¿A quién beneficia la eutanasia?

 





Contaban nuestras abuelas, en la Galicia popular y centenaria, una historia o fábula hoy impropia y acaso censurable. Era un cuento, como todos, con moraleja. Alegórico y provocativo, de humor negro, la voz del pueblo lo titulaba «El lacazán de Soria».

Refería la historia de un hombre tan holgazán que decidió dejarse morir y organizar su propio entierro antes que trabajar. Contaban las ancianas del lugar que, camino del cementerio, un convecino piadoso, apenado por ese triste final, detuvo la comitiva y ofreció gratuitamente al lacazán trigo para que asegurara su supervivencia, pese a su vagancia. Y cuentan que el falso difunto levantó la tapa de su propio ataúd y erguido preguntó: «Y el trigo, ¿molido o por moler?». A lo que el generoso compadre respondió que por moler, pues bastaba ir al molino y que el molinero hiciera su oficio. A lo que el lacazán, cerrando de nuevo el ataúd, por dentro, respondió: «Pues que siga el entierro».

Al margen de que esta narración, cuento o parábola ancestral de nuestras abuelas gallegas hoy ya no se comprenda, o no se quiera comprender, su significado es claro: la vida exige trabajar y nadie merece morir. Hay que ayudar a los demás a vivir.

Todos sabemos que el siglo XXI ha alterado tanto la vida de los seres humanos que cuentos populares como este resultan extraños y macabros, incomprensibles y sin gracia. Sin embargo, la vida es lo único que tenemos, y realmente nada debe justificar, en principio, que la abandonemos de forma intencional y voluntaria.

Cuando alguien entre nosotros tiene razones para suicidarse, la sociedad en que todos vivimos ha fracasado, porque otra sociedad diferente triunfa con su modelo de eutanasia, que exhibe como signo macabro de libertad. Nada ni nadie puede ni debe inducir al suicidio. Al contrario: al ser humano hay que darle razones convincentes y eficaces para vivir y para preservar su vida y salud. Hay que darle razones convincentes y eficaces para vivir. Nunca para suicidarse.

La muerte de Noelia Castillo es un hecho, a mi juicio, que revela el fracaso de la sociedad en que vivimos, que cada día se parece más a un mundo inhabitable. Si la única salida es el suicidio, es porque alguien se siente incompatible consigo mismo, con las personas que le rodean y con la sociedad en que vive, entre otras cosas. Esta triple incompatibilidad hay que evitarla. Y hay que convencer a esa persona de que, tal como es, puede ser compatible consigo misma, con los demás y con el mundo en que todos vivimos. No podemos crear una sociedad donde el suicidio sea la solución de problemas extremos y de difícil tratamiento.

Es muy fácil hablar de los demás cuando uno no está en el lugar de los demás. Es muy elitista hablar de la pobreza cuando uno es rico, argumentar sobre la enfermedad de los otros cuando uno tiene salud y pontificar sobre la eutanasia cuando uno no es el protagonista de la tragedia. Cuando no estamos en el cuerpo del vecino, es gratuito dar consejos, legislar y arreglar un mundo que no conocemos por dentro. Ninguno de nosotros puede reemplazar la voluntad de una persona que habita un cuerpo que no es el nuestro, sino el suyo. No es lo mismo predicar que dar trigo, incluso a quien no quiere molestarse en ir a molerlo al molino.

¿Qué es lo que ocurre cuando el ser humano recibe una educación orientada a hacerlo incompatible con la realidad y con las personas que lo rodean? Pues que indirectamente se le educa también para ser incompatible consigo mismo. Y con el mundo en que vive. Y esto es peligrosísimo. Hacer creer a alguien que es lo que realmente no es supone en muchos casos abrir la espita de la caja de Pandora. Y privarle de razones para vivir. Vivimos en una sociedad que se familiariza peligrosamente con este tipo de comportamientos, como si fueran una demostración de libertad. Ninguna libertad conduce al patíbulo. Ninguna libertad tiene como meta y objetivo la supresión de la vida. No se puede reemplazar la realidad por la imaginación. Pero no todo lo que uno se imagina es tan saludable como parece.

Siempre he considerado que el martirio es la única forma de suicidio autorizada por las religiones y que la guerra es una de las formas de homicidio legalizada por las democracias. Hoy me pregunto si la eutanasia es una forma de suicidio legitimada por el siglo XXI. Me gustaría no tener razones para hacerme esta pregunta, pero lo cierto es que dispongo de muchos motivos para responderme a mí mismo que sí, sin pretender convencer a nadie de la validez de mis posibles razones y seguras sospechas.

El suicidio es el fracaso de una sociedad. La literatura nos habla muchas veces del suicidio y siempre con intenciones preventivas y disuasorias. La literatura española ha sido siempre una defensa de la vida. Incluso en una tragedia como La Numancia, de Cervantes, el suicidio se justifica como un acto de heroísmo que evita el exterminio y saqueo que llevarán a cabo los invasores de una localidad contra hombres, mujeres y niños que la habitan. Algo así como aceptar la eutanasia en el caso de una enfermedad terminal y cruenta, cuya prolongación sólo provocaría mayor sufrimiento y dolor al enfermo y a sus seres queridos. Creo que en un caso así alguien como Cervantes aceptaría la eutanasia. Nunca en otros contextos.

Recuerden las palabras de Sancho a don Quijote, al final de la novela, cuando don Alonso, deprimido y débil, asume su muerte con sobria tristeza y natural estoicismo: «No se muera vuesa merced, señor mío, sino tome mi consejo, y viva muchos años; porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía» (Quijote, II, 74).

Advierta el lector algo importante: ¿cuántos escritores, novelistas y poetas, dramaturgos y ensayistas, se suicidan antes del siglo XVIII? ¿Cuántos de ellos se suicidan desde la Ilustración hasta el siglo XXI? Respóndanse ustedes mismos. Cuando la anglosfera asume la hegemonía cultural de Occidente, la vida de muchos de los llamados «intelectuales» acaba en suicidio. ¿Cuántos escritores se suicidan en el Siglo de Oro español e hispanoamericano?

Hoy vivimos en un mundo totalmente nihilista, que sigue modelos de éxito configurados por el mundo anglosajón y protestante, que acude a la eutanasia como un recurso al que confunde con un derecho. Y que se oferta como un negocio. La cultura mediterránea e hispanogrecolatina, de tradición griega, romana e hispana, ve en el derecho la libertad, a la que aspira como negación de la muerte y afirmación de la vida. Mientras figuras planetariamente poderosas y mandatarios de determinados países piensan en la inmortalidad y la perfección genética del cuerpo, preservado del envejecimiento, al pueblo llano se le ofrece «democráticamente» la eutanasia, como una forma de «libertad». Sorprendente «libertad» aquella que conduce al cementerio.

La cultura actual ha convertido al ser humano en una criatura incompatible consigo misma. Se induce a los jóvenes a reemplazar el sexo por la pornografía, el matrimonio por el celibato y la vida entera por un trabajo sin tregua ni descanso y bajo una explotación extrema. Esto es un mundo inhabitable.

Una vida sin amor, sin trabajo, sin dinero, sin vivienda, sin meta ni esperanza, sin familia, pero saturada de carencias infinitas, es una vida que induce al ser humano a abandonarla. Esta es la sociedad que hoy construye el siglo XXI. Y esto es un horror que no hay quien detenga, y cuyo destino es el nihilismo. En ese destino ya estamos. No es lo que viene, es lo que hay.

El amor es uno de los sentimientos humanos más importantes y poderosos. Y además no se puede mercantilizar, no se compra ni se vende. Por esa razón el amor debe suprimirse, según los dictados mercantiles. Porque en un mundo sin amor, el ser humano no tiene valor. En un mundo sin amor, todo está permitido. Una sociedad en la que hablar de amor resulta ridículo, cursi o carca, es una sociedad que nos deja en manos de la negación de la vida. Cuidar del prójimo es prevenir el suicidio de todos. Yo no soy creyente. Y no necesito serlo para confirmar que el suicidio de una sola persona es el fracaso de una sociedad entera. Pero es también algo más: es el éxito de una nueva sociedad, a mi juicio enemiga del ser humano, donde el suicidio se disfraza de libertad.

Porque aquí hay que advertir de algo muy importante: cuando decimos que el suicidio es el fracaso de una sociedad, afirmamos también, y simultáneamente, que ese mismo suicidio es el éxito de una nueva sociedad que reemplaza a la anterior. Una sociedad familiarizada con la eutanasia, tal como poco a poco se introduce entre nosotros, es el éxito de una sociedad cuyos valores son los de negar la vida y afirmar la muerte en condiciones que antaño eran intolerables.

Incluso podríamos decir que la eutanasia es una forma de aplicar la pena capital a quienes, por inadaptados, no nos interesa cuidar ni prestar atención. Fracasa una sociedad, sí, la que cuida de la vida de gente con problemas, pero triunfa otra sociedad, la que induce a estas personas a suicidarse, es decir, a no molestar. Y no olvidemos que cualquier inadaptado puede resultar molesto. Es una forma muy sofisticada de purgar toda disidencia.

La eutanasia puede verse como el fracaso de una sociedad o como el triunfo de una nueva sociedad donde la muerte del prójimo es rentable a un sistema político y mercantil enemigo de la vida.

¿A quién beneficia la eutanasia? A quien pueda evitarla. Y sobrevivir a ella.


Jesús G. Maestro


La literatura defiende la vida real, no la imaginaria
El Quijote contra la eutanasia del siglo XXI.