Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, como profesor universitario, autor de la Crítica de la razón literaria, dispone de forma abierta, libre y gratuita, de toda su actividad docente, académica e investigadora, en internet, con más de mil clases grabadas en su canal de YouTube.
Este libro se dirige a lectores que se toman en serio la literatura y su lugar en la vida humana actual. La literatura constituye una forma de inteligencia y conocimiento que defiende la libertad frente a la degradación cultural, la ignorancia de los sistemas educativos y la censura de los nuevos totalitarismos.
El ensayo examina obras y autores decisivos —de Quevedo a García Márquez, de La Regenta a Crimen y castigo— y muestra cómo la creación literaria identifica los excesos del irracionalismo, examina la psicología humana y pone a prueba los límites de las formas políticas. La democracia entra en este análisis sin privilegios ni paliativos.
Se exponen conceptos propios y originales, como los de «arquea literaria» y «neotenia cultural», para desmitificar una sociedad que prolonga su inmadurez intelectual y emocional, pierde capacidad de juicio y debilita su relación con la realidad hasta hacerse incompatible con ella.
Aquí la literatura interroga la historia, exige conocimientos científicos y desmitifica consignas y filosofías. El libro plantea una cuestión crucial: ¿qué ocurre cuando la democracia se divorcia de la razón e ignora la libertad?
No es que la realidad no sea lo que parece, es que se nos hace creer que la realidad es una mentira, cuando la mentira es la forma que el siglo XXI tiene de hablar de la realidad. La verdadera literatura siempre ha permitido, mejor de lo que hacen las filosofías, las religiones y las ideologías, separar la realidad del engaño.
La educación superior en
España vive una transformación profunda y tal vez irreversible. Mientras el
número de universidades públicas sigue estancado desde hace décadas, y no pasa
apenas de cincuenta, las privadas se han multiplicado y ya gestionan una cantidad
muy importante de estudiantes de educación superior, especialmente en másteres
y formación profesional.
Este crecimiento no se debe
a un aumento de alumnos ni de población. Las causas son otras, más funcionales
y también más mercantiles: el sistema público apenas se regenera ni logra
atraer a nuevos estudiantes. Hay,al
menos por ahora, una relativa facilidad administrativa para crear centros
privados de enseñanza y, sobre todo, se mantiene una fuerte demanda de
titulaciones orientadas directamente al empleo y a la empresa.
Al mismo tiempo, la
educación se ha convertido en un gran territorio económico donde Estado y
mercado disputan de forma abierta y desigual. Y por ahora va ganando el
mercado.
Fondos de inversión
internacionales compran universidades y empresas educativas porque el negocio
ofrece algo muy difícil de encontrar en otros sectores: ingresos estables y
rentabilidades bastante seguras. La enseñanza superior ha dejado de ser
solamente una institución cultural para convertirse también en un producto
económico global.
El resultado introduce cambios
decisivos. La universidad deja de ser exclusivamente una institución académica
y un servicio público, y comienza a funcionar como una industria internacional
de negocios educativos y profesionales. En ese contexto, el estudiante pasa a
ser cliente y las titulaciones se diseñan cada vez más según la lógica de la
demanda laboral.
El contraste con el viejo
ideal universitario es evidente. Durante siglos, la universidad fue un espacio
dedicado al cultivo del conocimiento, relativamente protegido de las presiones
inmediatas de la economía. Hoy, sin embargo, el mercado irrumpe en el corazón
mismo de la institución universitaria y empodera sus prioridades.
El auge de la universidad
privada confirma esta transformación. En los últimos años, su crecimiento ha
sido tan intenso que amenaza con alterar profundamente el equilibrio del
sistema. Este pulso entre universidad pública y privada se vuelve cada vez menos
armonioso: las privadas avanzan con rapidez y ocupan espacios que la pública
parece abandonar.
Las privadas cuentan,
además, con un aliado poderoso: el mercado. El mercado discurre por caminos que
la universidad pública no conoce, o que no recorre con la agilidad suficiente
como para competir con eficacia. Mientras la institución pública permanece
sujeta a una compleja red de procedimientos, controles y burocracias, las
privadas actúan con mayor flexibilidad y velocidad.
La prensa se hace eco
periódicamente de este fenómeno. Reportajes recientes han descrito con detalle
el crecimiento del sector educativo privado en España, convertido ya en un
negocio de decenas de miles de millones de euros anuales. Universidades, escuelas
de negocio y centros de formación profesional se integran en grupos
empresariales cada vez más potentes, a menudo respaldados por grandes fondos
internacionales.
Muchos profesores de la
universidad pública observan con preocupación este proceso. No sólo porque la
privada crece industrialmente, nunca mejor dicho, sino porque la propia
universidad pública parece debilitarse desde dentro día tras día. Las
condiciones laborales han cambiado notablemente: los contratos de muchos
jóvenes docentes son hoy mucho más precarios que los que se ofrecían hace tres
décadas. Y la promoción del profesorado es demencial.
Paralelamente, algunas
universidades privadas comienzan a ofertar contratos competitivos a
determinados perfiles profesionales. Y mientras la pública se encuentra
atrapada en procedimientos administrativos cada vez más rígidos y absurdos, la
privada dispone de mayor margen para negociar condiciones, diseñar contenidos y
atraer a personas con mejores ideas.
La paradoja es evidente. La
universidad pública posee ventajas institucionales que deberían reforzar su
posición, pero no siempre logran satisfacer al profesorado más competente. Con
frecuencia, esas ventajas acaban protegiendo inercias o mediocridades antes que
estimular la excelencia. Supeditar el éxito de un proyecto universitario al
nivel del profesorado menos exigente es, sin duda, una de las peores
estrategias posibles.
La discusión sobre las notas
de corte ofrece un ejemplo revelador. Se critica con frecuencia que las
universidades privadas no exigen los mismos requisitos de acceso que las
públicas. Pero conviene recordar también que muchos expedientes académicos
procedentes del bachillerato o de las pruebas de acceso presentan inflaciones
notables: el título certificado no siempre se corresponde con los conocimientos
reales de quien lo posee.
Así, la tensión entre
universidad pública y privada no puede reducirse a una simple oposición moral
entre lo público y lo mercantil. El problema es más complejo. Las universidades
privadas se benefician de la demanda social de titulaciones útiles y rápidas;
las públicas, en cambio, parecen debatirse entre la defensa de su tradición
académica y la incapacidad de reformarse con eficacia.
Por eso la pregunta final
resulta inevitable. ¿Quiere realmente la universidad pública competir con la
privada o se limita a cederle el terreno poco a poco? A veces da la impresión
de que la frontera entre ambas no es tan nítida como parece. Y que, en determinados
momentos, la universidad pública no combate el avance de la privada, sino que
lo acompaña silenciosamente.
Tal vez ahí resida el
verdadero problema. Porque una universidad pública que renuncia a defender con
firmeza su propia razón de ser acaba convirtiéndose, sin darse cuenta, en la
antesala de su propia irrelevancia. Y cuando eso ocurre, el mercado no encuentra resistencia: simplemente ocupa el espacio vacío.
Muchos profesores tenemos
cada día la convicción irreversible de que no importamos a la universidad
pública. Y no queremos ser una comparsa de la privada.
Un ensayo sobre mercado, decadencia política y miseria globalizada
La imagen de la cubierta de este libro es obra de la inteligencia artificial y refleja lo que hay: la herencia que los búmeres han dejado a una generación milenarista.
Un mundo en ruinas, una democracia sin futuro, un mercado depredador y una inmadurez desde la que el joven adulto no se explica el fracaso de las ilusiones infantiles, simbolizadas en un globo tan erecto como quebrado.
Es la realidad de la posdemocracia y su paisaje: la globalización de la anglosfera, el último estadio de la Ilustración y de su racionalismo nihilista y mercantil.
Diálogo entre Francisco de Quevedo y un
narcisista del siglo XXI ―Quevedo, consejero de psiquiatras y psicólogos―:
―De mi gusto dependen todos.
―Si dependen de tu gusto, todos son
ruines. El hombre racional no ha de depender del gusto ajeno, sino de la razón
propia. […]. Tú y el demonio gastáis un mismo lenguaje. ¿Quieres ver lo que
está en tu mano? Pues mira que aun tú no estás en ti. Pregúntale a tu alma las
virtudes que le faltan, y a tu cuerpo las miserias que le sobran, y a tu vida
los cuidados que la consumen, y a tu conciencia los verdugos que la atormentan;
pregunta a tus acciones por tu juicio, y verás que no hay alguna que te pueda
dar nuevas dél*.
[*] Francisco de Quevedo, Desconsuelos de los dichosos para que reconozcan los peligros de serlo y puedan prevenirlos [1633], Madrid, Iberoamericana · Vervuert, 2026, p. 237. Edición e introducción de Antonio Azaustre Galiana y José Manuel Rico García.
Yo no vendo humo y usted no debería creer todo lo que
lee
HarperCollins
ISBN: 978-84-1064-492-2
Nos han educado para sentir,
no para pensar.
Nos han domesticado para ser
felices, no para ser libres.
Pero, ¿qué queda de la
prometida felicidad cuando tienes que vivir en la realidad?
¿Qué harás tú cuando la
realidad destruya tus sueños?
Sólo los tontos son felices sin libertad, porque explicar el fracaso de la felicidad es denunciar el fracaso de la libertad.
Este libro no es un consolador, sino un dispositivo para
pensar de forma diferente y original. No alivia: analiza. Es una ortiga en tu
cerebro. No predica resiliencias ni dopajes afectivos. Su método es el bisturí
y su marco la dialéctica. ¿El objetivo? La demolición de la felicidad como timo
y como instrumento del totalitarismo emocional contemporáneo. De la felicidad y
de todo lo que la precede y consensúa. Lo que aquí te contamos no te lo cuentan
otros autores.
¿Es la felicidad el destino final del ser humano o la mentira
mejor contada de nuestro tiempo?
En un mundo donde la felicidad es un producto más y los dioses
son sustituidos por algoritmos, este libro desmonta muchos de los mitos que nos
han vendido, como la farsa de que el trabajo nos hará libres, la ilusión de que
consumir sube nuestra autoestima o la mentira de que un like es un
refugio contra la soledad.
Provocador y ácido, Jesús G. Maestro,un catedrático de universidad que ha hecho de
la literatura un arma de interpretación masiva, capaz de desmontar dogmas con
ironía y lucidez, explora en El fracaso de la felicidad los entramados de la
cultura contemporánea y lanza una rebelión a través de la honestidad
intelectual y el pensamiento crítico.
Una obra destinada a quienes rechazan respuestas fáciles,
prefieren enfrentar incómodas verdades y desean redescubrir la libertad más
allá de las promesas vacías de una felicidad prefabricada.
Prólogo de Jesús G. Maestro a la segunda parte del libro
de Miguel de Cervantes, titulado
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha,
en la versión manuscrita del IES «Las Canteras»,
de Collado Villalba, Madrid.
Hace apenas unos días una gavilla de
intelectuales o filósofos, que no sé muy bien cuál es hoy la diferencia entre
unas y otras gentes, preguntáronme con astucia propia de sus gremios cuál era a
mi entender la mejor novela del siglo XXI. Díjeles, sin dudarlo, que era el Quijote,
de Cervantes.
Como me miraran con ojos de alinde, pensando
sin duda que, o bien había yo oído muy mal, o bien había perdido el juicio
rematadamente, habló un incauto chuleta y dijo:
―Quizá sabe Vd. ―o debiera saber― que el Quijote
de ese Cervantes es de hace muchos años, o muchos siglos, y no de este presente
XXI, por el cual le preguntamos. ¿O acaso Vd. no lee a sus contemporáneos y se
ha quedado extraviado en aquellos tiempos oscuros?
―Sí sé y sí leo. Y por eso sé decir que el Quijote
de Cervantes se publicó en dos partes, la primera en 1605 y la segunda en 1615,
y entre medias, en 1614, publicóse bastardamente el Quijote apócrifo
firmado por un tal de Avellaneda. Y sí leo a mis contemporáneos, es decir, a
Vds. y a sus amigos de Vds., y por eso digo y confirmo que el Quijote de
Cervantes es la novela mejor, por actual y valiosa, para leer en este siglo
XXI.
Miráronme de arriba a abajo, con arrogancia
frustrada y complejo de superioridad peor gestionado. Y como el que habló se
quedara sin más palabras, avergonzado de impotencia dio media vuelta y fuese. Y
rezongando como gozques siguiéronle los demás.
Fue testigo de aquellos instantes un
periodista, que, sabiendo guardar secreto profesional, como todos los
periodistas sabios en su oficio ―los cuales ocultan lo que saben y publican lo
que deben―, díjome sin contenerse:
―Debe Vd. publicar un ensayo sobre el Quijote,
diciendo todo lo que aquí ha callado sobre la actualidad de este libro en
nuestro enfermo y trastornado siglo XXI, y enviarlo a un premio, y ganar ha ese
certamen, sin duda por la alta originalidad de sus extrañas y valiosas ideas.
Miré a aquel joven, sin suponer yo en modo
alguno que fuera periodista, dada su discreción y buen decir. Y díjele en voz
baja y tranquila:
―Bien podré escribir un ensayo, y hasta un
libro, sobre el libro de los libros, que no es la Biblia, sagrada escritura,
sino el Quijote de Cervantes, escritura de ficción, libertad y realidad.
Pero créame, inesperado y buen amigo, que ningún jurado de ningún premio ha de
reconocerme ―y aún menos concederme― galardón alguno, ni por mis palabras,
siempre ácidas, ni por mis ideas, incompatibles con las correcciones de los
políticos, grandes enemigos de las ciencias, de la literatura y también de la
libertad.
―Yerra Vd. en cuanto dice ―respondióme―,
pues no valora el contenido de sus palabras ni el alcance de sus ideas.
―Joven amigo ―le dije con franqueza―: ¿no
sabe Vd. que los premios son siempre una prolongación de la política y todos
ellos de antemano tienen novio, marido y hasta viudo en sus posibles desiertos?
Yo no encajo con nadie. Y menos con jurados que dan premios.
―Te equivocas ―espetó, pasándose
inconscientemente por su parte a un tuteo imprevisto. Tú encajas, y mucho.
―¿Yo? ¿Con quién encajo yo?
―Con la gente.
Y con estas me dio la espalda y huyó, sin
decir más palabra.
Cómo han de ser las cosas en el futuro bien lo
ha de saber Fortuna, la diosa más inquieta e inquietante de las diosas, que yo
no lo sé, porque no soy chamán ni adivino, ni arúspice ni gurú, pero sí diome
qué pensar el cativo, pues... no en vano algunos hechos apuntaban en la
dirección que el mozo, joven profesional de su oficio, por lo que supe después,
había dicho con insolente franqueza y naturalidad.
Una prueba de que ―al menos en ocasiones―
quien suscribe encaja con la gente es la invitación que amable y generosamente
me han hecho llegar alumnos y profesores del Instituto de Enseñanza Secundaria
de Collado Villalba, Las Canteras, al invitarme a escribir a mano este prólogo
a la segunda parte de El Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de
Miguel de Cervantes. De cuantos encargos y propuestas que me han hecho en la
vida, es este sin duda de los más nobles y valiosamente electos. Quede
constancia, pues, de mi agradecimiento.
Nada más valioso que prologar un manuscrito
de la obra magna de la literatura universal, el Quijote de Cervantes,
trasladado a mano a pliegos del siglo XXI por un conjunto de alumnos,
profesores y padres. Sea ejemplo que sigan otros centros de enseñanza y otras
promociones de estudiantes, docentes y familias.
Todos los españoles comunes y corrientes,
aquellos que no procedemos ni formamos parte de las élites, somos un Cervantes
que no ha escrito el Quijote, pero que tenemos la satisfacción de leerlo
y reescribirlo, por boca y lengua de su autor primero y único.
Porque en el Quijote está,
escrito en español, el genoma de la literatura universal.
Jesús
G. Maestro
Madrid, 1 de diciembre de 2025.
Prólogo de Jesús G. Maestro a la segunda edición del Quijote manuscrita en el IES Las Cantedras de Collado Villalba en Madrid
Ni la literatura es un jeroglífico ni la
poesía una adivinanza: contra el irracionalismo de los críticos literarios
Cátedra Hispánica de Estudios Literarios, 2025, 322 pp.
ISBN:979-82-765-415-4-9
En El ateísmo poético de Vicente
Aleixandre, la poesía deja de ser un misterio insondable o un juego de
apariencias: se revela como una forma de conocimiento racional y materialista.
A través de un análisis de poemas clave
—«Idea», «Noche sinfónica», «Sobre la misma tierra» o «Primera aparición»—,
este libro demuestra cómo Aleixandre construye un universo poético donde la
tierra, la materia y la inteligencia humana son los fundamentos de toda
existencia.
Se desmitifica el idealismo romántico y el
irracionalismo crítico, y se muestra que la poesía, lejos de ser un
jeroglífico, exige interpretación consciente y razonada.
Desde la desolación de lo real hasta la
fuerza del amor como energía cósmica, cada capítulo invita a leer los poemas
aleixandrinos con rigor conceptual y sensibilidad intelectual.
Un ensayo indispensable para comprender la
dimensión filosófica y racional de uno de los mayores poetas españoles del
siglo XX, y para apreciar la poesía como instrumento de pensamiento y
conciencia del mundo.