Canadá y las fronteras de la eutanasia: el trasplante de órganos

 





Durante décadas, la medicina de trasplantes ha respetado una frontera que parecía elemental: primero muere el donante y después se extraen sus órganos. La muerte, natural o por accidente, separaba dos hechos distintos: morir y donar. Sin embargo, es posible que Canadá sea el primer país en atravesar esta frontera a través de la eutanasia. ¿Por qué?

Pues porque este verano tres médicos han publicado en la Revista de medicina de Nueva Inglaterra un artículo en el que plantean que los órganos del donante se extraigan antes de que el donante haya fallecido, es decir, mientras aún está vivo. Entiendo que bajo anestesia.

Se trataría de órganos de donantes vivos que han solicitado la eutanasia. En este caso, la muerte se produce como consecuencia de la extracción del órgano que se dona. ¿Qué les parece la idea?

Canadá legalizó en 2016 la llamada «asistencia médica para morir», es decir, un rodeo para evitar la palabra «eutanasia». En 2024, 16.499 personas recurrieron a ella, el 5,1 % de las personas fallecidas en el país. Algunas de estas personas autorizaban la donación de sus órganos después de que la muerte, por eutanasia, se hubiera certificado. Hasta ahí, nada nuevo.

La novedad está en la propuesta de tres médicos y especialistas en bioética: ¿por qué no podría una persona que ha decidido morir mediante eutanasia permitir que sus órganos se extraigan mientras todavía funcionan y ella está viva, de modo que la propia extracción provoque la muerte?

La idea arguye una lógica médica: los órganos podrían conservarse en mejores condiciones. Y también una «lógica» basada en el consentimiento: si el paciente quiere morir y quiere donar, ¿qué diferencia hay entre morir antes de la extracción o durante ella? Diríamos que el orden de factores no altera el resultado y sí mejora el producto: un órgano sano disponible en las mejores condiciones.

Ahí comienza el problema (para unos) y la solución (para otros). Tengan en cuenta que los problemas no se resuelven: se transforman. Lo que para una persona es un problema (la vida propia) para otra se convierte en la solución capaz de evitar la propia muerte (el trasplante de un órgano enfermo por uno sano).

Habrá, naturalmente, opiniones para todos los gustos, pero a mí hay algo que me llama la atención: ¿cómo se puede convencer a alguien de que su vida no vale nada, y no darle razones para seguir viviendo, y sin embargo considerar que sus órganos sí valen para que vivan otras personas?

No diré que esto me recuerda a aquello de desvestir a un santo para vestir a otro, porque el tema del que hablo no tiene ninguna gracia, y porque tampoco comprendo cómo se puede hacer creer a alguien que su vida no vale pero sus órganos sí.

Cualquiera sabe que no es lo mismo extraer los órganos de un individuo que ya ha fallecido que provocarle la muerte mediante la extracción de sus propios órganos. ¿Puede llamarse eutanasia a esto? Desde luego, podrán llamarla como quieran, porque para eso están las filosofías, la bioética, la filología y, en última instancia, las leyes imperativas y positivas de lo que hoy llamamos un Estado de Derecho. Pero las palabras no cambian la realidad porque la realidad no está hecha de palabras. De palabras, muy maquilladas, suele estar hecha la imaginación, sobre todo la de los sofistas.

Llámenlo como quieran, pero, en el primer caso, el cirujano interviene sobre un cadáver. En el segundo, entra en el quirófano ante una persona viva y sabe que cuando salga esa persona estará muerta, como consecuencia de la vivisección practicada para la extracción de un órgano vital destinado a otro individuo, lo que causará el fallecimiento inmediato del donante. Así se ejecutaría esta «modalidad» de eutanasia.

Creo que desde hace décadas se nos obliga a confiar excesivamente en una palabra que me resulta cada día más inquietante: «consentimiento». Empezamos consintiendo unas cookies en internet y acabamos donde no digo ni quiero decir. Parece que, con una simple firma, cualquier problema queda consentido y por ello mismo resuelto para siempre.

Aquí aparece, además, una paradoja propia de la medicina del siglo XXI. Cuanto más valiosos son los órganos para salvar otras vidas, mayor es la tentación de conseguirlos en las mejores condiciones posibles. Al precio que sea. ¿Vidas humanas incluidas?

También sabemos que ideologías, filosofías, bioéticas del poder, creencias y opiniones, como la publicidad y la propaganda, siempre hablan en nombre de ese poder y para sus gestores. La ciencia no cambia cuando cambia el gobierno, pero la forma de interpretar la justicia, la moral y la vida, sí.

El teorema de Pitágoras es el mismo con políticos de derechas que de izquierdas, pero la forma de leer el Quijote cambia según qué ideología gestione el sistema educativo. Y a veces, la medicina, sin ser literatura, se parece peligrosamente al uso que del Quijote hacen los políticos.

A mi juicio, que algo pueda hacerse técnicamente no significa que deba hacerse conmigo. La cuestión tampoco se resuelve mediante estadísticas. No importa que sean miles los casos de eutanasia o que sea uno sólo. ¿Se puede promover la eutanasia para satisfacer una demanda de donación de órganos?

Si la respuesta es afirmativa, la relación entre eutanasia y trasplante cambia completamente. Ya no estamos ante dos hechos sucesivos —morir y donar—, sino ante un único procedimiento en el que donar es morir.

Y aquí conviene no dejarse seducir por la tecnología de la medicina ni por la retórica de la libertad individual. ¿Qué clase de libertad es aquella que conduce a la muerte? La medicina puede salvar una vida con el órgano de otra persona, pero precisamente por eso necesita fronteras especialmente claras.

La verdadera discusión no consiste en decidir si queremos donar nuestros órganos, sino en admitir la incoherencia que supone hacer creer a alguien que su vida no vale para él pero sus órganos sí valen para otros.

Y hay algo más. Este asuntono es sólo mercantil, aunque lo parezca. El mercado se dirige a un consumidor. Incluso le reconoce derechos, discutibles o no. Aquí hay algo que no es sólo medicina y comercio, porque en estos casos, más que un consumidor, lo que hay es un experimento con un ser vivo. Un consumidor no es una cobaya. Y un ser humano nunca debe tener sólo razones para creer que su vida no tiene valor y que la eutanasia es, siempre, la única solución.

 

Jesús G. Maestro

Faro de Vigo, 6 de septiembre de 2026.








Los libros, un tesoro en peligro de extinción: el «Proyecto Panamá»

 





Si todos los libros del mundo desaparecieran, bastaría un solo ejemplar del Quijote para recuperar la totalidad de la literatura universal. Digo esto porque si damos crédito a una serie de informaciones publicadas recientemente en la prensa de Estados Unidos y Alemania, parece que hay proyecto para destruir físicamente todos los libros habidos y por haber con el fin de escanearlos y alimentar a la inteligencia artificial. Por si acaso, asegúrense de tener un ejemplar del Quijote en su casa a buen recaudo.

Durante siglos, la humanidad ha escrito libros para conservar el conocimiento. De hecho, los libros son la caja fuerte de la sabiduría personal y colectiva. Sin embargo, hoy se anuncia una inquietante posibilidad: que los libros se destruyan precisamente para que ese conocimiento sobreviva... convertido en datos.

La paradoja no es un cuento de Borges ni pertenece a la literatura fantástica, sino a una controversia que ha salido de los tribunales estadounidenses y que obliga a preguntarse qué futuro espera al patrimonio bibliográfico en la era de la inteligencia artificial.

Esta noticia, ciertamente inquietante y hasta macabra, tiene nombre de país y de canal: «Proyecto Panamá». No se trata de una historia de espías ni de una fábula conspiranoica, sino de la denominación aparecida en documentos judiciales relacionados con Anthropic, una de las empresas más relevantes del sector de la inteligencia artificial.

Según la documentación revelada en Estados Unidos y difundida inicialmente por The Washington Post, la compañía habría diseñado un procedimiento para adquirir grandes cantidades de libros impresos, escanearlos mediante técnicas de digitalización destructiva —que implican desmontar físicamente los volúmenes para obtener imágenes de alta calidad— y utilizar posteriormente ese material como fuente de entrenamiento para sus modelos de inteligencia artificial.

Los documentos judiciales constituyen la fuente primaria de estos hechos, aunque el resto de interpretaciones pertenece al ámbito del análisis periodístico y del debate público.

El periódico alemán Frankfurter Rundschau ha ampliado posteriormente esta información mediante entrevistas con especialistas y un examen de las consecuencias culturales y económicas del fenómeno. Es importante distinguir ambos niveles: por un lado, están los hechos documentados; por otro, las valoraciones que periodistas, supuestos expertos y observadores ocurrentes han hecho al respecto.

La intervención no se limita a una empresa concreta. Diversos libreros europeos especializados en libro antiguo y de ocasión observaron durante meses una demanda extraordinariamente elevada de determinados títulos, adquiridos en grandes cantidades por compradores vinculados al desarrollo de sistemas de inteligencia artificial.

Evidentemente, nadie discute la compra legal de libros y aún menos de libros antiguos. Lo que sí suscita controversia e inquietud es el destino posterior de esos ejemplares, pues supuestamente se descuartizan de forma sofisticada y mecánica para escanearlos y convertidos en bases de datos destinadas al entrenamiento de algoritmos.

¿Por qué ahora? La explicación parece residir en un problema técnico que preocupa a toda la industria: los grandes modelos de inteligencia artificial necesitan cantidades inmensas de información para seguir mejorando, y buena parte del contenido disponible libremente en Internet ya se ha utilizado. La escasez de nuevos datos obliga a buscar fuentes de mayor calidad, y los libros constituyen probablemente el depósito más rico de conocimiento estructurado producido por la civilización. Lo que la gente no lee lo engulle, como una gomia, la IA.

Y aquí comienza el conflicto jurídico. En Estados Unidos, algunas empresas sostienen que determinad0s usos de obras protegidas podrían quedar amparadas por el principio del fair use, una excepción del derecho de autor basada en la transformación de las obras. Sin embargo, esa doctrina dista mucho de coincidir con la legislación europea y, especialmente, con la alemana, donde la protección de la propiedad intelectual responde a criterios considerablemente más restrictivos. Lo que puede ser jurídicamente defendible en un sistema legal no necesariamente lo es en otro.

Esta divergencia explica el creciente número de procedimientos judiciales iniciados contra empresas dedicadas a la inteligencia artificial. Autores, editoriales y titulares de derechos sostienen que muchas de sus obras se habrían utilizadas sin autorización para entrenar modelos comerciales. Las empresas tecnológicas, por su parte, mantienen posiciones jurídicas diferentes y alegan diversas excepciones legales. El resultado es un escenario de enorme incertidumbre cuyo desenlace todavía está lejos de resolverse.

Hay además una dificultad añadida: demostrar qué obras concretas han servido realmente para entrenar un modelo resulta extraordinariamente complejo. Los sistemas de inteligencia artificial funcionan como cajas negras cuya composición interna apenas puede reconstruirse desde el exterior. Esa falta de transparencia convierte muchos litigios en auténticos desafíos probatorios.

Mientras tanto, el mercado del libro también comienza a experimentar transformaciones irreversibles. Si una parte significativa de los ejemplares antiguos o descatalogados termina en procesos de digitalización destructiva, la disponibilidad física de determinadas obras podría reducirse progresivamente.

Aunque el contenido permanezca digitalizado, el objeto material desaparece. Y con él desaparecen también elementos que forman parte del patrimonio cultural: ediciones, anotaciones, encuadernaciones, variantes tipográficas, huellas de lectura e incluso la propia posibilidad de volver a consultar el volumen original.

La cuestión trasciende, por tanto, el ámbito económico. Afecta a la conservación del patrimonio bibliográfico y plantea una pregunta de fondo: ¿qué ocurre cuando el conocimiento deja de estar distribuido en millones de bibliotecas públicas y privadas para concentrarse en enormes infraestructuras digitales pertenecientes a unas pocas compañías tecnológicas?

¿Se imaginan que, una vez que hayan devorado todos los libros antiguos disponibles en el mercado, el proceso se extienda a hacer lo mismo con las bibliotecas nacionales y públicas de los diferentes estados del planeta? No lo descarten, porque el mercado se come al Estado desde hace ya varios años. Y la democracia le pone más ojitos al comercio que consideración a sus propios votantes.

No se trata únicamente de almacenar información, sino de decidir quién controla el acceso, el procesamiento y, en cierto modo, la interpretación futura de ese conocimiento.

A ello se añade otro fenómeno igualmente novedoso. Los mismos sistemas entrenados con millones de libros comienzan ahora a producir cantidades prácticamente ilimitadas de nuevos textos. El acceso al conocimiento impreso se verá inundado y saturado por publicaciones generadas de forma automática, hasta el punto de imposibilitar la visibilidad de obras escritas por seres humanos.

Es la deshumanización del conocimiento y la derogación de la literatura. La abundancia de contenido produce un efecto paradójico: cuanto más se escribe, más difícil resulta leer algo valioso. La IA no puede escribir literatura, pero puede simularlo, sobre todo ante lectores que no distinguen un texto literario de otro que no lo es. Y sin formación literaria, nadie puede parar los pies a un generador de palabras y algoritmos.

Conviene, sin embargo, evitar las conclusiones apresuradas. Que haya documentos judiciales sobre toda esta trama no significa que todas las interpretaciones derivadas de estos hechos sean igualmente ciertas. La prudencia intelectual exige distinguir constantemente entre prueba documentada y valoración interpretativa.

Lo que sí parece indiscutible es que asistimos a una transformación histórica de enorme magnitud en los procesos de escritura, conocimiento y creación literaria. Es algo comparable, por sus consecuencias, a la Revolución Industrial y a la deshumanización del trabajo. Entonces las máquinas alteraron el valor humano; hoy la inteligencia artificial comienza a modificar el valor de la producción, conservación y circulación del conocimiento.

Quizá dentro de unas décadas recordemos este momento como el comienzo de una crisis cultural sin precedentes. O quizá como el nacimiento de una nueva etapa de la civilización, donde todos vivamos en un orwelliano tercer mundo semántico. Nadie puede saberlo todavía. Lo único seguro es que, mientras debatimos sobre algoritmos, derechos de autor y modelos de entrenamiento, miles de libros desaparecen silenciosamente de estanterías, librerías y acaso bibliotecas. Algunos acabarán en nubes digitales. Otros dejarán de existir como objetos físicos para siempre.

No hace falta invocar ese producto distópico y anglosajón titulado Fahrenheit 451, otro manual de instrucciones para élites exterminadoras. Cualquiera que haya leído el Quijote sabe lo que ocurre en el capítulo 6 de la primera parte con la biblioteca de nuestro ingenioso hidalgo: un saqueo libertino —por parte de un cura y de un barbero, astutos y tracistas— y una quema puritana —a cargo de un ama y una sobrina, simplonas y gaznápiras—.

Y esa circunstancia, por sí sola, ya merece una reflexión mucho más profunda de la que hasta ahora hemos querido concederle. El mundo anglosajón impone un nihilismo globalista, no sólo vital, sino también bibliográfico. Lo dicho: asegúrense de tener en su casa un ejemplar del Quijote.


Jesús G. Maestro

Faro de Vigo, 26 de julio de 2026.


 





Invitación a la lectura del Quijote original de Cervantes

 



 

En Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616) nació en Alcalá de Henares y vivió una época histórica comparable a la nuestra en muchos aspectos, marcada por el fracaso del idealismo —renacentista en su caso e ilustrado y posmoderno en el nuestro— y el enfrentamiento con una realidad determinada por la guerra y el cautiverio, la adversidad y el desengaño —barroco en su caso y democrático en el nuestro—, y por la literatura como forma de interpretación del mundo.

En 1569 viaja a Italia, donde inicia su carrera militar. Participa en la batalla de Lepanto (1571), combate en el que, superviviente a un tiro de arcabuz a cortísima distancia, perdió la movilidad de la mano izquierda. En 1575, apresado por corsarios berberiscos, sobrevive milagrosamente como cautivo en Argel durante cinco años, tras cuatro fracasados intentos de fuga, hasta su rescate en 1580.

De regreso a España desempeñó diversos trabajos administrativos y comenzó su carrera literaria. Publicó una original novela pastoril (La Galatea, 1585) y escribió teatro y poesía, aunque sin alcanzar el debido reconocimiento del público de su tiempo.

Cervantes es el artífice del «teatro épico», que Brecht desarrolla en el siglo XX, y que al alcalaíno no le reconocieron en el Barroco sus contemporáneos españoles ni europeos.

Su obra Numancia, decisiva en la historia del teatro trágico, supera tanto los modelos clásicos griegos como la mitificada fama de Shakespeare, por dos razones aún hoy pendientes de difusión: 1) niega el determinismo y afirma la libertad y 2) retira a los nobles el protagonismo exclusivo del dolor trágico para dárselo al pueblo, frente a la tradición griega y las prácticas anglosajonas, que no reconocían en los seres humildes dignidad en el sufrimiento, pues sólo se les consideraba objeto de risa, burla y comedia.

En 1605 apareció la primera parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, obra que transformó para siempre la literatura universal, al crear una nueva forma de narrar el mundo y de interpretar desde la ficción literaria la realidad humana y política, más allá de cualquier complejidad conocida hasta entonces, desde la creación de personajes insólitos hasta la confrontación entre ficción y realidad, a través de apariencias, engaños y desengaños antes jamás señalados. En 1615 irrumpe la portentosa segunda parte de la novela, con el título de El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha.

En 1613 publicó sus doce Novelas ejemplares, en 1614 un poemario burlesco extremadamente astuto, Viaje del Parnaso, y en 1617, ya póstumamente, una originalísima novela de aventuras y críticas desmitificadoras, de naturaleza política y religiosa, titulada Los trabajos de Persiles y Sigismunda.

Cervantes murió en Madrid un 22 de abril de 1616. Toda su obra literaria, en particular el Quijote, constituye una crítica demoledora y cuidadosamente racionalista y cínica contra el idealismo de todos los tiempos y geografías.

Su vida y su escritura representan la fuerza de una razón barroca más poderosa y realista que la razón ilustrada impuesta por la cultura anglosajona desde el siglo XVIII, y que, en contra de las ideas del Quijote, domina y limita hoy nuestra forma de vivir.

Cervantes hizo de la vida humana una obra de arte cuya actualidad en el siglo XXI es explícitamente incompatible con el fracaso del Estado, de la libertad y de los derechos fundamentales del ser humano.

Jesús G. Maestro

 

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha

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El gonococo parlante habla de literatura

  




Los libros, no por ser libros, son tesoros.

Libro es Mi lucha de Adolfo Hitler y La genealogía de la moral de Federico Nietzsche.

Libros son también El principito, Alicia en el país de las maravillas y El Señor de los Anillos.

Y libros son también La Celestina, Lazarillo de Tormes y El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.

Todos estos libros son muy diferentes entre sí, y cada uno forma parte del menú de unos u otros lectores, porque no todos los modelos de ficción son literatura ni mucho menos aún son compatibles con la realidad del mundo que habitamos.

No culpes a tu profesor de las lecturas que estés obligado a leer, como tampoco culpas al periodista o al crítico literario que publicita, por dinero, tal o cual título.

El profesor manda en la escuela, no en tu vida. El periodista es un mensajero pagado. Sólo tú eres responsable de lo que lees e interpretas.

Los libros que leemos acreditan o desacreditan la inteligencia de la que disponemos. Tú eliges lo que lees.

Si la ignorancia no te previene del consumo de libros inútiles, que lo haga, al menos, la vergüenza. Si la tienes.

Carecer de conocimientos literarios permite al ignorante hablar con libertad y sin pudor de todo lo que no sabe en relación con cualquier cuestión relacionada con la literatura, su historia y materiales, sus conceptos y su genealogía. Y hacerlo con el desparpajo espectacular de un gonococo parlante, al que las redes sociales abastecen de estulticia y necedad industriales al servicio de la publicidad ajena. El gonococo trabaja para otros, pero nunca lo sabe.

Es muy fácil para una mente insipiente e inexperta, neoténica y malformada, confundir literatura fantástica y maravillosa, lo sobrenatural aceptado y lo extraordinario explicado, el llamado «realismo mágico» con el arte de los orates, la «industria» y el «milagro» —que diría Cervantes en el Quijote— y tantas cuestiones más.

El fracaso de la universidad, como institución educativa de la que buena parte de los alumnos salen sin saber leer ni escribir, y manejando delatoramente el uso improductivo de la inteligencia artificial, es una perpetuación de esta deficiencia.

Pero internet es el gran espejismo de la necedad que sienta cátedra. La neotenia literaria desemboca en el aborto intelectual. Las redes sociales son las esquelas de la mente de la mayor parte de sus usuarios.

Descansen prematuramente en paz.


Jesús G. Maestro






China reindustrializa su universidad mientras Europa busca la felicidad

 





Pekín ha sustituido miles de titulaciones para orientar su sistema universitario hacia los sectores que considera estratégicos. La comparación con Europa obliga a hacerse una pregunta tan desafiante como inevitable: ¿ha fracasado en nuestras universidades el Plan de Bolonia? Pues yo les digo que sí.

Cada cierto tiempo aparece un titular destinado a provocar una mezcla de alarma y fascinación: «China elimina doce mil carreras universitarias». El lector concluye que un país así decide sacrificar las humanidades en el altar de la inteligencia artificial y convertir a la universidad en una inmensa escuela de tecnologías inhumanas. Sin embargo, la realidad es algo más compleja que el titular y bastante más interesante.

China no destruye su sistema universitario, sino que lo reorganiza industrialmente. Entre 2021 y 2025 ha reemplazado miles de programas de grado y ha creado otros tantos orientados hacia sectores que estratégicos.

No se trata simplemente de cerrar titulaciones, sino de reemplazar unas por otras. La diferencia es radical, porque revela una idea de universidad que en Europa es imposible plantear: una institución debe responder a las necesidades del presente y a las previsiones del futuro.

China nos exige plantear al menos tres preguntas a las que sólo podemos responder con un tabú: 1) ¿es compatible el modelo europeo de universidad con la realidad del siglo XXI? Mayoritariamente, no. 2) ¿Puede Europa afrontar de forma competitiva una reforma universitaria comparable a la de China? De ninguna manera. Y 3), la pregunta del millón: ¿Ha sido un fracaso la reforma universitaria de Bolonia? Sin duda.

Esta última cuestión es la más grave de todas, porque delata un hecho que ninguna generación está dispuesta a reconocer, excepto la de los nacidos en el siglo XXI, jóvenes que entre universidad y formación profesional eligen mayoritariamente esta última, porque la universidad actual les resulta decepcionante. Hoy es un secreto a voces que el famoso «Plan de Bolonia» ha sido un fracaso.

En el siglo XXI, el monopolio del conocimiento lo tiene internet, no la universidad. Durante décadas, al menos en teoría, la universidad investigaba, transmitía conocimiento y formaba a las generaciones que habrían de incorporarse a las profesiones más cualificadas. Hoy esos objetivos los cumplen mejor otras instituciones. En ese contexto, la universidad ha perdido el control del conocimiento. Internet la ha suplantado y fagocitado de forma insuperable. Las aulas están vacías, pero las redes sociales están sobresaturadas. La empresa y el mercado han hecho el resto.

El comercio y sus leyes imponen a la universidad una velocidad imposible de seguir en las aulas y en los laboratorios académicos. La ciencia está en la empresa y en el mercado, no en el aulario.

La revolución digital, la inteligencia artificial y la aceleración tecnológica han alterado profundamente la relación entre conocimiento y trabajo, es decir, entre universidad y empresa. Sectores profesionales al completo se reinventan en cuestión de meses, mientras que los sucesivos planes de estudio universitarios se modifican con una lentitud desesperante para dar lugar a nuevos planes más ineficaces que los anteriores.

Cuando una titulación consigue adaptarse a una innovación tecnológica, esa innovación ya se ha extinguido o reemplazado por otra. Sin embargo, la estrategia silenciosa de Pekín es desmesurada y no tiene precedentes.

Así las cosas, China ha optado por intervenir directamente sobre la estructura universitaria. Puede discutirse si sus decisiones son acertadas o no, pero al menos hay una estrategia reconocible. No se limita a anunciar grandes principios ni a producir reformas administrativas. China es un país muy silencioso y Europa un continente ensordecido y narcisista. El viejo continente ofrece un panorama muy distinto al chino.

Aquí la universidad parece haberse acostumbrado a vivir en una reforma permanente que rara vez se enfrenta a los problemas reales, entretenida como está en la búsqueda de la felicidad —desde la educación primaria se educa a los niños para ser felices—, la confirmación de unas y otras ideologías, la captación de jubilados cuya asistencia a clase reemplaza la ausencia en el aula de las generaciones realmente jóvenes, la acreditación pública de espacios libres de lo políticamente incorrecto y la demostración, ante su Dios y ante la historia, de que nuestras Facultades están en el lugar ideológicamente correcto de la democracia y de la Agenda 2030, aunque ese lugar sea científicamente irrelevante para una globalización que termina donde comienza el poder mundial hegemónico de la República Popular China.

En síntesis: la universidad europea está encantada de conocerse a sí misma, como Narciso ante el espejo. Pero el espejo está roto y Narciso no lo sabe, porque la sombra del idealismo alemán es, además de muy alargada, extremadamente miope.

No es que la universidad no sepa qué hacer con la inteligencia artificial. Es que no sabe qué hacer con nada. Y con lo que menos sabe qué hacer es con sus mejores profesores y alumnos. Esos son los que cada día pintan menos en una universidad que, esencialmente, sólo piensa en cómo aprobar legalmente a los que suspenden, a fin de que se gradúen sin constar en las estadísticas del fracaso académico.

Sin embargo, la vida no es un espejismo. La realidad universitaria no es un sueño, sino unperiodo de tu biografía en el que te juegas, a veces de forma definitiva, tu futuro.

Cambian los procedimientos de evaluación, se multiplican los indicadores, se elaboran nuevos documentos estratégicos y aparecen terminologías y promesas sucesivamente renovadas. Sin embargo, la pregunta decisiva sigue sin respuesta: ¿qué conocimientos necesita realmente la sociedad del siglo XXI y cómo debe organizarlos la universidad, si es que puede hacerlo?

Esta situación obliga a pensar en nuevas formas de organización cultural y científica. Fundaciones, centros independientes de investigación, proyectos editoriales e instituciones especializadas pueden convertirse en espacios capaces de desarrollar tareas que la universidad desempeñó durante décadas y que hoy, por impotencia propia, parece abandonar progresivamente, fagocitada el «alma mater» por un mercado que ama más al dinero que al prójimo y al beneficio propio que al servicio público.

 

Jesús G. Maestro

Faro de Vigo, 12 de julio de 2026.




Los enemigos de la universidad: ¿Silicon Valley?

 





¿Saben lo que es la Horowitz Andreessen Academy? Pues es una institución educativa privada creada al margen de la universidad tradicional, incubada y financiada inicialmente con 35 millones de dólares por el fondo de capital de riesgo Andreessen Horowitz y respaldada por algunas de las principales empresas tecnológicas de Silicon Valley. Aparentemente, se trata de algo irrelevante para cualquier universidad.

Pero las apariencias, lo sabemos desde antes del Quijote, siempre engañan. Esta academia oferta desde su página web grandes esperanzas, con más fundamento que las de la novela de Dickens, a jóvenes que acaban de terminar su bachillerato.

Lo que les plantea es un extraordinario éxito laboral sin necesidad de pisar una universidad. No hablamos de cualesquiera universidades, sino de las de élite, esas que siempre salen en los primeros puestos de las clasificaciones de Shanghái, aunque luego alguno de sus profesores haya presentado un currículum supuestamente fraudulento y todo termine en tragedia.

Corren malos tiempos para la universidad, y no porque el problema sea la Horowitz Andreessen Academy ni Silicon Valley. El problema es la fórmula que estas instituciones utilizan y que más pronto que tarde otras reproducirán. Aquí seguiremos pensando durante varios años que tal cosa no nos afecta. Sin embargo, es el principio del fin. ¿No me creen? Miren lo que les cuento.

Algunas empresas y fondos de inversión tecnológicos han comenzado a desarrollar modelos de formación que prescinden de buena parte de los procedimientos tradicionales de la educación superior.

No necesitan reproducir cuatro años de estudios universitarios, ni someterse necesariamente a los sistemas convencionales de acreditación, ni convertir el aprendizaje en una sucesión de asignaturas, créditos y títulos. Pueden formar y seleccionar directamente a jóvenes con determinadas capacidades, prepararlos intensivamente y vincular esa profesionalización a la inserción inmediata en un mercado laboral.

La cuestión no es si la universidad debe adaptarse a las nuevas tecnologías, si debe hacer esto o lo otro con la inteligencia artificial (en realidad nadie sabe qué hacer con esa «cosa» en la universidad, salvo prohibirla en público y usarla a hurtadillas incluso en privado). La cuestión es qué ocurrirá cuando determinadas formas de conocimiento y de formación profesional puedan desarrollarse al margen de la universidad.

Varias de ellas ya pueden ejercerse hoy fuera del «alma mater» y otras, como la formación literaria, no las ejerce nadie, ni dentro ni fuera de la universidad, porque la gente, según el informe PISA, ni sabe escribir ni entender lo que lee, pero supuestamente sabe discutir mucho y muy bien, principalmente en redes sociales y en parlamentos políticos. De hecho, no hay más que ver que hablando se entiende la gente.

El problema tampoco es la universidad pública frente a la privada. Ambas están sujetas a mil obstáculos burocráticos y los imperativos programáticos de Estados que ni comen ni dejan comer.

Tanto la universidad pública como la privada están sometidas, en buena medida, a una misma estructura estatal de regulación, acreditación, titulaciones, planes de estudios y procedimientos administrativos. Una universidad privada puede cobrar por sus enseñanzas y una pública financiarse principalmente mediante recursos públicos, pero ambas necesitan desenvolverse dentro de un sistema institucional que determina qué estudios tienen reconocimiento oficial, cómo se organizan y qué requisitos deben cumplir. Laberíntico.

El problema se redobla cuando la universidad empieza a preocuparse más por demostrar institucionalmente que enseña que por enseñar realmente. Las agencias de evaluación son el mayor problema de las universidades y la mayor pesadilla del profesorado, tanto del inteligente como del mediocre.

La fórmula de Silicon Valley consiste en crear una educación profesional de élite al margen del Estado. Y al margen de los obstáculos que conlleva ir a la universidad.

Aquí adquiere sentido lo que hemos llamado «anarcoeducación». Este término tal vez guste a más de un seguidor del anarcocapitalismo. Lo cierto es que no se trata de una educación caótica, ni de la negación de ningún principio educativo, sino de la aparición de instituciones académicas que no dependen del Estado. Ni lo obedecen. Unos estarán a favor y otros en contra, pero a la realidad le importa muy poco lo que piense la gente que habla más que hace. A Silicon Valley los comentarios en redes sociales le hacen cosquillas. Las redes las tiene Silicon Valley. Los usuarios son los enredados.

El fenómeno resultaría irrelevante si quienes crearan esas instituciones fueran aficionados, ateneístas o jubilados reunidos en una peña deportiva local, pero hablamos de las entidades económicas y tecnológicas más poderosas del mundo. Silicon Valley no necesita construir universidades alternativas ni idénticas a las que ya hay, sean públicas o privadas, porque a tales efectos ambas son el mismo lastre. Puede hacer algo mucho más sencillo y eficaz: dejar de necesitarlas.

Si una empresa puede formar a su personal, contratarlo y hacerlo trabajar con altos rendimientos, el título universitario es inútil. ¿Qué hará la universidad cuando el mercado empiece a formar directamente al personal que necesite? No hará nada. Porque no sabrá qué hacer. Hace muchos años que la universidad no sabe qué hacer.

Se puede mirar para otro lado y decir que la universidad es el lugar en el que el ser humano debate, habla, dialoga, encuentra espacios de comunicación y pensamiento crítico, y todas esas cosas que sabemos que desde hace décadas ya no están ni en la universidad ni en las cenas de Nochebuena porque se hacen mejor por internet y redes sociales, porque los alumnos no van a clase tras la pandemia, porque nadie sabe qué hacer con la IA, porque el pedagogo enseña lo que no sabe y porque cuando a alguien no le gusta el colega que tiene cerca se busca cómo censurarlo y punto. Los anglosajones a censurar ahora lo llaman «cancelar», que parece que suena mejor.

No estamos ante una simple competencia entre dos modelos de educación, sino ante el órdago de una fórmula empresarial y laboral cuyo objetivo es prescindir de la universidad. Silicon Valley plantea un desafío que pronto imitarán otras empresas.

Es difícil mantener con vida una institución que ha dado la espalda a profesores y alumnos desde la implantación del Plan de Bolonia, y mediante procedimientos administrativos cada vez más sofisticados y obstaculizantes. No se nos pregunta nada, pero se nos impone todo.

Quien crea que la universidad puede ofrecer como respuesta a este irreversible y feroz envite empresarial y mercantil la formación de personas capaces de leer, escribir, argumentar, interpretar, comparar, distinguir y juzgar, que mire los resultados de PISA y pregunte (en secreto) a los estudiantes universitarios qué piensan (porque en público no le dirán la verdad).

El futuro de la educación no tiene por qué pertenecer en exclusiva al Estado, pero tampoco debería quedar únicamente en manos del mercado. Sin embargo, las cosas no son como deberían ser, sino como de hecho son.

Entre la burocracia estatal y el utilitarismo tecnológico hay un espacio que todavía podemos defender: el espacio de la inteligencia humana formada mediante el conocimiento. Sin embargo, es un error suponer que esta defensa del conocimiento la lleva a cabo la universidad. La universidad y el Estado nos han abandonado y por eso el mercado ha tomado la iniciativa. Los políticos nos quieren para someternos y manipularnos y el mercado nos quiere para trabajar. Entre la espada y la pared, cada cual que escoja.

En suma, la universidad tiene un nuevo enemigo. Pero el verdadero peligro no es Silicon Valley, sino el procedimiento que permite a una empresa formar a sus empleados con más libertad de la que ofrece el Estado y con mejores conocimientos de los que se imparten en las universidades, tanto públicas como privadas.

Si el mercado es hoy más democráticoque el Estado, pregúntense por qué la democracia resulta cada día más injusta y cruel con el ciudadano. Surgen nuevas instituciones que han aprendido a hacer su trabajo al margen de quienes nos niegan esa libertad.

 

Jesús G. Maestro

Faro de Vigo, 4 de octubre de 2026.






David Gross y la física del apocalipsis

 




Si no fuera por su voluntad intimidatoria y su intención amenazante, la más realista de las profecías sería un cuento infantil que, como el gato con botas, ni araña ni caza ratones.

Las declaraciones atribuidas a David Gross, Premio Nobel de Física en 2004, según las cuales la humanidad tiene muy pocas probabilidades de sobrevivir más allá de los próximos cincuenta años, constituyen un ejemplo particularmente interesante de un fenómeno más propio de culturas milenarias que de sociedades civilizadas a la altura del siglo XXI: la transformación de determinados saberes científicos en instrumentos de adivinación y, finalmente, en relatos proféticos apocalípticos resulta más espectacular que respetable.

Gross no es hoy un científico menor. Su nombre pertenece al presente de la física moderna. Junto con Frank Wilczek y H. David Politzer, formula el concepto de «libertad asintótica», un descubrimiento considerado muy importante para comprender el comportamiento de los quarks y la estructura íntima de la materia. Su autoridad en el campo de la física teórica está hoy de moda. Mañana, ya veremos. Sin embargo, como profeta, no nos dice nada nuevo. Es una lástima que el destino de algunos destacados científicos desemboque en el género de las profecías antediluvianas.

A los intérpretes de la literatura no suele sorprendernos que la filosofía, con frecuencia indiscernible de la pseudofilosofía, sea la frontera que separa a la ciencia de la pseudociencia. Sin embargo, aquí no habla un profeta religioso ni un ideólogo político. Habla un físico laureado. Pero habla como si fuera lo que no es: un profeta, un viejo bardo o un rapsoda del fin del mundo.

En una sociedad donde la ciencia ocupa, a veces, un lugar de máxima autoridad cultural, el prestigio científico funciona como una garantía de verdad, incluso cuando el objeto del discurso ya no pertenece al campo científico originario.

La cuestión, sin embargo, no es si Gross tiene conocimientos suficientes para comprender la probabilidad. Evidentemente, los tiene. Pero hay probabilidades que —como los amores— matan. La cuestión aquí es otra: ¿puede una metodología elaborada para estudiar fenómenos físicos trasladarse sin más al desarrollo histórico de sociedades humanas libremente cambiantes? Mi respuesta es que no.

El argumento de Gross es tan básico como demagógico: si hay un riesgo anual determinado de guerra nuclear, basta aplicar una fórmula probabilística —científica, diríamos— para calcular cuánto tiempo tardaría en acumularse una probabilidad significativa de destrucción.

El cálculo matemático puede ser correcto dentro de sus premisas, pero eso no significa que ocurra. Nadie compra el número 00000 en la lotería nacional y sin embargo tiene las mismas posibilidades de resultar premiado que cualquier otro número. El problema surge cuando esas premisas se presentan como si fueran leyes inevitables de la historia: leyes determinadas por un ser superior con el que el científico, el filósofo o el sacerdote, toma el té todas las tardes.

La historia humana no funciona como un sistema físico predecible. La libertad humana es un algoritmo infinito que no cabe en ninguna fórmula matemática. Para bien y para mal, somos imprevisibles. No somos átomos.

Una partícula no cambia de opinión. Un quark no firma tratados. Una fuerza gravitatoria no negocia su destino ni sus órbitas. El ser humano, sí. Una sociedad de homínidos está compuesta por agentes que toman decisiones arriesgadas, modifican estrategias de forma sorprendente, construyen y destruyen viejas y nuevas instituciones de forma pacífica o violentísima y alteran las condiciones esenciales de un problema en cualquier punto de su génesis o de su desarrollo sin previo aviso.

La guerra nuclear no es un fenómeno natural comparable a una interacción elemental. Es, desde luego, una posibilidad histórica, política y tecnológica. Depende de sujetos concretos, de estructuras de poder muy especiales y de circunstancias que no permanecen constantes durante décadas, ni siquiera durante unos breves segundos. Pero nada es automático ni exactamente pronosticable.

La creencia en Dios no puede reemplazarse objetivamente por la fe en las estadísticas científicas. Es un error suponer que la ciencia se comporta como tú desearías que se comportara tu Dios justo cuando lo necesitas. La ciencia no es tu divinidad. Ni tu demonio particular.

La confusión a la que se prestan declaraciones como las de Gross, sin duda deliberada por parte de ciertos medios e instituciones, consiste en introducir una forma de determinismo matemático allí donde sólo hay una probabilidad estadística.

Siempre ha habido en nuestras sociedades grupos humanos empeñados en hacernos creer que no hay libertad y que todo responde a un mecano superior a nuestra voluntad, algo así como una sala de mandos gestionada por un Dios, un «Gran Hermano» o un «amigo imaginario» exclusivo de nuestra familia, grupo financiero, equipo político.

La cultura contemporánea tiende a sustituir con excesiva frecuencia las antiguas formas religiosas de predicción del futuro por una versión tecnificada y pseudocientífica del mismo impulso profético. Allí donde antes había revelaciones sobre el fin de los tiempos, hoy aparecen gráficos de riesgo, porcentajes apocalípticos y modelos estadísticos del fin de nuestra civilización.

El apocalipsis siempre ha tenido un enorme atractivo porque ofrece una explicación de todo basada en nada. Todo profeta adolece de un complejo de superioridad.

La ciencia es una actividad rigurosa precisamente porque sabe distinguir entre verdades y mentiras. Cuando una estimación de riesgo se transforma en un grimorio, el análisis científico se convierte en escatología amenazante.

El científico interpreta la realidad siempre con sus dudas y reservas. El profeta, por su parte, afirma —sin el menor fundamento y con el mayor descaro— que sabe lo que ocurrirá, nos amenaza con ello y, además, se lo cree. Sin embargo, nuestra libertad vale más que sus profecías.


Jesús G. Maestro

Vocento, 12 de julio de 2026.