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El conocimiento científico de la literatura: crítica de las formas y materiales literarios

    

Libro digital

Crítica de la razón literaria

Vol. 6 · Parte III · Tomo 5.



Crítica de la razón literaria



La gnoseología de la literatura es una teoría del conocimiento científico de la literatura y de los materiales literarios (autor, obra, lector e intérprete o transductor). Una de las tesis fundamentales de la Crítica de la razón literaria es que la literatura exige una interpretación científica, y no meramente filosófica, académica o divulgativa. 

Naturalmente, una exigencia de esta naturaleza es por completo algo inaceptable hoy, en el siglo XXI, por muchísimas razones. 

En primer lugar, porque, actualmente, los estudios literarios se han convertido en un material reciclable, que se ha reducido a ideología, cuya única utilidad es la de servir de medio propagandístico a creencias sociales que organizan la ignorancia colectiva. Eso son las ideologías, formas emocionales y discursivas de organizar la nesciencia gregaria, y que desde hace años se enseñan en las Universidades, instituciones dedicadas a sistematizar la ignorancia y el prejuicio, en lugar de combatirlos. Siempre en nombre de lo políticamente correcto.

En segundo lugar, porque la hegemonía cultural anglosajona, vigente desde finales del siglo XVIII, y promovida esencialmente por los «amigos del comercio», ha disuelto la literatura en el mito de la cultura, y ha reemplazado los estudios literarios por estudios culturales, de modo que la literatura deja de interpretarse como tal para usarse solamente como cultura indefinida. De hecho, la cultura es una invención de los pueblos que carecen de literatura. Uno de los objetivos de la Anglosfera ha sido siempre desactivar el valor de la tradición literaria hispanogrecolatina, a fin de desposeer de conocimiento el origen de nuestra civilización.

En tercer lugar, porque la ignorancia resultante de aceptar acríticamente las filosofías idealistas anglosajonas, de Kant a Fukuyama, conlleva asumir que la literatura no se puede estudiar científicamente, simplemente porque el racionalismo literario, o la crítica de la razón literaria, que está dado a una escala diferente del racionalismo matemático o químico, por ejemplo, no se comprende desde los presupuestos de los diseñadores del racionalismo matemático o químico, como si un soneto fuera una molécula de bario o una anáfora resultara de la combinación de varios números primos. 

La interdicción científica de la literatura es un fenómeno heredado del idealismo alemán, inconcebible en la tradición literaria hispanogrecolatina, y que incluso ha sido asumido por gentes que, en su tercer mundo semántico, se declaran seguidores de filosofías contemporáneas y materialistas.

La Crítica de la razón literaria exige recuperar el concepto de construcción o poiesis, y nos sitúa de este modo dentro de la tradición poética hispanogrecolatina, a la vez que atenúa visiblemente el peso de la estética (aisthesis) o «sensación», procedente del idealismo alemán (Baumgarten, 1750-1758; Kant, 1790), como principio psicológicamente explicativo y sensorialmente reductor del arte. Para los idealistas alemanes, la obra de arte queda reducida a la experiencia personal y subjetiva de sus efectos sensibles. Esto es pura psicología emocional y vacua. 

La exigencia de interpretar de forma objetiva y normativa una obra de arte, en general, y literaria, en particular, resulta totalmente negada, desautorizada y proscrita en nombre de una nueva teoría del conocimiento idealista, romántica y germánica: el idealismo alemán. 

La Anglosfera ha prohibido así la interpretación científica del arte, en general, y de la literatura, en particular. Ningún imperativo ha sido y es tan contrario a la tradición literaria hispanogrecolatina, y tan absolutamente incompatible con ella, como éste. 

Desde la Poética de Aristóteles hasta la Aesthetica de Baumgarten —obra esta última que rompe con el racionalismo de la poética y de la retórica clásicas para imponer el idealismo sensorial y luterano de la libre interpretación estética—, la literatura había sido objeto de interpretación científica y filosófica. Desde Baumgarten (1750-1758), Lessing (1766) y Kant (1790) se impone sobre los materiales literarios la interdicción científica, que resulta absolutamente exigida y glorificada por la Anglosfera, como un triunfo propio frente a dominios culturales ajenos, cuyos productos no son de elaboración propia o genuinamente germana. 

De este modo, la literatura —de Homero a Cervantes, de la antigua Grecia a la España de los Siglos de Oro— queda, como la totalidad de las artes, secuestrada, marginada y enclaustrada en el ámbito emocional de los sentimientos. 

¿Qué hace la Hispanosfera? Lo peor que podría hacerse: aceptar tal aberración sin cuestionarla ni criticarla. La interdicción científica de la literatura es obra del Idealismo alemán y de la Anglosfera, y supone históricamente neutralizar el peso de la tradición literaria hispanogrecolatina frente a la expansión absolutista y globalizante de la hegemonía cultural anglosajona, desde la Ilustración hasta la posmodernidad contemporánea. 

Es evidente que la Crítica de la razón literaria se enfrenta de forma radicalmente dialéctica —y en solitario— a tan ridícula obsecuencia.



El timo de la estética kantiana, idealista y sin ideas

 

Teoría del arte


La expresión kantiana que concibe el arte como una finalidad sin fin aglutina una triplicidad de sofismas, relativos a: 

  1. La falacia del argumentum ad verecundiam o falacia de la autoridad, de tal modo que el contenido de una afirmación se fundamenta en el respeto debido a la persona que lo enuncia, o a quien se atribuye su enunciación, en este caso, la figura del propio Kant. 
  2. La falacia del razonamiento circular, en tanto que petitio principii (petición de principio) o declaración de fe de origen, desde el momento en que la proposición que ha de ser demostrada (el fin de una obra de arte) es una implicatura de la premisa de partida (porque el fin del arte es el arte mismo). 
  3. La falacia del argumentum ad consequentiam, sofisma típicamente kantiano, determinado por el psicologismo inherente a todo discurso idealista, que afirma una premisa dirigida contra sus propias consecuencias, con objeto de hacer prevalecer los contenidos de la premisa, con frecuencia falsos y siempre fenomenológicos, desacreditando todas cuantas consecuencias resulten alternativas a aquella en que se fundamenta la premisa fraudulenta. 

Dicho de otro modo: se trata de sostener un argumento según el cual una creencia (premisa) es verdadera o falsa si conduce respectivamente a una experiencia (consecuencia) benigna o indeseable para el interlocutor que la formula. 

Es sofisma porque basar la verdad de una afirmación en las consecuencias morales, esto es, en las normas de cohesión de una sociedad humana —lo que llamaríamos el «consenso»—, no sólo no asegura que el contenido de la premisa sea verdadero, sino que ni siquiera garantiza que sea real. 

Ésta es sobre todo falacia propia de idealistas. 

Y sobre todo de posmodernos, que llevan a la retórica del «consenso» o del «diálogo» la solución verbal de problemas que sólo pueden resolverse ontológicamente, esto es, no con palabras, sino con hechos. 

Asimismo, categorizar las consecuencias como benignas o indeseables es intrínsecamente un acto de subjetivismo radical, dado tanto en el yo del individuo (autologismo) como en el nosotros del gremio (dialogismo): «El arte ha de tener una finalidad sin fin, porque si tiene un fin fuera de sí mismo, entonces no es arte». 

He aquí la preceptiva sofista de la estética idealista del arte contemporáneo y posmoderno, confitada por la retórica de la antanaclasis, la geminación y la cohabitación oximorónica: «el arte es una finalidad sin fin». 

Kant no sólo reduce de este modo la estética o filosofía del arte nada menos que a una hermenéutica de la sensibilidad, a una suerte de psicología de la percepción (aisthesis), sino que llega aún más lejos, al conjurar definitivamente toda posibilidad de interpretación científica del arte en general y de la literatura en particular. 

Así se impone la interdicción científica de la interpretación literaria, en nombre no de una filosofía platónica, que destierra la literatura de la República, sino en nombre de una filosofía no menos idealista e incompatible con la realidad: una filosofía que no  ve en el arte nada útil y nada inteligible, porque sólo ve sentimientos personales y experiencias psicológicas. 

¿Cabe mayor miseria interpretativa en la Historia del Arte y de la Literatura que la ofertada por el Idealismo alemán? 

No sorprende que algo así se haya producido en la tradición luterana: lo que sorprende es que tal cosa haya encontrado seguidores más allá de la Anglosfera y más allá de un Romanticismo que no acaba de extinguirse. 

Kant reduce el arte a puro psicologismo (aisthesis = sensación). Porque el fin del arte, entre otros muchos fines, es el de ser interpretado lógicamente. 

El arte no puede limitarse a una experiencia estética, a una operación de aisthesis o sensación. 

El arte es superior e irreductible a lo sensible. 

El arte exige lo inteligible. 

El arte es arte, ante todo, porque es inteligible. 

Una «obra de arte» incomprensible no es, ni puede ser, una obra de arte.


Jesús G. Maestro, Crítica de la razón literaria, 2017-2022.


La interdicción científica de la interpretación literaria

 

Crítica de la razón literaria de Jesús G. Maestro


La Crítica de la razón literaria exige recuperar el concepto de construcción o poiesis, y nos sitúa de este modo dentro de la tradición poética hispanogrecolatina, a la vez que atenúa visiblemente el peso de la estética (aisthesis) o «sensación», procedente del idealismo alemán (Baumgarten, 1750-1758; Kant, 1790), como principio psicológicamente explicativo y sensorialmente reductor del arte. 

Para los idealistas alemanes, la obra de arte queda reducida a la experiencia personal y subjetiva de sus efectos sensibles. Puro M2. La exigencia de interpretar de forma objetiva y normativa una obra de arte, en general, y literaria, en particular, resulta totalmente negada, desautorizada y proscrita en nombre de una nueva teoría del conocimiento idealista, romántica y germánica: el idealismo alemán. 

La Anglosfera ha prohibido así la interpretación científica del arte, en general, y de la literatura, en particular. Ningún imperativo ha sido y es tan contrario a la tradición literaria hispanogrecolatina, y tan absolutamente incompatible con ella, como éste. 

Desde la Poética de Aristóteles hasta la Aesthetica de Baumgarten —obra esta última que rompe con el racionalismo de la poética y de la retórica clásicas para imponer el idealismo sensorial y luterano de la libre interpretación estética—, la literatura había sido objeto de interpretación científica y filosófica. 

Desde Baumgarten (1750-1758), Lessing (1766) y Kant (1790) se impone sobre los materiales literarios la interdicción científica, que resulta absolutamente exigida y glorificada por la Anglosfera, como un triunfo propio frente a dominios culturales ajenos, cuyos productos no son de elaboración propia o genuinamente germana. 

De este modo, la literatura —de Homero a Cervantes, de la antigua Grecia a la España de los Siglos de Oro— queda, como la totalidad de las artes, secuestrada, marginada y enclaustrada en el ámbito emocional de los sentimientos. ¿Qué hace la Hispanosfera? Lo peor que podría hacerse: aceptar tal aberración sin cuestionarla ni criticarla. 

La interdicción científica de la literatura es obra del Idealismo alemán y de la Anglosfera, y supone históricamente neutralizar el peso de la tradición literaria hispanogrecolatina frente a la expansión absolutista y globalizante de la hegemonía cultural anglosajona desde la Ilustración hasta la Posmodernidad contemporánea. 

Es evidente que la Crítica de la razón literaria se enfrenta —en solitario— de forma radicalmente dialéctica a tan ridícula obsecuencia. 


Jesús G. Maestro, Crítica de la razón literaria, 2017-2022.




Así prohíbe el mundo académico anglosajón
la interpretación científica de la literatura



¿Por qué renuncio a la Universidad tras diez años de docencia?

 




¿Por qué renuncio a la Universidad
tras diez años de docencia?

 

© Annick Stevens
Doctora en Filosofía
Profesora de la Universidad de Lieja desde 2001

 

© Traducción española de Jesús G. Maestro

 

Hoy más que nunca es necesario reflexionar sobre el papel que deben desempeñar las universidades dentro de unas sociedades que se encuentran sujetas a cambios profundos y radicales, y que deben elegir con urgencia el modelo de civilización desde el que quieren comprometerse con la humanidad. Hasta el momento presente, la Universidad es la única institución capaz de preservar y transmitir la totalidad de saberes humanos elaborados a lo largo del tiempo y del espacio, de crear conocimientos nuevos y fundamentarlos en los previamente adquiridos, así como de poner a disposición de nuestras sociedades esta síntesis de experiencias, métodos y competencias en todos los ámbitos, con el fin de auxiliarnos en las alternativas que queremos elegir en la vida. Es cierto que en todas las épocas la Universidad ha faltado en cierto modo a algunas de sus exigencias fundacionales, como puede verse en las críticas que, constantemente, y con razón, se le han dirigido; pero no se trata ahora de invocar la nostalgia de antiguas formas. Sin embargo, nunca como hoy la Universidad ha sido tan complaciente con las tendencias dominantes, nunca como ahora ha renunciado hasta tal extremo al uso crítico de su potencial intelectual, ante la interpretación de valores y movimientos que estas corrientes imponen al conjunto de la población en general, y de forma tan particular a la comunidad universitaria.

Subyugada desde el primer momento por el poder político, como se ha visto de forma clarísima a lo largo del Proceso de Bolonia, ahora parece que son los propios gestores universitarios quienes, voluntariamente —con muy pocas excepciones—, exigen cumplir con esta huida hacia adelante, ciega e irreflexiva, hacia formas de conocimiento pobremente utilitaristas, determinadas por el economismo y el tecnologismo[1].

Aunque este hecho se fundamenta muy firmemente sobre la adhesión ideológica de quienes ejercen el poder institucional, no se habría impuesto al conjunto del personal universitario si no se hubiera instaurado simultáneamente una serie de limitaciones destinadas a paralizar toda oposición, mediante la amenaza de hacer desaparecer a todas aquellas entidades que no se sometan a la enloquecida carrera de la competencia global. Hay que atraer al «cliente» para que tenga éxito, independientemente de sus capacidades («¡he aquí la Universidad del Éxito»!), darle un título que garantice un puesto cómodo y bien pagado, formar en el menor tiempo posible a investigadores que sean hiper-productivos, siempre según los criterios de calidad editoriales, así como excelentes gestores y directivos de empresas, dispuestos en todo momento a ocupar un puesto en las infinitas comisiones y consejos en los que se toman simulacros de decisiones —simulacros, sí, porque tanto los presupuestos como los criterios de selección y distribución del dinero se deciden en otra parte. Ni una sola cuestión se plantea jamás sobre calidad, distanciamiento crítico, o reflexión sobre nuestra civilización. La nueva noción de «excelencia» no designa en absoluto ni la mejor calidad de enseñanza ni de conocimiento, sino la mejor habilidad para acumular desmedidos presupuestos, ingentes equipos de investigación en personal de laboratorio, o largas tiradas de títulos en revistas científicas, que son cada vez más sensacionalistas en la medida en que resultan menos fiables. El delirio de evaluaciones que se despliegan a todos los niveles, desde las comisiones internas hasta el ranking de Shanghái, no hacen sino demostrar el absurdo de todos estos criterios.

El resultado de todo ello es precisamente lo contrario de cuanto se pretende promover. En sólo diez años de docencia he visto cómo la mayoría de mis mejores alumnos abandonaban la Universidad, antes, durante o en el momento de haber concluido su tesis doctoral, al darse cuenta del proceder que se les obligaba asumir a cambio de continuar con sus estudios. He visto también cómo otros renunciaban a sus competencias y verdaderos intereses intelectuales para adaptarse a determinadas áreas, así como para asumir formas de comportamiento que les permitían disponer de mejores oportunidades. Y, por supuesto, vi trepar a los trepadores, de pensamiento mediocre y astucia productiva, que saben de inmediato en dónde deben ponerse y a quién deben pegarse, que no tienen ningún inconveniente en escribir siempre de acuerdo con las normas editoriales, de modo que así todo es más rápido en tanto que menos exigente. Salvo las escasas excepciones de quienes tienen la posibilidad de llegar en el mejor momento con la mejor calificación al puesto oportuno, los demás son precisamente los más hábiles mediocres. La reciente reforma del FNRS acaba de suprimir las últimas posibilidades disponibles para aquellos estudiantes que sólo se valen de sus capacidades intelectuales, haciendo prevalecer la evaluación del laboratorio sobre la de la persona. Semejantes extravíos presentan variantes y realizaciones diversas según disciplinas y países, pero en todas partes nuestros colegas confirman las tendencias generales: la competencia que se basa exclusivamente en la cantidad; la selección de temas de investigación impuesta por organismos financieros, todos ellos al servicio de un modelo de sociedad según el cual el progreso humano se basa únicamente en el crecimiento económico y en el desarrollo tecnológico; hipertrofia de la actividad administrativa y de gestión a expensas de un tiempo que debería dedicarse a la docencia y a la investigación. Por poner un ejemplo, teniendo en cuenta los actuales criterios, Darwin, Einstein o Kant no tendrían hoy ninguna posibilidad de que los seleccionaran. Piénsese en las consecuencias que todo esto tendrá en el futuro de la enseñanza y la investigación. ¿Es que se cree posible mantener contento al «cliente» proponiéndole una formación de tan estrecha envergadura? Incluso desde el punto de vista de sus propios criterios de excelencia, la política de las autoridades científicas y académicas es sencilla y totalmente suicida.

Tal vez algunos digan que exagero, que es posible compaginar cantidad y calidad, y llevar a cabo un buen trabajo sin dejar de plegarse a los imperativos de la competitividad. La experiencia desmiente este optimismo. No diré que todo es nefasto en la Universidad actual, pero lo que hay de bueno en ella procede de la resistencia a las nuevas medidas impuestas, y no a su aplicación. Y esta resistencia se irá debilitando con el tiempo. Se confirma, de hecho, que todas las disciplinas académicas se empobrecen progresivamente, ya que las personas seleccionadas como más «eficaces» son también las menos sólidas, las más limitadamente especializadas, es decir, las más ignorantes, incapaces de comprender la complejidad de sus propios resultados.

Incluso aquellas materias con un fuerte potencial crítico, como la Filosofía o las Ciencias Sociales, se pliegan a las exigencias mediáticas y se mantienen siempre con suficiencia en un conformismo que les permiten librarse de la exclusión en la batalla de la productividad —por no hablar de la incapacidad para asumir la incoherencia entre sus propias teorías críticas y su aplicación práctica, cuyos representantes se ven obligados a adoptar, a título individual, con el fin de alcanzar un puesto desde el que hacerse oír.

Sé que muchos colegas comparten este juicio global y tratan heroicamente de salvar los muebles, en un ambiente de resignación e impotencia. Incluso se me podría reprochar que abandono la Universidad en un momento en el que habría que luchar desde el interior con el fin de invertir el proceso. Precisamente por haber llevado a cabo varios intentos en este sentido, y pese a la estima que profeso a quienes se esfuerzan todavía por contrarrestar tales estragos, creo que la lucha es inútil en las actuales condiciones, dado el poder de unión entre los intereses individuales de algunos de nosotros y la ideología general a la cual se adhiere la Universidad.

En lugar de lanzarse a nadar contra corriente, es momento de salir para dar lugar a otra cosa, para constituir otro tipo de institución, capaz de retomar el papel fundamental de transmitir la complejidad de las características de las civilizaciones humanas y de promover la reflexión indispensable que, sobre saberes y conductas, hace prosperar a la humanidad. Todo está por hacer, pero en el mundo hay cada vez más personas que disponen de inteligencia, cultura y voluntad para llevarlo a cabo. De cualquier modo, no es momento de perder energías luchando contra la decadencia anunciada de una institución que se hunde sin saber entender lo que es la excelencia.

 

© Annick Stevens,
Doctora en Filosofía,
Profesora de la Universidad de Lieja desde 2001.
Lieja, 2 de febrero de 2012.
 
© Traducción española de Jesús G. Maestro.

 

 

 

 

Pourquoi je démissionne de l’Université
après dix ans d’enseignement

 

© Annick Stevens

 

 

Plus que jamais il est nécessaire de réfléchir au rôle que doivent jouer les universités dans des sociétés en profond bouleversement, sommées de choisir dans l’urgence le type de civilisation dans lequel elles veulent engager l’humanité. L’université est, jusqu’à présent, la seule institution capable de préserver et de transmettre l’ensemble des savoirs humains de tous les temps et de tous les lieux, de produire de nouveaux savoirs en les inscrivant dans les acquis du passé, et de mettre à la disposition des sociétés cette synthèse d’expériences, de méthodes, de connaissances dans tous les domaines, pour les éclairer dans les choix de ce qu’elles veulent faire de la vie humaine. Qu’à chaque époque l’université ait manqué dans une certaine mesure à son projet fondateur, nous le lisons dans les critiques qui lui ont constamment été adressées à juste titre, et il ne s’agit pas de s’accrocher par nostalgie à l’une de ses formes anciennes. Mais jamais elle n’a été aussi complaisante envers la tendance dominante, jamais elle n’a renoncé à ce point à utiliser son potentiel intellectuel pour penser les valeurs et les orientations que cette tendance impose à l’ensemble des populations, y compris aux universités ellesmêmes.

D’abord contraintes par les autorités politiques, comme on l’a vu de manière exemplaire avec le processus de Bologne, il semble que ce soit volontairement maintenant que les directions universitaires (à quelques rares exceptions près) imposent la même fuite en avant, aveugle et irréfléchie, vers des savoirs étroitement utilitaristes dominés par l’économisme et le technologisme.

Si ce phénomène repose très clairement sur l’adhésion idéologique de ceux qui exercent le pouvoir institutionnel, il ne se serait pas imposé à l’ensemble des acteurs universitaires si l’on n’avait pas instauré en même temps une série de contraintes destinées à paralyser toute opposition, par la menace de disparition des entités qui ne suivraient pas la course folle de la concurrence mondiale: il faut attirer le «client», le faire réussir quelles que soient ses capacités («l’université de la réussite» !), lui donner un diplôme qui lui assure une bonne place bien rémunérée, former en le moins de temps possible des chercheurs qui seront hyper productifs selon les standards éditoriaux et entrepreneuriaux, excellents gestionnaires et toujours prêts à siéger dans les multiples commissions et conseils où se prennent les simulacres de décisions — simulacres, puisque tant les budgets que les critères d’attribution et de sélection sont décidés ailleurs. De qualité, de distance critique, de réflexion sur la civilisation, il n’est plus jamais question. La nouvelle notion d’«excellence» ne désigne en rien la meilleure qualité de l’enseignement et de la connaissance, mais la meilleure capacité à engranger de gros budgets, de grosses équipes de fonctionnaires de laboratoire, de gros titres dans des revues de plus en plus sensationnalistes et de moins en moins fiables. La frénésie d’évaluations qui se déploie à tous les niveaux, depuis les commissions internes jusqu’au classement de Shanghaï, ne fait que renforcer l’absurdité de ces critères.

Il en résulte tout le contraire de ce qu’on prétend promouvoir: en une dizaine d’années d’enseignement, j’ai vu la majorité des meilleurs étudiants abandonner l’université avant, pendant ou juste après la thèse, lorsqu’ils ont pris conscience de l’attitude qu’il leur faudrait adopter pour continuer cette carrière; j’ai vu les autres renoncer à leur profondeur et à leur véritable intérêt intellectuel pour s’adapter aux domaines et aux manières d’agir qui leur offriraient des perspectives. Et bien sûr j’ai vu arriver les arrivistes, à la pensée médiocre et à l’habileté productive, qui savent d’emblée où et avec qui il faut se placer, qui n’ont aucun mal à formater leur écriture pour répondre aux exigences éditoriales, qui peuvent faire vite puisqu’ils ne font rien d’exigeant. Hormis quelques exceptions, quelques personnes qui ont eu la chance d’arriver au bon moment avec la bonne qualification, ce sont ceux-là, les habiles médiocres, qui sont en train de s’installer — et la récente réforme du FNRS vient de supprimer les dernières chances des étudiants qui n’ont que leurs qualités intellectuelles à offrir, par la prépondérance que prend l’évaluation du service d’accueil sur celle de l’individu. Ces dérives présentent des variantes et des degrés divers selon les disciplines et les pays, mais partout des collègues confirment les tendances générales: concurrence fondée sur la seule quantité; choix des thèmes de recherche déterminé par les organismes financeurs, eux-mêmes au service d’un modèle de société selon lequel le progrès humain se trouve exclusivement dans la croissance économique et dans le développement technique; inflation des tâches administratives et managériales aux dépens du temps consacré à l’enseignement et à l’amélioration des connaissances. Pour l’illustrer par un exemple, un Darwin, un Einstein, un Kant n’auraient aucune chance d’être sélectionnés par l’application des critères actuels. Quelles conséquences pense-t-on que donnera une telle sélection sur la recherche et les enseignements futurs? Pense-t-on pouvoir encore longtemps contenter le «client» en lui proposant des enseignants d’envergure aussi étroite? Même par rapport à sa propre définition de l’excellence, la politique des autorités scientifiques et académiques est tout simplement suicidaire.

Certains diront peut-être que j’exagère, qu’il est toujours possible de concilier quantité et qualité, de produire du bon travail tout en se soumettant aux impératifs de la concurrence. L’expérience dément cet optimisme. Je ne dis pas que tout est mauvais dans l’université actuelle, mais que ce qui s’y fait de bon vient plutôt de la résistance aux nouvelles mesures imposées que de leur application, résistance qui ne pourra que s’affaiblir avec le temps. On constate, en effet, que toutes les disciplines sont en train de s’appauvrir parce que les individus les plus «efficaces» qu’elles sélectionnent sont aussi les moins profonds, les plus étroitement spécialisés c’est-à-dire les plus ignorants, les plus incapables de comprendre les enjeux de leurs propres résultats.

Même les disciplines à fort potentiel critique, comme la philosophie ou les sciences sociales, s’accommodent des exigences médiatiques et conservent toujours suffisamment de conformisme pour ne pas être exclues de la bataille productiviste, —sans compter leur incapacité à affronter l’incohérence entre leurs théories critiques et les pratiques que doivent individuellement adopter leurs représentants pour obtenir le poste d’où ils pourront se faire entendre.

Je sais que beaucoup de collègues partagent ce jugement global et tentent héroïquement de sauver quelques meubles, sur un fond de résignation et d’impuissance. On pourrait par conséquent me reprocher de quitter l’université au moment où il faudrait lutter de l’intérieur pour inverser la tendance. Pour avoir fait quelques essais dans ce sens, et malgré mon estime pour ceux qui s’efforcent encore de limiter les dégâts, je pense que la lutte est vaine dans l’état actuel des choses, tant est puissante la convergence entre les intérêts individuels de certains et l’idéologie générale à laquelle adhère l’institution universitaire.

Plutôt que de s’épuiser à nager contre le courant, il est temps d’en sortir pour créer autre chose, pour fonder une tout autre institution capable de reprendre le rôle crucial de transmettre la multiplicité des aspects des civilisations humaines et de stimuler la réflexion indispensable sur les savoirs et les actes qui font grandir l’humanité. Tout est à construire, mais il y a de par le monde de plus en plus de gens qui ont l’intelligence, la culture et la volonté pour le faire. En tous cas, il n’est plus temps de perdre ses forces à lutter contre la décadence annoncée d’une institution qui se saborde en se trompant d’excellence.

 

© Annick Stevens,
Docteur en Philosophie,
Chargée de cours à l’Universitéde Liège depuis 2001.
Liège, le 2 février 2012.

 

 

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NOTA

[1] La palabra «tecnologismo» no está en el actual Diccionario de la lengua de la Real Academia Española. Sin embargo, la introduzco aquí con el mismo paralelismo, en relación a su campo semántico —la tecnología—, con el que el mismo diccionario define el término «economismo»: «Doctrina que concede primacía a los factores económicos». Tecnologismo designaría, según el original francés al que soy fiel, aquella creencia que concede primacía a los valores tecnológicos.



Pensar la literatura no es lo mismo que sentir la literatura

 

Derrida


Pensar la literatura no es lo mismo que sentir la literatura. 

La gnoseología nunca pierde de vista la realidad; la epistemología, sin embargo, tiende in extremis a ilusionar e idealizar toda visión de la realidad, convirtiendo a esta última en un espejismo. 

Recuérdese que el idealismo consiste en vivir en el espejismo sin disfrutar del oasis. 

Cuantas más personas «vivan» en el espejismo, mayor será la cantidad de recursos disponibles para quienes materialmente disfruten de hecho del oasis. 

Al espejismo, Platón lo denominó «la caverna» —un lugar realmente incómodo, y que exige para un adecuado consumo posmoderno una nueva nomenclatura—. 

La Crítica de la razón literaria lo denomina, simplemente, tercer mundo semántico

Desde Lutero, y sobre todo desde Kant, toda la teología protestante, primero, y la filosofía idealista, después, han trabajado de forma ininterrumpida por preservar y globalizar este espejismo de diseño anglosajón, esta reformada caverna platónica, hasta convertirlo en un portentoso tercer mundo semántico, saturado de ilusionismo, publicidad, autoayuda o autoengaño, relatos salvíficos y apocalípticos, cine, redes sociales, periodismo y mentira hábilmente gestionada. 

Por supuesto, dentro de este programa o experimento orwelliano[1], la literatura es una forma de cultura indefina y soluble en emociones sin sentido. Es decir, es cualquier cosa. En palabras sofisticadas de un Derrida: todo es texto. Y todos contentos. 

El objetivo es que el racionalismo literario resulte indescifrable, y que la inteligibilidad de la literatura sea igual a la nada. 

Que la literatura sea invisible, insípida e inodora. 

Ése es el objetivo de la educación posmoderna, de diseño anglosajón y globalizante, contra el cual se ha escrito esta obra, la Crítica de la razón literaria.


Jesús G. Maestro, Crítica de la razón literaria (III, 5.4.2.3), 2017 · 2022.


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NOTA

[1] Para suprimir libertades no es estrictamente necesario suprimir las palabras: es mucho más eficaz y contundente ocultar la realidad, hacer de ella algo racionalmente ilegible, invisible o ininteligible, es decir, potenciar las apariencias, mediante un uso familiar y a la vez impactante y seductor del lenguaje. Con todo, lo verdaderamente inquietante no es que se supriman libertades, algo que siempre ha ocurrido a lo largo de la Historia.  Lo verdaderamente inquietante es que esta jibarización y exterminio de libertades se haga en nombre de la democracia. ¿Cómo recuperar, fuera de la democracia, las libertades que suprime la propia democracia?


Cervantes está de moda por ser lo que no fue

 

La ficción no legitima la falsificación de la realidad



Es sorprendente que Cervantes esté hoy de moda por ser lo que no fue, pero no por ser lo que realmente fue: el autor de la obra literaria más importante de la Historia de la Literatura Universal. El hecho de que escribiera el Quijote es algo irrelevante en este siglo XXI. Esto se llama coger el rábano por las hojas. Por favor, no me lo tomen en el mal sentido.

Lo penoso es que a nadie le importa hoy lo que significa esta novela, desde el punto de vista de la libertad, la religión o la política, ni en los colegios (donde ni se menciona), ni en los institutos de enseñanza media (donde se lee, acaso, a cachos maltrechos), ni en la Universidad (donde en lugar de hablar de Cervantes se habla de «gamerización» y otras baratijas). Hoy cualquier cosa es más importante que la literatura, la inteligencia o, simplemente, la realidad. Y cuando la realidad no existe, todo está permitido. Esa es la magnífica herencia que nos han dado Kant, la Ilustración y los idealistas.

Cervantes, si hoy interesa a alguna gente, no es por la literatura ni el Quijote, ni por su teatro trágico y cómico, ni mucho menos por su poesía. Resulta que hoy Cervantes importa por sus posaderas. Otros méritos no se valoran. Queda claro que nuestra sociedad tiene un sentido extremadamente «recto» de las virtudes y costumbres. Amén.

En una sociedad así de alegre, faltar a la verdad, es decir, a la realidad de los hechos, es muy fácil. Entre otras cosas, porque, muy al contrario de lo que se cree, es imposible desmentir algo que nunca ha tenido lugar. Podemos decir que Cervantes fue budista, espía de los turcos o embajador de los marcianos en el planeta Tierra durante el siglo XVII. Y díganme que no. Podemos decir que fue gallego (tengo pruebas, aducidas en un artículo publicado en FARO DE VIGO el 17 de abril de 2016). Podemos decir de Cervantes todo lo que queramos, sobre todo en un mundo que, como el actual, ha perdido de vista la realidad. ¿Por qué?

Pues porque vivir ignorando la realidad es muy divertido. Te permite decir lo que te dé la gana, sobre todo si es gracioso, polémico o rentable. Lo que menos importa es la verdad. Lo que de veras interesa es que sea chistoso aunque no tenga gracia, que moleste cuanto más mejor al mayor número posible de gente y que dé dinero a costa de falsificar lo que sea, porque nada importa y porque la mentira se paga y gusta más que la verdad.

Cuando una persona ha fallecido hace siglos (pongamos en 1616), es icono universal de valores que en realidad nadie sabe explicar ―pero que están ahí como un reclamo publicitario, como la cara del Che o de Marilyn Monroe― y su imagen se puede usar prostibulariamente con toda libertad, porque nadie va a exigir derechos allí donde el Derecho parece una ficción, hay margen para un buen negociete. El cine, la tele e internet hacen el resto.

Si además resulta que esta persona fue autor de una serie de obras literarias de las que apenas se conoce una sola de ellas ―porque en realidad no se ha leído ninguna―, titulada El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, que ni siquiera tienen en su casa estudiantes universitarios matriculados y graduados en Facultades de Letras (porque ellos tampoco la han leído), pues entonces todo el monte es orégano para hacer y decir lo que a uno le dé la real gana con este fulano, un tal Miguel. La impunidad es absoluta y, como bien dice el refrán, la ignorancia es osada. Desde luego, nuestra sociedad traga con todo.

Aquí parece que todo dios ―sobre todo los Cupidos nacidos en la segunda mitad del siglo XX― se acostó con Cervantes y conoce todos sus secretos y éxitos sexuales. Curiosa información, que no ha desclasificado ni la CIA, y sin embargo conocen al dedillo del ojete (léase derivado de ojo) los que ni han leído su obra literaria. Resulta que de un hombre del que no se conservó nunca ni un solo retrato fiable de su rostro (el atribuido a Juan de Jáuregui es apócrifo) se conocen ahora, sin duda por arte de magia (no sé si negra, blanca o fucsia), todos los detalles de su vida sexual... en cinco años de Argel (1575-1580). Ni que la hubieran registrado ante notario.

En el capítulo 59 de la segunda parte del Quijote, Cervantes escribe esa famosa frase que dice: «Retráteme el que quisiere —dijo don Quijote—, pero no me maltrate, que muchas veces suele caerse la paciencia cuando la cargan de injurias». Si pensamos en la cantidad de maravillas que el cine puede aportar a la interpretación de la literatura, tendríamos para días y días de disertaciones. Sin embargo, cuando todo se reduce a una colonoscopia, mejor nos dedicamos a la medicina interna, por ejemplo, y dejamos en paz el arte de cinematografía. Y, desde luego, el colon del autor del Quijote.

¿Vale la pena dedicar tiempo en la vida a ver cómo se cuenta una mentira? No hablo de ficción, sino de mentira, de falacia, de exposición fraudulenta de hechos con intención de engañar al espectador y de sesgar sus posibilidades interpretativas. Mentira es lo que se hace, dice o silencia con intención de inducir al error de forma intencional. No seré yo el que niegue a nadie el placer que suscita el consumo de mentiras, pero las trampas al solitario son muy poco inteligentes. ¿Es necesario engañarse uno a sí mismo con el consumo de productos así para sentirse mejor? Haga cada cual lo que estime oportuno, pues para gustos, colores.

Pero por si les resulta útil, se lo explico con palabras del propio Cervantes, quien detestaba el arte de contenido falso y embustero. Cuando en el mismo Quijote condena tanto los libros de caballerías como el teatro de Lope de Vega, por los múltiples disparates allí representados, leemos en el capítulo 47 de la primera parte: «Hanse de casar las fábulas mentirosas con el entendimiento de los que las leyeren». ¿Qué diría Cervantes, si se viera retratado ―en la literatura, la pintura o el cine― como lo que nunca fue? Pues que se trata de una mentira. Y a una mentira sólo se puede responder con la verdad disponible.

Sin embargo, ante una tontería sólo es posible actuar de dos modos: o bien ignorándola por completo, o bien con otra tontería. Los trabajadores optan por la primera opción, porque no tienen tiempo para perderlo, mientras que los ociosos, que no tienen nada que hacer ni que rascar, ni lo pretenden, optan por la segunda. Y así, como el número de sandios, se multiplican las sandeces hasta el infinito.

Pero hay tonterías extremadamente rentables. Si una ocurrencia estulta genera una estela de respuestas igualmente estultas, internet canta bingo. Entonces las mentiras resultan muy crematísticas, porque los glóbulos rojos de las redes sociales, es decir, el flujo publicitario que generan comentarios y comentaristas del más ocioso pelaje crece como la espuma.

Disculpen mi franqueza, pero nuestra época tiene más tragaderas que un cornudo de los del siglo XVII, de esos que aparecen en los entremeses de Quevedo. Que ya es decir... La ficción no legitima la falsificación de la realidad.


Jesús G. Maestro






Ciencias contra ideologías

 


De tanto defender las ideologías, los científicos han perdido de vista la ciencia, es decir, sus propios conocimientos. 

Las ciencias tienen como objetivo el conocimiento objetivo de la realidad. Un conocimiento que por su naturaleza ha de ser científico, crítico y sistemático. 

Por su parte, ideologías, filosofías y religiones tienen, contra las ciencias, un objetivo muy diferente, que no consiste en conocer ―ni reconocer― la realidad, sino en cómo intervenir sobre los conocimientos científicos para manipularlos y adulterarlos según sus propios intereses ideológicos, filosóficos o religiosos. 

La independencia de las ciencias del poder de religiones, filosofías e ideologías es absolutamente necesario para preservar la vida humana en las mejores condiciones posibles de libertad e inteligencia. 

Es la historia sin final de Platón contra Homero, de Belarmino contra Galileo, de Kant contra Newton, del protestantismo contra Darwin, de Nietzsche contra Maxwell, de Heidegger contra Einstein... es la lucha, también, de la literatura contra sus enemigos, pasados y presentes. 

Porque la literatura, que no es en absoluto una ciencia, tiene en común con las ciencias el hecho de enfrentarse a una triple alianza de adversarios: ideólogos, filósofos y gurús.


Jesús G. Maestro



Historia de la filosofía

 



La filosofía es siempre una respuesta a lo que la ciencia deja sin explicar. No por casualidad la filosofía está perpetuamente en el margen de las ciencias, en sus afueras y arrabales. Merodeando. No puede ir más allá. Su objetivo son los restos del conocimiento científico. Los rebojos del saber operatorio. Podemos disfrazar estos rebojos con el vuelo de la lechuza, pero aunque la filosofía se vista de seda, filosofía se queda. ¿Lechuza o buitre? Preservemos la imagen de la lechuza para la filosofía; el buitre es más bien icono de sofistas.

Los caminos de la filosofía son los ámbitos que las ciencias ignoran, desprecian o silencian. A veces, incluso, fueron caminos silenciados por los imperativos e inquisiciones de la propia filosofía, vestida ya no de seda, sino de teología, religión o fundamentalismo filosófico.

No todas las filosofías son iguales ―esto es algo que no debe olvidarse jamás―, pero allí donde la ciencia habla, la filosofía calla. Incluso a veces ocurre algo peor: cuando la ciencia habla, la filosofía se convierte en sofística. De hecho, la sofística es la filosofía que no se calla ante la ciencia.

En todas las épocas, la filosofía ha sido una explicación a preguntas que la ciencia ignora. El máximo esplendor de la filosofía corresponde a aquellos períodos de mayor decrepitud o limitación operatoria de las ciencias. A medida que cada ciencia amplía su campo de operaciones, cada filosofía ve mermada su propia capacidad de maniobra. Por este camino, la filosofía puede convertirse incluso en un pasatiempo de ignorantes. Y en efecto la posmodernidad ha hecho de la filosofía precisamente esto: un pasatiempo de ignorantes cuyo hábitat es internet.

Ésta es la mayor denigración que puede hacerse de la filosofía, porque equivale, en primer lugar, a declarar su inferioridad ante las ciencias, y, en segundo lugar, a afirmar su inutilidad ante esas mismas ciencias. Y ante las exigencias de la vida real. La filosofía ha sido siempre el terreno en el que se mueven quienes no saben manejar con resultados positivos las operaciones científicas. En su lugar, se limitan ―en el mejor de los casos― al hablar, al escribir, al dar consejos, a la paremia de la obviedad solemne, a la presunta literatura sapiencial, al saber, al especular, al organizar contenidos preexistentes, a conversar sobre lo que todo el mundo sabe, a los libros de autoayuda y de autoengaño, a dialogar monológicamente, como Platón, arrogándose siempre una suerte de superioridad moral. En el peor de los casos, algunos filósofos se limitan a comerciar con la sofística, el engaño, la seducción, el simulacro, la mohatra de las ideas. Porque en el fondo, toda filosofía es una forma excéntrica de ejercer la sofística.

En aquellas épocas en las que las ciencias y su operatividad parecen resolverlo todo, y dar respuestas a todo, la filosofía acciona sus celos, sus sospechas, sus condenas, sus complejos, sus censuras. Emergen los hermeneutas. Los ventrílocuos del lenguaje. Filosofía y religión son parientes cercanas, comparten infancia ―siniestra― y genealogía ―traicionera―, y con frecuencia se comportan, bien como enemigas íntimas, bien como aliadas contra terceros objetivos comunes, entre los que con frecuencia se encuentran la ciencia y la literatura. Cuando procede, la filosofía es la secularización de la religión. Cuando no, la religión preserva a la filosofía ―por lo que pueda suceder― o pacta puntualmente con ella «amistad y lo que surja».

La filosofía muestra sus furias cuando alguien trata de usar la razón sin consultarla. A los filósofos se debe esa engreída frase ―atribuida a Aristóteles (¿a quién si no?; Cervantes sólo la usa en contextos burlescos: Quijote II, 51)― que declara con jactancia ser amigo de la verdad y de Platón, y disponer de potestad para elegir libremente entre una y otro (amicus Plato sed magis amica veritas), como si la verdad necesitara de la amistad de nadie, y menos de la de los filósofos. Así, todo filósofo genuino disputa siempre en nombre de la verdad, como si los demás no tuvieran derecho a hacer lo mismo, y no menores razones, en nombre de sus propias actividades profesionales y oficios particulares. Y pelea el filósofo por el monopolio de la razón filosófica contra cualesquiera otras razones humanas.

Platón disputó la razón filosófica, negándosela a la literatura, como si no fuera posible una crítica de la razón literaria, es decir, una crítica del racionalismo literario. Platón se esforzó por presentar siempre a la filosofía como una aliada de las ciencias. Como si las ciencias, al igual que los tiranos de Siracusa, necesitaran a Platón, y a su filosofía, para algo.

Los escolásticos, en una Edad Media que había convertido a la teología en la reina de las ciencias, hicieron de la filosofía una religión. Nótese que muchos filósofos ―no todos―, al menos hasta el siglo XVIII, fueron también científicos. Después, o fueron esencialmente científicos, o fueron solamente filósofos: filósofos idealistas (valga la redundancia). Toda filosofía, por el hecho de serlo, tiende al idealismo.

Un filósofo, cuando habla, nos dice más sobre aquello que ignora que sobre aquello que sabe. Salvo que actúe como un sofista. ¿Qué nos ha enseñado Espinosa sobre Dios? ¿Quién ha visto la cara del inconsciente de Freud, su cuerpo o sus órganos? ¿Qué nos ha aclarado el Dasein de Heidegger? ¿Quién se ha encontrado alguna vez una mónada de Leibniz? ¿Qué nos explicó Platón sobre la geometría o sobre la locura que no nos demostrara mejor, respectivamente, Tales de Mileto o Hipócrates de Cos? Todo filósofo piensa con la mente de un adolescente.

Newton es un hombre que se hace preguntas filosóficas a las que da respuestas científicas. Con él, las ciencias se divorcian definitivamente de la filosofía. En adelante, la filosofía será sólo una hermenéutica de la realidad, cuando no, algo mucho peor: una sofística al servicio de la democracia. O contra ella.

¿Qué ciencia construyó Platón? ¿Qué ciencia hicieron Kant, Hegel, Fichte, Herder o Nietzsche y sus discípulos? ¿Qué ciencia cultivó Heidegger, filósofo del nazismo ―primero― y de la posmodernidad ―después―? ¿Y Gadamer? ¿Y Habermas? Y sus discípulos... ¿Dónde está la obra científica de todos ellos? ¿Dónde está la obra científica del idealismo alemán? Mejor no nos hagamos estas preguntas..., porque no todos los caminos de la Historia conducen a Roma. Algunos llevan a Auschwitz. Porque, desde finales del siglo XVIII, la ciencia prescinde de la filosofía como quien se libera de un lastre insoportable. La impedimenta histórica de las ciencias no fue solamente la teología, sino también, y con creces, la filosofía.

La filosofía ha cortejado todas las formas de poder: ciencia, religión y política. Hoy día sólo la política, bajo el formato de ciertas ideologías, le muestra algún puntual aprecio. Por parasitismo mutuamente conveniente. La religión se siente traicionada, desde el siglo XVIII ―definitivamente―, por una filosofía que desde esa centuria pactó con las ciencias su propia supervivencia, pero no la de sus creyentes, que dejó a merced de El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida. Con frecuencia no siempre se cita el título completo de esta obra de Darwin (1859), acaso por evitarse con la palabra tabú del alemán actual: raza. Desde entonces, la filosofía se hizo muy «insolidaria» con la religión, legitimó determinadas luchas por la supervivencia y cortejó con cinismo el apoyo de ciencias emergentes. Pero las ciencias, además de no necesitar a la filosofía, no olvidan ni perdonan los cuernos que históricamente ésta les puso ―al aliarse con la religión, y los fundamentalismos teológicos― durante las edades Media y Moderna.

Con el avance de la Edad Contemporánea, la filosofía, tras fracasar en todos sus intentos y pretensiones de disputarle a las ciencias, desplegadas con una fuerza constructiva sin precedentes, el monopolio de la razón, reacciona con violencia, se rearma dialécticamente, y se viste de moral. ¿Y qué hace? Lo de siempre: condena, denigra y deslegitima aquello que se opone a su propia supremacía. Y maldice la ciencia, la impugna y la desautoriza. Surgen así los Nietzsche, los Freud, los Heidegger: los hermeneutas de la sospecha. Los resentidos del éxito ajeno. Porque si la razón no es mía, mejor que se muera. Si la verdad no es mi amiga, que no lo sea de nadie. Si la filosofía no es la reina de la noche, aquí no amanece ni Dios. Y el culto a la ciencia se pagará con la muerte de todo Dios. Hágase el nihilismo. La razón ha muerto ―es el imperativo que exige el filósofo―, si es que alguien formula una razón más seductora o más convincente que la suya propia.

No sorprende en absoluto que desde el siglo XVIII la filosofía se haya recluido, hasta la nadería y lo trivial, en el terreno del idealismo, alemán ―primero― y posmoderno ―después―. Si disponemos de una ciencia sobre de determinada materia, ¿para qué una filosofía? Para engañarse a uno mismo. Y a los demás. Porque ante el desarrollo de las ciencias, la filosofía no tiene nada que hacer, más que contarse a sí misma como una Historia de sí misma. Como las historias de un abuelo Cebolleta, que habla de un pasado irrelevante. Cuando la filosofía se convierte en hermenéutica, es porque se ha disuelto en retórica, sofística o ideología de sí misma, en libro de autoayuda o en lecciones de ética para geopolíticos (la nueva telenovela), en publicidad y propaganda de temas de moda, en periodismo, en cultura, en una actualidad que es caricatura de la realidad, es decir ―con permiso de Góngora― «en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada». La ciencia, y curiosamente también la literatura, son las únicas actividades humanas capaces de hacer enmudecer a la filosofía, o de delatar su sofistería. Sofistería histórica y también posmoderna. Hoy la filosofía se encuentra sin aliados: con la religión ya no puede contar, la ciencia le da la espalda, y la política no la necesita, porque prefiere el periodismo y las redes sociales. La vida del siglo XXI ha convertido a la sofística y a la filosofía en términos sinónimos.


Jesús G. Maestro, Crítica de la razón literaria, 2017-2022 (VI, 15.19).


Jesús G. Maestro, catedrático de literatura y ensayista: «Me llevaría fatal con mi personaje de los vídeos de Youtube, no tenemos nada que ver»

 

Foto de ÓSCAR CORRAL



Jesús G. Maestro, catedrático de literatura y ensayista: «Me llevaría fatal con mi personaje de los vídeos de Youtube, no tenemos nada que ver»

El profesor, todo un fenómeno viral por la vehemencia de sus lecciones digitales, publica ‘Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI’, que ya lidera las ventas de ensayos en Amazon.


Jorge Morla, Vigo
El País, 4 de febrero de 2025





El hombre que vive en la casa de Jesús G. Maestro (Gijón, 57 años), se parece muy poco al hombre que sale en los vídeos de Jesús G. Maestro. Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad de Vigo, en 2014 comenzó a subir a Youtube sus clases y sus análisis literarios. No solo se hizo popular, sino que dio con esa rara alquimia del siglo XXI: se hizo viral. Viral porque su vehemencia atrapó a la audiencia, y porque sus afiladas sentencias (“La cultura es la forma en que el ser humano organiza su ignorancia colectiva”, “La vida es una lucha contra la mediocridad propia y ajena”, “Cervantes vale más que Shakespeare”, “Hoy el pueblo son los influencers, y saben más que los intelectuales”) espabilaron a los espectadores. Sin embargo, el profesor que recibe en su casa de Vigo es excepcionalmente amable, cercano, simpático, incluso (estos ojos lo han visto), queda embelesado cuando se cruza por la calle con el bebé durmiente de unos antiguos alumnos, que le abrazan con cariño; nada que ver con el león que ruge desde su canal virtual. Con una larga obra académica a sus espaldas (que incluye la monumental Crítica de la razón literaria, de más de 3.000 páginas), ahora llega a todas las librerías con un ensayo más ameno y concentrado: Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI (HarperCollins), que rápidamente ha trepado al número 1 de ensayos más vendidos en Amazon. Que nadie tema, el león sigue rugiendo en esas páginas, empezando por el subtítulo: Yo no soy un youtuber y usted no sabe nada sobre mí.

Pregunta: Oiga, ¿Cómo entra Youtube en su vida? ¿Cuál es la anécdota?

Respuesta: Bueno, no es una anécdota, es una cosa más seria. Es una cosa bastante más seria de lo que parece, la verdad, y la gente no se da cuenta de lo grave que es el asunto.

P. Cuéntenos.

R. A mí me parece muy importante la educación libre, abierta y gratuita. Y veo que eso no está en la mayor parte de las instituciones educativas del futuro. Es decir, aquí vamos hacia una privatización total de la enseñanza, y eso es muy arriesgado. Así que hay gente que gracias a Youtube accede a ese conocimiento. No diré que gracias a mis clases, porque eso es muy presuntuoso y como yo hay más.

P. Se refiere a gente que explica literatura en la plataforma.

R. En las universidades actuales la literatura pierde presencia, a pasos agigantados y exponencialmente. Dentro de una generación no se explicará literatura en ninguna universidad, en ninguna. Se explicarán otras cosas, pero no literatura. ¿Y qué ocurre? Pues que habrá mucha gente que por no tener medios no va a poder acceder a la literatura. Yo proporciono gratuitamente esos medios, basta una conexión a internet para acceder a una serie de interpretaciones sobre por ejemplo el Quijote que otros, sinceramente, no han dado. La razón fundamental por la que yo decido exponer mis posibles conocimientos en Youtube es porque es la única forma de que mucha gente, y pienso sobre todo en Hispanoamérica, pueda acceder a ello.

P. ¿No hay narcisimo en su exposición?

R. No. Es decir, yo no estoy encantado de conocerme a mí mismo, yo estoy encantado de no conocer a nadie. No soy una persona de multitudes ni de masas, yo trabajo no para que me presten atención, trabajo para que la literatura tenga más valor. Yo me encuentro en el punto en el que considero que la literatura ayuda a mejorar las condiciones de vida del ser humano, ayuda a conocerse mejor. Eso es importante.

P. Menciona el Quijote. ¿Hay algo que se le pueda comparar?

R. Realmente, no. Mira, Cervantes razona como ningún ser humano razonó ni antes ni después que él. Porque Cervantes nos advierte de los peligros del idealismo. Considera que el idealismo hace al ser humano incompatible con la realidad. Es decir, si tú eres un idealista, lo que tú demuestras es que tienes miedo a la realidad, que prefieres tener una preconfiguración antes de enfrentarte a la vida. Básicamente, es decir: como esa realidad es peligrosa, yo me voy a montar mi película propia y voy a vivir en ella.

P. ¿Triunfa hoy el idealismo?

R. Hoy se idealiza todo. Se idealiza el dinero, que resuelve muchos problemas, pero no los resuelve todos. Se idealiza el trabajo. Cuando veo la palabra líder, salgo corriendo.

P. ¿Y eso?

R. Me resulta ridículo. Un líder es un esclavo de élite y toda esta exaltación que la cultura anglosajona, sobre todo la estadounidense, hace de líder es el sacrificio de vidas humanas. Idealizar el éxito, idealizar la vida de alguien, a veces supone arruinar la vida de ese alguien y la de los que están por debajo.

P. Usted ataca a la filosofía. ¿La filosofía es idealista?

R. ¿De qué hablan los filósofos cuando hablan? Los filósofos cuando hablan, hablan de religión. Aristóteles, Sócrates… hablaban del nous, del ápeiron, del motor perpetuo… siempre es un poder dominante y unívoco que lo gestiona todo. ¿Y luego qué llegan? Los filósofos teólogos, o los teólogos filólogos. La causa primera, la sustancia pura. Las mónadas. Pero, ¿Quién ha visto las mónadas? ¿Quién ha visto la sustancia pura? ¿Quién ha visto el espíritu absoluto? ¿Quién ha visto el noúmeno? Pero, ¿de qué coño estamos hablando?

P. Le gustan las frases impactantes. En una sostiene que, sin idealismo, Alemania se hubiera ahorrado dos guerras mundiales.

R. Sin duda ninguna, porque eso les hizo perder de vista la realidad. No por casualidad Alemania es el país que inventa el idealismo, primero con Lutero y después con Kant. Y en esa autopista del idealismo seguimos. Lo que pasa es que la autopista del idealismo termina en China.

P. Como profesor ¿sostiene que la educación se ha depauperado?

R. La educación se ha depauperado, y con frecuencia culpan al deterioro de la educación a los políticos. Pero no hay que olvidar que los políticos no dan clase, los que dan clase somos los profesores.

P. Se ataca mucho a los propios jóvenes, también.

R. Lo que puedan dar de sí los milenaristas está por ver, está por ver. Conozco a muchos milenaristas que son gente muy valiosa, muy preparada, muy trabajadora y muy cualificada. Y conozco muchos búmeres que han sido todo lo contrario de la imagen que muchos de ellos dan de sí mismos. Por lo tanto, no podemos establecer diferencias maniqueas entre generaciones, eso no es así.

P. Hablando de educación, ¿Qué le recomendaría a un niño como lectura? A un adolescente.

R. Yo recomiendo que lea el Quijote directamente. Pero directamente, sin problema. Vamos a ver, ¿por qué a la gente le intimida la literatura? Porque la han educado para que la literatura le intimide. No hay por qué sentir miedo hacia la literatura. La literatura te va a recibir siempre con los brazos abiertos. Y luego, eso sí, si tú te haces preguntas ante la literatura, entonces ahí entra el papel de alguien que sepa y te pueda explicar. Es como si alguien dice bueno es que a mí me gusta la música. Bueno, ahí tienes un piano, tócalo. Pues entonces yo te voy a enseñar. Si tú empiezas leyendo de pequeño cuentos de mala calidad, de mayor leerás libros de mala calidad.

Hablando de música, por cierto, desde que el periodista entra en la casa suena de fondo Verdi en el hilo musical. Maestro señala el piano vertical que hay en medio del salón, apoyado en una columna: “En realidad me considero un alumno de piano a quien se le atravesó la literatura en su vida”, confiesa encogiéndose de hombros. Señal del eclecticismo que demanda este siglo XXI, al lado de ese piano hay un diploma con un premio de la Sociedad Cervantina entregado a uno de sus ensayos, y al lado la plateada placa de Youtube que certifica haber pasado de 100.000 seguidores. Cerca, un atril con un poema de Quevedo: Contra los que quieren gobernar el mundo y viven sin gobierno. “En el mundo naciste, no a enmendarle, / sino a vivirle, Clito, y padecerle; / puedes, siendo prudente, conocerle; / podrás, si fueres bueno, despreciarle”.

P. ¿Ha tenido algún problema con ese piano, verdad?

R. Sí, avisos de Youtube. Creo que este ha sido un problema de copyright con las introducciones de mis vídeos. Si tú tocas alguna pieza, Youtube tiene un mecanismo totalmente ciego y automático que identifica la melodía con las grabaciones de sellos discográficos. El mecanismo es ciego, pero tiene muy mal oído. Entonces, han llegado a identificar interpretaciones mías al piano con interpretaciones de Sviatoslav Richter. ¡En fin! (ríe).

P. No es mal elogio… pero siguiendo con Youtube, ¿Cómo se lleva con su personaje? No se le parece mucho en persona…

R. ¡El personaje y yo no tenemos nada que ver!

P. Es que es bien curioso, viéndole en Youtube nadie diría que es tan cercano.

R. (Ríe) Es que no tenemos nada que ver. Yo con el personaje no quiero saber nada. El personaje es otra cosa, yo me llevaría fatal con el personaje de mis vídeos. Que se queden con él y a mí que me dejen en paz.

P. Ese personaje para las redes sociales es un fenómeno muy de nuestra era.

R. Bueno, Pessoa tenía heterónimos. Cervantes cuando escribe practica la polionomasia. Esto no tiene que ver con trastornos de personalidad (ríe). Es igual que cuando yo doy clase: el que da clase es una persona contratada conforme a determinadas condiciones. Con los vídeos ocurre lo mismo. Lo único que tenemos en común es el significante, el soporte físico, como un actor con el personaje que representa, pero nada más.

P. En el subtítulo de su libro subraya que no es un youtuber, ¿Cómo se define, entonces?

R. Yo ofrezco lo que puedo ofrecer, no ofrezco lo que usted quiere. Son cosas completamente diferentes. Yo no hablo para gustar, yo hablo para exponer un sistema de ideas. Si eso gusta, bien, y si no gusta, igual de bien, porque es que yo no lo puedo resolver. Yo soy alguien que expone ideas sobre la literatura, pero que no se subordina a lo que se espera. Ni al público tampoco. Es decir, para mí la literatura es más importante que el público. Apelativamente, podría decir: la literatura es más importante que tú.

P. Me doy por apelado. Entonces, no le preocupa la audiencia.

R. Yo no hablo para tener espectadores, yo hablo para exponer ideas sobre la literatura y para ofrecer a aquellas personas que puedan estar interesadas un acceso sin obstáculos a la literatura, que no tengan que pagar por oír hablar de literatura en la mejor calidad posible. Es decir, yo, siendo catedrático de universidad, cosa que me importa un bledo, he bajado al fango para explicar literatura a aquellos que no tienen acceso a ir a una universidad. Eso es lo que yo he hecho y si de algo me alegraré el día que me muera será de haber hecho eso y de haber tocado el piano. Mal, pero bueno. Ese es mi objetivo, básicamente. No es que yo quiera ser un Ícaro o un Prometeo que entregue el fuego a la gente, pero creo que la literatura es un bien de primera necesidad. Eso para mí es lo más importante.