Cada cierto tiempo, la figura de Miguel de
Unamuno regresa al debate público envuelta en una pregunta tan sugestiva como
problemática: ¿murió de forma natural o fue víctima de un asesinato encubierto?
La cuestión reaparece con la solemnidad inquietante de una revelación tardía,
pero conviene preguntarse si estamos ante un avance real del conocimiento
histórico o ante una reformulación narrativa de una vieja hipótesis sin
fundamento.
En los últimos tiempos se ha
extendido la tendencia a poner en duda la realidad en nombre de ocurrencias
sugestivas y ficciones seductoras. No es un fenómeno nuevo: de impulsos
semejantes nacieron siempre los mitos y relatos extraordinarios, formas de
ficción que embellecen el pasado y lo vuelven más atractivo de lo que fue.
Preferimos evocarlo de manera imponente y misteriosa, nunca prosaica,
sometiéndolo al efecto de las emociones intensas.
A los lectores les gusta que sus héroes
favoritos tengan una vida extrema y una muerte también espectacular. Se habla
cada vez con más frecuencia de que la muerte de Unamuno, el 31 de diciembre de
1936, a las cinco y media de la tarde, en presencia del falangista Bartolomé
Aragón, no fue natural, sino tal vez consecuencia de un «envenenamiento». No
hay pruebas, por el momento, pero la sola ocurrencia ya despierta todas las
curiosidades y sospechas.
El procedimiento suele ser reconocible. No
se aportan hechos decisivos nuevos, sino que se presenta como vía abierta lo
que siempre ha sido una conjetura minoritaria, reforzada mediante una
estrategia retórica eficaz: invocar la autoridad institucional, acumular
indicios débiles pero impactantes y sostener el relato con un suspenso casi
novelesco.
Que una universidad investigue una
posibilidad no la convierte en verdad; las instituciones académicas exploran
hipótesis, no las sancionan por decreto. Y una suma de elementos explicables
—vigilancia, cartas de temor, diagnósticos médicos imprecisos, ausencia de
autopsia— que crean atmósfera, pero no prueban nada.
Hablamos del horroroso año de 1936, en la
Salamanca tomada por las tropas franquistas, y tras el espeluznante episodio
que tuvo lugar el 12 de octubre de ese año en el paraninfo de la Universidad,
en el que Unamuno advierte que «venceréis, pero no convenceréis, porque para
convencer es necesario tener razón y derecho en la lucha, y vosotros no la
tenéis».
Es indiscutible que Unamuno se convirtió en
un problema político tras su enfrentamiento público con el nuevo poder en el
otoño de 1936. Estaba vigilado, arrestado en su casa y completamente abatido.
Nadie puede discutir ni negar tales hechos. Pero fundamentar a partir de ahí su
asesinato es algo difícil de explicar por sí mismo.
El razonamiento implícito —había motivos,
luego pudo ordenarse el crimen, y en consecuencia el crimen se produjo— incurre
en una falacia clásica: confundir el móvil con la demostración. En historia, el
motivo no basta. Se requieren capacidad, medio y rastro. Y aquí faltan dos de
los tres. Y varias cosas más.
El gran punto débil de la tesis criminal es
el mismo que sus defensores no logran resolver: el cómo. No se identifica el
supuesto veneno (u otro medio o instrumento), no se explica el mecanismo de
administración, no se aclara por qué el único testigo directo no levantó
sospechas inmediatas, ni por qué el confinamiento, ya eficaz para silenciar al
escritor, habría resultado insuficiente. Hablar de envenenamiento sin poder
describir el agente, el procedimiento ni la ocasión concreta es
historiográficamente endeble.
Se añade a ello el uso reiterado del
diagnóstico médico que figura en el certificado de defunción: «hemorragia
bulbar». El término es hoy impreciso en medicina y suena extraño, pero en la
década de 1930 era habitual recurrir a fórmulas vagas para describir muertes
súbitas de origen neurológico. La ausencia de autopsia, en plena guerra civil y
tratándose de un anciano de más de setenta años, deprimido y sometido a un
estrés extremo, no constituye en sí misma una anomalía concluyente.
Y surge otro problema de fondo: la tentación
de convertir la historia en un relato o leyenda moral. La muerte natural de
Unamuno resulta narrativamente insatisfactoria, prosaica, insulsa desde una
perspectiva actual que exige emociones múltiples e intensas. No hay villano, ni
crimen, ni reparación simbólica.
El asesinato, en cambio, ofrece un cierre
perfecto: transforma al intelectual ambiguo en mártir indiscutible (conste que
ya lo fue), simplifica sus contradicciones y lo purifica retrospectivamente.
Que una explicación sea moralmente atractiva no la hace verdadera. Antes al
contrario, la vuelve sospechosa.
Por otro lado, la apelación final a una
posible exhumación plantea una paradoja inquietante. Si no aparece prueba
alguna, ¿se disipará la sospecha o se reforzará?
Unamuno fue vigilado, humillado y
silenciado. Eso está documentado. Que fuera asesinado no lo está. Hoy, esa
hipótesis sigue siendo más una conjetura sugestiva que una tesis sólida, más un
relato verosímil que una demostración histórica. Y convendría no confundir una
cosa con la otra.
Miguel Quiroga de Unamuno, nieto primogénito
del escritor, hijo de Salomé de Unamuno y del poeta (injustamente olvidado por
todos) José María Quiroga Pla, fallecido en el exilio republicano para salvar
su vida, tenía siete años cuando, aquel 31 de diciembre, Unamuno fallecía en la
casa familiar de la calle Bordadores de Salamanca.
Miguel Quiroga, quien me ayudó mucho en la
elaboración de mi tesis doctoral sobre la poesía de Unamuno, me contó
personalmente cómo fue para él aquella tarde. Su abuelo murió repentinamente.
Bartolomé Aragón se asustó muchísimo, porque la muerte sobrevino cuando estaba
hablándole y Unamuno no reaccionaba. Sin embargo, en Salamanca ―me dijo su
nieto― «todos pensaron que a mi abuelo lo habían matado». ¿Envenenamiento? ¿Hay
mayor envenenamiento, individual y colectivo, que el de una guerra civil?
Jesús G. Maestro
que le hice al nieto primogénito de Miguel de Unamuno,
con motivo del 50 aniversario de la muerte de su abuelo,
y que se publicó en el diario La Nueva España, el 31 de diciembre de 1986.

















