El Neohumanismo literario es un
sistema de pensamiento crítico constituido por Jesús G. Maestro a partir de su
obra científica, ensayística y literaria, desarrollada principalmente en libros
como Crítica de la razón literaria
(2017-2025), Ensayo sobre el fracaso histórico de la democracia en el siglo
XXI (2024) y Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI (2025),
entre otras de sus publicaciones académicas.
Este movimiento crítico toma como punto de
partida y referencia tres hechos determinantes e incontenibles en la realidad
del siglo XXI: 1) la destrucción del Estado moderno, como modelo político
vigente desde finales del siglo XV, surgido en la Edad Moderna con el
Renacimiento español e italiano; 2) el fracaso de la democracia, como sistema
de gobierno nacido del idealismo totalitario característico de la Ilustración
anglosajona y europeísta; y 3) la desnaturalización de la vida humana a través
de la implantación irreversible de todo tipo de procesos de digitalización,
mecanización y programación artificial a los que hoy estamos sometidos, hasta
alcanzar estados incompatibles con la supervivencia misma de nuestra propia especie.
El Neohumanismo literario considera
que estos tres hechos, que han introducido e introducen cambios radicales e
insospechados en la experiencia social e individual, no se pueden detener, pero
sí reconducir y reorganizar de modo que la vida del ser humano pueda hacerse
compatible con ellos para bien de todos.
En este proceso de reorganización o
reconducción controlada de la destrucción del Estado, el fracaso de la
democracia y la desnaturalización de la vida humana, las soluciones que ha
proporcionado ―incluso históricamente― la filosofía, la religión y las
ideologías políticas, lejos de ayudarnos, resultan problemáticas,
inconvenientes e incluso nocivas. En muchos aspectos lo siguen siendo, no sólo
porque en lugar de haber evitado esta situación de destrucción política,
fracaso democrático y mecanización inhumana de la vida, la han hecho posible, sino
porque además de no resolverla la han justificado, en ocasiones
irracionalmente, en términos ideológicos, políticos y filosóficos.
Ante este desenlace, comparable al de un
callejón histórico y político sin salida, hay dos caminos y una realidad que
pueden ofrecer posibles soluciones. Los caminos son la ciencia y la literatura,
y la realidad ―con la que hay que pactar y hacerse compatible― es el mercado.
Desde siglos inmemoriales, mucho antes de
las más modernas y contemporáneas revoluciones políticas e ideológicas, las más
variopintas filosofías y religiones trataron de ofrecer al ser humano
diferentes modos de vida, alternativos y sucesivos en todas sus promesas, para
desembocar con el paso del tiempo en guerras igualmente cruentas o incluso más atroces
que aquellas que trataron de evitar.
Con la llegada de la Ilustración
dieciochesca, idealista y fabulosa, se prometió la secularización de la vida
humana, política y social, así como la superación ancestral de conflictos
religiosos, en nombre de una «razón ilustrada», ignorante de que los
precedentes Siglos de Oro españoles, capaces de elaborar un Quijote y
toda una literatura cuyo racionalismo no ha sido superado jamás, ya lo habían
conseguido de forma insólita y eficaz. El racionalismo barroco es superior al
idealismo de la Ilustración e incompatible con el concepto reformista,
mecanicista y nihilista de la anglosfera, bajo cuyos efectos destructivos
sobrevivimos hoy en las ruinas ilustradas del siglo XXI.
De hecho, la Ilustración no cumplió sus
promesas de paz perpetua, ni de justicia universal, ni de seguridad política ni
democracia global. La guerra sigue siendo una amenaza mortal y viva, la
desigualdad nunca ha sido tan intensa y tan injusta y la democracia jamás ha
estado tan desacreditada como en estos comienzos de siglo XXI, en que el ser
humano ha visto mermadas en menos de dos décadas la mayor parte de sus
libertades esenciales, algunas de las cuales costó siglos conseguir y
legitimar, entre ellas, la presunción de inocencia, el derecho a la vida en
todas las circunstancias y la defensa política y jurídica de la propiedad
privada.
Hoy llevamos siglos bajo el peso de ideologías
políticas que, en nombre de los más variados ideales ―desde la libertad y la
paz perpetua hasta la felicidad y la justicia universal― nos han prometido
utópica y también democráticamente de todo sin satisfacer ni cumplir realmente
nada. El resultado lo tenemos ante nosotros: Estados destruidos, democracias
fracasadas, vidas deshumanizadas.
En consecuencia, debido al desengaño
provocado por la intervención constante y fracasada de creencias religiosas
inoperantes, fantasmagorías filosóficas propias de adolescentes perpetuos y
totalitarismos ideológicos que no resuelven ningún problema, desde el
Neohumanismo literario se considera que la ciencia y la literatura ―es decir,
el conocimiento científico y las artes en general― son los principales recursos
en los que puede confiar el ser humano para preservarse como especie. Ciencia y
literatura que hoy, como siempre, se ven intervenidas por ideologías políticas,
creencias religiosas y totalitarismos filosóficos.
En este momento histórico, el Estado ha
dejado de ser un referente de gestión porque el mercado lo ha reemplazado, para
bien y para mal. Podemos estar de acuerdo o en desacuerdo con este hecho, pero
tal cosa es inútil, porque el hecho en sí es como tal innegable e irreversible.
El ser humano del siglo XXI debe pactar con el mercado y hacerse compatible con
él para sobrevivir. Y no puede hacerlo a cualquier precio. El ser humano del
siglo XXI sólo cuenta con dos apoyos: la ciencia y la literatura. Y un elemento
imprescindible: el comercio.
A partir del realismo de esta situación
histórica y presente, el Neohumanismo literario, como sistema de pensamiento
crítico, se basa en las siguientes ideas o premisas fundamentales.
El Neohumanismo literario
rechaza toda concepción de la vida humana fundada en utopías, dogmas,
mitologías políticas o promesas de redención histórica o metafísica. El punto de partida de
cualquier pensamiento destinado a orientar la vida humana ha de ser la realidad
efectivamente existente, no un mundo imaginario como algo por sí mismo deseable.
La supervivencia humana
exige reconocer los límites impuestos por la naturaleza, la historia, la
ciencia, la tecnología, la economía y las estructuras efectivas de poder. Toda
doctrina que ignore estos límites está condenada a sustituir el conocimiento por la ilusión y la política por
la ficción. El idealismo conduce al ser humano al fracaso, del mismo modo que
convierte en neoténicos a los adolescentes que no maduran ante la realidad y
sus exigencias.
Los avances científicos,
tecnológicos y económicos ofrecen posibilidades inéditas, pero también nuevas
formas de dependencia, desigualdad y sometimiento. El Neohumanismo literario no
identifica acríticamente el progreso con el bien ni la innovación con la mejora
de la vida humana: exige valorar sus consecuencias desde el conocimiento
racional de sus efectos. La libertad no crece ni se amplía por sí misma a lo
largo de la historia, simplemente se transforma en una libertad «diferente» y
con frecuencia también menor, que no siempre mejor.
Frente a las creencias, las
supersticiones y las ideologías, la ciencia proporciona conocimientos racionales
capaces de explicar y transformar la realidad objetiva de un mundo habitable.
Sin embargo, la ciencia no debe confundirse con una ideología ni convertirse en
una nueva religión secular: su función es conocer la realidad a fin de mejorar
las condiciones de la vida humana, no imponer dogmas sobre el destino de la
humanidad, negando su libertad o deshumanizando el curso mismo de la vida. La
ciencia nunca puede ni debe ser un instrumento de religiones, filosofías o
ideologías políticas, por más que cada una de estas tres formas de sutil y
sofisticada inquisición trate de legitimar diferentes modos de intervenir en la
actividad científica a lo largo de la geografía y de la historia.
La literatura no es un
simple entretenimiento, una ornamentación cultural ni una manifestación
subjetiva de sentimientos. La literatura es un sistema racional de ideas
imprescindible en la educación científica del individuo al que habilita para
abrirse camino en la vida a través de una experiencia clave: el desengaño. Las
grandes obras literarias constituyen construcciones racionales capaces de
representar, interpretar y confrontar las posibilidades, contradicciones y
límites de la vida en todas sus facetas y alternativas. Por ello, la literatura
constituye, junto con la ciencia, uno de los instrumentos fundamentales de
conocimiento de que dispone el ser humano, desde el momento en que la educación
ha de estar orientada al desengaño de cada persona ante sus adversidades y
enemigos vitales, y no al engaño sistemático de sociedades e individuos, tal
como ahora lo está. En este punto, el Neohumanismo literario considera que la
literatura de los Siglos de Oro españoles, como estadio más desarrollado de la
tradición literaria hispanogrecolatina, es la que constituye el código de
referencia desde el punto de vista de sus valores, pragmatismo y desengaño para
enfrentarse a la realidad humana de cualquier tiempo y lugar. Aquí es donde el Quijote de Cervantes se convierte en la obra clave del
pensamiento humano y literario universal y en referente por excelencia del
Neohumanismo literario.
Cuando la literatura queda
reducida a propaganda filosófica o religiosa, política o ideológica,
identitaria o moral, pierde su capacidad crítica y se convierte en instrumento gregario
de un tercer mundo semántico. El Neohumanismo literario defiende una literatura
capaz de enfrentarse racionalmente a cualquier creencia, doctrina o sistema imperativo
de valores dogmáticos, incluidos aquellos que pretendan utilizarla en su propio
beneficio, desde presupuestos filosóficos, religiosos o ideológicos.
El ser humano no puede
confiar su supervivencia a promesas de felicidad futura, justicia definitiva,
igualdad absoluta, paz perpetua o redención histórica o metafísica. Tales
promesas son histórica y políticamente falsas y han servido una y otra vez para
justificar formas de poder y de violencia que no cesan de reproducirse. El
pensamiento crítico debe reemplazar la esperanza utópica y la creencia
ideológica por el conocimiento de condiciones y posibilidades reales de
supervivencia, asegurando la libertad, la propiedad privada y el conocimiento
científico, literario y mercantil de la realidad en que vivimos.
No hay libertad allí donde
el individuo carece de los medios necesarios para ejercerla, como tampoco hay libertad
cuando una persona delega completamente su capacidad de decisión en estructuras
políticas, tecnológicas, económicas o ideológicas, por muy democráticas que
estas digan llamarse. La democracia no puede inhabilitar decisiones
individuales decisivas para los propios recursos humanos constituyentes e
integrantes de una sociedad política. La libertad ha de entenderse como una
capacidad real de actuación dentro de las condiciones objetivas y políticas que
determinan la vida humana. En este punto, la política es la organización de la
libertad, es decir, la administración del poder. La libertad no se delega y
ninguna democracia puede construirse sobre la premisa de esta delegación de
derechos y toma de decisiones. La libertad no puede ubicarse en la utopía de
cualesquiera imaginaciones idealistas, ni tampoco limitarse a la conciencia ni
apelar al sentimiento, sino que ha de ejercerse en el mundo real y político, material
y humano, sin tutelas electorales que pongan en manos de una minoría o casta disposiciones
y dictámenes que afectan a inmensas mayorías de individuos silenciados y
sumisos.
El mercado no constituye por
sí mismo un ideal político, moral o antropológico, y de ninguna manera puede ignorarse
bajo el idealismo, la seducción o el autoengaño de ficciones ideológicas,
utópicas, políticas, religiosas o filosóficas. En las sociedades contemporáneas
el comercio constituye una estructura fundamental de organización de la vida
humana. El Neohumanismo literario no propone ni la sumisión al mercado
totalitario ni su abolición imaginaria, sino el conocimiento y reconocimiento
de sus mecanismos, límites y consecuencias para hacer posible una relación
racional y eficaz con él. El Neohumanismo literario considera que todos cuantos
participamos en la compra o venta de bienes de consumo somos de hecho «amigos
del comercio», y que sus verdaderos y principales enemigos o adversarios son,
bien quienes lo prohíben o derogan, sea de forma efectiva o utópica, bien
quienes lo traicionan mediante la trampa o el incumplimiento de los contratos y
derechos mercantiles positivamente estipulados o acordados.
La progresiva pérdida de
soberanía y capacidad de gestión de los Estados, así como la disolución de
fronteras y la pérdida de acuñación de moneda, entre otras impotencias
políticas de los Estados actuales, obliga a abandonar la concepción del Estado
como instancia capaz de resolver por sí misma los problemas fundamentales del
siglo XXI. El Neohumanismo literario parte de la transformación histórica de
esta estructura política y busca formas de supervivencia humana compatibles con
un mundo en el que el Estado ha dejado de ocupar la posición central que
históricamente se le atribuyó. Con la destrucción del Estado fracasa también su
sistema político, esto es, la democracia como régimen de gobierno, lo que exige
buscar una forma alternativa de gestión jurídica y de organización política.
Ninguna forma de gobierno
puede quedar exenta de crítica por presentarse como democrática. En nombre de
la democracia no todo está justificado ni permitido. La democracia ha de juzgarse
por sus resultados efectivos, por las libertades que garantiza, por las
desigualdades que provoca o tolera y por su capacidad real para gobernar y
administrar coherentemente sociedades contemporáneas. Cuando una democracia
fracasa en estas funciones, el pensamiento crítico debe reconocer ese fracaso
sin someterse al dogma de una supuesta superioridad moral democrática y debe
tratar además de constituir un sistema político alternativo capaz de superar
las deficiencias, limitaciones y fracaso de una democracia posmoderna que, hija
y heredera de la Ilustración, es incapaz de cumplir sus declaradas promesas de
bienestar universal.
El ser humano no es la
cobaya de la ciencia. Digitalización, mecanización y programación artificial de
la vida no son fenómenos externos o ajenos al ser humano: transforman nuestro modo
de vida, trabajo, conocimiento, relación familiar y profesional, nuestras
formas genuinas y naturales de ser, decidir y sobrevivir. El Neohumanismo
literario rechaza tanto la tecnofobia irracional como la confianza ingenua en
la tecnología y los fundamentalismos científicos o filosóficos, y exige
determinar qué transformaciones tecnológicas favorecen la supervivencia humana
y cuáles pueden conducir a su deshumanización o incluso su exterminio como
especie.
El Neohumanismo literario no
propone regresar a un pasado idealizado ni recuperar estructuras históricas
definitivamente desaparecidas o incluso fracasadas. Ninguna meta futura está en
el presunto pasado de una Arcadia legendaria o de una utópica y fabulosa Edad
de Oro. El objetivo es afrontar las transformaciones irreversibles del presente
y desarrollar formas de vida capaces de coexistir con ellas sin destruir las
condiciones fundamentales de la existencia humana. Sabemos que la realidad
tritura a quien es incompatible con ella y por esa razón, precisamente, el
Neohumanismo literario tiene como divisas que el idealismo es una filosofía
incompatible con la realidad y que el ser humano que no vive en la experiencia
del desengaño vive en la ignorancia de la realidad.
Religiones, filosofías e
ideologías políticas han impuesto imperativamente conocimientos que han
generado dogmas, conflictos y formas de sometimiento enemigas de la libertad
humana. Con frecuencia han disputado y disputan entre sí por el monopolio de
una supuesta «verdad», encarnada en un principio universal, una divinidad
absoluta o un «Gran Hermano» al que cambian de nombre cuando se les ocurre o
les conviene (nous, ápeiron, Demiurgo, motor perpetuo,
Dios, sustancia pura, mónadas, noúmeno, Espíritu
absoluto, Volksgeist, Superhombre, inconsciente, Dasein,
etc.). El Neohumanismo literario no acepta ninguna de estas construcciones como
instancias últimas de explicación, solución o salvación de nada. Todas ellas
deben quedar sometidas a la crítica racional, histórica, científica y literaria
del ser humano. En la mayoría de los casos no son sino ficciones explicativas
incompatibles con la realidad. Desde su origen, religiones, filosofías e
ideologías políticas se han atribuido a sí mismas una superioridad y un poder,
un mando y unos derechos, sobre seres humanos y sociedades enteras, que distan
mucho de ser respetables e incluso tolerables, si nos atenemos a las cruentas consecuencias
a las que históricamente han dado lugar en la mayoría de los casos.
El principal instrumento de
supervivencia del ser humano no es una doctrina destinada, imperativa o
dogmáticamente, a proporcionarle respuestas definitivas o absolutas, sea en
nombre de lo políticamente correcto, sea en nombre de un fundamentalismo moral
o metafísico, científico o filosófico, sino una razón capaz de cuestionar día a
día aquellas doctrinas que se presentan e imponen como totalitarias o
indiscutibles. La ciencia aporta conocimiento ante la realidad, la literatura
permite conocer la complejidad de la experiencia humana a través de modelos de
ficción integrables en la realidad y compatibles con ella, y el pensamiento
crítico nos enseña y capacita a confrontar ambos conocimientos con las
estructuras efectivas de una sociedad política. La literatura es una lucha por
la libertad contra los enemigos de la razón y es, por ello mismo, una llave
maestra que abre racionalmente todas las puertas de la vida y de la realidad.
La única puerta que no abre la llave de la literatura es la que conduce a la
mazmorra de un mundo inhabitable. Toda literatura digna de este nombre se niega
a discurrir por semejante itinerario, del mismo modo que la realidad de la
ficción poética se niega a legitimar la mentira y el engaño.
Colofón
En consecuencia, el
Neohumanismo literario no propone una nueva utopía, una nueva creencia
religiosa o filosófica ni una nueva ideología política, ni mucho menos una
retórica de autoayuda, sino un sistema racional de ideas basado en
conocimientos científicos y literarios y nunca ignorante de las realidades del
mercado. Plantea y ofrece, en suma, una forma de pensamiento crítico destinado
a conocer la realidad, interpretar sus transformaciones y hacer posible la
supervivencia del ser humano dentro de un mundo que ya no puede reconstruirse
conforme a ideales políticos, religiosos y filosóficos del pasado. Nada de
cuanto se ha ido regresa jamás en su estado original. El fundamento del
Neohumanismo literario no es la promesa de un cosmos mejor, sino la necesidad
de comprender el mundo real a través de la ciencia, la literatura y la economía
para evitar que el ser humano resulte de este modo destruido por las mismas
fuerzas históricas, científicas, tecnológicas, financieras y políticas que él
mismo ha construido.
Tú decides.














