Pekín
ha sustituido miles de titulaciones para orientar su sistema universitario
hacia los sectores que considera estratégicos. La comparación con Europa obliga
a hacerse una pregunta tan desafiante como inevitable: ¿ha fracasado en
nuestras universidades el Plan de Bolonia? Pues yo les digo que sí.
Cada cierto tiempo
aparece un titular destinado a provocar una mezcla de alarma y fascinación:
«China elimina doce mil carreras universitarias». El lector concluye que un
país así decide sacrificar las humanidades en el altar de la inteligencia
artificial y convertir a la universidad en una inmensa escuela de tecnologías
inhumanas. Sin embargo, la realidad es algo más compleja que el titular y
bastante más interesante.
China no destruye
su sistema universitario, sino que lo reorganiza industrialmente. Entre 2021 y
2025 ha reemplazado miles de programas de grado y ha creado otros tantos
orientados hacia sectores que estratégicos.
No se trata
simplemente de cerrar titulaciones, sino de reemplazar unas por otras. La
diferencia es radical, porque revela una idea de universidad que en Europa es
imposible plantear: una institución debe responder a las necesidades del
presente y a las previsiones del futuro.
China nos exige
plantear al menos tres preguntas a las que sólo podemos responder con un tabú:
1) ¿es compatible el modelo europeo de universidad con la realidad del siglo
XXI? Mayoritariamente, no. 2) ¿Puede Europa afrontar de forma competitiva una
reforma universitaria comparable a la de China? De ninguna manera. Y 3), la
pregunta del millón: ¿Ha sido un fracaso la reforma universitaria de Bolonia? Sin
duda.
Esta última
cuestión es la más grave de todas, porque delata un hecho que ninguna
generación está dispuesta a reconocer, excepto la de los nacidos en el siglo
XXI, jóvenes que entre universidad y formación profesional eligen
mayoritariamente esta última, porque la universidad actual les resulta
decepcionante. Hoy es un secreto a voces que el famoso «Plan de Bolonia» ha
sido un fracaso.
En el siglo XXI,
el monopolio del conocimiento lo tiene internet, no la universidad. Durante décadas, al menos en teoría, la
universidad investigaba, transmitía conocimiento y formaba a las generaciones
que habrían de incorporarse a las profesiones más cualificadas. Hoy esos
objetivos los cumplen mejor otras instituciones. En ese contexto, la
universidad ha perdido el control del conocimiento. Internet la ha suplantado y
fagocitado de forma insuperable. Las aulas están vacías, pero las redes
sociales están sobresaturadas. La empresa y el mercado han hecho el resto.
El comercio y sus
leyes imponen a la universidad una velocidad imposible de seguir en las aulas y
en los laboratorios académicos. La ciencia está en la empresa y en el mercado,
no en el aulario.
La revolución
digital, la inteligencia artificial y la aceleración tecnológica han alterado
profundamente la relación entre conocimiento y trabajo, es decir, entre
universidad y empresa. Sectores profesionales al completo se reinventan en
cuestión de meses, mientras que los sucesivos planes de estudio universitarios
se modifican con una lentitud desesperante para dar lugar a nuevos planes más ineficaces
que los anteriores.
Cuando una
titulación consigue adaptarse a una innovación tecnológica, esa innovación ya
se ha extinguido o reemplazado por otra. Sin embargo, la estrategia silenciosa de Pekín
es desmesurada y no tiene precedentes.
Así las cosas,
China ha optado por intervenir directamente sobre la estructura universitaria.
Puede discutirse si sus decisiones son acertadas o no, pero al menos hay una
estrategia reconocible. No se limita a anunciar grandes principios ni a
producir reformas administrativas. China es un país muy silencioso y Europa un
continente ensordecido y narcisista. El viejo continente ofrece un panorama muy
distinto al chino.
Aquí la
universidad parece haberse acostumbrado a vivir en una reforma permanente que
rara vez se enfrenta a los problemas reales, entretenida como está en la
búsqueda de la felicidad —desde la educación primaria se educa a los niños para
ser felices—, la confirmación de unas y otras ideologías, la captación de
jubilados cuya asistencia a clase reemplaza la ausencia en el aula de las
generaciones realmente jóvenes, la acreditación pública de espacios libres de
lo políticamente incorrecto y la demostración, ante su Dios y ante la historia,
de que nuestras Facultades están en el lugar ideológicamente correcto de la
democracia y de la Agenda 2030, aunque ese lugar sea científicamente
irrelevante para una globalización que termina donde comienza el poder mundial
hegemónico de la República Popular China.
En síntesis: la
universidad europea está encantada de conocerse a sí misma, como Narciso ante
el espejo. Pero el espejo está roto y Narciso no lo sabe, porque la sombra del
idealismo alemán es, además de muy alargada, extremadamente miope.
No es que la universidad no sepa qué hacer con la inteligencia artificial. Es que no sabe qué hacer con nada. Y con lo que menos sabe qué hacer es con sus mejores profesores y alumnos. Esos son los que cada día pintan menos en una universidad que, esencialmente, sólo piensa en cómo aprobar legalmente a los que suspenden, a fin de que se gradúen sin constar en las estadísticas del fracaso académico.
Sin embargo, la
vida no es un espejismo. La realidad universitaria no es un sueño, sino unperiodo de tu biografía en el que te juegas, a veces de forma definitiva, tu
futuro.
Cambian los
procedimientos de evaluación, se multiplican los indicadores, se elaboran
nuevos documentos estratégicos y aparecen terminologías y promesas sucesivamente
renovadas. Sin embargo, la pregunta decisiva sigue sin respuesta: ¿qué
conocimientos necesita realmente la sociedad del siglo XXI y cómo debe
organizarlos la universidad, si es que puede hacerlo?
Esta situación obliga a pensar en nuevas
formas de organización cultural y científica. Fundaciones, centros
independientes de investigación, proyectos editoriales e instituciones
especializadas pueden convertirse en espacios capaces de desarrollar tareas que
la universidad desempeñó durante décadas y que hoy, por impotencia propia,
parece abandonar progresivamente, fagocitada el «alma mater» por un mercado que
ama más al dinero que al prójimo y al beneficio propio que al servicio público.
Faro de Vigo, 12 de julio de 2026.















