Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, como profesor universitario, autor de la Crítica de la razón literaria, dispone de forma abierta, libre y gratuita, de toda su actividad docente, académica e investigadora, en internet, con más de mil clases grabadas en su canal de YouTube.
Yo no vendo humo y usted no debería creer todo lo que
lee
HarperCollins
ISBN: 978-84-1064-492-2
Nos han educado para sentir,
no para pensar.
Nos han domesticado para ser
felices, no para ser libres.
Pero, ¿qué queda de la
prometida felicidad cuando tienes que vivir en la realidad?
¿Qué harás tú cuando la
realidad destruya tus sueños?
Sólo los tontos son felices sin libertad, porque explicar el fracaso de la felicidad es denunciar el fracaso de la libertad.
Este libro no es un consolador, sino un dispositivo para
pensar de forma diferente y original. No alivia: analiza. Es una ortiga en tu
cerebro. No predica resiliencias ni dopajes afectivos. Su método es el bisturí
y su marco la dialéctica. ¿El objetivo? La demolición de la felicidad como timo
y como instrumento del totalitarismo emocional contemporáneo. De la felicidad y
de todo lo que la precede y consensúa. Lo que aquí te contamos no te lo cuentan
otros autores.
¿Es la felicidad el destino final del ser humano o la mentira
mejor contada de nuestro tiempo?
En un mundo donde la felicidad es un producto más y los dioses
son sustituidos por algoritmos, este libro desmonta muchos de los mitos que nos
han vendido, como la farsa de que el trabajo nos hará libres, la ilusión de que
consumir sube nuestra autoestima o la mentira de que un like es un
refugio contra la soledad.
Provocador y ácido, Jesús G. Maestro,un catedrático de universidad que ha hecho de
la literatura un arma de interpretación masiva, capaz de desmontar dogmas con
ironía y lucidez, explora en El fracaso de la felicidad los entramados de la
cultura contemporánea y lanza una rebelión a través de la honestidad
intelectual y el pensamiento crítico.
Una obra destinada a quienes rechazan respuestas fáciles,
prefieren enfrentar incómodas verdades y desean redescubrir la libertad más
allá de las promesas vacías de una felicidad prefabricada.
Prólogo de Jesús G. Maestro a la segunda parte del libro
de Miguel de Cervantes, titulado
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha,
en la versión manuscrita del IES «Las Canteras»,
de Collado Villalba, Madrid.
Hace apenas unos días una gavilla de
intelectuales o filósofos, que no sé muy bien cuál es hoy la diferencia entre
unas y otras gentes, preguntáronme con astucia propia de sus gremios cuál era a
mi entender la mejor novela del siglo XXI. Díjeles, sin dudarlo, que era el Quijote,
de Cervantes.
Como me miraran con ojos de alinde, pensando
sin duda que, o bien había yo oído muy mal, o bien había perdido el juicio
rematadamente, habló un incauto chuleta y dijo:
―Quizá sabe Vd. ―o debiera saber― que el Quijote
de ese Cervantes es de hace muchos años, o muchos siglos, y no de este presente
XXI, por el cual le preguntamos. ¿O acaso Vd. no lee a sus contemporáneos y se
ha quedado extraviado en aquellos tiempos oscuros?
―Sí sé y sí leo. Y por eso sé decir que el Quijote
de Cervantes se publicó en dos partes, la primera en 1605 y la segunda en 1615,
y entre medias, en 1614, publicóse bastardamente el Quijote apócrifo
firmado por un tal de Avellaneda. Y sí leo a mis contemporáneos, es decir, a
Vds. y a sus amigos de Vds., y por eso digo y confirmo que el Quijote de
Cervantes es la novela mejor, por actual y valiosa, para leer en este siglo
XXI.
Miráronme de arriba a abajo, con arrogancia
frustrada y complejo de superioridad peor gestionado. Y como el que habló se
quedara sin más palabras, avergonzado de impotencia dio media vuelta y fuese. Y
rezongando como gozques siguiéronle los demás.
Fue testigo de aquellos instantes un
periodista, que, sabiendo guardar secreto profesional, como todos los
periodistas sabios en su oficio ―los cuales ocultan lo que saben y publican lo
que deben―, díjome sin contenerse:
―Debe Vd. publicar un ensayo sobre el Quijote,
diciendo todo lo que aquí ha callado sobre la actualidad de este libro en
nuestro enfermo y trastornado siglo XXI, y enviarlo a un premio, y ganar ha ese
certamen, sin duda por la alta originalidad de sus extrañas y valiosas ideas.
Miré a aquel joven, sin suponer yo en modo
alguno que fuera periodista, dada su discreción y buen decir. Y díjele en voz
baja y tranquila:
―Bien podré escribir un ensayo, y hasta un
libro, sobre el libro de los libros, que no es la Biblia, sagrada escritura,
sino el Quijote de Cervantes, escritura de ficción, libertad y realidad.
Pero créame, inesperado y buen amigo, que ningún jurado de ningún premio ha de
reconocerme ―y aún menos concederme― galardón alguno, ni por mis palabras,
siempre ácidas, ni por mis ideas, incompatibles con las correcciones de los
políticos, grandes enemigos de las ciencias, de la literatura y también de la
libertad.
―Yerra Vd. en cuanto dice ―respondióme―,
pues no valora el contenido de sus palabras ni el alcance de sus ideas.
―Joven amigo ―le dije con franqueza―: ¿no
sabe Vd. que los premios son siempre una prolongación de la política y todos
ellos de antemano tienen novio, marido y hasta viudo en sus posibles desiertos?
Yo no encajo con nadie. Y menos con jurados que dan premios.
―Te equivocas ―espetó, pasándose
inconscientemente por su parte a un tuteo imprevisto. Tú encajas, y mucho.
―¿Yo? ¿Con quién encajo yo?
―Con la gente.
Y con estas me dio la espalda y huyó, sin
decir más palabra.
Cómo han de ser las cosas en el futuro bien lo
ha de saber Fortuna, la diosa más inquieta e inquietante de las diosas, que yo
no lo sé, porque no soy chamán ni adivino, ni arúspice ni gurú, pero sí diome
qué pensar el cativo, pues... no en vano algunos hechos apuntaban en la
dirección que el mozo, joven profesional de su oficio, por lo que supe después,
había dicho con insolente franqueza y naturalidad.
Una prueba de que ―al menos en ocasiones―
quien suscribe encaja con la gente es la invitación que amable y generosamente
me han hecho llegar alumnos y profesores del Instituto de Enseñanza Secundaria
de Collado Villalba, Las Canteras, al invitarme a escribir a mano este prólogo
a la segunda parte de El Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de
Miguel de Cervantes. De cuantos encargos y propuestas que me han hecho en la
vida, es este sin duda de los más nobles y valiosamente electos. Quede
constancia, pues, de mi agradecimiento.
Nada más valioso que prologar un manuscrito
de la obra magna de la literatura universal, el Quijote de Cervantes,
trasladado a mano a pliegos del siglo XXI por un conjunto de alumnos,
profesores y padres. Sea ejemplo que sigan otros centros de enseñanza y otras
promociones de estudiantes, docentes y familias.
Todos los españoles comunes y corrientes,
aquellos que no procedemos ni formamos parte de las élites, somos un Cervantes
que no ha escrito el Quijote, pero que tenemos la satisfacción de leerlo
y reescribirlo, por boca y lengua de su autor primero y único.
Porque en el Quijote está,
escrito en español, el genoma de la literatura universal.
Jesús
G. Maestro
Madrid, 1 de diciembre de 2025.
Prólogo de Jesús G. Maestro a la segunda edición del Quijote manuscrita en el IES Las Cantedras de Collado Villalba en Madrid
La globalización es más que un tema
controvertido. Tiene tantos simpatizantes como detractores, y unos y otros muy
variopintos. Se nos ha impuesto en nombre del bienestar económico, y se
presenta también como una fuerza benigna, que borra las distancias entre
nosotros con el objetivo de unirnos a todos en una fraternidad universal. En
determinadas zonas del planeta, desaparecen los límites territoriales, pero no siempre
para alcanzar mayor libertad. Surgen barreras de otra índole. Fronteras
económicas muy difíciles de atravesar. Son las fronteras invisibles de la
globalización. No se ven con los ojos, pero se sienten en el bolsillo.
Se ha dicho que la tarjeta de crédito ya
sustituye al documento nacional de identidad o al visado internacional. Las
viejas diferencias políticas o geográficas se esfuman, pero en su lugar crecen
abismos financieros. Con las distancias desaparecen también todas las
diferencias. Todas excepto una: la económica.
En esta nueva cartografía, los sistemas
políticos funcionan como engranajes de una maquinaria económica global. Es como
si el derecho mercantil estableciera leyes que corresponden al derecho civil.
Las normas llegan a tu pueblo procedentes de sedes corporativas que no se sabe
en dónde están. No hay fronteras que cruzar, sino lobbies que gestionar.
La movilidad, tan celebrada por los promotores de la globalización, no es tanto
un derecho para todos cuanto un lujo reservado a quienes pueden pagar un pasaporte
dorado.
El resultado es un mundo donde el pobre,
aunque pueda atravesar continentes, no cruza la verdadera frontera: la que
separa a los que deciden de los que obedecen. Unos trabajan para sobrevivir y
otros ganan dinero para ejercer y preservar el poder propio o ajeno. Esa línea,
invisible en los mapas, se dibuja en transacciones bursátiles, algoritmos del
crédito, listas cerradas de directorios y consejos de administración.
1. La
frontera económica. Es la más sólida y evidente. El dinero no sólo compra
bienes: compra tiempo, seguridad, movilidad, salud y, en muchos casos,
justicia. El capital se convierte en el verdadero pasaporte universal, y
quienes no lo tienen quedan confinados a un territorio social que no figura en
los mapas, pero que recorta sus posibilidades de vida.
2. La
frontera tecnológica. El acceso (o no) a la tecnología y a las
infraestructuras digitales determina la posibilidad y la capacidad de
participar en la vida económica, cultural y política global. No se trata sólo
de poseer dispositivos, sino de dominar el conocimiento y el lenguaje digital
que permiten moverse con fluidez en esa esfera. La brecha tecnológica es
también una brecha de poder.
3. La
frontera del conocimiento. No basta con que la información esté disponible
en internet: la verdadera muralla separa a quien sabe interpretarla, filtrarla
y usarla de quien no es capaz de hacerlo. El conocimiento se concentra en
élites académicas, corporativas y científicas que hablan un idioma técnicamente
inaccesible para la mayoría, atrapada en un analfabetismo funcional y feliz, y
excluida de todo lo verdaderamente importante, sin que pueda advertirlo,
entretenida como está haciendo comentarios en redes sociales.
4. La
frontera jurídica. La ley ya no es igual para todos: las grandes
corporaciones y fortunas pueden operar por encima o fuera de los marcos legales
nacionales, mientras que el ciudadano común está sujeto a reglas que no puede
negociar. Esta situación crea un doble espacio de soberanía: uno visible, para
la masa; otro invisible, para quienes tienen poder de fuga legal. El
aforamiento político también desempeña un papel importante en esta muralla
jurídica.
5. La
frontera de la movilidad real. Se nos habla de un mundo sin fronteras
laborales, pero la libre movilidad es privilegio de una minoría. La mayoría se
mueve sólo dentro de un radio limitado, por razones económicas, políticas o
burocráticas. Y de acceso a la vivienda. Las barreras de visados, costes y
permisos invisibilizan un hecho tangible: la movilidad global es un lujo que en
realidad muy pocos pueden permitirse. La movilidad laboral de la globalización
es una forma encubierta de invisibilizar la emigración nativa.
6. La
frontera cultural. Aunque la globalización homogeneiza modas, consumos y
lenguajes, mantiene e incluso refuerza jerarquías culturales. Hay lenguas
dominantes y lenguas marginadas. Hay culturas que circulan globalmente y otras
que se quedan encerradas en la periferia de la atención mediática. La supuesta «cultura
global» es, en realidad, una selección controlada de referentes que excluye a la
mayor parte de la población del planeta, el nuevo lumpemproletariado.
7. La
frontera del acceso al poder. Los centros de decisión política y económica
ya no son visibles ni accesibles. No están en los parlamentos, sino en consejos
de administración de empresas, foros privados y redes corporativas que no
rinden cuentas ante la ciudadanía. Es una frontera blindada: no se cruza por
mérito democrático, sino por cooptación.
En definitiva,
estas fronteras no están hechas de piedra ni de alambre de espino, pero son muy
difíciles de atravesar, porque se ocultan de forma intencional. El siglo XXI no
las llama fronteras: las disfraza de condiciones de acceso, estándares de
calidad o criterios de admisión. Pero en realidad son murallas invisibles que
clasifican a la humanidad en compartimentos estancos. La globalización, así
considerada, es una nueva forma de organización de la libertad planetaria, no
por países, sino por grupos económicos sin patria definida. ¿Cuál es la patria
del euro?
La ficción no legitima la falsificación de la realidad
Es sorprendente que Cervantes esté hoy de
moda por ser lo que no fue, pero no por ser lo que realmente fue: el autor de
la obra literaria más importante de la Historia de la Literatura Universal. El
hecho de que escribiera el Quijote es algo irrelevante en este siglo
XXI. Esto se llama coger el rábano por las hojas. Por favor, no me lo tomen en
el mal sentido.
Lo penoso es que a nadie le importa hoy lo
que significa esta novela, desde el punto de vista de la libertad, la religión
o la política, ni en los colegios (donde ni se menciona), ni en los institutos
de enseñanza media (donde se lee, acaso, a cachos maltrechos), ni en la
Universidad (donde en lugar de hablar de Cervantes se habla de «gamerización» y
otras baratijas). Hoy cualquier cosa es más importante que la literatura, la
inteligencia o, simplemente, la realidad. Y cuando la realidad no existe, todo
está permitido. Esa es la magnífica herencia que nos han dado Kant, la
Ilustración y los idealistas.
Cervantes, si hoy interesa a alguna gente,
no es por la literatura ni el Quijote, ni por su teatro trágico y
cómico, ni mucho menos por su poesía. Resulta que hoy Cervantes importa por sus
posaderas. Otros méritos no se valoran. Queda claro que nuestra sociedad tiene
un sentido extremadamente «recto» de las virtudes y costumbres. Amén.
En una sociedad así de alegre, faltar a la
verdad, es decir, a la realidad de los hechos, es muy fácil. Entre otras cosas,
porque, muy al contrario de lo que se cree, es imposible desmentir algo que
nunca ha tenido lugar. Podemos decir que Cervantes fue budista, espía de los
turcos o embajador de los marcianos en el planeta Tierra durante el siglo XVII.
Y díganme que no. Podemos decir que fue gallego (tengo pruebas, aducidas en un
artículo publicado en FARO DE VIGO el 17 de abril de 2016). Podemos decir de Cervantes
todo lo que queramos, sobre todo en un mundo que, como el actual, ha perdido de
vista la realidad. ¿Por qué?
Pues porque vivir ignorando la realidad es
muy divertido. Te permite decir lo que te dé la gana, sobre todo si es
gracioso, polémico o rentable. Lo que menos importa es la verdad. Lo que de
veras interesa es que sea chistoso aunque no tenga gracia, que moleste cuanto
más mejor al mayor número posible de gente y que dé dinero a costa de
falsificar lo que sea, porque nada importa y porque la mentira se paga y gusta
más que la verdad.
Cuando una persona ha fallecido hace siglos
(pongamos en 1616), es icono universal de valores que en realidad nadie sabe
explicar ―pero que están ahí como un reclamo publicitario, como la cara del Che
o de Marilyn Monroe― y su imagen se puede usar prostibulariamente con toda
libertad, porque nadie va a exigir derechos allí donde el Derecho parece una
ficción, hay margen para un buen negociete. El cine, la tele e internet hacen
el resto.
Si además resulta que esta persona fue autor
de una serie de obras literarias de las que apenas se conoce una sola de ellas
―porque en realidad no se ha leído ninguna―, titulada El ingenioso hidalgo
don Quijote de la Mancha, que ni siquiera tienen
en su casa estudiantes universitarios matriculados y graduados en Facultades de
Letras (porque ellos tampoco la han leído), pues entonces todo el monte es
orégano para hacer y decir lo que a uno le dé la real gana con este fulano, un
tal Miguel. La impunidad es absoluta y, como bien dice el refrán, la ignorancia
es osada. Desde luego, nuestra sociedad traga con todo.
Aquí parece que todo dios ―sobre todo los Cupidos
nacidos en la segunda mitad del siglo XX― se acostó con Cervantes y conoce
todos sus secretos y éxitos sexuales. Curiosa información, que no ha
desclasificado ni la CIA, y sin embargo conocen al dedillo del ojete (léase
derivado de ojo) los que ni han leído su obra literaria. Resulta que de un
hombre del que no se conservó nunca ni un solo retrato fiable de su rostro (el
atribuido a Juan de Jáuregui es apócrifo) se conocen ahora, sin duda por arte
de magia (no sé si negra, blanca o fucsia), todos los detalles de su vida
sexual... en cinco años de Argel (1575-1580). Ni que la hubieran registrado
ante notario.
En el capítulo 59 de la segunda parte del Quijote, Cervantes escribe esa famosa frase que dice: «Retráteme el que
quisiere —dijo don Quijote—, pero no me maltrate, que muchas veces suele caerse
la paciencia cuando la cargan de injurias». Si pensamos en la cantidad de
maravillas que el cine puede aportar a la interpretación de la literatura,
tendríamos para días y días de disertaciones. Sin embargo, cuando todo se
reduce a una colonoscopia, mejor nos dedicamos a la medicina interna, por
ejemplo, y dejamos en paz el arte de cinematografía. Y, desde luego, el colon
del autor del Quijote.
¿Vale la pena dedicar tiempo en la vida a
ver cómo se cuenta una mentira? No hablo de ficción, sino de mentira, de
falacia, de exposición fraudulenta de hechos con intención de engañar al
espectador y de sesgar sus posibilidades interpretativas. Mentira es lo que se
hace, dice o silencia con intención de inducir al error de forma intencional.
No seré yo el que niegue a nadie el placer que suscita el consumo de mentiras,
pero las trampas al solitario son muy poco inteligentes. ¿Es necesario
engañarse uno a sí mismo con el consumo de productos así para sentirse mejor?
Haga cada cual lo que estime oportuno, pues para gustos, colores.
Pero por si les resulta útil, se lo explico
con palabras del propio Cervantes, quien detestaba el arte de contenido falso y
embustero. Cuando en el mismo Quijote condena tanto los libros de
caballerías como el teatro de Lope de Vega, por los múltiples disparates allí
representados, leemos en el capítulo 47 de la primera parte: «Hanse de casar
las fábulas mentirosas con el entendimiento de los que las leyeren». ¿Qué diría
Cervantes, si se viera retratado ―en la literatura, la pintura o el cine― como
lo que nunca fue? Pues que se trata de una mentira. Y a una mentira sólo se
puede responder con la verdad disponible.
Sin embargo, ante una tontería sólo es
posible actuar de dos modos: o bien ignorándola por completo, o bien con otra
tontería. Los trabajadores optan por la primera opción, porque no tienen tiempo
para perderlo, mientras que los ociosos, que no tienen nada que hacer ni que
rascar, ni lo pretenden, optan por la segunda. Y así, como el número de
sandios, se multiplican las sandeces hasta el infinito.
Pero hay tonterías extremadamente rentables.
Si una ocurrencia estulta genera una estela de respuestas igualmente estultas,
internet canta bingo. Entonces las mentiras resultan muy crematísticas, porque
los glóbulos rojos de las redes sociales, es decir, el flujo publicitario que
generan comentarios y comentaristas del más ocioso pelaje crece como la espuma.
Disculpen mi franqueza, pero nuestra época
tiene más tragaderas que un cornudo de los del siglo XVII, de esos que aparecen
en los entremeses de Quevedo. Que ya es decir... La ficción no legitima la falsificación de la realidad.
Cuando nos encontramos con alguien que colecciona tréboles de cuatro hojas, afirma trazar circunferencias de radio infinito con ambas manos o que Cervantes escribió el Quijote inspirado en el concepto de Derecho Mercantil de los nibelungos, no estamos simplemente ante un adínaton de tres cabezas, sino ante algo mucho más elemental y común. Estamos ante una contraseña o consigna. Tal cosa no es una argumentación o una opinión. Es el santo y seña de que nuestro interlocutor habla, escribe y vive en un tercer mundo semántico. Y no lo sabe. En ciertos contextos, discutir un disparate es formar parte de él.
A la universidad del primer cuarto del siglo XXI está a punto de llegar la tercera generación de jóvenes que cumplirá su mayoría de edad sin haber recibido nunca jamás formación literaria alguna. Sin embargo, y acaso precisamente por eso, coleccionan tréboles de cuatro hojas, trazan circunferencias de radio infinito y confirman en la obra de Cervantes la importancia posmoderna del Derecho Mercantil presente en el Cantar de los nibelungos. Todo ello gracias a las redes sociales, por supuesto, sede de la nueva universidad de la era global y posmoderna en que vivimos y convivimos con las generaciones más preparadas de la Historia del Universo.
La desaparición de la formación literaria en la universidad posmoderna no es un accidente ni una casualidad, ni mucho menos un secreto: es la consecuencia de haber perdido de vista la realidad deliberadamente. La vida humana es incomprensible de espaldas a la literatura y a las posibilidades y exigencias de su interpretación. Del concepto de literatura que tiene una sociedad depende también la idea de libertad por la que luchan sus miembros o ciudadanos.
Quien jamás ha leído con rigor a Cervantes, y se atreve a citarlo como falsa prueba de un supuesto conocimiento, no habla de literatura, sino de sí mismo, y de su pertenencia a una comunidad donde el disparate se exhibe como salvoconducto para «hacer amigos». La exposición de hechos imposibles se ha convertido hoy, gracias a la ilusión de conocimiento que brindan las redes sociales, en una contraseña que acredita el acceso a una ignorancia celebrada y compartida.
Con un necio nunca se puede dialogar, ni mucho menos discutir. Un necio no sabe razonar. Los locos razonan, pero mal. Los necios, simplemente, no razonan, y no tanto porque no sepan, sino porque no quieren. Lo suyo es la negación de la inteligencia, por norma. La propia y la ajena. La inteligencia propia, la niegan por incapacidad y zanganería; la ajena, por envidia. Hablar con un necio es promocionarlo, del mismo modo que discutir un disparate es formar parte de él. Las personas inteligentes olvidan, con demasiada frecuencia, que el éxito de las redes sociales se basa en la promoción de la estupidez, en la que ciegamente participan incluso también los cerebros supuestamente biempensantes e instruidos.
Las generaciones más jóvenes ―al disponer de menor y peor formación científica― saturan las redes sociales hablando de literatura sin haber recibido ningún tipo de educación literaria. Interpretan mal cuanto leen, pero hablan y escriben como si hubieran cursado o impartido estudios del más alto nivel durante décadas.
No conocen los géneros literarios, ni los métodos ni las obras de la Literatura Comparada, ni lo que es la ficción poética, ni nada saben sobre los orígenes de la creación literaria, ni manejan un concepto claro y probado de literatura. Ignoran historia y tradición poéticas, y sin saber distinguir la ontología del teatro, el poema o la narración, incapaces de diferenciar la ironía de la metáfora, o un pentasílabo adónico de una políptoton, pontifican sobre cualquier referencia dada en el campo de las artes poéticas y literarias.
Y así hablan y escriben de todo un poco, o un mucho ―pues el hablar no tiene puertas―, y con caritas de emoticono dictan sentencias sobre el arte en general y la literatura en particular, sobre la amistad y lo que surja. Y no digamos nada cuando el tema es la geopolítica, el nuevo género del horóscopo.
En realidad, lo único que consigue este tipo de persona ―nesciente y osada― es retratarse públicamente en internet como un incompetente, y dar cuenta del lugar que cada una de ellas ocupa en el simulacro de conocimientos que finge poseer. El resultado es un insectario de incompetencias. El narcisismo de las redes lo galvaniza todo y anula cualquier posibilidad de interpretarse a uno mismo con un mínimo de objetividad. La pobreza y la ignorancia son difíciles de ocultar, y aún más difíciles de disimular, salvo si se carece de sentido del ridículo, una carencia que remite sobre todo a la falta de un sensor fundamental: el que permite conocerse y reconocerse a sí mismo.
Hasta un incauto como Bertolt Brecht llega a postular, tres siglos después de Cervantes en el Quijote, el distanciamiento o extrañamiento como técnica de objetivación de uno hacia sí mismo y su entorno. El ignorante no llega ni de lejos a nada de esto. Le faltan demasiados sensores. Y le sobra narcisismo. Tiene todas las cualidades y potencias que conducen al fracaso. Pero no lo sabe. Y esta es su mayor limitación. La realidad no perdona a quienes no la conocen. Dicho de otro modo: destruye a quienes son incompatibles con ella.
Durante siglos, la literatura y sus posibilidades de enseñanza han sido un instrumento racional destinado a interpretar críticamente las más variadas y complejas situaciones humanas. Hoy esa labor la ejercen los espontáneos y ocurrentes de las redes sociales: coleccionistas de tréboles de cuatro hojas, dibujantes de circunferencias cuadradas o descubridores de la genealogía extraterrestre de Cervantes. A veces, los trebolarios tetrafolios tienen aspecto de título universitario. No se trata de extravagancias ingenuas, sino del resultado de la más absoluta y catastrófica ignorancia que puede verterse impunemente sobre la literatura. Y, en realidad, sobre cualquier cosa.
La literatura no puede ya esperar absolutamente nada de la universidad. Ni de ninguna otra institución educativa de nuestras sociedades actuales. La gente más joven se adiestra ―entre sí― en la promoción superlativa del disparate compartido y de la ignorancia institucionalizada. Quienes se proclaman como las generaciones más preparadas de la Historia llegan a la veintena sin haber leído jamás una obra literaria con la solvencia que exige un pensamiento crítico y un racionalismo científico mínimamente ordenado frente a lo que la literatura es. Y no lo saben.
No es una catástrofe, es una realidad cotidiana e impúdica: la literatura, en las redes sociales, se ha convertido ―como se convierte todo lo que posee algún valor― en un aberrante disparate. La literatura no ha desaparecido. Quienes han desaparecido son sus intérpretes científicos. Y entre ellos, los más jóvenes. No hay reemplazo generacional en la interpretación de la literatura. Y han desaparecido, incluso, de las instituciones académicas.
Hoy la interpretación literaria está en manos de ocurrentes y espontáneos. Me dirán que como siempre, y les responderé que sí, como siempre, con la única diferencia de que hoy estos ocurrentes y espontáneos son los únicos que la sobajan, manosean y adulteran, con feliz impudicia y morbosa fruición, y, por supuesto, sin el contrapunto de ninguna institución inteligente.
La pregunta es qué es lo que realmente les interesa a las personas inteligentes. Porque está bien claro que la literatura no les interesa en absoluto. Para nada. Sin embargo, a los necios, les encanta, y, como diría Quevedo de los mentirosos en sus Sueños (1627), «venían […] contentos, muy gordos, risueños y bien vestidos y medrados, que, no teniendo otro oficio, son milagro del mundo, con un gran auditorio de mentecatos y ruines». En manos de estos está hoy la literatura y sus posibilidades de interpretación, para regocijo de todos. Excepto de las personas inteligentes, que nadie sabe realmente en dónde están.
Jesús G. Maestro
Nuevas generaciones sin formación literaria: cuando discutir un disparate es formar parte de él
Con motivo de la publicación del libro
titulado Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI, en la editorial
HarperCollins, pongo a disposición, tanto de los lectores de la obra impresa
como de los oyentes del audiolibro, el siguiente autorretrato, en el
que, en formato audio, respondo de forma abierta y clara a las preguntas y
cuestiones que me han hecho llegar.
Estas palabras han de entenderse como lo que
son, un autorretrato que sirve de preludio o introducción a la lectura de este
libro, Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI, pues en realidad
yo soy un total desconocido para casi todos mis oyentes y lectores, aunque la mayor
parte de la gente crea lo contrario, algunos finjan conocerme ante terceros o
no falte quien imagine haber pretendido lo imposible. La apariencia no es la
realidad, salvo para el mundo anglosajón, que prefiere el espejismo al oasis y
la mentira al desengaño.
Con inevitable frecuencia es fácil confundir
al personaje que habla en un vídeo, o al autor de una obra académica y
científica, con la persona real que da cuerpo a ese personaje, y que no siempre
se corresponde con él, a pesar de todas las apariencias posibles, reales e
imaginadas por los espectadores. Comúnmente la gente se hace una idea muy equivocada
de la persona real, y adquiere de ella una imagen que nada tiene que ver con esa
realidad genuina y con frecuencia invisible. Es muy fácil confundir realidad y
apariencia, y habitualmente, como es bien sabido, toda apariencia tiende al
engaño. Es conveniente disociar algunos aspectos, muy importantes, entre
persona y personaje, es decir, entre la realidad del que habla y las ficciones
que mediáticamente, a veces también mítica o hasta legendariamente, estimulan
la imaginación, idealista y errada, de unos y otros.
Algunas personas me preguntan, con cierta
insistencia, quién soy yo, cuál es mi ideología, por qué digo esto o aquello,
qué obras literarias prefiero o recomiendo, si soy partidario del aborto o de
los abortos ―el plural aquí no es lo mismo que el singular―, a quién voto en
unas elecciones o qué objetivos políticos tengo, qué sistema educativo
considero mejor para la educación de los listos o de los tontos, o,
simplemente, me preguntan por qué no respondo a sus mensajes.
Me hacen, en suma, inquisiciones personales.
A fin de responder de forma discretamente
definitiva a estas y otras cuestiones, expongo aquí, con fines disuasorios, una
suerte de autorretrato, introducción a una serie de pensamientos aforismáticos
y obras escritas en las que se sintetiza y objetiva mi filosofía de la vida,
una filosofía de la que muchas personas se han hecho eco en internet y otros
medios, a partir de mi obra impresa y de mis vídeos en YouTube.
Debo decir que la mejor forma de encontrar
una respuesta a cualquier pregunta sobre mí es leer mi obra, directamente y sin
intermediarios, e interpretarla ―en su contexto― con la debida atención.
Leerla, sobre todo, sin patologías previas. A las patologías, comúnmente
se las llama prejuicios.
Un hecho ha de quedar claro desde el
comienzo, y para siempre: yo no hablo en nombre de ninguna ideología, ni de
ninguna religión, ni de ninguna filosofía. Yo sólo hablo en nombre de los
conocimientos de que dispongo. Tampoco hablo para gustar, ni para disgustar.
Hablo y escribo, simplemente, para exponer un sistema de ideas, relacionadas
siempre de un modo u otro con la literatura.
En mi vida, hasta este momento, he escrito esencialmente
tres libros. En primer lugar, Crítica de
la razón literaria, cuya primera edición es de 2017 y cuya décima y
definitiva edición es de 2022. En segundo lugar, Ensayo sobre el fracaso
histórico de la democracia en el siglo XXI, cuya primera edición es de 2020
y cuya tercera y definitiva edición es de 2024. En tercer lugar, he publicado
el libro que aquí y ahora presentamos: Una filosofía para sobrevivir en el
siglo XXI. El primer libro se refiere a la literatura; el segundo, a la
política; y el tercero, a mi público, es decir, a ti. También he difundido mi
actividad docente de forma abierta y gratuita en más de mil ―y pico― vídeos, y
he publicado unos cuantos artículos, opúsculos y ensayos. Mi primer artículo en
la prensa lo publiqué con 16 años de edad, en el diario La Nueva España,
de Oviedo. Desde entonces no he dejado de escribir y publicar en diferentes
medios de comunicación.
El primero de estos libros, que titulé Crítica de la razón literaria. Una Teoría de
la Literatura científica, crítica y dialéctica, constituye un método
original y propio de interpretación literaria, cuyo objetivo, entre otros, ha
sido el de sacar a la literatura del cubo de la basura en que la han metido las
universidades actuales. En ese libro hablo de lo que sobre literatura no me
enseñaron en la Universidad. Necesité sólo 20 tomos, exactamente 7.198 páginas.
Escribirlo me llevó poco más de 20 años. Mis colegas lo han conocido por sus
hijos y alumnos. Los más viejos de ellos lo han ignorado por completo. Es una
obra que no pueden permitirse. Ni reconocer. Se sienten desautorizados y en
evidencia. Tantos años en esto, para darse cuenta al final de que no han hecho
más que repetir en español lo que otros dijeron antes en francés, inglés o
alemán. Acaso también en ruso. Los más jóvenes, sin embargo, han convertido
esta obra en su libro de cabecera. Algo tendrá el agua ―dicen― cuando la
bendicen. Sea como fuere, la Crítica de
la razón literaria ―y así lo ha advertido más de un lector― se ha
adelantado a toda una generación de lectores, y se ha saltado directamente a
los más viejos avechuchos para instalarse entre los más jóvenes e interesados
milenaristas.
El segundo libro, para el que fueron
suficientes unas semanas, lo titulé Ensayo sobre el fracaso histórico de la
democracia en el siglo XXI. La posmodernidad democrática como medio de
destrucción de la libertad y del Estado moderno. Este escrito habla de tres
hechos terribles y, pese a todo, muy atractivos, entre otros francamente
inconfesables, que, en el siglo XXI, determinarán de modo irreversible la vida
de todos y cada uno de nosotros, y de nuestros descendientes: el fracaso de la
democracia y la destrucción del Estado moderno, el triunfo de la barbarie y la
ignorancia violenta, y la deshumanización digital del ser humano, ejecutada a
través de internet y sus múltiples redes arácnidas, inteligencia artificial
incluida.
El tercer libro, Una filosofía para
sobrevivir en el siglo XXI, del que este autorretrato es una introducción,
ha sido una exigencia de los dos primeros y una consecuencia de la difusión de
mi obra académica y científica, así como de mi labor docente, visible a través
de múltiples medios de comunicación audiovisual, en particular a través de
YouTube.
Se sintetiza aquí una filosofía de la vida,
la mía propia, que expongo en este ensayo, por si puede ser de interés para
lectores, oyentes y espectadores. No es un libro de autoayuda, sino todo lo
contrario: es un libro de desengaño y de crítica feroz contra quienes no tienen
nada que decirnos y, sin embargo, no cesan de intoxicar nuestra vida, nuestros
conocimientos y nuestra libertad. El lector tiene aquí un libro para sobrevivir
al siglo XXI: una filosofía que es, ante todo, mi modo personal de organizar las
ideas de las que disponemos y con las que actuamos. A partir de aquí, tú,
lector, oyente o espectador, decides.
Esta trilogía es, por el momento, mi obra
esencial. Como he dicho, el primero de estos libros habla de literatura
y el segundo de política. El tercero habla de ti. De lo que hablen sobre
el personaje de YouTube, al que han dado vida ―una vida virtual―
los sueños de mis espectadores, sea cada uno de ellos el único responsable.
No soy responsable
de lo que hago en los sueños de los demás
He dicho muchas veces que no soy responsable
de lo que hago en los sueños, fantasías o pesadillas ―redes sociales incluidas―
de los demás.
No conviene confundir a una persona
con su personaje. No quiero decepcionar a nadie, pero quien habla en los
vídeos es un personaje que no siempre se corresponde con mi persona. De hecho,
yo no soy mi personaje. Y no volveré a insistir en esta realidad. Lo sabemos
desde que los antiguos griegos escenificaron la esencia y artificio del teatro
moderno. Actor es la persona cuyo cuerpo da vida y soporte a un personaje. Su
máscara. Es un referente físico en quien se objetiva un significado, acaso
múltiples hipótesis, y hasta algún que otro relato, sin duda legendario y
también falso y marfuz.
De hecho, la realidad que hay en la persona
que da vida a ese personaje la conocen muy pocos, y casi nadie completamente.
Para mis antiguos alumnos, los del pasado
siglo XX ―comencé a dar clase en la Universidad en 1993, con 25 años, tras
doctorarme en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada―, soy acaso nada,
o en el mejor de los casos, un recuerdo sin consecuencias. Para mis actuales
alumnos, los del siglo XXI, soy un perfecto desconocido: ni siquiera saben mi
nombre, no tienen ningún interés en recibir mis conocimientos y no me
identificarían ni personal ni profesionalmente en ninguna parte ni lugar. En
este punto, soy igual que mis colegas. Sólo que yo lo sé y lo digo, y ellos ni
pueden hacerlo ni se atreven a decirlo.
Para los de izquierdas, soy de derechas;
para los de derechas, soy de izquierdas. Así de listos son unos y otros.
Para los protestantes, soy un católico
luzbelino; para los católicos, soy un caso perdido; para los agnósticos, un
escritor inútil, y para los ateos, un jeroglífico. Para el resto de creyentes,
un don nadie, excepto para los filósofos, que me hacen preguntas propias de
personas que no han trabajado nunca. Para las feministas soy un hombre ―mea
culpa―. Y tienen razón: formo parte de una generación de seres humanos que
todavía alcanzó a distinguir a las personas por su sexo, y a no discriminarlas
nunca ni por su género ni por ninguna otra cuestión irrelevante. Para los
polemistas y ergotistas de todos los signos, sean de esto o lo contrario, soy
alguien que ―salvo por su forma de razonar― debería estar con ellos y no contra
ellos, aunque lo realmente cierto es que no estoy ni en contra ni a favor de
hechos y debates que me rebasan (por no decir que me resbalan) y ante los que
no tengo nada que hacer ni que aportar. No me atraen los querulantes.
Para los enemigos de los buenistas, soy
buenista; para los buenistas, no soy buenista, porque soy heterodoxo ―es decir,
original― e indómito, dado que no permito que me eduquen para obedecer; para
quienes me conocen laboralmente, soy lo que hay: un intérprete de Cervantes, de
la literatura en general y de la Literatura Española e Hispanoamericana en
particular, y también de la Teoría de la Literatura, de la que he hablado como
lo que es, una ciencia de los materiales literarios. La administración dice que
soy, también, especialista en Literatura Comparada (sea de ello responsable la
administración).
Soy, en suma, alguien que, a partir de su
propia formación autodidacta como profesor de Universidad, en el ejercicio
investigador y docente de la Filología Hispánica durante más de tres décadas,
ha construido, para bien o para mal, una Teoría de la Literatura nueva,
original y diferente.
La Crítica de la razón literaria se
ha enfrentado sin reservas a una tradición que, entre otros muchísimos lastres,
subordinaba el Hispanismo a los dictados de otras naciones y culturas, a mi
juicio muy incompetentes en materia literaria, las cuales imponían a nuestras
élites universitarias y políticas una forma de interpretar la literatura ―y en
particular la literatura hispánica― con la que una persona inteligente no puede
estar científicamente de acuerdo. No me dio la gana de aceptar eso, y por ello
mismo escribí mi propia obra. En ella se contiene el mayor reproche a mis
profesores universitarios: nunca fueron, ni supieron ser, originales. Fueron
copistas, traductores e importadores de lo que se hacía en el extranjero. Y lo
hicieron acríticamente. No me aportaron nada. Y si dijera otra cosa, mentiría.
Hablo de la Universidad, porque en el bachillerato conocí a los mejores
profesores de toda mi trayectoria académica y vital.
Políticos, maestros y colegas
Para mis colegas, soy una oportunidad (que
cada uno ha gestionado según sus propias capacidades, o visto frustrada según
mis personales decisiones o intereses). Para los investigadores más jóvenes y
competentes, soy un tema para una tesis. Para la Universidad, un superviviente
al que nunca los lenones pudieron silenciar, ni detener, ni domeñar: una
rarísima avis a la que el poder nunca logró seducir con nada ni con
nadie. Para los caciques, una bofetada a tiempo, y en algún momento una buena
hostia a destiempo, pero siempre muy bien dada. Nunca es tarde ―dice la
paremia―, si la dicha es buena. A veces, la dicha, se manifiesta de forma
violenta.
Para los maestros, cualquier cosa menos lo
que esperaban, cualquier desenlace menos un discípulo, cualquier resultado
menos una obsecuencia: soy los antípodas de la sumisión. Nunca una frustración
―para ellos―, pero en algún caso sí un resentimiento, si nos acordamos ―no la
nombremos― de alguna vieja gloria cada vez menos gloriosa y más vetusta. Para
los resentidos y envidiosos, una viruela que sólo ellos saben por qué padecen.
Para las camarillas, siempre fui una puerta cerrada y un despacho vacío. Para
el poder académico, una total pérdida de tiempo.
El poder académico ―sea dicho con toda
legitimidad― es una de las formas más ilusorias y pueriles de poder. El poder
académico se limita a hacer de mensajero e intermediario informático, porque
hoy toda burocracia académica no es otra cosa que reenviar correos
electrónicos, los cuales se reciben inconscientemente de una instancia
burocrática y se remiten a otra. No hay más. No es ni siquiera sumisión ni
servilismo. Es algo mucho más simple y degenerado: es mensajería electrónica
propia de gente que no sabe hacer su trabajo, es decir, dar clase, y que lo
disimula eclipsándose en el lisérgico pseudopoder académico. La golosina de los
bobos. En ese ejercicio se entretiene, ilusa y vaga, en realidad neutralizada,
más del noventa por ciento de la población universitaria mundial. Siempre me
negué a ocupar cargos de gestión académica. Y aun así las llamadas agencias de
evaluación se vieron obligadas a acreditarme como catedrático. En contra de su
voluntad, naturalmente, y de la de algún envidioso y frustrado colega.
Para los políticos que no me conocen, soy un
presunto voto; para los políticos que me conocen, un sofión sin reservas. Para
la democracia, una carcajada. Ante el supremo cortesano, el espectador de una
obra de teatro cuyo final ignoramos tanto como deseamos... conocer. Y para la
ramerilla de la democracia, es decir, para la prensa, soy el hombre invisible.
Sea así por muchos años.
¿Hombres y mujeres?
Para hombres y mujeres soy lo que, en cada
caso, unos y otras merecen por sus obras. Porque las palabras, entre los seres
humanos, sólo sirven para engañar, con mejor o peor torpeza. Por ello, para los
hombres soy, en algún caso, el maestro que imaginan o desean, y que no tienen,
o no han tenido; en otros casos ―casos tronados, todo hay que decirlo―, soy lo
que desearían para sí y saben imposible, una fascinación urticante, la sal en
la envidia, la ortiga en el orto, una cara que no sale en su espejo y un libro
que acaso hubieran querido escribir, cuando ni siquiera lo pueden reseñar: para
más de uno, la impotencia de todos sus días; y en la mayoría de los casos sólo
soy alguien que, simplemente, a veces responde a sus mensajes y a veces no.
Para las mujeres, soy lo que cada una imagina ―bajo su responsabilidad―, y
alguna consigue ―bajo la mía―: atención y distancia. Es decir, soy lo mismo que
para los hombres.
Para los memos un meme: confieso que la
puericia crónica no es lo mío. Pero les gusto. Los memos también buscan
espejos. Y pareja. Opositores a Narciso, combustible de psiquiatra, carne de
suicidios. No en vano la fascinación especular tiene genealogías patológicas de
las que sólo el memo ―y no el modelo― es responsable. Para los enemigos, soy
una sorpresa. No digamos más. Pero... seamos francos... lo cierto es que no
tengo enemigos: tengo gilipollas. Para los amigos, un amigo desengañado,
consciente de que la traición la ejecutará siempre uno de los mejores. La
traición, como la noche, como la Historia, como la muerte, como el tiempo
mismo..., nunca tiene prisa. Y es, sobre todo, como la muerte y como Hacienda:
siempre llega.
Para los traidores, soy eso, literalmente,
un viejo amigo. Para el calumniador, una persona que desmiente con hechos la
mentira de sus palabras. Porque la calumnia siempre revela los intereses y
expectativas de los crédulos, que la buscan inflamados y la retroalimentan
latebrosamente. La calumnia contiene siempre la matriz de las intenciones del
calumniador, pero nunca la realidad de los hechos adulteradamente narrados.
Engáñese cada uno como quiera: la mentira no me necesita. Si tú la necesitas, ve
con ella. Ve con el diablo, no conmigo. Para el gremio de los envidiosos, tengo
un arsenal de contenidos originales ―y muy codiciados― titulado Crítica de
la razón literaria.
Para la música, soy una frustración que
ignora todas sus frustraciones: una disposición constante y una voluntad
silvestre y libertina. Para mi querido y estimado profesor de música, soy ―acaso
en algún momento― un pequeño dolor de cabeza comprensible y perdonable. Siempre
compatible con su magisterio, que es lo más importante, porque le debo lo mejor
de lo que soy capaz ante un instrumento delator e insobornable, como es el
piano. Los profesores de música son los únicos maestros que reconozco, porque
jamás podré superar su originalidad magistral y su paciencia infinita y
generosa. Les debo el tiempo y el saber, inmenso, que me han dado. También a mi
maestro en literatura, la mayor excepción, el único: Emilio Nieto Costas, mi
profesor de literatura en segundo de bachillerato. Fue mejor que todos mis
profesores de Universidad juntos. El discípulo obedece, el intérprete
expone su criterio. Con libertad.
Para la filosofía, soy el lector de Borges
―confío en ella tanto como el argentino que soñaba con ser inglés, es decir,
nada (nótese la epanortosis, por favor)―, y para la literatura soy el autor de
la Crítica de la razón literaria.
Elogio y vituperio
Para quien me elogia soy un oído sordo, y
para quien me vitupera soy un oído sordo que sabe leer en los labios. Para
quien entra por la puerta de mi despacho, soy una adivinanza. Como editor, no
quise explicaciones, quise resultados. No presto atención a mis interlocutores,
pero finjo en la medida de lo posible y en razón de la cortesía. Sólo escucho
música y sólo a la literatura presto atención sin distancias. No pierdan
el tiempo buscándome coloquios.
Siento esta franqueza, pero antes muerto que
embustero: las palabras, fuera de la literatura, son la banda sonora de la
nada. Las mías, como las de los demás. Y cualquier efecto sonoro, si no es
música, es ruido.
Otra cosa son las palabras de mi personaje,
que es quien les habla y les hablará mientras yo viva. Quédense con él, y a mí
déjenme en paz: serán más felices. (La única diferencia es que algunos ―los que
no me conocen, ni pueden conocerme― quieren creer más en mis palabras que en
las palabras de mi personaje, y yo, sinceramente, no necesito creer en las de
nadie. Ni siquiera en las de mi personaje. Ése es para ustedes, no para mí).
La queja es una de las formas más socorridas
de disimulo, y de ser, también, consciente de lo que hay. Trabajar es una forma
de disimular el éxito y el bienestar propios de una vida, el mejor modo de
pasar desapercibido ante el vecino y el colega. Una forma de fingir
incomodidades que nos aproximan a los demás. Un modo de hacerles sentirse
cercanos a nosotros mismos. Una ilusión de sociabilidad, que más de uno
necesitará interpretar como una suerte de complicidad, o hasta de solidaridad
inexistente. La ingenuidad del ser humano es infinita. Quejarse es una forma de
despistar. También es una forma consensuada de placer.
Pero vivir es hechicero y seductor. La vida
es la forma más atractiva de prorrogar el final. Amenizado por el fracaso ajeno
y la supervivencia propia.
No soy arrogante, soy sincero. De una
franqueza urticante y de una llaneza que, por viajar de la mano de la
indiferencia, el desengaño y la misantropía, e incluso la indolencia, resulta
molesta, a veces intolerable, muchas veces antipática y, desde luego, siempre
incompatible con casi todo el mundo. Así sea, pues así lo quiero.
No soy narcisista, porque no soy como me veo
yo, sino como me ves tú: si me sigues mirando, leyendo o escuchando, pregúntate
por qué lo haces, pero no me lo preguntes a mí, porque yo no sé quién eres. Y,
con todo respeto y consideración, no me interesa saberlo. No estoy encantado de
conocerme a mí mismo, estoy encantado de no conocerte a ti.
Y si te parece bien lo que soy y lo que
digo, sé bienvenido, y con tu pan te lo comas. Y si no te parece bien, o
simplemente te molesta, la culpa es tuya por prestarme atención.
Los alumnos forman parte de mi trabajo,
no de mi vida
No hablo con alumnos fuera de mi ámbito
laboral. Y desde luego no escucho ninguna de sus confesiones, ni dentro ni
fuera del aula. Los alumnos forman parte de mi trabajo, no de mi vida.
Soy profesor, no confesor. No soy cura, ni
psiquiatra, ni «hermano mayor» de nadie. En mi trabajo explico el Quijote,
entre muchas otras obras literarias. Examino al alumnado conforme a la
legalidad vigente y de acuerdo con la guía docente de la materia ―en las que ni
creo ni confío, porque no son obra mía, sino de un poder ajeno del que no formo
parte, ni como artífice ni como elector―, y lo que ocurra fuera de mi horario y
calendario laborales no es asunto mío y no debe ser asunto mío. Trabajo por
dinero, como todo el mundo. Porque trabajo es aquello que se hace por dinero.
El placer es otra cosa. La libertad comienza cuando termina el horario laboral.
Trabajar, como votar, es obedecer. Si no lo sabes, no puedo ―ni quiero―
explicártelo. Descúbrelo por ti mismo, y si no eres capaz, dedícate al
voluntariado, por placer y sin dinero. Y si crees en la vocación, advierte que
un desengaño a tiempo puede ser tu mejor victoria y prevención.
Voluntariamente dedico mi vida personal y
profesional a explicar literatura: en menos de una década he grabado más de mil
largos vídeos ―sé que ya lo he dicho― sobre interpretación de autores y obras
literarias, y he puesto desinteresadamente a disposición de todo el mundo, en
internet, contenidos críticos y académicos propios de un nivel universitario,
de forma abierta, libre y gratuita, así como toda mi obra, la Crítica de la
razón literaria. Soy responsable de lo que he escrito (no de las apofenias
del último ocurrente que me leyere), y me deberán el favor ―que no cobraré― de
haberlo regalado. Lo que la gente haga con ello es algo que no puede
importarme. No soy cómplice de mis lectores. Ni de nadie.
No hablo para hacer amistades,
sino para exponer un sistema de ideas
sobre la literatura
No hablo ni escribo para los jóvenes, ni
para los viejos, ni para nadie en particular. Ni en absoluto para hacer
amistades ni enemistades. Escribo y hablo para expresar un sistema de ideas
sobre la literatura.
Si ofrezco gratuitamente mis conocimientos,
es para que, si te interesa, los utilices de forma útil e inteligente, no para
que me escribas ni contactes, y ni mucho menos para que me des tu opinión. No
discuto opiniones: interpreto hechos. Ni mi vida ni mi obra dependen de tu
opinión. Sinceramente: tu opinión no nos importa. (A los retransmisores de
opiniones de terceras personas los considero, simplemente, lo que son:
chismosos y bobos. Su destino es la sentina o pecinal de la papelera más
cercana. El bloqueo eviterno. Me resultan excrementicios. Vaya también el
correveidile, como la mentira, con el diablo).
Lo que digo o escribo no es resultado de una
espontaneidad o una ocurrencia, sino que se trata de afirmaciones que forman
parte de textos más amplios, de los que se extraen como una cita, y que pueden
leerse como aforismos o paremias. Mi obra contiene una considerable selección y
antología de ellas.
Ni yo ni nadie puede pretender que se
entienda lo que se escribe o dice, si quien oye o lee no pone la debida
atención. Cada texto selecciona, con vida propia, a sus propios lectores e
intérpretes.
Por otro lado, hoy, con las redes sociales,
la confusión y destrucción de la comunicación ―y de cualquier contenido
inteligente― están aseguradas. Hay personas que viven ―es decir, malviven― en
las redes sociales, enredadas en el reciario de internet, y que comentan todo
lo que ven, sin entender nada de lo que leen. Mi obra, que se ha difundido
mucho a través de estos medios, ha sido y es objeto de interminables
comentarios, vídeos, réplicas, etc. La mayor parte de estos comentarios
proceden de personas que no tienen conocimiento de nada, pero que, bajo la
ilusión de la red pública, creen que saben algo. Su destino es la gomia de la
basura.
Pongo un ejemplo. Siempre he dicho que la
literatura no es una ciencia. Es la tesis número 4 de la Crítica de la razón
literaria: «la literatura no es una ciencia». Bien, pues son
incontables las personas que, comentando tonterías en internet, objetan
―jugando a ser sabios― que yo haya dicho que «la literatura es una
ciencia». Es decir: entienden todo al revés. Otro lo lee, y sigue el hilo. Y
así sucesivamente. Pueden citarse ejemplos como éste hasta el infinito.
Verdades y mentiras conviven en internet en
condiciones idénticas y resulta imposible discriminarlas. Sobre todo entre
adolescentes de larga duración. Gente que crece como «Mowglis» o silvestres
«niños de la selva». Varios de estos «Mowglis» son hoy graduados
universitarios. En las redes sociales ―su placenta― cultivan el magisterio de
ignorancias crónicas y viciadas, metástasis de necedades infinitas. Y a la vez,
internet ―no lo neguemos― es también un medio de difusión de conocimientos y
saberes de primera categoría, para quien sabe identificarlos e interpretarlos.
La realidad es dialéctica y conflictiva. Y acabará contigo, si no te haces
compatible con ella, es decir, si eres un idealista.
Saber sobrevivir a esos contrastes es
fundamental. Y la educación debe ser el principal instrumento para conseguirlo,
y no el medio más insistente para provocar en niños y jóvenes todo tipo de
patologías y trastornos de personalidad. Cuidado con convertirse en un
«Mowgli».
No soy un youtúber,
soy un profesor que graba sus clases
No conviene confundir, al menos en mi caso,
el mensaje con el medio, ni el emisor con el canal, porque, en mi vida y obra,
el mensaje ―la literatura― no es el medio ni el canal ―YouTube―. En internet
estamos todos, pero no todos estamos del mismo modo. El medio no nos hace
iguales, pese a las apariencias. Y yo soy solamente un profesor.
Los profesores somos personas que enseñamos
lo que sabemos a otras personas que quieren aprender lo que enseñamos. Más allá
de estas condiciones básicas, todo lo demás sobra. A menos que ―como la
administración y las agencias de calidad― forme parte de cuanto quiere
arruinar, sabotear o simplemente destruir nuestro trabajo y vocación.
Se ha dicho que «los vídeos de Maestro son
café para los muy cafeteros». Es posible que quien lo haya dicho no haya
probado nunca el café. Pero eso no importa. Tampoco soy un profesor como el
resto de mis colegas. Y eso importa aún menos.
No he liderado nunca nada ―de nada―, ni he
dirigido jamás a ningún grupo de personas. Ni de animales. Nunca he sido
pastor, ni flautista en Hamelin. No soy influyente ―¿por qué dicen
«influencer»?― en nadie ni en nada. Tampoco soy un youtúber: soy un profesor
que graba sus clases. Quien confunda el medio con el mensaje, que
se lo haga mirar. Y si hay quienes dicen seguirme, sea suya la decisión, y
quédense con la exclusiva de sus consecuencias. Ya he dicho que no soy
responsable de lo que hago en los sueños de los demás, no presto atención a
nadie, y nada tengo que ver con actos ajenos. Y aún menos con conductas
gregarias. No participo en debates ni en polémicas. Nunca lo he hecho. Que los
demás polemicen sobre mí no me convierte a mí en ningún polemista. No tengo
opiniones, tengo interpretaciones. Ideas que no están subordinadas a la opinión
del prójimo. Lo que yo pienso no depende de ti.
No he llevado a cabo jamás proyectos de
investigación subvencionados por ministerios, universidades o agencias
destinadas a inquirir, desde la burocracia que no ha investigado nunca nada,
las investigaciones científicas de los demás. No pido permiso, aún menos
atención, a los necios para escribir. Tampoco los quiero como lectores. No los
reconozco como interlocutores. La Crítica
de la razón literaria la he escrito a solas, y ni ella ni yo debemos nada a
ninguna de estas entidades antemencionadas, a cuyas espaldas la he compuesto y
publicado.
Las agencias de evaluación han tenido que
tragarme tal como soy, y se han visto obligadas, contra sí mismas, a
reconocerme, según dice la propia administración, como catedrático de Teoría de
la Literatura y Literatura Comparada. Yo me negué explícitamente a cumplir con
muchos de los requisitos cacareados por esas instituciones. No me jacto de ser
catedrático ―el mejor de todos los memes―: me jacto de ser catedrático a pesar
de las agencias de evaluación científica y académica. Y contra ellas.
No he dirigido ni una sola tesis doctoral en
más de 30 años de actividad docente universitaria. Ni pienso hacerlo. Es una
forma de aprovecharse del trabajo de los demás. Es incluso absurdo y ridículo,
además de irónico y burlesco, que a alguien que termina una carrera, tras cuatro
o cinco años de estudio, haya que dirigirle un trabajo, como si se tratara de
un inválido intelectual. ¿Para qué ha estudiado entonces durante casi un lustro
o más? No me he servido de nadie, y menos de estudiantes, para desarrollar mi
propio trabajo y curriculum vitae. Nunca he promovido ni la esclavitud
académica, ni el caciquismo científico, ni la sumisión diferida. Nunca he
tenido a nadie trabajando para mí, del mismo modo que siempre me negué a
trabajar herilmente para otros, por muy superiores que fueran a mí, y que no
por ello han dejado de servirse en más de un caso de mi trabajo, de mis ideas y
de mis textos, sin reconocerlo ni mencionarlos, como si algo así pudiera
ignorarse o disimularse.
Nunca olvidaré cómo en el año 1988, un
excura, entonces profesor, nos impuso a todos los alumnos, como una obligación
cuyo cumplimiento determinaba la calificación final de la asignatura, la
transcripción de unos textos medievales, que después él utilizaría con fines
propios y exclusivos para uno de sus trabajos académicos. Nunca olvidaré que le
dije que no. Lo dije y lo hice con hechos irreversibles e inapelables. Y nunca
olvidará él que, cuando insistió por última vez, con cobardía y sin valor, en
que le transcribiera aquellos textos, al final de una clase, pues me los plantó
delante de mis narices, sobre el pupitre, entre dos compañeros, ahí se quedaron
los textos, en un aula vacía. Porque yo ni los toqué. Lo que hizo con ellos...
él sabrá lo que fue. Yo sé lo que hice con él.
Mi obra es pública y de libre acceso, y
sobre ella se han hecho y publicado varias tesis doctorales, que yo no he
dirigido, aunque haya sido causa y combustible de ellas. Quien quiera utilizar
mi trabajo para investigaciones científicas y académicas, ahí lo tiene, en
internet, de forma libre, abierta y gratuita. A mí no me necesita para nada. Ni
yo necesito dirigir a nadie. Las personas inteligentes no necesitan directores.
Ni espirituales ni intelectuales. No es soberbia, es libertad. No es
insumisión, sino simplemente coherencia. Toda originalidad implica la negación
de un superior. Mis mejores intérpretes son aquellos que jamás han estado subordinados
a nada ni han sido seguidores de nadie. Quien piensa con cerebro ajeno no
entenderá jamás ni una sola de mis palabras, ni uno solo de mis libros. No
quiero sufragáneos de ninguna autoridad, ni propia ni ajena. Mejor solo que mal
acompañado. El esclavo intelectual es la peor de las compañías, el más
deplorable de los turiferarios. Filosofías, religiones e ideologías son sus
principales placentasy laboratorios. Soy
ajeno a todas ellas, y no quiero a nadie obsecuente con ellas.
No he tenido ni discípulos ni maestros.
¿Para qué? Más bien he tenido ocasión de conocer a quienes, en diferentes
momentos y circunstancias, han querido o pretendido ser lo uno o lo otro, sin
haber sido jamás ninguna de las dos cosas. Y, sobre todo, he tenido constancia
de gentes que, confundiendo la realidad con la ficción de sus sueños,
ansiedades o pesadillas, se atribuían privilegios relativos a su inexistente
relación conmigo. Quien hambre tiene, con pan sueña, reza el proverbio. Dado
que no soy psiquiatra, no puedo pronunciarme con rigor sobre el tratamiento
médico de casos tales, y he de limitarme a una sintética exposición de hechos
ajenos y estultos.
Confieso que antes de cumplir los 50 años he
visto cumplidos todos mis objetivos personales y profesionales. La cátedra no
estaba entre ellos, vino después, como puede venir cualquier cosa irrelevante y
pasajera. Si mi posible éxito ha perjudicado a otros, ellos sabrán por qué. Yo
lo ignoro. La envidia es la forma más siniestra de admiración. Nunca
experimenté ese sentimiento. No tengo ni he tenido nunca razones ni motivos
para ello. No tengo a nadie a quien envidiar. Lo siento por ellos. Quien por
celos ladra no ladrará en vano, según reza el verso de Lope de Vega. Pero la
verdad es que nunca he prestado atención a los ladridos de un can, cuanto menos
a los de un colega o semoviente advenedizo.
Las grandes obras, especialmente las
literarias y artísticas, y acaso también algunas de las científicas, son en
realidad sólo testimonio insólito y único de lo que alguien inteligente y
aislado ha sido capaz de hacer y de alcanzar. Un logro supremo y singular. Nada
más. Nada menos. Las obras geniales no tienen otro destino que la soledad. Una
soledad condecorada y solemne, acaso, pero soledad y olvido al fin y al cabo.
Los demás, realmente ―el ruidoso y respetable público, destinatario consciente
o inconsciente de ellas y de sus posibles consecuencias―, poco o nada valioso
pueden hacer con estas supuestas grandes obras, salvo admirarlas unos,
envidiarlas otros, imitarlas los más astutos, estropearlas por completo los más
charlatanes o simplemente destruirlas los más ignorantes y bárbaros. Los
discípulos son infidentes o parásitos por naturaleza. Los maestros, por su
parte, siempre fueron ficciones de cortesía. El público, llamado el respetable,
es la distancia que separa la realidad del idealismo. Lo sabemos: nos quieren
por el ruido, no por las nueces.
Si buscan amo, llamen a otra puerta, y si
necesitan amigos, acudan a una red social, donde no me encontrarán, porque la
suplantación de identidad no remite nunca a ningún original. El espejismo jamás
se convierte en oasis. También es cierto que no he intervenido nunca en la
actividad de mis posibles publicistas. Si les gustan los dioses falsos,
quédense con ellos. Sepan que yo no quiero ni a los verdaderos. Si necesitan
consuelo, sírvanse del instrumento correspondiente.
Y si reciben un mensaje firmado con mi
nombre y apellidos, pueden estar seguros de que el autor no soy yo.