La eutanasia no siempre es la solución

 





Hay ideas que, por miedo, se difunden en voz baja hasta que la realidad las impone con crudeza. Son secretos a voces. Una de ellas ha vuelto estos días al primer plano como consecuencia de la muerte por aplicación de eutanasia a Noelia Castillo.

Se ha dicho que una sociedad que acepta la eutanasia con ligereza es, en el fondo, una sociedad que ha fracasado. En realidad, esta es una declaración que revela varios defectos graves, entre ellos irresponsabilidad, incompetencia y también cobardía. Es una frase con la que se pretende culpar al mundo de lo mal que van las cosas, cuando en realidad el asunto es otro.

Y el asunto es que cuando una sociedad fracasa, por la razón que sea, ese fracaso revela el triunfo de nuevas ideas: todo fracaso social implica, al mismo tiempo, el éxito de otro modelo que ocupa su lugar. ¿En qué fracasa una sociedad que aplaude la eutanasia sin limitaciones? En que sitúa a cualquier persona en un terreno peligroso, donde una enfermedad física o mental puede inducirnos al suicidio, asistido por el poder político y social. Fracasa una sociedad, sí, pero triunfa otra. 

La normalización de la eutanasia revela una quiebra colectiva y equivale a reconocer que se impone una concepción de la vida —y de la muerte— distinta de la tradición que nos ha hecho posibles e incompatible con ella. Antes la muerte era un límite infranqueable, y hoy se presenta como una solución. En absoluto trágica, excepcional o desesperada, sino progresivamente aceptable. Esa transformación es una amenaza contra todos: señala un cambio de civilización. Una transformación acaso irreversible.

Las sociedades no se derrumban de un día para otro; se transforman. Cuando dejan de defender ciertos principios, no quedan en el vacío: los sustituyen por otros. En este caso, la sustitución es inquietante, porque la vida deja de ser un valor seguro para convertirse en una variable sometida a cálculos financieros, circunstancias muy vulnerables o estados de ánimo extremadamente inseguros. Lo que para generaciones anteriores habría resultado inaceptable —asumir la muerte como salida ordinaria— empieza a adquirir hoy carta de naturaleza.

En ese contexto, la eutanasia puede interpretarse como una versión contemporánea de antiguas prácticas de eliminación, aunque revestida de legitimidad y de lenguaje compasivo e incluso libertario. No necesita la solemnidad de la ley penal ni la escenografía de la ejecución pública; opera de forma más silenciosa, persuasiva e incluso íntima. Se dirige, sobre todo, a quienes se encuentran en situaciones de vulnerabilidad, bajo el peso de la enfermedad, la soledad o la desorientación en la vida.

La paradoja es evidente: se presenta como un ejercicio de libertad lo que, en realidad, conduce a la desaparición de quien la ejerce. Pero ninguna libertad desemboca en el patíbulo. Llamar libertad a aquello que concluye en muerte es, cuando menos, una contradicción, salvo acaso ante una enfermedad terminal o situaciones comparables. La voluntad humana no puede entenderse como una simple facultad de negarse a sí misma sin que ello suponga un problema de fondo, no solo individual, sino colectivo.

Cuando una persona piensa en el suicidio —o su forma institucionalizada, la eutanasia— como salida, se encuentra atrapada en una triple incompatibilidad, que le impide relacionarse con el mundo, con los demás y consigo misma. Esa triple fractura no puede resolverse sin más por la vía de la eutanasia. La labor de una sociedad humana consiste precisamente en evitar que esas incompatibilidades desemboquen en la muerte voluntaria o intencional.

En este punto, la literatura ofrece una enseñanza que trasciende épocas y doctrinas. En el Quijote, Sancho Panza formula un consejo que conserva hoy toda su vigencia: «No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede cometer un hombre es dejarse morir sin que nadie le mate». No es una frase cualquiera: es una afirmación de la vida frente a la tentación de abandonarla.

No es casual que los grandes textos literarios, incluso cuando abordan el suicidio, lo hagan desde la conciencia de su gravedad y lo repudien. La literatura da razones para vivir, no para morir. Personajes como Grisóstomo en el Quijote o Melibea en La Celestina representan conflictos extremos, pero no convierten la muerte en una solución banal. La literatura, cuando alcanza su máxima expresión, no celebra la desaparición del individuo: la interroga y examina y, en última instancia, se resiste a ella.

Adviertan esto: antes de 1700, con la excepción de Séneca, no hay prácticamente ningún escritor cuyo suicidio esté documentado con criterios históricos estrictos. El suicidio de los llamados «intelectuales», ensayistas, dramaturgos, novelistas, poetas... se dispara con la Ilustración y la irrupción de la cultura anglosajona. En la tradición cultural hispanogrecolatina es casi imposible encontrar escritores suicidas. No nos consta que Judas haya escrito ninguna novela.

Nada de esto implica ignorar los casos límite. Hay situaciones extremas —enfermedades irreversibles, sufrimientos insoportables— que plantean dilemas éticos de enorme complejidad. Pero precisamente por su excepcionalidad no pueden convertirse en norma ni en argumento general. Convertir lo extraordinario en ordinario es una de las formas más eficaces de desorientación moral.

La cuestión de fondo sigue siendo la misma: ¿qué tipo de sociedad queremos ser? Una que acompaña, cuida y apoya al ser humano en la fragilidad, es decir, cuando más lo necesita, o una que, bajo la apariencia de libertad, abre la puerta al exterminio de los más vulnerables. En esa elección se juega algo más que una política concreta: se decide el sentido mismo de la convivencia.

Tal vez convenga recordarlo en los momentos de mayor abatimiento: la vida no es un problema que deba resolverse, sino una realidad que merece defenderse. Y cuando todo parece fallar, aún queda la palabra, la inteligencia y la memoria de quienes, como Cervantes, supieron recordarnos que la mayor locura no es vivir, sino renunciar a hacerlo «sin más ni más».


Jesús G. Maestro

Vocento, 19 de abril de 2026.