¿Deserción en las aulas? ¿Por qué un universitario no quiere ir a clase, es
decir, a la universidad que «libremente» ha elegido? Los sabios profesores no
lo saben ni se lo explican, pero el estudiante, sí. Es el síndrome del aula
desierta.
Sin embargo, este no es el único problema. Los estudiantes, además de no
querer ir a clase, no votan en las elecciones universitarias. Y esto es algo mucho
más revelador para nuestro presente y muy inquietante para la generación de sus
padres y abuelos, convertidos hoy en espectadores de un mundo que, juvenil, se
les va de las manos.
Apenas el 13 % de los universitarios vigueses fueron a votar el pasado 6 de
mayo en las elecciones rectorales. Dicho de otro modo, 7 de cada 10 alumnos —en
lenguaje de sus padres— «pasaron» de votar. Muchos de ellos ni siquiera sabían
que había elecciones.
Hechos así revelan el absoluto desinterés de los actuales universitarios
por la democracia. A más de uno le hemos oído decir que «votar es obedecer». Si
a esto añadimos el creciente absentismo discente, es decir, que los alumnos no
van a clase, el futuro resulta incompatible con el pasado de la generación que
diseñó la democracia. Y su universidad.
Estudiar en la universidad de espaldas a las aulas y a las urnas es algo
que la generación de los búmeres no comprenderá nunca. Sin embargo, esta es la
realidad del siglo XXI. Sus nietos no tienen interés por la democracia y no
consideran útil asistir a clase. ¿Sorprendente? No.
La explicación es muy simple: los chavales nacidos desde los ultimísimos
años del siglo pasado no ven hoy soluciones a sus problemas personales y
profesionales ni en la democracia ni en la universidad. Si esto inquieta a los
búmeres, pregúntense por qué. Pero pregúntense, sobre todo, qué es más
sorprendente, ¿la perplejidad, o despiste, de sus padres y abuelos o las
adversidades de un mundo que sus mayores han destruido para ellos?
Los búmeres diseñaron un régimen político y un sistema educativo, es decir,
una democracia y una universidad, que, dos generaciones después, no convence a
(casi) nadie.
El absentismo de los estudiantes universitarios no es la causa del
problema, sino su consecuencia, porque el verdadero problema es la degradación
institucional de la universidad contemporánea. Y esa degradación es obra de los
búmeres. Los chavales ya encontraron la universidad hecha unos zorros.
El «alma mater», idealista y endogámica, ha dejado de exigir
intelectualmente a los estudiantes casi todo, porque ha convertido la docencia
en pedagogía y la ciencia en ideología, y cuando una institución deja de exigir
conocimientos útiles, pierde autoridad y alumnado, que busca su seguridad vital
y profesional en otros lugares e instituciones.
El alumno no asiste a clase porque sabe que, en muchos casos, puede
titularse igualmente, ya que la ausencia no tiene consecuencias reales cuando
el contenido de lo que se cuenta en el aula es totalmente prescindible. El
éxito de la enseñanza universitaria ha sido siempre un autodidactismo
encubierto.
La universidad de Bolonia ya no selecciona ni forma minorías intelectuales,
sino que administra recursos humanos para ponerlos al servicio del mercado, no
del Estado. La globalización exige trabajadores muy sumisos y consumidores poco
o nada exigentes, todo ello muy alejado de los servicios públicos estatales.
Además, la transformación pedagógica de la docencia universitaria ha sido
apocalíptica y destructiva. No se habla de saber, sino de saber enseñar, todo
según «métodos didácticos», «dinámicas participativas», «emotividad educativa»
y demás palabras inventadas para la ocasión, a fin de sazonar el «ecosistema
universitario» con mil paparruchas a cual más sabrosa y vacua. Confieso que lo
del «ecosistema» me llega al alma.
El secreto del éxito de quienes no dominan una materia que se ven obligados a
explicar se basa en decir de quienes la dominan que no la saben enseñar. Así, el
profesor deja de ser una autoridad científica para convertirse en una figura
administrativa encargada de entretener al personal, facilitar los aprobados y
obedecer a todo bicho viviente, sobre todo si no tiene razón, pero sí poder y
consenso.
También observo, como consecuencia de todo esto, que muchos estudiantes no
van a clase porque no reconocen en el profesor un conocimiento superior al suyo
propio. En muchos casos, las clases son un recitado de apuntes, notas y «cosas»
que están más claras y asequibles en internet, cuya oferta en la elaboración de
apuntes y materiales docentes se ha sofisticado de manera superlativa en los
últimos años.
Y añadiría algo más crudo: buena parte de la universidad actual teme más al
suspenso que a la ignorancia, es decir, prefiere reducir el nivel académico
antes que asumir conflictos derivados del fracaso estudiantil: suspensos,
reclamaciones y abandono. La universidad teme sobre todo, por razones
estadísticas, el fracaso del estudiante, y no quiere verse públicamente con las
vergüenzas al aire, es decir, con una tasa de desertores superior al número de
graduados.
El falso aprobado es un modo de invisibilizar la frustración académica, que
delata la impotencia de una universidad más atenta al idealismo democrático que
a la realidad de los servicios públicos, es decir, a las necesidades verdaderas
de la política, el mercado y el patrimonio cultural de un Estado.
En definitiva, mi respuesta y conclusión ante la pregunta que da título a
este artículo no es psicológica ni generacional («los jóvenes no quieren
esforzarse»), sino institucional: la universidad pierde interés y asistencia
porque ha renunciado a exigir y a ofrecer conocimientos útiles, ha
menospreciado la autoridad académica y ha reemplazado la ciencia por la
ideología. Y para satisfacer a las ideologías de la gente, sobran
instituciones.
¿Deserción en las aulas? La solución es muy clara y está en tus manos: da
conocimientos útiles a tus estudiantes y no tendrás sitio en el aula para
ellos.

































