Durante décadas, la medicina
de trasplantes ha respetado una frontera que parecía elemental: primero muere
el donante y después se extraen sus órganos. La muerte, natural o por
accidente, separaba dos hechos distintos: morir y donar. Sin embargo, es
posible que Canadá sea el primer país en atravesar esta frontera a través de la
eutanasia. ¿Por qué?
Pues porque este verano tres
médicos han publicado en la Revista de medicina de Nueva Inglaterra un
artículo en el que plantean que los órganos del donante se extraigan antes de
que el donante haya fallecido, es decir, mientras aún está vivo. Entiendo que
bajo anestesia.
Se trataría de órganos de
donantes vivos que han solicitado la eutanasia. En este caso, la muerte se
produce como consecuencia de la extracción del órgano que se dona. ¿Qué les
parece la idea?
Canadá legalizó en 2016 la
llamada «asistencia médica para morir», es decir, un rodeo para evitar la
palabra «eutanasia». En 2024, 16.499 personas recurrieron a ella, el 5,1 % de
las personas fallecidas en el país. Algunas de estas personas autorizaban la
donación de sus órganos después de que la muerte, por eutanasia, se hubiera certificado.
Hasta ahí, nada nuevo.
La novedad está en la propuesta
de tres médicos y especialistas en bioética: ¿por qué no podría una persona que
ha decidido morir mediante eutanasia permitir que sus órganos se extraigan mientras
todavía funcionan y ella está viva, de modo que la propia extracción provoque la
muerte?
La idea arguye una lógica
médica: los órganos podrían conservarse en mejores condiciones. Y también una «lógica»
basada en el consentimiento: si el paciente quiere morir y quiere donar, ¿qué
diferencia hay entre morir antes de la extracción o durante ella? Diríamos que
el orden de factores no altera el resultado y sí mejora el producto: un órgano
sano disponible en las mejores condiciones.
Ahí comienza el problema
(para unos) y la solución (para otros). Tengan en cuenta que los problemas no
se resuelven: se transforman. Lo que para una persona es un problema (la vida
propia) para otra se convierte en la solución capaz de evitar la propia muerte
(el trasplante de un órgano enfermo por uno sano).
Habrá, naturalmente,
opiniones para todos los gustos, pero a mí hay algo que me llama la atención:
¿cómo se puede convencer a alguien de que su vida no vale nada, y no darle
razones para seguir viviendo, y sin embargo considerar que sus órganos sí valen
para que vivan otras personas?
No diré que esto me recuerda
a aquello de desvestir a un santo para vestir a otro, porque el tema del que
hablo no tiene ninguna gracia, y porque tampoco comprendo cómo se puede hacer
creer a alguien que su vida no vale pero sus órganos sí.
Cualquiera sabe que no es lo
mismo extraer los órganos de un individuo que ya ha fallecido que provocarle la
muerte mediante la extracción de sus propios órganos. ¿Puede llamarse eutanasia
a esto? Desde luego, podrán llamarla como quieran, porque para eso están las
filosofías, la bioética, la filología y, en última instancia, las leyes
imperativas y positivas de lo que hoy llamamos un Estado de Derecho. Pero las
palabras no cambian la realidad porque la realidad no está hecha de palabras.
De palabras, muy maquilladas, suele estar hecha la imaginación, sobre todo la
de los sofistas.
Llámenlo como quieran, pero,
en el primer caso, el cirujano interviene sobre un cadáver. En el segundo,
entra en el quirófano ante una persona viva y sabe que cuando salga esa persona
estará muerta, como consecuencia de la vivisección practicada para la
extracción de un órgano vital destinado a otro individuo, lo que causará el
fallecimiento inmediato del donante. Así se ejecutaría esta «modalidad» de
eutanasia.
Creo que desde hace décadas
se nos obliga a confiar excesivamente en una palabra que me resulta cada día
más inquietante: «consentimiento». Empezamos consintiendo unas cookies en
internet y acabamos donde no digo ni quiero decir. Parece que, con una simple firma,
cualquier problema queda consentido y por ello mismo resuelto para siempre.
Aquí aparece, además, una
paradoja propia de la medicina del siglo XXI. Cuanto más valiosos son los
órganos para salvar otras vidas, mayor es la tentación de conseguirlos en las
mejores condiciones posibles. Al precio que sea. ¿Vidas humanas incluidas?
También sabemos que
ideologías, filosofías, bioéticas del poder, creencias y opiniones, como la
publicidad y la propaganda, siempre hablan en nombre de ese poder y para sus
gestores. La ciencia no cambia cuando cambia el gobierno, pero la forma de
interpretar la justicia, la moral y la vida, sí.
El teorema de Pitágoras es
el mismo con políticos de derechas que de izquierdas, pero la forma de leer el Quijote
cambia según qué ideología gestione el sistema educativo. Y a veces, la
medicina, sin ser literatura, se parece peligrosamente al uso que del Quijote hacen los políticos.
A mi juicio, que algo pueda
hacerse técnicamente no significa que deba hacerse conmigo. La cuestión tampoco
se resuelve mediante estadísticas. No importa que sean miles los casos de
eutanasia o que sea uno sólo. ¿Se puede promover la eutanasia para satisfacer
una demanda de donación de órganos?
Si la respuesta es
afirmativa, la relación entre eutanasia y trasplante cambia completamente. Ya
no estamos ante dos hechos sucesivos —morir y donar—, sino ante un único
procedimiento en el que donar es morir.
Y aquí conviene no dejarse
seducir por la tecnología de la medicina ni por la retórica de la libertad
individual. ¿Qué clase de libertad es aquella que conduce a la muerte? La
medicina puede salvar una vida con el órgano de otra persona, pero precisamente
por eso necesita fronteras especialmente claras.
La verdadera discusión no
consiste en decidir si queremos donar nuestros órganos, sino en admitir la
incoherencia que supone hacer creer a alguien que su vida no vale para él pero
sus órganos sí valen para otros.
Y hay algo más. Este asuntono es sólo mercantil, aunque lo parezca. El mercado se dirige a un consumidor.
Incluso le reconoce derechos, discutibles o no. Aquí hay algo que no es sólo medicina
y comercio, porque en estos casos, más que un consumidor, lo que hay es un
experimento con un ser vivo. Un consumidor no es una cobaya. Y un ser humano nunca
debe tener sólo razones para creer que su vida no tiene valor y que la
eutanasia es, siempre, la única solución.
Jesús G. Maestro
Faro de Vigo, 6 de septiembre de 2026.



















