Neohumanismo literario: Ideas y premisas fundamentales de este sistema de pensamiento crítico

 






El Neohumanismo literario es un sistema de pensamiento crítico constituido por Jesús G. Maestro a partir de su obra científica, ensayística y literaria, desarrollada principalmente en libros como Crítica de la razón literaria (2017-2025), Ensayo sobre el fracaso histórico de la democracia en el siglo XXI (2024) y Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI (2025), entre otras de sus publicaciones académicas.

Este movimiento crítico toma como punto de partida y referencia tres hechos determinantes e incontenibles en la realidad del siglo XXI: 1) la destrucción del Estado moderno, como modelo político vigente desde finales del siglo XV, surgido en la Edad Moderna con el Renacimiento español e italiano; 2) el fracaso de la democracia, como sistema de gobierno nacido del idealismo totalitario característico de la Ilustración anglosajona y europeísta; y 3) la desnaturalización de la vida humana a través de la implantación irreversible de todo tipo de procesos de digitalización, mecanización y programación artificial a los que hoy estamos sometidos, hasta alcanzar estados incompatibles con la supervivencia misma de nuestra propia especie.

El Neohumanismo literario considera que estos tres hechos, que han introducido e introducen cambios radicales e insospechados en la experiencia social e individual, no se pueden detener, pero sí reconducir y reorganizar de modo que la vida del ser humano pueda hacerse compatible con ellos para bien de todos.

En este proceso de reorganización o reconducción controlada de la destrucción del Estado, el fracaso de la democracia y la desnaturalización de la vida humana, las soluciones que ha proporcionado ―incluso históricamente― la filosofía, la religión y las ideologías políticas, lejos de ayudarnos, resultan problemáticas, inconvenientes e incluso nocivas. En muchos aspectos lo siguen siendo, no sólo porque en lugar de haber evitado esta situación de destrucción política, fracaso democrático y mecanización inhumana de la vida, la han hecho posible, sino porque además de no resolverla la han justificado, en ocasiones irracionalmente, en términos ideológicos, políticos y filosóficos.

Ante este desenlace, comparable al de un callejón histórico y político sin salida, hay dos caminos y una realidad que pueden ofrecer posibles soluciones. Los caminos son la ciencia y la literatura, y la realidad ―con la que hay que pactar y hacerse compatible― es el mercado.

Desde siglos inmemoriales, mucho antes de las más modernas y contemporáneas revoluciones políticas e ideológicas, las más variopintas filosofías y religiones trataron de ofrecer al ser humano diferentes modos de vida, alternativos y sucesivos en todas sus promesas, para desembocar con el paso del tiempo en guerras igualmente cruentas o incluso más atroces que aquellas que trataron de evitar.

Con la llegada de la Ilustración dieciochesca, idealista y fabulosa, se prometió la secularización de la vida humana, política y social, así como la superación ancestral de conflictos religiosos, en nombre de una «razón ilustrada», ignorante de que los precedentes Siglos de Oro españoles, capaces de elaborar un Quijote y toda una literatura cuyo racionalismo no ha sido superado jamás, ya lo habían conseguido de forma insólita y eficaz. El racionalismo barroco es superior al idealismo de la Ilustración e incompatible con el concepto reformista, mecanicista y nihilista de la anglosfera, bajo cuyos efectos destructivos sobrevivimos hoy en las ruinas ilustradas del siglo XXI.

De hecho, la Ilustración no cumplió sus promesas de paz perpetua, ni de justicia universal, ni de seguridad política ni democracia global. La guerra sigue siendo una amenaza mortal y viva, la desigualdad nunca ha sido tan intensa y tan injusta y la democracia jamás ha estado tan desacreditada como en estos comienzos de siglo XXI, en que el ser humano ha visto mermadas en menos de dos décadas la mayor parte de sus libertades esenciales, algunas de las cuales costó siglos conseguir y legitimar, entre ellas, la presunción de inocencia, el derecho a la vida en todas las circunstancias y la defensa política y jurídica de la propiedad privada.

Hoy llevamos siglos bajo el peso de ideologías políticas que, en nombre de los más variados ideales ―desde la libertad y la paz perpetua hasta la felicidad y la justicia universal― nos han prometido utópica y también democráticamente de todo sin satisfacer ni cumplir realmente nada. El resultado lo tenemos ante nosotros: Estados destruidos, democracias fracasadas, vidas deshumanizadas.

En consecuencia, debido al desengaño provocado por la intervención constante y fracasada de creencias religiosas inoperantes, fantasmagorías filosóficas propias de adolescentes perpetuos y totalitarismos ideológicos que no resuelven ningún problema, desde el Neohumanismo literario se considera que la ciencia y la literatura ―es decir, el conocimiento científico y las artes en general― son los principales recursos en los que puede confiar el ser humano para preservarse como especie. Ciencia y literatura que hoy, como siempre, se ven intervenidas por ideologías políticas, creencias religiosas y totalitarismos filosóficos.

En este momento histórico, el Estado ha dejado de ser un referente de gestión porque el mercado lo ha reemplazado, para bien y para mal. Podemos estar de acuerdo o en desacuerdo con este hecho, pero tal cosa es inútil, porque el hecho en sí es como tal innegable e irreversible. El ser humano del siglo XXI debe pactar con el mercado y hacerse compatible con él para sobrevivir. Y no puede hacerlo a cualquier precio. El ser humano del siglo XXI sólo cuenta con dos apoyos: la ciencia y la literatura. Y un elemento imprescindible: el comercio.

A partir del realismo de esta situación histórica y presente, el Neohumanismo literario, como sistema de pensamiento crítico, se basa en las siguientes ideas o premisas fundamentales.

 

1. Negación del idealismo en todas sus formas:
    el ser humano debe partir de la realidad
    y no de sus ideales

El Neohumanismo literario rechaza toda concepción de la vida humana fundada en utopías, dogmas, mitologías políticas o promesas de redención histórica o metafísica. El punto de partida de cualquier pensamiento destinado a orientar la vida humana ha de ser la realidad efectivamente existente, no un mundo imaginario como algo por sí mismo deseable.

 

2. Ninguna sociedad puede organizarse  
     racionalmente contra la realidad: en la realidad
     está la razón que el ser humano debe saber leer
     e interpretar a través de la educación científica

La supervivencia humana exige reconocer los límites impuestos por la naturaleza, la historia, la ciencia, la tecnología, la economía y las estructuras efectivas de poder. Toda doctrina que ignore estos límites está condenada a sustituir el conocimiento por la ilusión y la política por la ficción. El idealismo conduce al ser humano al fracaso, del mismo modo que convierte en neoténicos a los adolescentes que no maduran ante la realidad y sus exigencias.

 

3. Ni el progreso ni la libertad son valores absolutos
     y garantizados, sino objetivos y logros
     por los que hay que luchar diariamente

Los avances científicos, tecnológicos y económicos ofrecen posibilidades inéditas, pero también nuevas formas de dependencia, desigualdad y sometimiento. El Neohumanismo literario no identifica acríticamente el progreso con el bien ni la innovación con la mejora de la vida humana: exige valorar sus consecuencias desde el conocimiento racional de sus efectos. La libertad no crece ni se amplía por sí misma a lo largo de la historia, simplemente se transforma en una libertad «diferente» y con frecuencia también menor, que no siempre mejor.

 

4. La ciencia constituye uno de los fundamentos
     irrenunciables de la supervivencia humana

Frente a las creencias, las supersticiones y las ideologías, la ciencia proporciona conocimientos racionales capaces de explicar y transformar la realidad objetiva de un mundo habitable. Sin embargo, la ciencia no debe confundirse con una ideología ni convertirse en una nueva religión secular: su función es conocer la realidad a fin de mejorar las condiciones de la vida humana, no imponer dogmas sobre el destino de la humanidad, negando su libertad o deshumanizando el curso mismo de la vida. La ciencia nunca puede ni debe ser un instrumento de religiones, filosofías o ideologías políticas, por más que cada una de estas tres formas de sutil y sofisticada inquisición trate de legitimar diferentes modos de intervenir en la actividad científica a lo largo de la geografía y de la historia.

 

5. La literatura constituye una forma superior
     y diferente de racionalismo y de conocimiento

La literatura no es un simple entretenimiento, una ornamentación cultural ni una manifestación subjetiva de sentimientos. La literatura es un sistema racional de ideas imprescindible en la educación científica del individuo al que habilita para abrirse camino en la vida a través de una experiencia clave: el desengaño. Las grandes obras literarias constituyen construcciones racionales capaces de representar, interpretar y confrontar las posibilidades, contradicciones y límites de la vida en todas sus facetas y alternativas. Por ello, la literatura constituye, junto con la ciencia, uno de los instrumentos fundamentales de conocimiento de que dispone el ser humano, desde el momento en que la educación ha de estar orientada al desengaño de cada persona ante sus adversidades y enemigos vitales, y no al engaño sistemático de sociedades e individuos, tal como ahora lo está. En este punto, el Neohumanismo literario considera que la literatura de los Siglos de Oro españoles, como estadio más desarrollado de la tradición literaria hispanogrecolatina, es la que constituye el código de referencia desde el punto de vista de sus valores, pragmatismo y desengaño para enfrentarse a la realidad humana de cualquier tiempo y lugar. Aquí es donde el Quijote de Cervantes se convierte en la obra clave del pensamiento humano y literario universal y en referente por excelencia del Neohumanismo literario.

 

6. La literatura debe preservarse de cualquier
     subordinación a ideologías, religiones y filosofías

Cuando la literatura queda reducida a propaganda filosófica o religiosa, política o ideológica, identitaria o moral, pierde su capacidad crítica y se convierte en instrumento gregario de un tercer mundo semántico. El Neohumanismo literario defiende una literatura capaz de enfrentarse racionalmente a cualquier creencia, doctrina o sistema imperativo de valores dogmáticos, incluidos aquellos que pretendan utilizarla en su propio beneficio, desde presupuestos filosóficos, religiosos o ideológicos.

 

7. La razón crítica debe sustituir a la utopía
     ideológica, a la creencia religiosa
     y al totalitarismo filosófico o político

El ser humano no puede confiar su supervivencia a promesas de felicidad futura, justicia definitiva, igualdad absoluta, paz perpetua o redención histórica o metafísica. Tales promesas son histórica y políticamente falsas y han servido una y otra vez para justificar formas de poder y de violencia que no cesan de reproducirse. El pensamiento crítico debe reemplazar la esperanza utópica y la creencia ideológica por el conocimiento de condiciones y posibilidades reales de supervivencia, asegurando la libertad, la propiedad privada y el conocimiento científico, literario y mercantil de la realidad en que vivimos.

 

8. La libertad humana no puede definirse al margen
     de sus posibilidades y condiciones reales
     y de ninguna manera puede someterse
     a un determinismo científico ni metafísico,
     sea político, filosófico o religioso

No hay libertad allí donde el individuo carece de los medios necesarios para ejercerla, como tampoco hay libertad cuando una persona delega completamente su capacidad de decisión en estructuras políticas, tecnológicas, económicas o ideológicas, por muy democráticas que estas digan llamarse. La democracia no puede inhabilitar decisiones individuales decisivas para los propios recursos humanos constituyentes e integrantes de una sociedad política. La libertad ha de entenderse como una capacidad real de actuación dentro de las condiciones objetivas y políticas que determinan la vida humana. En este punto, la política es la organización de la libertad, es decir, la administración del poder. La libertad no se delega y ninguna democracia puede construirse sobre la premisa de esta delegación de derechos y toma de decisiones. La libertad no puede ubicarse en la utopía de cualesquiera imaginaciones idealistas, ni tampoco limitarse a la conciencia ni apelar al sentimiento, sino que ha de ejercerse en el mundo real y político, material y humano, sin tutelas electorales que pongan en manos de una minoría o casta disposiciones y dictámenes que afectan a inmensas mayorías de individuos silenciados y sumisos.

 

9. El mercado es una realidad histórica con la que
     el ser humano debe pactar y formar parte

El mercado no constituye por sí mismo un ideal político, moral o antropológico, y de ninguna manera puede ignorarse bajo el idealismo, la seducción o el autoengaño de ficciones ideológicas, utópicas, políticas, religiosas o filosóficas. En las sociedades contemporáneas el comercio constituye una estructura fundamental de organización de la vida humana. El Neohumanismo literario no propone ni la sumisión al mercado totalitario ni su abolición imaginaria, sino el conocimiento y reconocimiento de sus mecanismos, límites y consecuencias para hacer posible una relación racional y eficaz con él. El Neohumanismo literario considera que todos cuantos participamos en la compra o venta de bienes de consumo somos de hecho «amigos del comercio», y que sus verdaderos y principales enemigos o adversarios son, bien quienes lo prohíben o derogan, sea de forma efectiva o utópica, bien quienes lo traicionan mediante la trampa o el incumplimiento de los contratos y derechos mercantiles positivamente estipulados o acordados.

 

10. El Estado ya no puede considerarse el
       fundamento último de la organización humana

La progresiva pérdida de soberanía y capacidad de gestión de los Estados, así como la disolución de fronteras y la pérdida de acuñación de moneda, entre otras impotencias políticas de los Estados actuales, obliga a abandonar la concepción del Estado como instancia capaz de resolver por sí misma los problemas fundamentales del siglo XXI. El Neohumanismo literario parte de la transformación histórica de esta estructura política y busca formas de supervivencia humana compatibles con un mundo en el que el Estado ha dejado de ocupar la posición central que históricamente se le atribuyó. Con la destrucción del Estado fracasa también su sistema político, esto es, la democracia como régimen de gobierno, lo que exige buscar una forma alternativa de gestión jurídica y de organización política.

 

11. La democracia no constituye un sistema político
      absoluto y eterno, ni puede ya resolver los
      problemas vitales del siglo XXI
      ni asegurar la libertad del ser humano

Ninguna forma de gobierno puede quedar exenta de crítica por presentarse como democrática. En nombre de la democracia no todo está justificado ni permitido. La democracia ha de juzgarse por sus resultados efectivos, por las libertades que garantiza, por las desigualdades que provoca o tolera y por su capacidad real para gobernar y administrar coherentemente sociedades contemporáneas. Cuando una democracia fracasa en estas funciones, el pensamiento crítico debe reconocer ese fracaso sin someterse al dogma de una supuesta superioridad moral democrática y debe tratar además de constituir un sistema político alternativo capaz de superar las deficiencias, limitaciones y fracaso de una democracia posmoderna que, hija y heredera de la Ilustración, es incapaz de cumplir sus declaradas promesas de bienestar universal.

 

12. La tecnología debe someterse siempre a crítica
       antropológica: la ciencia está al servicio del ser
       humano no el ser humano al servicio de la ciencia

El ser humano no es la cobaya de la ciencia. Digitalización, mecanización y programación artificial de la vida no son fenómenos externos o ajenos al ser humano: transforman nuestro modo de vida, trabajo, conocimiento, relación familiar y profesional, nuestras formas genuinas y naturales de ser, decidir y sobrevivir. El Neohumanismo literario rechaza tanto la tecnofobia irracional como la confianza ingenua en la tecnología y los fundamentalismos científicos o filosóficos, y exige determinar qué transformaciones tecnológicas favorecen la supervivencia humana y cuáles pueden conducir a su deshumanización o incluso su exterminio como especie.

 

13. La supervivencia de la especie exige educar al ser
       humano en un mundo cambiante y duradero,
       que nunca puede ser una restauración imitativa
       de tiempos, lugares y hechos pretéritos

El Neohumanismo literario no propone regresar a un pasado idealizado ni recuperar estructuras históricas definitivamente desaparecidas o incluso fracasadas. Ninguna meta futura está en el presunto pasado de una Arcadia legendaria o de una utópica y fabulosa Edad de Oro. El objetivo es afrontar las transformaciones irreversibles del presente y desarrollar formas de vida capaces de coexistir con ellas sin destruir las condiciones fundamentales de la existencia humana. Sabemos que la realidad tritura a quien es incompatible con ella y por esa razón, precisamente, el Neohumanismo literario tiene como divisas que el idealismo es una filosofía incompatible con la realidad y que el ser humano que no vive en la experiencia del desengaño vive en la ignorancia de la realidad.

 

14. Ninguna ideología puede exigir ni disponer
       de forma exclusiva ni excluyente
       el monopolio de la verdad sobre el ser humano

Religiones, filosofías e ideologías políticas han impuesto imperativamente conocimientos que han generado dogmas, conflictos y formas de sometimiento enemigas de la libertad humana. Con frecuencia han disputado y disputan entre sí por el monopolio de una supuesta «verdad», encarnada en un principio universal, una divinidad absoluta o un «Gran Hermano» al que cambian de nombre cuando se les ocurre o les conviene (nous, ápeiron, Demiurgo, motor perpetuo, Dios, sustancia pura, mónadas, noúmeno, Espíritu absoluto, Volksgeist, Superhombre, inconsciente, Dasein, etc.). El Neohumanismo literario no acepta ninguna de estas construcciones como instancias últimas de explicación, solución o salvación de nada. Todas ellas deben quedar sometidas a la crítica racional, histórica, científica y literaria del ser humano. En la mayoría de los casos no son sino ficciones explicativas incompatibles con la realidad. Desde su origen, religiones, filosofías e ideologías políticas se han atribuido a sí mismas una superioridad y un poder, un mando y unos derechos, sobre seres humanos y sociedades enteras, que distan mucho de ser respetables e incluso tolerables, si nos atenemos a las cruentas consecuencias a las que históricamente han dado lugar en la mayoría de los casos.

 

15. La supervivencia humana exige, como lo exige
       también la libertad, conservar la capacidad de
       pensar y de actuar contra las ideas dominantes
       y contra todo tipo de dogmas o imperativos, sea
       cual sea su naturaleza moral o política, religiosa
       filosófica, científica, literaria o mercantil

El principal instrumento de supervivencia del ser humano no es una doctrina destinada, imperativa o dogmáticamente, a proporcionarle respuestas definitivas o absolutas, sea en nombre de lo políticamente correcto, sea en nombre de un fundamentalismo moral o metafísico, científico o filosófico, sino una razón capaz de cuestionar día a día aquellas doctrinas que se presentan e imponen como totalitarias o indiscutibles. La ciencia aporta conocimiento ante la realidad, la literatura permite conocer la complejidad de la experiencia humana a través de modelos de ficción integrables en la realidad y compatibles con ella, y el pensamiento crítico nos enseña y capacita a confrontar ambos conocimientos con las estructuras efectivas de una sociedad política. La literatura es una lucha por la libertad contra los enemigos de la razón y es, por ello mismo, una llave maestra que abre racionalmente todas las puertas de la vida y de la realidad. La única puerta que no abre la llave de la literatura es la que conduce a la mazmorra de un mundo inhabitable. Toda literatura digna de este nombre se niega a discurrir por semejante itinerario, del mismo modo que la realidad de la ficción poética se niega a legitimar la mentira y el engaño.

 

Colofón

En consecuencia, el Neohumanismo literario no propone una nueva utopía, una nueva creencia religiosa o filosófica ni una nueva ideología política, ni mucho menos una retórica de autoayuda, sino un sistema racional de ideas basado en conocimientos científicos y literarios y nunca ignorante de las realidades del mercado. Plantea y ofrece, en suma, una forma de pensamiento crítico destinado a conocer la realidad, interpretar sus transformaciones y hacer posible la supervivencia del ser humano dentro de un mundo que ya no puede reconstruirse conforme a ideales políticos, religiosos y filosóficos del pasado. Nada de cuanto se ha ido regresa jamás en su estado original. El fundamento del Neohumanismo literario no es la promesa de un cosmos mejor, sino la necesidad de comprender el mundo real a través de la ciencia, la literatura y la economía para evitar que el ser humano resulte de este modo destruido por las mismas fuerzas históricas, científicas, tecnológicas, financieras y políticas que él mismo ha construido.

Tú decides.

 

© Fundación Jesús G. Maestro


La formación profesional, una emperatriz inesperada

 





Hace apenas una década la formación profesional era la cenicienta del sistema educativo. Nadie la envidiaba y todos pensaban que la universidad era el lugar donde se diseñaba el futuro. Hoy la situación ha cambiado de manera espectacular y la formación profesional se ha convertido en la emperatriz del aprendizaje útil y rentable.

La universidad, por su parte, se queda en un limbo, anquilosada en sí misma y alejada de todo, atrapada en estructuras rígidas, burocráticas y desfasadas, con polvo de antaño en unas aulas hoy vacías y profesores que no saben qué hacer para que los más jóvenes les presten atención. En su lugar, jubilados y sexagenarios muestran un gran interés por el «alma mater», pero se trata de una motivación más bien limitada a las Facultades de humanidades, más como una terapia de grupo que como un objetivo profesional orientado al mercado laboral.

Cada vez más personas competentes optan por la formación profesional antes que por la universidad, y no por capricho, sino porque resulta mucho más práctica y eficiente. Incluso algunas universidades públicas se han visto obligadas a homologar títulos de formación profesional, como si se tratara de un besamanos al señor feudal. Pero… ¿para qué quiere alguien que ya trabaja que una universidad le certifique lo que ya sabe? La respuesta, sin duda, no la da la universidad, sino el mercado.

Porque aquí el mercado no es un invitado invisible, sino el rey absoluto. Los fondos de inversión compran centros educativos, privatizan el conocimiento y buscan rentabilidades de entre el 15 y el 25 % anual, con la eficiencia de un algoritmo financiero y la paciencia de un inversor que sabe que el tiempo juega a su favor. Los másteres privados, que oscilan entre 10.000 y 20.000 euros, convierten al alumno en cliente antes que en estudiante. No es un reproche, es la realidad: es la lógica de un sistema que ha mercantilizado el conocimiento de manera irreversible.

Incluso la universidad pública imita malamente esta ilusión de convertir a los alumnos en clientes, olvidándose de sí misma, es decir, ignorando que no es una empresa, sino un servicio público. Se le hace creer al alumno que dispone de una serie de derechos y objetivos que, sin embargo, la institución no siempre puede cumplir. Como consecuencia de ello, se inflan calificaciones, se regalan aprobados y sobresalientes y se generan expectativas que ni la mejor universidad del mundo podría sostener sin desautorizarse a sí misma.

Es un autoengaño impresionante: el alumno, como la institución, se traiciona a sí mismo, y juntos construyen una ilusión de éxito imposible que en realidad es una ficción compartida. Si alguien se sorprende de que determinados alumnos utilicen la inteligencia artificial para hacerse trampas al solitario en sus estudios académicos, basta recordar que la universidad lleva años practicando su propio juego de trampantojos y cancamusas, sólo que con otros métodos más sutiles y preservados. Es un pacto tácito muy parecido al que tenían Lazarillo y el ciego con las uvas: cada uno come más de lo acordado y nadie se escandaliza.

Otro fenómeno relevante es el papel de la ciencia en la universidad: la pública desarrolla investigación, sí, pero en muchos casos lo hace para satisfacer a las agencias de evaluación y acreditación, no para hacer avanzar el conocimiento. Investigar para una agencia controlador es muy distinto a investigar para la ciencia libre: la primera busca informes y métricas; la segunda, avances y descubrimientos reales y efectivos. Una impone obediencia, la otra exige resolver problemas reales.

Mientras tanto, la universidad privada se ha convertido en una institución cada vez más elitista, y no por excelencia académica, sino por barreras económicas. Sólo aquellas familias con recursos suficientes pueden permitirse pagar másteres de entre 10.000 y 20.000 euros; los demás se ven relegados a la oferta pública, donde los títulos son accesibles, pero las oportunidades económicas pueden ser menores y las posibilidades del mercado se minimizan.

El sector tecnológico también ha irrumpido en la educación con fuerza: plataformas digitales, inteligencia artificial, educación híbrida… herramientas que las universidades privadas han adoptado con entusiasmo y eficacia, mientras que muchas universidades públicas apenas han conseguido ensayos tímidos con cursos telemáticos que rara vez desarrollan su potencial, porque muchísimos profesores son reacios a grabar sus clases y a exponerse realmente al público.

Lo que ocurre en el interior de una clase universitaria es uno de los secretos mejor guardados por la universidad y sus más perilustres docentes. La brecha entre innovación y tradición se ha ampliado de forma extrema, y no sólo en lo tecnológico: también en la forma de concebir y de tratar al estudiante, que ha optado por desertar de las aulas y no volver a clase.

Y aquí topamos de nuevo con un tema fundamental: la mercantilización de la educación. Cuando los estudiantes se convierten en clientes, el conocimiento deja de ser un bien común y pasa a ser un producto, con precio, márgenes y rentabilidad. Esto no es un juicio moral, sino una constatación objetiva: la educación se ha transformado en un sector económico de alto rendimiento para la supervivencia humana y política.

Mientras tanto, el Estado observa, distraído o ausente, cómo el mercado toma posiciones y, en algunos casos, adelanta a la universidad por la derecha (y por la izquierda…). Yo me pregunto por qué no interviene el Estado de manera más decidida. ¿Porque no le interesa, porque carece de recursos humanos capacitados o porque simplemente se ha rendido a la evidencia del mercado? Probablemente, un poco de todo.

El cambio de paradigma afecta también al funcionamiento interno del mundo académico. No hay discurso crítico que valga: ni en la universidad privada ni en la pública. Lo que se exhibe son emociones cuidadosamente diseñadas, sentimientos sedantes e ideologías narcisistas, presentado todo ello como pensamiento crítico, cuando en realidad son estímulos colectivos totalmente acríticos.

En el siglo XXI, el pensamiento reflexivo se ha visto sustituido por la exigencia de experiencias y emociones tan inmediatas como inútiles. Los ensayos sobre Dios, la metafísica posmoderna o la infinitud del universo se leen y promueven como si fueran revelaciones profundas, pero en todos ellos no hay nada nuevo, y una conversación de barra de bar con nuestro vecino resulta más clara y útil que cientos de páginas de palabras bonitas y vacías.

La paradoja es que la formación profesional, antaño ignorada, ha tomado la delantera gracias a su capacidad para adaptarse al mercado laboral, ofrecer resultados inmediatos y economizar años de formación. Dos años de FP pueden abrir la puerta al mercado laboral mientras que un título universitario exige más tiempo y dinero, sin garantizar necesariamente mejores oportunidades al cabo incluso de una década.

El conocimiento se ha convertido en un bien de inversión: rentable, medible y eficiente, pero sometido a criterios mercantiles que nada tienen que ver con la curiosidad intelectual o el pensamiento crítico.

En definitiva, la educación en España experimenta un cambio tectónico: la universidad pública lucha por mantenerse en posiciones relevantes, la privada crece con elegancia financiera, los fondos de inversión compran centros y programas y finalmente los estudiantes se convierten en clientes de un mercado que antes era patrimonio casi exclusivo del conocimiento.

La formación profesional, por su parte, ha subido al trono y ha demostrado que utilidad y adaptación tienen hoy más valor que el grotesco prestigio académico tradicional. Y mientras tanto, el Estado mira, observa y quizá se pregunta si alguna vez entenderá que, en esta nueva partida, las reglas han cambiado. El profesorado universitario ha envejecido más en la última década que en los últimos cincuenta años.

En esta batalla ruidosa y visible, que nadie quiere ver ni oír, quienes ganan son aquellos que entienden que el conocimiento no es sólo teoría, sino rentabilidad: tiempo, inversión, utilidad y resultados laborales. La formación profesional ha aprendido la lección, y la universidad aún busca su sitio en un tablero dentro del cual va perdiendo una ficha tras otra, porque la FP se las come todas.

El mundo del siglo XXI no espera por los universitarios. No lo digo yo: lo han dicho los gestores de Palantir.


Jesús G. Maestro







¿Por qué los universitarios no quieren ir a clase?

 





¿Deserción en las aulas? ¿Por qué un universitario no quiere ir a clase, es decir, a la universidad que «libremente» ha elegido? Los sabios profesores no lo saben ni se lo explican, pero el estudiante, sí. Es el síndrome del aula desierta.

Sin embargo, este no es el único problema. Los estudiantes, además de no querer ir a clase, no votan en las elecciones universitarias. Y esto es algo mucho más revelador para nuestro presente y muy inquietante para la generación de sus padres y abuelos, convertidos hoy en espectadores de un mundo que, juvenil, se les va de las manos.

Apenas el 13 % de los universitarios vigueses fueron a votar el pasado 6 de mayo en las elecciones rectorales. Dicho de otro modo, 7 de cada 10 alumnos —en lenguaje de sus padres— «pasaron» de votar. Muchos de ellos ni siquiera sabían que había elecciones.

Hechos así revelan el absoluto desinterés de los actuales universitarios por la democracia. A más de uno le hemos oído decir que «votar es obedecer». Si a esto añadimos el creciente absentismo discente, es decir, que los alumnos no van a clase, el futuro resulta incompatible con el pasado de la generación que diseñó la democracia. Y su universidad.

Estudiar en la universidad de espaldas a las aulas y a las urnas es algo que la generación de los búmeres no comprenderá nunca. Sin embargo, esta es la realidad del siglo XXI. Sus nietos no tienen interés por la democracia y no consideran útil asistir a clase. ¿Sorprendente? No.

La explicación es muy simple: los chavales nacidos desde los ultimísimos años del siglo pasado no ven hoy soluciones a sus problemas personales y profesionales ni en la democracia ni en la universidad. Si esto inquieta a los búmeres, pregúntense por qué. Pero pregúntense, sobre todo, qué es más sorprendente, ¿la perplejidad, o despiste, de sus padres y abuelos o las adversidades de un mundo que sus mayores han destruido para ellos?

Los búmeres diseñaron un régimen político y un sistema educativo, es decir, una democracia y una universidad, que, dos generaciones después, no convence a (casi) nadie.

El absentismo de los estudiantes universitarios no es la causa del problema, sino su consecuencia, porque el verdadero problema es la degradación institucional de la universidad contemporánea. Y esa degradación es obra de los búmeres. Los chavales ya encontraron la universidad hecha unos zorros.

El «alma mater», idealista y endogámica, ha dejado de exigir intelectualmente a los estudiantes casi todo, porque ha convertido la docencia en pedagogía y la ciencia en ideología, y cuando una institución deja de exigir conocimientos útiles, pierde autoridad y alumnado, que busca su seguridad vital y profesional en otros lugares e instituciones.

El alumno no asiste a clase porque sabe que, en muchos casos, puede titularse igualmente, ya que la ausencia no tiene consecuencias reales cuando el contenido de lo que se cuenta en el aula es totalmente prescindible. El éxito de la enseñanza universitaria ha sido siempre un autodidactismo encubierto.

La universidad de Bolonia ya no selecciona ni forma minorías intelectuales, sino que administra recursos humanos para ponerlos al servicio del mercado, no del Estado. La globalización exige trabajadores muy sumisos y consumidores poco o nada exigentes, todo ello muy alejado de los servicios públicos estatales.

Además, la transformación pedagógica de la docencia universitaria ha sido apocalíptica y destructiva. No se habla de saber, sino de saber enseñar, todo según «métodos didácticos», «dinámicas participativas», «emotividad educativa» y demás palabras inventadas para la ocasión, a fin de sazonar el «ecosistema universitario» con mil paparruchas a cual más sabrosa y vacua. Confieso que lo del «ecosistema» me llega al alma.

El secreto del éxito de quienes no dominan una materia que se ven obligados a explicar se basa en decir de quienes la dominan que no la saben enseñar. Así, el profesor deja de ser una autoridad científica para convertirse en una figura administrativa encargada de entretener al personal, facilitar los aprobados y obedecer a todo bicho viviente, sobre todo si no tiene razón, pero sí poder y consenso.

También observo, como consecuencia de todo esto, que muchos estudiantes no van a clase porque no reconocen en el profesor un conocimiento superior al suyo propio. En muchos casos, las clases son un recitado de apuntes, notas y «cosas» que están más claras y asequibles en internet, cuya oferta en la elaboración de apuntes y materiales docentes se ha sofisticado de manera superlativa en los últimos años.

Y añadiría algo más crudo: buena parte de la universidad actual teme más al suspenso que a la ignorancia, es decir, prefiere reducir el nivel académico antes que asumir conflictos derivados del fracaso estudiantil: suspensos, reclamaciones y abandono. La universidad teme sobre todo, por razones estadísticas, el fracaso del estudiante, y no quiere verse públicamente con las vergüenzas al aire, es decir, con una tasa de desertores superior al número de graduados.

El falso aprobado es un modo de invisibilizar la frustración académica, que delata la impotencia de una universidad más atenta al idealismo democrático que a la realidad de los servicios públicos, es decir, a las necesidades verdaderas de la política, el mercado y el patrimonio cultural de un Estado.

En definitiva, mi respuesta y conclusión ante la pregunta que da título a este artículo no es psicológica ni generacional («los jóvenes no quieren esforzarse»), sino institucional: la universidad pierde interés y asistencia porque ha renunciado a exigir y a ofrecer conocimientos útiles, ha menospreciado la autoridad académica y ha reemplazado la ciencia por la ideología. Y para satisfacer a las ideologías de la gente, sobran instituciones.

¿Deserción en las aulas? La solución es muy clara y está en tus manos: da conocimientos útiles a tus estudiantes y no tendrás sitio en el aula para ellos.

 Jesús G. Maestro
Faro de Vigo, 17 de mayo de 2026.





Los secretos de la universidad






La universidad es una institución que no puede permitirse tener secretos. Sin embargo, tiene muchos, de todos conocidos, aunque hoy no hablaremos de ese tipo de «mal endémico», sino de otro mucho más importante: el conocimiento del que la universidad carece y que sus mejores estudiantes y profesores echan de menos sin poder ejercerlo o alcanzarlo fácilmente.

Hay dos entidades que disponen de más conocimientos que la universidad: determinadas empresas y determinados Estados. Se trata de conocimientos que el mercado y la política no siempre comparten en público. No son necesariamente conocimientos secretos, pero tampoco se trata de saberes accesibles de forma abierta, libre y gratuita. Ni siquiera para las universidades, a donde ese tipo de conocimientos llega muy tardíamente. Cuando se explican en un aula o se practican en un laboratorio, hace años ya que ciertas empresas y Estados los han ensayado o utilizado. Pero de forma privada.

Muchas personas creen que la universidad ha estado siempre en la vanguardia del conocimiento y la investigación. No sólo no es así, sino que casi nunca es así. La universidad suele estar en la retaguardia y no lo sabe. Ni siquiera está hoy en la primera línea de las ideologías, sino más bien en la caja de resonancia de movimientos políticos y creencias sociales que mueven a las masas bien hacia ninguna parte, bien hacia lugares totalmente inofensivos.

A la universidad llega lo que la sociedad previamente ha aceptado, o finge haber aceptado, para evitar problemas de convivencia personal. Lo que la opinión publicada no acepta no se explica ni se enseña en la universidad. Nadie se ha atrevido a hacerlo en ningún momento de la historia. Hoy, menos que nunca. En la universidad no hay más libertad que fuera de ella. Más bien es la sociedad exterior la que impone a la universidad normas y restricciones ajenas a la ciencia y a la docencia. La universidad es una institución inofensiva.

Dicho en dos palabras: en nuestro mundo, hay conocimientos secretos y conocimientos públicos. La universidad se ocupa de los segundos. No puede ser de otro modo. En sus buenos tiempos, en las universidades se estudiaba el Quijote, un libro escrito por un tal Miguel de Cervantes, hombre tan discreto que jamás pisó una universidad. La lista de genios literarios ajenos al «alma mater» es interminable.

Por su parte, los ejemplos de científicos que desarrollan su actividad profesional y original fuera de la universidad o al margen de ella son muy numerosos: Kepler, Galileo, Servet, Leibniz, Darwin, Mendel y hasta Einstein, sin olvidar a Marie Curie. Las investigaciones de estos científicos no nacen dentro de la universidad, sino que se imparten en ella con frecuencia mucho tiempo después, del mismo modo que el Quijote nunca se enseñó a nadie en las universidades del siglo XVII.

Los conocimientos verdaderamente importantes son muy reservados, y no se hacen públicos hasta que empresas y Estados muy poderosos creen haber controlado sus consecuencias como es debido. Sin embargo, estos pronósticos y controles pueden fallar. Internet ha resultado un coladero francamente difícil de contener. La ley termina donde comienza internet. Sin embargo, internet es un río revuelto, lleno de sospechas sobre lo que nos cuentan, caldo de cultivo de conspiranoicos de todos los linajes, y donde el conocimiento exige mucho esfuerzo y atención.

Muy de vez en cuando en la historia un Prometeo baja de alguna parte y entrega a los humanos el fuego. Quiero decir que a veces alguno de estos conocimientos secretos se hace público. ¿Cuándo? Cuando es rentable al mercado e inofensivo para los Estados. Entretanto, pan y circo: también en la universidad y en cualesquiera centros y niveles educativos.

La universidad del siglo XXI se enfrenta a dos problemas: uno es el conocimiento que transmite y otro muy distinto es el conocimiento al que la propia universidad no puede acceder. Con frecuencia, la universidad accede a conocimientos que todo el mundo interesado en sus prácticas y usos comerciales ya conoce en muchos casos antes que la propia universidad. Entonces, ¿qué hacemos en la universidad?

¿Qué hacemos? Lo que nos mandan quienes tienen el poder y el conocimiento que nosotros no tenemos. Nosotros no investigamos: nosotros obedecemos. Y quien me diga lo contrario, que se pregunte de dónde le viene el dinero que hace posible nuestro trabajo y su investigación. Y qué está obligado a hacer para disponer de esos fondos. La universidad no elige lo que investiga, sino lo que le imponen para investigar. ¿Quiénes? El mercado y los Estados, es decir, la globalización.

El que trabaja obedece, porque el trabajo es la forma más sofisticada de obediencia. Trabajar consiste en cobrar por ser sumiso. Y, a la vez, productivo.

Las ciencias nunca se han desarrollado de forma independiente ni autónoma. Siempre dependen de condiciones geográficas, históricas, políticas y económicas, también religiosas e ideológicas. Suponer que las ciencias y el conocimiento son desarrollos inocentes e independientes del resto de instituciones, ideologías y formas de pensar es ignorar la realidad. Quien crea que hoy los científicos disponen de más libertad que en los tiempos de Galileo debería andarse con cuidado.

La cuestión se vuelve más punzante cuando uno advierte que los saberes decisivos para el poder y el desarrollo histórico no siempre han circulado por las aulas. Más bien al contrario: han viajado por canales discretos, a veces secretos, redes opacas, círculos donde el conocimiento no se enseña, sino que se administra, se reserva o se gestiona de forma privada.

Sin embargo, el conocimiento no es una propiedad privada. ¿Se pretende que lo sea? Difundir el saber implica, ante todo, rechazar su privatización. No hay medias tintas aquí. O el conocimiento se comparte, o la solidaridad humana se rompe. La privación de conocimiento es la negación de una vida compartida. La universidad es incompatible con una sociedad que privatiza el conocimiento, es decir, con un mundo intencionalmente insolidario. La ciencia, como la universidad, no puede tener secretos.


Jesús G. Maestro
Faro de Vigo, 3 de mayo de 2026.



 



La universidad en la penumbra

 





¿Pueden las universidades administrar conocimientos secretos, privados, limitados solamente a una parte de la población? La pregunta no es ninguna tontería, porque exige una respuesta para salir de una encrucijada política, cultural y, si se quiere, moral: ¿universidades abiertas o cerradas a las posibilidades económicas de la población?

Una universidad que privatiza el conocimiento o lo encarece por encima de las posibilidades de la mayoría funciona como una sociedad excluyente, basada en un saber que se administra como privilegio. Unos pocos lo poseen, lo usan y lo gestionan. El resto queda fuera.

En ese modelo, el acceso al conocimiento no depende exclusivamente del mérito, el esfuerzo o la inteligencia, sino de otros recursos, con frecuencia financieros o políticos. Depende de la cooptación, es decir, de quién decide quién entra o no en el círculo de los elegidos. Es una forma extrema de endogamia mercantil y política. Y esa sociedad o «minoría selecta», por usar la expresión de Ortega y Gasset, decide según criterios que no siempre tienen que ver con la ciencia ni con la razón, sino con la adhesión, la afinidad o, en el peor de los casos, la obediencia y sumisión.

Imaginen por un momento que para ejercer una profesión no bastara con acreditar conocimientos, sino que se exigiera profesar determinadas ideas y comprometerse a no compartir lo aprendido salvo con los miembros del mismo grupo. El disparate resulta evidente. Y, sin embargo, ese es el mecanismo que define a las sociedades cerradas: saber restringido, acceso vigilado y difusión controlada.

Frente a ese modelo, la universidad nace con una vocación radicalmente distinta: universalizar el conocimiento. Hacerlo accesible, transmisible, compartido. «Católico», en su sentido etimológico: universal. No como dogma religioso, sino como práctica intelectual. Enseñar sin reservas, difundir sin filtros, abrir sin condiciones.

Sin embargo, todo esto ha cambiado en las dos últimas décadas de manera vertiginosa. En pleno siglo XXI, la universidad parece haber olvidado su propia definición y tradición. Se ha «desuniversalizado», si se permite la paradoja. Y una universidad que transmite saberes no universalizables empieza a parecerse peligrosamente a «otra cosa». No a una institución renovada y abierta, sino a una criatura transformada en una sociedad esotérica, endogámica y privilegiada.

El resultado es una corporación muy ilustrada: «todo para el pueblo, pero sin el pueblo». El imperativo del despotismo es hoy la máxima o lema de la democracia. Se gobierna en nombre de la mayoría, pero sin contar con ella. Se decide por los demás, pero sin ellos. Y lo que es más grave: se piensa o actúa en su nombre. El ser humano vota y, tras votar, se hace invisible a efectos de decidir nada más allá del día de las urnas.

La historia ofrece ejemplos inquietantes. Desde el momento en que determinados conocimientos comenzaron a ponerse al servicio exclusivo del poder, se legitimó el desarrollo de redes discretas, incluso secretas, que los gestionaban sin compartirlos. A partir de ahí, se consolidó una tradición: minorías que administran saberes decisivos mientras la mayoría permanece al margen. Esta idea es muy atractiva a la «selección natural» darwiniana y a un elitismo que es muy bonito cuando uno forma parte de los elegidos.

Tal impulso encontró un desarrollo especialmente intenso en la Ilustración, que es el modelo por excelencia de nuestros intelectuales de hoy. Sí, la misma Ilustración que proclamaba el «atrévete a saber» niega ese saber a quienes no pueden pagárselo.

Junto a ese ideal convive otro menos luminoso: el de las élites que seleccionan, distribuyen y controlan el conocimiento y la libertad. No siempre por mérito, sino por pertenencia, adhesión y sumisión, de tal modo que la capacidad es lo de menos y el acceso, determinado por quienes ya están dentro, es determinante.

Cuando un grupo monopoliza los conocimientos relevantes —científicos, técnicos, culturales— y los comparte sólo entre sus miembros, la sociedad pierde toda experiencia compartida. Unos avanzan a gran velocidad; otros permanecen inmóviles. Unos viajan en primera clase, otros se quedan aislados para siempre en una isla desierta. Y esa desigualdad no es sólo económica: es, sobre todo, intelectual, científica y política. Sin conocimiento compartido no hay libertad política.

El efecto es devastador. La mayor parte de la sociedad queda relegada a una especie de «caverna» conceptual, ajena a los saberes que determinan su propio destino. Lo paradójico es que esta situación se defiende, en ocasiones, con notable éxito. Se ha presentado como orden, estabilidad, e incluso progreso.

Pero no lo es. Una sociedad que no comparte el conocimiento disponible se condena a sí misma a una forma de tercer mundo semántico. Porque el saber que no circula no prospera. El conocimiento que no se transmite se muere. El precio de la autonomía es la esterilidad.

Por eso la universidad no puede permitirse el lujo de jugar a ser un club privado. Su razón de ser es exactamente la contraria: abrir, difundir, universalizar. Los saberes que imparte deben ser accesibles, comunicables y, en la medida de lo posible, disponibles para todos. No es una concesión, sino un servicio público.

Además, ese conocimiento debe tener un fundamento humano, verificable y compartible. No puede sostenerse en secretos ni en revelaciones reservadas, porque el saber que se oculta deja de ser útil y empieza a parecerse peligrosamente a la mentira.

Si alguien dispone de información decisiva —por ejemplo, sobre riesgos que afectan a otros (pensemos en la última pandemia)— y decide no compartirla, no sólo actúa de forma irresponsable, sino que provoca un daño de consecuencias impredecibles. El conocimiento no es neutral ni benigno, ni tampoco útil, cuando se privatiza.

Una universidad que no comparte el saber y la ciencia niega la libertad y traiciona su propia esencia. Ninguna universidad puede vivir en la penumbra.


Jesús G. Maestro



Una carta de amor a la literatura. Que nadie olvide tu nombre

 




Este libro se dirige a lectores que se toman en serio la literatura y su lugar en la vida humana actual. La literatura constituye una forma de inteligencia y conocimiento que defiende la libertad frente a la degradación cultural, la ignorancia de los sistemas educativos y la censura de los nuevos totalitarismos.

El ensayo examina obras y autores decisivos —de Quevedo a García Márquez, de La Regenta a Crimen y castigo— y muestra cómo la creación literaria identifica los excesos del irracionalismo, examina la psicología humana y pone a prueba los límites de las formas políticas. La democracia entra en este análisis sin privilegios ni paliativos.

Se exponen conceptos propios y originales, como los de «arquea literaria» y «neotenia cultural», para desmitificar una sociedad que prolonga su inmadurez intelectual y emocional, pierde capacidad de juicio y debilita su relación con la realidad hasta hacerse incompatible con ella.

Aquí la literatura interroga la historia, exige conocimientos científicos y desmitifica consignas y filosofías. El libro plantea una cuestión crucial: ¿qué ocurre cuando la democracia se divorcia de la razón e ignora la libertad? 

No es que la realidad no sea lo que parece, es que se nos hace creer que la realidad es una mentira, cuando la mentira es la forma que el siglo XXI tiene de hablar de la realidad. La verdadera literatura siempre ha permitido, mejor de lo que hacen las filosofías, las religiones y las ideologías, separar la realidad del engaño.



El negocio de la educación privada y la crisis de la universidad pública

 




La educación superior en España vive una transformación profunda y tal vez irreversible. Mientras el número de universidades públicas sigue estancado desde hace décadas, y no pasa apenas de cincuenta, las privadas se han multiplicado y ya gestionan una cantidad muy importante de estudiantes de educación superior, especialmente en másteres y formación profesional.

Este crecimiento no se debe a un aumento de alumnos ni de población. Las causas son otras, más funcionales y también más mercantiles: el sistema público apenas se regenera ni logra atraer a nuevos estudiantes. Hay, al menos por ahora, una relativa facilidad administrativa para crear centros privados de enseñanza y, sobre todo, se mantiene una fuerte demanda de titulaciones orientadas directamente al empleo y a la empresa.

Al mismo tiempo, la educación se ha convertido en un gran territorio económico donde Estado y mercado disputan de forma abierta y desigual. Y por ahora va ganando el mercado.

Fondos de inversión internacionales compran universidades y empresas educativas porque el negocio ofrece algo muy difícil de encontrar en otros sectores: ingresos estables y rentabilidades bastante seguras. La enseñanza superior ha dejado de ser solamente una institución cultural para convertirse también en un producto económico global.

El resultado introduce cambios decisivos. La universidad deja de ser exclusivamente una institución académica y un servicio público, y comienza a funcionar como una industria internacional de negocios educativos y profesionales. En ese contexto, el estudiante pasa a ser cliente y las titulaciones se diseñan cada vez más según la lógica de la demanda laboral.

El contraste con el viejo ideal universitario es evidente. Durante siglos, la universidad fue un espacio dedicado al cultivo del conocimiento, relativamente protegido de las presiones inmediatas de la economía. Hoy, sin embargo, el mercado irrumpe en el corazón mismo de la institución universitaria y empodera sus prioridades.

El auge de la universidad privada confirma esta transformación. En los últimos años, su crecimiento ha sido tan intenso que amenaza con alterar profundamente el equilibrio del sistema. Este pulso entre universidad pública y privada se vuelve cada vez menos armonioso: las privadas avanzan con rapidez y ocupan espacios que la pública parece abandonar.

Las privadas cuentan, además, con un aliado poderoso: el mercado. El mercado discurre por caminos que la universidad pública no conoce, o que no recorre con la agilidad suficiente como para competir con eficacia. Mientras la institución pública permanece sujeta a una compleja red de procedimientos, controles y burocracias, las privadas actúan con mayor flexibilidad y velocidad.

La prensa se hace eco periódicamente de este fenómeno. Reportajes recientes han descrito con detalle el crecimiento del sector educativo privado en España, convertido ya en un negocio de decenas de miles de millones de euros anuales. Universidades, escuelas de negocio y centros de formación profesional se integran en grupos empresariales cada vez más potentes, a menudo respaldados por grandes fondos internacionales.

Muchos profesores de la universidad pública observan con preocupación este proceso. No sólo porque la privada crece industrialmente, nunca mejor dicho, sino porque la propia universidad pública parece debilitarse desde dentro día tras día. Las condiciones laborales han cambiado notablemente: los contratos de muchos jóvenes docentes son hoy mucho más precarios que los que se ofrecían hace tres décadas. Y la promoción del profesorado es demencial.

Paralelamente, algunas universidades privadas comienzan a ofertar contratos competitivos a determinados perfiles profesionales. Y mientras la pública se encuentra atrapada en procedimientos administrativos cada vez más rígidos y absurdos, la privada dispone de mayor margen para negociar condiciones, diseñar contenidos y atraer a personas con mejores ideas.

La paradoja es evidente. La universidad pública posee ventajas institucionales que deberían reforzar su posición, pero no siempre logran satisfacer al profesorado más competente. Con frecuencia, esas ventajas acaban protegiendo inercias o mediocridades antes que estimular la excelencia. Supeditar el éxito de un proyecto universitario al nivel del profesorado menos exigente es, sin duda, una de las peores estrategias posibles.

La discusión sobre las notas de corte ofrece un ejemplo revelador. Se critica con frecuencia que las universidades privadas no exigen los mismos requisitos de acceso que las públicas. Pero conviene recordar también que muchos expedientes académicos procedentes del bachillerato o de las pruebas de acceso presentan inflaciones notables: el título certificado no siempre se corresponde con los conocimientos reales de quien lo posee.

Así, la tensión entre universidad pública y privada no puede reducirse a una simple oposición moral entre lo público y lo mercantil. El problema es más complejo. Las universidades privadas se benefician de la demanda social de titulaciones útiles y rápidas; las públicas, en cambio, parecen debatirse entre la defensa de su tradición académica y la incapacidad de reformarse con eficacia.

Por eso la pregunta final resulta inevitable. ¿Quiere realmente la universidad pública competir con la privada o se limita a cederle el terreno poco a poco? A veces da la impresión de que la frontera entre ambas no es tan nítida como parece. Y que, en determinados momentos, la universidad pública no combate el avance de la privada, sino que lo acompaña silenciosamente.

Tal vez ahí resida el verdadero problema. Porque una universidad pública que renuncia a defender con firmeza su propia razón de ser acaba convirtiéndose, sin darse cuenta, en la antesala de su propia irrelevancia. Y cuando eso ocurre, el mercado no encuentra resistencia: simplemente ocupa el espacio vacío.

Muchos profesores tenemos cada día la convicción irreversible de que no importamos a la universidad pública. Y no queremos ser una comparsa de la privada.


Jesús G. Maestro