Hace apenas una década la
formación profesional era la cenicienta del sistema educativo. Nadie la envidiaba
y todos pensaban que la universidad era el lugar donde se diseñaba el futuro.
Hoy la situación ha cambiado de manera espectacular y la formación profesional
se ha convertido en la emperatriz del aprendizaje útil y rentable.
La universidad, por su
parte, se queda en un limbo, anquilosada en sí misma y alejada de todo,
atrapada en estructuras rígidas, burocráticas y desfasadas, con polvo de antaño
en unas aulas hoy vacías y profesores que no saben qué hacer para que los más
jóvenes les presten atención. En su lugar, jubilados y sexagenarios muestran un
gran interés por el «alma mater», pero se trata de una motivación más bien
limitada a las Facultades de humanidades, más como una terapia de grupo que
como un objetivo profesional orientado al mercado laboral.
Cada vez más personas
competentes optan por la formación profesional antes que por la universidad, y
no por capricho, sino porque resulta mucho más práctica y eficiente. Incluso
algunas universidades públicas se han visto obligadas a homologar títulos de
formación profesional, como si se tratara de un besamanos al señor feudal. Pero…
¿para qué quiere alguien que ya trabaja que una universidad le certifique lo
que ya sabe? La respuesta, sin duda, no la da la universidad, sino el mercado.
Porque aquí el mercado no es
un invitado invisible, sino el rey absoluto. Los fondos de inversión compran
centros educativos, privatizan el conocimiento y buscan rentabilidades de entre
el 15 y el 25 % anual, con la eficiencia de un algoritmo financiero y la
paciencia de un inversor que sabe que el tiempo juega a su favor. Los másteres
privados, que oscilan entre 10.000 y 20.000 euros, convierten al alumno en
cliente antes que en estudiante. No es un reproche, es la realidad: es la
lógica de un sistema que ha mercantilizado el conocimiento de manera
irreversible.
Incluso la universidad
pública imita malamente esta ilusión de convertir a los alumnos en clientes,
olvidándose de sí misma, es decir, ignorando que no es una empresa, sino un
servicio público. Se le hace creer al alumno que dispone de una serie de
derechos y objetivos que, sin embargo, la institución no siempre puede cumplir.
Como consecuencia de ello, se inflan calificaciones, se regalan aprobados y
sobresalientes y se generan expectativas que ni la mejor universidad del mundo podría
sostener sin desautorizarse a sí misma.
Es un autoengaño
impresionante: el alumno, como la institución, se traiciona a sí mismo, y
juntos construyen una ilusión de éxito imposible que en realidad es una ficción
compartida. Si alguien se sorprende de que determinados alumnos utilicen la
inteligencia artificial para hacerse trampas al solitario en sus estudios
académicos, basta recordar que la universidad lleva años practicando su propio
juego de trampantojos y cancamusas, sólo que con otros métodos más sutiles y
preservados. Es un pacto tácito muy parecido al que tenían Lazarillo y el ciego
con las uvas: cada uno come más de lo acordado y nadie se escandaliza.
Otro fenómeno relevante es el
papel de la ciencia en la universidad: la pública desarrolla investigación, sí,
pero en muchos casos lo hace para satisfacer a las agencias de evaluación y
acreditación, no para hacer avanzar el conocimiento. Investigar para una
agencia controlador es muy distinto a investigar para la ciencia libre: la
primera busca informes y métricas; la segunda, avances y descubrimientos reales
y efectivos. Una impone obediencia, la otra exige resolver problemas reales.
Mientras tanto, la
universidad privada se ha convertido en una institución cada vez más elitista,
y no por excelencia académica, sino por barreras económicas. Sólo aquellas familias
con recursos suficientes pueden permitirse pagar másteres de entre 10.000 y
20.000 euros; los demás se ven relegados a la oferta pública, donde los títulos
son accesibles, pero las oportunidades económicas pueden ser menores y las
posibilidades del mercado se minimizan.
El sector tecnológico
también ha irrumpido en la educación con fuerza: plataformas digitales,
inteligencia artificial, educación híbrida… herramientas que las universidades
privadas han adoptado con entusiasmo y eficacia, mientras que muchas
universidades públicas apenas han conseguido ensayos tímidos con cursos telemáticos
que rara vez desarrollan su potencial, porque muchísimos profesores son reacios
a grabar sus clases y a exponerse realmente al público.
Lo que ocurre en el interior
de una clase universitaria es uno de los secretos mejor guardados por la
universidad y sus más perilustres docentes. La brecha entre innovación y
tradición se ha ampliado de forma extrema, y no sólo en lo tecnológico: también
en la forma de concebir y de tratar al estudiante, que ha optado por desertar
de las aulas y no volver a clase.
Y aquí topamos de nuevo con un
tema fundamental: la mercantilización de la educación. Cuando los estudiantes
se convierten en clientes, el conocimiento deja de ser un bien común y pasa a
ser un producto, con precio, márgenes y rentabilidad. Esto no es un juicio
moral, sino una constatación objetiva: la educación se ha transformado en un
sector económico de alto rendimiento para la supervivencia humana y política.
Mientras tanto, el Estado
observa, distraído o ausente, cómo el mercado toma posiciones y, en algunos
casos, adelanta a la universidad por la derecha (y por la izquierda…). Yo me
pregunto por qué no interviene el Estado de manera más decidida. ¿Porque no le
interesa, porque carece de recursos humanos capacitados o porque simplemente se
ha rendido a la evidencia del mercado? Probablemente, un poco de todo.
El cambio de paradigma
afecta también al funcionamiento interno del mundo académico. No hay discurso
crítico que valga: ni en la universidad privada ni en la pública. Lo que se
exhibe son emociones cuidadosamente diseñadas, sentimientos sedantes e
ideologías narcisistas, presentado todo ello como pensamiento crítico, cuando
en realidad son estímulos colectivos totalmente acríticos.
En el siglo XXI, el
pensamiento reflexivo se ha visto sustituido por la exigencia de experiencias y
emociones tan inmediatas como inútiles. Los ensayos sobre Dios, la metafísica posmoderna
o la infinitud del universo se leen y promueven como si fueran revelaciones
profundas, pero en todos ellos no hay nada nuevo, y una conversación de barra
de bar con nuestro vecino resulta más clara y útil que cientos de páginas de
palabras bonitas y vacías.
La paradoja es que la
formación profesional, antaño ignorada, ha tomado la delantera gracias a su
capacidad para adaptarse al mercado laboral, ofrecer resultados inmediatos y
economizar años de formación. Dos años de FP pueden abrir la puerta al mercado laboral
mientras que un título universitario exige más tiempo y dinero, sin garantizar
necesariamente mejores oportunidades al cabo incluso de una década.
El conocimiento se ha
convertido en un bien de inversión: rentable, medible y eficiente, pero
sometido a criterios mercantiles que nada tienen que ver con la curiosidad
intelectual o el pensamiento crítico.
En definitiva, la educación
en España experimenta un cambio tectónico: la universidad pública lucha por
mantenerse en posiciones relevantes, la privada crece con elegancia financiera,
los fondos de inversión compran centros y programas y finalmente los
estudiantes se convierten en clientes de un mercado que antes era patrimonio casi
exclusivo del conocimiento.
La formación profesional,
por su parte, ha subido al trono y ha demostrado que utilidad y adaptación
tienen hoy más valor que el grotesco prestigio académico tradicional. Y
mientras tanto, el Estado mira, observa y quizá se pregunta si alguna vez
entenderá que, en esta nueva partida, las reglas han cambiado. El profesorado
universitario ha envejecido más en la última década que en los últimos
cincuenta años.
En esta batalla ruidosa y
visible, que nadie quiere ver ni oír, quienes ganan son aquellos que entienden
que el conocimiento no es sólo teoría, sino rentabilidad: tiempo, inversión,
utilidad y resultados laborales. La formación profesional ha aprendido la
lección, y la universidad aún busca su sitio en un tablero dentro del cual va
perdiendo una ficha tras otra, porque la FP se las come todas.
El mundo del siglo XXI no espera por los universitarios. No lo digo yo: lo
han dicho los gestores de Palantir.
























