Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, como profesor universitario, autor de la Crítica de la razón literaria, dispone de forma abierta, libre y gratuita, de toda su actividad docente, académica e investigadora, en internet, con más de mil clases grabadas en su canal de YouTube.
El mito del inconsciente
Historia de la filosofía
La filosofía es
siempre una respuesta a lo que la ciencia deja sin explicar. No por casualidad
la filosofía está perpetuamente en el margen de las ciencias, en sus afueras y
arrabales. Merodeando. No puede ir más allá. Su objetivo son los restos del conocimiento científico.
Los rebojos del saber operatorio. Podemos disfrazar estos rebojos con el vuelo
de la lechuza, pero aunque la filosofía se vista de seda, filosofía se queda.
¿Lechuza o buitre? Preservemos la imagen de la lechuza para la filosofía; el
buitre es más bien icono de sofistas.
Los caminos de la
filosofía son los ámbitos que las ciencias ignoran, desprecian o silencian. A
veces, incluso, fueron caminos silenciados por los imperativos e inquisiciones
de la propia filosofía, vestida ya no de seda, sino de teología, religión o
fundamentalismo filosófico.
No todas las
filosofías son iguales ―esto es algo que no debe olvidarse jamás―, pero allí donde
la ciencia habla, la filosofía calla. Incluso a veces ocurre algo peor: cuando
la ciencia habla, la filosofía se convierte en sofística. De hecho, la
sofística es la filosofía que no se calla ante la ciencia.
En todas las épocas,
la filosofía ha sido una explicación a preguntas que la ciencia ignora. El
máximo esplendor de la filosofía corresponde a aquellos períodos de mayor
decrepitud o limitación operatoria de las ciencias. A medida que cada ciencia
amplía su campo de operaciones, cada filosofía ve mermada su propia capacidad
de maniobra. Por este camino, la filosofía puede convertirse incluso en un
pasatiempo de ignorantes. Y en efecto la posmodernidad ha hecho de la filosofía
precisamente esto: un pasatiempo de ignorantes cuyo hábitat es internet.
Ésta es la mayor
denigración que puede hacerse de la filosofía, porque equivale, en primer
lugar, a declarar su inferioridad ante las ciencias, y, en segundo lugar, a
afirmar su inutilidad ante esas mismas ciencias. Y ante las exigencias de la
vida real. La filosofía ha sido siempre el terreno en el que se mueven quienes
no saben manejar con resultados positivos las operaciones científicas. En su
lugar, se limitan ―en el mejor de los casos― al hablar, al escribir, al dar
consejos, a la paremia de la obviedad solemne, a la presunta literatura
sapiencial, al saber, al especular, al organizar contenidos preexistentes, a
conversar sobre lo que todo el mundo sabe, a los libros de autoayuda y de
autoengaño, a dialogar monológicamente, como Platón, arrogándose siempre una
suerte de superioridad moral. En el peor de los casos, algunos filósofos se
limitan a comerciar con la sofística, el engaño, la seducción, el simulacro, la
mohatra de las ideas. Porque en el fondo, toda filosofía es una forma
excéntrica de ejercer la sofística.
En aquellas épocas
en las que las ciencias y su operatividad parecen resolverlo todo, y dar
respuestas a todo, la filosofía acciona sus celos, sus sospechas, sus condenas,
sus complejos, sus censuras. Emergen los hermeneutas. Los ventrílocuos del lenguaje. Filosofía y religión son parientes cercanas,
comparten infancia ―siniestra― y genealogía ―traicionera―, y con frecuencia se
comportan, bien como enemigas íntimas, bien como aliadas contra terceros
objetivos comunes, entre los que con frecuencia se encuentran la ciencia y la
literatura. Cuando procede, la filosofía es la secularización de la religión.
Cuando no, la religión preserva a la filosofía ―por lo que pueda suceder― o
pacta puntualmente con ella «amistad y lo que surja».
La filosofía muestra sus furias cuando alguien trata de usar la razón sin consultarla. A los filósofos se debe esa engreída frase ―atribuida a Aristóteles (¿a quién si no?; Cervantes sólo la usa en contextos burlescos: Quijote II, 51)― que declara con jactancia ser amigo de la verdad y de Platón, y disponer de potestad para elegir libremente entre una y otro (amicus Plato sed magis amica veritas), como si la verdad necesitara de la amistad de nadie, y menos de la de los filósofos. Así, todo filósofo genuino disputa siempre en nombre de la verdad, como si los demás no tuvieran derecho a hacer lo mismo, y no menores razones, en nombre de sus propias actividades profesionales y oficios particulares. Y pelea el filósofo por el monopolio de la razón filosófica contra cualesquiera otras razones humanas.
Platón disputó la
razón filosófica, negándosela a la literatura, como si no fuera posible una
crítica de la razón literaria, es decir, una crítica del racionalismo
literario. Platón se esforzó por presentar siempre a la filosofía como una
aliada de las ciencias. Como si las ciencias, al igual que los tiranos de
Siracusa, necesitaran a Platón, y a su filosofía, para algo.
Los escolásticos, en
una Edad Media que había convertido a la teología en la reina de las ciencias,
hicieron de la filosofía una religión. Nótese que muchos filósofos ―no todos―,
al menos hasta el siglo XVIII, fueron también científicos. Después, o fueron
esencialmente científicos, o fueron solamente filósofos: filósofos
idealistas (valga la redundancia). Toda filosofía, por el hecho de serlo,
tiende al idealismo.
Un filósofo, cuando
habla, nos dice más sobre aquello que ignora que sobre aquello que sabe. Salvo
que actúe como un sofista. ¿Qué nos ha enseñado Espinosa sobre Dios? ¿Quién ha
visto la cara del inconsciente de Freud, su cuerpo o sus órganos? ¿Qué nos ha aclarado el Dasein de Heidegger? ¿Quién se ha encontrado alguna vez una mónada de
Leibniz? ¿Qué nos explicó Platón sobre la geometría o sobre la locura que no
nos demostrara mejor, respectivamente, Tales de Mileto o Hipócrates de Cos? Todo
filósofo piensa con la mente de un adolescente.
Newton es un hombre
que se hace preguntas filosóficas a las que da respuestas científicas. Con él,
las ciencias se divorcian definitivamente de la filosofía. En adelante, la
filosofía será sólo una hermenéutica de la realidad, cuando no, algo mucho peor:
una sofística al servicio de la democracia. O contra ella.
¿Qué ciencia construyó Platón? ¿Qué ciencia
hicieron Kant, Hegel, Fichte, Herder o Nietzsche y sus discípulos? ¿Qué ciencia
cultivó Heidegger, filósofo del nazismo ―primero― y de la posmodernidad ―después―?
¿Y Gadamer? ¿Y Habermas? Y sus discípulos... ¿Dónde está la obra científica de
todos ellos? ¿Dónde está la obra científica del idealismo alemán? Mejor no nos hagamos estas preguntas..., porque no todos los caminos de la Historia conducen a Roma. Algunos llevan a Auschwitz. Porque, desde finales del siglo XVIII, la ciencia prescinde de la
filosofía como quien se libera de un lastre insoportable. La impedimenta histórica
de las ciencias no fue solamente la teología, sino también, y con creces, la
filosofía.
La filosofía ha
cortejado todas las formas de poder: ciencia, religión y política. Hoy día sólo
la política, bajo el formato de ciertas ideologías, le muestra algún puntual
aprecio. Por parasitismo mutuamente conveniente. La religión se siente
traicionada, desde el siglo XVIII ―definitivamente―, por una filosofía que
desde esa centuria pactó con las ciencias su propia supervivencia, pero no la
de sus creyentes, que dejó a merced de El origen de las especies por medio
de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha
por la vida. Con frecuencia no siempre se cita el título completo de esta obra de Darwin (1859), acaso por evitarse con la palabra tabú del alemán actual: raza. Desde
entonces, la filosofía se hizo muy «insolidaria» con la religión, legitimó
determinadas luchas por la supervivencia y cortejó con cinismo el apoyo de ciencias emergentes. Pero las ciencias, además de no necesitar a la filosofía,
no olvidan ni perdonan los cuernos que históricamente ésta les puso ―al aliarse
con la religión, y los fundamentalismos teológicos― durante las edades Media y
Moderna.
Con el avance de la
Edad Contemporánea, la filosofía, tras fracasar en todos sus intentos y
pretensiones de disputarle a las ciencias, desplegadas con una fuerza
constructiva sin precedentes, el monopolio de la razón, reacciona con
violencia, se rearma dialécticamente, y se viste de moral. ¿Y qué hace? Lo de
siempre: condena, denigra y deslegitima aquello que se opone a su propia supremacía.
Y maldice la ciencia, la impugna y la desautoriza. Surgen así los Nietzsche,
los Freud, los Heidegger: los hermeneutas de la sospecha. Los resentidos del
éxito ajeno. Porque si la razón no es mía, mejor que se muera. Si la verdad no es mi
amiga, que no lo sea de nadie. Si la filosofía no es la reina de la noche,
aquí no amanece ni Dios. Y el culto a la ciencia se pagará con la muerte de todo Dios.
Hágase el nihilismo. La razón ha muerto ―es el imperativo que exige el filósofo―,
si es que alguien formula una razón más seductora o más convincente que la suya propia.
No sorprende en absoluto que desde el siglo XVIII la filosofía se haya recluido, hasta la nadería y lo trivial, en el terreno del idealismo, alemán ―primero― y posmoderno ―después―. Si disponemos de una ciencia sobre de determinada materia, ¿para qué una filosofía? Para engañarse a uno mismo. Y a los demás. Porque ante el desarrollo de las ciencias, la filosofía no tiene nada que hacer, más que contarse a sí misma como una Historia de sí misma. Como las historias de un abuelo Cebolleta, que habla de un pasado irrelevante. Cuando la filosofía se convierte en hermenéutica, es porque se ha disuelto en retórica, sofística o ideología de sí misma, en libro de autoayuda o en lecciones de ética para geopolíticos (la nueva telenovela), en publicidad y propaganda de temas de moda, en periodismo, en cultura, en una actualidad que es caricatura de la realidad, es decir ―con permiso de Góngora― «en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada». La ciencia, y curiosamente también la literatura, son las únicas actividades humanas capaces de hacer enmudecer a la filosofía, o de delatar su sofistería. Sofistería histórica y también posmoderna. Hoy la filosofía se encuentra sin aliados: con la religión ya no puede contar, la ciencia le da la espalda, y la política no la necesita, porque prefiere el periodismo y las redes sociales. La vida del siglo XXI ha convertido a la sofística y a la filosofía en términos sinónimos.
Jesús G. Maestro, Crítica de la razón literaria, 2017-2022 (VI, 15.19).
Apostillas de la Crítica de la razón literaria
Libro digital
Crítica de la razón literaria
Vol. 16 · Parte VI · Tomo 1.
En este libro el lector encontrará las 13 apostillas que se publicaron con posterioridad a la primera edición impresa de la Crítica de la razón literaria, que tuvo lugar en 2017.
Como es sabido, entre 2017 y 2022 esta obra conoció 9 ediciones impresas, hasta la décima y definitiva, en formato digital.
En esta décima y última edición se reproducen las 13 apostillas a la Crítica de la razón literaria, que insisten esencialmente en dos dimensiones: 1) las limitaciones que sufren los filósofos cuando tienen que enfrentarse a la literatura, debidas a múltiples conceptos, entre ellos el de ficción ―que parece superarles en todos los sentidos y posibilidades―, y 2) las deficiencias que, desde finales del siglo XVIII, la Anglosfera y el mundo académico anglosajón arrastran insuperablemente cada vez que se relacionan con la literatura, una materia que perciben como algo cada vez más ajeno a su sociedad y cultura mercantiles y más incompatible con su racionalismo financiero.
Es curioso que, desde la Ilustración y el Romanticismo,
ni los filósofos ni los anglosajones sepan muy bien qué hacer con la
literatura. Con anterioridad a este período, la filosofía se entretenía con la
metafísica y la religión, más que con la política, y la Anglosfera no existía
como tal, de modo que los territorios a posteriori anglosajones, por lo que se
refería a la literatura, imitaban y reproducían los modelos y creaciones de la
tradición literaria hispanogrecolatina.
Sin embargo, con la irrupción de la Ilustración europeísta y la deriva hacia el idealismo levitante del Romanticismo anglosajón, la filosofía deja de dedicarse a la religión y a la metafísica ―la ciencia newtoniana le corta definitivamente todo acceso y fundamento a ellas― y pasa a ocuparse de la política, para ser matriz de todas las ideologías habidas y por haber, a fin de monopolizar, frente al Estado, todo tipo de creencias y formas emocionales de ideología e ignorancia colectiva, del mismo modo que en el mundo antiguo y durante la Edad Media había hecho con la fe y las creencias religiosas respecto a la Iglesia cristiana.
Ya sabemos que la filosofía, o habla de religión, o habla de política, o no tiene nada que decir. O habla de fe, simulando razonar, o habla de ideología, desde la más excéntrica sofística. Fuera de estos temas, la filosofía ―esa forma excéntrica de ejercer la sofística― enmudece, o saca la baraja de la autoayuda para jugar sus cartas en las timbas del siglo XXI, como Epicuro o Séneca hicieron ya en su propio tiempo. Y Freud en el suyo, para deleite de intelectuales y ociosos.
Por su parte, a la Anglosfera le sobra la literatura. La poética cuestiona demasiadas cosas, y la verdadera literatura resulta difícilmente comercializable. Exige demasiada inteligencia al lector y puede cuestionar el poder de los «amigos del comercio» de formas muy sutiles y molestas.
Urge neutralizar los poderes e influencias de la literatura. De
varios modos. La posmodernidad se encarga de ello: hay que disolverla en
cultura, de manera que los estudios culturales reemplacen y extirpen los
estudios literarios; urge analfabetizar sistemáticamente a la población, para
que no disponga de recursos interpretativos sobre los materiales literarios, su
Historia y su geografía; procede imponer la autoayuda y el autoengaño en lugar
de la literatura y la experiencia educativa del desengaño...
La negación del árbol de la ciencia
literaria, del fruto del conocimiento de la literatura, ha sido siempre un
objetivo de la Anglosfera. El mundo anglosajón reconoce su absoluta
inferioridad ante la mayor y más poderosa construcción de la Europa
mediterránea: la literatura de Grecia, Italia y España. Es imprescindible
inhabilitarla: invisibilizar históricamente a sus autores, incapacitar
contemporáneamente a sus lectores, censurar y cancelar académica y universitariamente
a sus intérpretes.
Es clave imponer y hacer creer una mentira
decisiva, según la cual la literatura no se puede estudiar científicamente. He
aquí una falencia a la que la Anglosfera no renunciará jamás. Contra esa
mentira se escribió la Crítica de la razón literaria. Entre otras cosas.
No basta el diálogo, la Crítica de la razón literaria exige la dialéctica
Ha de insistirse en que la mayor parte de las teorías literarias desarrolladas en las últimas décadas no se ha enfrentado nunca directamente con la totalidad de los materiales literarios. A veces no se ha enfrentado ni siquiera a materiales literarios. Y en muchos casos no sólo no se han enfrentado entre sí, como sistemas de interpretación literaria, sino que simplemente se ignoran de forma mutua y absoluta. Es decir, no ejercen ni la crítica ni la dialéctica. En la mayoría de los casos, son teorías literarias ablativas, que cercenan o amputan partes esenciales de los materiales literarios, o incluso materiales literarios completos, como el autor o el intérprete. En otros casos, se trata abiertamente de teorías literarias que se relacionan entre sí sin relacionarse con la literatura.
La dialéctica es más importante que el diálogo, porque desde todos los puntos de vista aquélla presupone a éste, lo engloba y lo hace progresar. En consecuencia, no se buscará aquí el consenso, sino la crítica. El diálogo no es suficiente. Habermas siempre ha sido una caricatura, jibarizada, de Marx. La Crítica de la razón literaria exige la dialéctica.
El concepto de ficción en la literatura
Libro digital
Crítica de la razón literaria
Vol. 7 · Parte III · Tomo 6.
Si no se sabe lo que es la ficción, no se sabe lo que es la literatura. Sin ficción no hay literatura, y, sin literatura, la ficción queda limitada a una suerte de enunciado matemático para escolares, parábola moralizante o grimorio religioso, cuyos protagonistas son agentes de episodios que, siendo imaginarios, no son precisamente poéticos. Son disciplinarios o preceptivos.
Téngase en cuenta que la literatura nace esencialmente porque construye con palabras ―con palabras poéticas― hechos que jamás han tenido lugar tal y como se han contado con esas mismas palabras. Hechos que, sin embargo, una vez construidos verbalmente, resultan imposibles de olvidar y soslayar. Con hechos así se identifican las personas, los pueblos, las ideologías, las sociedades bárbaras y las sociedades civilizadas, las gentes de paz y hasta los más crueles asesinos. La literatura se ha impuesto siempre por medio de la ficción. Y siempre con consecuencias reales. Porque la ficción, en contra de lo que nos han enseñado, no es algo disociable de la realidad, sino una parte esencial de ella. No salimos de la realidad cuando leemos una novela o «vivimos» una obra de ficción.
Y ha sido la ficción la que ha permitido sortear censuras, limitaciones, interdicciones, proscripciones e incluso patíbulos. Sólo en épocas de extrema intolerancia, como la que actualmente atravesamos y vivimos ―sin querer reconocerlo―, la ficción se ha tomado legalmente en serio. A veces, hasta el punto de censurarla, prohibirla o simplemente derogarla. Lo políticamente correcto no entiende de ficciones. Y aún menos entiende de literatura. Como Platón, su filosofía moral es muy otra, y muy ajena a la ficción y a la literatura. Sólo el tramposo se toma el juego en serio. Pero el tramposo, con excesiva frecuencia en la Historia, dispone de más poderes que el poeta. Y de mejores alianzas y amistades. Las formas de enfrentarse a la ficción son sutiles y perversas. Pero todas son insuficientes. La única forma de destruir la ficción es destruir al ser humano.
Siempre he dicho que el grado de libertad de una sociedad lo mide la literatura, y no la religión ni la política, ni tampoco la filosofía, actividades estas tres que con frecuencia pactan su propia supervivencia a costa de la libertad humana, a la que reprimen sin pudor ―y con fruición― siempre que pueden. Se ha dicho que Marx, Nietzsche y Freud son los hermeneutas de la sospecha, porque invitan a «sospechar» de la realidad. Lo cierto es que la obra de estos autores alberga las más sospechosas interpretaciones de la realidad con las que un ser humano puede toparse, si nos atenemos, cuando menos, a la dimensión enormemente ficticia, y tan pobremente literaria, que desencadena toda su obra: utopía, barbarie e irracionalismo. Tres formas de ficción que la literatura descartó ―por estériles― desde su más temprana genealogía. Tres formas de ficción que se quedaron, respectivamente, en manos de la política, la religión y la filosofía.
Este libro expone la teoría de la ficción de la Crítica de la razón literaria, según la cual la ficción es aquella materia que carece de existencia operatoria, es decir, aquella parte de la realidad que sólo dispone de existencia poética, estructural o formal, porque su contenido operatorio es nulo. Don Quijote, el príncipe Hamlet o Dante en los Infiernos, no son personas fuera de la literatura que habitan estructuralmente como personajes. Dicho de otro modo, no operan fuera de una ficción que existe, sí, pero como parte inerte de una realidad que no las teme ―por inoperantes―, aunque las haya creado, comunicado e interpretado durante siglos.
Sólo un déspota teme la ficción. Sólo los enemigos de la literatura tienen como objetivo la censura y proscripción política, religiosa o filosófica de la ficción literaria y de la literatura misma. La sombra de Platón es ―muy― alargada. La mano de la filosofía siempre mece la cuna de la religión y de la política. Negar el distintivo específico, exclusivo y casi excluyente, que la literatura posee sobre la ficción, es el primer paso para hacer de la ficción algo ininteligible, previo a su destierro político y a su exterminio poético.
Defender la ficción es defender la literatura, y defender la literatura es defender la libertad.
Ansiedad de idealismo científico
El idealismo científico no
es posible sin la intervención fanática y extrema de las ideologías. Es un
fenómeno que se manifiesta en la Historia de forma periódica, y deja como
consecuencia una resaca de frustración, impotencia y resentimiento, cuya
venganza, contras las ciencias, asumen inmediatamente la religión, la filosofía
y la autoayuda ideológica más irascible. La ansiedad que provocó el positivismo
decimonónico se saldó con el éxito de Nietzsche, Freud y Heidegger, entre otros
gurús y hechiceros del más allá que profetizaban ―apocalípticos― en el más
acá.
Cuanto más débil es
psicológicamente el ser humano, más vulnerable es a caer en la red que tejen
para él las religiones, las filosofías y las ideologías. Las personas fuertes
no son susceptibles del mismo modo a estas formas retóricas de dominio y
sumisión. En realidad, no suelen serlo apenas de ningún modo: las ignoran y
desprecian. La religión condena a quien no la profesa, la filosofía minusvalora
a quien no la aprecia y las ideologías declaran la guerra a quien no las
secunda. Unas ofrecen salvación eterna, otras prometen una forma de vida
superior y engreída, y las últimas aseguran derechos gremiales a quienes se
unen a ellas. Son modos de incurrir en megalomanías, narcisismos y gregarismos.
Son los tres géneros históricos del autoengaño colectivo: religión, filosofía e
ideologías. Placebos de fortaleza exterior y gregaria que disimulan una
superlativa debilidad psicológica individual e íntimamente inconfesable.
Algunas personas consideran,
no sin razones, que hay algo peor que un Estado totalitario, y piensan en la República
de Platón, en la Ciudad de Dios de Agustín de Hipona o en la utopía socialista
de Carlos Marx. No nos olvidemos, tampoco, de la globalización trazada hoy por
los «amigos del comercio». Todas ellas son las diferentes máscaras del mismo
totalitarismo, en el que una y otra vez religiones, filosofías e ideologías se
dan la mano de forma latebrosa y permanente.
Hoy las ideologías exigen a
las ciencias ir contra natura. El comercio ha encontrado aquí un
importante mercado. A diferencia de lo ocurrido en el siglo XIX, hoy el
imperativo no es ir más allá de lo posible, sino en contra de lo necesario.
Ésta es la preceptiva posmoderna: hacer creer que es factible científicamente
invertir sin consecuencias el curso de la naturaleza. Foucault, lejos de
resolver el problema, lo legitimó en una de sus formulaciones más fanáticas: el
narcisismo de un ego sexualmente idealista y absoluto, con propio derecho
a todo, incluido el derecho a alterar, en su individualista y exclusivo
beneficio, el curso natural de la naturaleza, ignorando fabulosamente todas las
consecuencias reales.
El ser humano es un diseño
de la naturaleza, no un diseño de la ciencia. La interacción entre ciencia y
naturaleza no puede llevarse gratuitamente a extremos que desemboquen en la
destrucción de uno de ambos polos. La ingeniería de la naturaleza dispone que
los seres humanos se complementen mutuamente en su anatomía, psicología y
fisiología. Nótese que religiones, filosofías e ideologías siempre han nacido y
crecido con la obsesión patológica de intervenir en las relaciones sexuales
humanas de un modo obstinado e insaciable.
No hay religión, ni
filosofía, ni ideología, que no haya tratado de pontificar cómo deben ser,
imperativamente, las relaciones ―por supuesto sexuales― entre los seres humanos.
Y lo han hecho siempre para dañarlo todo, es decir, para estropear y adulterar
―con sus creencias, ideas y prejuicios― la unidad que, al fin y al cabo, el
macho y la hembra naturales y biológicos protagonizan en su desarrollo vital.
Esta unidad que el macho y la hembra buscan, de forma natural, y por instinto
humano esencial, es lo que hace posible la vida en la Tierra.
Una de las formas más
sofisticadamente astutas y recurrentes de destruir la vida en la Tierra es
intervenir en las relaciones sexuales de las especies ―sobre todo la especie
humana― para dañarlas, estropearlas y malograrlas. Siempre en nombre de una
religión, una filosofía o una ideología. Es difícil exterminar la vida, porque
la biología se abre paso sobre todas las cosas, y, por supuesto, sobre los
venenos de la religión, la filosofía y las ideologías, las cuales, hay que
constatarlo, se transforman históricamente, una y otra vez, para seguir hastiando
a todos y cada uno de nosotros, es decir
―dicho en crudo― jodiendo a todo dios.
Ansiedad de idealismo científico:
intervención fanática y extrema de religión, filosofía e ideología
Los filósofos de hoy han dejado de interpretar el mundo para dedicarse solamente a interpretar la filosofía
Los filósofos de hoy han dejado de interpretar el mundo para dedicarse solamente a interpretar la filosofía. Una filosofía repleta de contenidos vacíos, es decir, llena de nada.
Han hecho de la filosofía una hermenéutica de sí misma, con frecuencia derivada hacia una hermenéutica del yo. Freud y el psicoanálisis no son los únicos responsables. El caso de Heidegger es, en este punto, una hipérbole inconmensurable. De hecho, toda la posmodernidad es un monumento a un ego vacío y a una filosofía que sirve para todo porque en realidad no sirve para nada. Ni para nadie.
Es un libro de autoayuda escrito entre todos y que entre todos se lee y se difunde como la publicidad, el catecismo o la prensa rosa y amarilla.
La célebre tesis XI de Marx sobre Feuerbach, según la cual «los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de diferentes modos, pero lo que hay que hacer ahora es transformarlo», no sólo revela la ignorancia ―cegadora― respecto a filósofos anteriores, como Platón, y sus intenciones políticas, tan utópicas como las marxistas, sin duda, o como el mismísimo Pablo de Tarso, quien llegó más lejos que Platón con ideas no menos metafísicas, sino que exhibe una absoluta y espeluznante falta de conocimiento frente a un hecho capital, relativo a la realidad y sus cambios, a saber: que el mundo lo transforman todos los días los trabajadores, no los filósofos.
Si Marx hubiera trabajado alguna vez, se habría percatado inmediatamente que desde la filosofía no se cambia ni se transforma nada de nada, porque sólo trabajando es posible intervenir en la realidad y alterar el curso de las operaciones que en ella tienen lugar. Lo demás son diferentes formas de autoengaño filosófico, ideológico y sofístico.
Y, sin embargo, hay todavía algo aún mucho más sorprendente en todo esto: porque en la pluma de Marx, esta frase es sólo un autoengaño, pero en boca de cuantos la recitan sin saber lo que dicen ―incluida la Universidad Humboldt de Berlín― sólo demuestra una superlativa ignorancia de la realidad productiva del trabajo y del idealismo ocioso de la filosofía.
Desde los orígenes del ser humano, el trabajador se ha dedicado a transformar el mundo, y los ociosos a parasitarse del trabajo ajeno, a través de múltiples formas y procedimientos, entre los cuales la filosofía sigue siendo, para bien y para mal, uno de los más dicharacheros. Si algo tiene el trabajar, es que te hace madurar sin autoengaños. Primum vivere, deinde philosophari.
Jesús G. Maestro, Crítica de la razón literaria, 2017-2022.
Más sobre el inconsciente freudiano
El inconsciente freudiano es, además, una forma incorpórea dotada de competencias operatorias, a las que se atribuye, incluso, por si fuera poco, la capacidad de sustraerse a la razón, de ser superior al racionalismo humano, y de vencerlo y burlarlo en cualesquiera circunstancias y tesituras.
El inconsciente freudiano sería algo así como un Dios todopoderoso e inmutable, indomesticable e incognoscible, que todo ser humano lleva dentro —aunque no se sabe exactamente dónde... (¿cerebro, testículos, hígado, tobillo, ombligo...?)—, y del que resulta imposible desasirse o desligarse, que aflora sobre todo durante el sueño, y que, para terminar, o para empezar, nos tiene —según los postulados freudianos— cogidos por los mismísimos genitales, núcleo energético y libidinoso fundamental de las actividades humanas todas.
Indudablemente, semejante duende, demon o numen, tiene una gracia extraordinaria.
Lástima que sólo exista en la imaginación de los relatos freudianos, y en la mente de sus creyentes lectores.
Si Nietzsche hubiera podido leer los relatos o cuentecillos de Freud sólo habría reconocido en tales fábulas la expresión más caricaturesca y épica de sus propios escritos. Cuando no un sofisticado plagio de aspectos esenciales de su propio pensamiento.
Jesús G. Maestro, Crítica de la razón literaria (III, 5.6), 2017 · 2022.
El mito de la filosofía platónica ante las exigencias de la literatura
Habitualmente se considera a Platón como fundador de la filosofía académica. Naturalmente esta consideración es razonable, pero también cuestionable desde determinados criterios.
Acaso Platón sea el fundador de la filosofía institucionalizada académicamente, más que de la filosofía académica propiamente dicha. Vamos a explicar esta cuestión.
No es Platón, a mi juicio, sino Aristóteles, quien lleva a cabo realmente esa fundación ―la fundación de la filosofía, como disciplina académica―, al liberar a la filosofía de una hipoteca metafísica, que la hace incompatible con la realidad.
Platón, en cierta medida ―y sólo en cierta medida, dado que introduce cambios fundamentales, como el principio de symploké y la ontología dialéctica―, es el canto del cisne de la metafísica presocrática.
Platón es un idealista filosófico, un utopista político y geómetra lúdico. Su idea de ciencia es totalmente formalista, sus planteamientos sobre política resultan absolutamente inviables, por imaginarios y fantasiosos, y sus conocimientos de literatura son abiertamente ridículos y por completo paupérrimos, además de amenazantes y patibularios.
Hoy no se puede hablar de literatura en términos platónicos ―es decir, no se puede citar a Platón, como una autoridad sobre poética literaria―, porque este filósofo idealista desconoció toda la literatura que, durante 25 siglos de Historia y comparatismo, constituye y conforma la ontología literaria que hoy tenemos delante y a la que podemos y debemos enfrentarnos. Y que, desde luego, no es posible ni legítimo ignorar.
No hay en Platón nada actual sobre interpretación literaria. Citar a Platón como autoridad o referente de la literatura es una cursilería que sólo se pueden permitir novatos, diletantes o inexpertos. Veamos por qué.
La locura, como la literatura, siempre es racionalmente muy ambigua. Lo que de veras sorprende es que hoy, en el siglo XXI, siga hablándose comúnmente ―incluso académicamente también― de locura en términos parejos a los del mundo antiguo y arcaizante. Y es aquí, en relación con la locura y la literatura, donde tenemos nuestra primera cita clave con Platón.
Había en la genuina Grecia dos corrientes metodológicas explicativas de la locura. Una de ellas, de raíces científicas y materialistas, procedió de Hipócrates (c. 460-377 a.n.E.), quien, desde la Isla de Cos, interpretó la locura al margen de las teorías demonológicas y numinosas, indudablemente metafísicas, que sus contemporáneos habían heredado e impuesto.
Como sabemos, con Hipócrates surge en los siglos V y IV la primera escuela de medicina. Esta concepción hipocrática de la locura apunta genealógicamente a los pitagóricos, quienes, como el propio Hipócrates, consideraban que los trastornos mentales ―que hoy llamaríamos psicopatologías― tenían una causa física y exigían una explicación material.
Se desestimaban de este modo las causas demonológicas y las explicaciones metafísicas de cualesquiera problemas psíquicos relativos a declaraciones, acciones o pensamientos supuestamente anómalos o anormales. Desde tales criterios hipocráticos, la locura se concebía como una enfermedad física que tenía causas y consecuencias naturales.
Sin embargo, esta concepción de la idea de locura resulta eclipsada y destruida por Platón y su filosofía metafísica, idealista y utópica, desde la cual se restaura de nuevo la tesis demonológica y espiritualista como causa de la locura.
Desde finales del siglo V a.n.E., las ideas metafísicas (platónicas) sobre la locura se imponen a las tesis naturalistas o fisiológicas (hipocráticas) con un éxito sorprendente, el cual llega hasta nosotros, apadrinado por el cristianismo medieval, el protestantismo reformista, la ilustración europeísta ―pese a todos sus mitos hiperracionales y logocéntricos―, el idealismo alemán y la contemporánea posmodernidad anglosajona.
¿No es curioso que la filosofía (idealista) de Platón haya destruido la medicina (materialista) de Hipócrates? ¿No resulta sorprendente que la filosofía, que se jacta de fundamentarse sobre saberes científicos, los rechace y desestime irracionalmente, nada menos que para la posteridad, y discurra por los caminos propios de una metafísica para explicar la realidad material humana?
Platón (c. 427-347 a.n.E.) era aproximadamente unos 30 años más joven que Hipócrates, y su filosofía resultó más hechizante ―por idealista y utópica― que la medicina hipocrática, sin duda más naturalista, fisicalista y materialista. Y por ello mismo mucho menos atractiva.
En la Historia del pensamiento de Occidente, como del mismo modo ocurrió en Oriente, y acaso allí con mucha mayor intensidad, el espíritu siempre ha gozado de buena fama, sin cardar una lana, frente a una materia que, sin duda y por supuesto, resultó demonizada desde siempre de forma irrevocable y sin apelación posible.
La obra platónica, saturada de misticismo, y salvaguardada por los intereses políticos y religiosos del cristianismo de todos los tiempos ―tanto del católico como incluso, con más fuerza aún, del reformado―, destruyó para la posteridad el crédito de las ideas hipocráticas sobre la explicación naturalista y materialista de la locura.
Platón no sólo resultó ser en este punto un precursor del inconsciente freudiano, al anteponer el impulso místico como fundamento y motor de la locura, y prototipo del comportamiento psicopatológico, sino que fue responsable de legitimar la locura, ante los idealistas y románticos de la Edad Contemporánea, como una forma superior de racionalismo, al entender estos últimos, de forma revertida, que la «verdad» de lo humano se objetivaba en un inconsciente reprimido por la razón, o en un misticismo cuya fuerza se revelaba ―por fin, en libertad― en los estados oníricos, psicopatológicos o simplemente anómicos.
De este modo, toda forma de heterodoxia queda definitivamente justificada, tanto en términos políticos como religiosos, bajo el amparo posmoderno de una idea de libertad completamente gratuita y presuntamente irracional.
Enfrentarse a la razón será ―de nuevo― una forma de exhibir esta idea gratuita y falsa de libertad. Pero una cosa es exhibir un postureo libertario y posmoderno, y otra muy diferente es ejercer de veras la libertad. La saga de los sofistas y de los irracionalistas de diseño es recurrente: Montaigne, Rousseau, Nietzsche, Freud, Heidegger, Derrida, Foucault... E imitadores. Marx figura en otras listas, pero no en ésta. Carlos Marx no es soluble en ninguna posmodernidad. Su idealismo postula otros paraísos.
Sorprende impresionantemente que a nadie le haya sorprendido ―valga el extrañamiento― que Platón, el «fundador de la filosofía» para muchos autorizados filósofos, el transformador de la realidad a través de la política en su idealista República filosófica, en su modelo utópico e irreal de Estado, hubiera tomado como ciencia de referencia la geometría y no la medicina. ¿Por qué? ¿Por qué Platón toma como ciencia de referencia para entrar en la Academia la geometría y no la medicina? ¿Por qué puede entrar en la Academia quien ignore el materialismo médico pero no quien desconozca el idealismo geométrico? ¿Qué concepto tiene Platón de las ciencias? Pues un concepto completamente lúdico, idealista y logopédico. Platón juega con la geometría como si ésta fuera un logogrifo. ¿Qué puentes construyó Platón? ¿Qué campos aró, sembró o diseñó Platón como ingeniero o agrimensor gracias a sus conocimientos de geometría?
Usar la geometría para para proponer ejercicios mentales, no operatorios, y jueguecitos filosóficos y filosocráticos ―lo que equivale a decir también pseudofilosóficos y pseudosofísticos (porque toda filosofía no es sino una forma excéntrica de ejercer la sofística)― es una muestra más de cinismo y de ludismo que de originalidad filosófica y de desarrollo científico.
Desengáñese el admirador de los diálogos platónicos: Platón es artífice de una filosofía completamente incompatible con la realidad. Pero, precisamente por ello, de un poder seductor insólito y permanente. Platón es el primer seductor de idealistas. Y lo es aún hoy.
He insistido en diferentes lugares en que difícilmente se puede considerar a Platón como fundador de la filosofía. Platón es un sofista más, si bien excéntrico, como su maestro, Sócrates.
Si la filosofía tiene realmente un comienzo, éste está en la obra de Aristóteles. Platón es el canto del cisne de un pensamiento realmente presocrático: su visión idealista y utópica, mística y metafísica, aunque le lleva a superar el monismo y el relativismo de todos sus predecesores, impulsado por un afán de originalidad que sólo en cierto modo fue capaz de satisfacer, no nos sitúa en la realidad de este mundo, sino en el idealismo absoluto de las ideas puras.
Su filosofía, como la de su mítico maestro y socrático ventrílocuo, sin duda y sin reservas, no era de este mundo. Y esta huida hacia el idealismo, esta fuga hacia la metafísica idealista y utópica, tanto en política como en ciencia, es lo que hace fascinante su filosofía, aún hoy, para todos aquellos que ―adolescentemente― se ilusionan con la idea de ser disidentes, ante una realidad que les disgusta, y superiores, ante un entorno que ―como a Sócrates gualdrapero― no les comprende en su «genialidad».
Desde un idealismo filosófico incompatible con el racionalismo materialista, Platón explicó a su manera lo que formó parte de su tiempo y de su espacio, de su historia y su geografía, muy reducidas frente a las nuestras, con todas las limitaciones que esto entraña, y que la tradición posterior a Platón nos sirvió en bandeja —cristiana primero, y secularizada después—, como una preceptiva que estaba prohibido tocar y cuestionar, de la Edad Media romana y apostólica al Romanticismo teísta y protestante, y de éste a nuestra contemporánea y no menos espiritualista posmodernidad.
El propio Aristóteles fue extremadamente cuidadoso en este punto con su maestro. Aristóteles fue un discípulo que supo nadar y guardar la ropa. Si todo discípulo es un intérprete sin originalidad ―que más que interpretar al maestro simplemente lo sigue, lo cita o lo recita―, Aristóteles supo ser un discípulo original, valga la abismal paradoja. Porque un discípulo original, a partir de cierto punto, deja de ser un discípulo, y se convierte en otra cosa. Es decir, deja de ser ―también― un condiscípulo.
Platón impregnó de misticismo todas sus interpretaciones de la realidad, e hipotecó definitivamente de este modo no sólo su propia filosofía, sino toda forma posible de interpretarla.
Piénsese que para Platón hay dos tipos de locura: una, que resulta de la enfermedad física, de la que no se ocupa en absoluto; y otra, cuya causa es metafísica, y actúa por inspiración divina o posesión demoníaca, al dotar a su poseso de potencias ―que no facultades― proféticas, poéticas o irracionales.
Es potencia, y no facultad, porque, para Platón, nadie enloquece cuando quiere, sino cuando puede, por mediación o intervención divinas o demonológicas. Aquí residiría la esencia, o la genialidad, de la creación poética: el poetizar. Así es como el misticismo filosófico de Platón eclipsa y disuelve el criterio naturalista de Hipócrates.
En cierto modo, podríamos decir que las ideas platónicas sobre la locura perduran hasta hoy en la mente de ciertos pensadores, idealistas y adolescentes.
Para Platón, la experiencia mística ―que no la experiencia fisiológica― explica el motor del comportamiento humano. Son los dioses quienes trastornan al ser humano, y no los hechos materiales de la vida real.
¿Son éstas interpretaciones que pueda asumir un filósofo materialista? Porque ésta y no otra es la teoría de Platón sobre la poesía y los poetas, sobre el origen de la literatura y la causa misma del hecho literario: una locura metafísica, que hace del poeta una criatura «alada», «divina», «loca», «enajenada», «demente»...
La poesía ―como prototipo de lo literario― era para Platón resultado del «alma» irracional, insensata, enferma, trastornada y alejada de todo racionalismo.
Esto es una «teoría» metafísica de la poesía y de la literatura que nada tiene que ver ni con la poesía ni con la literatura, y que desde luego hay que explicar por contraposición a la idea de locura que sostiene Hipócrates, como enfermedad diagnosticable desde causas y consecuencias naturales, y por contraposición a la idea de literatura que exige la Crítica de la razón literaria, como sistema de materiales y formas que objetiva, a través de la ficción, una forma inédita de racionalismo. Pues toda literatura mide y objetiva el grado de racionalismo del que dispone la sociedad humana que la hace políticamente posible.
Hipócrates es científico y materialista, frente a un Platón filosófico, idealista y utópico. He aquí el discípulo de Sócrates y el «fundador» de una filosofía, siempre metafísica, idealista y utópica, absolutamente incompatible con la realidad.
La filosofía de Platón es la de sus antepasados socráticos y presocráticos, pero mejor contada: «Porque es una cosa leve, alada y sagrada el poeta, y no está en condiciones de poetizar antes de que esté endiosado, demente, y no habite ya más en él la inteligencia» (Platón, Ion, 534b). Y hasta aquí llega la inteligencia literaria de Platón. La filosofía platónica termina donde comienza la literatura.
No por casualidad desde Platón la literatura ha sido el Talón de Aquiles de los filósofos. Cuando la literatura habla, la filosofía calla. Porque sólo la literatura puede silenciar a la filosofía.
Jesús G. Maestro, Crítica de la razón literaria (III, 1.1), 2017 · 2022.
Literatura y desengaño: Racionalismo barroco frente a idealismo ilustrado
En esta intervención se contraponen dos formas de racionalismo: el barroco español, entendido como un racionalismo materialista y crítico, y la Ilustración, interpretada como un racionalismo idealista, elitista y programático[1].
Según este planteamiento, la Ilustración reduce la literatura a un instrumento de adoctrinamiento moral y político al servicio de las élites, concibe la razón como patrimonio exclusivo de minorías ilustradas y transforma la creación literaria en una preceptiva rígida y normativa. Frente a ello, el Barroco —encarnado sobre todo en Cervantes, Quevedo, Gracián o Calderón— desarrolla una literatura de desengaño, no como pesimismo propio de las emociones de la impotencia, sino como conocimiento racional de la realidad efectiva: una realidad intervenida por el conflicto, las pasiones, la violencia, la hipocresía y los límites de la acción humana.
El Quijote se alza así como la más poderosa crítica de las ficciones idealistas incompatibles con el mundo real, mientras que Quevedo representa la demolición satírica de ilusiones humanas, políticas y morales.
La conferencia sostiene además que gran parte de la cultura contemporánea, en particular las élites intelectuales de la generación de los búmeres, prosigue enrocada en el idealismo ilustrado mediante utopías morales, pedagogías redentoras y discursos de una cursilería sentimental, de modo tal que pretenden imponer deseos tan subjetivos como anacrónicos sobre la realidad material del siglo XXI.
Frente a ello, una literatura verdaderamente crítica debería ejercer la función de reintroducir en nuestro tiempo el desengaño racionalista, y destruir mitologías inútiles e ideologías fracasadas, así como mostrar la complejidad efectiva que les toca vivir a los más jóvenes, esa generación cervantina de chavales nacidos en el siglo XXI.
La tesis final sostiene que el Barroco es más racional que la Ilustración precisamente porque no idealiza al ser humano ni confunde deseos absurdos con realidad efectiva, sino que exige ajustar el pensamiento a las condiciones materiales de la vida real, histórica y política.
1. ¿Qué concepto de literatura tiene la Ilustración?
El racionalismo de la Ilustración es incompatible con el racionalismo de la literatura. Por sorprendente que parezca, la Ilustración tiene un concepto de literatura por completo plano e inoperante, reducido esencialmente a adoctrinamiento moral.
Si examinamos el pensamiento literario de los ilustrados desde el punto de vista de las exigencias de la literatura, según su tradición hispanogrecolatina y los planteamientos metodológicos de la Crítica de la razón literaria, y no desde las exigencias de las filosofías ilustradas, estas serían las ideas principales y su respectiva interpretación crítica y dialéctica.
1. La Ilustración tiene un concepto de razón totalmente elitista, al servicio de la ética del poder político y minoritario, exclusivo y excluyente, que monopoliza la literatura como algo gestionado y producido por las élites, no por el pueblo, el cual queda reducido a consumidor acrítico, nunca a productor selecto. Ni siquiera a intérprete con validez y capacidades propias.
2. Asimismo, los ilustrados se arrogan de forma específica las facultades críticas e interpretativas de los hechos literarios, sin reconocer en el pueblo llano ninguna posibilidad al respecto. El poder intelectual y político estima que el pueblo, por sí mismo, es incapaz de comprender cualquier obra literaria, por lo que es necesario traducírsela a un lenguaje capaz de ser asumido por las deficientes facultades de la plebe. Esta tendencia persiste hasta hoy, y se manifiesta en el hecho de hacer creer a la gente común y corriente que es incapaz de leer el Quijote de Cervantes, y que por ello mismo necesita la mediación de las élites, a través de ediciones críticas, troceadas, fragmentadas, saturadas de notas apabullantes y obtusas o incluso traducidas a un supuesto «español actual», comprensible por su presunta facilidad, dado que el pueblo sería incapaz de leer directamente a Cervantes tal como los académicos sí son —supuestamente— capaces de hacerlo.
3. Pese a sus apariencias publicistas, la Ilustración concibe la ciencia como algo en lo que debe intervenir la filosofía, la religión —bajo el simulacro de la secularización— y la ideología política. La presunta independencia o autonomía ilustrada de las ciencias es una farsa más del discurso de los iluminados, como también lo es la idea de una secularización de la cultura o de un laicismo educativo. Nadie más religioso y pietista que Kant para preservar, en nombre de la Ilustración prusiana, idealista y fabulosa, una metafísica teológica frente al concepto mecanicista del mundo debido a la física de Newton. La Ilustración impuso un fundamentalismo científico que llega hasta nuestros días, donde la ciencia reemplaza dogmáticamente el papel que el monoteísmo del Antiguo Régimen reservaba a Dios. Hoy no se dice que el Dios de Lutero, protestante y reformado, nos niegue la libertad, en nombre del determinismo providencialista: hoy se niega la libertad en nombre de la mecánica cuántica, por ejemplo.
4. A diferencia del Barroco, la Ilustración es un movimiento con pretensiones globalistas que niega la dialéctica y toda forma de oposición, al fagocitarla desde una falsa combinación sintética, muy al estilo hegeliano, en virtud de la cual todo se armoniza. Las contradicciones insolubles, es decir, no armonizables, simplemente se descalifican en nombre de un supremacismo moral, cuya fórmula es muy simple: el adversario está moralmente equivocado. De este modo, el enemigo queda convertido en una errata biológica y ética que debe ser desautorizada por las buenas, en nombre de lo políticamente correcto, o incluso, por las malas, tal como planificó el nazismo, exterminada.
5. En consecuencia, el concepto que tiene de la realidad la Ilustración, es decir, la ontología ilustrada, es totalmente monista: todo depende de una potestad superior, y esta potestad son las élites que gestionan el poder político en nombre de un orden moral trascendente y globalista, cuya figura suprema no es Dios, sino el Estado. Hoy el Estado queda reemplazado por una nueva divinidad omnipotente y autosatisfactoria de todo tipo de bienes y dichas: el mercado global y sin fronteras. Todo está relacionado y subordinado al poder mercantil, político y providencial de las élites, y oponerse a ello es incurrir en un comportamiento equivocado e incluso delictivo. Una errata moral y penal. El pueblo llano queda reducido a un conjunto de recursos absolutamente sometidos al despotismo elitista. Esto explica que la democracia fundacional de los Estados Unidos asumiera la esclavitud como un hecho absolutamente natural, necesario y legítimo. Y que el siglo XXI, tanto o más neoilustrado que el XVIII, imponga un concepto de trabajo cuyos imperativos estén por encima de la libertad individual y de cualesquiera otras satisfacciones, de modo que el lema «el trabajo os hará felices» es la base de un nuevo derecho mercantil globalista donde se disuelven todos los primitivos derechos laborales y civiles encarnados en los decadentes y anémicos Estados de nuestra actual centuria.
6. El concepto de literatura que se deriva de estos postulados se resume en un único término: preceptiva. Los ilustrados consideran que una obra es literaria si reproduce literalmente la preceptiva o ley dictada para promover el ideal de razón elitista, idealista y programática en que se basan todos los objetivos monistas y globales de la Ilustración. La poética literaria, como conjunto de procedimientos constitutivos de los materiales literarios, de raíz aristotélica e hispanogrecolatina, queda derogada en nombre de la preceptiva neoclásica, que se impone programáticamente como un código penal sobre la totalidad de los procesos de creación literaria y artística. La literatura queda convertida en el siglo XVIII en un kitsch neoclásico y cerrado, sin posibilidades de desarrollo original.
7. En este sentido, toda genealogía literaria queda reducida a una sola y única familia, la literatura programática o imperativa, del mismo modo que había postulado Platón en su patibularia República. El modelo de este nuevo linaje literario será el Emilio de Rousseau, el manual oficioso de la pedagogía posmoderno impuesta en el siglo XXI. La crítica se extirpa de este modo de todos los niveles educativos, hasta su proscripción, reemplazada por sentimientos irreflexivos e intocables. Asimismo, la literatura crítica o indicativa resulta totalmente derogada y subrogada por una literatura programática o imperativa, según los dictados de las ideologías ilustradas y elitistas. El pueblo sólo puede votar y leer lo que las élites deciden y publican. Así es como el acto de votar se convierte en un acto de obediencia: votar es obedecer, leer es obedecer y vivir es obedecer. La educación es obediencia y todo es obsecuencia y sumisión. La educación, que remite a saber conducirse en la vida, resulta sustituida por la pedagogía ilustrada, como forma de obediencia, de modo que ejercer la libertad es cumplir con las leyes. En realidad, cumplir la ley es obedecer, porque la libertad se ejerce siempre dando un paso más allá de lo que las leyes, sobre todo en educación, permiten hacer, decir y pensar.
8. Por su parte, los materiales literarios, es decir, la ontología de la literatura, queda igualmente reducida en manos de los ilustrados a dos términos, con sus respectivas operaciones: autor / lector, de modo que el autor legisla y el lector obedece, pero no interpreta. La Ilustración no reconoce en la interpretación de las obras literarias más libertad que la autorizada por el protestantismo luterano ante las Sagradas Escrituras: la libertad de conciencia. Lo que ocurre es que la libertad de conciencia no sale de la conciencia, es decir, vive en la cárcel del cerebro y no en los escenarios vitales y legales de la vida real. El hecho clave está en que la libertad de conciencia del intérprete es la negación de la libertad de la ciencia que exige la literatura para poder ser interpretada como es debido, y no como es querido por la subjetividad del individuo, el gremio o la ideología de turno.
9. Por esta razón, desde el punto de vista de la gnoseología de la literatura, es decir, de las posibilidades de estudiar científicamente la literatura, se impone la interdicción, la prohibición o, sin más, el descrédito. La Ilustración es responsable de negar toda posibilidad de estudiar científicamente la literatura, en particular, y el arte, en general, con la intención de reducirlos a puro entretenimiento y pasatiempo. Baumgarten deroga el uso del término poética y lo reemplaza por el de estética (del griego aisthésis o sensación), de modo tal que el arte queda reducido a sus efectos sensibles. La literatura concebida por la Ilustración y el idealismo alemán renuncia a lo inteligible para limitarse a lo sensible. El Romanticismo hará el resto. Los ilustrados son los primeros en disolver la literatura en cultura, primer paso para reemplazar los estudios literarios por estudios culturales, y en convertir esta idea de cultura, indefinida y vacua, en ideología social para gremializar a las masas. La cultura se erige así en ideología. La cultura es una invención ilustrada de pueblos que tomaron conciencia de una carencia esencial y admirable en otros pueblos históricos y vecinos: la literatura. Alemania comprueba durante la Ilustración y el Romanticismo el poder de la literatura griega, latina e hispana, lo que provoca una reacción de cultura —que no de literatura— nacionalista germana con el fin de contrarrestar un pasado inasequible a sus pretensiones supremacistas. Los idealistas alemanes tratan de reemplazar la figura de Homero hasta disolverla en una suerte de Volksgeist germano, sin el cual sea imposible interpretar el resto de literaturas del mundo. En este contexto, un visionario y senescente Goethe postula una suerte de Weltliteratur o «literatura mundial alemana», algo así como una literatura comparada según la cultura germana.
10. El pensamiento religioso protestante interviene de forma totalitaria, bajo los imperativos de la Ilustración, el concepto de ficción literaria, de tal modo que leerá la literatura como si fuera una verdad —peligrosa—, un hecho real y no una fábula imaginaria. El idealismo ilustrado concibe la ficción literaria como una amenaza, de igual forma que Platón. La misma Ilustración que proclama la independencia de la Iglesia interpreta la literatura desde los dogmas morales más fuertemente teológicos, ideológicos y filosóficos de la historia, de modo que se toma la ficción en serio y proscribe los hechos literarios que considera delictivos o inconvenientes a sus ideales. En el siglo XVIII ocurre exactamente lo mismo que hoy, en pleno siglo XXI. Todo dogmatismo moral se toma siempre la ficción en serio, como una amenaza real y efectiva, tan nociva como la risa, lo cómico o el sentido del humor.
11. Desde el punto de vista de los géneros literarios, la Ilustración impone teorías normativas y preceptivas incompatibles con la literatura, su historia y su realidad, desautoriza el teatro español de los Siglos de Oro, la dramaturgia shakesperiana e incluso cualquier forma de entender la vida que, en nombre de una libertad real, no comulgue con la libertad ideal que propugnan, fraudulentamente, imperativamente, interdictivamente, tanto la Ilustración como su hijo natural y resentido: el Romanticismo. La literatura que no coincide con las teorías normativas de los géneros literarios ilustrados no es literatura. Dicho de otro modo: si algo falla, la culpa la tiene la realidad, no la Ilustración. Esta es una de las tesis nucleares del idealismo.
12. Finalmente, la Literatura Comparada se convierte a lo largo de los siglos XVIII y XIX, de la mano del positivismo histórico, en un poderoso testimonio de supremacismo afrancesado, para dar lugar en el siglo XX a un comparatismo anglosajón, con base geográfica en los Estados Unidos, tras el triunfo aliado en 1945. Sin embargo, este comparatismo literario acaba por disolverse a comienzos del siglo XXI en un globalismo indefinido, en nombre de una posmodernidad que no reconoce fronteras, y por lo tanto tampoco diferencias, de modo que la literatura es cultura y todas las culturas son iguales, por lo cual no hay nada que comparar. La Literatura Comparada, de larga tradición en el mundo hispanogrecolatino —recuérdese el libro de Cristóbal del Villalón, Ingeniosa comparación entre lo antiguo y lo presente (Valladolid, 1539)—, nos permite recorrer en la Edad Contemporánea una etapa de tres siglos, bajo el supremacismo nacionalista ilustrado y romántico de Francia, Alemania —frustrado en dos guerras mundiales— y Estados Unidos para desembocar actualmente en un nihilismo literario, cuyo océano es un mercado global y laberíntico en el que la literatura queda reducida al consumo de Harry Potter o la poesía cancioneril de un Premio Nobel como Bob Dylan.
El desengaño barroco no debe interpretarse como una actitud sentimental, melancólica o psicológica, sino como una forma de racionalismo materialista y preventivo del fracaso. El Barroco tampoco concibe el desengaño como una filosofía existencialista, cuyo fin resida en sí misma, sin otras consecuencias que la autocontemplación, el narcisismo de la derrota o el nihilismo moral del impotente. El desengaño aurisecular consiste en comprender que la realidad no está organizada según los deseos humanos, ni responde a ideales morales, religiosos o políticos concebidos subjetivamente. Hablamos de un desengaño frente a las ficciones engañosas y los ideales fraudulentos.
La literatura barroca española —Cervantes, Quevedo, Gracián, Calderón, sor Juana— constituye una de las expresiones más poderosas de este racionalismo del desengaño. No porque niegue la existencia de ideales, sino porque demuestra críticamente su impotencia frente a las condiciones efectivas de la realidad histórica, política y antropológica.
El Barroco no afirma que «el mundo es malo». Sostiene algo mucho más profundo: el mundo —uno de los enemigos de la razón, esto es, del alma— no está hecho para satisfacer las ilusiones personales, sino para traicionarlas. Los deseos engañan al ser humano y a su forma de interpretar la realidad, muy al contrario de lo que postula toda la obra ilusoria de Freud. El Barroco, en suma, nos previene exactamente de lo contrario que afirma y promueve esa ilustración idealista y fabulosa: la tiranía de las emociones subjetivas, de los ideales engañosos y de las apariencias fraudulentas.
El idealismo ilustrado, en oposición a la inteligencia y el racionalismo barrocos, considera que la razón humana puede reorganizar satisfactoriamente la sociedad conforme a proyectos ideales e ilimitados de progreso, igualdad, virtud, paz o felicidad universal. El Barroco desconfía de tales construcciones porque conoce la potencia irreductible de las pasiones humanas, la violencia, la necedad y el conflicto político interminable.
El Quijote constituye sin duda la obra clave para comprender esta oposición entre racionalismo barroco e idealismo ilustrado.
Don Quijote no enloquece simplemente por leer libros de caballerías: enloquece porque interpreta la realidad según modelos literarios idealistas incompatibles con ella. Modelos cuyo idealismo procede de los libros de caballerías. Esta novela muestra constantemente el choque entre construcción ideal y resistencia material o efectiva del mundo.
La genialidad de Cervantes no consiste en ridiculizar únicamente al personaje, sino a lo que el personaje representa: el idealismo que ignora la realidad. En consecuencia, el Quijote explicita una realidad que destruye ideales imposibles y que advierte al ser humano del riesgo que supone vivir de forma incompatible con la realidad y el mundo. El conflicto no se reduce a «locura frente a cordura», sino a la imposibilidad de hacer coexistir idealismos y utopías —en las que sin embargo sí confía la Ilustración— con estructuras históricas y hechos reales efectivos.
La literatura barroca, a diferencia de la ilustrada y romántica, no tiene como finalidad catequizar moral o ideológicamente al lector, sino representar de forma crítica las contradicciones de la experiencia humana ante la realidad de los hechos y no bajo el idealismo de programas o imperativos morales supremacistas.
El Quijote desmonta varios mitos, como el mito de la justicia universal, el mito del heroísmo moral y supremacista, el mito de la bondad natural, el mito de la armonía social, el mito de que la voluntad humana basta para transformar el mundo o para exigir y legitimar esa transformación deseada, el mito de que las élites son mejores que el pueblo y que por ello mismo han de gobernar al pueblo, en nombre de una ilustración política (despótica) o de una política ilustrada, esto es, de un despotismo ilustrado.
Si don Quijote fracasa, no es por malvado, sino por inocente o ignorante, en su caso, por idealista —ignorante del funcionamiento de la realidad—, si bien sus adversarios triunfan precisamente no por inteligentes, sino por astutos, maliciosos e incluso indecentes, como es el caso de los duques y otros de sus pervertidos burladores, nobles o villanos.
Sin embargo, Cervantes no responde a estos mitos solamente con el cinismo y la ironía. El desengaño cervantino conserva inteligencia, humor y dignidad ante las clases humildes, a las que previene de frustraciones manifiestas y falsarias ilusiones. Don Quijote fracasa materialmente, pero revela una grandeza humana muy superior a la vulgaridad de cuantos lo rodean, sean nobles o clérigos, humanistas o plebeyos.
4. Sobre el racionalismo político del Barroco
El Barroco español surge en un contexto de decadencia europea —no solamente española— y punto culminante, por paradójico que resulte, de la consumación histórica del imperio hispano, así como de guerras constantes, crisis económicas y fracasos religiosos en la Europa reformada, que dan lugar a una multiplicación descontrolada de sectas protestantes, cuya repercusión llega hasta nuestros días. Esta visión del siglo XVII no suele verse explicada en la propaganda académica, por lo común de hechura afrancesada y anglogermana, sin duda negrolegendaria. No es casual que el siglo de Quevedo desarrolle una visión especialmente crítica de la condición humana, a la que la Ilustración se sustrae sofisticadamente para evitar conflictos ante los que no tiene respuesta ni explicación.
Frente al optimismo antropológico propio del idealismo ilustrado, el Barroco nunca pierde de vista varias constataciones y atestaciones de la realidad más viva y palpitante, que conviene declarar, aunque sólo sea para advertírselas a muchos búmeres e intelectuales neoilustrados nacidos a mediados del siglo pasado. El pensamiento barroco sabe que 1) el ser humano es racional por naturaleza, pero eso no basta para controlar las consecuencias de la vida, porque la razón, siendo imprescindible, no es suficiente; 2) la sociedad no elimina ni supera los conflictos: convive con ellos; 3) el poder político jamás desaparece ni clausura el curso de la historia: se transforma constantemente porque la libertad humana, a merced de una diosa Fortuna cambiante, no permite ningún final o estatismo histórico; 4) la violencia es constitutiva de la historia y la política, a las que conforma, y no es posible idealizarla sin fracasar; 5) la religión no resuelve las contradicciones materiales humanas, las moraliza; y 6) la razón tiene límites operativos que no se resuelven metafísicamente, es decir, la razón antropológica es incompatible con cualquier irracionalismo teológico que niegue la libertad humana, dicho de otro modo, es incompatible con el protestantismo y sus desenlaces nihilistas.
Todos los autores del último Siglo de Oro español convierten el desengaño en un instrumento de supervivencia intelectual, personal y profesional. El hombre prudente no es el idealista ni el humanista que ignora la realidad, al modo de Erasmo, Montaigne o Tomás Moro, sino quien conoce las reglas efectivas y reales del poder, la ambición o la hipocresía social, al modo de Nicolás Maquiavelo, Francisco Suárez, Francisco de Vitoria, Francisco de Quevedo, Juan de Mariana o Diego de Saavedra Fajardo.
El Barroco desarrolla diferentes formas de explicitar, examinar y hasta conjurar los múltiples idealismos, incorporándolos a su propio racionalismo materialista y crítico a través de la sátira, la ironía, la alegoría, el perspectivismo y la desmitificación de las apariencias, entre otros innumerables recursos.
El mundo barroco no condena el idealismo porque niegue la verdad, sino porque sabe que la verdad nunca aparece de forma transparente en la vida política o social, sino bajo apariencias confusas, engañosas, laberínticas. Esas son las formas del idealismo de las que abjura el Barroco, precisamente las mismas que la Ilustración se apresura a entronizar e idolatrar, con unos resultados absolutamente decepcionantes, de los que disfrutamos grotescamente en la posmodernidad del siglo XXI.
5. Quevedo y la demolición de las ilusiones humanas
Francisco de Quevedo representa quizá la forma más extrema del desengaño barroco. En su literatura aparece constantemente una serie clave de tópicos o temas barrocos: la corrupción del cuerpo, la degradación del poder, la fugacidad del tiempo, la falsedad de la vida pública y social, la miseria moral de hombres y mujeres...
Sin embargo, reducir este código barroco a simple «pesimismo» es una trivialización escolar y neoténica. Quevedo no lamenta sentimental o emocionalmente la decadencia, sino que la diagnostica de forma crítica y también preventiva. Por otro lado, el autor del Buscón (1626) y de los Sueños (1627) no es un precedente del existencialismo europeo finisecular y del siglo XX, de Kierkegaard a Sartre, pasando por Heidegger, sino que es el artífice mismo del existencialismo, de genealogía senequista y cristiana, al secularizar materialmente en su literatura muchos de los planteamientos de la filosofía católica.
Su literatura destruye toda idealización de la vida y sus exigencias, porque entiende que el lenguaje político, religioso y moral suele funcionar como un mecanismo que oculta y manipula perversamente múltiples intereses latebrosos. Quevedo es todo lo contrario a la publicidad y propaganda posmodernas. Es la antítesis de Rousseau y la desmitificación de Kant, es el antídoto de la Ilustración y la solución a los problemas que plantean desesperados e impotentes escritores como Nietzsche, Freud o Heidegger.
El Barroco descubre, a través de la prosa y la lírica de Quevedo, una verdad decisiva y censurada por la Ilustración: las palabras pueden convertirse en instrumentos de mentira institucionalizada. De ahí la importancia de la agudeza conceptual, de la sátira y del ingenio como formas de desenmascaramiento de las falsas apariencias y de las censuras de un poder que, en nombre de una supuesta libertad ideal, destruye la verdadera libertad política de la vida humana.
El Barroco combate además algo que la Ilustración preservará y potenciará en las manos exclusivas y excluyentes de las élites: los saberes esotéricos. Me refiero a los conocimientos ocultos, limitados a un grupo o gremio dominante, saberes esotéricos (con S), y no universales o exotéricos (con X).
El hombre del Barroco exige que el conocimiento sea literalmente «católico», es decir, universal o exotérico, y no algo circunscrito a élites que disponen de saberes e instrucciones no compartidos con el pueblo. En este sentido, el Barroco es un movimiento efectivamente católico, no tanto en el sentido religioso, sino según una forma secular y no jerarquizada de plantear y exigir una universalización del conocimiento, sin límites estamentales ni restricciones históricas, geográficas o políticas.
España no priva de sus conocimientos y tecnologías a los habitantes de la geografía hispanoamericana, al contrario de lo que sí hará el protestantismo en los territorios ocupados de los actuales Estados Unidos y Canadá, desplazando y reduciendo a la población nativa en «reservas» y espacios no compartidos con la población invasora. La anglosfera, obsesionada mordazmente por una idea fabulosa y mítica de pureza que cree poder preservar histórica y genéticamente, no se mezcla con lo ajeno: lo esclaviza.
Darwin es un resultado del protestantismo antes que un enemigo del creacionismo. Fíjense en el título completo de su obra: Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida (1859). La neoilustración intelectual posterior a la Segunda Guerra Mundial evitó siempre citar el título completo de este libro, porque su segunda parte resultaba muy inconveniente: «Las razas favorecidas en la lucha…». El concepto de libertad de Darwin es puramente genitivo: la libertad del más fuerte. Un concepto de libertad incompatible con el pensamiento de Cervantes. Y con la libertad del Barroco, más solidaria que la exigida por la Ilustración. Y acaso por ello mismo más difamada.
6. La Ilustración y el nacimiento del idealismo moderno
El idealismo es fruto de la Ilustración, no del Romanticismo, su hijo más resentido y consentido. La Ilustración es responsable de haber inoculado en las élites políticas una confianza ciega en un sistema de errores y prejuicios que, en pleno siglo XXI, ha cobrado fuerza nueva, hasta promover una peligrosa huida hacia adelante, capaz de precipitar a nuestra civilización en un abismo de nihilismo y agotamiento definitivos.
Estos prejuicios e ideales son, entre otros, los siguientes: exaltación del progreso como ideal histórico y pérdida de toda consciencia de las consecuencias regresivas o involucionistas de sus propios dogmas e imperativos visionarios, de modo que en nombre de un concepto alucinatorio de progreso todo está permitido; idolatría de la democracia ilustrada como fin de la historia; convicción de que la educación universal de las élites debe estar por encima de la educación del pueblo, lo que patenta la legitimidad de las minorías selectas, en términos de Ortega, o de las «minorías» —sin más, pues toda minoría sería «selecta» por naturaleza— contra cualesquiera mayorías, de las que las élites nunca formarían parte; la gestión de la política para el pueblo, pero sin el pueblo (fórmula inconcusa del despotismo ilustrado); imposición de reformas sociales al pueblo, pero sin contar con el parecer del pueblo, aunque el pueblo no necesite ninguna reforma, pues las élites deciden por él, al tratarse de una democracia en la que el krátos y el démos conviven separadamente; idealización subyugante de una moral humanitaria en términos elitistas y supremacistas, que todos deben cumplir por encima de su voluntad personal; la religión como ética del poder para las élites y al servicio de los intereses de las élites, nunca del pueblo ni para el pueblo, de modo que el sentimiento religioso verdadero es elitista, no popular; cultivo de la fe en los negocios como trasunto de Dios y exaltación del amor al dinero, no al prójimo; negación de la libertad del otro —sobre todo si es «diferente»— y afirmación del éxito propio, basado de forma exclusiva en la prosperidad económica; idealización del trabajo, el dinero y el liderazgo supremacista… La lista puede resultar interminable, sobre todo si apelamos a los procedimientos ideales —y materializables— de control globalista de la población, planetariamente, en función de intereses políticos y mercantiles. La única libertad autorizada es la libertad del mercado, no la del ciudadano, reducido a un ente de consumo sólo visible numérica o estadísticamente.
Autores como Juan Jacobo Rousseau o Manolo Kant creen posible fundamentar racionalmente una moral universal y una reorganización progresiva y programática de la sociedad. El concepto totalitario de Estado hegeliano precipitará el idealismo político de semejantes programas, abriendo las puertas del «progreso» histórico al marxismo y el nazismo.
Desde una perspectiva crítica, con la Ilustración nace la bestia totalitaria del idealismo contemporáneo. De hecho, nuestra vida en el siglo XXI es resultado del totalitarismo de la Ilustración. La frontera que separa el idealismo del totalitarismo es invisible. Y como el totalitarismo, la Ilustración promueve la creencia en soluciones definitivas o «soluciones finales» (la democracia como fin de la historia, en palabras de Fukuyama), decreta la confianza dogmática y programática en la pedagogía, defiende la idea de un progreso moral irreversible y determinista y exige la subordinación de la realidad a construcciones teóricas y elitistas de un idealismo absoluto y global. El Barroco habría considerado estas ideas como hiperbólicas formas de ficción antropológica incompatibles con la realidad y con la vida humana inteligente.
Donde la Ilustración afirma que «la razón humana es una facultad de las élites a la que ni el pueblo ni la población extranjera —diferente y ajena a las propias élites— debe acceder, porque, por su naturaleza imperfecta, ni puede usar ni debe disponer de tal recurso», el Barroco advierte que «el ser humano es, sin excepciones, un animal político intervenido por idealismos engañosos (pasiones, violencia y deseo de poder) que es necesario identificar y evitar para sobrevivir de forma racional y civilizada». La Ilustración combate cualquier forma de poder alternativo a las élites, de modo que actúa legitimada para usar con toda la fuerza de su sofística el idealismo como instrumento de engaño y fracaso ajenos; el Barroco, por su parte, por una cuestión de principios, combate el idealismo destinado a engañar al ser humano. Las posiciones son irreconciliables e incompatibles. Hoy, sin embargo, vivimos en sociedades enamoradas del idealismo. Hoy vivimos en democracia.
En nuestro siglo XXI, el desengaño está prohibido. A la democracia le falta realmente muy poco para prohibir, por ley, la infelicidad. Si eres infeliz, eres mala persona. Este imperativo parece ser el lema de nuestro tiempo. El objetivo de la publicidad, como el de la propaganda, es hacerte creer que la realidad es lo que compras cuando te venden las apariencias. En política, se llama democracia o totalitarismo, según compres o vendas o a la inversa.
La «literatura» mercantilizada por la anglosfera desde mediados del siglo XX puede leerse y consumirse como prolongación de esta tensión entre idealismo y desengaño, con la finalidad de entronizar el idealismo y extirpar toda experiencia o consciencia de desengaño.
El Romanticismo se propone reafirmar el idealismo sentimental e individualista. Frete a él, el Realismo recuperará críticamente la herencia barroca, coadyuvado por un renacer del naturalismo, que Zola trata de monopolizar como si lo hubiera inventado él mismo, y nunca antes se hubiera escrito un Libro de Buen Amor o Libro del Arcipreste, un Gargantúa y Pantagruel, un Lazarillo de Tormes o un Quijote, por ejemplo. Flaubert, Dostoievski, Galdós, Leopoldo Alas, «Clarín», o el propio Zola reaccionan contra el delirio romántico y enfrentan de nuevo al ser humano con los fracasos de las promesas incumplidas de la Ilustración. Emma Bovary, Ana Ozores y muchos otros personajes galdosianos fracasan precisamente porque intentan vivir según ficciones incompatibles con la realidad humana y eviterna, intervenida especialmente por los prejuicios sociales y políticos instaurados por la Ilustración. La novela realista se convierte así en una gran maquinaria de desengaño, capaz de recuperar muchos de los valores del Siglo de Oro en medio de las crisis múltiples de la Edad Contemporánea.
La literatura verdaderamente crítica —o indicativa— no confirma las ilusiones ideológicas de su tiempo, ni de ningún otro, como sí hace la literatura programática o imperativa, sino que las destruye y desautoriza incluso científicamente.
Sin embargo, nuestro más inmediato presente impone un retorno masivo del idealismo, de la mano del cine, la pseudoliteratura de mercado —pues otra literatura ajena al comercio resulta invisible (en la universidad la literatura ha muerto hace años)—, aplaudida políticamente en premios y galardones institucionales, internet y redes sociales y lo que queda de las proyecciones y seriales televisivos, básicamente en canales de pago.
Uno de los aspectos más actuales de esta oposición entre idealismo neoilustrado y desengaño, silenciado o eclipsado este último por la propaganda democrática y globalista, consiste en observar cómo gran parte de la cultura contemporánea, reducida a ideología, ha abandonado el racionalismo crítico —de orden barroco y dialéctico— para regresar a formas intensas de idealismo —de naturaleza ilustrada, romántica y hasta metafísica, semilla que está en el resurgir de nuevas creencias y oleadas religiosas—.
Hoy proliferan, con intensidad creciente y acrítica, utopías sentimentales, emocionales e ideologías de todo tipo, incluidas las religiosas; moralismos supremacistas basados en la fuerza de la fe, que no de la razón; psicologización extrema de la política hasta en los aspectos más íntimos de la vida, desde los colores hasta los morfemas; imposición de pedagogías redentoras a las que no es posible oponerse públicamente sin convertirse en un chivo expiatorio de masas intimidadas por el horror a verse individualmente sacrificadas; discursos en los que el deseo subjetivo pretende imponerse a la realidad material de la vida como verdad indiscutible. La enumeración puede continuar hasta el día del juicio final. Desde una perspectiva barroca, muchas de estas construcciones se interpretarían únicamente como nuevas formas de ficción idealista y engañosa. Pero no vivimos en el Barroco ni bajo sus ideales, sino en los imperativos estertorosos de los ideales ilustrados y posrománticos.
La literatura crítica o indicativa tendría entonces, en una visión barroca de la vida, la función de volver a introducir el desengaño racional: recordar los límites de la acción humana, mostrar la persistencia de conflicto que el idealismo no resuelve, destruir mitologías ideológicas de origen elitista, representar materialmente la complejidad de la experiencia histórica y presente y recuperar el desengaño como forma superior de inteligencia literaria.
La gran lección del Barroco español no consiste en enrocarse en la desesperación ni en la impotencia, sino en explicitar una dialéctica racional frente a las ficciones ideológicas de tal modo que prevalezca el desengaño ante el error y de este modo el ser humano evite el fracaso de su persona y de la sociedad política a la que pertenece. El Barroco es una estrategia racionalista ante el fraude del idealismo.
El desengaño no destruye ni inhabilita la acción humana, sino las ilusiones infantiles o neoténicas que ciegan nuestra forma deficiente de ver el mundo y de enfrentarnos a la realidad. Por eso Cervantes sigue siendo el más moderno y actual de todos los escritores universales. Porque muestra que la dignidad del hombre no consiste en vivir engañado, sino en actuar libremente frente los límites, contradicciones y adversidades que impone la realidad.
La literatura crítica no tiene como objetivo sedar moralmente la impotencia humana, sino hacer inteligible el mundo para que individuos y sociedades sobrevivan haciéndose compatibles con la realidad y sus exigencias.
Acaso la verdadera diferencia entre Barroco e Ilustración pueda resumirse llanamente al advertir que la Ilustración confía en que la razón protestante mejora al hombre, en tanto que agente comercial, diríamos, mientras que el Barroco sospecha que el primer deber de la razón es desengañarse a sí misma sobre el hombre mismo, y no hacerle creer en ideales de ningún tipo, sean políticos, religiosos, económicos o incluso humanísticos y filosóficos. El desengaño es el referente preventivo y supremo del Barroco, como el engaño lo es de la Ilustración.
8. Conclusión
La conclusión no es que el Barroco sea menos racional que la Ilustración, sino justamente lo contrario: el Barroco español es mucho más racional porque parte de la experiencia efectiva de la realidad histórica, política y antropológica, mientras que gran parte del idealismo ilustrado construye modelos abstractos, idealistas, fabulosos y supremacistas, de hombre, sociedad y progreso. Las utopías de la Ilustración han sido las más mortíferas de la historia.
En suma, el racionalismo barroco es un racionalismo material y vivo, mientras que el tan celebrado racionalismo ilustrado deriva con frecuencia hacia construcciones idealistas y utópicas. El Barroco no confía en ficciones normativas basadas en cómo «debería» ser el mundo, sino que se enfrenta al mundo —al que considera un adversario o incluso enemigo de la vida humana— tal como realmente es y funciona. Se centra en la ontología, no en la psicología, es decir, en los hechos, no en los ideales. Cervantes, Quevedo o Gracián ofrecen, en esta interpretación de la realidad, una inteligencia crítica más poderosa que muchos discursos ilustrados posteriores. ¿Dónde está el Quijote de la Ilustración? Sólo hay un Quijote, y pertenece a los Siglos de Oro, no a la Ilustración ni al Romanticismo. ¿Acaso los ilustrados razonaron mejor que el autor de esta novela maestra de la literatura universal? ¿Acaso Tolkien razona mejor que Cervantes?
El núcleo de esta interpretación está en que el Barroco no idealiza al ser humano, no cree que la educación suprima el conflicto ni supone que la historia avance moralmente, no confunde deseos con realidades ni convierte la razón en una utopía de la ética de las élites. Y precisamente por eso el Barroco hispano fue mucho más racional que la Ilustración y el Romanticismo anglosajones, porque ajusta el pensamiento a la materia de la experiencia histórica y humana en lugar de entronizar una pretensión idealista y quimérica: creer que la mente de las élites puede hacer con la realidad —y con el pueblo— lo que quiera.
En Cervantes el racionalismo barroco es inequívoco. Don Quijote no fracasa por exceso o deficiencia de racionalidad, sino por interpretar materialmente el mundo mediante ficciones idealizadas incompatibles con la realidad. La novela entera constituye una crítica demoledora de la sustitución de la realidad por construcciones imaginarias. El Quijote es una obra literaria incompatible con la Ilustración y la el racionalismo ilustrado. Quevedo o Gracián llevan estos mismos planteamientos aún más lejos si cabe: la prudencia barroca consiste en conocer las reglas efectivas del mundo, no en predicar desde una posición elitista ideales abstractos sobre él.
De este modo, la oposición correcta no es Barroco = irracionalismo / Ilustración = racionalidad, sino más bien la inversa: Barroco = racionalismo crítico y materialista; Ilustración = racionalismo idealista, supremacista y engañoso. El Barroco conduce al desengaño y la Ilustración exige el engaño. Son dos polos opuestos e irreconciliables. Ahí está el eje efectivo y dialéctico del planteamiento.
Y concluyo con un ejemplo vivo y manifiesto. Piensen que Tolkien es resultado seductor del idealismo ilustrado y romántico. Cervantes, por su parte, es una demostración del racionalismo barroco y de su experiencia y prevención del desengaño. No es lo mismo ver la realidad con los ojos de Tolkien que con los de Cervantes. Ustedes eligen.
Jesús G. Maestro
______________
NOTA
[1] Conferencia pronunciada oral y telemáticamente para la Universidad de La Laguna, Tenerife, a instancias del Grupo de Investigación en Estudios Semióticos Aplicados (GIESA), Área de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, el 15 de mayo de 2026.







