Vídeo completo
Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, como profesor universitario, autor de la Crítica de la razón literaria, dispone de forma abierta, libre y gratuita, de toda su actividad docente, académica e investigadora, en internet, con más de mil clases grabadas en su canal de YouTube.
💥 «La felicidad
consiste en vivir sin echarla de menos, es un invento del mercado»
💥 «¿Cómo puedes prometer la felicidad a una población que
no tiene ni dónde vivir?»
💥 «No es posible educar a los niños para ser felices. Hay
que educarlos para ser libres. No se puede anteponer la felicidad a la
libertad».
💥 «Nuestra democracia ha reemplazado la libertad por la
felicidad».
Faro
de Vigo, 2 de enero de 2026.
Diálogo entre Francisco de Quevedo y un
narcisista del siglo XXI ―Quevedo, consejero de psiquiatras y psicólogos―:
―De mi gusto dependen todos.
―Si dependen de tu gusto, todos son ruines. El hombre racional no ha de depender del gusto ajeno, sino de la razón propia. […]. Tú y el demonio gastáis un mismo lenguaje. ¿Quieres ver lo que está en tu mano? Pues mira que aun tú no estás en ti. Pregúntale a tu alma las virtudes que le faltan, y a tu cuerpo las miserias que le sobran, y a tu vida los cuidados que la consumen, y a tu conciencia los verdugos que la atormentan; pregunta a tus acciones por tu juicio, y verás que no hay alguna que te pueda dar nuevas dél*.
Que es lo mismo que hablar, en el siglo
XVII como en el XXI, de El fracaso de la felicidad.
__________________
NOTA
[*] Francisco de Quevedo, Desconsuelos de los dichosos para que reconozcan los peligros de serlo y puedan prevenirlos [1633], Madrid, Iberoamericana · Vervuert, 2026, p. 237. Edición e introducción de Antonio Azaustre Galiana y José Manuel Rico García.
Jesús G. Maestro
El fracaso de la felicidad.
Yo no vendo humo y usted no debería creer todo lo que lee
HarperCollins
ISBN: 978-84-1064-492-2
Este libro no es un consolador, sino un dispositivo para pensar de forma diferente y original. No alivia: analiza. Es una ortiga en tu cerebro. No predica resiliencias ni dopajes afectivos. Su método es el bisturí y su marco la dialéctica. ¿El objetivo? La demolición de la felicidad como timo y como instrumento del totalitarismo emocional contemporáneo. De la felicidad y de todo lo que la precede y consensúa. Lo que aquí te contamos no te lo cuentan otros autores.
¿Es la felicidad el destino final del ser humano o la mentira
mejor contada de nuestro tiempo?
En un mundo donde la felicidad es un producto más y los dioses son sustituidos por algoritmos, este libro desmonta muchos de los mitos que nos han vendido, como la farsa de que el trabajo nos hará libres, la ilusión de que consumir sube nuestra autoestima o la mentira de que un like es un refugio contra la soledad.
Provocador y ácido, Jesús G. Maestro, un catedrático de universidad que ha hecho de la literatura un arma de interpretación masiva, capaz de desmontar dogmas con ironía y lucidez, explora en El fracaso de la felicidad los entramados de la cultura contemporánea y lanza una rebelión a través de la honestidad intelectual y el pensamiento crítico.
Una obra destinada a quienes rechazan respuestas fáciles,
prefieren enfrentar incómodas verdades y desean redescubrir la libertad más
allá de las promesas vacías de una felicidad prefabricada.
Hace apenas unos días una gavilla de
intelectuales o filósofos, que no sé muy bien cuál es hoy la diferencia entre
unas y otras gentes, preguntáronme con astucia propia de sus gremios cuál era a
mi entender la mejor novela del siglo XXI. Díjeles, sin dudarlo, que era el Quijote,
de Cervantes.
Como me miraran con ojos de alinde, pensando
sin duda que, o bien había yo oído muy mal, o bien había perdido el juicio
rematadamente, habló un incauto chuleta y dijo:
―Quizá sabe Vd. ―o debiera saber― que el Quijote
de ese Cervantes es de hace muchos años, o muchos siglos, y no de este presente
XXI, por el cual le preguntamos. ¿O acaso Vd. no lee a sus contemporáneos y se
ha quedado extraviado en aquellos tiempos oscuros?
―Sí sé y sí leo. Y por eso sé decir que el Quijote
de Cervantes se publicó en dos partes, la primera en 1605 y la segunda en 1615,
y entre medias, en 1614, publicóse bastardamente el Quijote apócrifo
firmado por un tal de Avellaneda. Y sí leo a mis contemporáneos, es decir, a
Vds. y a sus amigos de Vds., y por eso digo y confirmo que el Quijote de
Cervantes es la novela mejor, por actual y valiosa, para leer en este siglo
XXI.
Miráronme de arriba a abajo, con arrogancia
frustrada y complejo de superioridad peor gestionado. Y como el que habló se
quedara sin más palabras, avergonzado de impotencia dio media vuelta y fuese. Y
rezongando como gozques siguiéronle los demás.
Fue testigo de aquellos instantes un
periodista, que, sabiendo guardar secreto profesional, como todos los
periodistas sabios en su oficio ―los cuales ocultan lo que saben y publican lo
que deben―, díjome sin contenerse:
―Debe Vd. publicar un ensayo sobre el Quijote,
diciendo todo lo que aquí ha callado sobre la actualidad de este libro en
nuestro enfermo y trastornado siglo XXI, y enviarlo a un premio, y ganar ha ese
certamen, sin duda por la alta originalidad de sus extrañas y valiosas ideas.
Miré a aquel joven, sin suponer yo en modo
alguno que fuera periodista, dada su discreción y buen decir. Y díjele en voz
baja y tranquila:
―Bien podré escribir un ensayo, y hasta un
libro, sobre el libro de los libros, que no es la Biblia, sagrada escritura,
sino el Quijote de Cervantes, escritura de ficción, libertad y realidad.
Pero créame, inesperado y buen amigo, que ningún jurado de ningún premio ha de
reconocerme ―y aún menos concederme― galardón alguno, ni por mis palabras,
siempre ácidas, ni por mis ideas, incompatibles con las correcciones de los
políticos, grandes enemigos de las ciencias, de la literatura y también de la
libertad.
―Yerra Vd. en cuanto dice ―respondióme―,
pues no valora el contenido de sus palabras ni el alcance de sus ideas.
―Joven amigo ―le dije con franqueza―: ¿no
sabe Vd. que los premios son siempre una prolongación de la política y todos
ellos de antemano tienen novio, marido y hasta viudo en sus posibles desiertos?
Yo no encajo con nadie. Y menos con jurados que dan premios.
―Te equivocas ―espetó, pasándose
inconscientemente por su parte a un tuteo imprevisto. Tú encajas, y mucho.
―¿Yo? ¿Con quién encajo yo?
―Con la gente.
Y con estas me dio la espalda y huyó, sin
decir más palabra.
Cómo han de ser las cosas en el futuro bien lo
ha de saber Fortuna, la diosa más inquieta e inquietante de las diosas, que yo
no lo sé, porque no soy chamán ni adivino, ni arúspice ni gurú, pero sí diome
qué pensar el cativo, pues... no en vano algunos hechos apuntaban en la
dirección que el mozo, joven profesional de su oficio, por lo que supe después,
había dicho con insolente franqueza y naturalidad.
Una prueba de que ―al menos en ocasiones―
quien suscribe encaja con la gente es la invitación que amable y generosamente
me han hecho llegar alumnos y profesores del Instituto de Enseñanza Secundaria
de Collado Villalba, Las Canteras, al invitarme a escribir a mano este prólogo
a la segunda parte de El Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de
Miguel de Cervantes. De cuantos encargos y propuestas que me han hecho en la
vida, es este sin duda de los más nobles y valiosamente electos. Quede
constancia, pues, de mi agradecimiento.
Nada más valioso que prologar un manuscrito
de la obra magna de la literatura universal, el Quijote de Cervantes,
trasladado a mano a pliegos del siglo XXI por un conjunto de alumnos,
profesores y padres. Sea ejemplo que sigan otros centros de enseñanza y otras
promociones de estudiantes, docentes y familias.
Todos los españoles comunes y corrientes,
aquellos que no procedemos ni formamos parte de las élites, somos un Cervantes
que no ha escrito el Quijote, pero que tenemos la satisfacción de leerlo
y reescribirlo, por boca y lengua de su autor primero y único.
Porque en el Quijote está,
escrito en español, el genoma de la literatura universal.
Prólogo de Jesús G. Maestro
a la segunda edición del Quijote
manuscrita en el IES Las Cantedras
de Collado Villalba en Madrid
Prólogo manuscrito
Jesús G. Maestro
El ateísmo poético de Vicente Aleixandre
Ni la literatura es un jeroglífico ni la
poesía una adivinanza:
contra el irracionalismo de los críticos literarios
Cátedra Hispánica de Estudios Literarios, 2025, 322 pp.
ISBN: 979-82-765-415-4-9
En El ateísmo poético de Vicente
Aleixandre, la poesía deja de ser un misterio insondable o un juego de
apariencias: se revela como una forma de conocimiento racional y materialista.
A través de un análisis de poemas clave
—«Idea», «Noche sinfónica», «Sobre la misma tierra» o «Primera aparición»—,
este libro demuestra cómo Aleixandre construye un universo poético donde la
tierra, la materia y la inteligencia humana son los fundamentos de toda
existencia.
Se desmitifica el idealismo romántico y el
irracionalismo crítico, y se muestra que la poesía, lejos de ser un
jeroglífico, exige interpretación consciente y razonada.
Desde la desolación de lo real hasta la
fuerza del amor como energía cósmica, cada capítulo invita a leer los poemas
aleixandrinos con rigor conceptual y sensibilidad intelectual.
Un ensayo indispensable para comprender la
dimensión filosófica y racional de uno de los mayores poetas españoles del
siglo XX, y para apreciar la poesía como instrumento de pensamiento y
conciencia del mundo.
La desconexión de los líderes españoles con
su tradición literaria y cultural es un problema del que nadie habla. ¿Dónde y
quién educa a nuestras élites?
Esta pregunta puede formularse y responderse
de muchas maneras. Pero habitualmente nadie se preocupa en público por la
educación de las élites, sino más bien por la enseñanza pública del pueblo
llano. Las élites resuelven sus problemas, que no son pocos, de forma mucho más
silenciosa y discreta que las masas.
¿Dónde se educan las élites españolas? ¿Quién
lo hace y de qué forma? Y, sobre todo, ¿con qué objetivos? Traten de
responderse ustedes mismos. Les daré algunas pistas. A ustedes y a las élites,
porque hay aspectos que ellas también ignoran, y no son conscientes de ello.
Naturalmente, depende qué queramos entender
por élite, pero si hablamos de las élites políticas, económicas,
culturales y mediáticas españolas, la respuesta más precisa a esta pregunta
sería que se educan en instituciones profundamente dependientes de modelos
extranjeros, especialmente anglosajones, y desconectadas de la tradición
intelectual hispánica. Desde el siglo XIX sobre todo —y de modo muy acusado
tras la Transición—, las élites españolas se forman en tres espacios
principales, porque carecen de territorio propio:
1. Colegios privados y religiosos (muchos de
ellos con métodos y valores importados de Estados Unidos, Reino Unido o
Francia), donde se cultiva una visión internacionalista que suele marginar la
cultura clásica y la tradición hispánica, griega y latina.
La literatura, desde luego, no suele estar
en el menú. Las humanidades clásicas brillan por su ausencia. En el país de
Cervantes, se explica a Shakespeare, y al último se le identifica con el
primero. Subrayo lo de último y primero, porque lo escribo con doble sentido.
2. Universidades públicas y privadas, donde
predomina una educación burocratizada, más orientada al título que al
pensamiento verdaderamente crítico, y en gran medida subordinada a modas
ideológicas foráneas, que suelen ser, una vez más, anglosajonas, francesas o
alemanas.
Son los modelos educativos hegemónicos que
se imponen desde el artificioso siglo XVIII, como si no hubiera ni un mañana ni
un pasado, es decir, un Siglo de Oro: Cervantes, Lope de Vega, Quevedo, Góngora
y un muy largo etcétera.
3. Escuelas de negocios y programas
internacionales, en los que se inculca una mentalidad tecnocrática y
globalista, desligada de cualquier compromiso con la historia y la literatura
española e hispanoamericana, sobre todo anterior a una Ilustración notoriamente
idealizada. Nada se dice ni se espera de los clásicos griegos y latinos.
Así pues, las élites españolas no se educan
en España como país que ha hecho posible una cultura, una historia y una
literatura originales y decisivas, que en muchos aspectos desconocen
profundamente, sino en una España como sucursal de potencias extranjeras, que
imponen sus valores, su lengua y ―sobre
todo― sus modelos de éxito. Sus fracasos no los cuentan.
Acaso lo dramático no es sólo dónde se
educan, sino qué dejan de aprender estas élites: el conocimiento de su propia
tradición, su filosofía, su literatura y su historia y pensamiento crítico.
Exactamente lo mismo cabe decir de Hispanoamérica, que mira a Estados Unidos
como España mira a una Europa septentrional, que es una inquietante caja de
Pandora.
Es muy importante no reaccionar a esta
situación desde posiciones nacionalistas ―de ningún signo, ni del presente ni
con evocaciones pretéritas―, pues algo así no es solución de nada y constituye
ante todo una declaración de ignorancia, involución y falta de originalidad
crítica.
A mi juicio, las élites españolas, desde el
punto de vista de su formación intelectual, adolecen de una falta de educación
literaria absolutamente incompatible con las exigencias del mundo al que se
enfrentan. Pero no lo saben.
Es necesario evitar esta «deshumanización de
las élites» y poner a disposición de estas personas jóvenes, valiosas e
interesadas, un potente sistema de conocimientos, criterios y códigos
culturales que están en la literatura española de los siglos XVI y XVII, y que
hicieron posible obras como el Quijote y autores como Cervantes, Quevedo
o Lope de Vega. La literatura es una asignatura pendiente en la formación de
las élites españolas.
El siglo XXI es la etapa de la historia en
la que las élites están más deshumanizadas desde el punto de vista de su
formación científica e intelectual. Las élites romanas, renacentistas y
barrocas eran cultísimas.
Nuestras élites no manejan bien las lenguas
cultas, porque hacen un uso sintético y telegramático del lenguaje, debido a la
ansiedad del inglés por expresarse de forma cada vez más simple y rápida. No
conocen el código de la literatura, que constituye un arsenal de culturas y
lenguas con un potencial muy enriquecedor en todas las facetas de la vida
personal, laboral y profesional.
El conocimiento de la literatura puede
proporcionar una experiencia compartida y solidaria que no facilita, con la
misma eficacia, ninguna otra actividad humana. Y permite reflexiones que van
más allá de la riqueza, el éxito y el liderazgo entendido al modo
estadounidense.
El arte de la prudencia, la gestión ética
del comercio, el control de patologías, pasiones hostiles y adversidades
profesionales, encuentran en muchas obras literarias caminos muy útiles para la
reflexión personal en el ejercicio de la actividad laboral.
Ustedes se preguntarán, en definitiva,
¿quiénes educan a los españoles? La literatura y la realidad no me dejan
mentir: la Iglesia y los extranjeros. El clero y las potencias europeas han
sido siempre los maestros que hemos tenido los españoles desde pequeñitos. Borges
se jactaba de leer a Cervantes en inglés. Y de pasar sus noches con Virgilio,
como si a esas horas no hubiera mejor compañía.
La educación de nuestras élites, desde el
siglo XVIII, adolece de tres problemas.
Uno, su simpatía acrítica con culturas
extranjeras, como si aquí no tuviéramos un Siglo de Oro y un arsenal de valores
humanísticos y solidarios de primera línea.
Dos, un complejo de inferioridad, impuesto incluso
al pueblo llano y más humilde, debido a un sistema educativo que sirve a
Inglaterra, Francia o Alemania, pero no a Galicia, Asturias, Salamanca o al
resto de España, por ejemplo.
Tres, un alarmante desconocimiento de
literaturas clave en la historia del pensamiento crítico, sobre todo en lo
relativo a las literaturas española, hispanoamericana, latina y griega.
A nadie le interesa disponer
de élites mal formadas. Las universidades privadas, así como las escuelas de
negocios, deberían contar con profesionales de la interpretación literaria, no
con gurús de la cultura ni filosofastros de autoayuda, cuya filosofía es una
retahíla de ocurrencias absurdas.
Por desgracia, las
universidades públicas, que precisamente llevan ocupándose de la literatura
desde hace décadas y siglos, hoy le dan la espalda con toda indolencia. ¿Quién
enseñará literatura a nuestras élites?
Jesús G. Maestro
Faro de Vigo, 2 de noviembre de 2025.
La fractura entre búmeres y milenaristas (en inglés boomers y millennials) no se reduce a una pugna retórica entre la queja de los jóvenes y el reproche de los mayores. Se condensa en un hecho material e insoslayable: la vivienda. Hablar hoy de vivienda es hablar del derecho, cada día más discutido, a la propiedad privada. Una forma de negar la propiedad privada es impedir a las nuevas generaciones la posibilidad de comprar piso.
El acceso a un techo propio se ha convertido en el principal detonante de desigualdad no sólo en España, sino en las democracias del siglo XXI. España es uno de los países europeos más conservadores en cuanto a la vivienda en propiedad. Hasta hoy, momento en que las cosas empiezan a cambiar dramáticamente. En los últimos años, la compra de vivienda por parte de la gente joven se interrumpe. Entre las principales causas está la especulación urbanística. El Estado, en manos de gentes más atentas al dinero que a la vivienda, ha renunciado a garantizar un bien históricamente básico, y ha entregado su gestión al mercado inmobiliario y financiero. Consecuencia: la gente más joven no puede comprar casa. Ni alquilarla.
El relato periodístico oscila entre dos extremos caricaturescos. Por un lado, los búmeres, que se consideran herederos y representantes de una vida laboral de grandes esfuerzos, de jornadas de trabajo interminables y de la inseguridad de los años de crisis y paro. Por otro lado, los milenaristas, que se presentan como la generación del trabajo sin recompensa, jóvenes formados, becados, móviles en mano, atrapados en alquileres que consumen casi todo su salario. Los milenaristas mileuristas han dicho de sí mismos que son la generación más preparada de la Historia de España. El refrán, que sin duda conocen, dada su preparación superlativa, dice que la soberbia es hija de mal padre.
Ambos discursos tienen su parte de verdad, pero ninguno de ellos explica la raíz ni la causa del problema: la incapacidad de un sistema de gobierno, la democracia, para articular un modelo social y económico que asegure la reproducción y supervivencia laboral y económica de sus generaciones futuras.
El círculo vicioso es evidente. La compra de vivienda es un deseo imposible. Los jóvenes no pueden emanciparse porque el alquiler engulle sus ingresos. La falta de emancipación retrasa la maternidad, hunde la natalidad y compromete el sistema de pensiones, que ya crece por encima del salario medio. El resultado es una pirámide poblacional invertida en la que los mayores, más numerosos y con más poder electoral, imponen una agenda política orientada a la revalorización de sus pensiones, mientras los más jóvenes quedan relegados a la promesa vacía de un futuro mejor.
Conviene subrayar que no todos los búmeres han alcanzado la jubilación en igualdad de condiciones. Quien heredó patrimonio y tuvo acceso a estudios disfruta hoy de seguridad material; quien no, arrastra pensiones mínimas y precariedad. Hay al menos dos tipos de búmeres, de los que no se suele hablar, pero que es decisivo diferenciar. Por un lado, los hijos de la plutocracia franquista, que cursaron estudios en años en los que no todo el mundo podía ir a la universidad, obtuvieron trabajo inmediato y coparon los órganos de poder financiero y político en la Transición. Por otro lado, los búmeres procedentes de las clases sociales más bajas y desfavorecidas, que en la mayor parte de los casos comenzaron a trabajar, sin estudios, en su más temprana adolescencia.
Lo mismo ocurre con los jóvenes nacidos en democracia: el hijo de una familia con propiedades tiene resuelto el problema habitacional, mientras que el becario o el trabajador con sueldos intermitentes sobrevive en un mercado de alquiler diseñado para expulsarlo. La auténtica línea divisoria no es sólo generacional, sino de clase, y atraviesa todas las edades, aunque causa mucho más daño en la gente joven.
El discurso sentimental —la nostalgia de quienes dicen haber sufrido más y la indignación de quienes aseguran haber sido estafados— oculta el trasfondo político: la renuncia del Estado a intervenir en el mercado de la vivienda. Se dice que España es uno de los países europeos que menos inversión pública destina a este ámbito, pero lo cierto es que en el extranjero las cosas no están mejor, y la vivienda compartida es un hecho común y creciente en la «Europa de las maravillas». Se habla de ayudas al alquiler, de premios de consolación como rebajar la edad de voto, pero no se construyen viviendas sociales ni se reforma un mercado dominado por fondos de inversión y por un urbanismo al servicio de la especulación con el ladrillo y el suelo.
El resultado es un sistema de gobierno ―la democracia― donde el techo se convierte en privilegio y no en derecho. Mientras tanto, los jóvenes mejor formados —los que acumulan premios de fin de carrera y han cumplido con todas las exigencias académicas del sistema— emigran a países donde se promete vivienda accesible y conciliación laboral y familiar. Lo que se encuentran allí es el coliving, un eufemismo anglosajón que oculta experiencias desagradables, como es la cohabitación con desconocidos, vivienda compartida o pisos de convivencia forzada, en los que la intimidad personal es inexistente. Sinceramente, no creo en esas promesas. Si algo tiene la globalización es que es igual de «buena» o de «mala» para todos. Ya no hay diferencias entre países.
Esta supuesta fuga de talento no es un problema anecdótico, y tampoco se cuenta con realismo: en el extranjero no atan perros con longaniza. Es posible que España eduque para exportar universitarios, y que invierta en formar ciudadanos que se integran en sociedades extranjeras porque aquí no tienen futuro. Pero, sinceramente, ¿cuántos Premios Nobel españoles ha habido como Severo Ochoa? Porque, tal como se cuentan algunas cosas, parece que somos la fábrica planetaria de recursos humanos de élite de las grandes potencias, y que tenemos talento para dar pero no para tomar. Hablando con franqueza, esto se llama hipérbole o exageración.
Sin embargo, el malestar es real, y no proviene de un simple desencuentro generacional, sino de un fracaso histórico y político: el de un sistema de gobierno incapaz de garantizar que sus hijos vivan, si no mejor que sus padres, al menos igual. Los búmeres pudieron levantar su vida sobre un modelo social heredado del régimen anterior. Los milenaristas, en cambio, se enfrentan a un presente sin garantías respecto al cual la democracia demuestra muchos errores. Lo que para unos es una queja para otros es falta de esfuerzo. No creo que sea simplemente ni lo uno ni lo otro. Los más jóvenes se enfrentan a una sociedad ―democrática― que antepone los intereses del mercado al derecho a una vivienda.
La globalización es más que un tema
controvertido. Tiene tantos simpatizantes como detractores, y unos y otros muy
variopintos. Se nos ha impuesto en nombre del bienestar económico, y se
presenta también como una fuerza benigna, que borra las distancias entre
nosotros con el objetivo de unirnos a todos en una fraternidad universal. En
determinadas zonas del planeta, desaparecen los límites territoriales, pero no siempre
para alcanzar mayor libertad. Surgen barreras de otra índole. Fronteras
económicas muy difíciles de atravesar. Son las fronteras invisibles de la
globalización. No se ven con los ojos, pero se sienten en el bolsillo.
Se ha dicho que la tarjeta de crédito ya
sustituye al documento nacional de identidad o al visado internacional. Las
viejas diferencias políticas o geográficas se esfuman, pero en su lugar crecen
abismos financieros. Con las distancias desaparecen también todas las
diferencias. Todas excepto una: la económica.
En esta nueva cartografía, los sistemas
políticos funcionan como engranajes de una maquinaria económica global. Es como
si el derecho mercantil estableciera leyes que corresponden al derecho civil.
Las normas llegan a tu pueblo procedentes de sedes corporativas que no se sabe
en dónde están. No hay fronteras que cruzar, sino lobbies que gestionar.
La movilidad, tan celebrada por los promotores de la globalización, no es tanto
un derecho para todos cuanto un lujo reservado a quienes pueden pagar un pasaporte
dorado.
El resultado es un mundo donde el pobre,
aunque pueda atravesar continentes, no cruza la verdadera frontera: la que
separa a los que deciden de los que obedecen. Unos trabajan para sobrevivir y
otros ganan dinero para ejercer y preservar el poder propio o ajeno. Esa línea,
invisible en los mapas, se dibuja en transacciones bursátiles, algoritmos del
crédito, listas cerradas de directorios y consejos de administración.
1. La
frontera económica. Es la más sólida y evidente. El dinero no sólo compra
bienes: compra tiempo, seguridad, movilidad, salud y, en muchos casos,
justicia. El capital se convierte en el verdadero pasaporte universal, y
quienes no lo tienen quedan confinados a un territorio social que no figura en
los mapas, pero que recorta sus posibilidades de vida.
2. La
frontera tecnológica. El acceso (o no) a la tecnología y a las
infraestructuras digitales determina la posibilidad y la capacidad de
participar en la vida económica, cultural y política global. No se trata sólo
de poseer dispositivos, sino de dominar el conocimiento y el lenguaje digital
que permiten moverse con fluidez en esa esfera. La brecha tecnológica es
también una brecha de poder.
3. La
frontera del conocimiento. No basta con que la información esté disponible
en internet: la verdadera muralla separa a quien sabe interpretarla, filtrarla
y usarla de quien no es capaz de hacerlo. El conocimiento se concentra en
élites académicas, corporativas y científicas que hablan un idioma técnicamente
inaccesible para la mayoría, atrapada en un analfabetismo funcional y feliz, y
excluida de todo lo verdaderamente importante, sin que pueda advertirlo,
entretenida como está haciendo comentarios en redes sociales.
4. La
frontera jurídica. La ley ya no es igual para todos: las grandes
corporaciones y fortunas pueden operar por encima o fuera de los marcos legales
nacionales, mientras que el ciudadano común está sujeto a reglas que no puede
negociar. Esta situación crea un doble espacio de soberanía: uno visible, para
la masa; otro invisible, para quienes tienen poder de fuga legal. El
aforamiento político también desempeña un papel importante en esta muralla
jurídica.
5. La
frontera de la movilidad real. Se nos habla de un mundo sin fronteras
laborales, pero la libre movilidad es privilegio de una minoría. La mayoría se
mueve sólo dentro de un radio limitado, por razones económicas, políticas o
burocráticas. Y de acceso a la vivienda. Las barreras de visados, costes y
permisos invisibilizan un hecho tangible: la movilidad global es un lujo que en
realidad muy pocos pueden permitirse. La movilidad laboral de la globalización
es una forma encubierta de invisibilizar la emigración nativa.
6. La
frontera cultural. Aunque la globalización homogeneiza modas, consumos y
lenguajes, mantiene e incluso refuerza jerarquías culturales. Hay lenguas
dominantes y lenguas marginadas. Hay culturas que circulan globalmente y otras
que se quedan encerradas en la periferia de la atención mediática. La supuesta «cultura
global» es, en realidad, una selección controlada de referentes que excluye a la
mayor parte de la población del planeta, el nuevo lumpemproletariado.
7. La
frontera del acceso al poder. Los centros de decisión política y económica
ya no son visibles ni accesibles. No están en los parlamentos, sino en consejos
de administración de empresas, foros privados y redes corporativas que no
rinden cuentas ante la ciudadanía. Es una frontera blindada: no se cruza por
mérito democrático, sino por cooptación.
En definitiva,
estas fronteras no están hechas de piedra ni de alambre de espino, pero son muy
difíciles de atravesar, porque se ocultan de forma intencional. El siglo XXI no
las llama fronteras: las disfraza de condiciones de acceso, estándares de
calidad o criterios de admisión. Pero en realidad son murallas invisibles que
clasifican a la humanidad en compartimentos estancos. La globalización, así
considerada, es una nueva forma de organización de la libertad planetaria, no
por países, sino por grupos económicos sin patria definida. ¿Cuál es la patria
del euro?
Jesús G. Maestro
Vocento, 5 de octubre de 2025.