Mostrando las entradas para la consulta libertad ordenadas por fecha. Ordenar por relevancia Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta libertad ordenadas por fecha. Ordenar por relevancia Mostrar todas las entradas

Neohumanismo literario: Ideas y premisas fundamentales de este sistema de pensamiento crítico

 






El Neohumanismo literario es un sistema de pensamiento crítico constituido por Jesús G. Maestro a partir de su obra científica, ensayística y literaria, desarrollada principalmente en libros como Crítica de la razón literaria (2017-2025), Ensayo sobre el fracaso histórico de la democracia en el siglo XXI (2024) y Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI (2025), entre otras de sus publicaciones académicas.

Este movimiento crítico toma como punto de partida y referencia tres hechos determinantes e incontenibles en la realidad del siglo XXI: 1) la destrucción del Estado moderno, como modelo político vigente desde finales del siglo XV, surgido en la Edad Moderna con el Renacimiento español e italiano; 2) el fracaso de la democracia, como sistema de gobierno nacido del idealismo totalitario característico de la Ilustración anglosajona y europeísta; y 3) la desnaturalización de la vida humana a través de la implantación irreversible de todo tipo de procesos de digitalización, mecanización y programación artificial a los que hoy estamos sometidos, hasta alcanzar estados incompatibles con la supervivencia misma de nuestra propia especie.

El Neohumanismo literario considera que estos tres hechos, que han introducido e introducen cambios radicales e insospechados en la experiencia social e individual, no se pueden detener, pero sí reconducir y reorganizar de modo que la vida del ser humano pueda hacerse compatible con ellos para bien de todos.

En este proceso de reorganización o reconducción controlada de la destrucción del Estado, el fracaso de la democracia y la desnaturalización de la vida humana, las soluciones que ha proporcionado ―incluso históricamente― la filosofía, la religión y las ideologías políticas, lejos de ayudarnos, resultan problemáticas, inconvenientes e incluso nocivas. En muchos aspectos lo siguen siendo, no sólo porque en lugar de haber evitado esta situación de destrucción política, fracaso democrático y mecanización inhumana de la vida, la han hecho posible, sino porque además de no resolverla la han justificado, en ocasiones irracionalmente, en términos ideológicos, políticos y filosóficos.

Ante este desenlace, comparable al de un callejón histórico y político sin salida, hay dos caminos y una realidad que pueden ofrecer posibles soluciones. Los caminos son la ciencia y la literatura, y la realidad ―con la que hay que pactar y hacerse compatible― es el mercado.

Desde siglos inmemoriales, mucho antes de las más modernas y contemporáneas revoluciones políticas e ideológicas, las más variopintas filosofías y religiones trataron de ofrecer al ser humano diferentes modos de vida, alternativos y sucesivos en todas sus promesas, para desembocar con el paso del tiempo en guerras igualmente cruentas o incluso más atroces que aquellas que trataron de evitar.

Con la llegada de la Ilustración dieciochesca, idealista y fabulosa, se prometió la secularización de la vida humana, política y social, así como la superación ancestral de conflictos religiosos, en nombre de una «razón ilustrada», ignorante de que los precedentes Siglos de Oro españoles, capaces de elaborar un Quijote y toda una literatura cuyo racionalismo no ha sido superado jamás, ya lo habían conseguido de forma insólita y eficaz. El racionalismo barroco es superior al idealismo de la Ilustración e incompatible con el concepto reformista, mecanicista y nihilista de la anglosfera, bajo cuyos efectos destructivos sobrevivimos hoy en las ruinas ilustradas del siglo XXI.

De hecho, la Ilustración no cumplió sus promesas de paz perpetua, ni de justicia universal, ni de seguridad política ni democracia global. La guerra sigue siendo una amenaza mortal y viva, la desigualdad nunca ha sido tan intensa y tan injusta y la democracia jamás ha estado tan desacreditada como en estos comienzos de siglo XXI, en que el ser humano ha visto mermadas en menos de dos décadas la mayor parte de sus libertades esenciales, algunas de las cuales costó siglos conseguir y legitimar, entre ellas, la presunción de inocencia, el derecho a la vida en todas las circunstancias y la defensa política y jurídica de la propiedad privada.

Hoy llevamos siglos bajo el peso de ideologías políticas que, en nombre de los más variados ideales ―desde la libertad y la paz perpetua hasta la felicidad y la justicia universal― nos han prometido utópica y también democráticamente de todo sin satisfacer ni cumplir realmente nada. El resultado lo tenemos ante nosotros: Estados destruidos, democracias fracasadas, vidas deshumanizadas.

En consecuencia, debido al desengaño provocado por la intervención constante y fracasada de creencias religiosas inoperantes, fantasmagorías filosóficas propias de adolescentes perpetuos y totalitarismos ideológicos que no resuelven ningún problema, desde el Neohumanismo literario se considera que la ciencia y la literatura ―es decir, el conocimiento científico y las artes en general― son los principales recursos en los que puede confiar el ser humano para preservarse como especie. Ciencia y literatura que hoy, como siempre, se ven intervenidas por ideologías políticas, creencias religiosas y totalitarismos filosóficos.

En este momento histórico, el Estado ha dejado de ser un referente de gestión porque el mercado lo ha reemplazado, para bien y para mal. Podemos estar de acuerdo o en desacuerdo con este hecho, pero tal cosa es inútil, porque el hecho en sí es como tal innegable e irreversible. El ser humano del siglo XXI debe pactar con el mercado y hacerse compatible con él para sobrevivir. Y no puede hacerlo a cualquier precio. El ser humano del siglo XXI sólo cuenta con dos apoyos: la ciencia y la literatura. Y un elemento imprescindible: el comercio.

A partir del realismo de esta situación histórica y presente, el Neohumanismo literario, como sistema de pensamiento crítico, se basa en las siguientes ideas o premisas fundamentales.

 

1. Negación del idealismo en todas sus formas:
    el ser humano debe partir de la realidad
    y no de sus ideales

El Neohumanismo literario rechaza toda concepción de la vida humana fundada en utopías, dogmas, mitologías políticas o promesas de redención histórica o metafísica. El punto de partida de cualquier pensamiento destinado a orientar la vida humana ha de ser la realidad efectivamente existente, no un mundo imaginario como algo por sí mismo deseable.

 

2. Ninguna sociedad puede organizarse  
     racionalmente contra la realidad: en la realidad
     está la razón que el ser humano debe saber leer
     e interpretar a través de la educación científica

La supervivencia humana exige reconocer los límites impuestos por la naturaleza, la historia, la ciencia, la tecnología, la economía y las estructuras efectivas de poder. Toda doctrina que ignore estos límites está condenada a sustituir el conocimiento por la ilusión y la política por la ficción. El idealismo conduce al ser humano al fracaso, del mismo modo que convierte en neoténicos a los adolescentes que no maduran ante la realidad y sus exigencias.

 

3. Ni el progreso ni la libertad son valores absolutos
     y garantizados, sino objetivos y logros
     por los que hay que luchar diariamente

Los avances científicos, tecnológicos y económicos ofrecen posibilidades inéditas, pero también nuevas formas de dependencia, desigualdad y sometimiento. El Neohumanismo literario no identifica acríticamente el progreso con el bien ni la innovación con la mejora de la vida humana: exige valorar sus consecuencias desde el conocimiento racional de sus efectos. La libertad no crece ni se amplía por sí misma a lo largo de la historia, simplemente se transforma en una libertad «diferente» y con frecuencia también menor, que no siempre mejor.

 

4. La ciencia constituye uno de los fundamentos
     irrenunciables de la supervivencia humana

Frente a las creencias, las supersticiones y las ideologías, la ciencia proporciona conocimientos racionales capaces de explicar y transformar la realidad objetiva de un mundo habitable. Sin embargo, la ciencia no debe confundirse con una ideología ni convertirse en una nueva religión secular: su función es conocer la realidad a fin de mejorar las condiciones de la vida humana, no imponer dogmas sobre el destino de la humanidad, negando su libertad o deshumanizando el curso mismo de la vida. La ciencia nunca puede ni debe ser un instrumento de religiones, filosofías o ideologías políticas, por más que cada una de estas tres formas de sutil y sofisticada inquisición trate de legitimar diferentes modos de intervenir en la actividad científica a lo largo de la geografía y de la historia.

 

5. La literatura constituye una forma superior
     y diferente de racionalismo y de conocimiento

La literatura no es un simple entretenimiento, una ornamentación cultural ni una manifestación subjetiva de sentimientos. La literatura es un sistema racional de ideas imprescindible en la educación científica del individuo al que habilita para abrirse camino en la vida a través de una experiencia clave: el desengaño. Las grandes obras literarias constituyen construcciones racionales capaces de representar, interpretar y confrontar las posibilidades, contradicciones y límites de la vida en todas sus facetas y alternativas. Por ello, la literatura constituye, junto con la ciencia, uno de los instrumentos fundamentales de conocimiento de que dispone el ser humano, desde el momento en que la educación ha de estar orientada al desengaño de cada persona ante sus adversidades y enemigos vitales, y no al engaño sistemático de sociedades e individuos, tal como ahora lo está. En este punto, el Neohumanismo literario considera que la literatura de los Siglos de Oro españoles, como estadio más desarrollado de la tradición literaria hispanogrecolatina, es la que constituye el código de referencia desde el punto de vista de sus valores, pragmatismo y desengaño para enfrentarse a la realidad humana de cualquier tiempo y lugar. Aquí es donde el Quijote de Cervantes se convierte en la obra clave del pensamiento humano y literario universal y en referente por excelencia del Neohumanismo literario.

 

6. La literatura debe preservarse de cualquier
     subordinación a ideologías, religiones y filosofías

Cuando la literatura queda reducida a propaganda filosófica o religiosa, política o ideológica, identitaria o moral, pierde su capacidad crítica y se convierte en instrumento gregario de un tercer mundo semántico. El Neohumanismo literario defiende una literatura capaz de enfrentarse racionalmente a cualquier creencia, doctrina o sistema imperativo de valores dogmáticos, incluidos aquellos que pretendan utilizarla en su propio beneficio, desde presupuestos filosóficos, religiosos o ideológicos.

 

7. La razón crítica debe sustituir a la utopía
     ideológica, a la creencia religiosa
     y al totalitarismo filosófico o político

El ser humano no puede confiar su supervivencia a promesas de felicidad futura, justicia definitiva, igualdad absoluta, paz perpetua o redención histórica o metafísica. Tales promesas son histórica y políticamente falsas y han servido una y otra vez para justificar formas de poder y de violencia que no cesan de reproducirse. El pensamiento crítico debe reemplazar la esperanza utópica y la creencia ideológica por el conocimiento de condiciones y posibilidades reales de supervivencia, asegurando la libertad, la propiedad privada y el conocimiento científico, literario y mercantil de la realidad en que vivimos.

 

8. La libertad humana no puede definirse al margen
     de sus posibilidades y condiciones reales
     y de ninguna manera puede someterse
     a un determinismo científico ni metafísico,
     sea político, filosófico o religioso

No hay libertad allí donde el individuo carece de los medios necesarios para ejercerla, como tampoco hay libertad cuando una persona delega completamente su capacidad de decisión en estructuras políticas, tecnológicas, económicas o ideológicas, por muy democráticas que estas digan llamarse. La democracia no puede inhabilitar decisiones individuales decisivas para los propios recursos humanos constituyentes e integrantes de una sociedad política. La libertad ha de entenderse como una capacidad real de actuación dentro de las condiciones objetivas y políticas que determinan la vida humana. En este punto, la política es la organización de la libertad, es decir, la administración del poder. La libertad no se delega y ninguna democracia puede construirse sobre la premisa de esta delegación de derechos y toma de decisiones. La libertad no puede ubicarse en la utopía de cualesquiera imaginaciones idealistas, ni tampoco limitarse a la conciencia ni apelar al sentimiento, sino que ha de ejercerse en el mundo real y político, material y humano, sin tutelas electorales que pongan en manos de una minoría o casta disposiciones y dictámenes que afectan a inmensas mayorías de individuos silenciados y sumisos.

 

9. El mercado es una realidad histórica con la que
     el ser humano debe pactar y formar parte

El mercado no constituye por sí mismo un ideal político, moral o antropológico, y de ninguna manera puede ignorarse bajo el idealismo, la seducción o el autoengaño de ficciones ideológicas, utópicas, políticas, religiosas o filosóficas. En las sociedades contemporáneas el comercio constituye una estructura fundamental de organización de la vida humana. El Neohumanismo literario no propone ni la sumisión al mercado totalitario ni su abolición imaginaria, sino el conocimiento y reconocimiento de sus mecanismos, límites y consecuencias para hacer posible una relación racional y eficaz con él. El Neohumanismo literario considera que todos cuantos participamos en la compra o venta de bienes de consumo somos de hecho «amigos del comercio», y que sus verdaderos y principales enemigos o adversarios son, bien quienes lo prohíben o derogan, sea de forma efectiva o utópica, bien quienes lo traicionan mediante la trampa o el incumplimiento de los contratos y derechos mercantiles positivamente estipulados o acordados.

 

10. El Estado ya no puede considerarse el
       fundamento último de la organización humana

La progresiva pérdida de soberanía y capacidad de gestión de los Estados, así como la disolución de fronteras y la pérdida de acuñación de moneda, entre otras impotencias políticas de los Estados actuales, obliga a abandonar la concepción del Estado como instancia capaz de resolver por sí misma los problemas fundamentales del siglo XXI. El Neohumanismo literario parte de la transformación histórica de esta estructura política y busca formas de supervivencia humana compatibles con un mundo en el que el Estado ha dejado de ocupar la posición central que históricamente se le atribuyó. Con la destrucción del Estado fracasa también su sistema político, esto es, la democracia como régimen de gobierno, lo que exige buscar una forma alternativa de gestión jurídica y de organización política.

 

11. La democracia no constituye un sistema político
      absoluto y eterno, ni puede ya resolver los
      problemas vitales del siglo XXI
      ni asegurar la libertad del ser humano

Ninguna forma de gobierno puede quedar exenta de crítica por presentarse como democrática. En nombre de la democracia no todo está justificado ni permitido. La democracia ha de juzgarse por sus resultados efectivos, por las libertades que garantiza, por las desigualdades que provoca o tolera y por su capacidad real para gobernar y administrar coherentemente sociedades contemporáneas. Cuando una democracia fracasa en estas funciones, el pensamiento crítico debe reconocer ese fracaso sin someterse al dogma de una supuesta superioridad moral democrática y debe tratar además de constituir un sistema político alternativo capaz de superar las deficiencias, limitaciones y fracaso de una democracia posmoderna que, hija y heredera de la Ilustración, es incapaz de cumplir sus declaradas promesas de bienestar universal.

 

12. La tecnología debe someterse siempre a crítica
       antropológica: la ciencia está al servicio del ser
       humano no el ser humano al servicio de la ciencia

El ser humano no es la cobaya de la ciencia. Digitalización, mecanización y programación artificial de la vida no son fenómenos externos o ajenos al ser humano: transforman nuestro modo de vida, trabajo, conocimiento, relación familiar y profesional, nuestras formas genuinas y naturales de ser, decidir y sobrevivir. El Neohumanismo literario rechaza tanto la tecnofobia irracional como la confianza ingenua en la tecnología y los fundamentalismos científicos o filosóficos, y exige determinar qué transformaciones tecnológicas favorecen la supervivencia humana y cuáles pueden conducir a su deshumanización o incluso su exterminio como especie.

 

13. La supervivencia de la especie exige educar al ser
       humano en un mundo cambiante y duradero,
       que nunca puede ser una restauración imitativa
       de tiempos, lugares y hechos pretéritos

El Neohumanismo literario no propone regresar a un pasado idealizado ni recuperar estructuras históricas definitivamente desaparecidas o incluso fracasadas. Ninguna meta futura está en el presunto pasado de una Arcadia legendaria o de una utópica y fabulosa Edad de Oro. El objetivo es afrontar las transformaciones irreversibles del presente y desarrollar formas de vida capaces de coexistir con ellas sin destruir las condiciones fundamentales de la existencia humana. Sabemos que la realidad tritura a quien es incompatible con ella y por esa razón, precisamente, el Neohumanismo literario tiene como divisas que el idealismo es una filosofía incompatible con la realidad y que el ser humano que no vive en la experiencia del desengaño vive en la ignorancia de la realidad.

 

14. Ninguna ideología puede exigir ni disponer
       de forma exclusiva ni excluyente
       el monopolio de la verdad sobre el ser humano

Religiones, filosofías e ideologías políticas han impuesto imperativamente conocimientos que han generado dogmas, conflictos y formas de sometimiento enemigas de la libertad humana. Con frecuencia han disputado y disputan entre sí por el monopolio de una supuesta «verdad», encarnada en un principio universal, una divinidad absoluta o un «Gran Hermano» al que cambian de nombre cuando se les ocurre o les conviene (nous, ápeiron, Demiurgo, motor perpetuo, Dios, sustancia pura, mónadas, noúmeno, Espíritu absoluto, Volksgeist, Superhombre, inconsciente, Dasein, etc.). El Neohumanismo literario no acepta ninguna de estas construcciones como instancias últimas de explicación, solución o salvación de nada. Todas ellas deben quedar sometidas a la crítica racional, histórica, científica y literaria del ser humano. En la mayoría de los casos no son sino ficciones explicativas incompatibles con la realidad. Desde su origen, religiones, filosofías e ideologías políticas se han atribuido a sí mismas una superioridad y un poder, un mando y unos derechos, sobre seres humanos y sociedades enteras, que distan mucho de ser respetables e incluso tolerables, si nos atenemos a las cruentas consecuencias a las que históricamente han dado lugar en la mayoría de los casos.

 

15. La supervivencia humana exige, como lo exige
       también la libertad, conservar la capacidad de
       pensar y de actuar contra las ideas dominantes
       y contra todo tipo de dogmas o imperativos, sea
       cual sea su naturaleza moral o política, religiosa
       filosófica, científica, literaria o mercantil

El principal instrumento de supervivencia del ser humano no es una doctrina destinada, imperativa o dogmáticamente, a proporcionarle respuestas definitivas o absolutas, sea en nombre de lo políticamente correcto, sea en nombre de un fundamentalismo moral o metafísico, científico o filosófico, sino una razón capaz de cuestionar día a día aquellas doctrinas que se presentan e imponen como totalitarias o indiscutibles. La ciencia aporta conocimiento ante la realidad, la literatura permite conocer la complejidad de la experiencia humana a través de modelos de ficción integrables en la realidad y compatibles con ella, y el pensamiento crítico nos enseña y capacita a confrontar ambos conocimientos con las estructuras efectivas de una sociedad política. La literatura es una lucha por la libertad contra los enemigos de la razón y es, por ello mismo, una llave maestra que abre racionalmente todas las puertas de la vida y de la realidad. La única puerta que no abre la llave de la literatura es la que conduce a la mazmorra de un mundo inhabitable. Toda literatura digna de este nombre se niega a discurrir por semejante itinerario, del mismo modo que la realidad de la ficción poética se niega a legitimar la mentira y el engaño.

 

Colofón

En consecuencia, el Neohumanismo literario no propone una nueva utopía, una nueva creencia religiosa o filosófica ni una nueva ideología política, ni mucho menos una retórica de autoayuda, sino un sistema racional de ideas basado en conocimientos científicos y literarios y nunca ignorante de las realidades del mercado. Plantea y ofrece, en suma, una forma de pensamiento crítico destinado a conocer la realidad, interpretar sus transformaciones y hacer posible la supervivencia del ser humano dentro de un mundo que ya no puede reconstruirse conforme a ideales políticos, religiosos y filosóficos del pasado. Nada de cuanto se ha ido regresa jamás en su estado original. El fundamento del Neohumanismo literario no es la promesa de un cosmos mejor, sino la necesidad de comprender el mundo real a través de la ciencia, la literatura y la economía para evitar que el ser humano resulte de este modo destruido por las mismas fuerzas históricas, científicas, tecnológicas, financieras y políticas que él mismo ha construido.

Tú decides.

 

© Fundación Jesús G. Maestro


Los secretos de la universidad






La universidad es una institución que no puede permitirse tener secretos. Sin embargo, tiene muchos, de todos conocidos, aunque hoy no hablaremos de ese tipo de «mal endémico», sino de otro mucho más importante: el conocimiento del que la universidad carece y que sus mejores estudiantes y profesores echan de menos sin poder ejercerlo o alcanzarlo fácilmente.

Hay dos entidades que disponen de más conocimientos que la universidad: determinadas empresas y determinados Estados. Se trata de conocimientos que el mercado y la política no siempre comparten en público. No son necesariamente conocimientos secretos, pero tampoco se trata de saberes accesibles de forma abierta, libre y gratuita. Ni siquiera para las universidades, a donde ese tipo de conocimientos llega muy tardíamente. Cuando se explican en un aula o se practican en un laboratorio, hace años ya que ciertas empresas y Estados los han ensayado o utilizado. Pero de forma privada.

Muchas personas creen que la universidad ha estado siempre en la vanguardia del conocimiento y la investigación. No sólo no es así, sino que casi nunca es así. La universidad suele estar en la retaguardia y no lo sabe. Ni siquiera está hoy en la primera línea de las ideologías, sino más bien en la caja de resonancia de movimientos políticos y creencias sociales que mueven a las masas bien hacia ninguna parte, bien hacia lugares totalmente inofensivos.

A la universidad llega lo que la sociedad previamente ha aceptado, o finge haber aceptado, para evitar problemas de convivencia personal. Lo que la opinión publicada no acepta no se explica ni se enseña en la universidad. Nadie se ha atrevido a hacerlo en ningún momento de la historia. Hoy, menos que nunca. En la universidad no hay más libertad que fuera de ella. Más bien es la sociedad exterior la que impone a la universidad normas y restricciones ajenas a la ciencia y a la docencia. La universidad es una institución inofensiva.

Dicho en dos palabras: en nuestro mundo, hay conocimientos secretos y conocimientos públicos. La universidad se ocupa de los segundos. No puede ser de otro modo. En sus buenos tiempos, en las universidades se estudiaba el Quijote, un libro escrito por un tal Miguel de Cervantes, hombre tan discreto que jamás pisó una universidad. La lista de genios literarios ajenos al «alma mater» es interminable.

Por su parte, los ejemplos de científicos que desarrollan su actividad profesional y original fuera de la universidad o al margen de ella son muy numerosos: Kepler, Galileo, Servet, Leibniz, Darwin, Mendel y hasta Einstein, sin olvidar a Marie Curie. Las investigaciones de estos científicos no nacen dentro de la universidad, sino que se imparten en ella con frecuencia mucho tiempo después, del mismo modo que el Quijote nunca se enseñó a nadie en las universidades del siglo XVII.

Los conocimientos verdaderamente importantes son muy reservados, y no se hacen públicos hasta que empresas y Estados muy poderosos creen haber controlado sus consecuencias como es debido. Sin embargo, estos pronósticos y controles pueden fallar. Internet ha resultado un coladero francamente difícil de contener. La ley termina donde comienza internet. Sin embargo, internet es un río revuelto, lleno de sospechas sobre lo que nos cuentan, caldo de cultivo de conspiranoicos de todos los linajes, y donde el conocimiento exige mucho esfuerzo y atención.

Muy de vez en cuando en la historia un Prometeo baja de alguna parte y entrega a los humanos el fuego. Quiero decir que a veces alguno de estos conocimientos secretos se hace público. ¿Cuándo? Cuando es rentable al mercado e inofensivo para los Estados. Entretanto, pan y circo: también en la universidad y en cualesquiera centros y niveles educativos.

La universidad del siglo XXI se enfrenta a dos problemas: uno es el conocimiento que transmite y otro muy distinto es el conocimiento al que la propia universidad no puede acceder. Con frecuencia, la universidad accede a conocimientos que todo el mundo interesado en sus prácticas y usos comerciales ya conoce en muchos casos antes que la propia universidad. Entonces, ¿qué hacemos en la universidad?

¿Qué hacemos? Lo que nos mandan quienes tienen el poder y el conocimiento que nosotros no tenemos. Nosotros no investigamos: nosotros obedecemos. Y quien me diga lo contrario, que se pregunte de dónde le viene el dinero que hace posible nuestro trabajo y su investigación. Y qué está obligado a hacer para disponer de esos fondos. La universidad no elige lo que investiga, sino lo que le imponen para investigar. ¿Quiénes? El mercado y los Estados, es decir, la globalización.

El que trabaja obedece, porque el trabajo es la forma más sofisticada de obediencia. Trabajar consiste en cobrar por ser sumiso. Y, a la vez, productivo.

Las ciencias nunca se han desarrollado de forma independiente ni autónoma. Siempre dependen de condiciones geográficas, históricas, políticas y económicas, también religiosas e ideológicas. Suponer que las ciencias y el conocimiento son desarrollos inocentes e independientes del resto de instituciones, ideologías y formas de pensar es ignorar la realidad. Quien crea que hoy los científicos disponen de más libertad que en los tiempos de Galileo debería andarse con cuidado.

La cuestión se vuelve más punzante cuando uno advierte que los saberes decisivos para el poder y el desarrollo histórico no siempre han circulado por las aulas. Más bien al contrario: han viajado por canales discretos, a veces secretos, redes opacas, círculos donde el conocimiento no se enseña, sino que se administra, se reserva o se gestiona de forma privada.

Sin embargo, el conocimiento no es una propiedad privada. ¿Se pretende que lo sea? Difundir el saber implica, ante todo, rechazar su privatización. No hay medias tintas aquí. O el conocimiento se comparte, o la solidaridad humana se rompe. La privación de conocimiento es la negación de una vida compartida. La universidad es incompatible con una sociedad que privatiza el conocimiento, es decir, con un mundo intencionalmente insolidario. La ciencia, como la universidad, no puede tener secretos.


Jesús G. Maestro
Faro de Vigo, 3 de mayo de 2026.



 



La universidad en la penumbra

 





¿Pueden las universidades administrar conocimientos secretos, privados, limitados solamente a una parte de la población? La pregunta no es ninguna tontería, porque exige una respuesta para salir de una encrucijada política, cultural y, si se quiere, moral: ¿universidades abiertas o cerradas a las posibilidades económicas de la población?

Una universidad que privatiza el conocimiento o lo encarece por encima de las posibilidades de la mayoría funciona como una sociedad excluyente, basada en un saber que se administra como privilegio. Unos pocos lo poseen, lo usan y lo gestionan. El resto queda fuera.

En ese modelo, el acceso al conocimiento no depende exclusivamente del mérito, el esfuerzo o la inteligencia, sino de otros recursos, con frecuencia financieros o políticos. Depende de la cooptación, es decir, de quién decide quién entra o no en el círculo de los elegidos. Es una forma extrema de endogamia mercantil y política. Y esa sociedad o «minoría selecta», por usar la expresión de Ortega y Gasset, decide según criterios que no siempre tienen que ver con la ciencia ni con la razón, sino con la adhesión, la afinidad o, en el peor de los casos, la obediencia y sumisión.

Imaginen por un momento que para ejercer una profesión no bastara con acreditar conocimientos, sino que se exigiera profesar determinadas ideas y comprometerse a no compartir lo aprendido salvo con los miembros del mismo grupo. El disparate resulta evidente. Y, sin embargo, ese es el mecanismo que define a las sociedades cerradas: saber restringido, acceso vigilado y difusión controlada.

Frente a ese modelo, la universidad nace con una vocación radicalmente distinta: universalizar el conocimiento. Hacerlo accesible, transmisible, compartido. «Católico», en su sentido etimológico: universal. No como dogma religioso, sino como práctica intelectual. Enseñar sin reservas, difundir sin filtros, abrir sin condiciones.

Sin embargo, todo esto ha cambiado en las dos últimas décadas de manera vertiginosa. En pleno siglo XXI, la universidad parece haber olvidado su propia definición y tradición. Se ha «desuniversalizado», si se permite la paradoja. Y una universidad que transmite saberes no universalizables empieza a parecerse peligrosamente a «otra cosa». No a una institución renovada y abierta, sino a una criatura transformada en una sociedad esotérica, endogámica y privilegiada.

El resultado es una corporación muy ilustrada: «todo para el pueblo, pero sin el pueblo». El imperativo del despotismo es hoy la máxima o lema de la democracia. Se gobierna en nombre de la mayoría, pero sin contar con ella. Se decide por los demás, pero sin ellos. Y lo que es más grave: se piensa o actúa en su nombre. El ser humano vota y, tras votar, se hace invisible a efectos de decidir nada más allá del día de las urnas.

La historia ofrece ejemplos inquietantes. Desde el momento en que determinados conocimientos comenzaron a ponerse al servicio exclusivo del poder, se legitimó el desarrollo de redes discretas, incluso secretas, que los gestionaban sin compartirlos. A partir de ahí, se consolidó una tradición: minorías que administran saberes decisivos mientras la mayoría permanece al margen. Esta idea es muy atractiva a la «selección natural» darwiniana y a un elitismo que es muy bonito cuando uno forma parte de los elegidos.

Tal impulso encontró un desarrollo especialmente intenso en la Ilustración, que es el modelo por excelencia de nuestros intelectuales de hoy. Sí, la misma Ilustración que proclamaba el «atrévete a saber» niega ese saber a quienes no pueden pagárselo.

Junto a ese ideal convive otro menos luminoso: el de las élites que seleccionan, distribuyen y controlan el conocimiento y la libertad. No siempre por mérito, sino por pertenencia, adhesión y sumisión, de tal modo que la capacidad es lo de menos y el acceso, determinado por quienes ya están dentro, es determinante.

Cuando un grupo monopoliza los conocimientos relevantes —científicos, técnicos, culturales— y los comparte sólo entre sus miembros, la sociedad pierde toda experiencia compartida. Unos avanzan a gran velocidad; otros permanecen inmóviles. Unos viajan en primera clase, otros se quedan aislados para siempre en una isla desierta. Y esa desigualdad no es sólo económica: es, sobre todo, intelectual, científica y política. Sin conocimiento compartido no hay libertad política.

El efecto es devastador. La mayor parte de la sociedad queda relegada a una especie de «caverna» conceptual, ajena a los saberes que determinan su propio destino. Lo paradójico es que esta situación se defiende, en ocasiones, con notable éxito. Se ha presentado como orden, estabilidad, e incluso progreso.

Pero no lo es. Una sociedad que no comparte el conocimiento disponible se condena a sí misma a una forma de tercer mundo semántico. Porque el saber que no circula no prospera. El conocimiento que no se transmite se muere. El precio de la autonomía es la esterilidad.

Por eso la universidad no puede permitirse el lujo de jugar a ser un club privado. Su razón de ser es exactamente la contraria: abrir, difundir, universalizar. Los saberes que imparte deben ser accesibles, comunicables y, en la medida de lo posible, disponibles para todos. No es una concesión, sino un servicio público.

Además, ese conocimiento debe tener un fundamento humano, verificable y compartible. No puede sostenerse en secretos ni en revelaciones reservadas, porque el saber que se oculta deja de ser útil y empieza a parecerse peligrosamente a la mentira.

Si alguien dispone de información decisiva —por ejemplo, sobre riesgos que afectan a otros (pensemos en la última pandemia)— y decide no compartirla, no sólo actúa de forma irresponsable, sino que provoca un daño de consecuencias impredecibles. El conocimiento no es neutral ni benigno, ni tampoco útil, cuando se privatiza.

Una universidad que no comparte el saber y la ciencia niega la libertad y traiciona su propia esencia. Ninguna universidad puede vivir en la penumbra.


Jesús G. Maestro



Una carta de amor a la literatura. Que nadie olvide tu nombre

 




Este libro se dirige a lectores que se toman en serio la literatura y su lugar en la vida humana actual. La literatura constituye una forma de inteligencia y conocimiento que defiende la libertad frente a la degradación cultural, la ignorancia de los sistemas educativos y la censura de los nuevos totalitarismos.

El ensayo examina obras y autores decisivos —de Quevedo a García Márquez, de La Regenta a Crimen y castigo— y muestra cómo la creación literaria identifica los excesos del irracionalismo, examina la psicología humana y pone a prueba los límites de las formas políticas. La democracia entra en este análisis sin privilegios ni paliativos.

Se exponen conceptos propios y originales, como los de «arquea literaria» y «neotenia cultural», para desmitificar una sociedad que prolonga su inmadurez intelectual y emocional, pierde capacidad de juicio y debilita su relación con la realidad hasta hacerse incompatible con ella.

Aquí la literatura interroga la historia, exige conocimientos científicos y desmitifica consignas y filosofías. El libro plantea una cuestión crucial: ¿qué ocurre cuando la democracia se divorcia de la razón e ignora la libertad? 

No es que la realidad no sea lo que parece, es que se nos hace creer que la realidad es una mentira, cuando la mentira es la forma que el siglo XXI tiene de hablar de la realidad. La verdadera literatura siempre ha permitido, mejor de lo que hacen las filosofías, las religiones y las ideologías, separar la realidad del engaño.



La felicidad consiste en vivir sin echarla de menos, es un invento del mercado





💥 «La felicidad consiste en vivir sin echarla de menos, es un invento del mercado»


💥 «¿Cómo puedes prometer la felicidad a una población que no tiene ni dónde vivir?»


💥 «No es posible educar a los niños para ser felices. Hay que educarlos para ser libres. No se puede anteponer la felicidad a la libertad».


💥 «Nuestra democracia ha reemplazado la libertad por la felicidad».




Faro de Vigo, 2 de enero de 2026.



El fracaso de la felicidad





Jesús G. Maestro

El fracaso de la felicidad. 

Yo no vendo humo y usted no debería creer todo lo que lee

HarperCollins

ISBN: 978-84-1064-492-2

 

 

  • Nos han educado para sentir, no para pensar.
  • Nos han domesticado para ser felices, no para ser libres.
  • Pero, ¿qué queda de la prometida felicidad cuando tienes que vivir en la realidad?
  • ¿Qué harás tú cuando la realidad destruya tus sueños?
  • Sólo los tontos son felices sin libertad, porque explicar el fracaso de la felicidad es denunciar el fracaso de la libertad.

 

Este libro no es un consolador, sino un dispositivo para pensar de forma diferente y original. No alivia: analiza. Es una ortiga en tu cerebro. No predica resiliencias ni dopajes afectivos. Su método es el bisturí y su marco la dialéctica. ¿El objetivo? La demolición de la felicidad como timo y como instrumento del totalitarismo emocional contemporáneo. De la felicidad y de todo lo que la precede y consensúa. Lo que aquí te contamos no te lo cuentan otros autores.

¿Es la felicidad el destino final del ser humano o la mentira mejor contada de nuestro tiempo?

En un mundo donde la felicidad es un producto más y los dioses son sustituidos por algoritmos, este libro desmonta muchos de los mitos que nos han vendido, como la farsa de que el trabajo nos hará libres, la ilusión de que consumir sube nuestra autoestima o la mentira de que un like es un refugio contra la soledad.

Provocador y ácido, Jesús G. Maestro,  un catedrático de universidad que ha hecho de la literatura un arma de interpretación masiva, capaz de desmontar dogmas con ironía y lucidez, explora en El fracaso de la felicidad los entramados de la cultura contemporánea y lanza una rebelión a través de la honestidad intelectual y el pensamiento crítico.

Una obra destinada a quienes rechazan respuestas fáciles, prefieren enfrentar incómodas verdades y desean redescubrir la libertad más allá de las promesas vacías de una felicidad prefabricada.



Prólogo de Jesús G. Maestro a la segunda edición del Quijote manuscrita en el IES Las Cantedras de Collado Villalba en Madrid

 




Prólogo de Jesús G. Maestro a la segunda parte del libro 
de Miguel de Cervantes, titulado
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha,
en la versión manuscrita del IES «Las Canteras»,
de Collado Villalba, Madrid.

 

Hace apenas unos días una gavilla de intelectuales o filósofos, que no sé muy bien cuál es hoy la diferencia entre unas y otras gentes, preguntáronme con astucia propia de sus gremios cuál era a mi entender la mejor novela del siglo XXI. Díjeles, sin dudarlo, que era el Quijote, de Cervantes.

Como me miraran con ojos de alinde, pensando sin duda que, o bien había yo oído muy mal, o bien había perdido el juicio rematadamente, habló un incauto chuleta y dijo:

―Quizá sabe Vd. ―o debiera saber― que el Quijote de ese Cervantes es de hace muchos años, o muchos siglos, y no de este presente XXI, por el cual le preguntamos. ¿O acaso Vd. no lee a sus contemporáneos y se ha quedado extraviado en aquellos tiempos oscuros?

―Sí sé y sí leo. Y por eso sé decir que el Quijote de Cervantes se publicó en dos partes, la primera en 1605 y la segunda en 1615, y entre medias, en 1614, publicóse bastardamente el Quijote apócrifo firmado por un tal de Avellaneda. Y sí leo a mis contemporáneos, es decir, a Vds. y a sus amigos de Vds., y por eso digo y confirmo que el Quijote de Cervantes es la novela mejor, por actual y valiosa, para leer en este siglo XXI.

Miráronme de arriba a abajo, con arrogancia frustrada y complejo de superioridad peor gestionado. Y como el que habló se quedara sin más palabras, avergonzado de impotencia dio media vuelta y fuese. Y rezongando como gozques siguiéronle los demás.

Fue testigo de aquellos instantes un periodista, que, sabiendo guardar secreto profesional, como todos los periodistas sabios en su oficio ―los cuales ocultan lo que saben y publican lo que deben―, díjome sin contenerse:

―Debe Vd. publicar un ensayo sobre el Quijote, diciendo todo lo que aquí ha callado sobre la actualidad de este libro en nuestro enfermo y trastornado siglo XXI, y enviarlo a un premio, y ganar ha ese certamen, sin duda por la alta originalidad de sus extrañas y valiosas ideas.

Miré a aquel joven, sin suponer yo en modo alguno que fuera periodista, dada su discreción y buen decir. Y díjele en voz baja y tranquila:

―Bien podré escribir un ensayo, y hasta un libro, sobre el libro de los libros, que no es la Biblia, sagrada escritura, sino el Quijote de Cervantes, escritura de ficción, libertad y realidad. Pero créame, inesperado y buen amigo, que ningún jurado de ningún premio ha de reconocerme ―y aún menos concederme― galardón alguno, ni por mis palabras, siempre ácidas, ni por mis ideas, incompatibles con las correcciones de los políticos, grandes enemigos de las ciencias, de la literatura y también de la libertad.

―Yerra Vd. en cuanto dice ―respondióme―, pues no valora el contenido de sus palabras ni el alcance de sus ideas.

―Joven amigo ―le dije con franqueza―: ¿no sabe Vd. que los premios son siempre una prolongación de la política y todos ellos de antemano tienen novio, marido y hasta viudo en sus posibles desiertos? Yo no encajo con nadie. Y menos con jurados que dan premios.

―Te equivocas ―espetó, pasándose inconscientemente por su parte a un tuteo imprevisto. Tú encajas, y mucho.

―¿Yo? ¿Con quién encajo yo?

―Con la gente.

Y con estas me dio la espalda y huyó, sin decir más palabra.

Cómo han de ser las cosas en el futuro bien lo ha de saber Fortuna, la diosa más inquieta e inquietante de las diosas, que yo no lo sé, porque no soy chamán ni adivino, ni arúspice ni gurú, pero sí diome qué pensar el cativo, pues... no en vano algunos hechos apuntaban en la dirección que el mozo, joven profesional de su oficio, por lo que supe después, había dicho con insolente franqueza y naturalidad.

Una prueba de que ―al menos en ocasiones― quien suscribe encaja con la gente es la invitación que amable y generosamente me han hecho llegar alumnos y profesores del Instituto de Enseñanza Secundaria de Collado Villalba, Las Canteras, al invitarme a escribir a mano este prólogo a la segunda parte de El Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes. De cuantos encargos y propuestas que me han hecho en la vida, es este sin duda de los más nobles y valiosamente electos. Quede constancia, pues, de mi agradecimiento.

Nada más valioso que prologar un manuscrito de la obra magna de la literatura universal, el Quijote de Cervantes, trasladado a mano a pliegos del siglo XXI por un conjunto de alumnos, profesores y padres. Sea ejemplo que sigan otros centros de enseñanza y otras promociones de estudiantes, docentes y familias.

Todos los españoles comunes y corrientes, aquellos que no procedemos ni formamos parte de las élites, somos un Cervantes que no ha escrito el Quijote, pero que tenemos la satisfacción de leerlo y reescribirlo, por boca y lengua de su autor primero y único.

Porque en el Quijote está, escrito en español, el genoma de la literatura universal.

 

Jesús G. Maestro
Madrid, 1 de diciembre de 2025.



Prólogo de Jesús G. Maestro
a la segunda edición del Quijote
manuscrita en el IES Las Cantedras
de Collado Villalba en Madrid





Prólogo manuscrito







Las fronteras invisibles de la globalización

 




La globalización es más que un tema controvertido. Tiene tantos simpatizantes como detractores, y unos y otros muy variopintos. Se nos ha impuesto en nombre del bienestar económico, y se presenta también como una fuerza benigna, que borra las distancias entre nosotros con el objetivo de unirnos a todos en una fraternidad universal. En determinadas zonas del planeta, desaparecen los límites territoriales, pero no siempre para alcanzar mayor libertad. Surgen barreras de otra índole. Fronteras económicas muy difíciles de atravesar. Son las fronteras invisibles de la globalización. No se ven con los ojos, pero se sienten en el bolsillo.

Se ha dicho que la tarjeta de crédito ya sustituye al documento nacional de identidad o al visado internacional. Las viejas diferencias políticas o geográficas se esfuman, pero en su lugar crecen abismos financieros. Con las distancias desaparecen también todas las diferencias. Todas excepto una: la económica.

En esta nueva cartografía, los sistemas políticos funcionan como engranajes de una maquinaria económica global. Es como si el derecho mercantil estableciera leyes que corresponden al derecho civil. Las normas llegan a tu pueblo procedentes de sedes corporativas que no se sabe en dónde están. No hay fronteras que cruzar, sino lobbies que gestionar. La movilidad, tan celebrada por los promotores de la globalización, no es tanto un derecho para todos cuanto un lujo reservado a quienes pueden pagar un pasaporte dorado.

El resultado es un mundo donde el pobre, aunque pueda atravesar continentes, no cruza la verdadera frontera: la que separa a los que deciden de los que obedecen. Unos trabajan para sobrevivir y otros ganan dinero para ejercer y preservar el poder propio o ajeno. Esa línea, invisible en los mapas, se dibuja en transacciones bursátiles, algoritmos del crédito, listas cerradas de directorios y consejos de administración.

Me pregunto si la globalización ha perfeccionado la desigualdad. En la posmodernidad del siglo XXI, las fronteras invisibles son mucho más eficaces y determinantes que los límites geográficos de antaño, porque no se cruzan con un pasaporte, sino con dinero que no todo el mundo puede llegar a tener. Entre las fronteras más decisivas e invisibles están, por lo menos, las siete que señalo a continuación.

1. La frontera económica. Es la más sólida y evidente. El dinero no sólo compra bienes: compra tiempo, seguridad, movilidad, salud y, en muchos casos, justicia. El capital se convierte en el verdadero pasaporte universal, y quienes no lo tienen quedan confinados a un territorio social que no figura en los mapas, pero que recorta sus posibilidades de vida.

2. La frontera tecnológica. El acceso (o no) a la tecnología y a las infraestructuras digitales determina la posibilidad y la capacidad de participar en la vida económica, cultural y política global. No se trata sólo de poseer dispositivos, sino de dominar el conocimiento y el lenguaje digital que permiten moverse con fluidez en esa esfera. La brecha tecnológica es también una brecha de poder.

3. La frontera del conocimiento. No basta con que la información esté disponible en internet: la verdadera muralla separa a quien sabe interpretarla, filtrarla y usarla de quien no es capaz de hacerlo. El conocimiento se concentra en élites académicas, corporativas y científicas que hablan un idioma técnicamente inaccesible para la mayoría, atrapada en un analfabetismo funcional y feliz, y excluida de todo lo verdaderamente importante, sin que pueda advertirlo, entretenida como está haciendo comentarios en redes sociales.

4. La frontera jurídica. La ley ya no es igual para todos: las grandes corporaciones y fortunas pueden operar por encima o fuera de los marcos legales nacionales, mientras que el ciudadano común está sujeto a reglas que no puede negociar. Esta situación crea un doble espacio de soberanía: uno visible, para la masa; otro invisible, para quienes tienen poder de fuga legal. El aforamiento político también desempeña un papel importante en esta muralla jurídica.

5. La frontera de la movilidad real. Se nos habla de un mundo sin fronteras laborales, pero la libre movilidad es privilegio de una minoría. La mayoría se mueve sólo dentro de un radio limitado, por razones económicas, políticas o burocráticas. Y de acceso a la vivienda. Las barreras de visados, costes y permisos invisibilizan un hecho tangible: la movilidad global es un lujo que en realidad muy pocos pueden permitirse. La movilidad laboral de la globalización es una forma encubierta de invisibilizar la emigración nativa.

6. La frontera cultural. Aunque la globalización homogeneiza modas, consumos y lenguajes, mantiene e incluso refuerza jerarquías culturales. Hay lenguas dominantes y lenguas marginadas. Hay culturas que circulan globalmente y otras que se quedan encerradas en la periferia de la atención mediática. La supuesta «cultura global» es, en realidad, una selección controlada de referentes que excluye a la mayor parte de la población del planeta, el nuevo lumpemproletariado.

7. La frontera del acceso al poder. Los centros de decisión política y económica ya no son visibles ni accesibles. No están en los parlamentos, sino en consejos de administración de empresas, foros privados y redes corporativas que no rinden cuentas ante la ciudadanía. Es una frontera blindada: no se cruza por mérito democrático, sino por cooptación.

En definitiva, estas fronteras no están hechas de piedra ni de alambre de espino, pero son muy difíciles de atravesar, porque se ocultan de forma intencional. El siglo XXI no las llama fronteras: las disfraza de condiciones de acceso, estándares de calidad o criterios de admisión. Pero en realidad son murallas invisibles que clasifican a la humanidad en compartimentos estancos. La globalización, así considerada, es una nueva forma de organización de la libertad planetaria, no por países, sino por grupos económicos sin patria definida. ¿Cuál es la patria del euro?


Jesús G. Maestro

Vocento, 5 de octubre de 2025.