A algunos países, como a
algunas personas, les cuesta mucho aprender de sus errores. Y pienso en
Alemania, donde se publicó una ley que exigía a los hombres de entre 17 y 45
años solicitar un permiso al ejército para salir al extranjero durante más de
tres meses. Dada la virulenta y crítica reacción, el mismo país dio marcha
atrás a esta medida. Pero el error ya se había cometido. Y la declaración de
intenciones, también: en el guion estaba y está enviar a los varones a la
próxima guerra.
Podríamos esperar medidas
así de países como Estados Unidos, pero no de Alemania, una sociedad convertida
al pacifismo desde sus dos derrotas consecutivas en el siglo XX, causantes de sendas
trágicas y extremas guerras mundiales.
Alemania es también el país
del idealismo. Del idealismo filosófico, político y nacionalista. Pese a ser
uno de los Estados más tardíos de la vieja Europa, pues no se constituye como
tal hasta 1871, hace de los Estados naciones, de la filosofía un idealismo y de
la política un objetivo totalitario, con Hegel a la cabeza.
Históricamente cometió dos
errores atroces, en 1914 y en 1939, de los que sobrevivió milagrosamente por la
merced y los intereses de sus enemigos y vencedores, unos extraños aliados. Por
todo esto y mucho más sorprende que Alemania, a la altura de 2026, promueva
otra vez leyes con las que pretende militarizar, de nuevo, a la población
masculina, y no a la femenina, pese a los publicitados avances del feminismo en
aquellas tierras, que paradójicamente no implican leva paritaria en el
ejército.
El rechazo patente de la
población a esta medida ha obligado a recular, pero el daño está hecho, las
intenciones declaradas y la gente advertida. ¿Qué confianza puede tener un
hombre joven en una democracia que, por hombre, por joven y por sano, lo quiere
mandar a una guerra con la que no tiene nada que ver? Si además es conocedor de
la historia de su propio país, algo así puede ponerle los pelos de punta.
La Alemania que en 1795
publica el libro idealista y kantiano desde el que se predica y promulga La
paz perpetua pretende militarizar a sus chavales nacidos en el siglo XXI.
Me pregunto si estos chicos, educados en el pacifismo de la pedagogía de
Rousseau y de las lecturas de Kant, bajo promesas de paz perpetua, pueden
aceptar ya no sólo leyes marciales, sino gobiernos como los de estos políticos,
obsesionados hoy con enviar a sus hijos y nietos a la guerra. ¿Es que no han
aprendido nada de los últimos cien años de historia patria y europea?
Kant era un hombre cuyos
conocimientos literarios no pasaban de una de sus lecturas favoritas: el Emilio
de Rousseau, una pseudonovela filosófica que hoy es el principal referente
educativo de la Europa que nos domina. Por eso sorprende que quienes nos han sometido
a una pedagogía para la paz ―la paz perpetua que prometió la Ilustración,
europea, europeísta y alemana― ahora nos quieran enviar a la guerra.
Al parecer, Alemania estaría
en la vanguardia de este tipo de leyes, destinadas a militarizar, «por las
buenas», a los varones ―no a las mujeres― jóvenes y sanos. Curiosa igualdad en
tiempos feministas. Curioso pacifismo en tiempos de promesas ilustradas. ¿Puedela democracia convertirse en el verdugo de su propia población? Pregúntenselo a
estos chavales, a ver qué les cuentan.
De los tiempos de Napoleón
hemos heredado muchos prejuicios, que la propaganda política nos ha presentado
como derechos inalienables e indiscutibles. Uno de estos imperativos es que el
ciudadano de un país ha de luchar por su nación (ya no se habla de Estado, sino
de nación, gran invento romántico). Por «amor a la patria», se dice
literalmente. Tras la revolución francesa y la caída del llamado Antiguo
Régimen, tan dominado por las religiones, el amor a Dios se sustituye por el
amor a la patria. Cambiamos de Dios, pero no de obligaciones. Hay amores que
matan.
De hecho, como en los
Evangelios, se exige que perdonemos a nuestros enemigos, pero no a los enemigos
de Dios (sólo faltaba). Del mismo modo, la patria nos exige que perdonemos a
nuestros convecinos, a nuestro «prójimo», pero no a los enemigos de nuestra
patria. Se supone que el extranjero, el bárbaro, el que habla una lengua
distinta o el que es diferente a nosotros, entraña un potencial enemigo. Y
donde digo patria, o Dios, pongan «lengua», «mujer», «clima» o «mascota», y
verán qué ecuación más curiosa les sale. Lo que resulta de esta fórmula es el
catálogo de las ideologías dominantes en cada tiempo y lugar. Podemos perdonar
a nuestros enemigos, pero no a los enemigos de nuestra mascota.
Sin embargo, los actuales
políticos alemanes, y también europeos, se han olvidado de algo muy evidente:
estamos en 2026, las generaciones de hombres jóvenes de hoy no son tan tontascomo la publicidad los retrata y desacredita públicamente día tras día en
prensa, radio, televisión e internet, y cuentan con un apoyo por parte de
hermanas, madres, novias y cónyuges muy superior al que el feminismo actual es
capaz de contrarrestar.
Las ideologías con las que
la política nos bombardea son espejismos en los que masivamente creen las
clases dirigentes, pero no la gente común y corriente, aunque lo disimulemos y nos
hagan (y hagamos) creer lo contrario. Lo que se dice en público tiene muy poco
que ver con lo que la gente realmente piensa en privado. ¿No me creen? Traten
de enviar a la guerra a la chavalada: no irá nadie.
No estamos en los tiempos de
Napoleón. Hoy no hay patrias, ni naciones, ni Estados que muevan a los nacidos
en el siglo XXI a ir a ninguna guerra. Y ningún político tiene valor, por el
momento, para convertir a la democracia en el verdugo de su propia población,
como sí ocurrió en 1914 y en 1939. No digo con esto que las guerras se acaben,
sino que los ejércitos tendrán que organizarse como en los tiempos del Antiguo
Régimen, no por amor a la patria, sino por (amor al) dinero y bajo necesidad
imperiosa del que no tiene nada que perder.
Y todo se hará, pues basta
empobrecer a la población aún más para que, bajo condiciones adversas y
extremas, encuentre en la guerra una forma de vida y supervivencia. Nunca como
hoy las élites políticas han estado tan despistadas respecto a lo que realmente
la gente piensa de ellas.
Vivimos en los estertores de
una época cuyos dirigentes desconocen. Tal como están las cosas, nuestros
jóvenes, antes que ir a la guerra, pactan con el enemigo. ¿Por qué? Es
evidente: ¿qué les ofrece el mundo que hemos destruido para ellos?
Jesús G. Maestro
Faro de Vigo, 19 de abril de 2026.
