El ser humano deja de ser una criatura diabólica cuando comienza a comprender lo que es la literatura

 


Fuseli, Henry - La pesadilla


Entrevista de Alonso Rabí Do Carmo a Jesús G. Maestro


1. [Alonso Rabí Do Carmo]: En un mundo dominado por la tecnología, la inmediatez, el pragmatismo sin ética y la banalidad sin fin, ¿cuál es el destino de la literatura? ¿Está acaso en peligro de muerte?


[Jesús G. Maestro]: La literatura no tiene ningún destino específico. El futuro se construye, no se adivina. El futuro de la literatura y el futuro de cualquier otra cosa. Presuponerle a la literatura un destino es un idealismo. Acaso también una presunción. La literatura, como el sentido del humor o de lo trágico, se escribe y se construye según la inteligencia de la que se dispone. Cuando el mundo era diferente a lo que hoy es, y me permito dudar de que esencialmente haya sido alguna vez diferente a lo que actualmente es, la literatura era indiferente a las pretensiones del destino y de las utopías de los seres humanos. La literatura no depende del destino del mundo: la literatura depende de la inteligencia humana. En todo caso, es innegable que en una sociedad sin tecnología, sin prisas y sin pragmatismo, hay literatura igual que la hay en una sociedad de signo contrario. Este hecho lo he explicado en mi obra Genealogía de la literatura, donde se interpreta la literatura según una conjunción de conocimientos críticos o acríticos, racionales o irracionales. Una sociedad pragmática no da lugar necesariamente a una literatura ni mejor ni peor que la que se puede originar en una sociedad estéril. Por otro lado, la banalidad, sea del bien, sea del mal, no asegura por sí misma una buena literatura, ni tampoco una mala literatura. La banalidad del mal, como la banalidad del bien, en sí misma no significa nada. Vincular el valor de una obra literaria a un determinado tipo de sociedad es algo que en sí mismo tampoco explica nada. Sugerir que un mundo no sometido a la tecnología o a la inmediatez, por suscribirme a los términos de la pregunta, da lugar a una literatura de menor calidad que la que genera otra sociedad es un error. Por otro lado, aplicar a la literatura la idea de un «peligro de muerte» es algo más humano que literario, más apocalíptico que realista. La literatura aparece y desaparece a lo largo de la geografía y de la historia, como aparecen y desaparecen, crecen o disminuyen, muchos otros aspectos y variables, como son la libertad, la inteligencia, la razón o simplemente la estupidez. Tocante a literatura, estamos hoy como siempre. Rodeados de parásitos, de tontos charlatanes y de inteligentes que, atentos a su astucia, esperan su momento. Los genios lucen más después de muertos. Sobre todo, una vez que el poder ha controlado las consecuencias de su genialidad. La literatura atrae a todo tipo de parásitos, sofistas, charlatanes y apocalípticos, que viven de ella como cualquier vendedor de humo vive de sus vacuidades, desde la felicidad o la geopolítica hasta la aruspicina o el tarot.

 


2. [ARDC]. Humanoides letrados: ¿Pesadilla o próxima realidad? ¿Qué es lo peor y lo mejor que tiene la inteligencia artificial que ofrecerle a la literatura?


[JGM] La literatura y la inteligencia artificial no tienen nada que ver. La literatura es obra de la inteligencia natural humana y de sus posibilidades de racionalismo. La inteligencia artificial es una pseudointeligencia, una programación de combinaciones infinitas y selectas que ofrece al ser humano determinados resultados y posibilidades optimizadas. En el caso de la literatura, la llamada inteligencia artificial es útil a los autores de kitsch y modelos ortodoxos de pseudoarte. Sirve al mercado y a la producción mecanizada de textos y productos cualesquiera. La literatura, la verdadera literatura, valga la redundancia, es totalmente indiferente a la inteligencia artificial. Quien no es indiferente a las tentaciones que le ofrece la inteligencia artificial es quien carece de la inteligencia natural necesaria para escribir obras literarias. El lector que, sin formación literaria, no desea adquirirla es y será siempre indiferente a la literatura. Y para este tipo de lector cualquier cosa puede pasar por literatura, desde un código de barras hasta el prospecto de un medicamento, lo elabore una inteligencia artificial o lo redacte un chimpancé tecleando una pantalla digital.

 


3. [ARDC]. En el mundo de hoy la educación se orienta cada vez más a alimentar el mundo laboral, olvidando que la educación toda es un proceso formativo en el que se adquieren conocimientos, claro, pero también valores fundamentales como el pensamiento crítico. ¿Qué hacer?


[JGM] Pues cada uno hace lo que puede, lo que sabe y no lo que quiere, sino lo que le dejan hacer. Yo no creo que la educación organizada de espaldas al mundo laboral sea mejor, ni más valiosa, que la educación orientada en función del mundo laboral, empresarial o mercantil. Es, simplemente, una educación diferente. Es común entre determinados idealistas de una supuesta educación humanista considerar que una educación ajena a intereses empresariales es más valiosa. Eso es un espejismo más, entre muchos otros espejismos. Es incluso una forma de narcisismo gremial, muy propio de humanistas y académicos, y también una forma de supremacismo moral, intelectual y hasta clasista. Algo en realidad ridículo y también grotesco, sobre todo porque resulta irrelevante y económicamente muy empobrecedor. La sofística enriquece más y mejor que el humanismo. Y hay que advertir que la mayor parte de los humanistas son unos sofistas profesionales y de medio pelo. Esta actitud o creencia de que una educación en valores ajenos a lo mercantil resulta más valiosa que otras es en el fondo una forma de legitimar un ascetismo idealista y fabuloso, es decir, de justificar erróneamente una vida irreal, y francamente empobrecida, al margen del mercado y de sus exigencias. No hay que olvidar que, hasta cierto punto, las exigencias del mercado son las exigencias de la realidad, sobre todo en un mundo como el actual, donde el mercado se ha apoderado del Estado, globalmente y acaso con intenciones seculares, es decir, durante los próximos siglos. Los humanistas han sido (casi) siempre así: narcisistas, parasitarios y engreídos en su propia esterilidad. Erasmo es un magnífico ejemplo. Siempre han recelado de todo aquello que puede hacerles competencia, sea el dominio de la Iglesia (a la que se subordinaron cuando les hizo falta), sea el poder del Estado (con el que colaboran siempre que pueden y del que reciben subvenciones, ayudas y premios), sea el afán depredador del mercado (al que se venden felices y contentos de la forma más barata que puede constatarse tan pronto como pueden), sea el poder de ciencias cuyo desarrollo les hace sombra (ciencias a las que fingen interpretar desde una ignorancia con frecuencia supina y absoluta). En realidad, todo saber es útil y necesario, venga del mercado, o de cualquier otra parte, si nos permite hacernos compatibles con la realidad y conocerla para preservar nuestra supervivencia biológica. Lo que se haga con la vida es ya otra cuestión, que afecta a la moral (la vida del grupo) y a la ética (la vida del individuo), entre otras muchas cosas. Por otro lado, cuando se habla de «pensamiento crítico», confieso que no sé realmente de qué se habla. Pensamiento crítico, ¿de qué? Hoy se observa que muchas personas que se declaran críticas por su forma de pensar, cuando exponen lo que dicen pensar, dejan en evidencia que ni piensan ni saben lo que es la crítica. Sus pensamientos son emociones en el vacío, o más simplemente aún: son reacciones emocionales suscitadas por ilusiones, espejismos o ideologías. Y sus críticas son ocurrencias fugaces, pasajeras o completamente ridículas. Yo recomendaría a muchas personas que pierden su tiempo prestando atención a quienes dicen dedicarse o ejercer el pensamiento crítico, que se pregunten en qué trabajan estos pensantes críticos, y que constaten que estos timadores, en la mayor parte de los casos, no trabajan en nada útil. Entre otras cosas, porque lo que dicen pensar no son, en realidad, más que tonterías y ocurrencias. Eso sí, muy seductoras. Téngase en cuenta que cuando se admira en demasía la inteligencia ajena, tal vez la causa es que, simplemente, se carece de inteligencia propia. A veces, la inteligencia del prójimo es sólo un espejismo resultante de la ignorancia en la que uno mismo vive sin saberlo.

 


4. [ARDC]. Es muy claro el retroceso de las Humanidades, tanto en las escuelas como en las universidades. Se las considera imprácticas, verbosas, incapaces de resolver problemas concretos. Tengo la incómoda impresión de que en estos días ser profesor de literatura es pertenecer a una especie en extinción, o en la versión más mejorada de este pesimismo, alguien excéntrico.


[JGM] A las humanidades se las considera así, inútiles, porque los humanistas son también así, inútiles. La mayor parte de los humanistas ni son humanistas ni son nada, y no sirven ni a las lenguas ni a las literaturas, ni absolutamente a nada ni a nadie. Son parásitos. Hoy ser profesor de literatura es ser lo de siempre. Hay profesores de literatura muy bien formados, pero son poquísimos. Como siempre ha ocurrido. La mayor parte, como Vd. dice de las humanidades, son personas rábulas, inútiles, irresponsables incapaces de resolver cualquier tipo de problema. Esto es una realidad totalmente innegable. El fracaso de las humanidades es resultado del fracaso de quienes se dedican a ellas. La mayor parte es gente que no sirve para nada, y se mete en esta profesión, la de profesor de literatura, para disimular su inutilidad. Es una forma de parasitismo. La crisis de la clerecía ha provocado un crecimiento del parasitismo humanista y académico. La gente ha cambiado el seminario por la universidad. La filosofía es una secularización de la religión. Las Iglesias están vacías y las Facultades de Filosofía están saturadas de gentes que en otro tiempo no serían otra cosa que seminaristas. En una generación más, esto también habrá cambiado, y los llamados filósofos se dedicarán a la autoayuda, es decir, a vender humo. De hecho, la filosofía siempre ha vendido humo: lo que ha cambiado es su clientela. Primero han sido los creyentes en dioses, divinidades y criaturas metafísicas. Es la etapa en la que la filosofía está al servicio de la religión. Después, con el triunfo de la Ilustración y de la razón secular, la filosofía se pone al servicio del Estado y de las ideologías políticas. Sus nuevos clientes son los votantes y los partidos políticos: las creencias ya no religiosas, sino políticas. Los nuevos dioses son los estadistas, los superhombres, los duces, Führer y caudillos. Hoy, agotados todos los productos religiosos y políticos, la filosofía vende el humo de la autoayuda. Son los nuevos clientes. De buscadores de dioses, los filósofos han pasado a ser inventores de superhombres, y hoy, actúan como ingenieros de la felicidad y otras  monsergas por el estilo. Eso es la filosofía: un timo atractivo y seductor, con atavío académico, retórica solemne y un lenguaje casi onírico y quimérico. El resultado es una forma acomodada de ejercer la pseudociencia.

 


5. [ARDC]. En una conversación con un intelectual de mi país, surgió la idea de que hacer y practicar humanidades era una forma de ejercer resistencia. ¿Suscribiría esto?


[JGM] Pues no lo sé, porque para poder suscribir algo así tendría que saber a qué se resisten las actuales humanidades, cuáles son sus contenidos y contra qué se oponen. ¿A qué se resisten? Yo en las humanidades y en los humanistas solamente veo colaboración con el poder. Concretamente, con el poder que más calienta. Un poder cambiante y mutante, por supuesto, al igual que los intelectuales y humanistas, perfectos heliotropos del amo de cada época y lugar. En realidad, veo todo lo contrario a resistencia: constato sumisión, obsecuencia y servilismo. Hoy cualquiera de nosotros puede observar que bajo el rótulo de «humanidades» cabe cualquier cosa: filosofía (pero... ¿qué filosofía?, porque unas son incompatibles con otras), ideologías (pero... ¿qué ideologías?, porque hay muchísimas, y casi todas luchan también unas contra otras), credos, fideísmos, culturas, indigenismos, fanatismos y hasta religiones... Por lo tanto, habrá que delimitar muy bien cuáles son los contenidos de esas humanidades de las que hablamos. Por otro lado, observo igualmente que quienes dicen hablar en nombre de las humanidades son gentes bien acomodadas en el sistema, trabajan en colaboración con diferentes poderes. Veo, sin ser visionario, profesores de universidades del primer mundo muy bien pagados por un aparato político e ideológico que los promociona, edita y galardona globalmente. Por eso me pregunto, no sin razones, en dónde está esa resistencia, y contra quién se ejerce. La supuesta resistencia de las humanidades es una farsa, un idealismo, un autoengaño, un timo o un mito, si se permite el anagrama. Muchos humanistas ―no generalicemos acríticamente― viven en perfecta consonancia con el poder. Hoy, como ayer. No necesitan oponerse ni resistirse a nada. No hay ninguna razón para ellos ni para ello. Hoy una gran mayoría de intelectuales europeos animan a las multitudes a ir a una guerra. Lejos de rechazar la guerra, estos intelectuales exigen que Europa se rearme, y agitan a las masas a guerrear. Pero no veo que ninguno de estos intelectuales se haya alistado en ningún ejército ni frente de guerra. ¿Dónde está, entonces, la resistencia de las humanidades? Yo sólo veo colaboracionismo de estos humanistas con el poder político. Si tanto quieren proteger al pueblo de una guerra, en lugar de animarlo a guerrear, deberían ser ellos quienes lo defendieran alistándose en el ejército que consideren oportuno. ¿Por qué no rehabilitan, con el ejemplo, la clásica tradición de las armas y las letras? Si quieren guerra, que vayan ellos al frente de guerra, pero que dejen al pueblo en paz, nunca mejor dicho. Porque hoy el pueblo sabe que la guerra es la distancia que separa a los idealistas de la realidad. Y lo saben mejor que todos esos intelectuales y humanistas que incitan a la guerra en tiempos de paz. Hoy, como ayer, muchos de estos intelectuales ―insisto en no generalizar― son los mayores idealistas de una sociedad. Y los idealistas son los más peligrosos recursos humanos de cualesquiera totalitarismos. Son sus fuerzas armadas básicas.

 


6. [ARDC]. ¿Cómo se explica usted estos retrocesos educativos? ¿El solo poder de las agendas conservadoras es suficiente para eso o hay más? Se cambian los finales de obras clásicas para no ofender a ciertos auditorios, en el peor de los escenarios se prohíben y censuran libros y autores. ¿A dónde vamos?


[JGM] Vamos a donde siempre hemos estado: a una lucha constante por la libertad. Los retrocesos educativos, como los avances educativos, son ciclos históricos, geográficos y políticos, como son todas las cosas, y también la literatura misma. Los programas y las agendas conservadores, como los de sus adversarios, son cambiantes y mutantes, como sus propias denominaciones (Ilustración, idealismo, marxismo, krausismo, socialismo, comunismo, globalización, «woke», etc.). La polionomasia es infinita. Hoy son unos y mañana otros. Las gentes de cada época y lugar hipotecan sus vidas defendiendo a unos o a otros según momentos, circunstancias y variables. Pero en esencia todo sigue igual: unos oprimen y otros son reprimidos, unos hacen de inquisidores y otros de herejes. En todas las épocas se ha interpretado el pasado, y también el presente, según el poder imperante. Hoy, igual. Cambia quien ejerce el poder y cambia el contenido de la censura, pero el poder como tal y el acto de censurar como tal siguen vigentes. Hoy, como siempre. Esperar lo contrario es un idealismo, una vana espera. Si alguien pensaba que la democracia era un sistema político diferente a otros, en nuestro presente siglo XXI tiene las respuestas necesarias para desengañarse. Cada cual que haga y que piense lo que quiera, pero lo cierto es que, en plena democracia, la censura se impone con la misma fuerza que en siglos pasados bajo absolutismos feroces y reprobables. Digo con la misma fuerza, pero no siempre con las mismas consecuencias. Hoy no se quema a la gente viva en una hoguera, ni se la guillotina en una plaza pública. Por el momento. Pero no es menos cierto que muchas personas esperamos de la democracia algo más que la derogación de hogueras y guillotinas. Ha sido un paso decisivo, pero sospechamos que es insuficiente, y tememos que puede resultar reversible. ¿A dónde vamos? Yo no lo sé. No manejo la presciencia ni la aruspicina. Pero espero que no volvamos a revivir feroces tragedias como las del pasado más reciente, tragedias como las de una Alemania que legitimó en el poder a los ingenieros del nazismo tras la primera posguerra mundial y hasta su derrota en mayo de 1945. Acaso vamos hacia un mundo en el que la democracia se comporta ya de hecho y de derecho como un nuevo totalitarismo, pero con formas insólitas y tal vez no tan cruentas como en otros tiempos pasados. Eso lo sabrán quienes sobrevivan a la primera mitad del siglo XXI. Porque cuando la democracia se comporta como si fuera un totalitarismo es posible que la democracia sea ya un totalitarismo que finge ser una democracia.

 


7. [ARDC]. Pasemos a un tema quizá más grato. Cervantes y el Quijote. Usted subraya la plena vigencia del Quijote. Parecería un acto contradictorio en la medida en que Don Quijote se lee de verdad ―si es que se lee― recién en el punto más temprano de la adultez…


[JGM] No sé a qué edad la gente que lee el Quijote lee el Quijote. Yo lo leí con 14 años, y lo seguí leyendo desde entonces en varios momentos de la vida. Lo he estudiado a fondo, según mis posibilidades, y he dado cuenta de ello en mi obra Crítica de la razón literaria, en concreto en el volumen 20 de los 25 de que consta esta obra, titulado Anatomía del Quijote. No creo que una persona adulta, por el hecho de ser adulta, tenga más capacidad de comprensión que otra joven por ser joven al leer esta novela. La capacidad de interpretación depende de la formación adquirida, y no tanto de la experiencia o de los años acumulados. El diablo no sabe más por viejo que por diablo. Eso es una gran mentira disfrazada de paremia. El diablo nace viejo, podríamos decir, y, como todo ser humano, nace sabiendo maldades innatas. El diablo sabe más por humano que por diablo. Y los diablos no leen el Quijote. De hecho, el ser humano deja de ser una criatura diabólica cuando comienza a comprender lo que es la literatura.

 


8. [ARDC]. Hay múltiples maneras de interpretar la vida de Alonso Quijano, luego don Quijote. El idealismo, la locura, la ilusión barroca, etc. ¿Qué se lee contemporáneamente, hacia donde van las recientes lecturas del Quijote?


[JGM] A donde han ido desde la Ilustración y el Romanticismo: hacia el idealismo más estúpido. Cuando alguien me dice que ha leído el Quijote y con él ha aprendido a soñar, en primer lugar, me pregunto qué tipo de chorradas puede soñar, y en segundo lugar me digo (a mí mismo, porque a tal interlocutor no tengo nada que decirle)... «otro que no se ha enterado de nada».  El idealismo es esencialmente una invención germana, luterana primero y kantiana después. Hitler creyó en ella atrozmente. Y ya sabemos cómo acabó esa monstruosísima barbaridad. Los sueños de los idealistas provocan insomnio. Son salubérrimos para enloquecer y fracasar. Creer en las utopías de los idealistas conduce a horrendos mataderos humanos. Los griegos homéricos inventaron la ficción, pero no el idealismo. Los hebreos patentaron las Sagradas Escrituras. Es el idealismo del dogma. Pero la literatura es otra cosa. La literatura no es ni dogma ni utopía. Es ficción. El sentido de la ficción es algo de lo que carecen los curas y los filósofos. Les cuesta trabajo comprender la ficción. De hecho, no la comprenden. Se toman la ficción en serio. Se siente deslegitimados y ofendidos por la ficción. El dogma y la utopía los atenaza y no les deja ver más allá de lo que les ofrecen sus propios fantasmas, a los que tratan como entes y criaturas reales. Los filósofos ven mónadas, noúmenos, espíritus absolutos, demiurgos, dioses ―como los curas―, cosas pensantes, superhombres, inconscientes, figuras como el Da-Sein y espectros de todo tipo. El mundo hispanogrecolatino depositó la ficción en el arte, no en la política. Ningún hombre de Iglesia puede admitir que su Dios es una ficción literaria. La política nunca creyó en la religión, sino que la usó como un medio de organizar la vida social. Con frecuencia de forma cruenta. Hoy, sin embargo, un gozque es más terapéutico que un cura.

 


9. [ARDC]. En la universidad un profesor muy entusiasta definía el Quijote como libro de libros, libro para lectores y manual para escritores. ¿Sigue siendo así?


[JGM] Del Quijote cualquiera puede decir cualquier cosa. Es una forma de hacerse publicidad. Esa afirmación de que «el Quijote es un libro de libros, un libro para lectores y un manual para escritores» puede decirse del Quijote, del derecho penal o de un código de barras. Es propio de un profesor de universidad hacer ese tipo de afirmaciones. Me recuerda a las de Tomás Rueda, ese personaje cervantino que se creía de vidrio sólo porque se comió el membrillo de una cortesana y su inmadurez sexual no le permitió estar a la altura, un tontaina que llena la novela que lleva su nombre de un cúmulo de afirmaciones estúpidas y vacuas, que causan la admiración simplona de los profesores, doctores y teólogos universitarios que dicen haberle dado clase. Una burla pavorosa de Cervantes a lo que hay dentro de la Universidad.

 


10. [ARDC]. Hay muchas audacias en el Quijote. Me parece ver que en la relación entre Cervantes y Cide Hamete, como autores, está el germen de ese famoso cuento de Borges titulado «Pierre Menard, autor del Quijote».


[JGM] Ese cuento de Borges es una soberana tomadura de pelo. Sirve para que con él se entretengan teóricos de la literatura de alto voltaje, cuyo objetivo es resolver problemas que no existirían si no existiera la Teoría de la Literatura. Borges es una castalia de sofismas. Un venero de ocurrencias para teóricos y parásitos de la literatura. Es muy rentable. Una cita de Borges queda bien en cualquier parte. Sirve para todo porque no sirve realmente para nada.

 


11. [ARDC]. El corpus de biografías de Cervantes es muy considerable en volumen. ¿Usted como lector, cuál de ellas recomendaría y por qué?


[JGM] Todas dicen lo mismo. Leyendo una, una cualquiera, se han leído todas. No en vano todas se refieren al mismo autor: una persona genial que escribió la más valiosa literatura de todos los tiempos como si él mismo, Miguel de Cervantes, no hubiera existido ni vivido jamás en ninguna parte. Sospecho que Cervantes era de origen gallego. No puedo demostrarlo, pero intuyo que su genealogía está en Galicia. Y digo lo que he dicho ya muchas veces: todos los españoles comunes y corrientes, aquellos que no formamos ni hemos formado nunca parte de las élites, somos un Cervantes que no ha escrito el Quijote.

 


12. [ARDC]. ¿Qué obra de autor español contemporáneo le parece particularmente destacable desde su punto de vista?


[JGM] Después de Cien años de soledad no se ha escrito nada superior a esta epopeya contemporánea del mundo hispano. A partir de aquí, cada cual puede hablar de sus gustos ―y disgustos― personales y literarios como le venga en gana. Yo digo lo que pienso.

 


13. [ARDC]. Se han discutido largamente los méritos científicos de la teoría literaria. ¿Es ciencia la literatura o puede aspirar a serlo? Suponga que se lo pregunta un párvulo…


[JGM] La tesis 4 de la Crítica de la razón literaria dice explícitamente que «la literatura no es una ciencia», y lo explica con las siguientes palabras: «La literatura no es una ciencia ni una filosofía, aunque pueda contener informaciones científicas o aseveraciones filosóficas: la literatura es una obra de arte poética y ficticia, que exige, más allá de lo sensible, una interpretación inteligible, en términos racionales, críticos, científicos, dialécticos y sistemáticos, la cual constituye un desafío permanente a la inteligencia humana». Afirmar que la literatura es una ciencia es una absurdidad del tipo «el agua oxigenada es una ciencia» o «un podenco es una ciencia». Pero los filósofos tienen más ocurrencias que los poetas. Cada cual se gana la vida como puede. Lo comprendo. Los párvulos no preguntan sobre lo que ignoran, porque no son conscientes de lo que ignoran. Los párvulos preguntan ocurrencias, con frecuencia filosóficas: ¿si un árbol se cae y nadie lo oye caer, hace ruido o no hace ruido? Dos filósofos podrían estar siglos debatiendo al respecto. Una persona trabajadora no puede permitirse tal ergotismo: tiene que ganarse la vida. Una pregunta que plantea si la literatura es o no una ciencia revela, esencialmente, una incapacidad previa y duradera ante la literatura y ante las ciencias. Una pregunta así implica, ante todo, una pésima digestión y estudio de ideas y conocimientos en relación con la literatura y con las ciencias. Una pregunta así es el resultado de una intoxicación filosófica grave. La filosofía, con frecuencia, estropea todo lo que toca. La filosofía, por desgracia, y es muy triste decirlo y aún más lamentable constatarlo, está muy adulterada por la ignorancia de la mayor parte de las personas que se dedican a ella.

 


14. [ARDC]. Usted ha dicho una frase polémica: «Los ricos no tienen ideologías, tienen dinero» y ha dejado la ideología en manos de los pobres. ¿Podría dar más detalle sobre esto?


[JGM] Sí, lo que dije exactamente, y está escrito en mi libro Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI, es que «los ricos no tienen ideología, tienen dinero: la ideología es la emoción de los pobres». Es tan evidente que no necesita en realidad ninguna explicación. Las ideologías son formas de organizar emocionalmente la ignorancia colectiva. En el pasado, la ignorancia colectiva se administraba a través de las religiones, la ortodoxia y la heterodoxia, las sectas y los heresiarcas, las inquisiciones y las hogueras. Lo hemos dicho. Hoy esta labor la llevan a cabo no las Iglesias, sino los partidos políticos, al menos en las democracias occidentales. A los ricos les importa muy poco la ideología que elijan los pobres. De hecho, promueven la libertad de elección y de cambio entre múltiples ideologías posibles. Para que los pobres escojan, muten y se entretengan bien hormonados emocionalmente con ellas. Lo que les interesa a los ricos, como es lógico, es gestionar el dinero particular y globalmente. Las ideologías son un medio más de ejecutar esas y otras gestiones. Antes era la religión, hoy es la ideología. Advierta que la filosofía siempre anda por el medio, buscando también su lugar y comedero. Antaño, la filosofía se ocupaba de los dioses ―que eran el instrumento del poder, el látigo―, y lo suyo ―me refiero a la filosofía― era coquetear con la religión, las sectas y las creencias metafísicas. Con el fracaso de las religiones y el éxito de la secularización de las creencias, la filosofía cambió de bando, y comenzó a coquetear con las ideologías, que daban más dinero y visibilidad que las religiones. Hoy el látigo son las ideologías. Unas y otras se flagelan entre sí, y todas ellas flagelan ante todo a sus miembros y seguidores. La secta vigila más a sus miembros que a sus enemigos, he oído decir. Es entonces cuando la filosofía se convierte en el motor y el combustible de la política. El siglo XVIII es el momento histórico en el que la cortesana cambia de cama. De la Iglesia al Estado. El marxismo es, en este punto, un movimiento clave. Los seminarios se vacían para llenar de recursos humanos a las Facultades de Filosofía. El resultado, como el objetivo, es el mismo: la gestión de las creencias colectivas, primero en nombre de la religión, después en nombre de la ideología. Hoy, en nombre de la autoayuda. Fíjese que la filosofía está en todas partes. Ayer, confesionalizada en las Iglesias, bajo la cobertura de la teología; hoy, secularizada y politizada en los partidos políticos, bajo la indumentaria plural de las ideologías. La democracia posmoderna hace el resto. ¿En dónde están los ricos? Donde han estado siempre: trabajando en sus negocios, haciendo caja. Los ricos trabajan mucho más de lo que los pobres imaginan. Y su vida no es tan fácil como se cree, ni como se idealiza desde las clases más bajas. ¿En dónde están los pobres? Donde siempre, sobreviviendo como pueden, haciendo milagros para llegar a fin de mes, y siempre hablando de política, e hipotecando su vida en nombre de una o varias de las religiones o ideologías que los administradores de emociones diseñan para ellos. Da igual que se les diga con palabras claras y precisas: la mayor parte de la gente no se entera de nada. La verdad se puede publicar a los cuatro vientos. Da lo mismo. La verdad no interesa a nadie. Y menos que a nadie a los filósofos. Con frecuencia se jactan de afirmar que son más amigos de la verdad que de Platón. En realidad, son, como todo ser humano, más amigos de los vicios que más virtuosamente dicen combatir, como lo es todo hijo de vecino. Sin duda, la gente prefiere la mentira. Siempre. El prejuicio es mucho más rentable que cualquier otra cosa. Entre el original y el sucedáneo, la gente compra el sucedáneo. El éxito del low-cost no es una casualidad.

 


15. [ARDC]. Usted tiene una clara vocación por la docencia y por la crítica. Me pica la curiosidad por saber si ha incursionado en la ficción, si a lo mejor es autor de una obra secreta…


[JGM] Sí, he escrito dos cuentos totalmente irrelevantes, que están disponibles en mi canal de YouTube, en estos dos enlaces. Se titulan Yo soy casi luzbelina (https://youtu.be/7bUXLlIZV0A) y Yo no soy una ficción (https://youtu.be/5ZqrlO8KKbU). Cualquiera puede acceder a ellos. He escrito más. Los publicaré cuando me parezca. Y aclaro acaso algo importante: yo no tengo vocación en absoluto ni por la docencia ni por la crítica. Yo tengo interés  en que la literatura tenga valor y en que el ser humano sea capaz de interpretar esos valores. Y hasta tal punto tengo interés en eso que he hipotecado mi vida para cumplir esos objetivos. Lo que cada persona haga con mis ideas ya no es responsabilidad mía. Yo hablo para que la literatura tenga valor, no para tener seguidores. No soy el flautista de Hamelín, ni trato a mis oyentes como a criaturas musoritas para exhibir estadísticas. Eso ya lo hacen los demás. Yo sé distinguir entre seguidores e intérpretes. Me quedo con los segundos, que, para mí son los primeros.

 


16. [ARDC]. ¿Le queda tiempo para leer por placer, más allá de las obligaciones de la academia?


[JGM] Nunca he leído por placer. Y nunca he leído con prisa. Por placer hago otras cosas que no tienen nada que ver con la literatura, ni con la lectura, ni ―desde luego― con el trabajo, que es aquello, el trabajo, que sólo hago por dinero. Es un grandísimo error considerar que la literatura tiene como fin el placer, porque considerar que la literatura es placer supone ignorar todo acerca de la literatura y, sinceramente, no tener ni la menor idea de lo que es el placer. La literatura no es un consolador. La idea de literatura como placer es, una vez más, una idea ilustrada y romántica, no absolutamente genuina del idealismo anglosajón, porque ya estaba en clásicos como Horacio, pero combinada en el mundo hispanogrecolatino con la exigencia de conocimiento. Esta exigencia de conocimiento la anglosfera la niega totalmente, porque ni la ve ni es capaz de afrontarla. De ahí que niegue, también, la posibilidad de interpretar científicamente la literatura y el arte, y reduzca ambas actividades humanas a una finalidad placentera, prostibularia o simplemente estúpida. Pero eso sí: siempre comercial. El mundo anglosajón convierte en dinero todo lo que no puede destruir. No por casualidad prohíbe todo aquello que no es rentable, desde el conocimiento científico de las artes hasta la sexualidad humana en contextos no mercantiles. Era Borges quien decía que sus noches estaban llenas de Virgilio. Pobre hombre. Yo no me voy a la cama con Virgilio, desde luego.


 

17. [ARDC]. ¿Qué ve en el futuro del libro y la lectura?


[JGM] Veo gente convertida en una hemorragia de emoticonos.



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Entrevista de Alonso Rabí Do Carmo a Jesús G. Maestro:
17 preguntas clave sobre Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI



Presentación en la librería Follas Novas de Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI

  

Presentación en la librería Follas Novas
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Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI

Presenta y modera:
David Souto Alcalde


Santiago de Compostela, 21 de febrero de 2025.


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¿Inteligencia natural o inteligencia artificial?

 




La explosión de la llamada inteligencia artificial en nuestras vidas trae para más de uno de nuestros amigos y colegas grandes inquietudes y preocupaciones. Debería llamarse más bien inteligencia programada, sin duda artificialmente, pero el sintagma procede del inglés, y las lenguas anglosajonas son muy sintéticas en todo. Digo sintéticas, no planas. Esto las convierte en lenguas muy útiles en los procesos comunicativos básicos y elementales, pero las esteriliza, y muy severamente, para un uso literario.

No por casualidad Inglaterra no tiene un Quijote. Y no por casualidad Shakespeare no escribió ni novelas, ni cuentos. Ni más allá de 150 sonetos. Pero hay quien lo compara con Cervantes, acaso porque no ha leído con atención a ninguno de los dos. El éxito de muchas obras literarias se debe a que la mayor parte de las personas inteligentes no las han leído. Borges, sin embargo, estaba más orgulloso de lo que leía que de lo que escribía. Sin duda tenía razón. No se lo niego. El narcisismo de la modestia es, a veces, sincero.

Sea como sea, la literatura exige una complejidad que el uso sintético del lenguaje no siempre permite. No confundamos el conceptismo de un Quevedo, quien con cuatro palabras decía cuatro mil cosas, a cual de ellas más provocativa, que el estilo plano de las etiquetas y emoticonos propios de las redes sociales made in USA.

Pero la inteligencia artificial ha venido para quedarse. A algunos profesores les inquieta que sus alumnos la usen. Sin embargo, les inquieta menos el uso que ellos mismos hacen de ella para sus propios fines. El lenguaje de la inteligencia artificial es muy plano, a menos que cada uno de nosotros use su propia inteligencia natural para darle un relieve particular y propio, en cuyo caso, la inteligencia artificial es poco o nada útil.

Los textos que genera la inteligencia artificial no tienen personalidad, tienen coherencia. Sé que no es poco, en estos tiempos de emoticonos y barbarie ortográfica. Pero a veces la perfección carece de vitalidad. Las palabras de la inteligencia artificial ofrecen datos y contenidos, pero son fríos e inertes. Es todo lo contrario a la literatura clásica y la poesía verdadera.

Podríamos decirle a la inteligencia artificial lo que le hemos dicho alguna vez a algún doctorando que nos presenta su tesis doctoral en el correspondiente tribunal académico: «Usted aquí nos presenta datos, pero no ideas. Nos expone hechos, pero no soluciones prácticas. Hay definiciones, pero no demostraciones. Tiene los materiales, de acuerdo: ahora, haga la tesis».  El doctorando, en tiempos, al oír esto, se quedaba pálido. Hoy, sin embargo, lo interpreta como un elogio cum laude, y prosigue sonriente y feliz su disertación, demostrando que sabe leer más o menos correctamente el papel que tiene delante. Pero no entiende lo que oye.

La inteligencia artificial, por su parte, siempre escucha y siempre responde. Nunca enmudece. Jamás niega la palabra y sabe ser educada (a diferencia de cierta gente). Como muchas personas, también carece de vergüenza, de modo que nada la altera emocionalmente. En una época como la nuestra, donde todo el mundo presume de vender y comprar emociones ―veremos a ver si en el futuro se sigue hablando de inteligencia emocional (como si hubiera alguna que no lo fuera)― la inteligencia artificial carece totalmente de emociones. Curiosa paradoja.

De todos modos, no es un disparate afirmar que inteligencia artificial e  inteligencia natural viajan juntas, y que la primera es resultado de la segunda. Cuestión posterior es que con el uso de lo artificial lo natural pueda llegar a atrofiarse generación tras generación. Y que el resultado final de esta cadena sea un eslabón que no sabe qué hacer con lo que siente pues no sabe expresar lo que piensa: y no lo sabe porque, sin darse cuenta, ya no piensa.

Cuando le exigimos emociones a la inteligencia artificial le exigimos que haga el ridículo. Y si no nos percatamos de este ridículo es porque el problema de percepción lo tenemos nosotros, no la IA.

Resultaría muy peligroso que el uso de la inteligencia artificial pudiera hipotecar el uso de la inteligencia natural. Pero lo cierto es que todo puede ocurrir, porque del futuro nada está excluido. La inteligencia artificial se hereda a través del desarrollo de las ciencias, de generación en generación, pero la inteligencia natural, no. No nacemos sabiendo. Nacemos llorando. Por algo será. La placenta materna es mucho más cómoda que cualquier rincón de este mundo.

La inteligencia artificial es un instrumento para el desarrollo de las posibilidades de la inteligencia natural y personal. Usada de forma inadecuada puede destruir toda la capacidad intelectual de un ser humano. Y de toda una sociedad igualmente humana. La ciencia no es peligrosa, pero el uso que se hace de ella puede ser letal.


Jesús G. Maestro



¿Inteligencia natural o inteligencia artificial?






El fracaso de la felicidad

 


Ilustración. Mattin

 


A lo largo de los últimos años, la felicidad se ha convertido de forma creciente y poderosa en una de las obsesiones más importantes y crudas de nuestra vida. Parece que vivimos bajo el imperativo de la felicidad. En determinados momentos, es como si fuera obligatorio ser feliz. Los géneros de la comunicación pública, desde la publicidad al cine, pasando por la televisión y estallando en todos los confines de las redes sociales, emiten sin retroceder constantes exigencias y recetas para ser feliz. Resulta imposible vivir al margen de esta exigencia: la felicidad.

Sin embargo, resulta tal vez muy difícil alcanzar una felicidad exigida por una forma de vida que, simultáneamente, complica mucho las cosas. Es muy difícil encontrar un trabajo. La posibilidad de disponer de una vivienda, sea propia, sea alquilada, es cada día más limitada y está peor gestionada. Incluso las personas que tienen trabajo se encuentran con infinitos problemas, que lesionan sus ilusiones originales y sus objetivos laborales. El trabajo resuelve muchos problemas en la vida, pero también crea nuevos conflictos, determinados por múltiples circunstancias. En un mundo tan adverso, la felicidad es un logro imposible.

Y sin embargo la felicidad se impone como un objetivo necesario, irrenunciable e incluso amparado en derechos que, sinceramente, deberían ser naturales, esenciales, básicos. Derechos que, en muchos casos, se pierden de forma silenciosa o imperceptible.

La felicidad se impone en competencia con otros valores que paulatinamente resultan desplazados: el dinero, el liderazgo y el éxito. Estos tres valores o referentes son muy alienantes y seductores. Y no siempre llevan a la felicidad. El dinero es objeto de muchas idealizaciones, que la realidad desmiente, cuestiona o directamente destruye. Es la medida universal de todas las cosas, pero su poder de medición está regulado y controlado por entes y personas que no conocemos, y a las que no tenemos el menor acceso. El valor del dinero está gestionado por agentes realmente inaccesibles. El bienestar de las élites es a veces una visión idealizada que el pueblo tiene de ellas.

El liderazgo es otro de los estímulos más idealizados de nuestro tiempo. En todas las actividades profesionales se exige ser un líder. Este término, líder, resulta muy inquietante, si reflexionamos sobre él. Cada cual lo define a su manera, para hacerlo compatible con un mensaje simpático, atractivo y convincente. Pero, aunque el líder se vista de seda ―cosa que resulta poco frecuente―, cabecilla se queda.

El término líder procede de la política. Y de la lengua inglesa. Es alguien que encabeza un grupo. Inicialmente, pequeño. De ahí el diminutivo (cabecilla, más que cabeza). La genealogía de esta palabra conduce a términos de controvertido recuerdo histórico (Führer, duce, caudillo...). Naturalmente, esta semántica, pretérita y política, no está presente en el sentido actual del término, pero, insisto, está en su genealogía léxica.

La palabra se ilumina en los currículums de solicitantes de empleo y en las demandas publicitarias. Y se asocia también al logro del éxito y la felicidad laborales. Representa el objetivo cumplido y prometido. Sin embargo, un líder es, con frecuencia, un esclavo de élite.

El otro término de la terna es el éxito, es decir, la idealización de una apariencia temporalmente satisfactoria. Creer en el éxito conduce al fracaso. En primer lugar, porque el éxito, como el placer, suele ser siempre muy poco duradero, es decir, fugaz y pasajero. Podrá ser, no lo negamos, intenso ―también como el placer―, pero resulta más ilusionante que real (a diferencia de ciertos placeres bien consumados). Piense cada uno lo que quiera, pero el éxito tiene más que ver con el autoengaño que con la realidad. Es más ilusionante que real y verdadero. Y en segundo lugar, porque el éxito de uno es la envidia de otros. «Quien no compite no estorba», decía con acierto sor Juana Inés de la Cruz. Y la envidia, como todo el mundo sabe, es la forma más siniestra de admiración.

No es mi intención amargar a nadie el día, pero muchos de los impulsos y de los imperativos que nos empujan hacia la felicidad son caminos más preocupantes que seguros y más turbios que saludables.

Hoy vivimos en una sociedad en la que se constata algo innegable: el fracaso. Hay muchas experiencias cuyo saldo es frustrante y cuyo resultado es un fruto fracasado, no por tardío, sino por inexistente.

La felicidad no da los resultados esperados.  La búsqueda de la felicidad, lejos de ser un mapa ilustrado y claro, resulta ser un laberinto sin salida, donde las únicas puertas que se abren, y no todas, son las de las salas de psiquiatras y psicólogos.

Si me preguntan qué es la felicidad, les diré, con toda modestia y franqueza, que la felicidad consiste en tener salud. Y en algo más: consiste también en cuidar, en la medida de nuestras posibilidades, de quienes, por desgracia, no tienen salud o han perdido la que tenían. Lo demás es un idealismo. Un idealismo que conduce al fracaso.


Jesús G. Maestro

Vocento, 23 de febrero de 2025.



El fracaso de la felicidad
y tres timos muy actuales: éxito, liderazgo y dinero