Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, como profesor universitario, autor de la Crítica de la razón literaria, dispone de forma abierta, libre y gratuita, de toda su actividad docente, académica e investigadora, en internet, con más de mil clases grabadas en su canal de YouTube.
Las fronteras invisibles de la globalización
La globalización es más que un tema
controvertido. Tiene tantos simpatizantes como detractores, y unos y otros muy
variopintos. Se nos ha impuesto en nombre del bienestar económico, y se
presenta también como una fuerza benigna, que borra las distancias entre
nosotros con el objetivo de unirnos a todos en una fraternidad universal. En
determinadas zonas del planeta, desaparecen los límites territoriales, pero no siempre
para alcanzar mayor libertad. Surgen barreras de otra índole. Fronteras
económicas muy difíciles de atravesar. Son las fronteras invisibles de la
globalización. No se ven con los ojos, pero se sienten en el bolsillo.
Se ha dicho que la tarjeta de crédito ya
sustituye al documento nacional de identidad o al visado internacional. Las
viejas diferencias políticas o geográficas se esfuman, pero en su lugar crecen
abismos financieros. Con las distancias desaparecen también todas las
diferencias. Todas excepto una: la económica.
En esta nueva cartografía, los sistemas
políticos funcionan como engranajes de una maquinaria económica global. Es como
si el derecho mercantil estableciera leyes que corresponden al derecho civil.
Las normas llegan a tu pueblo procedentes de sedes corporativas que no se sabe
en dónde están. No hay fronteras que cruzar, sino lobbies que gestionar.
La movilidad, tan celebrada por los promotores de la globalización, no es tanto
un derecho para todos cuanto un lujo reservado a quienes pueden pagar un pasaporte
dorado.
El resultado es un mundo donde el pobre,
aunque pueda atravesar continentes, no cruza la verdadera frontera: la que
separa a los que deciden de los que obedecen. Unos trabajan para sobrevivir y
otros ganan dinero para ejercer y preservar el poder propio o ajeno. Esa línea,
invisible en los mapas, se dibuja en transacciones bursátiles, algoritmos del
crédito, listas cerradas de directorios y consejos de administración.
1. La
frontera económica. Es la más sólida y evidente. El dinero no sólo compra
bienes: compra tiempo, seguridad, movilidad, salud y, en muchos casos,
justicia. El capital se convierte en el verdadero pasaporte universal, y
quienes no lo tienen quedan confinados a un territorio social que no figura en
los mapas, pero que recorta sus posibilidades de vida.
2. La
frontera tecnológica. El acceso (o no) a la tecnología y a las
infraestructuras digitales determina la posibilidad y la capacidad de
participar en la vida económica, cultural y política global. No se trata sólo
de poseer dispositivos, sino de dominar el conocimiento y el lenguaje digital
que permiten moverse con fluidez en esa esfera. La brecha tecnológica es
también una brecha de poder.
3. La
frontera del conocimiento. No basta con que la información esté disponible
en internet: la verdadera muralla separa a quien sabe interpretarla, filtrarla
y usarla de quien no es capaz de hacerlo. El conocimiento se concentra en
élites académicas, corporativas y científicas que hablan un idioma técnicamente
inaccesible para la mayoría, atrapada en un analfabetismo funcional y feliz, y
excluida de todo lo verdaderamente importante, sin que pueda advertirlo,
entretenida como está haciendo comentarios en redes sociales.
4. La
frontera jurídica. La ley ya no es igual para todos: las grandes
corporaciones y fortunas pueden operar por encima o fuera de los marcos legales
nacionales, mientras que el ciudadano común está sujeto a reglas que no puede
negociar. Esta situación crea un doble espacio de soberanía: uno visible, para
la masa; otro invisible, para quienes tienen poder de fuga legal. El
aforamiento político también desempeña un papel importante en esta muralla
jurídica.
5. La
frontera de la movilidad real. Se nos habla de un mundo sin fronteras
laborales, pero la libre movilidad es privilegio de una minoría. La mayoría se
mueve sólo dentro de un radio limitado, por razones económicas, políticas o
burocráticas. Y de acceso a la vivienda. Las barreras de visados, costes y
permisos invisibilizan un hecho tangible: la movilidad global es un lujo que en
realidad muy pocos pueden permitirse. La movilidad laboral de la globalización
es una forma encubierta de invisibilizar la emigración nativa.
6. La
frontera cultural. Aunque la globalización homogeneiza modas, consumos y
lenguajes, mantiene e incluso refuerza jerarquías culturales. Hay lenguas
dominantes y lenguas marginadas. Hay culturas que circulan globalmente y otras
que se quedan encerradas en la periferia de la atención mediática. La supuesta «cultura
global» es, en realidad, una selección controlada de referentes que excluye a la
mayor parte de la población del planeta, el nuevo lumpemproletariado.
7. La
frontera del acceso al poder. Los centros de decisión política y económica
ya no son visibles ni accesibles. No están en los parlamentos, sino en consejos
de administración de empresas, foros privados y redes corporativas que no
rinden cuentas ante la ciudadanía. Es una frontera blindada: no se cruza por
mérito democrático, sino por cooptación.
En definitiva,
estas fronteras no están hechas de piedra ni de alambre de espino, pero son muy
difíciles de atravesar, porque se ocultan de forma intencional. El siglo XXI no
las llama fronteras: las disfraza de condiciones de acceso, estándares de
calidad o criterios de admisión. Pero en realidad son murallas invisibles que
clasifican a la humanidad en compartimentos estancos. La globalización, así
considerada, es una nueva forma de organización de la libertad planetaria, no
por países, sino por grupos económicos sin patria definida. ¿Cuál es la patria
del euro?
Jesús G. Maestro
Vocento, 5 de octubre de 2025.
Cervantes está de moda por ser lo que no fue
La ficción no legitima la falsificación de la realidad
Es sorprendente que Cervantes esté hoy de
moda por ser lo que no fue, pero no por ser lo que realmente fue: el autor de
la obra literaria más importante de la Historia de la Literatura Universal. El
hecho de que escribiera el Quijote es algo irrelevante en este siglo
XXI. Esto se llama coger el rábano por las hojas. Por favor, no me lo tomen en
el mal sentido.
Lo penoso es que a nadie le importa hoy lo
que significa esta novela, desde el punto de vista de la libertad, la religión
o la política, ni en los colegios (donde ni se menciona), ni en los institutos
de enseñanza media (donde se lee, acaso, a cachos maltrechos), ni en la
Universidad (donde en lugar de hablar de Cervantes se habla de «gamerización» y
otras baratijas). Hoy cualquier cosa es más importante que la literatura, la
inteligencia o, simplemente, la realidad. Y cuando la realidad no existe, todo
está permitido. Esa es la magnífica herencia que nos han dado Kant, la
Ilustración y los idealistas.
Cervantes, si hoy interesa a alguna gente,
no es por la literatura ni el Quijote, ni por su teatro trágico y
cómico, ni mucho menos por su poesía. Resulta que hoy Cervantes importa por sus
posaderas. Otros méritos no se valoran. Queda claro que nuestra sociedad tiene
un sentido extremadamente «recto» de las virtudes y costumbres. Amén.
En una sociedad así de alegre, faltar a la
verdad, es decir, a la realidad de los hechos, es muy fácil. Entre otras cosas,
porque, muy al contrario de lo que se cree, es imposible desmentir algo que
nunca ha tenido lugar. Podemos decir que Cervantes fue budista, espía de los
turcos o embajador de los marcianos en el planeta Tierra durante el siglo XVII.
Y díganme que no. Podemos decir que fue gallego (tengo pruebas, aducidas en un
artículo publicado en FARO DE VIGO el 17 de abril de 2016). Podemos decir de Cervantes
todo lo que queramos, sobre todo en un mundo que, como el actual, ha perdido de
vista la realidad. ¿Por qué?
Pues porque vivir ignorando la realidad es
muy divertido. Te permite decir lo que te dé la gana, sobre todo si es
gracioso, polémico o rentable. Lo que menos importa es la verdad. Lo que de
veras interesa es que sea chistoso aunque no tenga gracia, que moleste cuanto
más mejor al mayor número posible de gente y que dé dinero a costa de
falsificar lo que sea, porque nada importa y porque la mentira se paga y gusta
más que la verdad.
Cuando una persona ha fallecido hace siglos
(pongamos en 1616), es icono universal de valores que en realidad nadie sabe
explicar ―pero que están ahí como un reclamo publicitario, como la cara del Che
o de Marilyn Monroe― y su imagen se puede usar prostibulariamente con toda
libertad, porque nadie va a exigir derechos allí donde el Derecho parece una
ficción, hay margen para un buen negociete. El cine, la tele e internet hacen
el resto.
Si además resulta que esta persona fue autor
de una serie de obras literarias de las que apenas se conoce una sola de ellas
―porque en realidad no se ha leído ninguna―, titulada El ingenioso hidalgo
don Quijote de la Mancha, que ni siquiera tienen
en su casa estudiantes universitarios matriculados y graduados en Facultades de
Letras (porque ellos tampoco la han leído), pues entonces todo el monte es
orégano para hacer y decir lo que a uno le dé la real gana con este fulano, un
tal Miguel. La impunidad es absoluta y, como bien dice el refrán, la ignorancia
es osada. Desde luego, nuestra sociedad traga con todo.
Aquí parece que todo dios ―sobre todo los Cupidos
nacidos en la segunda mitad del siglo XX― se acostó con Cervantes y conoce
todos sus secretos y éxitos sexuales. Curiosa información, que no ha
desclasificado ni la CIA, y sin embargo conocen al dedillo del ojete (léase
derivado de ojo) los que ni han leído su obra literaria. Resulta que de un
hombre del que no se conservó nunca ni un solo retrato fiable de su rostro (el
atribuido a Juan de Jáuregui es apócrifo) se conocen ahora, sin duda por arte
de magia (no sé si negra, blanca o fucsia), todos los detalles de su vida
sexual... en cinco años de Argel (1575-1580). Ni que la hubieran registrado
ante notario.
En el capítulo 59 de la segunda parte del Quijote, Cervantes escribe esa famosa frase que dice: «Retráteme el que
quisiere —dijo don Quijote—, pero no me maltrate, que muchas veces suele caerse
la paciencia cuando la cargan de injurias». Si pensamos en la cantidad de
maravillas que el cine puede aportar a la interpretación de la literatura,
tendríamos para días y días de disertaciones. Sin embargo, cuando todo se
reduce a una colonoscopia, mejor nos dedicamos a la medicina interna, por
ejemplo, y dejamos en paz el arte de cinematografía. Y, desde luego, el colon
del autor del Quijote.
¿Vale la pena dedicar tiempo en la vida a
ver cómo se cuenta una mentira? No hablo de ficción, sino de mentira, de
falacia, de exposición fraudulenta de hechos con intención de engañar al
espectador y de sesgar sus posibilidades interpretativas. Mentira es lo que se
hace, dice o silencia con intención de inducir al error de forma intencional.
No seré yo el que niegue a nadie el placer que suscita el consumo de mentiras,
pero las trampas al solitario son muy poco inteligentes. ¿Es necesario
engañarse uno a sí mismo con el consumo de productos así para sentirse mejor?
Haga cada cual lo que estime oportuno, pues para gustos, colores.
Pero por si les resulta útil, se lo explico
con palabras del propio Cervantes, quien detestaba el arte de contenido falso y
embustero. Cuando en el mismo Quijote condena tanto los libros de
caballerías como el teatro de Lope de Vega, por los múltiples disparates allí
representados, leemos en el capítulo 47 de la primera parte: «Hanse de casar
las fábulas mentirosas con el entendimiento de los que las leyeren». ¿Qué diría
Cervantes, si se viera retratado ―en la literatura, la pintura o el cine― como
lo que nunca fue? Pues que se trata de una mentira. Y a una mentira sólo se
puede responder con la verdad disponible.
Sin embargo, ante una tontería sólo es
posible actuar de dos modos: o bien ignorándola por completo, o bien con otra
tontería. Los trabajadores optan por la primera opción, porque no tienen tiempo
para perderlo, mientras que los ociosos, que no tienen nada que hacer ni que
rascar, ni lo pretenden, optan por la segunda. Y así, como el número de
sandios, se multiplican las sandeces hasta el infinito.
Pero hay tonterías extremadamente rentables.
Si una ocurrencia estulta genera una estela de respuestas igualmente estultas,
internet canta bingo. Entonces las mentiras resultan muy crematísticas, porque
los glóbulos rojos de las redes sociales, es decir, el flujo publicitario que
generan comentarios y comentaristas del más ocioso pelaje crece como la espuma.
Disculpen mi franqueza, pero nuestra época
tiene más tragaderas que un cornudo de los del siglo XVII, de esos que aparecen
en los entremeses de Quevedo. Que ya es decir... La ficción no legitima la falsificación de la realidad.
Nuevas generaciones sin formación literaria: cuando discutir un disparate es formar parte de él
Cuando nos encontramos con alguien que colecciona tréboles de cuatro hojas, afirma trazar circunferencias de radio infinito con ambas manos o que Cervantes escribió el Quijote inspirado en el concepto de Derecho Mercantil de los nibelungos, no estamos simplemente ante un adínaton de tres cabezas, sino ante algo mucho más elemental y común. Estamos ante una contraseña o consigna. Tal cosa no es una argumentación o una opinión. Es el santo y seña de que nuestro interlocutor habla, escribe y vive en un tercer mundo semántico. Y no lo sabe. En ciertos contextos, discutir un disparate es formar parte de él.
A la universidad del primer cuarto del siglo XXI está a punto de llegar la tercera generación de jóvenes que cumplirá su mayoría de edad sin haber recibido nunca jamás formación literaria alguna. Sin embargo, y acaso precisamente por eso, coleccionan tréboles de cuatro hojas, trazan circunferencias de radio infinito y confirman en la obra de Cervantes la importancia posmoderna del Derecho Mercantil presente en el Cantar de los nibelungos. Todo ello gracias a las redes sociales, por supuesto, sede de la nueva universidad de la era global y posmoderna en que vivimos y convivimos con las generaciones más preparadas de la Historia del Universo.
La desaparición de la formación literaria en la universidad posmoderna no es un accidente ni una casualidad, ni mucho menos un secreto: es la consecuencia de haber perdido de vista la realidad deliberadamente. La vida humana es incomprensible de espaldas a la literatura y a las posibilidades y exigencias de su interpretación. Del concepto de literatura que tiene una sociedad depende también la idea de libertad por la que luchan sus miembros o ciudadanos.
Quien jamás ha leído con rigor a Cervantes, y se atreve a citarlo como falsa prueba de un supuesto conocimiento, no habla de literatura, sino de sí mismo, y de su pertenencia a una comunidad donde el disparate se exhibe como salvoconducto para «hacer amigos». La exposición de hechos imposibles se ha convertido hoy, gracias a la ilusión de conocimiento que brindan las redes sociales, en una contraseña que acredita el acceso a una ignorancia celebrada y compartida.
Con un necio nunca se puede dialogar, ni mucho menos discutir. Un necio no sabe razonar. Los locos razonan, pero mal. Los necios, simplemente, no razonan, y no tanto porque no sepan, sino porque no quieren. Lo suyo es la negación de la inteligencia, por norma. La propia y la ajena. La inteligencia propia, la niegan por incapacidad y zanganería; la ajena, por envidia. Hablar con un necio es promocionarlo, del mismo modo que discutir un disparate es formar parte de él. Las personas inteligentes olvidan, con demasiada frecuencia, que el éxito de las redes sociales se basa en la promoción de la estupidez, en la que ciegamente participan incluso también los cerebros supuestamente biempensantes e instruidos.
Las generaciones más jóvenes ―al disponer de menor y peor formación científica― saturan las redes sociales hablando de literatura sin haber recibido ningún tipo de educación literaria. Interpretan mal cuanto leen, pero hablan y escriben como si hubieran cursado o impartido estudios del más alto nivel durante décadas.
No conocen los géneros literarios, ni los métodos ni las obras de la Literatura Comparada, ni lo que es la ficción poética, ni nada saben sobre los orígenes de la creación literaria, ni manejan un concepto claro y probado de literatura. Ignoran historia y tradición poéticas, y sin saber distinguir la ontología del teatro, el poema o la narración, incapaces de diferenciar la ironía de la metáfora, o un pentasílabo adónico de una políptoton, pontifican sobre cualquier referencia dada en el campo de las artes poéticas y literarias.
Y así hablan y escriben de todo un poco, o un mucho ―pues el hablar no tiene puertas―, y con caritas de emoticono dictan sentencias sobre el arte en general y la literatura en particular, sobre la amistad y lo que surja. Y no digamos nada cuando el tema es la geopolítica, el nuevo género del horóscopo.
En realidad, lo único que consigue este tipo de persona ―nesciente y osada― es retratarse públicamente en internet como un incompetente, y dar cuenta del lugar que cada una de ellas ocupa en el simulacro de conocimientos que finge poseer. El resultado es un insectario de incompetencias. El narcisismo de las redes lo galvaniza todo y anula cualquier posibilidad de interpretarse a uno mismo con un mínimo de objetividad. La pobreza y la ignorancia son difíciles de ocultar, y aún más difíciles de disimular, salvo si se carece de sentido del ridículo, una carencia que remite sobre todo a la falta de un sensor fundamental: el que permite conocerse y reconocerse a sí mismo.
Hasta un incauto como Bertolt Brecht llega a postular, tres siglos después de Cervantes en el Quijote, el distanciamiento o extrañamiento como técnica de objetivación de uno hacia sí mismo y su entorno. El ignorante no llega ni de lejos a nada de esto. Le faltan demasiados sensores. Y le sobra narcisismo. Tiene todas las cualidades y potencias que conducen al fracaso. Pero no lo sabe. Y esta es su mayor limitación. La realidad no perdona a quienes no la conocen. Dicho de otro modo: destruye a quienes son incompatibles con ella.
Durante siglos, la literatura y sus posibilidades de enseñanza han sido un instrumento racional destinado a interpretar críticamente las más variadas y complejas situaciones humanas. Hoy esa labor la ejercen los espontáneos y ocurrentes de las redes sociales: coleccionistas de tréboles de cuatro hojas, dibujantes de circunferencias cuadradas o descubridores de la genealogía extraterrestre de Cervantes. A veces, los trebolarios tetrafolios tienen aspecto de título universitario. No se trata de extravagancias ingenuas, sino del resultado de la más absoluta y catastrófica ignorancia que puede verterse impunemente sobre la literatura. Y, en realidad, sobre cualquier cosa.
La literatura no puede ya esperar absolutamente nada de la universidad. Ni de ninguna otra institución educativa de nuestras sociedades actuales. La gente más joven se adiestra ―entre sí― en la promoción superlativa del disparate compartido y de la ignorancia institucionalizada. Quienes se proclaman como las generaciones más preparadas de la Historia llegan a la veintena sin haber leído jamás una obra literaria con la solvencia que exige un pensamiento crítico y un racionalismo científico mínimamente ordenado frente a lo que la literatura es. Y no lo saben.
No es una catástrofe, es una realidad cotidiana e impúdica: la literatura, en las redes sociales, se ha convertido ―como se convierte todo lo que posee algún valor― en un aberrante disparate. La literatura no ha desaparecido. Quienes han desaparecido son sus intérpretes científicos. Y entre ellos, los más jóvenes. No hay reemplazo generacional en la interpretación de la literatura. Y han desaparecido, incluso, de las instituciones académicas.
Hoy la interpretación literaria está en manos de ocurrentes y espontáneos. Me dirán que como siempre, y les responderé que sí, como siempre, con la única diferencia de que hoy estos ocurrentes y espontáneos son los únicos que la sobajan, manosean y adulteran, con feliz impudicia y morbosa fruición, y, por supuesto, sin el contrapunto de ninguna institución inteligente.
La pregunta es qué es lo que realmente les interesa a las personas inteligentes. Porque está bien claro que la literatura no les interesa en absoluto. Para nada. Sin embargo, a los necios, les encanta, y, como diría Quevedo de los mentirosos en sus Sueños (1627), «venían […] contentos, muy gordos, risueños y bien vestidos y medrados, que, no teniendo otro oficio, son milagro del mundo, con un gran auditorio de mentecatos y ruines». En manos de estos está hoy la literatura y sus posibilidades de interpretación, para regocijo de todos. Excepto de las personas inteligentes, que nadie sabe realmente en dónde están.
Nuevas generaciones sin formación literaria:
cuando discutir un disparate es formar parte de él
Vargas Llosa: ¿Mito o realidad?
Con el fallecimiento de Mario Vargas Llosa
el pasado 13 de abril, desaparece una de las últimas figuras más emblemáticas
del llamado boom literario hispanoamericano. La épica, el mito y la
leyenda han rodeado desde muy pronto a la mayor parte de los miembros de este
movimiento.
La obra literaria de todos y cada uno de
ellos nunca se ha interpretado al margen de fuertes intereses ideológicos,
políticos y económicos. La literatura, con frecuencia, se usa como un pretexto en
el que intervienen asuntos y negocios muy humanos, pero también muy ajenos a la
propia literatura. La Universidad, una estructura más en la administración de todo
tipo de poderes, no ha hecho tampoco nada original ni independiente en contra
de las corrientes dominantes. Más bien ha mostrado sumisión y hasta servilismo.
Vargas Llosa fue siempre un autor muy
políticamente correcto en todos los contextos: elegante, con clase,
perfectísimo, gentilhombre en París y gentlement superior a un
Borges en cualquier punto del imperio británico. Cuando en 2021 la Academia
Francesa le ofrece sentarse en uno de sus sitiales, poco menos que dio fe, y
casi razón, de la superioridad de la lengua y literatura galas frente a la
terruñera, popular y acaso plebeya lengua y literatura españolas. Literalmente,
dijo, según recoge el diario ABC, en su edición digital del 9 de febrero
de 2023: «La literatura francesa fue y sigue siendo la mejor». Cervantes, de
cuyo nombre no quiso acordarse, no existe para Vargas Llosa. Cosas del
contexto. El decoro siempre exige decir aquello que conviene decir en cada
situación, tiempo y lugar. Lo comprendemos. Pero no es lo mismo actuar como
Galileo, para salvar la vida, que hacerlo como alguien que, por quedar bien,
dice lo que sabe que no es verdad.
Ni lectores ni estudiantes de literatura
española encontrarán élites intelectuales en nuestro país que no antepongan la
supremacía de una cultura extranjera a la propia: la francesa (Pérez Reverte),
la inglesa (Javier Marías) o la alemana (Ortega y Gasset, cuya sombra sigue
siendo larguísima entre los búmeres). Se llama complejo no superado, o
pensamiento hipotecado por el mito del extranjero.
La falta de un pensamiento crítico original
hace que la mayor parte de la gente se olvide de toda la literatura española
anterior al siglo XVIII: Cervantes, Quevedo, Góngora, Lope de Vega o Calderón
de la Barca, por citar sólo a los ases de una baraja de múltiples palos. Cervantes:
el autor más necesario en el siglo XXI, porque nos previene contra el idealismo
y los engaños. Pero es más fácil declarase inglés, francés o alemán que
interpretar a Cervantes. Es más fácil explotar el prejuicio que combatirlo.
Vargas Llosa optó por París y por Flaubert,
como Borges por Shakespeare y por Inglaterra. Gabriel García Márquez, que vivió
y escribió sin esos complejos galos ni anglicanos, fue artífice de la
literatura más original de Hispanoamérica, con una obra capital en la historia
literaria universal: Cien años de soledad, la epopeya contemporánea del
mundo hispánico. Márquez no necesitó disfrazarse de extranjero.
Por desgracia, estos autores se han
estudiado siempre desde el prisma de la ideología política con la que cada uno
de ellos se identificó. La política hace posible que alguien pueda volar más
alto de lo que permite la literatura. Las alas de la ideología son más grandes
y poderosas que las de la poesía. Escribir novelas no basta para llegar a
ciertos lugares. Es necesario algo más. El apoyo político resulta clave. Y
muchos escritores e intelectuales, seducidos por el poder, se han adherido a unas
u otras causas, que los han promocionado a cambio de utilizarlos como
estandartes. Neruda y Borges, Mario y Gabriel, y tantos más…
No pienso ahora en el liberalismo de Vargas
Llosa ni en el marxismo de García Márquez, sino en la obra literaria de uno y
otro escritor. No es fácil ser un escritor genial, pues si lo fuera, cualquiera
podría convertirse en un genio del arte y la literatura. La genialidad
literaria consiste en crear formas nuevas e insólitas en la literatura, y en
hacerlo, además, creando también contenidos inéditos, no tratados antes por
nadie.
La genialidad exige esta doble originalidad:
descubrir un tema nunca tratado antes y contarlo de una forma totalmente nueva.
Márquez fue un genio; Llosa, no. No ser genial no resta méritos, simplemente no
te sitúa en la cima. Otros están por delante de ti. Si realmente limitáramos la
historia de la literatura a la historia de las obras geniales de la literatura,
la lista quedaría reducida a un 10% de lo que conocemos. Y en ese porcentaje, a
mi juicio, no estaría Mario Vargas Llosa.
Sus obras son valiosas, ilustran un capítulo
de la historia literaria de Hispanoamérica y poseen un gran valor ideológico,
político y social. Punto. No es poco. Pero la genialidad es una exigencia mayor
en materia literaria. Sus más grandes obras, La ciudad y los perros, Conversación
en La Catedral y La guerra del fin del mundo, son intentos de
alcanzar una originalidad que finalmente no se consigue. Son buenas novelas,
pero no son novelas geniales. No marcan ni un antes ni un después.
Otras obras, como por ejemplo ¿Quién mató
a Palomino Molero?, son, simplemente un ejemplo frustrante de cómo imitar
novelas clave como Crónica de una muerte anunciada.
Si leemos su obra ensayística, la pobreza es
mayor. Son frases hermosas y elegantes, bonitas y seductoras, pero vacuas. Sus
páginas sobre Flaubert nos hablan de Vargas Llosa, pero no de Flaubert. Con la
excepción de un Gonzalo Torrente Ballester, un auténtico genio de la literatura
y del ensayo, los literatos son muy malos críticos de literatura. Saben escribir
literatura, pero no saben interpretarla. Torrente es la mayor excepción que
conozco.
Mario fue un buen escritor. Esa es la
realidad. Si quieren creer en los mitos, no es asunto mío desilusionarles. Pero
yo interpreto literatura, y en la realidad de la literatura están el buen
escritor y el genio. Los mitos forman parte de las creencias y de las emociones
imaginarias que cada uno necesite para su personal bienestar. Y la prosperidad del
mercado: el mito es un cebo mercantil. La ciencia literaria no construye mitos:
los descarta.
Y una cosa más, y muy importante: tengan en
cuenta que el éxito de muchas obras literarias se debe a que la mayor parte de
las personas inteligentes no las han leído nunca. Ni las leerán. Perdón por
pensar en Borges. Y en don Mario, también.
La divisa de Judas: Y otros cuentos democráticos del mismo Judas
Hace ya más de dos siglos, por lo menos, si no recuerdo mal, logré recuperar unos manuscritos que me interesaban enormemente. Se trataba de tres relaciones o testimonios escritos por personas que tuvieron el infortunio de tropezarse conmigo en un momento dado de sus vidas.
Durante un largo tiempo me atribuí a mí mismo, fraudulentamente, por supuesto, la autoría de estos relatos. Disponían de algún ingenio, y la verdad es que en cierto modo, y no por casualidad, tengo razones para considerarme artífice de todo cuanto en ellos se relata y se delata. Sin embargo, sus verdaderos autores fueron otros, seres un tanto singulares, como se verá, y muy desafortunados, pues se empeña-ron en dejarse seducir hasta sus tuétanos por mis palabras e influencias poderosas. Me imaginaban, como todos los seres emocionalmente deficientes, tal como me necesitaban, mas nunca cual yo realmente era. Los idealistas son así, carne de mercado. Su cabeza es un mellón de paja ardiente.
Aquí dejo ya estos testimonios de ciertos momentos reveladores de mi vida. Para mí no tienen hoy la menor importancia, pero algunas de mis víctimas se entretenían con ellos antes de acabar sus horas como los protagonistas de tan impensables desenlaces. Aunque dijera quién soy, nadie me creería. La gente no mira la verdad, porque está enamorada de la apariencia y la mentira, del idealismo y la traición. Tantos siglos de espera han valido la pena. Soy muy afortunado de vivir en democracia.
El poder de la literatura como estrategia en el mundo empresarial
Algunas personas poco familiarizadas con la
literatura se pueden sorprender de que se hable de ella como un instrumento de
poder estratégico en el mundo de la empresa y el mercado. Sin embargo, si en
lugar de literatura habláramos de cine, la sorpresa sería menor, porque todos estamos
más acostumbrados a que la gran pantalla nos hable de negocios.
Pero la literatura es una caja de sorpresas.
De sorpresas de Pandora. Quien tiene las llaves de esa caja pandórica, sorprendente
y poderosa, y sabe administrar sus contenidos, dispone de un poder que sus
adversarios ignoran. Y algo así es muy peligroso para quien minusvalora a un
enemigo.
Nunca minusvalores a la literatura. No es tu
enemiga, sino tu aliada. La literatura es incompatible con la inocencia humana.
Lo sabemos. Pero la literatura, como el dinero y el mercado, nunca es
inofensiva. Salvo para quien la ignora. El profesor de
literatura sabe más por diablo que por viejo.
Y muchos de nosotros sabemos que en el mundo
de la empresa, el mercado o el derecho y las obligaciones mercantiles, la
literatura adquiere un poder que sólo puede y sabe usar quien es capaz de
interpretarlo y manejarlo por encima de sus adversarios.
Cualquiera de nosotros recuerda y conoce
varias películas sobre el mundo de los negocios y los riesgos de las peripecias
mercantiles: Wall Street, icono del capitalismo feroz de la década de
1980; Glengarry Glen Ross, ese retrato brutal del mundo de las ventas y
la obsesión por el éxito, y mucho antes la trilogía de El Padrino, de la
que se citan tantas frases y paremias. Podríamos retrotraernos incluso a Citizen
Kane, de 1941, inspirada en la vida de William Randolph Hearst, como
muestra de la ambición empresarial en los medios de comunicación.
Y no faltan las críticas a las posibles
consecuencias de todo esto en Parasite, sobre la desigualdad económica y
las relaciones entre clases sociales, o Sorry We Missed You, donde el trabajo
crudo y precario en la era del capitalismo digital se cobra sus víctimas.
Pero muy pocos sabrían citar obras
literarias donde la inteligencia humana haya gestionado el curso y el
movimiento del dinero con consecuencias no menos críticas y reveladoras.
Desde el Quijote de
Cervantes hasta el Mercader de Venecia de Shakespeare, pasando por las
arcas de oro del Cantar de mio Cid, que el caudillo cristiano arrebata a
unos judíos con curiosa astucia, así como todo el valor que el dinero adquiere
en obras como el Libro de Buen Amor y La Celestina de Rojas, la
literatura ha condenado y maldecido la riqueza, y también la ha exaltado y celebrado,
como una afirmación del individuo, o de un grupo social, identificado con
determinados objetivos. El uso del dinero en La Regenta de Clarín o en Fortunata
y Jacinta de Galdós habla por sí solo de cómo organizar la supervivencia y
la usura de la Iglesia y del Estado en la pugna por el control del poder. No
hablemos de Cien años de soledad y de la intervención del capitalismo
gringo en Macondo.
Seamos francos: la literatura tiene que
pactar con el mercado, la empresa y el mundo financiero, y asegurar de este
modo su propia supervivencia en determinados contextos. La literatura es una
materia cuyo especial y selectivo conocimiento puede resultar muy útil en
instituciones que sepan valorar su uso y su poder como estrategia de gestión
política y financiera.
No hablo de imponer la enseñanza de la
literatura en escuelas empresariales o facultades de economía, algo nada
desestimable. Planteo algo más modesto y asequible, y mucho más práctico: la
presencia como conferenciantes puntuales de profesores especializados en
literatura que sepan extraer de ella conocimientos útiles para determinados
gestores del mercado y del mundo empresarial. La literatura debe salir de la
placenta universitaria y volver a la realidad a la que realmente pertenece: la
sociedad abierta y emprendedora.
La literatura enseña al empresario más
psicología que un psiquiatra, más estrategias humanas que una legión de
matemáticos y más operaciones bélicas que un militar veterano. La literatura es
el sexto sentido de los emprendedores. ¿Creen que idealizo? Lean Guerra y
paz de Tolstoi, el Quijote de Cervantes y la astucia de
Dante recorriendo todos los recovecos del infierno para inventariar los errores
de cuantos fracasaron por haber hecho mal las cosas. Cervantes enseña a los
empresarios a no ser idealistas y a no ir más allá de las ilusiones
financieras. No confundas molinos con gigantes, ni enemigos con ovejas.
No es ningún disparate que las universidades
privadas se planteen la organización puntual o eventual de seminarios o ciclos
de conferencias sobre literatura y gestión empresarial.
Sabemos que entre nuestros lectores hay
personas influyentes, atentas a estrategias de mercado y posibilidades
originales de hacer avanzar nuestro conocimiento y nuestra calidad de vida
financiera e intelectual. Este es un mensaje que piensa en estas personas. En
nuestro entorno más inmediato, en Galicia, en Asturias, en el norte de
Portugal, hay una actividad empresarial muy relevante e influyente, que puede
verse potenciada por la formación literaria de algunos de sus cuadros.
Nadie diga «desta agua no beberé», leemos en
el Quijote (capítulo 55 de la segunda parte). La literatura puede ser el
sexto sentido del empresario. Estamos a vuestra disposición.













