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Amigos y enemigos del comercio

 



Si la democracia cuenta hoy con el apoyo de los amigos del comercio, no es porque el gran capital sea demócrata, sino porque la democracia les ofrece más consumidores que otro sistema político. Por el momento. 

Es una cuestión de cantidad. El día en que un totalitarismo les ofrezca más consumidores que la democracia, los amigos del comercio apoyarán a ese ―o a cualquier otro― totalitarismo. No es una cuestión de principios, sino de consecuencias. El mercado quiere consumidores, no demócratas. Y la consecuencia es el dinero, no la democracia, ni mucho menos los principios. 

Hoy, la mayoría de los consumidores quieren ser demócratas. Bien. A los amigos del comercio les parece bien. 

Cuando la mayoría de los consumidores se identifiquen con un totalitarismo, y sean mayoritariamente partidarios de un régimen totalitario, a los amigos del comercio les parecerá igual de bien. 

Los amigos del comercio no tienen prejuicios, a diferencia de la gente que los odia o los detesta, a la vez que los persigue y alimenta. Los amigos del comercio no tienen prejuicios ni ideología: tienen dinero. La ideología, como los prejuicios, se diseñan para ti. Para tu dieta y tu consumo habituales. Y para que te comportes como es debido, jugando a cambiar el mundo y todas esas cosillas.

Además de tener dinero, los amigos del comercio acostumbran a razonar mucho más y mejor que tú. Disponen de un racionalismo que con excesiva y arriesgada frecuencia sus enemigos ignoran.

La mayoría siempre gana. La razón viene, vuelve y se transforma después, una y otra vez, y se adapta, fácilmente, a lo que haga falta. Para eso están la prensa y la publicidad, el Derecho, las leyes, la filosofía, la religión y la política. La ciencia está mejor entre bastidores, circulando como un secreto más o menos bien guardado. La literatura... La literatura es mejor que se llame «escritura creativa», y que sea, como en los Estados Unidos de hoy, uno de esos ―naturalmente comerciales― géneros de autoayuda y autoengaño. Y todos contentos, es decir, felices. Es mejor que el Quijote siga siendo un libro incomprensible para los idealistas.

Los amigos del comercio no son idealistas. Idealista es el que ignora cómo funciona la realidad. 


Jesús G. Maestro



Amigos y enemigos del comercio
ante el fracaso de la democracia en el siglo XXI



Literatura y desengaño: Racionalismo barroco frente a idealismo ilustrado

  



En esta intervención se contraponen dos formas de racionalismo: el barroco español, entendido como un racionalismo materialista y crítico, y la Ilustración, interpretada como un racionalismo idealista, elitista y programático[1]. 

Según este planteamiento, la Ilustración reduce la literatura a un instrumento de adoctrinamiento moral y político al servicio de las élites, concibe la razón como patrimonio exclusivo de minorías ilustradas y transforma la creación literaria en una preceptiva rígida y normativa. Frente a ello, el Barroco —encarnado sobre todo en Cervantes, Quevedo, Gracián o Calderón— desarrolla una literatura de desengaño, no como pesimismo propio de las emociones de la impotencia, sino como conocimiento racional de la realidad efectiva: una realidad intervenida por el conflicto, las pasiones, la violencia, la hipocresía y los límites de la acción humana. 

El Quijote se alza así como la más poderosa crítica de las ficciones idealistas incompatibles con el mundo real, mientras que Quevedo representa la demolición satírica de ilusiones humanas, políticas y morales. 

La conferencia sostiene además que gran parte de la cultura contemporánea, en particular las élites intelectuales de la generación de los búmeres, prosigue enrocada en el idealismo ilustrado mediante utopías morales, pedagogías redentoras y discursos de una cursilería sentimental, de modo tal que pretenden imponer deseos tan subjetivos como anacrónicos sobre la realidad material del siglo XXI. 

Frente a ello, una literatura verdaderamente crítica debería ejercer la función de reintroducir en nuestro tiempo el desengaño racionalista, y destruir mitologías inútiles e ideologías fracasadas, así como mostrar la complejidad efectiva que les toca vivir a los más jóvenes, esa generación cervantina de chavales nacidos en el siglo XXI. 

La tesis final sostiene que el Barroco es más racional que la Ilustración precisamente porque no idealiza al ser humano ni confunde deseos absurdos con realidad efectiva, sino que exige ajustar el pensamiento a las condiciones materiales de la vida real, histórica y política.


1. ¿Qué concepto de literatura tiene la Ilustración?

El racionalismo de la Ilustración es incompatible con el racionalismo de la literatura. Por sorprendente que parezca, la Ilustración tiene un concepto de literatura por completo plano e inoperante, reducido esencialmente a adoctrinamiento moral.

Si examinamos el pensamiento literario de los ilustrados desde el punto de vista de las exigencias de la literatura, según su tradición hispanogrecolatina y los planteamientos metodológicos de la Crítica de la razón literaria, y no desde las exigencias de las filosofías ilustradas, estas serían las ideas principales y su respectiva interpretación crítica y dialéctica.

1. La Ilustración tiene un concepto de razón totalmente elitista, al servicio de la ética del poder político y minoritario, exclusivo y excluyente, que monopoliza la literatura como algo gestionado y producido por las élites, no por el pueblo, el cual queda reducido a consumidor acrítico, nunca a productor selecto. Ni siquiera a intérprete con validez y capacidades propias.

2. Asimismo, los ilustrados se arrogan de forma específica las facultades críticas e interpretativas de los hechos literarios, sin reconocer en el pueblo llano ninguna posibilidad al respecto. El poder intelectual y político estima que el pueblo, por sí mismo, es incapaz de comprender cualquier obra literaria, por lo que es necesario traducírsela a un lenguaje capaz de ser asumido por las deficientes facultades de la plebe. Esta tendencia persiste hasta hoy, y se manifiesta en el hecho de hacer creer a la gente común y corriente que es incapaz de leer el Quijote de Cervantes, y que por ello mismo necesita la mediación de las élites, a través de ediciones críticas, troceadas, fragmentadas, saturadas de notas apabullantes y obtusas o incluso traducidas a un supuesto «español actual», comprensible por su presunta facilidad, dado que el pueblo sería incapaz de leer directamente a Cervantes tal como los académicos sí son —supuestamente— capaces de hacerlo.

3. Pese a sus apariencias publicistas, la Ilustración concibe la ciencia como algo en lo que debe intervenir la filosofía, la religión —bajo el simulacro de la secularización— y la ideología política. La presunta independencia o autonomía ilustrada de las ciencias es una farsa más del discurso de los iluminados, como también lo es la idea de una secularización de la cultura o de un laicismo educativo. Nadie más religioso y pietista que Kant para preservar, en nombre de la Ilustración prusiana, idealista y fabulosa, una metafísica teológica frente al concepto mecanicista del mundo debido a la física de Newton. La Ilustración impuso un fundamentalismo científico que llega hasta nuestros días, donde la ciencia reemplaza dogmáticamente el papel que el monoteísmo del Antiguo Régimen reservaba a Dios. Hoy no se dice que el Dios de Lutero, protestante y reformado, nos niegue la libertad, en nombre del determinismo providencialista: hoy se niega la libertad en nombre de la mecánica cuántica, por ejemplo.

4. A diferencia del Barroco, la Ilustración es un movimiento con pretensiones globalistas que niega la dialéctica y toda forma de oposición, al fagocitarla desde una falsa combinación sintética, muy al estilo hegeliano, en virtud de la cual todo se armoniza. Las contradicciones insolubles, es decir, no armonizables, simplemente se descalifican en nombre de un supremacismo moral, cuya fórmula es muy simple: el adversario está moralmente equivocado. De este modo, el enemigo queda convertido en una errata biológica y ética que debe ser desautorizada por las buenas, en nombre de lo políticamente correcto, o incluso, por las malas, tal como planificó el nazismo, exterminada.

5. En consecuencia, el concepto que tiene de la realidad la Ilustración, es decir, la ontología ilustrada, es totalmente monista: todo depende de una potestad superior, y esta potestad son las élites que gestionan el poder político en nombre de un orden moral trascendente y globalista, cuya figura suprema no es Dios, sino el Estado. Hoy el Estado queda reemplazado por una nueva divinidad omnipotente y autosatisfactoria de todo tipo de bienes y dichas: el mercado global y sin fronteras. Todo está relacionado y subordinado al poder mercantil, político y providencial de las élites, y oponerse a ello es incurrir en un comportamiento equivocado e incluso delictivo. Una errata moral y penal. El pueblo llano queda reducido a un conjunto de recursos absolutamente sometidos al despotismo elitista. Esto explica que la democracia fundacional de los Estados Unidos asumiera la esclavitud como un hecho absolutamente natural, necesario y legítimo. Y que el siglo XXI, tanto o más neoilustrado que el XVIII, imponga un concepto de trabajo cuyos imperativos estén por encima de la libertad individual y de cualesquiera otras satisfacciones, de modo que el lema «el trabajo os hará felices» es la base de un nuevo derecho mercantil globalista donde se disuelven todos los primitivos derechos laborales y civiles encarnados en los decadentes y anémicos Estados de nuestra actual centuria.

6. El concepto de literatura que se deriva de estos postulados se resume en un único término: preceptiva. Los ilustrados consideran que una obra es literaria si reproduce literalmente la preceptiva o ley dictada para promover el ideal de razón elitista, idealista y programática en que se basan todos los objetivos monistas y globales de la Ilustración. La poética literaria, como conjunto de procedimientos constitutivos de los materiales literarios, de raíz aristotélica e hispanogrecolatina, queda derogada en nombre de la preceptiva neoclásica, que se impone programáticamente como un código penal sobre la totalidad de los procesos de creación literaria y artística. La literatura queda convertida en el siglo XVIII en un kitsch neoclásico y cerrado, sin posibilidades de desarrollo original.

7. En este sentido, toda genealogía literaria queda reducida a una sola y única familia, la literatura programática o imperativa, del mismo modo que había postulado Platón en su patibularia República. El modelo de este nuevo linaje literario será el Emilio de Rousseau, el manual oficioso de la pedagogía posmoderno impuesta en el siglo XXI. La crítica se extirpa de este modo de todos los niveles educativos, hasta su proscripción, reemplazada por sentimientos irreflexivos e intocables. Asimismo, la literatura crítica o indicativa resulta totalmente derogada y subrogada por una literatura programática o imperativa, según los dictados de las ideologías ilustradas y elitistas. El pueblo sólo puede votar y leer lo que las élites deciden y publican. Así es como el acto de votar se convierte en un acto de obediencia: votar es obedecer, leer es obedecer y vivir es obedecer. La educación es obediencia y todo es obsecuencia y sumisión. La educación, que remite a saber conducirse en la vida, resulta sustituida por la pedagogía ilustrada, como forma de obediencia, de modo que ejercer la libertad es cumplir con las leyes. En realidad, cumplir la ley es obedecer, porque la libertad se ejerce siempre dando un paso más allá de lo que las leyes, sobre todo en educación, permiten hacer, decir y pensar.

8. Por su parte, los materiales literarios, es decir, la ontología de la literatura, queda igualmente reducida en manos de los ilustrados a dos términos, con sus respectivas operaciones: autor / lector, de modo que el autor legisla y el lector obedece, pero no interpreta. La Ilustración no reconoce en la interpretación de las obras literarias más libertad que la autorizada por el protestantismo luterano ante las Sagradas Escrituras: la libertad de conciencia. Lo que ocurre es que la libertad de conciencia no sale de la conciencia, es decir, vive en la cárcel del cerebro y no en los escenarios vitales y legales de la vida real. El hecho clave está en que la libertad de conciencia del intérprete es la negación de la libertad de la ciencia que exige la literatura para poder ser interpretada como es debido, y no como es querido por la subjetividad del individuo, el gremio o la ideología de turno.

9. Por esta razón, desde el punto de vista de la gnoseología de la literatura, es decir, de las posibilidades de estudiar científicamente la literatura, se impone la interdicción, la prohibición o, sin más, el descrédito. La Ilustración es responsable de negar toda posibilidad de estudiar científicamente la literatura, en particular, y el arte, en general, con la intención de reducirlos a puro entretenimiento y pasatiempo. Baumgarten deroga el uso del término poética y lo reemplaza por el de estética (del griego aisthésis o sensación), de modo tal que el arte queda reducido a sus efectos sensibles. La literatura concebida por la Ilustración y el idealismo alemán renuncia a lo inteligible para limitarse a lo sensible. El Romanticismo hará el resto. Los ilustrados son los primeros en disolver la literatura en cultura, primer paso para reemplazar los estudios literarios por estudios culturales, y en convertir esta idea de cultura, indefinida y vacua, en ideología social para gremializar a las masas. La cultura se erige así en ideología. La cultura es una invención ilustrada de pueblos que tomaron conciencia de una carencia esencial y admirable en otros pueblos históricos y vecinos: la literatura. Alemania comprueba durante la Ilustración y el Romanticismo el poder de la literatura griega, latina e hispana, lo que provoca una reacción de cultura —que no de literatura— nacionalista germana con el fin de contrarrestar un pasado inasequible a sus pretensiones supremacistas. Los idealistas alemanes tratan de reemplazar la figura de Homero hasta disolverla en una suerte de Volksgeist germano, sin el cual sea imposible interpretar el resto de literaturas del mundo. En este contexto, un visionario y senescente Goethe postula una suerte de Weltliteratur o «literatura mundial alemana», algo así como una literatura comparada según la cultura germana.

10. El pensamiento religioso protestante interviene de forma totalitaria, bajo los imperativos de la Ilustración, el concepto de ficción literaria, de tal modo que leerá la literatura como si fuera una verdad —peligrosa—, un hecho real y no una fábula imaginaria. El idealismo ilustrado concibe la ficción literaria como una amenaza, de igual forma que Platón. La misma Ilustración que proclama la independencia de la Iglesia interpreta la literatura desde los dogmas morales más fuertemente teológicos, ideológicos y filosóficos de la historia, de modo que se toma la ficción en serio y proscribe los hechos literarios que considera delictivos o inconvenientes a sus ideales. En el siglo XVIII ocurre exactamente lo mismo que hoy, en pleno siglo XXI. Todo dogmatismo moral se toma siempre la ficción en serio, como una amenaza real y efectiva, tan nociva como la risa, lo cómico o el sentido del humor.

11. Desde el punto de vista de los géneros literarios, la Ilustración impone teorías normativas y preceptivas incompatibles con la literatura, su historia y su realidad, desautoriza el teatro español de los Siglos de Oro, la dramaturgia shakesperiana e incluso cualquier forma de entender la vida que, en nombre de una libertad real, no comulgue con la libertad ideal que propugnan, fraudulentamente, imperativamente, interdictivamente, tanto la Ilustración como su hijo natural y resentido: el Romanticismo. La literatura que no coincide con las teorías normativas de los géneros literarios ilustrados no es literatura. Dicho de otro modo: si algo falla, la culpa la tiene la realidad, no la Ilustración. Esta es una de las tesis nucleares del idealismo.

12. Finalmente, la Literatura Comparada se convierte a lo largo de los siglos XVIII y XIX, de la mano del positivismo histórico, en un poderoso testimonio de supremacismo afrancesado, para dar lugar en el siglo XX a un comparatismo anglosajón, con base geográfica en los Estados Unidos, tras el triunfo aliado en 1945. Sin embargo, este comparatismo literario acaba por disolverse a comienzos del siglo XXI en un globalismo indefinido, en nombre de una posmodernidad que no reconoce fronteras, y por lo tanto tampoco diferencias, de modo que la literatura es cultura y todas las culturas son iguales, por lo cual no hay nada que comparar. La Literatura Comparada, de larga tradición en el mundo hispanogrecolatino —recuérdese el libro de Cristóbal del Villalón, Ingeniosa comparación entre lo antiguo y lo presente (Valladolid, 1539)—, nos permite recorrer en la Edad Contemporánea una etapa de tres siglos, bajo el supremacismo nacionalista ilustrado y romántico de Francia, Alemania —frustrado en dos guerras mundiales— y Estados Unidos para desembocar actualmente en un nihilismo literario, cuyo océano es un mercado global y laberíntico en el que la literatura queda reducida al consumo de Harry Potter o la poesía cancioneril de un Premio Nobel como Bob Dylan.

 

2. El desengaño no es pesimismo,
     sino conocimiento crítico de la realidad

El desengaño barroco no debe interpretarse como una actitud sentimental, melancólica o psicológica, sino como una forma de racionalismo materialista y preventivo del fracaso. El Barroco tampoco concibe el desengaño como una filosofía existencialista, cuyo fin resida en sí misma, sin otras consecuencias que la autocontemplación, el narcisismo de la derrota o el nihilismo moral del impotente. El desengaño aurisecular consiste en comprender que la realidad no está organizada según los deseos humanos, ni responde a ideales morales, religiosos o políticos concebidos subjetivamente. Hablamos de un desengaño frente a las ficciones engañosas y los ideales fraudulentos.

La literatura barroca española —Cervantes, Quevedo, Gracián, Calderón, sor Juana— constituye una de las expresiones más poderosas de este racionalismo del desengaño. No porque niegue la existencia de ideales, sino porque demuestra críticamente su impotencia frente a las condiciones efectivas de la realidad histórica, política y antropológica.

El Barroco no afirma que «el mundo es malo». Sostiene algo mucho más profundo: el mundo —uno de los enemigos de la razón, esto es, del alma— no está hecho para satisfacer las ilusiones personales, sino para traicionarlas. Los deseos engañan al ser humano y a su forma de interpretar la realidad, muy al contrario de lo que postula toda la obra ilusoria de Freud. El Barroco, en suma, nos previene exactamente de lo contrario que afirma y promueve esa ilustración idealista y fabulosa: la tiranía de las emociones subjetivas, de los ideales engañosos y de las apariencias fraudulentas.

El idealismo ilustrado, en oposición a la inteligencia y el racionalismo barrocos, considera que la razón humana puede reorganizar satisfactoriamente la sociedad conforme a proyectos ideales e ilimitados de progreso, igualdad, virtud, paz o felicidad universal. El Barroco desconfía de tales construcciones porque conoce la potencia irreductible de las pasiones humanas, la violencia, la necedad y el conflicto político interminable.

 

3. Cervantes y su literatura:
     el desengaño barroco como crítica de la ficción idealista

El Quijote constituye sin duda la obra clave para comprender esta oposición entre racionalismo barroco e idealismo ilustrado.

Don Quijote no enloquece simplemente por leer libros de caballerías: enloquece porque interpreta la realidad según modelos literarios idealistas incompatibles con ella. Modelos cuyo idealismo procede de los libros de caballerías. Esta novela muestra constantemente el choque entre construcción ideal y resistencia material o efectiva del mundo.

La genialidad de Cervantes no consiste en ridiculizar únicamente al personaje, sino a lo que el personaje representa: el idealismo que ignora la realidad. En consecuencia, el Quijote explicita una realidad que destruye ideales imposibles y que advierte al ser humano del riesgo que supone vivir de forma incompatible con la realidad y el mundo. El conflicto no se reduce a «locura frente a cordura», sino a la imposibilidad de hacer coexistir idealismos y utopías —en las que sin embargo sí confía la Ilustración— con estructuras históricas y hechos reales efectivos.

La literatura barroca, a diferencia de la ilustrada y romántica, no tiene como finalidad catequizar moral o ideológicamente al lector, sino representar de forma crítica las contradicciones de la experiencia humana ante la realidad de los hechos y no bajo el idealismo de programas o imperativos morales supremacistas.

El Quijote desmonta varios mitos, como el mito de la justicia universal, el mito del heroísmo moral y supremacista, el mito de la bondad natural, el mito de la armonía social, el mito de que la voluntad humana basta para transformar el mundo o para exigir y legitimar esa transformación deseada, el mito de que las élites son mejores que el pueblo y que por ello mismo han de gobernar al pueblo, en nombre de una ilustración política (despótica) o de una política ilustrada, esto es, de un despotismo ilustrado.

Si don Quijote fracasa, no es por malvado, sino por inocente o ignorante, en su caso, por idealista —ignorante del funcionamiento de la realidad—, si bien sus adversarios triunfan precisamente no por inteligentes, sino por astutos, maliciosos e incluso indecentes, como es el caso de los duques y otros de sus pervertidos burladores, nobles o villanos.

Sin embargo, Cervantes no responde a estos mitos solamente con el cinismo y la ironía. El desengaño cervantino conserva inteligencia, humor y dignidad ante las clases humildes, a las que previene de frustraciones manifiestas y falsarias ilusiones. Don Quijote fracasa materialmente, pero revela una grandeza humana muy superior a la vulgaridad de cuantos lo rodean, sean nobles o clérigos, humanistas o plebeyos.

 

4. Sobre el racionalismo político del Barroco

El Barroco español surge en un contexto de decadencia europea —no solamente española— y punto culminante, por paradójico que resulte, de la consumación histórica del imperio hispano, así como de guerras constantes, crisis económicas y fracasos religiosos en la Europa reformada, que dan lugar a una multiplicación descontrolada de sectas protestantes, cuya repercusión llega hasta nuestros días. Esta visión del siglo XVII no suele verse explicada en la propaganda académica, por lo común de hechura afrancesada y anglogermana, sin duda negrolegendaria. No es casual que el siglo de Quevedo desarrolle una visión especialmente crítica de la condición humana, a la que la Ilustración se sustrae sofisticadamente para evitar conflictos ante los que no tiene respuesta ni explicación.

Frente al optimismo antropológico propio del idealismo ilustrado, el Barroco nunca pierde de vista varias constataciones y atestaciones de la realidad más viva y palpitante, que conviene declarar, aunque sólo sea para advertírselas a muchos búmeres e intelectuales neoilustrados nacidos a mediados del siglo pasado. El pensamiento barroco sabe que 1) el ser humano es racional por naturaleza, pero eso no basta para controlar las consecuencias de la vida, porque la razón, siendo imprescindible, no es suficiente; 2) la sociedad no elimina ni supera los conflictos: convive con ellos; 3) el poder político jamás desaparece ni clausura el curso de la historia: se transforma constantemente porque la libertad humana, a merced de una diosa Fortuna cambiante, no permite ningún final o estatismo histórico; 4) la violencia es constitutiva de la historia y la política, a las que conforma, y no es posible idealizarla sin fracasar; 5) la religión no resuelve las contradicciones materiales humanas, las moraliza; y 6) la razón tiene límites operativos que no se resuelven metafísicamente, es decir, la razón antropológica es incompatible con cualquier irracionalismo teológico que niegue la libertad humana, dicho de otro modo, es incompatible con el protestantismo y sus desenlaces nihilistas.

Todos los autores del último Siglo de Oro español convierten el desengaño en un instrumento de supervivencia intelectual, personal y profesional. El hombre prudente no es el idealista ni el humanista que ignora la realidad, al modo de Erasmo, Montaigne o Tomás Moro, sino quien conoce las reglas efectivas y reales del poder, la ambición o la hipocresía social, al modo de Nicolás Maquiavelo, Francisco Suárez, Francisco de Vitoria, Francisco de Quevedo, Juan de Mariana o Diego de Saavedra Fajardo.

El Barroco desarrolla diferentes formas de explicitar, examinar y hasta conjurar los múltiples idealismos, incorporándolos a su propio racionalismo materialista y crítico a través de la sátira, la ironía, la alegoría, el perspectivismo y la desmitificación de las apariencias, entre otros innumerables recursos.

El mundo barroco no condena el idealismo porque niegue la verdad, sino porque sabe que la verdad nunca aparece de forma transparente en la vida política o social, sino bajo apariencias confusas, engañosas, laberínticas. Esas son las formas del idealismo de las que abjura el Barroco, precisamente las mismas que la Ilustración se apresura a entronizar e idolatrar, con unos resultados absolutamente decepcionantes, de los que disfrutamos grotescamente en la posmodernidad del siglo XXI.

 

5. Quevedo y la demolición de las ilusiones humanas

Francisco de Quevedo representa quizá la forma más extrema del desengaño barroco. En su literatura aparece constantemente una serie clave de tópicos o temas barrocos: la corrupción del cuerpo, la degradación del poder, la fugacidad del tiempo, la falsedad de la vida pública y social, la miseria moral de hombres y mujeres...

Sin embargo, reducir este código barroco a simple «pesimismo» es una trivialización escolar y neoténica. Quevedo no lamenta sentimental o emocionalmente la decadencia, sino que la diagnostica de forma crítica y también preventiva. Por otro lado, el autor del Buscón (1626) y de los Sueños (1627) no es un precedente del existencialismo europeo finisecular y del siglo XX, de Kierkegaard a Sartre, pasando por Heidegger, sino que es el artífice mismo del existencialismo, de genealogía senequista y cristiana, al secularizar materialmente en su literatura muchos de los planteamientos de la filosofía católica.

Su literatura destruye toda idealización de la vida y sus exigencias, porque entiende que el lenguaje político, religioso y moral suele funcionar como un mecanismo que oculta y manipula perversamente múltiples intereses latebrosos. Quevedo es todo lo contrario a la publicidad y propaganda posmodernas. Es la antítesis de Rousseau y la desmitificación de Kant, es el antídoto de la Ilustración y la solución a los problemas que plantean desesperados e impotentes escritores como Nietzsche, Freud o Heidegger.

El Barroco descubre, a través de la prosa y la lírica de Quevedo, una verdad decisiva y censurada por la Ilustración: las palabras pueden convertirse en instrumentos de mentira institucionalizada. De ahí la importancia de la agudeza conceptual, de la sátira y del ingenio como formas de desenmascaramiento de las falsas apariencias y de las censuras de un poder que, en nombre de una supuesta libertad ideal, destruye la verdadera libertad política de la vida humana.

El Barroco combate además algo que la Ilustración preservará y potenciará en las manos exclusivas y excluyentes de las élites: los saberes esotéricos. Me refiero a los conocimientos ocultos, limitados a un grupo o gremio dominante, saberes esotéricos (con S), y no universales o exotéricos (con X).

El hombre del Barroco exige que el conocimiento sea literalmente «católico», es decir, universal o exotérico, y no algo circunscrito a élites que disponen de saberes e instrucciones no compartidos con el pueblo. En este sentido, el Barroco es un movimiento efectivamente católico, no tanto en el sentido religioso, sino según una forma secular y no jerarquizada de plantear y exigir una universalización del conocimiento, sin límites estamentales ni restricciones históricas, geográficas o políticas.

España no priva de sus conocimientos y tecnologías a los habitantes de la geografía hispanoamericana, al contrario de lo que sí hará el protestantismo en los territorios ocupados de los actuales Estados Unidos y Canadá, desplazando y reduciendo a la población nativa en «reservas» y espacios no compartidos con la población invasora. La anglosfera, obsesionada mordazmente por una idea fabulosa y mítica de pureza que cree poder preservar histórica y genéticamente, no se mezcla con lo ajeno: lo esclaviza.

Darwin es un resultado del protestantismo antes que un enemigo del creacionismo. Fíjense en el título completo de su obra: Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida (1859). La neoilustración intelectual posterior a la Segunda Guerra Mundial evitó siempre citar el título completo de este libro, porque su segunda parte resultaba muy inconveniente: «Las razas favorecidas en la lucha…». El concepto de libertad de Darwin es puramente genitivo: la libertad del más fuerte. Un concepto de libertad incompatible con el pensamiento de Cervantes. Y con la libertad del Barroco, más solidaria que la exigida por la Ilustración. Y acaso por ello mismo más difamada.

 

6. La Ilustración y el nacimiento del idealismo moderno

El idealismo es fruto de la Ilustración, no del Romanticismo, su hijo más resentido y consentido. La Ilustración es responsable de haber inoculado en las élites políticas una confianza ciega en un sistema de errores y prejuicios que, en pleno siglo XXI, ha cobrado fuerza nueva, hasta promover una peligrosa huida hacia adelante, capaz de precipitar a nuestra civilización en un abismo de nihilismo y agotamiento definitivos.

Estos prejuicios e ideales son, entre otros, los siguientes: exaltación del progreso como ideal histórico y pérdida de toda consciencia de las consecuencias regresivas o involucionistas de sus propios dogmas e imperativos visionarios, de modo que en nombre de un concepto alucinatorio de progreso todo está permitido; idolatría de la democracia ilustrada como fin de la historia; convicción de que la educación universal de las élites debe estar por encima de la educación del pueblo, lo que patenta la legitimidad de las minorías selectas, en términos de Ortega, o de las «minorías» —sin más, pues toda minoría sería «selecta» por naturaleza— contra cualesquiera mayorías, de las que las élites nunca formarían parte; la gestión de la política para el pueblo, pero sin el pueblo (fórmula inconcusa del despotismo ilustrado); imposición de reformas sociales al pueblo, pero sin contar con el parecer del pueblo, aunque el pueblo no necesite ninguna reforma, pues las élites deciden por él, al tratarse de una democracia en la que el krátos y el démos conviven separadamente; idealización subyugante de una moral humanitaria en términos elitistas y supremacistas, que todos deben cumplir por encima de su voluntad personal; la religión como ética del poder para las élites y al servicio de los intereses de las élites, nunca del pueblo ni para el pueblo, de modo que el sentimiento religioso verdadero es elitista, no popular; cultivo de la fe en los negocios como trasunto de Dios y exaltación del amor al dinero, no al prójimo; negación de la libertad del otro —sobre todo si es «diferente»— y afirmación del éxito propio, basado de forma exclusiva en la prosperidad económica; idealización del trabajo, el dinero y el liderazgo supremacista… La lista puede resultar interminable, sobre todo si apelamos a los procedimientos ideales —y materializables— de control globalista de la población, planetariamente, en función de intereses políticos y mercantiles. La única libertad autorizada es la libertad del mercado, no la del ciudadano, reducido a un ente de consumo sólo visible numérica o estadísticamente.

Autores como Juan Jacobo Rousseau o Manolo Kant creen posible fundamentar racionalmente una moral universal y una reorganización progresiva y programática de la sociedad. El concepto totalitario de Estado hegeliano precipitará el idealismo político de semejantes programas, abriendo las puertas del «progreso» histórico al marxismo y el nazismo.

Desde una perspectiva crítica, con la Ilustración nace la bestia totalitaria del idealismo contemporáneo. De hecho, nuestra vida en el siglo XXI es resultado del totalitarismo de la Ilustración. La frontera que separa el idealismo del totalitarismo es invisible. Y como el totalitarismo, la Ilustración promueve la creencia en soluciones definitivas o «soluciones finales» (la democracia como fin de la historia, en palabras de Fukuyama), decreta la confianza dogmática y programática en la pedagogía, defiende la idea de un progreso moral irreversible y determinista y exige la subordinación de la realidad a construcciones teóricas y elitistas de un idealismo absoluto y global. El Barroco habría considerado estas ideas como hiperbólicas formas de ficción antropológica incompatibles con la realidad y con la vida humana inteligente.

Donde la Ilustración afirma que «la razón humana es una facultad de las élites a la que ni el pueblo ni la población extranjera —diferente y ajena a las propias élites— debe acceder, porque, por su naturaleza imperfecta, ni puede usar ni debe disponer de tal recurso», el Barroco advierte que «el ser humano es, sin excepciones, un animal político intervenido por idealismos engañosos (pasiones, violencia y deseo de poder) que es necesario identificar y evitar para sobrevivir de forma racional y civilizada». La Ilustración combate cualquier forma de poder alternativo a las élites, de modo que actúa legitimada para usar con toda la fuerza de su sofística el idealismo como instrumento de engaño y fracaso ajenos; el Barroco, por su parte, por una cuestión de principios, combate el idealismo destinado a engañar al ser humano. Las posiciones son irreconciliables e incompatibles. Hoy, sin embargo, vivimos en sociedades enamoradas del idealismo. Hoy vivimos en democracia.

 

7. La literatura moderna como conflicto
     entre idealismo y desengaño

En nuestro siglo XXI, el desengaño está prohibido. A la democracia le falta realmente muy poco para prohibir, por ley, la infelicidad. Si eres infeliz, eres mala persona. Este imperativo parece ser el lema de nuestro tiempo. El objetivo de la publicidad, como el de la propaganda, es hacerte creer que la realidad es lo que compras cuando te venden las apariencias. En política, se llama democracia o totalitarismo, según compres o vendas o a la inversa.

La «literatura» mercantilizada por la anglosfera desde mediados del siglo XX puede leerse y consumirse como prolongación de esta tensión entre idealismo y desengaño, con la finalidad de entronizar el idealismo y extirpar toda experiencia o consciencia de desengaño.

El Romanticismo se propone reafirmar el idealismo sentimental e individualista. Frete a él, el Realismo recuperará críticamente la herencia barroca, coadyuvado por un renacer del naturalismo, que Zola trata de monopolizar como si lo hubiera inventado él mismo, y nunca antes se hubiera escrito un Libro de Buen Amor o Libro del Arcipreste, un Gargantúa y Pantagruel, un Lazarillo de Tormes o un Quijote, por ejemplo. Flaubert, Dostoievski, Galdós, Leopoldo Alas, «Clarín», o el propio Zola reaccionan contra el delirio romántico y enfrentan de nuevo al ser humano con los fracasos de las promesas incumplidas de la Ilustración. Emma Bovary, Ana Ozores y muchos otros personajes galdosianos fracasan precisamente porque intentan vivir según ficciones incompatibles con la realidad humana y eviterna, intervenida especialmente por los prejuicios sociales y políticos instaurados por la Ilustración. La novela realista se convierte así en una gran maquinaria de desengaño, capaz de recuperar muchos de los valores del Siglo de Oro en medio de las crisis múltiples de la Edad Contemporánea.

La literatura verdaderamente crítica —o indicativa— no confirma las ilusiones ideológicas de su tiempo, ni de ningún otro, como sí hace la literatura programática o imperativa, sino que las destruye y desautoriza incluso científicamente.

Sin embargo, nuestro más inmediato presente impone un retorno masivo del idealismo, de la mano del cine, la pseudoliteratura de mercado —pues otra literatura ajena al comercio resulta invisible (en la universidad la literatura ha muerto hace años)—, aplaudida políticamente en premios y galardones institucionales, internet y redes sociales y lo que queda de las proyecciones y seriales televisivos, básicamente en canales de pago.

Uno de los aspectos más actuales de esta oposición entre idealismo neoilustrado y desengaño, silenciado o eclipsado este último por la propaganda democrática y globalista, consiste en observar cómo gran parte de la cultura contemporánea, reducida a ideología, ha abandonado el racionalismo crítico —de orden barroco y dialéctico— para regresar a formas intensas de idealismo —de naturaleza ilustrada, romántica y hasta metafísica, semilla que está en el resurgir de nuevas creencias y oleadas religiosas—.

Hoy proliferan, con intensidad creciente y acrítica, utopías sentimentales, emocionales e ideologías de todo tipo, incluidas las religiosas; moralismos supremacistas basados en la fuerza de la fe, que no de la razón; psicologización extrema de la política hasta en los aspectos más íntimos de la vida, desde los colores hasta los morfemas; imposición de pedagogías redentoras a las que no es posible oponerse públicamente sin convertirse en un chivo expiatorio de masas intimidadas por el horror a verse individualmente sacrificadas; discursos en los que el deseo subjetivo pretende imponerse a la realidad material de la vida como verdad indiscutible. La enumeración puede continuar hasta el día del juicio final. Desde una perspectiva barroca, muchas de estas construcciones se interpretarían únicamente como nuevas formas de ficción idealista y engañosa. Pero no vivimos en el Barroco ni bajo sus ideales, sino en los imperativos estertorosos de los ideales ilustrados y posrománticos.

La literatura crítica o indicativa tendría entonces, en una visión barroca de la vida, la función de volver a introducir el desengaño racional: recordar los límites de la acción humana, mostrar la persistencia de conflicto que el idealismo no resuelve, destruir mitologías ideológicas de origen elitista, representar materialmente la complejidad de la experiencia histórica y presente y recuperar el desengaño como forma superior de inteligencia literaria.

La gran lección del Barroco español no consiste en enrocarse en la desesperación ni en la impotencia, sino en explicitar una dialéctica racional frente a las ficciones ideológicas de tal modo que prevalezca el desengaño ante el error y de este modo el ser humano evite el fracaso de su persona y de la sociedad política a la que pertenece. El Barroco es una estrategia racionalista ante el fraude del idealismo.

El desengaño no destruye ni inhabilita la acción humana, sino las ilusiones infantiles o neoténicas que ciegan nuestra forma deficiente de ver el mundo y de enfrentarnos a la realidad. Por eso Cervantes sigue siendo el más moderno y actual de todos los escritores universales. Porque muestra que la dignidad del hombre no consiste en vivir engañado, sino en actuar libremente frente los límites, contradicciones y adversidades que impone la realidad.

La literatura crítica no tiene como objetivo sedar moralmente la impotencia humana, sino hacer inteligible el mundo para que individuos y sociedades sobrevivan haciéndose compatibles con la realidad y sus exigencias.

Acaso la verdadera diferencia entre Barroco e Ilustración pueda resumirse llanamente al advertir que la Ilustración confía en que la razón protestante mejora al hombre, en tanto que agente comercial, diríamos, mientras que el Barroco sospecha que el primer deber de la razón es desengañarse a sí misma sobre el hombre mismo, y no hacerle creer en ideales de ningún tipo, sean políticos, religiosos, económicos o incluso humanísticos y filosóficos. El desengaño es el referente preventivo y supremo del Barroco, como el engaño lo es de la Ilustración.

 

8. Conclusión

La conclusión no es que el Barroco sea menos racional que la Ilustración, sino justamente lo contrario: el Barroco español es mucho más racional porque parte de la experiencia efectiva de la realidad histórica, política y antropológica, mientras que gran parte del idealismo ilustrado construye modelos abstractos, idealistas, fabulosos y supremacistas, de hombre, sociedad y progreso. Las utopías de la Ilustración han sido las más mortíferas de la historia.

En suma, el racionalismo barroco es un racionalismo material y vivo, mientras que el tan celebrado racionalismo ilustrado deriva con frecuencia hacia construcciones idealistas y utópicas. El Barroco no confía en ficciones normativas basadas en cómo «debería» ser el mundo, sino que se enfrenta al mundo —al que considera un adversario o incluso enemigo de la vida humana— tal como realmente es y funciona. Se centra en la ontología, no en la psicología, es decir, en los hechos, no en los ideales. Cervantes, Quevedo o Gracián ofrecen, en esta interpretación de la realidad, una inteligencia crítica más poderosa que muchos discursos ilustrados posteriores. ¿Dónde está el Quijote de la Ilustración? Sólo hay un Quijote, y pertenece a los Siglos de Oro, no a la Ilustración ni al Romanticismo. ¿Acaso los ilustrados razonaron mejor que el autor de esta novela maestra de la literatura universal? ¿Acaso Tolkien razona mejor que Cervantes?

El núcleo de esta interpretación está en que el Barroco no idealiza al ser humano, no cree que la educación suprima el conflicto ni supone que la historia avance moralmente, no confunde deseos con realidades ni convierte la razón en una utopía de la ética de las élites. Y precisamente por eso el Barroco hispano fue mucho más racional que la Ilustración y el Romanticismo anglosajones, porque ajusta el pensamiento a la materia de la experiencia histórica y humana en lugar de entronizar una pretensión idealista y quimérica: creer que la mente de las élites puede hacer con la realidad —y con el pueblo— lo que quiera.

En Cervantes el racionalismo barroco es inequívoco. Don Quijote no fracasa por exceso o deficiencia de racionalidad, sino por interpretar materialmente el mundo mediante ficciones idealizadas incompatibles con la realidad. La novela entera constituye una crítica demoledora de la sustitución de la realidad por construcciones imaginarias. El Quijote es una obra literaria incompatible con la Ilustración y la el racionalismo ilustrado. Quevedo o Gracián llevan estos mismos planteamientos aún más lejos si cabe: la prudencia barroca consiste en conocer las reglas efectivas del mundo, no en predicar desde una posición elitista ideales abstractos sobre él.

De este modo, la oposición correcta no es Barroco = irracionalismo / Ilustración = racionalidad, sino más bien la inversa: Barroco = racionalismo crítico y materialista; Ilustración = racionalismo idealista, supremacista y engañoso. El Barroco conduce al desengaño y la Ilustración exige el engaño. Son dos polos opuestos e irreconciliables. Ahí está el eje efectivo y dialéctico del planteamiento.

Y concluyo con un ejemplo vivo y manifiesto. Piensen que Tolkien es resultado seductor del idealismo ilustrado y romántico. Cervantes, por su parte, es una demostración del racionalismo barroco y de su experiencia y prevención del desengaño. No es lo mismo ver la realidad con los ojos de Tolkien que con los de Cervantes. Ustedes eligen.


Jesús G. Maestro


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NOTA

[1] Conferencia pronunciada oral y telemáticamente para la Universidad de La Laguna, Tenerife, a instancias del Grupo de Investigación en Estudios Semióticos Aplicados (GIESA), Área de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, el 15 de mayo de 2026.


Filosofía, sofística y religión

 



La filosofía es aquella actividad humana que permite organizar los conocimientos que tienen aquellas personas que no tienen conocimientos científicos. 

Dicho de otro modo más ―o menos― sutil: filosofía es lo que practican quienes no disponen de conocimientos científicos. 

Sucedió en las Edades Antigua y Media, y también en la Edad Contemporánea. No así en la ―excepcional― Edad Moderna. 

¿Por qué hoy los científicos no son filósofos, ni los filósofos científicos? Tal vez porque la ciencia hace de la filosofía, como de la religión, algo innecesario. Y completamente prescindible. ¿Un reservorio de sofistas? Procede ser cauteloso, sin dejar de ser observador. 

Todos conocemos a muchas personas que, sin saber nada de filosofía, sin haberla estudiado ni cursado jamás, han organizado su vida muchísimo mejor de lo que han conseguido hacerlo artífices de grandes e históricos sistemas ―o asistemas― filosóficos. 

Junto al fundamentalismo científico también cabe hablar de un fundamentalismo religioso, y por supuesto de un fundamentalismo filosófico. Y político. Porque cada actividad humana tiene ―invisible a sus practicantes y cofrades― su propio fundamentalismo. 

No es casualidad que filosofía, sofística y religión hayan nacido y ―sobre todo― crecido, como hermanas nefelibatas, de la mano: siempre en busca del poder y su legitimación, del conocimiento y su administración, de la libertad y su organización… política, terrenal y humana. Jíbara. 

Toda religión tiene su Dios; toda filosofía, su Gran Hermano; toda sofística, su líder carismático, su caudillo o Führer furibundo. 

Platón y su descendencia… en la corte de los tiranos. Acaso un buen título para un libro que nunca escribió María Zambrano. Ni Hannah Arendt. Ni Simone de Beauvoir. Terrible imagen, Martin y Adolfo. Y no es menos casual que las tres ―filosofía, religión y sofística (dejemos ahora a María, Ana y Simona)―, nacidas de un afán por iluminarnos, revelarnos, explicarnos ―dando por supuesto que somos tontos― lo que tenemos delante, nos conduzcan casi siempre a la metafísica, a lo desconocido, a lo espiritual, a lo «interior», a lo «profundo», es decir, a lo que no tenemos delante, porque con frecuencia no existe, pero hay que inventarlo, porque el cebo (ideológico) es más atractivo que el anzuelo (desnudo). 

Gorgias, Platón y los profetas…, como dicen de sí mismos algunos olvidados rockandrolleros, «nunca mueren». Son ―como la democracia― formas perpetuas de seducción para engañar a las personas más inteligentes (me refiero ahora a Platón y cía., no exactamente a los rockeros…). Y también para seducir a las personas más insatisfechas. Y también ―y muy especialmente― a las más insaciables. De nuevo, Martin y Adolfo. 

Los simples no necesitan tanta seducción ni tanta inversión financiera. Les basta ―y atrae― cualquier totalitarismo. La democracia comienza a resultar uno de los más caros. Pese a ser uno de los más atractivos. Y posmodernos.


Jesús G. Maestro, Crítica de la razón literaria (V, 7), 2017 · 2022.


Ideología y literatura frente a filosofía y democracia






Ha de advertirse, sin embargo, que la filosofía se convierte con frecuencia en una actividad muy susceptible de actuar al servicio de todo tipo de ideologías. Incluso podríamos afirmar que la filosofía, en muchos momentos y usos, funciona como una forma excéntrica de ejercer la sofística, es decir, de prostituirse como tal al servicio de una u otra ideología. Sócrates no era menos sofista que Gorgias. Ni Platón menos manipulador ni maniobrero que cualquier otro de sus adversarios retóricos, presuntamente democráticos y libertinos. De hecho, todas las ideologías encuentran en algún momento dado de su trayectoria, genealogía o desenlace, el apoyo de uno o varios sistemas filosóficos. 

El ergotismo filosófico hormona la mente adolescente del filósofo[1] y alimenta el idealismo en que fertiliza toda ideología. El ergotista es a la filosofía lo que el rétor a la sofística. En cierto modo, cabe definir las ideologías como una forma aberrante de uso e interpretación de una filosofía preexistente. Desde esta perspectiva, toda ideología es una degeneración práctica y acrítica de un sistema filosófico. Lo que hace rentable la ideología, y por lo tanto también la deturpación de un pensamiento filosófico, es el poder que proporciona su ejercicio, fundamentalmente en el terreno político y económico. Es la razón de ser de la propaganda y la publicidad, sístole y diástole del periodismo. 

La verdad nunca ha sido rentable, ni política ni económicamente. La verdad es el consuelo de los impotentes. La verdad sólo interesa a los inútiles. Lo verdaderamente práctico es la mentira, la propaganda y el idealismo. Y no hay que olvidar que el sofista, el ideólogo y, con frecuencia también, el filósofo, son gentes que no consumen lo que venden: la mentira. Gestionan el mercado de la falacia, el idealismo y el error, pero no caen en él. Diseñan, como buenos ingenieros, el fracaso de los demás, sobre el cual ellos rentabilizan su éxito vital, profesional y político. Si algo saben los listos es que la energía y el trabajo de los tontos mueve el mundo. El combustible del capital es el dinero de los pobres.

Nótese que las democracias actuales han explotado al máximo los peores recursos de la ideología, sobre todo desde su formato posmoderno y anglosajón. La literatura del siglo XXI no se atreve ―todavía― a cuestionar la democracia. Pero no tardará en hacerlo. Los totalitarismos germinan como respuesta política a las crisis económicas que una democracia no es capaz de resolver. 

Lo más inquietante de nuestra situación actual, desde los comienzos del siglo XXI, es que hace años que las democracias no son capaces de generar riqueza económica. Algo así conduce a un siniestro callejón sin salida. La Historia demuestra que de los callejones sin salida las sociedades humanas sólo se «liberan» mediante revoluciones terribles y conflictos bélicos extremadamente violentos. China ha demostrado que su forma política de ejercer el totalitarismo es más rentable económicamente que la de los regímenes democráticos, que parecen haber perdido todos los criterios y poderes. 

El futuro, del que nada está excluido, resulta hoy mucho más inquietante para cualquiera de nosotros que hace décadas. Hemos sido educados en la idolatría de la democracia, pero esta situación puede cambiar en cualquier momento. Violentísimamente.


Jesús G. Maestro, Crítica de la razón literaria, 2017-2022.




NOTA

[1] Todo filósofo piensa siempre como un adolescente.



Ansiedad de idealismo científico

 


 

El idealismo científico no es posible sin la intervención fanática y extrema de las ideologías. Es un fenómeno que se manifiesta en la Historia de forma periódica, y deja como consecuencia una resaca de frustración, impotencia y resentimiento, cuya venganza, contras las ciencias, asumen inmediatamente la religión, la filosofía y la autoayuda ideológica más irascible. La ansiedad que provocó el positivismo decimonónico se saldó con el éxito de Nietzsche, Freud y Heidegger, entre otros gurús y hechiceros del más allá que profetizaban ―apocalípticos― en el más acá.

Cuanto más débil es psicológicamente el ser humano, más vulnerable es a caer en la red que tejen para él las religiones, las filosofías y las ideologías. Las personas fuertes no son susceptibles del mismo modo a estas formas retóricas de dominio y sumisión. En realidad, no suelen serlo apenas de ningún modo: las ignoran y desprecian. La religión condena a quien no la profesa, la filosofía minusvalora a quien no la aprecia y las ideologías declaran la guerra a quien no las secunda. Unas ofrecen salvación eterna, otras prometen una forma de vida superior y engreída, y las últimas aseguran derechos gremiales a quienes se unen a ellas. Son modos de incurrir en megalomanías, narcisismos y gregarismos. Son los tres géneros históricos del autoengaño colectivo: religión, filosofía e ideologías. Placebos de fortaleza exterior y gregaria que disimulan una superlativa debilidad psicológica individual e íntimamente inconfesable.

Algunas personas consideran, no sin razones, que hay algo peor que un Estado totalitario, y piensan en la República de Platón, en la Ciudad de Dios de Agustín de Hipona o en la utopía socialista de Carlos Marx. No nos olvidemos, tampoco, de la globalización trazada hoy por los «amigos del comercio». Todas ellas son las diferentes máscaras del mismo totalitarismo, en el que una y otra vez religiones, filosofías e ideologías se dan la mano de forma latebrosa y permanente.

Hoy las ideologías exigen a las ciencias ir contra natura. El comercio ha encontrado aquí un importante mercado. A diferencia de lo ocurrido en el siglo XIX, hoy el imperativo no es ir más allá de lo posible, sino en contra de lo necesario. Ésta es la preceptiva posmoderna: hacer creer que es factible científicamente invertir sin consecuencias el curso de la naturaleza. Foucault, lejos de resolver el problema, lo legitimó en una de sus formulaciones más fanáticas: el narcisismo de un ego sexualmente idealista y absoluto, con propio derecho a todo, incluido el derecho a alterar, en su individualista y exclusivo beneficio, el curso natural de la naturaleza, ignorando fabulosamente todas las consecuencias reales.

El ser humano es un diseño de la naturaleza, no un diseño de la ciencia. La interacción entre ciencia y naturaleza no puede llevarse gratuitamente a extremos que desemboquen en la destrucción de uno de ambos polos. La ingeniería de la naturaleza dispone que los seres humanos se complementen mutuamente en su anatomía, psicología y fisiología. Nótese que religiones, filosofías e ideologías siempre han nacido y crecido con la obsesión patológica de intervenir en las relaciones sexuales humanas de un modo obstinado e insaciable.

No hay religión, ni filosofía, ni ideología, que no haya tratado de pontificar cómo deben ser, imperativamente, las relaciones ―por supuesto sexuales― entre los seres humanos. Y lo han hecho siempre para dañarlo todo, es decir, para estropear y adulterar ―con sus creencias, ideas y prejuicios― la unidad que, al fin y al cabo, el macho y la hembra naturales y biológicos protagonizan en su desarrollo vital. Esta unidad que el macho y la hembra buscan, de forma natural, y por instinto humano esencial, es lo que hace posible la vida en la Tierra.

Una de las formas más sofisticadamente astutas y recurrentes de destruir la vida en la Tierra es intervenir en las relaciones sexuales de las especies ―sobre todo la especie humana― para dañarlas, estropearlas y malograrlas. Siempre en nombre de una religión, una filosofía o una ideología. Es difícil exterminar la vida, porque la biología se abre paso sobre todas las cosas, y, por supuesto, sobre los venenos de la religión, la filosofía y las ideologías, las cuales, hay que constatarlo, se transforman históricamente, una y otra vez, para seguir hastiando a todos y cada uno de nosotros,  es decir ―dicho en crudo― jodiendo a todo dios.

 

Ansiedad de idealismo científico:
intervención fanática y extrema de religión, filosofía e ideología



El fracaso de la felicidad





Jesús G. Maestro

El fracaso de la felicidad. 

Yo no vendo humo y usted no debería creer todo lo que lee

HarperCollins

ISBN: 978-84-1064-492-2

 

 

  • Nos han educado para sentir, no para pensar.
  • Nos han domesticado para ser felices, no para ser libres.
  • Pero, ¿qué queda de la prometida felicidad cuando tienes que vivir en la realidad?
  • ¿Qué harás tú cuando la realidad destruya tus sueños?
  • Sólo los tontos son felices sin libertad, porque explicar el fracaso de la felicidad es denunciar el fracaso de la libertad.

 

Este libro no es un consolador, sino un dispositivo para pensar de forma diferente y original. No alivia: analiza. Es una ortiga en tu cerebro. No predica resiliencias ni dopajes afectivos. Su método es el bisturí y su marco la dialéctica. ¿El objetivo? La demolición de la felicidad como timo y como instrumento del totalitarismo emocional contemporáneo. De la felicidad y de todo lo que la precede y consensúa. Lo que aquí te contamos no te lo cuentan otros autores.

¿Es la felicidad el destino final del ser humano o la mentira mejor contada de nuestro tiempo?

En un mundo donde la felicidad es un producto más y los dioses son sustituidos por algoritmos, este libro desmonta muchos de los mitos que nos han vendido, como la farsa de que el trabajo nos hará libres, la ilusión de que consumir sube nuestra autoestima o la mentira de que un like es un refugio contra la soledad.

Provocador y ácido, Jesús G. Maestro,  un catedrático de universidad que ha hecho de la literatura un arma de interpretación masiva, capaz de desmontar dogmas con ironía y lucidez, explora en El fracaso de la felicidad los entramados de la cultura contemporánea y lanza una rebelión a través de la honestidad intelectual y el pensamiento crítico.

Una obra destinada a quienes rechazan respuestas fáciles, prefieren enfrentar incómodas verdades y desean redescubrir la libertad más allá de las promesas vacías de una felicidad prefabricada.



Inquietudes filosóficas y totalitarismo

 

Filosofía y política


Las ficciones filosóficas o teológicas resultan con frecuencia mucho más inquietantes que cualesquiera otras ficciones literarias. 

Téngase en cuenta que la filosofía ha sembrado la Historia del pensamiento humano —de Oriente a Occidente— de ficciones estériles, con frecuencia también amenazantes y totalitarias, casi siempre deprimentes e incluso hasta patibularias. 

Si leyéramos las obras filosóficas como si fueran novelas o creaciones literarias, cuyos protagonistas y deuteragonistas sólo pueden ser el ápeiron, el demiurgo, el motor perpetuo, la causa primera, la sustancia pura, el cogito, las mónadas, el Leviatán, el espíritu absoluto, el noúmeno, el superhombre, la nada, el inconsciente, el Dasein, el ego trascendental, etc., y otros personajes ficticios por el estilo, el resultado sería un interminable cuento de terror. 

La historia de Occidente está llena —sugestivamente llena— de fantasmas y mitologías homicidas. 

Sólo la literatura las percibe explícitamente como lo que son: ficciones. 

La filosofía, incluso confesional y teológicamente armada en muchos momentos de la Historia —incómoda, como la religión, con la ficción— les rinde un extraño culto, imperativo y programático.


Jesús G. Maestro, Crítica de la razón literaria (III, 5.4.1.3), 2017 · 2022.


 

Platón y su descendencia… en la corte de los tiranos

Itinerario de lectura, 3

Crítica de la razón literaria





Platón y su descendencia… en la corte de los tiranos. El mito de la filosofía y la realidad del totalitarismo frente a la libertad de la literatura es el título de uno de los itinerarios de lectura de la Crítica de la razón literaria. 

Se sostienen aquí dos ideas clave: 1) la filosofía como fundamento de los totalitarismos de todos los tiempos, de Platón y los presocráticos a la actual posmodernidad anglosajona, y 2) la literatura como discurso de la libertad frente a los fundamentalismos filosóficos y políticos. 

La filosofía, lejos de ser ese mitificado «amor a la sabiduría» ―¿sabiduria de qué?, hay que preguntarse―, ha sido siempre la búsqueda de un «Gran Hermano», en nombre del cual doblegar al ser humano, antaño en nombre de la religión y hoy en nombre de la política. De hecho, la filosofía, o habla de religión o habla de política. Fuera de estas exigencias, se queda sin palabras. 

La filosofía siempre ha sido una forma excéntrica de ejercer la sofística. Frente a ella, la literatura, de historia y genealogía hispanogrecolatinas, representa la libertad y la lucha por sobrevivir en un mundo de censura e interdicción políticas realmente devastadoras. 

La literatura es lo que, a lo largo de la Historia, la religión y la política no han podido evitar, ni censurar. Entonces, ¿por qué hoy la democracia censura la literatura? Urge responder a esta pregunta sin miedos ni complejos. 

Y no olvidemos que la filosofía nació con la pretensión patibularia de expulsar a la literatura del Estado.