Unamuno y su muerte: la verdad de la historia bajo sospecha legendaria

 





Cada cierto tiempo, la figura de Miguel de Unamuno regresa al debate público envuelta en una pregunta tan sugestiva como problemática: ¿murió de forma natural o fue víctima de un asesinato encubierto? La cuestión reaparece con la solemnidad inquietante de una revelación tardía, pero conviene preguntarse si estamos ante un avance real del conocimiento histórico o ante una reformulación narrativa de una vieja hipótesis sin fundamento.

En los últimos tiempos se ha extendido la tendencia a poner en duda la realidad en nombre de ocurrencias sugestivas y ficciones seductoras. No es un fenómeno nuevo: de impulsos semejantes nacieron siempre los mitos y relatos extraordinarios, formas de ficción que embellecen el pasado y lo vuelven más atractivo de lo que fue. Preferimos evocarlo de manera imponente y misteriosa, nunca prosaica, sometiéndolo al efecto de las emociones intensas.

A los lectores les gusta que sus héroes favoritos tengan una vida extrema y una muerte también espectacular. Se habla cada vez con más frecuencia de que la muerte de Unamuno, el 31 de diciembre de 1936, a las cinco y media de la tarde, en presencia del falangista Bartolomé Aragón, no fue natural, sino tal vez consecuencia de un «envenenamiento». No hay pruebas, por el momento, pero la sola ocurrencia ya despierta todas las curiosidades y sospechas.

El procedimiento suele ser reconocible. No se aportan hechos decisivos nuevos, sino que se presenta como vía abierta lo que siempre ha sido una conjetura minoritaria, reforzada mediante una estrategia retórica eficaz: invocar la autoridad institucional, acumular indicios débiles pero impactantes y sostener el relato con un suspenso casi novelesco.

Que una universidad investigue una posibilidad no la convierte en verdad; las instituciones académicas exploran hipótesis, no las sancionan por decreto. Y una suma de elementos explicables —vigilancia, cartas de temor, diagnósticos médicos imprecisos, ausencia de autopsia— que crean atmósfera, pero no prueban nada.

Hablamos del horroroso año de 1936, en la Salamanca tomada por las tropas franquistas, y tras el espeluznante episodio que tuvo lugar el 12 de octubre de ese año en el paraninfo de la Universidad, en el que Unamuno advierte que «venceréis, pero no convenceréis, porque para convencer es necesario tener razón y derecho en la lucha, y vosotros no la tenéis».

Es indiscutible que Unamuno se convirtió en un problema político tras su enfrentamiento público con el nuevo poder en el otoño de 1936. Estaba vigilado, arrestado en su casa y completamente abatido. Nadie puede discutir ni negar tales hechos. Pero fundamentar a partir de ahí su asesinato es algo difícil de explicar por sí mismo.

El razonamiento implícito —había motivos, luego pudo ordenarse el crimen, y en consecuencia el crimen se produjo— incurre en una falacia clásica: confundir el móvil con la demostración. En historia, el motivo no basta. Se requieren capacidad, medio y rastro. Y aquí faltan dos de los tres. Y varias cosas más.

El gran punto débil de la tesis criminal es el mismo que sus defensores no logran resolver: el cómo. No se identifica el supuesto veneno (u otro medio o instrumento), no se explica el mecanismo de administración, no se aclara por qué el único testigo directo no levantó sospechas inmediatas, ni por qué el confinamiento, ya eficaz para silenciar al escritor, habría resultado insuficiente. Hablar de envenenamiento sin poder describir el agente, el procedimiento ni la ocasión concreta es historiográficamente endeble.

Se añade a ello el uso reiterado del diagnóstico médico que figura en el certificado de defunción: «hemorragia bulbar». El término es hoy impreciso en medicina y suena extraño, pero en la década de 1930 era habitual recurrir a fórmulas vagas para describir muertes súbitas de origen neurológico. La ausencia de autopsia, en plena guerra civil y tratándose de un anciano de más de setenta años, deprimido y sometido a un estrés extremo, no constituye en sí misma una anomalía concluyente.

Y surge otro problema de fondo: la tentación de convertir la historia en un relato o leyenda moral. La muerte natural de Unamuno resulta narrativamente insatisfactoria, prosaica, insulsa desde una perspectiva actual que exige emociones múltiples e intensas. No hay villano, ni crimen, ni reparación simbólica.

El asesinato, en cambio, ofrece un cierre perfecto: transforma al intelectual ambiguo en mártir indiscutible (conste que ya lo fue), simplifica sus contradicciones y lo purifica retrospectivamente. Que una explicación sea moralmente atractiva no la hace verdadera. Antes al contrario, la vuelve sospechosa.

Por otro lado, la apelación final a una posible exhumación plantea una paradoja inquietante. Si no aparece prueba alguna, ¿se disipará la sospecha o se reforzará?

Unamuno fue vigilado, humillado y silenciado. Eso está documentado. Que fuera asesinado no lo está. Hoy, esa hipótesis sigue siendo más una conjetura sugestiva que una tesis sólida, más un relato verosímil que una demostración histórica. Y convendría no confundir una cosa con la otra.

Miguel Quiroga de Unamuno, nieto primogénito del escritor, hijo de Salomé de Unamuno y del poeta (injustamente olvidado por todos) José María Quiroga Pla, fallecido en el exilio republicano para salvar su vida, tenía siete años cuando, aquel 31 de diciembre, Unamuno fallecía en la casa familiar de la calle Bordadores de Salamanca.

Miguel Quiroga, quien me ayudó mucho en la elaboración de mi tesis doctoral sobre la poesía de Unamuno, me contó personalmente cómo fue para él aquella tarde. Su abuelo murió repentinamente. Bartolomé Aragón se asustó muchísimo, porque la muerte sobrevino cuando estaba hablándole y Unamuno no reaccionaba. Sin embargo, en Salamanca ―me dijo su nieto― «todos pensaron que a mi abuelo lo habían matado». ¿Envenenamiento? ¿Hay mayor envenenamiento, individual y colectivo, que el de una guerra civil?


Jesús G. Maestro

Vocento, 25 de enero de 2026.



Recupero y reproduzco íntegramente la entrevista
que le hice al nieto primogénito de Miguel de Unamuno,
con motivo del 50 aniversario de la muerte de su abuelo,
y que se publicó en el diario La Nueva España, el 31 de diciembre de 1986. 

Yo tenía entonces, cuando hice esa entrevista, 19 años y 31 días. 
Han transcurrido casi 40 años desde entonces.



Los mejores psiquiatras de la historia

 





Los mejores psiquiatras de la historia han sido siempre novelistas y escritores españoles, desde Cervantes a Leopoldo Alas, pasando, sobre todo por Quevedo. El Quijote, los Sueños y La Regenta no nos permiten mentir. 

Los mejores pacientes, a su vez, han sido novelistas extranjeros y filósofos alemanes, cuya obra tampoco nos permite faltar a la verdad de las calamidades históricas por ellos desencadenadas, desde luego, desde los reformadores hasta los ilustrados, de Kant a Nietzsche y de Freud a Heidegger. 

Todos están en el diván de la literatura española. Adivinen quién está ahora en la sala de espera.


Jesús G. Maestro



La felicidad consiste en vivir sin echarla de menos, es un invento del mercado





💥 «La felicidad consiste en vivir sin echarla de menos, es un invento del mercado»


💥 «¿Cómo puedes prometer la felicidad a una población que no tiene ni dónde vivir?»


💥 «No es posible educar a los niños para ser felices. Hay que educarlos para ser libres. No se puede anteponer la felicidad a la libertad».


💥 «Nuestra democracia ha reemplazado la libertad por la felicidad».




Faro de Vigo, 2 de enero de 2026.



Diálogo con un narcisista

 


Diálogo entre Francisco de Quevedo y un narcisista del siglo XXI ―Quevedo, consejero de psiquiatras y psicólogos―:

 

―De mi gusto dependen todos.

―Si dependen de tu gusto, todos son ruines. El hombre racional no ha de depender del gusto ajeno, sino de la razón propia. […]. Tú y el demonio gastáis un mismo lenguaje. ¿Quieres ver lo que está en tu mano? Pues mira que aun tú no estás en ti. Pregúntale a tu alma las virtudes que le faltan, y a tu cuerpo las miserias que le sobran, y a tu vida los cuidados que la consumen, y a tu conciencia los verdugos que la atormentan; pregunta a tus acciones por tu juicio, y verás que no hay alguna que te pueda dar nuevas dél*.

 

Que es lo mismo que hablar, en el siglo XVII como en el XXI, de El fracaso de la felicidad.





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NOTA

[*] Francisco de Quevedo, Desconsuelos de los dichosos para que reconozcan los peligros de serlo y puedan prevenirlos [1633], Madrid, Iberoamericana · Vervuert, 2026, p. 237. Edición e introducción de Antonio Azaustre Galiana y José Manuel Rico García.



El fracaso de la felicidad





Jesús G. Maestro

El fracaso de la felicidad. 

Yo no vendo humo y usted no debería creer todo lo que lee

HarperCollins

ISBN: 978-84-1064-492-2

 

 

  • Nos han educado para sentir, no para pensar.
  • Nos han domesticado para ser felices, no para ser libres.
  • Pero, ¿qué queda de la prometida felicidad cuando tienes que vivir en la realidad?
  • ¿Qué harás tú cuando la realidad destruya tus sueños?
  • Sólo los tontos son felices sin libertad, porque explicar el fracaso de la felicidad es denunciar el fracaso de la libertad.

 

Este libro no es un consolador, sino un dispositivo para pensar de forma diferente y original. No alivia: analiza. Es una ortiga en tu cerebro. No predica resiliencias ni dopajes afectivos. Su método es el bisturí y su marco la dialéctica. ¿El objetivo? La demolición de la felicidad como timo y como instrumento del totalitarismo emocional contemporáneo. De la felicidad y de todo lo que la precede y consensúa. Lo que aquí te contamos no te lo cuentan otros autores.

¿Es la felicidad el destino final del ser humano o la mentira mejor contada de nuestro tiempo?

En un mundo donde la felicidad es un producto más y los dioses son sustituidos por algoritmos, este libro desmonta muchos de los mitos que nos han vendido, como la farsa de que el trabajo nos hará libres, la ilusión de que consumir sube nuestra autoestima o la mentira de que un like es un refugio contra la soledad.

Provocador y ácido, Jesús G. Maestro,  un catedrático de universidad que ha hecho de la literatura un arma de interpretación masiva, capaz de desmontar dogmas con ironía y lucidez, explora en El fracaso de la felicidad los entramados de la cultura contemporánea y lanza una rebelión a través de la honestidad intelectual y el pensamiento crítico.

Una obra destinada a quienes rechazan respuestas fáciles, prefieren enfrentar incómodas verdades y desean redescubrir la libertad más allá de las promesas vacías de una felicidad prefabricada.



Prólogo de Jesús G. Maestro a la segunda edición del Quijote manuscrita en el IES Las Cantedras de Collado Villalba en Madrid

 




Prólogo de Jesús G. Maestro a la segunda parte del libro 
de Miguel de Cervantes, titulado
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha,
en la versión manuscrita del IES «Las Canteras»,
de Collado Villalba, Madrid.

 

Hace apenas unos días una gavilla de intelectuales o filósofos, que no sé muy bien cuál es hoy la diferencia entre unas y otras gentes, preguntáronme con astucia propia de sus gremios cuál era a mi entender la mejor novela del siglo XXI. Díjeles, sin dudarlo, que era el Quijote, de Cervantes.

Como me miraran con ojos de alinde, pensando sin duda que, o bien había yo oído muy mal, o bien había perdido el juicio rematadamente, habló un incauto chuleta y dijo:

―Quizá sabe Vd. ―o debiera saber― que el Quijote de ese Cervantes es de hace muchos años, o muchos siglos, y no de este presente XXI, por el cual le preguntamos. ¿O acaso Vd. no lee a sus contemporáneos y se ha quedado extraviado en aquellos tiempos oscuros?

―Sí sé y sí leo. Y por eso sé decir que el Quijote de Cervantes se publicó en dos partes, la primera en 1605 y la segunda en 1615, y entre medias, en 1614, publicóse bastardamente el Quijote apócrifo firmado por un tal de Avellaneda. Y sí leo a mis contemporáneos, es decir, a Vds. y a sus amigos de Vds., y por eso digo y confirmo que el Quijote de Cervantes es la novela mejor, por actual y valiosa, para leer en este siglo XXI.

Miráronme de arriba a abajo, con arrogancia frustrada y complejo de superioridad peor gestionado. Y como el que habló se quedara sin más palabras, avergonzado de impotencia dio media vuelta y fuese. Y rezongando como gozques siguiéronle los demás.

Fue testigo de aquellos instantes un periodista, que, sabiendo guardar secreto profesional, como todos los periodistas sabios en su oficio ―los cuales ocultan lo que saben y publican lo que deben―, díjome sin contenerse:

―Debe Vd. publicar un ensayo sobre el Quijote, diciendo todo lo que aquí ha callado sobre la actualidad de este libro en nuestro enfermo y trastornado siglo XXI, y enviarlo a un premio, y ganar ha ese certamen, sin duda por la alta originalidad de sus extrañas y valiosas ideas.

Miré a aquel joven, sin suponer yo en modo alguno que fuera periodista, dada su discreción y buen decir. Y díjele en voz baja y tranquila:

―Bien podré escribir un ensayo, y hasta un libro, sobre el libro de los libros, que no es la Biblia, sagrada escritura, sino el Quijote de Cervantes, escritura de ficción, libertad y realidad. Pero créame, inesperado y buen amigo, que ningún jurado de ningún premio ha de reconocerme ―y aún menos concederme― galardón alguno, ni por mis palabras, siempre ácidas, ni por mis ideas, incompatibles con las correcciones de los políticos, grandes enemigos de las ciencias, de la literatura y también de la libertad.

―Yerra Vd. en cuanto dice ―respondióme―, pues no valora el contenido de sus palabras ni el alcance de sus ideas.

―Joven amigo ―le dije con franqueza―: ¿no sabe Vd. que los premios son siempre una prolongación de la política y todos ellos de antemano tienen novio, marido y hasta viudo en sus posibles desiertos? Yo no encajo con nadie. Y menos con jurados que dan premios.

―Te equivocas ―espetó, pasándose inconscientemente por su parte a un tuteo imprevisto. Tú encajas, y mucho.

―¿Yo? ¿Con quién encajo yo?

―Con la gente.

Y con estas me dio la espalda y huyó, sin decir más palabra.

Cómo han de ser las cosas en el futuro bien lo ha de saber Fortuna, la diosa más inquieta e inquietante de las diosas, que yo no lo sé, porque no soy chamán ni adivino, ni arúspice ni gurú, pero sí diome qué pensar el cativo, pues... no en vano algunos hechos apuntaban en la dirección que el mozo, joven profesional de su oficio, por lo que supe después, había dicho con insolente franqueza y naturalidad.

Una prueba de que ―al menos en ocasiones― quien suscribe encaja con la gente es la invitación que amable y generosamente me han hecho llegar alumnos y profesores del Instituto de Enseñanza Secundaria de Collado Villalba, Las Canteras, al invitarme a escribir a mano este prólogo a la segunda parte de El Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes. De cuantos encargos y propuestas que me han hecho en la vida, es este sin duda de los más nobles y valiosamente electos. Quede constancia, pues, de mi agradecimiento.

Nada más valioso que prologar un manuscrito de la obra magna de la literatura universal, el Quijote de Cervantes, trasladado a mano a pliegos del siglo XXI por un conjunto de alumnos, profesores y padres. Sea ejemplo que sigan otros centros de enseñanza y otras promociones de estudiantes, docentes y familias.

Todos los españoles comunes y corrientes, aquellos que no procedemos ni formamos parte de las élites, somos un Cervantes que no ha escrito el Quijote, pero que tenemos la satisfacción de leerlo y reescribirlo, por boca y lengua de su autor primero y único.

Porque en el Quijote está, escrito en español, el genoma de la literatura universal.

 

Jesús G. Maestro
Madrid, 1 de diciembre de 2025.



Prólogo de Jesús G. Maestro
a la segunda edición del Quijote
manuscrita en el IES Las Cantedras
de Collado Villalba en Madrid





Prólogo manuscrito







El ateísmo poético de Vicente Aleixandre

 





Jesús G. Maestro

El ateísmo poético de Vicente Aleixandre

Ni la literatura es un jeroglífico ni la poesía una adivinanza:
contra el irracionalismo de los críticos literarios

Cátedra Hispánica de Estudios Literarios, 2025, 322 pp.

ISBN:  979-82-765-415-4-9



En El ateísmo poético de Vicente Aleixandre, la poesía deja de ser un misterio insondable o un juego de apariencias: se revela como una forma de conocimiento racional y materialista.

A través de un análisis de poemas clave —«Idea», «Noche sinfónica», «Sobre la misma tierra» o «Primera aparición»—, este libro demuestra cómo Aleixandre construye un universo poético donde la tierra, la materia y la inteligencia humana son los fundamentos de toda existencia.

Se desmitifica el idealismo romántico y el irracionalismo crítico, y se muestra que la poesía, lejos de ser un jeroglífico, exige interpretación consciente y razonada.

Desde la desolación de lo real hasta la fuerza del amor como energía cósmica, cada capítulo invita a leer los poemas aleixandrinos con rigor conceptual y sensibilidad intelectual.

Un ensayo indispensable para comprender la dimensión filosófica y racional de uno de los mayores poetas españoles del siglo XX, y para apreciar la poesía como instrumento de pensamiento y conciencia del mundo.




¿Quién enseñará literatura a nuestras élites?


 



La desconexión de los líderes españoles con su tradición literaria y cultural es un problema del que nadie habla. ¿Dónde y quién educa a nuestras élites?

Esta pregunta puede formularse y responderse de muchas maneras. Pero habitualmente nadie se preocupa en público por la educación de las élites, sino más bien por la enseñanza pública del pueblo llano. Las élites resuelven sus problemas, que no son pocos, de forma mucho más silenciosa y discreta que las masas.

¿Dónde se educan las élites españolas? ¿Quién lo hace y de qué forma? Y, sobre todo, ¿con qué objetivos? Traten de responderse ustedes mismos. Les daré algunas pistas. A ustedes y a las élites, porque hay aspectos que ellas también ignoran, y no son conscientes de ello.

Naturalmente, depende qué queramos entender por élite, pero si hablamos de las élites políticas, económicas, culturales y mediáticas españolas, la respuesta más precisa a esta pregunta sería que se educan en instituciones profundamente dependientes de modelos extranjeros, especialmente anglosajones, y desconectadas de la tradición intelectual hispánica. Desde el siglo XIX sobre todo —y de modo muy acusado tras la Transición—, las élites españolas se forman en tres espacios principales, porque carecen de territorio propio:

1. Colegios privados y religiosos (muchos de ellos con métodos y valores importados de Estados Unidos, Reino Unido o Francia), donde se cultiva una visión internacionalista que suele marginar la cultura clásica y la tradición hispánica, griega y latina.

La literatura, desde luego, no suele estar en el menú. Las humanidades clásicas brillan por su ausencia. En el país de Cervantes, se explica a Shakespeare, y al último se le identifica con el primero. Subrayo lo de último y primero, porque lo escribo con doble sentido.

2. Universidades públicas y privadas, donde predomina una educación burocratizada, más orientada al título que al pensamiento verdaderamente crítico, y en gran medida subordinada a modas ideológicas foráneas, que suelen ser, una vez más, anglosajonas, francesas o alemanas.

Son los modelos educativos hegemónicos que se imponen desde el artificioso siglo XVIII, como si no hubiera ni un mañana ni un pasado, es decir, un Siglo de Oro: Cervantes, Lope de Vega, Quevedo, Góngora y un muy largo etcétera.

3. Escuelas de negocios y programas internacionales, en los que se inculca una mentalidad tecnocrática y globalista, desligada de cualquier compromiso con la historia y la literatura española e hispanoamericana, sobre todo anterior a una Ilustración notoriamente idealizada. Nada se dice ni se espera de los clásicos griegos y latinos.

Así pues, las élites españolas no se educan en España como país que ha hecho posible una cultura, una historia y una literatura originales y decisivas, que en muchos aspectos desconocen profundamente, sino en una España como sucursal de potencias extranjeras, que imponen sus valores, su lengua y  ―sobre todo― sus modelos de éxito. Sus fracasos no los cuentan.

Acaso lo dramático no es sólo dónde se educan, sino qué dejan de aprender estas élites: el conocimiento de su propia tradición, su filosofía, su literatura y su historia y pensamiento crítico. Exactamente lo mismo cabe decir de Hispanoamérica, que mira a Estados Unidos como España mira a una Europa septentrional, que es una inquietante caja de Pandora.

Es muy importante no reaccionar a esta situación desde posiciones nacionalistas ―de ningún signo, ni del presente ni con evocaciones pretéritas―, pues algo así no es solución de nada y constituye ante todo una declaración de ignorancia, involución y falta de originalidad crítica.

A mi juicio, las élites españolas, desde el punto de vista de su formación intelectual, adolecen de una falta de educación literaria absolutamente incompatible con las exigencias del mundo al que se enfrentan. Pero no lo saben.

Es necesario evitar esta «deshumanización de las élites» y poner a disposición de estas personas jóvenes, valiosas e interesadas, un potente sistema de conocimientos, criterios y códigos culturales que están en la literatura española de los siglos XVI y XVII, y que hicieron posible obras como el Quijote y autores como Cervantes, Quevedo o Lope de Vega. La literatura es una asignatura pendiente en la formación de las élites españolas. 

El siglo XXI es la etapa de la historia en la que las élites están más deshumanizadas desde el punto de vista de su formación científica e intelectual. Las élites romanas, renacentistas y barrocas eran cultísimas.

Nuestras élites no manejan bien las lenguas cultas, porque hacen un uso sintético y telegramático del lenguaje, debido a la ansiedad del inglés por expresarse de forma cada vez más simple y rápida. No conocen el código de la literatura, que constituye un arsenal de culturas y lenguas con un potencial muy enriquecedor en todas las facetas de la vida personal, laboral y profesional.

El conocimiento de la literatura puede proporcionar una experiencia compartida y solidaria que no facilita, con la misma eficacia, ninguna otra actividad humana. Y permite reflexiones que van más allá de la riqueza, el éxito y el liderazgo entendido al modo estadounidense.

El arte de la prudencia, la gestión ética del comercio, el control de patologías, pasiones hostiles y adversidades profesionales, encuentran en muchas obras literarias caminos muy útiles para la reflexión personal en el ejercicio de la actividad laboral.

Ustedes se preguntarán, en definitiva, ¿quiénes educan a los españoles? La literatura y la realidad no me dejan mentir: la Iglesia y los extranjeros. El clero y las potencias europeas han sido siempre los maestros que hemos tenido los españoles desde pequeñitos. Borges se jactaba de leer a Cervantes en inglés. Y de pasar sus noches con Virgilio, como si a esas horas no hubiera mejor compañía.

La educación de nuestras élites, desde el siglo XVIII, adolece de tres problemas.

Uno, su simpatía acrítica con culturas extranjeras, como si aquí no tuviéramos un Siglo de Oro y un arsenal de valores humanísticos y solidarios de primera línea.

Dos, un complejo de inferioridad, impuesto incluso al pueblo llano y más humilde, debido a un sistema educativo que sirve a Inglaterra, Francia o Alemania, pero no a Galicia, Asturias, Salamanca o al resto de España, por ejemplo.

Tres, un alarmante desconocimiento de literaturas clave en la historia del pensamiento crítico, sobre todo en lo relativo a las literaturas española, hispanoamericana, latina y griega.

A nadie le interesa disponer de élites mal formadas. Las universidades privadas, así como las escuelas de negocios, deberían contar con profesionales de la interpretación literaria, no con gurús de la cultura ni filosofastros de autoayuda, cuya filosofía es una retahíla de ocurrencias absurdas.

Por desgracia, las universidades públicas, que precisamente llevan ocupándose de la literatura desde hace décadas y siglos, hoy le dan la espalda con toda indolencia. ¿Quién enseñará literatura a nuestras élites?


Jesús G. Maestro
Faro de Vigo, 2 de noviembre de 2025.








La democracia vive de alquiler. La vivienda como fractura generacional entre búmeres y milenaristas

  




La fractura entre búmeres y milenaristas (en inglés boomers y millennials) no se reduce a una pugna retórica entre la queja de los jóvenes y el reproche de los mayores. Se condensa en un hecho material e insoslayable: la vivienda. Hablar hoy de vivienda es hablar del derecho, cada día más discutido, a la propiedad privada. Una forma de negar la propiedad privada es impedir a las nuevas generaciones la posibilidad de comprar piso.

El acceso a un techo propio se ha convertido en el principal detonante de desigualdad no sólo en España, sino en las democracias del siglo XXI. España es uno de los países europeos más conservadores en cuanto a la vivienda en propiedad. Hasta hoy, momento en que las cosas empiezan a cambiar dramáticamente. En los últimos años, la compra de vivienda por parte de la gente joven se interrumpe. Entre las principales causas está la especulación urbanística. El Estado, en manos de gentes más atentas al dinero que a la vivienda, ha renunciado a garantizar un bien históricamente básico, y ha entregado su gestión al mercado inmobiliario y financiero. Consecuencia: la gente más joven no puede comprar casa. Ni alquilarla.

El relato periodístico oscila entre dos extremos caricaturescos. Por un lado, los búmeres, que se consideran herederos y representantes de una vida laboral de grandes esfuerzos, de jornadas de trabajo interminables y de la inseguridad de los años de crisis y paro. Por otro lado, los milenaristas, que se presentan como la generación del trabajo sin recompensa, jóvenes formados, becados, móviles en mano, atrapados en alquileres que consumen casi todo su salario. Los milenaristas mileuristas han dicho de sí mismos que son la generación más preparada de la Historia de España. El refrán, que sin duda conocen, dada su preparación superlativa, dice que la soberbia es hija de mal padre.

Ambos discursos tienen su parte de verdad, pero ninguno de ellos explica la raíz ni la causa del problema: la incapacidad de un sistema de gobierno, la democracia, para articular un modelo social y económico que asegure la reproducción y supervivencia laboral y económica de sus generaciones futuras.

El círculo vicioso es evidente. La compra de vivienda es un deseo imposible. Los jóvenes no pueden emanciparse porque el alquiler engulle sus ingresos. La falta de emancipación retrasa la maternidad, hunde la natalidad y compromete el sistema de pensiones, que ya crece por encima del salario medio. El resultado es una pirámide poblacional invertida en la que los mayores, más numerosos y con más poder electoral, imponen una agenda política orientada a la revalorización de sus pensiones, mientras los más jóvenes quedan relegados a la promesa vacía de un futuro mejor.

Conviene subrayar que no todos los búmeres han alcanzado la jubilación en igualdad de condiciones. Quien heredó patrimonio y tuvo acceso a estudios disfruta hoy de seguridad material; quien no, arrastra pensiones mínimas y precariedad. Hay al menos dos tipos de búmeres, de los que no se suele hablar, pero que es decisivo diferenciar. Por un lado, los hijos de la plutocracia franquista, que cursaron estudios en años en los que no todo el mundo podía ir a la universidad, obtuvieron trabajo inmediato y coparon los órganos de poder financiero y político en la Transición. Por otro lado, los búmeres procedentes de las clases sociales más bajas y desfavorecidas, que en la mayor parte de los casos comenzaron a trabajar, sin estudios, en su más temprana adolescencia.

Lo mismo ocurre con los jóvenes nacidos en democracia: el hijo de una familia con propiedades tiene resuelto el problema habitacional, mientras que el becario o el trabajador con sueldos intermitentes sobrevive en un mercado de alquiler diseñado para expulsarlo. La auténtica línea divisoria no es sólo generacional, sino de clase, y atraviesa todas las edades, aunque causa mucho más daño en la gente joven.

El discurso sentimental —la nostalgia de quienes dicen haber sufrido más y la indignación de quienes aseguran haber sido estafados— oculta el trasfondo político: la renuncia del Estado a intervenir en el mercado de la vivienda. Se dice que España es uno de los países europeos que menos inversión pública destina a este ámbito, pero lo cierto es que en el extranjero las cosas no están mejor, y la vivienda compartida es un hecho común y creciente en la «Europa de las maravillas». Se habla de ayudas al alquiler, de premios de consolación como rebajar la edad de voto, pero no se construyen viviendas sociales ni se reforma un mercado dominado por fondos de inversión y por un urbanismo al servicio de la especulación con el ladrillo y el suelo.

El resultado es un sistema de gobierno ―la democracia― donde el techo se convierte en privilegio y no en derecho. Mientras tanto, los jóvenes mejor formados —los que acumulan premios de fin de carrera y han cumplido con todas las exigencias académicas del sistema— emigran a países donde se promete vivienda accesible y conciliación laboral y familiar. Lo que se encuentran allí es el coliving, un eufemismo anglosajón que oculta experiencias desagradables, como es la cohabitación con desconocidos, vivienda compartida o pisos de convivencia forzada, en los que la intimidad personal es inexistente. Sinceramente, no creo en esas promesas. Si algo tiene la globalización es que es igual de «buena» o de «mala» para todos. Ya no hay diferencias entre países.

Esta supuesta fuga de talento no es un problema anecdótico, y tampoco se cuenta con realismo: en el extranjero no atan perros con longaniza. Es posible que España eduque para exportar universitarios, y que invierta en formar ciudadanos que se integran en sociedades extranjeras porque aquí no tienen futuro. Pero, sinceramente, ¿cuántos Premios Nobel españoles ha habido como Severo Ochoa? Porque, tal como se cuentan algunas cosas, parece que somos la fábrica planetaria de recursos humanos de élite de las grandes potencias, y que tenemos talento para dar pero no para tomar. Hablando con franqueza, esto se llama hipérbole o exageración.

Sin embargo, el malestar es real, y no proviene de un simple desencuentro generacional, sino de un fracaso histórico y político: el de un sistema de gobierno incapaz de garantizar que sus hijos vivan, si no mejor que sus padres, al menos igual. Los búmeres pudieron levantar su vida sobre un modelo social heredado del régimen anterior. Los milenaristas, en cambio, se enfrentan a un presente sin garantías respecto al cual la democracia demuestra muchos errores. Lo que para unos es una queja para otros es falta de esfuerzo. No creo que sea simplemente ni lo uno ni lo otro. Los más jóvenes se enfrentan a una sociedad ―democrática― que antepone los intereses del mercado al derecho a una vivienda.

 

Jesús G. Maestro