo.

4. A diferencia del Barroco, la Ilustración es un movimiento con pretensiones globalistas que niega la dialéctica y toda forma de oposición, al fagocitarla desde una falsa combinación sintética, muy al estilo hegeliano, en virtud de la cual todo se armoniza. Las contradicciones insolubles, es decir, no armonizables, simplemente se descalifican en nombre de un supremacismo moral, cuya fórmula es muy simple: el adversario está moralmente equivocado. De este modo, el enemigo queda convertido en una errata biológica y ética que debe ser desautorizada por las buenas, en nombre de lo políticamente correcto, o incluso, por las malas, tal como planificó el nazismo, exterminada.

5. En consecuencia, el concepto que tiene de la realidad la Ilustración, es decir, la ontología ilustrada, es totalmente monista: todo depende de una potestad superior, y esta potestad son las élites que gestionan el poder político en nombre de un orden moral trascendente y globalista, cuya figura suprema no es Dios, sino el Estado. Hoy el Estado queda reemplazado por una nueva divinidad omnipotente y autosatisfactoria de todo tipo de bienes y dichas: el mercado global y sin fronteras. Todo está relacionado y subordinado al poder mercantil, político y providencial de las élites, y oponerse a ello es incurrir en un comportamiento equivocado e incluso delictivo. Una errata moral y penal. El pueblo llano queda reducido a un conjunto de recursos absolutamente sometidos al despotismo elitista. Esto explica que la democracia fundacional de los Estados Unidos asumiera la esclavitud como un hecho absolutamente natural, necesario y legítimo. Y que el siglo XXI, tanto o más neoilustrado que el XVIII, imponga un concepto de trabajo cuyos imperativos estén por encima de la libertad individual y de cualesquiera otras satisfacciones, de modo que el lema «el trabajo os hará felices» es la base de un nuevo derecho mercantil globalista donde se disuelven todos los primitivos derechos laborales y civiles encarnados en los decadentes y anémicos Estados de nuestra actual centuria.

6. El concepto de literatura que se deriva de estos postulados se resume en un único término: preceptiva. Los ilustrados consideran que una obra es literaria si reproduce literalmente la preceptiva o ley dictada para promover el ideal de razón elitista, idealista y programática en que se basan todos los objetivos monistas y globales de la Ilustración. La poética literaria, como conjunto de procedimientos constitutivos de los materiales literarios, de raíz aristotélica e hispanogrecolatina, queda derogada en nombre de la preceptiva neoclásica, que se impone programáticamente como un código penal sobre la totalidad de los procesos de creación literaria y artística. La literatura queda convertida en el siglo XVIII en un kitsch neoclásico y cerrado, sin posibilidades de desarrollo original.

7. En este sentido, toda genealogía literaria queda reducida a una sola y única familia, la literatura programática o imperativa, del mismo modo que había postulado Platón en su patibularia República. El modelo de este nuevo linaje literario será el Emilio de Rousseau, el manual oficioso de la pedagogía posmoderno impuesta en el siglo XXI. La crítica se extirpa de este modo de todos los niveles educativos, hasta su proscripción, reemplazada por sentimientos irreflexivos e intocables. Asimismo, la literatura crítica o indicativa resulta totalmente derogada y subrogada por una literatura programática o imperativa, según los dictados de las ideologías ilustradas y elitistas. El pueblo sólo puede votar y leer lo que las élites deciden y publican. Así es como el acto de votar se convierte en un acto de obediencia: votar es obedecer, leer es obedecer y vivir es obedecer. La educación es obediencia y todo es obsecuencia y sumisión. La educación, que remite a saber conducirse en la vida, resulta sustituida por la pedagogía ilustrada, como forma de obediencia, de modo que ejercer la libertad es cumplir con las leyes. En realidad, cumplir la ley es obedecer, porque la libertad se ejerce siempre dando un paso más allá de lo que las leyes, sobre todo en educación, permiten hacer, decir y pensar.

8. Por su parte, los materiales literarios, es decir, la ontología de la literatura, queda igualmente reducida en manos de los ilustrados a dos términos, con sus respectivas operaciones: autor / lector, de modo que el autor legisla y el lector obedece, pero no interpreta. La Ilustración no reconoce en la interpretación de las obras literarias más libertad que la autorizada por el protestantismo luterano ante las Sagradas Escrituras: la libertad de conciencia. Lo que ocurre es que la libertad de conciencia no sale de la conciencia, es decir, vive en la cárcel del cerebro y no en los escenarios vitales y legales de la vida real. El hecho clave está en que la libertad de conciencia del intérprete es la negación de la libertad de la ciencia que exige la literatura para poder ser interpretada como es debido, y no como es querido por la subjetividad del individuo, el gremio o la ideología de turno.

9. Por esta razón, desde el punto de vista de la gnoseología de la literatura, es decir, de las posibilidades de estudiar científicamente la literatura, se impone la interdicción, la prohibición o, sin más, el descrédito. La Ilustración es responsable de negar toda posibilidad de estudiar científicamente la literatura, en particular, y el arte, en general, con la intención de reducirlos a puro entretenimiento y pasatiempo. Baumgarten deroga el uso del término poética y lo reemplaza por el de estética (del griego aisthésis o sensación), de modo tal que el arte queda reducido a sus efectos sensibles. La literatura concebida por la Ilustración y el idealismo alemán renuncia a lo inteligible para limitarse a lo sensible. El Romanticismo hará el resto. Los ilustrados son los primeros en disolver la literatura en cultura, primer paso para reemplazar los estudios literarios por estudios culturales, y en convertir esta idea de cultura, indefinida y vacua, en ideología social para gremializar a las masas. La cultura se erige así en ideología. La cultura es una invención ilustrada de pueblos que tomaron conciencia de una carencia esencial y admirable en otros pueblos históricos y vecinos: la literatura. Alemania comprueba durante la Ilustración y el Romanticismo el poder de la literatura griega, latina e hispana, lo que provoca una reacción de cultura —que no de literatura— nacionalista germana con el fin de contrarrestar un pasado inasequible a sus pretensiones supremacistas. Los idealistas alemanes tratan de reemplazar la figura de Homero hasta disolverla en una suerte de Volksgeist germano, sin el cual sea imposible interpretar el resto de literaturas del mundo. En este contexto, un visionario y senescente Goethe postula una suerte de Weltliteratur o «literatura mundial alemana», algo así como una literatura comparada según la cultura germana.

10. El pensamiento religioso protestante interviene de forma totalitaria, bajo los imperativos de la Ilustración, el concepto de ficción literaria, de tal modo que leerá la literatura como si fuera una verdad —peligrosa—, un hecho real y no una fábula imaginaria. El idealismo ilustrado concibe la ficción literaria como una amenaza, de igual forma que Platón. La misma Ilustración que proclama la independencia de la Iglesia interpreta la literatura desde los dogmas morales más fuertemente teológicos, ideológicos y filosóficos de la historia, de modo que se toma la ficción en serio y proscribe los hechos literarios que considera delictivos o inconvenientes a sus ideales. En el siglo XVIII ocurre exactamente lo mismo que hoy, en pleno siglo XXI. Todo dogmatismo moral se toma siempre la ficción en serio, como una amenaza real y efectiva, tan nociva como la risa, lo cómico o el sentido del humor.

11. Desde el punto de vista de los géneros literarios, la Ilustración impone teorías normativas y preceptivas incompatibles con la literatura, su historia y su realidad, desautoriza el teatro español de los Siglos de Oro, la dramaturgia shakesperiana e incluso cualquier forma de entender la vida que, en nombre de una libertad real, no comulgue con la libertad ideal que propugnan, fraudulentamente, imperativamente, interdictivamente, tanto la Ilustración como su hijo natural y resentido: el Romanticismo. La literatura que no coincide con las teorías normativas de los géneros literarios ilustrados no es literatura. Dicho de otro modo: si algo falla, la culpa la tiene la realidad, no la Ilustración. Esta es una de las tesis nucleares del idealismo.

12. Finalmente, la Literatura Comparada se convierte a lo largo de los siglos XVIII y XIX, de la mano del positivismo histórico, en un poderoso testimonio de supremacismo afrancesado, para dar lugar en el siglo XX a un comparatismo anglosajón, con base geográfica en los Estados Unidos, tras el triunfo aliado en 1945. Sin embargo, este comparatismo literario acaba por disolverse a comienzos del siglo XXI en un globalismo indefinido, en nombre de una posmodernidad que no reconoce fronteras, y por lo tanto tampoco diferencias, de modo que la literatura es cultura y todas las culturas son iguales, por lo cual no hay nada que comparar. La Literatura Comparada, de larga tradición en el mundo hispanogrecolatino —recuérdese el libro de Cristóbal del Villalón, Ingeniosa comparación entre lo antiguo y lo presente (Valladolid, 1539)—, nos permite recorrer en la Edad Contemporánea una etapa de tres siglos, bajo el supremacismo nacionalista ilustrado y romántico de Francia, Alemania —frustrado en dos guerras mundiales— y Estados Unidos para desembocar actualmente en un nihilismo literario, cuyo océano es un mercado global y laberíntico en el que la literatura queda reducida al consumo de Harry Potter o la poesía cancioneril de un Premio Nobel como Bob Dylan.

 

2. El desengaño no es pesimismo,
     sino conocimiento crítico de la realidad

El desengaño barroco no debe interpretarse como una actitud sentimental, melancólica o psicológica, sino como una forma de racionalismo materialista y preventivo del fracaso. El Barroco tampoco concibe el desengaño como una filosofía existencialista, cuyo fin resida en sí misma, sin otras consecuencias que la autocontemplación, el narcisismo de la derrota o el nihilismo moral del impotente. El desengaño aurisecular consiste en comprender que la realidad no está organizada según los deseos humanos, ni responde a ideales morales, religiosos o políticos concebidos subjetivamente. Hablamos de un desengaño frente a las ficciones engañosas y los ideales fraudulentos.

La literatura barroca española —Cervantes, Quevedo, Gracián, Calderón, sor Juana— constituye una de las expresiones más poderosas de este racionalismo del desengaño. No porque niegue la existencia de ideales, sino porque demuestra críticamente su impotencia frente a las condiciones efectivas de la realidad histórica, política y antropológica.

El Barroco no afirma que «el mundo es malo». Sostiene algo mucho más profundo: el mundo —uno de los enemigos de la razón, esto es, del alma— no está hecho para satisfacer las ilusiones personales, sino para traicionarlas. Los deseos engañan al ser humano y a su forma de interpretar la realidad, muy al contrario de lo que postula toda la obra ilusoria de Freud. El Barroco, en suma, nos previene exactamente de lo contrario que afirma y promueve esa ilustración idealista y fabulosa: la tiranía de las emociones subjetivas, de los ideales engañosos y de las apariencias fraudulentas.

El idealismo ilustrado, en oposición a la inteligencia y el racionalismo barrocos, considera que la razón humana puede reorganizar satisfactoriamente la sociedad conforme a proyectos ideales e ilimitados de progreso, igualdad, virtud, paz o felicidad universal. El Barroco desconfía de tales construcciones porque conoce la potencia irreductible de las pasiones humanas, la violencia, la necedad y el conflicto político interminable.

 

3. Cervantes y su literatura:
     el desengaño barroco como crítica de la ficción idealista

El Quijote constituye sin duda la obra clave para comprender esta oposición entre racionalismo barroco e idealismo ilustrado.

Don Quijote no enloquece simplemente por leer libros de caballerías: enloquece porque interpreta la realidad según modelos literarios idealistas incompatibles con ella. Modelos cuyo idealismo procede de los libros de caballerías. Esta novela muestra constantemente el choque entre construcción ideal y resistencia material o efectiva del mundo.

La genialidad de Cervantes no consiste en ridiculizar únicamente al personaje, sino a lo que el personaje representa: el idealismo que ignora la realidad. En consecuencia, el Quijote explicita una realidad que destruye ideales imposibles y que advierte al ser humano del riesgo que supone vivir de forma incompatible con la realidad y el mundo. El conflicto no se reduce a «locura frente a cordura», sino a la imposibilidad de hacer coexistir idealismos y utopías —en las que sin embargo sí confía la Ilustración— con estructuras históricas y hechos reales efectivos.

La literatura barroca, a diferencia de la ilustrada y romántica, no tiene como finalidad catequizar moral o ideológicamente al lector, sino representar de forma crítica las contradicciones de la experiencia humana ante la realidad de los hechos y no bajo el idealismo de programas o imperativos morales supremacistas.

El Quijote desmonta varios mitos, como el mito de la justicia universal, el mito del heroísmo moral y supremacista, el mito de la bondad natural, el mito de la armonía social, el mito de que la voluntad humana basta para transformar el mundo o para exigir y legitimar esa transformación deseada, el mito de que las élites son mejores que el pueblo y que por ello mismo han de gobernar al pueblo, en nombre de una ilustración política (despótica) o de una política ilustrada, esto es, de un despotismo ilustrado.

Si don Quijote fracasa, no es por malvado, sino por inocente o ignorante, en su caso, por idealista —ignorante del funcionamiento de la realidad—, si bien sus adversarios triunfan precisamente no por inteligentes, sino por astutos, maliciosos e incluso indecentes, como es el caso de los duques y otros de sus pervertidos burladores, nobles o villanos.

Sin embargo, Cervantes no responde a estos mitos solamente con el cinismo y la ironía. El desengaño cervantino conserva inteligencia, humor y dignidad ante las clases humildes, a las que previene de frustraciones manifiestas y falsarias ilusiones. Don Quijote fracasa materialmente, pero revela una grandeza humana muy superior a la vulgaridad de cuantos lo rodean, sean nobles o clérigos, humanistas o plebeyos.

 

4. Sobre el racionalismo político del Barroco

El Barroco español surge en un contexto de decadencia europea —no solamente española— y punto culminante, por paradójico que resulte, de la consumación histórica del imperio hispano, así como de guerras constantes, crisis económicas y fracasos religiosos en la Europa reformada, que dan lugar a una multiplicación descontrolada de sectas protestantes, cuya repercusión llega hasta nuestros días. Esta visión del siglo XVII no suele verse explicada en la propaganda académica, por lo común de hechura afrancesada y anglogermana, sin duda negrolegendaria. No es casual que el siglo de Quevedo desarrolle una visión especialmente crítica de la condición humana, a la que la Ilustración se sustrae sofisticadamente para evitar conflictos ante los que no tiene respuesta ni explicación.

Frente al optimismo antropológico propio del idealismo ilustrado, el Barroco nunca pierde de vista varias constataciones y atestaciones de la realidad más viva y palpitante, que conviene declarar, aunque sólo sea para advertírselas a muchos búmeres e intelectuales neoilustrados nacidos a mediados del siglo pasado. El pensamiento barroco sabe que 1) el ser humano es racional por naturaleza, pero eso no basta para controlar las consecuencias de la vida, porque la razón, siendo imprescindible, no es suficiente; 2) la sociedad no elimina ni supera los conflictos: convive con ellos; 3) el poder político jamás desaparece ni clausura el curso de la historia: se transforma constantemente porque la libertad humana, a merced de una diosa Fortuna cambiante, no permite ningún final o estatismo histórico; 4) la violencia es constitutiva de la historia y la política, a las que conforma, y no es posible idealizarla sin fracasar; 5) la religión no resuelve las contradicciones materiales humanas, las moraliza; y 6) la razón tiene límites operativos que no se resuelven metafísicamente, es decir, la razón antropológica es incompatible con cualquier irracionalismo teológico que niegue la libertad humana, dicho de otro modo, es incompatible con el protestantismo y sus desenlaces nihilistas.

Todos los autores del último Siglo de Oro español convierten el desengaño en un instrumento de supervivencia intelectual, personal y profesional. El hombre prudente no es el idealista ni el humanista que ignora la realidad, al modo de Erasmo, Montaigne o Tomás Moro, sino quien conoce las reglas efectivas y reales del poder, la ambición o la hipocresía social, al modo de Nicolás Maquiavelo, Francisco Suárez, Francisco de Vitoria, Francisco de Quevedo, Juan de Mariana o Diego de Saavedra Fajardo.

El Barroco desarrolla diferentes formas de explicitar, examinar y hasta conjurar los múltiples idealismos, incorporándolos a su propio racionalismo materialista y crítico a través de la sátira, la ironía, la alegoría, el perspectivismo y la desmitificación de las apariencias, entre otros innumerables recursos.

El mundo barroco no condena el idealismo porque niegue la verdad, sino porque sabe que la verdad nunca aparece de forma transparente en la vida política o social, sino bajo apariencias confusas, engañosas, laberínticas. Esas son las formas del idealismo de las que abjura el Barroco, precisamente las mismas que la Ilustración se apresura a entronizar e idolatrar, con unos resultados absolutamente decepcionantes, de los que disfrutamos grotescamente en la posmodernidad del siglo XXI.

 

5. Quevedo y la demolición de las ilusiones humanas

Francisco de Quevedo representa quizá la forma más extrema del desengaño barroco. En su literatura aparece constantemente una serie clave de tópicos o temas barrocos: la corrupción del cuerpo, la degradación del poder, la fugacidad del tiempo, la falsedad de la vida pública y social, la miseria moral de hombres y mujeres...

Sin embargo, reducir este código barroco a simple «pesimismo» es una trivialización escolar y neoténica. Quevedo no lamenta sentimental o emocionalmente la decadencia, sino que la diagnostica de forma crítica y también preventiva. Por otro lado, el autor del Buscón (1626) y de los Sueños (1627) no es un precedente del existencialismo europeo finisecular y del siglo XX, de Kierkegaard a Sartre, pasando por Heidegger, sino que es el artífice mismo del existencialismo, de genealogía senequista y cristiana, al secularizar materialmente en su literatura muchos de los planteamientos de la filosofía católica.

Su literatura destruye toda idealización de la vida y sus exigencias, porque entiende que el lenguaje político, religioso y moral suele funcionar como un mecanismo que oculta y manipula perversamente múltiples intereses latebrosos. Quevedo es todo lo contrario a la publicidad y propaganda posmodernas. Es la antítesis de Rousseau y la desmitificación de Kant, es el antídoto de la Ilustración y la solución a los problemas que plantean desesperados e impotentes escritores como Nietzsche, Freud o Heidegger.

El Barroco descubre, a través de la prosa y la lírica de Quevedo, una verdad decisiva y censurada por la Ilustración: las palabras pueden convertirse en instrumentos de mentira institucionalizada. De ahí la importancia de la agudeza conceptual, de la sátira y del ingenio como formas de desenmascaramiento de las falsas apariencias y de las censuras de un poder que, en nombre de una supuesta libertad ideal, destruye la verdadera libertad política de la vida humana.

El Barroco combate además algo que la Ilustración preservará y potenciará en las manos exclusivas y excluyentes de las élites: los saberes esotéricos. Me refiero a los conocimientos ocultos, limitados a un grupo o gremio dominante, saberes esotéricos (con S), y no universales o exotéricos (con X).

El hombre del Barroco exige que el conocimiento sea literalmente «católico», es decir, universal o exotérico, y no algo circunscrito a élites que disponen de saberes e instrucciones no compartidos con el pueblo. En este sentido, el Barroco es un movimiento efectivamente católico, no tanto en el sentido religioso, sino según una forma secular y no jerarquizada de plantear y exigir una universalización del conocimiento, sin límites estamentales ni restricciones históricas, geográficas o políticas.

España no priva de sus conocimientos y tecnologías a los habitantes de la geografía hispanoamericana, al contrario de lo que sí hará el protestantismo en los territorios ocupados de los actuales Estados Unidos y Canadá, desplazando y reduciendo a la población nativa en «reservas» y espacios no compartidos con la población invasora. La anglosfera, obsesionada mordazmente por una idea fabulosa y mítica de pureza que cree poder preservar histórica y genéticamente, no se mezcla con lo ajeno: lo esclaviza.

Darwin es un resultado del protestantismo antes que un enemigo del creacionismo. Fíjense en el título completo de su obra: Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida (1859). La neoilustración intelectual posterior a la Segunda Guerra Mundial evitó siempre citar el título completo de este libro, porque su segunda parte resultaba muy inconveniente: «Las razas favorecidas en la lucha…». El concepto de libertad de Darwin es puramente genitivo: la libertad del más fuerte. Un concepto de libertad incompatible con el pensamiento de Cervantes. Y con la libertad del Barroco, más solidaria que la exigida por la Ilustración. Y acaso por ello mismo más difamada.

 

6. La Ilustración y el nacimiento del idealismo moderno

El idealismo es fruto de la Ilustración, no del Romanticismo, su hijo más resentido y consentido. La Ilustración es responsable de haber inoculado en las élites políticas una confianza ciega en un sistema de errores y prejuicios que, en pleno siglo XXI, ha cobrado fuerza nueva, hasta promover una peligrosa huida hacia adelante, capaz de precipitar a nuestra civilización en un abismo de nihilismo y agotamiento definitivos.

Estos prejuicios e ideales son, entre otros, los siguientes: exaltación del progreso como ideal histórico y pérdida de toda consciencia de las consecuencias regresivas o involucionistas de sus propios dogmas e imperativos visionarios, de modo que en nombre de un concepto alucinatorio de progreso todo está permitido; idolatría de la democracia ilustrada como fin de la historia; convicción de que la educación universal de las élites debe estar por encima de la educación del pueblo, lo que patenta la legitimidad de las minorías selectas, en términos de Ortega, o de las «minorías» —sin más, pues toda minoría sería «selecta» por naturaleza— contra cualesquiera mayorías, de las que las élites nunca formarían parte; la gestión de la política para el pueblo, pero sin el pueblo (fórmula inconcusa del despotismo ilustrado); imposición de reformas sociales al pueblo, pero sin contar con el parecer del pueblo, aunque el pueblo no necesite ninguna reforma, pues las élites deciden por él, al tratarse de una democracia en la que el krátos y el démos conviven separadamente; idealización subyugante de una moral humanitaria en términos elitistas y supremacistas, que todos deben cumplir por encima de su voluntad personal; la religión como ética del poder para las élites y al servicio de los intereses de las élites, nunca del pueblo ni para el pueblo, de modo que el sentimiento religioso verdadero es elitista, no popular; cultivo de la fe en los negocios como trasunto de Dios y exaltación del amor al dinero, no al prójimo; negación de la libertad del otro —sobre todo si es «diferente»— y afirmación del éxito propio, basado de forma exclusiva en la prosperidad económica; idealización del trabajo, el dinero y el liderazgo supremacista… La lista puede resultar interminable, sobre todo si apelamos a los procedimientos ideales —y materializables— de control globalista de la población, planetariamente, en función de intereses políticos y mercantiles. La única libertad autorizada es la libertad del mercado, no la del ciudadano, reducido a un ente de consumo sólo visible numérica o estadísticamente.

Autores como Juan Jacobo Rousseau o Manolo Kant creen posible fundamentar racionalmente una moral universal y una reorganización progresiva y programática de la sociedad. El concepto totalitario de Estado hegeliano precipitará el idealismo político de semejantes programas, abriendo las puertas del «progreso» histórico al marxismo y el nazismo.

Desde una perspectiva crítica, con la Ilustración nace la bestia totalitaria del idealismo contemporáneo. De hecho, nuestra vida en el siglo XXI es resultado del totalitarismo de la Ilustración. La frontera que separa el idealismo del totalitarismo es invisible. Y como el totalitarismo, la Ilustración promueve la creencia en soluciones definitivas o «soluciones finales» (la democracia como fin de la historia, en palabras de Fukuyama), decreta la confianza dogmática y programática en la pedagogía, defiende la idea de un progreso moral irreversible y determinista y exige la subordinación de la realidad a construcciones teóricas y elitistas de un idealismo absoluto y global. El Barroco habría considerado estas ideas como hiperbólicas formas de ficción antropológica incompatibles con la realidad y con la vida humana inteligente.

Donde la Ilustración afirma que «la razón humana es una facultad de las élites a la que ni el pueblo ni la población extranjera —diferente y ajena a las propias élites— debe acceder, porque, por su naturaleza imperfecta, ni puede usar ni debe disponer de tal recurso», el Barroco advierte que «el ser humano es, sin excepciones, un animal político intervenido por idealismos engañosos (pasiones, violencia y deseo de poder) que es necesario identificar y evitar para sobrevivir de forma racional y civilizada». La Ilustración combate cualquier forma de poder alternativo a las élites, de modo que actúa legitimada para usar con toda la fuerza de su sofística el idealismo como instrumento de engaño y fracaso ajenos; el Barroco, por su parte, por una cuestión de principios, combate el idealismo destinado a engañar al ser humano. Las posiciones son irreconciliables e incompatibles. Hoy, sin embargo, vivimos en sociedades enamoradas del idealismo. Hoy vivimos en democracia.

 

7. La literatura moderna como conflicto
     entre idealismo y desengaño

En nuestro siglo XXI, el desengaño está prohibido. A la democracia le falta realmente muy poco para prohibir, por ley, la infelicidad. Si eres infeliz, eres mala persona. Este imperativo parece ser el lema de nuestro tiempo. El objetivo de la publicidad, como el de la propaganda, es hacerte creer que la realidad es lo que compras cuando te venden las apariencias. En política, se llama democracia o totalitarismo, según compres o vendas o a la inversa.

La «literatura» mercantilizada por la anglosfera desde mediados del siglo XX puede leerse y consumirse como prolongación de esta tensión entre idealismo y desengaño, con la finalidad de entronizar el idealismo y extirpar toda experiencia o consciencia de desengaño.

El Romanticismo se propone reafirmar el idealismo sentimental e individualista. Frete a él, el Realismo recuperará críticamente la herencia barroca, coadyuvado por un renacer del naturalismo, que Zola trata de monopolizar como si lo hubiera inventado él mismo, y nunca antes se hubiera escrito un Libro de Buen Amor o Libro del Arcipreste, un Gargantúa y Pantagruel, un Lazarillo de Tormes o un Quijote, por ejemplo. Flaubert, Dostoievski, Galdós, Leopoldo Alas, «Clarín», o el propio Zola reaccionan contra el delirio romántico y enfrentan de nuevo al ser humano con los fracasos de las promesas incumplidas de la Ilustración. Emma Bovary, Ana Ozores y muchos otros personajes galdosianos fracasan precisamente porque intentan vivir según ficciones incompatibles con la realidad humana y eviterna, intervenida especialmente por los prejuicios sociales y políticos instaurados por la Ilustración. La novela realista se convierte así en una gran maquinaria de desengaño, capaz de recuperar muchos de los valores del Siglo de Oro en medio de las crisis múltiples de la Edad Contemporánea.

La literatura verdaderamente crítica —o indicativa— no confirma las ilusiones ideológicas de su tiempo, ni de ningún otro, como sí hace la literatura programática o imperativa, sino que las destruye y desautoriza incluso científicamente.

Sin embargo, nuestro más inmediato presente impone un retorno masivo del idealismo, de la mano del cine, la pseudoliteratura de mercado —pues otra literatura ajena al comercio resulta invisible (en la universidad la literatura ha muerto hace años)—, aplaudida políticamente en premios y galardones institucionales, internet y redes sociales y lo que queda de las proyecciones y seriales televisivos, básicamente en canales de pago.

Uno de los aspectos más actuales de esta oposición entre idealismo neoilustrado y desengaño, silenciado o eclipsado este último por la propaganda democrática y globalista, consiste en observar cómo gran parte de la cultura contemporánea, reducida a ideología, ha abandonado el racionalismo crítico —de orden barroco y dialéctico— para regresar a formas intensas de idealismo —de naturaleza ilustrada, romántica y hasta metafísica, semilla que está en el resurgir de nuevas creencias y oleadas religiosas—.

Hoy proliferan, con intensidad creciente y acrítica, utopías sentimentales, emocionales e ideologías de todo tipo, incluidas las religiosas; moralismos supremacistas basados en la fuerza de la fe, que no de la razón; psicologización extrema de la política hasta en los aspectos más íntimos de la vida, desde los colores hasta los morfemas; imposición de pedagogías redentoras a las que no es posible oponerse públicamente sin convertirse en un chivo expiatorio de masas intimidadas por el horror a verse individualmente sacrificadas; discursos en los que el deseo subjetivo pretende imponerse a la realidad material de la vida como verdad indiscutible. La enumeración puede continuar hasta el día del juicio final. Desde una perspectiva barroca, muchas de estas construcciones se interpretarían únicamente como nuevas formas de ficción idealista y engañosa. Pero no vivimos en el Barroco ni bajo sus ideales, sino en los imperativos estertorosos de los ideales ilustrados y posrománticos.

La literatura crítica o indicativa tendría entonces, en una visión barroca de la vida, la función de volver a introducir el desengaño racional: recordar los límites de la acción humana, mostrar la persistencia de conflicto que el idealismo no resuelve, destruir mitologías ideológicas de origen elitista, representar materialmente la complejidad de la experiencia histórica y presente y recuperar el desengaño como forma superior de inteligencia literaria.

La gran lección del Barroco español no consiste en enrocarse en la desesperación ni en la impotencia, sino en explicitar una dialéctica racional frente a las ficciones ideológicas de tal modo que prevalezca el desengaño ante el error y de este modo el ser humano evite el fracaso de su persona y de la sociedad política a la que pertenece. El Barroco es una estrategia racionalista ante el fraude del idealismo.

El desengaño no destruye ni inhabilita la acción humana, sino las ilusiones infantiles o neoténicas que ciegan nuestra forma deficiente de ver el mundo y de enfrentarnos a la realidad. Por eso Cervantes sigue siendo el más moderno y actual de todos los escritores universales. Porque muestra que la dignidad del hombre no consiste en vivir engañado, sino en actuar libremente frente los límites, contradicciones y adversidades que impone la realidad.

La literatura crítica no tiene como objetivo sedar moralmente la impotencia humana, sino hacer inteligible el mundo para que individuos y sociedades sobrevivan haciéndose compatibles con la realidad y sus exigencias.

Acaso la verdadera diferencia entre Barroco e Ilustración pueda resumirse llanamente al advertir que la Ilustración confía en que la razón protestante mejora al hombre, en tanto que agente comercial, diríamos, mientras que el Barroco sospecha que el primer deber de la razón es desengañarse a sí misma sobre el hombre mismo, y no hacerle creer en ideales de ningún tipo, sean políticos, religiosos, económicos o incluso humanísticos y filosóficos. El desengaño es el referente preventivo y supremo del Barroco, como el engaño lo es de la Ilustración.

 

8. Conclusión

La conclusión no es que el Barroco sea menos racional que la Ilustración, sino justamente lo contrario: el Barroco español es mucho más racional porque parte de la experiencia efectiva de la realidad histórica, política y antropológica, mientras que gran parte del idealismo ilustrado construye modelos abstractos, idealistas, fabulosos y supremacistas, de hombre, sociedad y progreso. Las utopías de la Ilustración han sido las más mortíferas de la historia.

En suma, el racionalismo barroco es un racionalismo material y vivo, mientras que el tan celebrado racionalismo ilustrado deriva con frecuencia hacia construcciones idealistas y utópicas. El Barroco no confía en ficciones normativas basadas en cómo «debería» ser el mundo, sino que se enfrenta al mundo —al que considera un adversario o incluso enemigo de la vida humana— tal como realmente es y funciona. Se centra en la ontología, no en la psicología, es decir, en los hechos, no en los ideales. Cervantes, Quevedo o Gracián ofrecen, en esta interpretación de la realidad, una inteligencia crítica más poderosa que muchos discursos ilustrados posteriores. ¿Dónde está el Quijote de la Ilustración? Sólo hay un Quijote, y pertenece a los Siglos de Oro, no a la Ilustración ni al Romanticismo. ¿Acaso los ilustrados razonaron mejor que el autor de esta novela maestra de la literatura universal? ¿Acaso Tolkien razona mejor que Cervantes?

El núcleo de esta interpretación está en que el Barroco no idealiza al ser humano, no cree que la educación suprima el conflicto ni supone que la historia avance moralmente, no confunde deseos con realidades ni convierte la razón en una utopía de la ética de las élites. Y precisamente por eso el Barroco hispano fue mucho más racional que la Ilustración y el Romanticismo anglosajones, porque ajusta el pensamiento a la materia de la experiencia histórica y humana en lugar de entronizar una pretensión idealista y quimérica: creer que la mente de las élites puede hacer con la realidad —y con el pueblo— lo que quiera.

En Cervantes el racionalismo barroco es inequívoco. Don Quijote no fracasa por exceso o deficiencia de racionalidad, sino por interpretar materialmente el mundo mediante ficciones idealizadas incompatibles con la realidad. La novela entera constituye una crítica demoledora de la sustitución de la realidad por construcciones imaginarias. El Quijote es una obra literaria incompatible con la Ilustración y la el racionalismo ilustrado. Quevedo o Gracián llevan estos mismos planteamientos aún más lejos si cabe: la prudencia barroca consiste en conocer las reglas efectivas del mundo, no en predicar desde una posición elitista ideales abstractos sobre él.

De este modo, la oposición correcta no es Barroco = irracionalismo / Ilustración = racionalidad, sino más bien la inversa: Barroco = racionalismo crítico y materialista; Ilustración = racionalismo idealista, supremacista y engañoso. El Barroco conduce al desengaño y la Ilustración exige el engaño. Son dos polos opuestos e irreconciliables. Ahí está el eje efectivo y dialéctico del planteamiento.

Y concluyo con un ejemplo vivo y manifiesto. Piensen que Tolkien es resultado seductor del idealismo ilustrado y romántico. Cervantes, por su parte, es una demostración del racionalismo barroco y de su experiencia y prevención del desengaño. No es lo mismo ver la realidad con los ojos de Tolkien que con los de Cervantes. Ustedes eligen.


Jesús G. Maestro


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NOTA

[1] Conferencia pronunciada oral y telemáticamente para la Universidad de La Laguna, Tenerife, a instancias del Grupo de Investigación en Estudios Semióticos Aplicados (GIESA), Área de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, el 15 de mayo de 2026.


Neohumanismo literario: Ideas y premisas fundamentales de este sistema de pensamiento crítico

 






El Neohumanismo literario es un sistema de pensamiento crítico constituido por Jesús G. Maestro a partir de su obra científica, ensayística y literaria, desarrollada principalmente en libros como Crítica de la razón literaria (2017-2025), Ensayo sobre el fracaso histórico de la democracia en el siglo XXI (2024) y Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI (2025), entre otras de sus publicaciones académicas.

Este movimiento crítico toma como punto de partida y referencia tres hechos determinantes e incontenibles en la realidad del siglo XXI: 1) la destrucción del Estado moderno, como modelo político vigente desde finales del siglo XV, surgido en la Edad Moderna con el Renacimiento español e italiano; 2) el fracaso de la democracia, como sistema de gobierno nacido del idealismo totalitario característico de la Ilustración anglosajona y europeísta; y 3) la desnaturalización de la vida humana a través de la implantación irreversible de todo tipo de procesos de digitalización, mecanización y programación artificial a los que hoy estamos sometidos, hasta alcanzar estados incompatibles con la supervivencia misma de nuestra propia especie.

El Neohumanismo literario considera que estos tres hechos, que han introducido e introducen cambios radicales e insospechados en la experiencia social e individual, no se pueden detener, pero sí reconducir y reorganizar de modo que la vida del ser humano pueda hacerse compatible con ellos para bien de todos.

En este proceso de reorganización o reconducción controlada de la destrucción del Estado, el fracaso de la democracia y la desnaturalización de la vida humana, las soluciones que ha proporcionado ―incluso históricamente― la filosofía, la religión y las ideologías políticas, lejos de ayudarnos, resultan problemáticas, inconvenientes e incluso nocivas. En muchos aspectos lo siguen siendo, no sólo porque en lugar de haber evitado esta situación de destrucción política, fracaso democrático y mecanización inhumana de la vida, la han hecho posible, sino porque además de no resolverla la han justificado, en ocasiones irracionalmente, en términos ideológicos, políticos y filosóficos.

Ante este desenlace, comparable al de un callejón histórico y político sin salida, hay dos caminos y una realidad que pueden ofrecer posibles soluciones. Los caminos son la ciencia y la literatura, y la realidad ―con la que hay que pactar y hacerse compatible― es el mercado.

Desde siglos inmemoriales, mucho antes de las más modernas y contemporáneas revoluciones políticas e ideológicas, las más variopintas filosofías y religiones trataron de ofrecer al ser humano diferentes modos de vida, alternativos y sucesivos en todas sus promesas, para desembocar con el paso del tiempo en guerras igualmente cruentas o incluso más atroces que aquellas que trataron de evitar.

Con la llegada de la Ilustración dieciochesca, idealista y fabulosa, se prometió la secularización de la vida humana, política y social, así como la superación ancestral de conflictos religiosos, en nombre de una «razón ilustrada», ignorante de que los precedentes Siglos de Oro españoles, capaces de elaborar un Quijote y toda una literatura cuyo racionalismo no ha sido superado jamás, ya lo habían conseguido de forma insólita y eficaz. El racionalismo barroco es superior al idealismo de la Ilustración e incompatible con el concepto reformista, mecanicista y nihilista de la anglosfera, bajo cuyos efectos destructivos sobrevivimos hoy en las ruinas ilustradas del siglo XXI.

De hecho, la Ilustración no cumplió sus promesas de paz perpetua, ni de justicia universal, ni de seguridad política ni democracia global. La guerra sigue siendo una amenaza mortal y viva, la desigualdad nunca ha sido tan intensa y tan injusta y la democracia jamás ha estado tan desacreditada como en estos comienzos de siglo XXI, en que el ser humano ha visto mermadas en menos de dos décadas la mayor parte de sus libertades esenciales, algunas de las cuales costó siglos conseguir y legitimar, entre ellas, la presunción de inocencia, el derecho a la vida en todas las circunstancias y la defensa política y jurídica de la propiedad privada.

Hoy llevamos siglos bajo el peso de ideologías políticas que, en nombre de los más variados ideales ―desde la libertad y la paz perpetua hasta la felicidad y la justicia universal― nos han prometido utópica y también democráticamente de todo sin satisfacer ni cumplir realmente nada. El resultado lo tenemos ante nosotros: Estados destruidos, democracias fracasadas, vidas deshumanizadas.

En consecuencia, debido al desengaño provocado por la intervención constante y fracasada de creencias religiosas inoperantes, fantasmagorías filosóficas propias de adolescentes perpetuos y totalitarismos ideológicos que no resuelven ningún problema, desde el Neohumanismo literario se considera que la ciencia y la literatura ―es decir, el conocimiento científico y las artes en general― son los principales recursos en los que puede confiar el ser humano para preservarse como especie. Ciencia y literatura que hoy, como siempre, se ven intervenidas por ideologías políticas, creencias religiosas y totalitarismos filosóficos.

En este momento histórico, el Estado ha dejado de ser un referente de gestión porque el mercado lo ha reemplazado, para bien y para mal. Podemos estar de acuerdo o en desacuerdo con este hecho, pero tal cosa es inútil, porque el hecho en sí es como tal innegable e irreversible. El ser humano del siglo XXI debe pactar con el mercado y hacerse compatible con él para sobrevivir. Y no puede hacerlo a cualquier precio. El ser humano del siglo XXI sólo cuenta con dos apoyos: la ciencia y la literatura. Y un elemento imprescindible: el comercio.

A partir del realismo de esta situación histórica y presente, el Neohumanismo literario, como sistema de pensamiento crítico, se basa en las siguientes ideas o premisas fundamentales.

 

1. Negación del idealismo en todas sus formas:
    el ser humano debe partir de la realidad
    y no de sus ideales

El Neohumanismo literario rechaza toda concepción de la vida humana fundada en utopías, dogmas, mitologías políticas o promesas de redención histórica o metafísica. El punto de partida de cualquier pensamiento destinado a orientar la vida humana ha de ser la realidad efectivamente existente, no un mundo imaginario como algo por sí mismo deseable.

 

2. Ninguna sociedad puede organizarse  
     racionalmente contra la realidad: en la realidad
     está la razón que el ser humano debe saber leer
     e interpretar a través de la educación científica

La supervivencia humana exige reconocer los límites impuestos por la naturaleza, la historia, la ciencia, la tecnología, la economía y las estructuras efectivas de poder. Toda doctrina que ignore estos límites está condenada a sustituir el conocimiento por la ilusión y la política por la ficción. El idealismo conduce al ser humano al fracaso, del mismo modo que convierte en neoténicos a los adolescentes que no maduran ante la realidad y sus exigencias.

 

3. Ni el progreso ni la libertad son valores absolutos
     y garantizados, sino objetivos y logros
     por los que hay que luchar diariamente

Los avances científicos, tecnológicos y económicos ofrecen posibilidades inéditas, pero también nuevas formas de dependencia, desigualdad y sometimiento. El Neohumanismo literario no identifica acríticamente el progreso con el bien ni la innovación con la mejora de la vida humana: exige valorar sus consecuencias desde el conocimiento racional de sus efectos. La libertad no crece ni se amplía por sí misma a lo largo de la historia, simplemente se transforma en una libertad «diferente» y con frecuencia también menor, que no siempre mejor.

 

4. La ciencia constituye uno de los fundamentos
     irrenunciables de la supervivencia humana

Frente a las creencias, las supersticiones y las ideologías, la ciencia proporciona conocimientos racionales capaces de explicar y transformar la realidad objetiva de un mundo habitable. Sin embargo, la ciencia no debe confundirse con una ideología ni convertirse en una nueva religión secular: su función es conocer la realidad a fin de mejorar las condiciones de la vida humana, no imponer dogmas sobre el destino de la humanidad, negando su libertad o deshumanizando el curso mismo de la vida. La ciencia nunca puede ni debe ser un instrumento de religiones, filosofías o ideologías políticas, por más que cada una de estas tres formas de sutil y sofisticada inquisición trate de legitimar diferentes modos de intervenir en la actividad científica a lo largo de la geografía y de la historia.

 

5. La literatura constituye una forma superior
     y diferente de racionalismo y de conocimiento

La literatura no es un simple entretenimiento, una ornamentación cultural ni una manifestación subjetiva de sentimientos. La literatura es un sistema racional de ideas imprescindible en la educación científica del individuo al que habilita para abrirse camino en la vida a través de una experiencia clave: el desengaño. Las grandes obras literarias constituyen construcciones racionales capaces de representar, interpretar y confrontar las posibilidades, contradicciones y límites de la vida en todas sus facetas y alternativas. Por ello, la literatura constituye, junto con la ciencia, uno de los instrumentos fundamentales de conocimiento de que dispone el ser humano, desde el momento en que la educación ha de estar orientada al desengaño de cada persona ante sus adversidades y enemigos vitales, y no al engaño sistemático de sociedades e individuos, tal como ahora lo está. En este punto, el Neohumanismo literario considera que la literatura de los Siglos de Oro españoles, como estadio más desarrollado de la tradición literaria hispanogrecolatina, es la que constituye el código de referencia desde el punto de vista de sus valores, pragmatismo y desengaño para enfrentarse a la realidad humana de cualquier tiempo y lugar. Aquí es donde el Quijote de Cervantes se convierte en la obra clave del pensamiento humano y literario universal y en referente por excelencia del Neohumanismo literario.

 

6. La literatura debe preservarse de cualquier
     subordinación a ideologías, religiones y filosofías

Cuando la literatura queda reducida a propaganda filosófica o religiosa, política o ideológica, identitaria o moral, pierde su capacidad crítica y se convierte en instrumento gregario de un tercer mundo semántico. El Neohumanismo literario defiende una literatura capaz de enfrentarse racionalmente a cualquier creencia, doctrina o sistema imperativo de valores dogmáticos, incluidos aquellos que pretendan utilizarla en su propio beneficio, desde presupuestos filosóficos, religiosos o ideológicos.

 

7. La razón crítica debe sustituir a la utopía
     ideológica, a la creencia religiosa
     y al totalitarismo filosófico o político

El ser humano no puede confiar su supervivencia a promesas de felicidad futura, justicia definitiva, igualdad absoluta, paz perpetua o redención histórica o metafísica. Tales promesas son histórica y políticamente falsas y han servido una y otra vez para justificar formas de poder y de violencia que no cesan de reproducirse. El pensamiento crítico debe reemplazar la esperanza utópica y la creencia ideológica por el conocimiento de condiciones y posibilidades reales de supervivencia, asegurando la libertad, la propiedad privada y el conocimiento científico, literario y mercantil de la realidad en que vivimos.

 

8. La libertad humana no puede definirse al margen
     de sus posibilidades y condiciones reales
     y de ninguna manera puede someterse
     a un determinismo científico ni metafísico,
     sea político, filosófico o religioso

No hay libertad allí donde el individuo carece de los medios necesarios para ejercerla, como tampoco hay libertad cuando una persona delega completamente su capacidad de decisión en estructuras políticas, tecnológicas, económicas o ideológicas, por muy democráticas que estas digan llamarse. La democracia no puede inhabilitar decisiones individuales decisivas para los propios recursos humanos constituyentes e integrantes de una sociedad política. La libertad ha de entenderse como una capacidad real de actuación dentro de las condiciones objetivas y políticas que determinan la vida humana. En este punto, la política es la organización de la libertad, es decir, la administración del poder. La libertad no se delega y ninguna democracia puede construirse sobre la premisa de esta delegación de derechos y toma de decisiones. La libertad no puede ubicarse en la utopía de cualesquiera imaginaciones idealistas, ni tampoco limitarse a la conciencia ni apelar al sentimiento, sino que ha de ejercerse en el mundo real y político, material y humano, sin tutelas electorales que pongan en manos de una minoría o casta disposiciones y dictámenes que afectan a inmensas mayorías de individuos silenciados y sumisos.

 

9. El mercado es una realidad histórica con la que
     el ser humano debe pactar y formar parte

El mercado no constituye por sí mismo un ideal político, moral o antropológico, y de ninguna manera puede ignorarse bajo el idealismo, la seducción o el autoengaño de ficciones ideológicas, utópicas, políticas, religiosas o filosóficas. En las sociedades contemporáneas el comercio constituye una estructura fundamental de organización de la vida humana. El Neohumanismo literario no propone ni la sumisión al mercado totalitario ni su abolición imaginaria, sino el conocimiento y reconocimiento de sus mecanismos, límites y consecuencias para hacer posible una relación racional y eficaz con él. El Neohumanismo literario considera que todos cuantos participamos en la compra o venta de bienes de consumo somos de hecho «amigos del comercio», y que sus verdaderos y principales enemigos o adversarios son, bien quienes lo prohíben o derogan, sea de forma efectiva o utópica, bien quienes lo traicionan mediante la trampa o el incumplimiento de los contratos y derechos mercantiles positivamente estipulados o acordados.

 

10. El Estado ya no puede considerarse el
       fundamento último de la organización humana

La progresiva pérdida de soberanía y capacidad de gestión de los Estados, así como la disolución de fronteras y la pérdida de acuñación de moneda, entre otras impotencias políticas de los Estados actuales, obliga a abandonar la concepción del Estado como instancia capaz de resolver por sí misma los problemas fundamentales del siglo XXI. El Neohumanismo literario parte de la transformación histórica de esta estructura política y busca formas de supervivencia humana compatibles con un mundo en el que el Estado ha dejado de ocupar la posición central que históricamente se le atribuyó. Con la destrucción del Estado fracasa también su sistema político, esto es, la democracia como régimen de gobierno, lo que exige buscar una forma alternativa de gestión jurídica y de organización política.

 

11. La democracia no constituye un sistema político
      absoluto y eterno, ni puede ya resolver los
      problemas vitales del siglo XXI
      ni asegurar la libertad del ser humano

Ninguna forma de gobierno puede quedar exenta de crítica por presentarse como democrática. En nombre de la democracia no todo está justificado ni permitido. La democracia ha de juzgarse por sus resultados efectivos, por las libertades que garantiza, por las desigualdades que provoca o tolera y por su capacidad real para gobernar y administrar coherentemente sociedades contemporáneas. Cuando una democracia fracasa en estas funciones, el pensamiento crítico debe reconocer ese fracaso sin someterse al dogma de una supuesta superioridad moral democrática y debe tratar además de constituir un sistema político alternativo capaz de superar las deficiencias, limitaciones y fracaso de una democracia posmoderna que, hija y heredera de la Ilustración, es incapaz de cumplir sus declaradas promesas de bienestar universal.

 

12. La tecnología debe someterse siempre a crítica
       antropológica: la ciencia está al servicio del ser
       humano no el ser humano al servicio de la ciencia

El ser humano no es la cobaya de la ciencia. Digitalización, mecanización y programación artificial de la vida no son fenómenos externos o ajenos al ser humano: transforman nuestro modo de vida, trabajo, conocimiento, relación familiar y profesional, nuestras formas genuinas y naturales de ser, decidir y sobrevivir. El Neohumanismo literario rechaza tanto la tecnofobia irracional como la confianza ingenua en la tecnología y los fundamentalismos científicos o filosóficos, y exige determinar qué transformaciones tecnológicas favorecen la supervivencia humana y cuáles pueden conducir a su deshumanización o incluso su exterminio como especie.

 

13. La supervivencia de la especie exige educar al ser
       humano en un mundo cambiante y duradero,
       que nunca puede ser una restauración imitativa
       de tiempos, lugares y hechos pretéritos

El Neohumanismo literario no propone regresar a un pasado idealizado ni recuperar estructuras históricas definitivamente desaparecidas o incluso fracasadas. Ninguna meta futura está en el presunto pasado de una Arcadia legendaria o de una utópica y fabulosa Edad de Oro. El objetivo es afrontar las transformaciones irreversibles del presente y desarrollar formas de vida capaces de coexistir con ellas sin destruir las condiciones fundamentales de la existencia humana. Sabemos que la realidad tritura a quien es incompatible con ella y por esa razón, precisamente, el Neohumanismo literario tiene como divisas que el idealismo es una filosofía incompatible con la realidad y que el ser humano que no vive en la experiencia del desengaño vive en la ignorancia de la realidad.

 

14. Ninguna ideología puede exigir ni disponer
       de forma exclusiva ni excluyente
       el monopolio de la verdad sobre el ser humano

Religiones, filosofías e ideologías políticas han impuesto imperativamente conocimientos que han generado dogmas, conflictos y formas de sometimiento enemigas de la libertad humana. Con frecuencia han disputado y disputan entre sí por el monopolio de una supuesta «verdad», encarnada en un principio universal, una divinidad absoluta o un «Gran Hermano» al que cambian de nombre cuando se les ocurre o les conviene (nous, ápeiron, Demiurgo, motor perpetuo, Dios, sustancia pura, mónadas, noúmeno, Espíritu absoluto, Volksgeist, Superhombre, inconsciente, Dasein, etc.). El Neohumanismo literario no acepta ninguna de estas construcciones como instancias últimas de explicación, solución o salvación de nada. Todas ellas deben quedar sometidas a la crítica racional, histórica, científica y literaria del ser humano. En la mayoría de los casos no son sino ficciones explicativas incompatibles con la realidad. Desde su origen, religiones, filosofías e ideologías políticas se han atribuido a sí mismas una superioridad y un poder, un mando y unos derechos, sobre seres humanos y sociedades enteras, que distan mucho de ser respetables e incluso tolerables, si nos atenemos a las cruentas consecuencias a las que históricamente han dado lugar en la mayoría de los casos.

 

15. La supervivencia humana exige, como lo exige
       también la libertad, conservar la capacidad de
       pensar y de actuar contra las ideas dominantes
       y contra todo tipo de dogmas o imperativos, sea
       cual sea su naturaleza moral o política, religiosa
       filosófica, científica, literaria o mercantil

El principal instrumento de supervivencia del ser humano no es una doctrina destinada, imperativa o dogmáticamente, a proporcionarle respuestas definitivas o absolutas, sea en nombre de lo políticamente correcto, sea en nombre de un fundamentalismo moral o metafísico, científico o filosófico, sino una razón capaz de cuestionar día a día aquellas doctrinas que se presentan e imponen como totalitarias o indiscutibles. La ciencia aporta conocimiento ante la realidad, la literatura permite conocer la complejidad de la experiencia humana a través de modelos de ficción integrables en la realidad y compatibles con ella, y el pensamiento crítico nos enseña y capacita a confrontar ambos conocimientos con las estructuras efectivas de una sociedad política. La literatura es una lucha por la libertad contra los enemigos de la razón y es, por ello mismo, una llave maestra que abre racionalmente todas las puertas de la vida y de la realidad. La única puerta que no abre la llave de la literatura es la que conduce a la mazmorra de un mundo inhabitable. Toda literatura digna de este nombre se niega a discurrir por semejante itinerario, del mismo modo que la realidad de la ficción poética se niega a legitimar la mentira y el engaño.

 

Colofón

En consecuencia, el Neohumanismo literario no propone una nueva utopía, una nueva creencia religiosa o filosófica ni una nueva ideología política, ni mucho menos una retórica de autoayuda, sino un sistema racional de ideas basado en conocimientos científicos y literarios y nunca ignorante de las realidades del mercado. Plantea y ofrece, en suma, una forma de pensamiento crítico destinado a conocer la realidad, interpretar sus transformaciones y hacer posible la supervivencia del ser humano dentro de un mundo que ya no puede reconstruirse conforme a ideales políticos, religiosos y filosóficos del pasado. Nada de cuanto se ha ido regresa jamás en su estado original. El fundamento del Neohumanismo literario no es la promesa de un cosmos mejor, sino la necesidad de comprender el mundo real a través de la ciencia, la literatura y la economía para evitar que el ser humano resulte de este modo destruido por las mismas fuerzas históricas, científicas, tecnológicas, financieras y políticas que él mismo ha construido.

Tú decides.

 

© Fundación Jesús G. Maestro