Los secretos de la universidad






La universidad es una institución que no puede permitirse tener secretos. Sin embargo, tiene muchos, de todos conocidos, aunque hoy no hablaremos de ese tipo de «mal endémico», sino de otro mucho más importante: el conocimiento del que la universidad carece y que sus mejores estudiantes y profesores echan de menos sin poder ejercerlo o alcanzarlo fácilmente.

Hay dos entidades que disponen de más conocimientos que la universidad: determinadas empresas y determinados Estados. Se trata de conocimientos que el mercado y la política no siempre comparten en público. No son necesariamente conocimientos secretos, pero tampoco se trata de saberes accesibles de forma abierta, libre y gratuita. Ni siquiera para las universidades, a donde ese tipo de conocimientos llega muy tardíamente. Cuando se explican en un aula o se practican en un laboratorio, hace años ya que ciertas empresas y Estados los han ensayado o utilizado. Pero de forma privada.

Muchas personas creen que la universidad ha estado siempre en la vanguardia del conocimiento y la investigación. No sólo no es así, sino que casi nunca es así. La universidad suele estar en la retaguardia y no lo sabe. Ni siquiera está hoy en la primera línea de las ideologías, sino más bien en la caja de resonancia de movimientos políticos y creencias sociales que mueven a las masas bien hacia ninguna parte, bien hacia lugares totalmente inofensivos.

A la universidad llega lo que la sociedad previamente ha aceptado, o finge haber aceptado, para evitar problemas de convivencia personal. Lo que la opinión publicada no acepta no se explica ni se enseña en la universidad. Nadie se ha atrevido a hacerlo en ningún momento de la historia. Hoy, menos que nunca. En la universidad no hay más libertad que fuera de ella. Más bien es la sociedad exterior la que impone a la universidad normas y restricciones ajenas a la ciencia y a la docencia. La universidad es una institución inofensiva.

Dicho en dos palabras: en nuestro mundo, hay conocimientos secretos y conocimientos públicos. La universidad se ocupa de los segundos. No puede ser de otro modo. En sus buenos tiempos, en las universidades se estudiaba el Quijote, un libro escrito por un tal Miguel de Cervantes, hombre tan discreto que jamás pisó una universidad. La lista de genios literarios ajenos al «alma mater» es interminable.

Por su parte, los ejemplos de científicos que desarrollan su actividad profesional y original fuera de la universidad o al margen de ella son muy numerosos: Kepler, Galileo, Servet, Leibniz, Darwin, Mendel y hasta Einstein, sin olvidar a Marie Curie. Las investigaciones de estos científicos no nacen dentro de la universidad, sino que se imparten en ella con frecuencia mucho tiempo después, del mismo modo que el Quijote nunca se enseñó a nadie en las universidades del siglo XVII.

Los conocimientos verdaderamente importantes son muy reservados, y no se hacen públicos hasta que empresas y Estados muy poderosos creen haber controlado sus consecuencias como es debido. Sin embargo, estos pronósticos y controles pueden fallar. Internet ha resultado un coladero francamente difícil de contener. La ley termina donde comienza internet. Sin embargo, internet es un río revuelto, lleno de sospechas sobre lo que nos cuentan, caldo de cultivo de conspiranoicos de todos los linajes, y donde el conocimiento exige mucho esfuerzo y atención.

Muy de vez en cuando en la historia un Prometeo baja de alguna parte y entrega a los humanos el fuego. Quiero decir que a veces alguno de estos conocimientos secretos se hace público. ¿Cuándo? Cuando es rentable al mercado e inofensivo para los Estados. Entretanto, pan y circo: también en la universidad y en cualesquiera centros y niveles educativos.

La universidad del siglo XXI se enfrenta a dos problemas: uno es el conocimiento que transmite y otro muy distinto es el conocimiento al que la propia universidad no puede acceder. Con frecuencia, la universidad accede a conocimientos que todo el mundo interesado en sus prácticas y usos comerciales ya conoce en muchos casos antes que la propia universidad. Entonces, ¿qué hacemos en la universidad?

¿Qué hacemos? Lo que nos mandan quienes tienen el poder y el conocimiento que nosotros no tenemos. Nosotros no investigamos: nosotros obedecemos. Y quien me diga lo contrario, que se pregunte de dónde le viene el dinero que hace posible nuestro trabajo y su investigación. Y qué está obligado a hacer para disponer de esos fondos. La universidad no elige lo que investiga, sino lo que le imponen para investigar. ¿Quiénes? El mercado y los Estados, es decir, la globalización.

El que trabaja obedece, porque el trabajo es la forma más sofisticada de obediencia. Trabajar consiste en cobrar por ser sumiso. Y, a la vez, productivo.

Las ciencias nunca se han desarrollado de forma independiente ni autónoma. Siempre dependen de condiciones geográficas, históricas, políticas y económicas, también religiosas e ideológicas. Suponer que las ciencias y el conocimiento son desarrollos inocentes e independientes del resto de instituciones, ideologías y formas de pensar es ignorar la realidad. Quien crea que hoy los científicos disponen de más libertad que en los tiempos de Galileo debería andarse con cuidado.

La cuestión se vuelve más punzante cuando uno advierte que los saberes decisivos para el poder y el desarrollo histórico no siempre han circulado por las aulas. Más bien al contrario: han viajado por canales discretos, a veces secretos, redes opacas, círculos donde el conocimiento no se enseña, sino que se administra, se reserva o se gestiona de forma privada.

Sin embargo, el conocimiento no es una propiedad privada. ¿Se pretende que lo sea? Difundir el saber implica, ante todo, rechazar su privatización. No hay medias tintas aquí. O el conocimiento se comparte, o la solidaridad humana se rompe. La privación de conocimiento es la negación de una vida compartida. La universidad es incompatible con una sociedad que privatiza el conocimiento, es decir, con un mundo intencionalmente insolidario. La ciencia, como la universidad, no puede tener secretos.


Jesús G. Maestro
Faro de Vigo, 3 de mayo de 2026.



 



La universidad en la penumbra

 





¿Pueden las universidades administrar conocimientos secretos, privados, limitados solamente a una parte de la población? La pregunta no es ninguna tontería, porque exige una respuesta para salir de una encrucijada política, cultural y, si se quiere, moral: ¿universidades abiertas o cerradas a las posibilidades económicas de la población?

Una universidad que privatiza el conocimiento o lo encarece por encima de las posibilidades de la mayoría funciona como una sociedad excluyente, basada en un saber que se administra como privilegio. Unos pocos lo poseen, lo usan y lo gestionan. El resto queda fuera.

En ese modelo, el acceso al conocimiento no depende exclusivamente del mérito, el esfuerzo o la inteligencia, sino de otros recursos, con frecuencia financieros o políticos. Depende de la cooptación, es decir, de quién decide quién entra o no en el círculo de los elegidos. Es una forma extrema de endogamia mercantil y política. Y esa sociedad o «minoría selecta», por usar la expresión de Ortega y Gasset, decide según criterios que no siempre tienen que ver con la ciencia ni con la razón, sino con la adhesión, la afinidad o, en el peor de los casos, la obediencia y sumisión.

Imaginen por un momento que para ejercer una profesión no bastara con acreditar conocimientos, sino que se exigiera profesar determinadas ideas y comprometerse a no compartir lo aprendido salvo con los miembros del mismo grupo. El disparate resulta evidente. Y, sin embargo, ese es el mecanismo que define a las sociedades cerradas: saber restringido, acceso vigilado y difusión controlada.

Frente a ese modelo, la universidad nace con una vocación radicalmente distinta: universalizar el conocimiento. Hacerlo accesible, transmisible, compartido. «Católico», en su sentido etimológico: universal. No como dogma religioso, sino como práctica intelectual. Enseñar sin reservas, difundir sin filtros, abrir sin condiciones.

Sin embargo, todo esto ha cambiado en las dos últimas décadas de manera vertiginosa. En pleno siglo XXI, la universidad parece haber olvidado su propia definición y tradición. Se ha «desuniversalizado», si se permite la paradoja. Y una universidad que transmite saberes no universalizables empieza a parecerse peligrosamente a «otra cosa». No a una institución renovada y abierta, sino a una criatura transformada en una sociedad esotérica, endogámica y privilegiada.

El resultado es una corporación muy ilustrada: «todo para el pueblo, pero sin el pueblo». El imperativo del despotismo es hoy la máxima o lema de la democracia. Se gobierna en nombre de la mayoría, pero sin contar con ella. Se decide por los demás, pero sin ellos. Y lo que es más grave: se piensa o actúa en su nombre. El ser humano vota y, tras votar, se hace invisible a efectos de decidir nada más allá del día de las urnas.

La historia ofrece ejemplos inquietantes. Desde el momento en que determinados conocimientos comenzaron a ponerse al servicio exclusivo del poder, se legitimó el desarrollo de redes discretas, incluso secretas, que los gestionaban sin compartirlos. A partir de ahí, se consolidó una tradición: minorías que administran saberes decisivos mientras la mayoría permanece al margen. Esta idea es muy atractiva a la «selección natural» darwiniana y a un elitismo que es muy bonito cuando uno forma parte de los elegidos.

Tal impulso encontró un desarrollo especialmente intenso en la Ilustración, que es el modelo por excelencia de nuestros intelectuales de hoy. Sí, la misma Ilustración que proclamaba el «atrévete a saber» niega ese saber a quienes no pueden pagárselo.

Junto a ese ideal convive otro menos luminoso: el de las élites que seleccionan, distribuyen y controlan el conocimiento y la libertad. No siempre por mérito, sino por pertenencia, adhesión y sumisión, de tal modo que la capacidad es lo de menos y el acceso, determinado por quienes ya están dentro, es determinante.

Cuando un grupo monopoliza los conocimientos relevantes —científicos, técnicos, culturales— y los comparte sólo entre sus miembros, la sociedad pierde toda experiencia compartida. Unos avanzan a gran velocidad; otros permanecen inmóviles. Unos viajan en primera clase, otros se quedan aislados para siempre en una isla desierta. Y esa desigualdad no es sólo económica: es, sobre todo, intelectual, científica y política. Sin conocimiento compartido no hay libertad política.

El efecto es devastador. La mayor parte de la sociedad queda relegada a una especie de «caverna» conceptual, ajena a los saberes que determinan su propio destino. Lo paradójico es que esta situación se defiende, en ocasiones, con notable éxito. Se ha presentado como orden, estabilidad, e incluso progreso.

Pero no lo es. Una sociedad que no comparte el conocimiento disponible se condena a sí misma a una forma de tercer mundo semántico. Porque el saber que no circula no prospera. El conocimiento que no se transmite se muere. El precio de la autonomía es la esterilidad.

Por eso la universidad no puede permitirse el lujo de jugar a ser un club privado. Su razón de ser es exactamente la contraria: abrir, difundir, universalizar. Los saberes que imparte deben ser accesibles, comunicables y, en la medida de lo posible, disponibles para todos. No es una concesión, sino un servicio público.

Además, ese conocimiento debe tener un fundamento humano, verificable y compartible. No puede sostenerse en secretos ni en revelaciones reservadas, porque el saber que se oculta deja de ser útil y empieza a parecerse peligrosamente a la mentira.

Si alguien dispone de información decisiva —por ejemplo, sobre riesgos que afectan a otros (pensemos en la última pandemia)— y decide no compartirla, no sólo actúa de forma irresponsable, sino que provoca un daño de consecuencias impredecibles. El conocimiento no es neutral ni benigno, ni tampoco útil, cuando se privatiza.

Una universidad que no comparte el saber y la ciencia niega la libertad y traiciona su propia esencia. Ninguna universidad puede vivir en la penumbra.


Jesús G. Maestro



Una carta de amor a la literatura. Que nadie olvide tu nombre

 




Este libro se dirige a lectores que se toman en serio la literatura y su lugar en la vida humana actual. La literatura constituye una forma de inteligencia y conocimiento que defiende la libertad frente a la degradación cultural, la ignorancia de los sistemas educativos y la censura de los nuevos totalitarismos.

El ensayo examina obras y autores decisivos —de Quevedo a García Márquez, de La Regenta a Crimen y castigo— y muestra cómo la creación literaria identifica los excesos del irracionalismo, examina la psicología humana y pone a prueba los límites de las formas políticas. La democracia entra en este análisis sin privilegios ni paliativos.

Se exponen conceptos propios y originales, como los de «arquea literaria» y «neotenia cultural», para desmitificar una sociedad que prolonga su inmadurez intelectual y emocional, pierde capacidad de juicio y debilita su relación con la realidad hasta hacerse incompatible con ella.

Aquí la literatura interroga la historia, exige conocimientos científicos y desmitifica consignas y filosofías. El libro plantea una cuestión crucial: ¿qué ocurre cuando la democracia se divorcia de la razón e ignora la libertad? 

No es que la realidad no sea lo que parece, es que se nos hace creer que la realidad es una mentira, cuando la mentira es la forma que el siglo XXI tiene de hablar de la realidad. La verdadera literatura siempre ha permitido, mejor de lo que hacen las filosofías, las religiones y las ideologías, separar la realidad del engaño.



El negocio de la educación privada y la crisis de la universidad pública

 




La educación superior en España vive una transformación profunda y tal vez irreversible. Mientras el número de universidades públicas sigue estancado desde hace décadas, y no pasa apenas de cincuenta, las privadas se han multiplicado y ya gestionan una cantidad muy importante de estudiantes de educación superior, especialmente en másteres y formación profesional.

Este crecimiento no se debe a un aumento de alumnos ni de población. Las causas son otras, más funcionales y también más mercantiles: el sistema público apenas se regenera ni logra atraer a nuevos estudiantes. Hay, al menos por ahora, una relativa facilidad administrativa para crear centros privados de enseñanza y, sobre todo, se mantiene una fuerte demanda de titulaciones orientadas directamente al empleo y a la empresa.

Al mismo tiempo, la educación se ha convertido en un gran territorio económico donde Estado y mercado disputan de forma abierta y desigual. Y por ahora va ganando el mercado.

Fondos de inversión internacionales compran universidades y empresas educativas porque el negocio ofrece algo muy difícil de encontrar en otros sectores: ingresos estables y rentabilidades bastante seguras. La enseñanza superior ha dejado de ser solamente una institución cultural para convertirse también en un producto económico global.

El resultado introduce cambios decisivos. La universidad deja de ser exclusivamente una institución académica y un servicio público, y comienza a funcionar como una industria internacional de negocios educativos y profesionales. En ese contexto, el estudiante pasa a ser cliente y las titulaciones se diseñan cada vez más según la lógica de la demanda laboral.

El contraste con el viejo ideal universitario es evidente. Durante siglos, la universidad fue un espacio dedicado al cultivo del conocimiento, relativamente protegido de las presiones inmediatas de la economía. Hoy, sin embargo, el mercado irrumpe en el corazón mismo de la institución universitaria y empodera sus prioridades.

El auge de la universidad privada confirma esta transformación. En los últimos años, su crecimiento ha sido tan intenso que amenaza con alterar profundamente el equilibrio del sistema. Este pulso entre universidad pública y privada se vuelve cada vez menos armonioso: las privadas avanzan con rapidez y ocupan espacios que la pública parece abandonar.

Las privadas cuentan, además, con un aliado poderoso: el mercado. El mercado discurre por caminos que la universidad pública no conoce, o que no recorre con la agilidad suficiente como para competir con eficacia. Mientras la institución pública permanece sujeta a una compleja red de procedimientos, controles y burocracias, las privadas actúan con mayor flexibilidad y velocidad.

La prensa se hace eco periódicamente de este fenómeno. Reportajes recientes han descrito con detalle el crecimiento del sector educativo privado en España, convertido ya en un negocio de decenas de miles de millones de euros anuales. Universidades, escuelas de negocio y centros de formación profesional se integran en grupos empresariales cada vez más potentes, a menudo respaldados por grandes fondos internacionales.

Muchos profesores de la universidad pública observan con preocupación este proceso. No sólo porque la privada crece industrialmente, nunca mejor dicho, sino porque la propia universidad pública parece debilitarse desde dentro día tras día. Las condiciones laborales han cambiado notablemente: los contratos de muchos jóvenes docentes son hoy mucho más precarios que los que se ofrecían hace tres décadas. Y la promoción del profesorado es demencial.

Paralelamente, algunas universidades privadas comienzan a ofertar contratos competitivos a determinados perfiles profesionales. Y mientras la pública se encuentra atrapada en procedimientos administrativos cada vez más rígidos y absurdos, la privada dispone de mayor margen para negociar condiciones, diseñar contenidos y atraer a personas con mejores ideas.

La paradoja es evidente. La universidad pública posee ventajas institucionales que deberían reforzar su posición, pero no siempre logran satisfacer al profesorado más competente. Con frecuencia, esas ventajas acaban protegiendo inercias o mediocridades antes que estimular la excelencia. Supeditar el éxito de un proyecto universitario al nivel del profesorado menos exigente es, sin duda, una de las peores estrategias posibles.

La discusión sobre las notas de corte ofrece un ejemplo revelador. Se critica con frecuencia que las universidades privadas no exigen los mismos requisitos de acceso que las públicas. Pero conviene recordar también que muchos expedientes académicos procedentes del bachillerato o de las pruebas de acceso presentan inflaciones notables: el título certificado no siempre se corresponde con los conocimientos reales de quien lo posee.

Así, la tensión entre universidad pública y privada no puede reducirse a una simple oposición moral entre lo público y lo mercantil. El problema es más complejo. Las universidades privadas se benefician de la demanda social de titulaciones útiles y rápidas; las públicas, en cambio, parecen debatirse entre la defensa de su tradición académica y la incapacidad de reformarse con eficacia.

Por eso la pregunta final resulta inevitable. ¿Quiere realmente la universidad pública competir con la privada o se limita a cederle el terreno poco a poco? A veces da la impresión de que la frontera entre ambas no es tan nítida como parece. Y que, en determinados momentos, la universidad pública no combate el avance de la privada, sino que lo acompaña silenciosamente.

Tal vez ahí resida el verdadero problema. Porque una universidad pública que renuncia a defender con firmeza su propia razón de ser acaba convirtiéndose, sin darse cuenta, en la antesala de su propia irrelevancia. Y cuando eso ocurre, el mercado no encuentra resistencia: simplemente ocupa el espacio vacío.

Muchos profesores tenemos cada día la convicción irreversible de que no importamos a la universidad pública. Y no queremos ser una comparsa de la privada.


Jesús G. Maestro






Fronteras invisibles: La nueva desigualdad en la era de la globalización

 




Un ensayo sobre mercado,
decadencia política y miseria globalizada


La imagen de la cubierta de este libro es obra de la inteligencia artificial y refleja lo que hay: la herencia que los búmeres han dejado a una generación milenarista. 

Un mundo en ruinas, una democracia sin futuro, un mercado depredador y una inmadurez desde la que el joven adulto no se explica el fracaso de las ilusiones infantiles, simbolizadas en un globo tan erecto como quebrado.

Es la realidad de la posdemocracia y su paisaje: la globalización de la anglosfera, el último estadio de la Ilustración y de su racionalismo nihilista y mercantil.



La felicidad consiste en vivir sin echarla de menos, es un invento del mercado





💥 «La felicidad consiste en vivir sin echarla de menos, es un invento del mercado»


💥 «¿Cómo puedes prometer la felicidad a una población que no tiene ni dónde vivir?»


💥 «No es posible educar a los niños para ser felices. Hay que educarlos para ser libres. No se puede anteponer la felicidad a la libertad».


💥 «Nuestra democracia ha reemplazado la libertad por la felicidad».




Faro de Vigo, 2 de enero de 2026.



Diálogo con un narcisista

 


Diálogo entre Francisco de Quevedo y un narcisista del siglo XXI ―Quevedo, consejero de psiquiatras y psicólogos―:

 

―De mi gusto dependen todos.

―Si dependen de tu gusto, todos son ruines. El hombre racional no ha de depender del gusto ajeno, sino de la razón propia. […]. Tú y el demonio gastáis un mismo lenguaje. ¿Quieres ver lo que está en tu mano? Pues mira que aun tú no estás en ti. Pregúntale a tu alma las virtudes que le faltan, y a tu cuerpo las miserias que le sobran, y a tu vida los cuidados que la consumen, y a tu conciencia los verdugos que la atormentan; pregunta a tus acciones por tu juicio, y verás que no hay alguna que te pueda dar nuevas dél*.

 

Que es lo mismo que hablar, en el siglo XVII como en el XXI, de El fracaso de la felicidad.





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NOTA

[*] Francisco de Quevedo, Desconsuelos de los dichosos para que reconozcan los peligros de serlo y puedan prevenirlos [1633], Madrid, Iberoamericana · Vervuert, 2026, p. 237. Edición e introducción de Antonio Azaustre Galiana y José Manuel Rico García.



El fracaso de la felicidad





Jesús G. Maestro

El fracaso de la felicidad. 

Yo no vendo humo y usted no debería creer todo lo que lee

HarperCollins

ISBN: 978-84-1064-492-2

 

 

  • Nos han educado para sentir, no para pensar.
  • Nos han domesticado para ser felices, no para ser libres.
  • Pero, ¿qué queda de la prometida felicidad cuando tienes que vivir en la realidad?
  • ¿Qué harás tú cuando la realidad destruya tus sueños?
  • Sólo los tontos son felices sin libertad, porque explicar el fracaso de la felicidad es denunciar el fracaso de la libertad.

 

Este libro no es un consolador, sino un dispositivo para pensar de forma diferente y original. No alivia: analiza. Es una ortiga en tu cerebro. No predica resiliencias ni dopajes afectivos. Su método es el bisturí y su marco la dialéctica. ¿El objetivo? La demolición de la felicidad como timo y como instrumento del totalitarismo emocional contemporáneo. De la felicidad y de todo lo que la precede y consensúa. Lo que aquí te contamos no te lo cuentan otros autores.

¿Es la felicidad el destino final del ser humano o la mentira mejor contada de nuestro tiempo?

En un mundo donde la felicidad es un producto más y los dioses son sustituidos por algoritmos, este libro desmonta muchos de los mitos que nos han vendido, como la farsa de que el trabajo nos hará libres, la ilusión de que consumir sube nuestra autoestima o la mentira de que un like es un refugio contra la soledad.

Provocador y ácido, Jesús G. Maestro,  un catedrático de universidad que ha hecho de la literatura un arma de interpretación masiva, capaz de desmontar dogmas con ironía y lucidez, explora en El fracaso de la felicidad los entramados de la cultura contemporánea y lanza una rebelión a través de la honestidad intelectual y el pensamiento crítico.

Una obra destinada a quienes rechazan respuestas fáciles, prefieren enfrentar incómodas verdades y desean redescubrir la libertad más allá de las promesas vacías de una felicidad prefabricada.