El negocio de la educación privada y la crisis de la universidad pública

 




La educación superior en España vive una transformación profunda y tal vez irreversible. Mientras el número de universidades públicas sigue estancado desde hace décadas, y no pasa apenas de cincuenta, las privadas se han multiplicado y ya gestionan una cantidad muy importante de estudiantes de educación superior, especialmente en másteres y formación profesional.

Este crecimiento no se debe a un aumento de alumnos ni de población. Las causas son otras, más funcionales y también más mercantiles: el sistema público apenas se regenera ni logra atraer a nuevos estudiantes. Hay, al menos por ahora, una relativa facilidad administrativa para crear centros privados de enseñanza y, sobre todo, se mantiene una fuerte demanda de titulaciones orientadas directamente al empleo y a la empresa.

Al mismo tiempo, la educación se ha convertido en un gran territorio económico donde Estado y mercado disputan de forma abierta y desigual. Y por ahora va ganando el mercado.

Fondos de inversión internacionales compran universidades y empresas educativas porque el negocio ofrece algo muy difícil de encontrar en otros sectores: ingresos estables y rentabilidades bastante seguras. La enseñanza superior ha dejado de ser solamente una institución cultural para convertirse también en un producto económico global.

El resultado introduce cambios decisivos. La universidad deja de ser exclusivamente una institución académica y un servicio público, y comienza a funcionar como una industria internacional de negocios educativos y profesionales. En ese contexto, el estudiante pasa a ser cliente y las titulaciones se diseñan cada vez más según la lógica de la demanda laboral.

El contraste con el viejo ideal universitario es evidente. Durante siglos, la universidad fue un espacio dedicado al cultivo del conocimiento, relativamente protegido de las presiones inmediatas de la economía. Hoy, sin embargo, el mercado irrumpe en el corazón mismo de la institución universitaria y empodera sus prioridades.

El auge de la universidad privada confirma esta transformación. En los últimos años, su crecimiento ha sido tan intenso que amenaza con alterar profundamente el equilibrio del sistema. Este pulso entre universidad pública y privada se vuelve cada vez menos armonioso: las privadas avanzan con rapidez y ocupan espacios que la pública parece abandonar.

Las privadas cuentan, además, con un aliado poderoso: el mercado. El mercado discurre por caminos que la universidad pública no conoce, o que no recorre con la agilidad suficiente como para competir con eficacia. Mientras la institución pública permanece sujeta a una compleja red de procedimientos, controles y burocracias, las privadas actúan con mayor flexibilidad y velocidad.

La prensa se hace eco periódicamente de este fenómeno. Reportajes recientes han descrito con detalle el crecimiento del sector educativo privado en España, convertido ya en un negocio de decenas de miles de millones de euros anuales. Universidades, escuelas de negocio y centros de formación profesional se integran en grupos empresariales cada vez más potentes, a menudo respaldados por grandes fondos internacionales.

Muchos profesores de la universidad pública observan con preocupación este proceso. No sólo porque la privada crece industrialmente, nunca mejor dicho, sino porque la propia universidad pública parece debilitarse desde dentro día tras día. Las condiciones laborales han cambiado notablemente: los contratos de muchos jóvenes docentes son hoy mucho más precarios que los que se ofrecían hace tres décadas. Y la promoción del profesorado es demencial.

Paralelamente, algunas universidades privadas comienzan a ofertar contratos competitivos a determinados perfiles profesionales. Y mientras la pública se encuentra atrapada en procedimientos administrativos cada vez más rígidos y absurdos, la privada dispone de mayor margen para negociar condiciones, diseñar contenidos y atraer a personas con mejores ideas.

La paradoja es evidente. La universidad pública posee ventajas institucionales que deberían reforzar su posición, pero no siempre logran satisfacer al profesorado más competente. Con frecuencia, esas ventajas acaban protegiendo inercias o mediocridades antes que estimular la excelencia. Supeditar el éxito de un proyecto universitario al nivel del profesorado menos exigente es, sin duda, una de las peores estrategias posibles.

La discusión sobre las notas de corte ofrece un ejemplo revelador. Se critica con frecuencia que las universidades privadas no exigen los mismos requisitos de acceso que las públicas. Pero conviene recordar también que muchos expedientes académicos procedentes del bachillerato o de las pruebas de acceso presentan inflaciones notables: el título certificado no siempre se corresponde con los conocimientos reales de quien lo posee.

Así, la tensión entre universidad pública y privada no puede reducirse a una simple oposición moral entre lo público y lo mercantil. El problema es más complejo. Las universidades privadas se benefician de la demanda social de titulaciones útiles y rápidas; las públicas, en cambio, parecen debatirse entre la defensa de su tradición académica y la incapacidad de reformarse con eficacia.

Por eso la pregunta final resulta inevitable. ¿Quiere realmente la universidad pública competir con la privada o se limita a cederle el terreno poco a poco? A veces da la impresión de que la frontera entre ambas no es tan nítida como parece. Y que, en determinados momentos, la universidad pública no combate el avance de la privada, sino que lo acompaña silenciosamente.

Tal vez ahí resida el verdadero problema. Porque una universidad pública que renuncia a defender con firmeza su propia razón de ser acaba convirtiéndose, sin darse cuenta, en la antesala de su propia irrelevancia. Y cuando eso ocurre, el mercado no encuentra resistencia: simplemente ocupa el espacio vacío.

Muchos profesores tenemos cada día la convicción irreversible de que no importamos a la universidad pública. Y no queremos ser una comparsa de la privada.


Jesús G. Maestro