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El mito de la filosofía platónica ante las exigencias de la literatura

 

Jesús G. Maestro, Crítica de la razón literaria



Habitualmente se considera a Platón como fundador de la filosofía académica. Naturalmente esta consideración es razonable, pero también cuestionable desde determinados criterios. 

Acaso Platón sea el fundador de la filosofía institucionalizada académicamente, más que de la filosofía académica propiamente dicha. Vamos a explicar esta cuestión. 

No es Platón, a mi juicio, sino Aristóteles, quien lleva a cabo realmente esa fundación ―la fundación de la filosofía, como disciplina académica―, al liberar a la filosofía de una hipoteca metafísica, que la hace incompatible con la realidad. 

Platón, en cierta medida ―y sólo en cierta medida, dado que introduce cambios fundamentales, como el principio de symploké y la ontología dialéctica―, es el canto del cisne de la metafísica presocrática. 

Platón es un idealista filosófico, un utopista político y geómetra lúdico. Su idea de ciencia es totalmente formalista, sus planteamientos sobre política resultan absolutamente inviables, por imaginarios y fantasiosos, y sus conocimientos de literatura son abiertamente ridículos y por completo paupérrimos, además de amenazantes y patibularios. 

Hoy no se puede hablar de literatura en términos platónicos ―es decir, no se puede citar a Platón, como una autoridad sobre poética literaria―, porque este filósofo idealista desconoció toda la literatura que, durante 25 siglos de Historia y comparatismo, constituye y conforma la ontología literaria que hoy tenemos delante y a la que podemos y debemos enfrentarnos. Y que, desde luego, no es posible ni legítimo ignorar. 

No hay en Platón nada actual sobre interpretación literaria. Citar a Platón como autoridad o referente de la literatura es una cursilería que sólo se pueden permitir novatos, diletantes o inexpertos. Veamos por qué.

La locura, como la literatura, siempre es racionalmente muy ambigua. Lo que de veras sorprende es que hoy, en el siglo XXI, siga hablándose comúnmente ―incluso académicamente también― de locura en términos parejos a los del mundo antiguo y arcaizante. Y es aquí, en relación con la locura y la literatura, donde tenemos nuestra primera cita clave con Platón.

Había en la genuina Grecia dos corrientes metodológicas explicativas de la locura. Una de ellas, de raíces científicas y materialistas, procedió de Hipócrates (c. 460-377 a.n.E.), quien, desde la Isla de Cos, interpretó la locura al margen de las teorías demonológicas y numinosas, indudablemente metafísicas, que sus contemporáneos habían heredado e impuesto. 

Como sabemos, con Hipócrates surge en los siglos V y IV la primera escuela de medicina. Esta concepción hipocrática de la locura apunta genealógicamente a los pitagóricos, quienes, como el propio Hipócrates, consideraban que los trastornos mentales ―que hoy llamaríamos psicopatologías― tenían una causa física y exigían una explicación material. 

Se desestimaban de este modo las causas demonológicas y las explicaciones metafísicas de cualesquiera problemas psíquicos relativos a declaraciones, acciones o pensamientos supuestamente anómalos o anormales. Desde tales criterios hipocráticos, la locura se concebía como una enfermedad física que tenía causas y consecuencias naturales.

Sin embargo, esta concepción de la idea de locura resulta eclipsada y destruida por Platón y su filosofía metafísica, idealista y utópica, desde la cual se restaura de nuevo la tesis demonológica y espiritualista como causa de la locura. 

Desde finales del siglo V a.n.E., las ideas metafísicas (platónicas) sobre la locura se imponen a las tesis naturalistas o fisiológicas (hipocráticas) con un éxito sorprendente, el cual llega hasta nosotros, apadrinado por el cristianismo medieval, el protestantismo reformista, la ilustración europeísta ―pese a todos sus mitos hiperracionales y logocéntricos―, el idealismo alemán y la contemporánea posmodernidad anglosajona. 

¿No es curioso que la filosofía (idealista) de Platón haya destruido la medicina (materialista) de Hipócrates? ¿No resulta sorprendente que la filosofía, que se jacta de fundamentarse sobre saberes científicos, los rechace y desestime irracionalmente, nada menos que para la posteridad, y discurra por los caminos propios de una metafísica para explicar la realidad material humana? 

Platón​ (c. 427-347 a.n.E.) era aproximadamente unos 30 años más joven que Hipócrates, y su filosofía resultó más hechizante ―por idealista y utópica― que la medicina hipocrática, sin duda más naturalista, fisicalista y materialista. Y por ello mismo mucho menos atractiva. 

En la Historia del pensamiento de Occidente, como del mismo modo ocurrió en Oriente, y acaso allí con mucha mayor intensidad, el espíritu siempre ha gozado de buena fama, sin cardar una lana, frente a una materia que, sin duda y por supuesto, resultó demonizada desde siempre de forma irrevocable y sin apelación posible.

La obra platónica, saturada de misticismo, y salvaguardada por los intereses políticos y religiosos del cristianismo de todos los tiempos ―tanto del católico como incluso, con más fuerza aún, del reformado―, destruyó para la posteridad el crédito de las ideas hipocráticas sobre la explicación naturalista y materialista de la locura. 

Platón no sólo resultó ser en este punto un precursor del inconsciente freudiano, al anteponer el impulso místico como fundamento y motor de la locura, y prototipo del comportamiento psicopatológico, sino que fue responsable de legitimar la locura, ante los idealistas y románticos de la Edad Contemporánea, como una forma superior de racionalismo, al entender estos últimos, de forma revertida, que la «verdad» de lo humano se objetivaba en un inconsciente reprimido por la razón, o en un misticismo cuya fuerza se revelaba ―por fin, en libertad― en los estados oníricos, psicopatológicos o simplemente anómicos. 

De este modo, toda forma de heterodoxia queda definitivamente justificada, tanto en términos políticos como religiosos, bajo el amparo posmoderno de una idea de libertad completamente gratuita y presuntamente irracional. 

Enfrentarse a la razón será ―de nuevo― una forma de exhibir esta idea gratuita y falsa de libertad. Pero una cosa es exhibir un postureo libertario y posmoderno, y otra muy diferente es ejercer de veras la libertad. La saga de los sofistas y de los irracionalistas de diseño es recurrente: Montaigne, Rousseau, Nietzsche, Freud, Heidegger, Derrida, Foucault... E imitadores. Marx figura en otras listas, pero no en ésta. Carlos Marx no es soluble en ninguna posmodernidad. Su idealismo postula otros paraísos.

Sorprende impresionantemente que a nadie le haya sorprendido ―valga el extrañamiento― que Platón, el «fundador de la filosofía» para muchos autorizados filósofos, el transformador de la realidad a través de la política en su idealista República filosófica, en su modelo utópico e irreal de Estado, hubiera tomado como ciencia de referencia la geometría y no la medicina. ¿Por qué? ¿Por qué Platón toma como ciencia de referencia para entrar en la Academia la geometría y no la medicina? ¿Por qué puede entrar en la Academia quien ignore el materialismo médico pero no quien desconozca el idealismo geométrico? ¿Qué concepto tiene Platón de las ciencias? Pues un concepto completamente lúdico, idealista y logopédico. Platón juega con la geometría como si ésta fuera un logogrifo. ¿Qué puentes construyó Platón? ¿Qué campos aró, sembró o diseñó Platón como ingeniero o agrimensor gracias a sus conocimientos de geometría? 

Usar la geometría para para proponer ejercicios mentales, no operatorios, y jueguecitos filosóficos y filosocráticos ―lo que equivale a decir también pseudofilosóficos y pseudosofísticos (porque toda filosofía no es sino una forma excéntrica de ejercer la sofística)― es una muestra más de cinismo y de ludismo que de originalidad filosófica y de desarrollo científico. 

Desengáñese el admirador de los diálogos platónicos: Platón es artífice de una filosofía completamente incompatible con la realidad. Pero, precisamente por ello, de un poder seductor insólito y permanente. Platón es el primer seductor de idealistas. Y lo es aún hoy.

He insistido en diferentes lugares en que difícilmente se puede considerar a Platón como fundador de la filosofía. Platón es un sofista más, si bien excéntrico, como su maestro, Sócrates. 

Si la filosofía tiene realmente un comienzo, éste está en la obra de Aristóteles. Platón es el canto del cisne de un pensamiento realmente presocrático: su visión idealista y utópica, mística y metafísica, aunque le lleva a superar el monismo y el relativismo de todos sus predecesores, impulsado por un afán de originalidad que sólo en cierto modo fue capaz de satisfacer, no nos sitúa en la realidad de este mundo, sino en el idealismo absoluto de las ideas puras. 

Su filosofía, como la de su mítico maestro y socrático ventrílocuo, sin duda y sin reservas, no era de este mundo. Y esta huida hacia el idealismo, esta fuga hacia la metafísica idealista y utópica, tanto en política como en ciencia, es lo que hace fascinante su filosofía, aún hoy, para todos aquellos que ―adolescentemente― se ilusionan con la idea de ser disidentes, ante una realidad que les disgusta, y superiores, ante un entorno que ―como a Sócrates gualdrapero― no les comprende en su «genialidad».

Desde un idealismo filosófico incompatible con el racionalismo materialista, Platón explicó a su manera lo que formó parte de su tiempo y de su espacio, de su historia y su geografía, muy reducidas frente a las nuestras, con todas las limitaciones que esto entraña, y que la tradición posterior a Platón nos sirvió en bandeja —cristiana primero, y secularizada después—, como una preceptiva que estaba prohibido tocar y cuestionar, de la Edad Media romana y apostólica al Romanticismo teísta y protestante, y de éste a nuestra contemporánea y no menos espiritualista posmodernidad. 

El propio Aristóteles fue extremadamente cuidadoso en este punto con su maestro. Aristóteles fue un discípulo que supo nadar y guardar la ropa. Si todo discípulo es un intérprete sin originalidad ―que más que interpretar al maestro simplemente lo sigue, lo cita o lo recita―, Aristóteles supo ser un discípulo original, valga la abismal paradoja. Porque un discípulo original, a partir de cierto punto, deja de ser un discípulo, y se convierte en otra cosa. Es decir, deja de ser ―también― un condiscípulo.

Platón impregnó de misticismo todas sus interpretaciones de la realidad, e hipotecó definitivamente de este modo no sólo su propia filosofía, sino toda forma posible de interpretarla. 

Piénsese que para Platón hay dos tipos de locura: una, que resulta de la enfermedad física, de la que no se ocupa en absoluto; y otra, cuya causa es metafísica, y actúa por inspiración divina o posesión demoníaca, al dotar a su poseso de potencias ―que no facultades― proféticas, poéticas o irracionales. 

Es potencia, y no facultad, porque, para Platón, nadie enloquece cuando quiere, sino cuando puede, por mediación o intervención divinas o demonológicas. Aquí residiría la esencia, o la genialidad, de la creación poética: el poetizarAsí es como el misticismo filosófico de Platón eclipsa y disuelve el criterio naturalista de Hipócrates. 

En cierto modo, podríamos decir que las ideas platónicas sobre la locura perduran hasta hoy en la mente de ciertos pensadores, idealistas y adolescentes. 

Para Platón, la experiencia mística ―que no la experiencia fisiológica― explica el motor del comportamiento humano. Son los dioses quienes trastornan al ser humano, y no los hechos materiales de la vida real. 

¿Son éstas interpretaciones que pueda asumir un filósofo materialista? Porque ésta y no otra es la teoría de Platón sobre la poesía y los poetas, sobre el origen de la literatura y la causa misma del hecho literario: una locura metafísica, que hace del poeta una criatura «alada», «divina», «loca», «enajenada», «demente»... 

La poesía ―como prototipo de lo literario― era para Platón resultado del «alma» irracional, insensata, enferma, trastornada y alejada de todo racionalismo. 

Esto es una «teoría» metafísica de la poesía y de la literatura que nada tiene que ver ni con la poesía ni con la literatura, y que desde luego hay que explicar por contraposición a la idea de locura que sostiene Hipócrates, como enfermedad diagnosticable desde causas y consecuencias naturales, y por contraposición a la idea de literatura que exige la Crítica de la razón literaria, como sistema de materiales y formas que objetiva, a través de la ficción, una forma inédita de racionalismo. Pues toda literatura mide y objetiva el grado de racionalismo del que dispone la sociedad humana que la hace políticamente posible.

Hipócrates es científico y materialista, frente a un Platón filosófico, idealista y utópico. He aquí el discípulo de Sócrates y el «fundador» de una filosofía, siempre metafísica, idealista y utópica, absolutamente incompatible con la realidad. 

La filosofía de Platón es la de sus antepasados socráticos y presocráticos, pero mejor contada: «Porque es una cosa leve, alada y sagrada el poeta, y no está en condiciones de poetizar antes de que esté endiosado, demente, y no habite ya más en él la inteligencia» (Platón, Ion, 534b). Y hasta aquí llega la inteligencia literaria de Platón. La filosofía platónica termina donde comienza la literatura. 

No por casualidad desde Platón la literatura ha sido el Talón de Aquiles de los filósofos. Cuando la literatura habla, la filosofía calla. Porque sólo la literatura puede silenciar a la filosofía. 

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Jesús G. Maestro, Crítica de la razón literaria (III, 1.1), 2017 · 2022.


El timo de la estética kantiana, idealista y sin ideas

 

Teoría del arte


La expresión kantiana que concibe el arte como una finalidad sin fin aglutina una triplicidad de sofismas, relativos a: 

  1. La falacia del argumentum ad verecundiam o falacia de la autoridad, de tal modo que el contenido de una afirmación se fundamenta en el respeto debido a la persona que lo enuncia, o a quien se atribuye su enunciación, en este caso, la figura del propio Kant. 
  2. La falacia del razonamiento circular, en tanto que petitio principii (petición de principio) o declaración de fe de origen, desde el momento en que la proposición que ha de ser demostrada (el fin de una obra de arte) es una implicatura de la premisa de partida (porque el fin del arte es el arte mismo). 
  3. La falacia del argumentum ad consequentiam, sofisma típicamente kantiano, determinado por el psicologismo inherente a todo discurso idealista, que afirma una premisa dirigida contra sus propias consecuencias, con objeto de hacer prevalecer los contenidos de la premisa, con frecuencia falsos y siempre fenomenológicos, desacreditando todas cuantas consecuencias resulten alternativas a aquella en que se fundamenta la premisa fraudulenta. 

Dicho de otro modo: se trata de sostener un argumento según el cual una creencia (premisa) es verdadera o falsa si conduce respectivamente a una experiencia (consecuencia) benigna o indeseable para el interlocutor que la formula. 

Es sofisma porque basar la verdad de una afirmación en las consecuencias morales, esto es, en las normas de cohesión de una sociedad humana —lo que llamaríamos el «consenso»—, no sólo no asegura que el contenido de la premisa sea verdadero, sino que ni siquiera garantiza que sea real. 

Ésta es sobre todo falacia propia de idealistas. 

Y sobre todo de posmodernos, que llevan a la retórica del «consenso» o del «diálogo» la solución verbal de problemas que sólo pueden resolverse ontológicamente, esto es, no con palabras, sino con hechos. 

Asimismo, categorizar las consecuencias como benignas o indeseables es intrínsecamente un acto de subjetivismo radical, dado tanto en el yo del individuo (autologismo) como en el nosotros del gremio (dialogismo): «El arte ha de tener una finalidad sin fin, porque si tiene un fin fuera de sí mismo, entonces no es arte». 

He aquí la preceptiva sofista de la estética idealista del arte contemporáneo y posmoderno, confitada por la retórica de la antanaclasis, la geminación y la cohabitación oximorónica: «el arte es una finalidad sin fin». 

Kant no sólo reduce de este modo la estética o filosofía del arte nada menos que a una hermenéutica de la sensibilidad, a una suerte de psicología de la percepción (aisthesis), sino que llega aún más lejos, al conjurar definitivamente toda posibilidad de interpretación científica del arte en general y de la literatura en particular. 

Así se impone la interdicción científica de la interpretación literaria, en nombre no de una filosofía platónica, que destierra la literatura de la República, sino en nombre de una filosofía no menos idealista e incompatible con la realidad: una filosofía que no  ve en el arte nada útil y nada inteligible, porque sólo ve sentimientos personales y experiencias psicológicas. 

¿Cabe mayor miseria interpretativa en la Historia del Arte y de la Literatura que la ofertada por el Idealismo alemán? 

No sorprende que algo así se haya producido en la tradición luterana: lo que sorprende es que tal cosa haya encontrado seguidores más allá de la Anglosfera y más allá de un Romanticismo que no acaba de extinguirse. 

Kant reduce el arte a puro psicologismo (aisthesis = sensación). Porque el fin del arte, entre otros muchos fines, es el de ser interpretado lógicamente. 

El arte no puede limitarse a una experiencia estética, a una operación de aisthesis o sensación. 

El arte es superior e irreductible a lo sensible. 

El arte exige lo inteligible. 

El arte es arte, ante todo, porque es inteligible. 

Una «obra de arte» incomprensible no es, ni puede ser, una obra de arte.


Jesús G. Maestro, Crítica de la razón literaria, 2017-2022.


Anatomía del Quijote

       

Libro digital

Crítica de la razón literaria

Vol. 15 · Parte V · Tomo 2.



Crítica de la razón literaria



Anatomía del Quijote es el título de uno de los itinerarios de lectura fundamentales de la Crítica de la razón literaria

Se analiza aquí la obra más importante de la literatura universal, el Quijote de Cervantes, a través de 9 cuestiones clave: 1) el narrador del Quijote, al que consideramos un cínico y un fingidor; 2) la gramática del Quijote, que nos cita con una serie selecta de personajes, funciones, tiempos y espacios determinantes de la novela; 3) la parodia contra el idealismo, al que consideramos una filosofía incompatible con la realidad; 4) los géneros literarios del Quijote; 5) la transformación específica de cada uno de los géneros literarios del Quijote; 6) la falsa locura del protagonista; 7) la figura de don Quijote como prototipo literario de proyección universal, y en particular de la puga de Cervantes contra Avellaneda; 8) las ideas del autor sobre política y religión, tal como se plasman en el Quijote; y 9) las formas de la materia cómica objetivadas en la novela, que son, sin duda, las más valiosas de la literatura de todos los tiempos. 

En esta obra de Cervantes está, escrito en español, el genoma de la literatura universal. 

Hay además dos tesis fundamentales, sin las cuales Cervantes resulta incomprensible. 

En primer lugar, está el hecho de que el Quijote es un libro escrito contra los idealistas, y en absoluto a su favor, bien al contrario de lo que éstos han querido entender. Es un libro para desengañarse, no para ilusionarse. El idealismo alemán no supo comprender en absoluto esta obra. 

En segundo lugar, Cervantes es insoluble en agua bendita: es un precursor del racionalismo y del ateísmo contemporáneos.

Cervantes es el escritor más contemporáneo de la Historia de la literatura universal. No sólo porque su obra contiene el genoma de la literatura, sino porque en ella se descifran los códigos esenciales de la libertad humana.

Hay algo importante que con frecuencia ignoran filólogos y filósofos: el mundo no se interpreta interpretando sólo palabras. La literatura, tampoco. Los enemigos del placer no pueden comprender qué es la literatura. Los enemigos de la inteligencia, aún menos.

La literatura no es una hipertrofia de la fantasía, sino una exigencia de realidad, y de la realidad. Si algo nos enseña la literatura de Cervantes es precisamente la importancia que el racionalismo literario posee ante el desafío y la exigencia que supone la interpretación de la realidad. La lucha contra el idealismo que nos hace incompatibles con la realidad es la gran aportación del Quijote.

Del mismo modo, la ciencia literaria, es decir, la Teoría de la Literatura, es lo único que nos permite analizar metodológicamente, desde exigencias que superen los umbrales de lo sensible y fenomenológico, y por supuesto también de lo ideológico, los materiales literarios.

La ciencia es lo único que, verdaderamente, hace prosperar la vida humana. Ni la religión, ni la política, ni la filosofía han alcanzado nunca los progresos de las ciencias. Con frecuencia, ni siquiera los han permitido en numerosas ocasiones históricas. Religión, política y filosofía han sido muchas veces obstáculos en el desarrollo de las ciencias. Históricamente y también actualmente.

Lo hemos dicho muchas veces: si la libertad es lo que los demás nos dejan hacer, la literatura es aquella construcción humana que, a lo largo de la Historia, ni la religión ni la política han podido evitar ni censurar. A veces, con la alianza y ayuda de la filosofía. No olvidemos que la República de Platón pretende nada menos que el exterminio de la literatura en el seno del Estado. La ansiedad por destruir la literatura es algo que une y fascina a sacerdotes, políticos y filósofos. 

Ante la imposibilidad de destruirla aspiran a censurarla. Y si en la censura fracasan, siempre queda una alternativa: hacerla incomprensible, tornarla ininteligible, disolverla en lo sensible, enajenarla de la razón. Platón puso mucho empeño en esta última obsesión: decretar el irracionalismo sustancial de todo lo poético. Como si su propia filosofía, idealista y aberrante, utópica y totalitaria, dogmática y patibularia, fuera más racional y compatible con la realidad. Hay más patologías en las ideas políticas de Platón que en la lírica de cualquier poeta.

En este itinerario de lectura de la Crítica de la razón literaria hemos tratado de dar cuenta de las razones por las cuales Cervantes es ese genio contemporáneo de la literatura universal, cuyas claves están escritas en español. 

Ningún otro escritor ha podido alcanzarlo, ni puede compararse con él. Los intentos del imperialismo inglés por hacer de Shakespeare una hendíadis con Cervantes son ridículos. Pero ésta es una cuestión que exige un nuevo itinerario.



Ansiedad de idealismo científico

 


 

El idealismo científico no es posible sin la intervención fanática y extrema de las ideologías. Es un fenómeno que se manifiesta en la Historia de forma periódica, y deja como consecuencia una resaca de frustración, impotencia y resentimiento, cuya venganza, contras las ciencias, asumen inmediatamente la religión, la filosofía y la autoayuda ideológica más irascible. La ansiedad que provocó el positivismo decimonónico se saldó con el éxito de Nietzsche, Freud y Heidegger, entre otros gurús y hechiceros del más allá que profetizaban ―apocalípticos― en el más acá.

Cuanto más débil es psicológicamente el ser humano, más vulnerable es a caer en la red que tejen para él las religiones, las filosofías y las ideologías. Las personas fuertes no son susceptibles del mismo modo a estas formas retóricas de dominio y sumisión. En realidad, no suelen serlo apenas de ningún modo: las ignoran y desprecian. La religión condena a quien no la profesa, la filosofía minusvalora a quien no la aprecia y las ideologías declaran la guerra a quien no las secunda. Unas ofrecen salvación eterna, otras prometen una forma de vida superior y engreída, y las últimas aseguran derechos gremiales a quienes se unen a ellas. Son modos de incurrir en megalomanías, narcisismos y gregarismos. Son los tres géneros históricos del autoengaño colectivo: religión, filosofía e ideologías. Placebos de fortaleza exterior y gregaria que disimulan una superlativa debilidad psicológica individual e íntimamente inconfesable.

Algunas personas consideran, no sin razones, que hay algo peor que un Estado totalitario, y piensan en la República de Platón, en la Ciudad de Dios de Agustín de Hipona o en la utopía socialista de Carlos Marx. No nos olvidemos, tampoco, de la globalización trazada hoy por los «amigos del comercio». Todas ellas son las diferentes máscaras del mismo totalitarismo, en el que una y otra vez religiones, filosofías e ideologías se dan la mano de forma latebrosa y permanente.

Hoy las ideologías exigen a las ciencias ir contra natura. El comercio ha encontrado aquí un importante mercado. A diferencia de lo ocurrido en el siglo XIX, hoy el imperativo no es ir más allá de lo posible, sino en contra de lo necesario. Ésta es la preceptiva posmoderna: hacer creer que es factible científicamente invertir sin consecuencias el curso de la naturaleza. Foucault, lejos de resolver el problema, lo legitimó en una de sus formulaciones más fanáticas: el narcisismo de un ego sexualmente idealista y absoluto, con propio derecho a todo, incluido el derecho a alterar, en su individualista y exclusivo beneficio, el curso natural de la naturaleza, ignorando fabulosamente todas las consecuencias reales.

El ser humano es un diseño de la naturaleza, no un diseño de la ciencia. La interacción entre ciencia y naturaleza no puede llevarse gratuitamente a extremos que desemboquen en la destrucción de uno de ambos polos. La ingeniería de la naturaleza dispone que los seres humanos se complementen mutuamente en su anatomía, psicología y fisiología. Nótese que religiones, filosofías e ideologías siempre han nacido y crecido con la obsesión patológica de intervenir en las relaciones sexuales humanas de un modo obstinado e insaciable.

No hay religión, ni filosofía, ni ideología, que no haya tratado de pontificar cómo deben ser, imperativamente, las relaciones ―por supuesto sexuales― entre los seres humanos. Y lo han hecho siempre para dañarlo todo, es decir, para estropear y adulterar ―con sus creencias, ideas y prejuicios― la unidad que, al fin y al cabo, el macho y la hembra naturales y biológicos protagonizan en su desarrollo vital. Esta unidad que el macho y la hembra buscan, de forma natural, y por instinto humano esencial, es lo que hace posible la vida en la Tierra.

Una de las formas más sofisticadamente astutas y recurrentes de destruir la vida en la Tierra es intervenir en las relaciones sexuales de las especies ―sobre todo la especie humana― para dañarlas, estropearlas y malograrlas. Siempre en nombre de una religión, una filosofía o una ideología. Es difícil exterminar la vida, porque la biología se abre paso sobre todas las cosas, y, por supuesto, sobre los venenos de la religión, la filosofía y las ideologías, las cuales, hay que constatarlo, se transforman históricamente, una y otra vez, para seguir hastiando a todos y cada uno de nosotros,  es decir ―dicho en crudo― jodiendo a todo dios.

 

Ansiedad de idealismo científico:
intervención fanática y extrema de religión, filosofía e ideología



Utilidad mercantil del narcisista: idealismo y narcisismo de un mercatransmisor en redes sociales

 


El narcisismo es la lucha del propio yo hacia una idealización de sí mismo más allá de las posibilidades reales. Es el idealismo de un ego deficiente. Y no hay que olvidar que la distancia que separa al idealismo de una patología psíquica es invisible.

Religión, filosofía e ideologías saben mucho de idealismo. La Historia de la religión, la filosofía y las ideologías es, con frecuencia, la Historia del idealismo en sus múltiples facetas. No en vano cada una de estas actividades humanas, tan patológicamente seductoras, ha invertido mucho de su caudal emocional en legitimar la tierra firme de su idealismo. Una firmeza telúrica que, con frecuencia nefelibata, está siempre en un más allá inaccesible y redentor. Platón se jactaba de conocer el mundo ideal y metafísico de las ideas puras, purísimas ―como si alguna vez hubiera estado allí como un registrador ante la propiedad―, Tomás de Aquino trataba a Dios de tú, Hegel hacía lo propio con el espíritu absoluto y Marx anunció en su visionaria utopía comunista el itinerario que conducía a la tierra prometida. Nietzsche descubrió la nada absoluta ―sin duda antes de que Lucrecio la justificara por vez primera siglos antes―, Freud dialogó en directo con el inconsciente de todos sus pacientes, y Heidegger ―poseso de éxtasis― vio al Dasein, con más nitidez (y más retórica) que Blancanieves a los siete enanitos. Amén. La filosofía, la religión y la política, en todas sus envolturas e imperativos ideológicos, nos han dejado una magnífica antología de Narcisos. Difícil es saber cuál ha sido el más siniestro y prometedor.

Cuanto más idealista es una persona, más débil resulta en todo cuando hace, piensa y dice sentir, por mucha alexitimia que resulte padecer: su debilidad recorre relaciones personales, sociales y profesionales, amor y sexualidad, trabajo y objetivos laborales, ocio y gestión del tiempo libre... El idealismo conduce siempre al fracaso, por lo que, para evitarlo, el idealista se rodea de todos los medios posibles para preservar el autoengaño colectivo y personal. En este punto es clave vivir cercado de otros idealistas ―que sirven de escolta y blindaje―, de modo que todos, conjuntamente, asuman vivir de forma concertada en un mundo idealizado. Y falso. Un coliving fabuloso y feliz. Por decreto emocional. En este punto resulta irrenunciable imponer a los «realistas» la obligación de que asuman el idealismo exigido por los idealistas. No es una redundancia, es una exigencia, que ―más pronto que tarde― puede disponerse imperativamente en el Código Civil de una democracia posmoderna. La democracia misma es un idealismo político incuestionado como tal.

El poder del idealismo en la Edad Contemporánea ha sido siempre el de una triple negación: la negación de la realidad (yo soy la verdad ―la realidad exterior se equivoca, yo no―), la negación de la objetividad (todo es subjetivo ―menos lo que digo yo―) y la negación de la ciencia cuando esta última demuestra las falacias de los ideales exigidos (la razón no sirve para explicar la complejidad de la vida ―mis sentimientos sí sirven―). El idealismo es un formalismo incompatible con la realidad que el propio idealismo, paradójicamente, exige asumir. Es una teoría capaz de afirmar que, si algo falla, la culpa la tiene la realidad, no el idealista. El idealista, como el narcisista, es incapaz de asumir cualquier responsabilidad. La culpa la tienen ―siempre― los demás.

El poder del idealismo es el poder del número, es una fuerza cuántica, no cualitativa, cuyo destino es el fracaso colectivo, masivo y global. Naturalmente, se trata de un fracaso invisible.

Sólo los débiles necesitan el idealismo. Los fuertes pueden asumir emocionalmente, y cognoscitivamente, el fracaso, mediante el desengaño personal y a través de una capacidad de reacción para rehacerse de nuevo, en condiciones compatibles con las exigencias de la realidad. Los pedantes a esto lo llaman resiliencia. El idealismo debilita enormemente cualquier tipo de sociedad humana, a la vez que la hace creerse ―de forma ilusa y equivocada― más fuerte que las demás. La Alemania nazi es en este punto un ejemplo de referencia histórica y universal. Lo mismo ocurre con los individuos: la fortaleza emocional del idealista se basa en el fanatismo. Es una fuerza altísima y potentísima. Tan poderosa como cegadora. Y esa ceguera es la que, ante la realidad que no ve, le hace fracasar por completo. Porque la realidad no tolera a quien no es compatible con ella. El desenlace de todo idealismo es el fracaso más absoluto. Pero es un fracaso que no se ve, muy diferido, y que nuestra sociedad evita declarar públicamente, entregada, como está, a la promoción y defensa a ultranza de todos los idealismos.

De hecho, el idealismo tiene un final trágico, porque, como toda tragedia, sus causas son invisibles y sus consecuencias irreversibles. Si fuera visible, es decir, prolépticamente inteligible, el fracaso, como la tragedia, se evitaría. Un exceso de sensibilidad nos priva, con frecuencia, de un mínimo de inteligibilidad. El mínimo necesario para evitar el fracaso. A Edipo le ciega la pasión; a Narciso, el idealismo de su propio ego. Los idealistas tienen la tragedia delante, pero no la ven. Viven en la indefensión más absoluta, pero no lo saben. Y pueden entregar su vida por una causa que ―ideal y falsa― consideran suprema, sublime y ―por supuesto― moralmente imperativa y necesaria. El imperativo categórico kantiano es una orden por las buenas. Viven como monomaníacos de ideales que imponen en su propio nombre ―el yo― o en nombre de una colectividad en la que obsesivamente se integran ―el nosotros―. El idealista nunca está solo. Nunca. El idealista es miembro servil de un ejército unanimista y ciego. Siempre hay un Führer narcisista que pastorea rebaños de Narcisos. Dicen de este modo dar sentido a sus vidas, cuando en realidad lo que hacen es darles un pseudosentido idealista y radical, que sólo puede desembocar en un fracaso violento.

La Edad Contemporánea, de la mano del idealismo alemán, heredero sin duda del idealismo fideísta luterano, ha engendrado y promovido formas de ser absolutamente obsesionadas con imperativos idealistas de vida. Ha construido un prototipo humano que considera que puede vivir en una realidad personalizada, hecha a su propia escala hedonista, en la que su egolatrado ego sea la unidad definitiva de medida y exigencia de todas las cosas. Hasta tal punto que el prójimo está obligado imperativamente a satisfacerle ―y a obedecerle― en el cumplimiento de cada uno de sus ideales personales y egotistas, yoístas y egocéntricos. Esto es el narcisismo, en cualquiera de sus facetas, géneros y pulsiones. Todas ellas patológicas.

El respeto posmoderno hacia el narcisismo del siglo XXI explica que el fracaso humano no se publicite. Pocos saben de primera mano que más de la mitad de la gente que se dedica a «los negocios» acaba en la ruina. Ningún escritor quiere ―ni puede― admitir hoy que su supuesto éxito editorial no se debe a un talento literario, ni a su propia inteligencia poética (de la que carece), sino al empeño mercantil y empresarial de grupos financieros que hacen caja con sus libros en los actuales supermercados de libros, establecimientos comerciales a los que de ninguna manera se les puede llamar librerías. Si un escritor hoy es «genial», no lo es por lo que escribe, sino porque los genios son quienes han diseñado y promocionado la campaña publicitaria de su obra, la cual se extinguirá en menos de 90 días. La zanahoria caduca en tres meses.

Casi nadie sabe que la vida de un profesor universitario es un autoengaño institucional promovido por las agencias de calidad y de evaluación de la papelería académica, el gran camión de la basura de la enseñanza superior. Algún docente ha hablado en redes sociales de que la enseñanza actual es un engaño para todos los estudiantes, y claramente les ha dicho ―en un sazonado presente continuo muy anglosajón― «querido alumno: te estamos engañando». Sí, se engaña a los alumnos, es cierto: tanto como los profesores nos engañamos entre nosotros. No conviene olvidar la viga en el ojo propio. Y una prueba de que algo así ―el engaño al alumnado― todo el mundo lo sabe y lo sabía es que, después de anunciarlo de forma pública y sonora, absolutamente todo sigue exactamente igual que antes: intacto. A la gente le encanta que la engañen ―mundus vult decipi (el vulgo quiere ser engañado, reza el adagio latino)―, y el alumno universitario, lejos de ser una excepción, es el ejemplo más juvenil, alegre y sofisticado de Narciso. No hay mejor engaño que el que resiste más allá de su descubrimiento y publicación. No pasa nada: su revelación no altera el éxito de la fullería, que continúa sin alteraciones. Narciso es el dios del siglo XXI. Capítulo interesante será la visión de su derrumbe divino: el ocaso de Narciso. Un buen título ―que les regalo― para una novela de autoayuda. El narcisismo es la crónica de un fracaso anunciado. El ocaso imposible de Narciso está asegurado en nuestro tiempo.

Sin embargo, el fracaso que se exhibe vulgarmente en redes sociales no es realmente un fracaso, sino una forma narcisista de buscar complicidades emocionales. Es uno de los múltiples géneros estéticos de la autoayuda narcisista. El narcisismo de la modestia, de la humildad o de la derrota. El narcisismo incluso de la ignorancia, del que se jactan algunos intelectuales, que afirman no saber usar el correo electrónico, por ejemplo. Kavafis dedicó a aquel motivo literario todo un poema, admirado esencialmente por los narcisistas de la derrota: «Ítaca». Toda la lírica del siglo XX es un cántico al narcisismo de la derrota y a la placidez estética del fracaso. Es un excelente narcótico seductor de narcisistas. Es el narcisismo, y no la genialidad, lo que explica el éxito de la denominada incomprensiblemente «poesía de la experiencia». ¿Experiencia? ¿De qué? De la vagancia.

El narcisismo es la lucha que un idealista mantiene contra la realidad de su propio yo, negándola. El narcisista sabe que realmente no sirve, que no vale, para hacerse compatible con la realidad, y por ello mismo se inventa una realidad alternativa, virtual e idealizada. Y se rodea de las dramatis personae que mejor le convienen. El actual mundo posmoderno no sólo lo permite, sino que lo promueve, estimula y galardona. El siglo XXI premia el narcisismo en todos sus géneros, incluido ―sobre todo― el más extremadamente maligno y luzbelino.

Todo este trampantojo verbenero permite al narcisista olvidarse de que no es compatible con la realidad. Pero la realidad, como la muerte, nunca falta a ninguna de sus citas. Si alguien se divorcia excesivamente de la realidad, ella misma se encarga de corregir esa desviación, cobrando alta la factura. Pero para un narcisista, como para casi todos los idealistas, los signos reales ―los signos de la realidad― son ininterpretables. Lo suyo no es la semiótica de lo real. El fracaso es la distancia que separa a los idealistas de la realidad. Y el narcisismo es la negación del fracaso que se tiene delante. El fracaso se manifiesta de múltiples formas: la guerra, el crimen, el divorcio, la deuda impagable y creciente, el suicidio, la revolución política, las ideologías, la utopía, la superchería, las religiones, el cadalso, las filosofías de todas las naciones, las democráticas elecciones nacionales y supranacionales ―¿cuántos fracasos no han logrado disimular unas elecciones democráticas?―. El narcisismo es una forma ―patológica― de idealismo. Y su destino es el fracaso. La curación es realmente difícil. Además, el rendimiento mercantil del narcisismo es altísimo. Es una de las principales fuentes de energía financiera de nuestro tiempo. El narcisismo es uno de los motores económicos del siglo XXI.

El poder permite ejercer el narcisismo. Y preservar ―diuturno― el ejercicio del narcisismo, demorando el fracaso lo más posible. Pero sin evitarlo a largo plazo. Porque dilatar un fracaso es prorrogar un calvario. Un narcisista sin poder no es un narcisista de verdad, es un gilipollas. Un donnadie, víctima cruda de su propio ego minusculizado. A Narciso le gusta el poder. Es su salvoconducto y golosina, su fortín y su blindaje, su imagen y su espejo. Su hogar y también sus propias fauces. Le preserva del fracaso, que le sobreviene ―inmediato― cuando pierde el poder. Pero el poder, cualquier forma de poder, es una ilusión temporal, aunque funcione del mejor modo posible durante un tiempo lisérgico y embelesante. El poder es una bomba de relojería cuyo temporizador desconoces.

Un ejemplo básico y masivo de narcisista sin poder es el consumidor de redes sociales. Lo llaman usuario, cuando en realidad es un consumidor, una víctima de Narciso y de Aracne, es decir, de sus propias limitaciones y a merced de la tiranía administrada por quien ha tejido la red, es decir, la tela de la araña, en que se desangra emocionalmente su ansiedad y su tiempo. La erosión psicológica del narcisista es brutal. Consumidor y productor de contenidos para redes públicas, vive así esta atrición emocional, desesperante y teatralizada. Estos infelices narcisos ―comentaristas de internet sin apenas saber leer ni escribir (no saben que no saben)― alimentan la red para facilitar el tráfico de dinero y las actividades mercantiles de otros. Ésa es su función básica. Son transmisores internáuticos de dinero ajeno. Son también potentes publicistas gratuitos de logros de otras personas, a las que promocionan creyendo discutirlas o censurarlas. Pero en todo caso, las promocionan siempre. Generan siempre lo contrario de lo que se proponen, porque ―idealistas y narcisos― siempre desconocen e ignoran las consecuencias reales de sus actos. Son el plancton necesario a los mercenarios del comercio global. Mercatransmisores, soportes publicitarios y consumidores inconscientes, a los que se promueve haciéndoles creer en un concepto tan vago como vacuo: creadores de contenido. De nuevo, la zanahoria. El único valor de ese contenido es contribuir a la mercatransmisión globalista del dinero que generan internet y sus redes sociales, y del que, en el mejor de los casos, reciben una parte ridícula, porque el más alto porcentaje se lo lleva la fiscalización del Estado ―y, sobre todo, la araña que teje la red (no trabaja gratis las araña que teje la red)―, un Estado hoy subordinado a los intereses de los amigos del comercio global, quien de hecho ha diseñado arácnidamente la «creatividad» de las redes sociales y sus seductoras y adictivas patologías.

Hoy Narciso ya no es el hijo de Cefiso y Liríope. Ya no hay dioses fluviales ni ninfas risueñas en las redes ―sociales― de tu vida. Hoy Narciso es un arácnido engendro de internet. Hoy Narciso eres tú.


Jesús G. Maestro


Utilidad mercantil del narcisista:
idealismo y narcisismo de un mercatransmisor en redes sociales

El ser humano deja de ser una criatura diabólica cuando comienza a comprender lo que es la literatura

 


Fuseli, Henry - La pesadilla


Entrevista de Alonso Rabí Do Carmo a Jesús G. Maestro


1. [Alonso Rabí Do Carmo]: En un mundo dominado por la tecnología, la inmediatez, el pragmatismo sin ética y la banalidad sin fin, ¿cuál es el destino de la literatura? ¿Está acaso en peligro de muerte?


[Jesús G. Maestro]: La literatura no tiene ningún destino específico. El futuro se construye, no se adivina. El futuro de la literatura y el futuro de cualquier otra cosa. Presuponerle a la literatura un destino es un idealismo. Acaso también una presunción. La literatura, como el sentido del humor o de lo trágico, se escribe y se construye según la inteligencia de la que se dispone. Cuando el mundo era diferente a lo que hoy es, y me permito dudar de que esencialmente haya sido alguna vez diferente a lo que actualmente es, la literatura era indiferente a las pretensiones del destino y de las utopías de los seres humanos. La literatura no depende del destino del mundo: la literatura depende de la inteligencia humana. En todo caso, es innegable que en una sociedad sin tecnología, sin prisas y sin pragmatismo, hay literatura igual que la hay en una sociedad de signo contrario. Este hecho lo he explicado en mi obra Genealogía de la literatura, donde se interpreta la literatura según una conjunción de conocimientos críticos o acríticos, racionales o irracionales. Una sociedad pragmática no da lugar necesariamente a una literatura ni mejor ni peor que la que se puede originar en una sociedad estéril. Por otro lado, la banalidad, sea del bien, sea del mal, no asegura por sí misma una buena literatura, ni tampoco una mala literatura. La banalidad del mal, como la banalidad del bien, en sí misma no significa nada. Vincular el valor de una obra literaria a un determinado tipo de sociedad es algo que en sí mismo tampoco explica nada. Sugerir que un mundo no sometido a la tecnología o a la inmediatez, por suscribirme a los términos de la pregunta, da lugar a una literatura de menor calidad que la que genera otra sociedad es un error. Por otro lado, aplicar a la literatura la idea de un «peligro de muerte» es algo más humano que literario, más apocalíptico que realista. La literatura aparece y desaparece a lo largo de la geografía y de la historia, como aparecen y desaparecen, crecen o disminuyen, muchos otros aspectos y variables, como son la libertad, la inteligencia, la razón o simplemente la estupidez. Tocante a literatura, estamos hoy como siempre. Rodeados de parásitos, de tontos charlatanes y de inteligentes que, atentos a su astucia, esperan su momento. Los genios lucen más después de muertos. Sobre todo, una vez que el poder ha controlado las consecuencias de su genialidad. La literatura atrae a todo tipo de parásitos, sofistas, charlatanes y apocalípticos, que viven de ella como cualquier vendedor de humo vive de sus vacuidades, desde la felicidad o la geopolítica hasta la aruspicina o el tarot.

 


2. [ARDC]. Humanoides letrados: ¿Pesadilla o próxima realidad? ¿Qué es lo peor y lo mejor que tiene la inteligencia artificial que ofrecerle a la literatura?


[JGM] La literatura y la inteligencia artificial no tienen nada que ver. La literatura es obra de la inteligencia natural humana y de sus posibilidades de racionalismo. La inteligencia artificial es una pseudointeligencia, una programación de combinaciones infinitas y selectas que ofrece al ser humano determinados resultados y posibilidades optimizadas. En el caso de la literatura, la llamada inteligencia artificial es útil a los autores de kitsch y modelos ortodoxos de pseudoarte. Sirve al mercado y a la producción mecanizada de textos y productos cualesquiera. La literatura, la verdadera literatura, valga la redundancia, es totalmente indiferente a la inteligencia artificial. Quien no es indiferente a las tentaciones que le ofrece la inteligencia artificial es quien carece de la inteligencia natural necesaria para escribir obras literarias. El lector que, sin formación literaria, no desea adquirirla es y será siempre indiferente a la literatura. Y para este tipo de lector cualquier cosa puede pasar por literatura, desde un código de barras hasta el prospecto de un medicamento, lo elabore una inteligencia artificial o lo redacte un chimpancé tecleando una pantalla digital.

 


3. [ARDC]. En el mundo de hoy la educación se orienta cada vez más a alimentar el mundo laboral, olvidando que la educación toda es un proceso formativo en el que se adquieren conocimientos, claro, pero también valores fundamentales como el pensamiento crítico. ¿Qué hacer?


[JGM] Pues cada uno hace lo que puede, lo que sabe y no lo que quiere, sino lo que le dejan hacer. Yo no creo que la educación organizada de espaldas al mundo laboral sea mejor, ni más valiosa, que la educación orientada en función del mundo laboral, empresarial o mercantil. Es, simplemente, una educación diferente. Es común entre determinados idealistas de una supuesta educación humanista considerar que una educación ajena a intereses empresariales es más valiosa. Eso es un espejismo más, entre muchos otros espejismos. Es incluso una forma de narcisismo gremial, muy propio de humanistas y académicos, y también una forma de supremacismo moral, intelectual y hasta clasista. Algo en realidad ridículo y también grotesco, sobre todo porque resulta irrelevante y económicamente muy empobrecedor. La sofística enriquece más y mejor que el humanismo. Y hay que advertir que la mayor parte de los humanistas son unos sofistas profesionales y de medio pelo. Esta actitud o creencia de que una educación en valores ajenos a lo mercantil resulta más valiosa que otras es en el fondo una forma de legitimar un ascetismo idealista y fabuloso, es decir, de justificar erróneamente una vida irreal, y francamente empobrecida, al margen del mercado y de sus exigencias. No hay que olvidar que, hasta cierto punto, las exigencias del mercado son las exigencias de la realidad, sobre todo en un mundo como el actual, donde el mercado se ha apoderado del Estado, globalmente y acaso con intenciones seculares, es decir, durante los próximos siglos. Los humanistas han sido (casi) siempre así: narcisistas, parasitarios y engreídos en su propia esterilidad. Erasmo es un magnífico ejemplo. Siempre han recelado de todo aquello que puede hacerles competencia, sea el dominio de la Iglesia (a la que se subordinaron cuando les hizo falta), sea el poder del Estado (con el que colaboran siempre que pueden y del que reciben subvenciones, ayudas y premios), sea el afán depredador del mercado (al que se venden felices y contentos de la forma más barata que puede constatarse tan pronto como pueden), sea el poder de ciencias cuyo desarrollo les hace sombra (ciencias a las que fingen interpretar desde una ignorancia con frecuencia supina y absoluta). En realidad, todo saber es útil y necesario, venga del mercado, o de cualquier otra parte, si nos permite hacernos compatibles con la realidad y conocerla para preservar nuestra supervivencia biológica. Lo que se haga con la vida es ya otra cuestión, que afecta a la moral (la vida del grupo) y a la ética (la vida del individuo), entre otras muchas cosas. Por otro lado, cuando se habla de «pensamiento crítico», confieso que no sé realmente de qué se habla. Pensamiento crítico, ¿de qué? Hoy se observa que muchas personas que se declaran críticas por su forma de pensar, cuando exponen lo que dicen pensar, dejan en evidencia que ni piensan ni saben lo que es la crítica. Sus pensamientos son emociones en el vacío, o más simplemente aún: son reacciones emocionales suscitadas por ilusiones, espejismos o ideologías. Y sus críticas son ocurrencias fugaces, pasajeras o completamente ridículas. Yo recomendaría a muchas personas que pierden su tiempo prestando atención a quienes dicen dedicarse o ejercer el pensamiento crítico, que se pregunten en qué trabajan estos pensantes críticos, y que constaten que estos timadores, en la mayor parte de los casos, no trabajan en nada útil. Entre otras cosas, porque lo que dicen pensar no son, en realidad, más que tonterías y ocurrencias. Eso sí, muy seductoras. Téngase en cuenta que cuando se admira en demasía la inteligencia ajena, tal vez la causa es que, simplemente, se carece de inteligencia propia. A veces, la inteligencia del prójimo es sólo un espejismo resultante de la ignorancia en la que uno mismo vive sin saberlo.

 


4. [ARDC]. Es muy claro el retroceso de las Humanidades, tanto en las escuelas como en las universidades. Se las considera imprácticas, verbosas, incapaces de resolver problemas concretos. Tengo la incómoda impresión de que en estos días ser profesor de literatura es pertenecer a una especie en extinción, o en la versión más mejorada de este pesimismo, alguien excéntrico.


[JGM] A las humanidades se las considera así, inútiles, porque los humanistas son también así, inútiles. La mayor parte de los humanistas ni son humanistas ni son nada, y no sirven ni a las lenguas ni a las literaturas, ni absolutamente a nada ni a nadie. Son parásitos. Hoy ser profesor de literatura es ser lo de siempre. Hay profesores de literatura muy bien formados, pero son poquísimos. Como siempre ha ocurrido. La mayor parte, como Vd. dice de las humanidades, son personas rábulas, inútiles, irresponsables incapaces de resolver cualquier tipo de problema. Esto es una realidad totalmente innegable. El fracaso de las humanidades es resultado del fracaso de quienes se dedican a ellas. La mayor parte es gente que no sirve para nada, y se mete en esta profesión, la de profesor de literatura, para disimular su inutilidad. Es una forma de parasitismo. La crisis de la clerecía ha provocado un crecimiento del parasitismo humanista y académico. La gente ha cambiado el seminario por la universidad. La filosofía es una secularización de la religión. Las Iglesias están vacías y las Facultades de Filosofía están saturadas de gentes que en otro tiempo no serían otra cosa que seminaristas. En una generación más, esto también habrá cambiado, y los llamados filósofos se dedicarán a la autoayuda, es decir, a vender humo. De hecho, la filosofía siempre ha vendido humo: lo que ha cambiado es su clientela. Primero han sido los creyentes en dioses, divinidades y criaturas metafísicas. Es la etapa en la que la filosofía está al servicio de la religión. Después, con el triunfo de la Ilustración y de la razón secular, la filosofía se pone al servicio del Estado y de las ideologías políticas. Sus nuevos clientes son los votantes y los partidos políticos: las creencias ya no religiosas, sino políticas. Los nuevos dioses son los estadistas, los superhombres, los duces, Führer y caudillos. Hoy, agotados todos los productos religiosos y políticos, la filosofía vende el humo de la autoayuda. Son los nuevos clientes. De buscadores de dioses, los filósofos han pasado a ser inventores de superhombres, y hoy, actúan como ingenieros de la felicidad y otras  monsergas por el estilo. Eso es la filosofía: un timo atractivo y seductor, con atavío académico, retórica solemne y un lenguaje casi onírico y quimérico. El resultado es una forma acomodada de ejercer la pseudociencia.

 


5. [ARDC]. En una conversación con un intelectual de mi país, surgió la idea de que hacer y practicar humanidades era una forma de ejercer resistencia. ¿Suscribiría esto?


[JGM] Pues no lo sé, porque para poder suscribir algo así tendría que saber a qué se resisten las actuales humanidades, cuáles son sus contenidos y contra qué se oponen. ¿A qué se resisten? Yo en las humanidades y en los humanistas solamente veo colaboración con el poder. Concretamente, con el poder que más calienta. Un poder cambiante y mutante, por supuesto, al igual que los intelectuales y humanistas, perfectos heliotropos del amo de cada época y lugar. En realidad, veo todo lo contrario a resistencia: constato sumisión, obsecuencia y servilismo. Hoy cualquiera de nosotros puede observar que bajo el rótulo de «humanidades» cabe cualquier cosa: filosofía (pero... ¿qué filosofía?, porque unas son incompatibles con otras), ideologías (pero... ¿qué ideologías?, porque hay muchísimas, y casi todas luchan también unas contra otras), credos, fideísmos, culturas, indigenismos, fanatismos y hasta religiones... Por lo tanto, habrá que delimitar muy bien cuáles son los contenidos de esas humanidades de las que hablamos. Por otro lado, observo igualmente que quienes dicen hablar en nombre de las humanidades son gentes bien acomodadas en el sistema, trabajan en colaboración con diferentes poderes. Veo, sin ser visionario, profesores de universidades del primer mundo muy bien pagados por un aparato político e ideológico que los promociona, edita y galardona globalmente. Por eso me pregunto, no sin razones, en dónde está esa resistencia, y contra quién se ejerce. La supuesta resistencia de las humanidades es una farsa, un idealismo, un autoengaño, un timo o un mito, si se permite el anagrama. Muchos humanistas ―no generalicemos acríticamente― viven en perfecta consonancia con el poder. Hoy, como ayer. No necesitan oponerse ni resistirse a nada. No hay ninguna razón para ellos ni para ello. Hoy una gran mayoría de intelectuales europeos animan a las multitudes a ir a una guerra. Lejos de rechazar la guerra, estos intelectuales exigen que Europa se rearme, y agitan a las masas a guerrear. Pero no veo que ninguno de estos intelectuales se haya alistado en ningún ejército ni frente de guerra. ¿Dónde está, entonces, la resistencia de las humanidades? Yo sólo veo colaboracionismo de estos humanistas con el poder político. Si tanto quieren proteger al pueblo de una guerra, en lugar de animarlo a guerrear, deberían ser ellos quienes lo defendieran alistándose en el ejército que consideren oportuno. ¿Por qué no rehabilitan, con el ejemplo, la clásica tradición de las armas y las letras? Si quieren guerra, que vayan ellos al frente de guerra, pero que dejen al pueblo en paz, nunca mejor dicho. Porque hoy el pueblo sabe que la guerra es la distancia que separa a los idealistas de la realidad. Y lo saben mejor que todos esos intelectuales y humanistas que incitan a la guerra en tiempos de paz. Hoy, como ayer, muchos de estos intelectuales ―insisto en no generalizar― son los mayores idealistas de una sociedad. Y los idealistas son los más peligrosos recursos humanos de cualesquiera totalitarismos. Son sus fuerzas armadas básicas.

 


6. [ARDC]. ¿Cómo se explica usted estos retrocesos educativos? ¿El solo poder de las agendas conservadoras es suficiente para eso o hay más? Se cambian los finales de obras clásicas para no ofender a ciertos auditorios, en el peor de los escenarios se prohíben y censuran libros y autores. ¿A dónde vamos?


[JGM] Vamos a donde siempre hemos estado: a una lucha constante por la libertad. Los retrocesos educativos, como los avances educativos, son ciclos históricos, geográficos y políticos, como son todas las cosas, y también la literatura misma. Los programas y las agendas conservadores, como los de sus adversarios, son cambiantes y mutantes, como sus propias denominaciones (Ilustración, idealismo, marxismo, krausismo, socialismo, comunismo, globalización, «woke», etc.). La polionomasia es infinita. Hoy son unos y mañana otros. Las gentes de cada época y lugar hipotecan sus vidas defendiendo a unos o a otros según momentos, circunstancias y variables. Pero en esencia todo sigue igual: unos oprimen y otros son reprimidos, unos hacen de inquisidores y otros de herejes. En todas las épocas se ha interpretado el pasado, y también el presente, según el poder imperante. Hoy, igual. Cambia quien ejerce el poder y cambia el contenido de la censura, pero el poder como tal y el acto de censurar como tal siguen vigentes. Hoy, como siempre. Esperar lo contrario es un idealismo, una vana espera. Si alguien pensaba que la democracia era un sistema político diferente a otros, en nuestro presente siglo XXI tiene las respuestas necesarias para desengañarse. Cada cual que haga y que piense lo que quiera, pero lo cierto es que, en plena democracia, la censura se impone con la misma fuerza que en siglos pasados bajo absolutismos feroces y reprobables. Digo con la misma fuerza, pero no siempre con las mismas consecuencias. Hoy no se quema a la gente viva en una hoguera, ni se la guillotina en una plaza pública. Por el momento. Pero no es menos cierto que muchas personas esperamos de la democracia algo más que la derogación de hogueras y guillotinas. Ha sido un paso decisivo, pero sospechamos que es insuficiente, y tememos que puede resultar reversible. ¿A dónde vamos? Yo no lo sé. No manejo la presciencia ni la aruspicina. Pero espero que no volvamos a revivir feroces tragedias como las del pasado más reciente, tragedias como las de una Alemania que legitimó en el poder a los ingenieros del nazismo tras la primera posguerra mundial y hasta su derrota en mayo de 1945. Acaso vamos hacia un mundo en el que la democracia se comporta ya de hecho y de derecho como un nuevo totalitarismo, pero con formas insólitas y tal vez no tan cruentas como en otros tiempos pasados. Eso lo sabrán quienes sobrevivan a la primera mitad del siglo XXI. Porque cuando la democracia se comporta como si fuera un totalitarismo es posible que la democracia sea ya un totalitarismo que finge ser una democracia.

 


7. [ARDC]. Pasemos a un tema quizá más grato. Cervantes y el Quijote. Usted subraya la plena vigencia del Quijote. Parecería un acto contradictorio en la medida en que Don Quijote se lee de verdad ―si es que se lee― recién en el punto más temprano de la adultez…


[JGM] No sé a qué edad la gente que lee el Quijote lee el Quijote. Yo lo leí con 14 años, y lo seguí leyendo desde entonces en varios momentos de la vida. Lo he estudiado a fondo, según mis posibilidades, y he dado cuenta de ello en mi obra Crítica de la razón literaria, en concreto en el volumen 20 de los 25 de que consta esta obra, titulado Anatomía del Quijote. No creo que una persona adulta, por el hecho de ser adulta, tenga más capacidad de comprensión que otra joven por ser joven al leer esta novela. La capacidad de interpretación depende de la formación adquirida, y no tanto de la experiencia o de los años acumulados. El diablo no sabe más por viejo que por diablo. Eso es una gran mentira disfrazada de paremia. El diablo nace viejo, podríamos decir, y, como todo ser humano, nace sabiendo maldades innatas. El diablo sabe más por humano que por diablo. Y los diablos no leen el Quijote. De hecho, el ser humano deja de ser una criatura diabólica cuando comienza a comprender lo que es la literatura.

 


8. [ARDC]. Hay múltiples maneras de interpretar la vida de Alonso Quijano, luego don Quijote. El idealismo, la locura, la ilusión barroca, etc. ¿Qué se lee contemporáneamente, hacia donde van las recientes lecturas del Quijote?


[JGM] A donde han ido desde la Ilustración y el Romanticismo: hacia el idealismo más estúpido. Cuando alguien me dice que ha leído el Quijote y con él ha aprendido a soñar, en primer lugar, me pregunto qué tipo de chorradas puede soñar, y en segundo lugar me digo (a mí mismo, porque a tal interlocutor no tengo nada que decirle)... «otro que no se ha enterado de nada».  El idealismo es esencialmente una invención germana, luterana primero y kantiana después. Hitler creyó en ella atrozmente. Y ya sabemos cómo acabó esa monstruosísima barbaridad. Los sueños de los idealistas provocan insomnio. Son salubérrimos para enloquecer y fracasar. Creer en las utopías de los idealistas conduce a horrendos mataderos humanos. Los griegos homéricos inventaron la ficción, pero no el idealismo. Los hebreos patentaron las Sagradas Escrituras. Es el idealismo del dogma. Pero la literatura es otra cosa. La literatura no es ni dogma ni utopía. Es ficción. El sentido de la ficción es algo de lo que carecen los curas y los filósofos. Les cuesta trabajo comprender la ficción. De hecho, no la comprenden. Se toman la ficción en serio. Se siente deslegitimados y ofendidos por la ficción. El dogma y la utopía los atenaza y no les deja ver más allá de lo que les ofrecen sus propios fantasmas, a los que tratan como entes y criaturas reales. Los filósofos ven mónadas, noúmenos, espíritus absolutos, demiurgos, dioses ―como los curas―, cosas pensantes, superhombres, inconscientes, figuras como el Da-Sein y espectros de todo tipo. El mundo hispanogrecolatino depositó la ficción en el arte, no en la política. Ningún hombre de Iglesia puede admitir que su Dios es una ficción literaria. La política nunca creyó en la religión, sino que la usó como un medio de organizar la vida social. Con frecuencia de forma cruenta. Hoy, sin embargo, un gozque es más terapéutico que un cura.

 


9. [ARDC]. En la universidad un profesor muy entusiasta definía el Quijote como libro de libros, libro para lectores y manual para escritores. ¿Sigue siendo así?


[JGM] Del Quijote cualquiera puede decir cualquier cosa. Es una forma de hacerse publicidad. Esa afirmación de que «el Quijote es un libro de libros, un libro para lectores y un manual para escritores» puede decirse del Quijote, del derecho penal o de un código de barras. Es propio de un profesor de universidad hacer ese tipo de afirmaciones. Me recuerda a las de Tomás Rueda, ese personaje cervantino que se creía de vidrio sólo porque se comió el membrillo de una cortesana y su inmadurez sexual no le permitió estar a la altura, un tontaina que llena la novela que lleva su nombre de un cúmulo de afirmaciones estúpidas y vacuas, que causan la admiración simplona de los profesores, doctores y teólogos universitarios que dicen haberle dado clase. Una burla pavorosa de Cervantes a lo que hay dentro de la Universidad.

 


10. [ARDC]. Hay muchas audacias en el Quijote. Me parece ver que en la relación entre Cervantes y Cide Hamete, como autores, está el germen de ese famoso cuento de Borges titulado «Pierre Menard, autor del Quijote».


[JGM] Ese cuento de Borges es una soberana tomadura de pelo. Sirve para que con él se entretengan teóricos de la literatura de alto voltaje, cuyo objetivo es resolver problemas que no existirían si no existiera la Teoría de la Literatura. Borges es una castalia de sofismas. Un venero de ocurrencias para teóricos y parásitos de la literatura. Es muy rentable. Una cita de Borges queda bien en cualquier parte. Sirve para todo porque no sirve realmente para nada.

 


11. [ARDC]. El corpus de biografías de Cervantes es muy considerable en volumen. ¿Usted como lector, cuál de ellas recomendaría y por qué?


[JGM] Todas dicen lo mismo. Leyendo una, una cualquiera, se han leído todas. No en vano todas se refieren al mismo autor: una persona genial que escribió la más valiosa literatura de todos los tiempos como si él mismo, Miguel de Cervantes, no hubiera existido ni vivido jamás en ninguna parte. Sospecho que Cervantes era de origen gallego. No puedo demostrarlo, pero intuyo que su genealogía está en Galicia. Y digo lo que he dicho ya muchas veces: todos los españoles comunes y corrientes, aquellos que no formamos ni hemos formado nunca parte de las élites, somos un Cervantes que no ha escrito el Quijote.

 


12. [ARDC]. ¿Qué obra de autor español contemporáneo le parece particularmente destacable desde su punto de vista?


[JGM] Después de Cien años de soledad no se ha escrito nada superior a esta epopeya contemporánea del mundo hispano. A partir de aquí, cada cual puede hablar de sus gustos ―y disgustos― personales y literarios como le venga en gana. Yo digo lo que pienso.

 


13. [ARDC]. Se han discutido largamente los méritos científicos de la teoría literaria. ¿Es ciencia la literatura o puede aspirar a serlo? Suponga que se lo pregunta un párvulo…


[JGM] La tesis 4 de la Crítica de la razón literaria dice explícitamente que «la literatura no es una ciencia», y lo explica con las siguientes palabras: «La literatura no es una ciencia ni una filosofía, aunque pueda contener informaciones científicas o aseveraciones filosóficas: la literatura es una obra de arte poética y ficticia, que exige, más allá de lo sensible, una interpretación inteligible, en términos racionales, críticos, científicos, dialécticos y sistemáticos, la cual constituye un desafío permanente a la inteligencia humana». Afirmar que la literatura es una ciencia es una absurdidad del tipo «el agua oxigenada es una ciencia» o «un podenco es una ciencia». Pero los filósofos tienen más ocurrencias que los poetas. Cada cual se gana la vida como puede. Lo comprendo. Los párvulos no preguntan sobre lo que ignoran, porque no son conscientes de lo que ignoran. Los párvulos preguntan ocurrencias, con frecuencia filosóficas: ¿si un árbol se cae y nadie lo oye caer, hace ruido o no hace ruido? Dos filósofos podrían estar siglos debatiendo al respecto. Una persona trabajadora no puede permitirse tal ergotismo: tiene que ganarse la vida. Una pregunta que plantea si la literatura es o no una ciencia revela, esencialmente, una incapacidad previa y duradera ante la literatura y ante las ciencias. Una pregunta así implica, ante todo, una pésima digestión y estudio de ideas y conocimientos en relación con la literatura y con las ciencias. Una pregunta así es el resultado de una intoxicación filosófica grave. La filosofía, con frecuencia, estropea todo lo que toca. La filosofía, por desgracia, y es muy triste decirlo y aún más lamentable constatarlo, está muy adulterada por la ignorancia de la mayor parte de las personas que se dedican a ella.

 


14. [ARDC]. Usted ha dicho una frase polémica: «Los ricos no tienen ideologías, tienen dinero» y ha dejado la ideología en manos de los pobres. ¿Podría dar más detalle sobre esto?


[JGM] Sí, lo que dije exactamente, y está escrito en mi libro Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI, es que «los ricos no tienen ideología, tienen dinero: la ideología es la emoción de los pobres». Es tan evidente que no necesita en realidad ninguna explicación. Las ideologías son formas de organizar emocionalmente la ignorancia colectiva. En el pasado, la ignorancia colectiva se administraba a través de las religiones, la ortodoxia y la heterodoxia, las sectas y los heresiarcas, las inquisiciones y las hogueras. Lo hemos dicho. Hoy esta labor la llevan a cabo no las Iglesias, sino los partidos políticos, al menos en las democracias occidentales. A los ricos les importa muy poco la ideología que elijan los pobres. De hecho, promueven la libertad de elección y de cambio entre múltiples ideologías posibles. Para que los pobres escojan, muten y se entretengan bien hormonados emocionalmente con ellas. Lo que les interesa a los ricos, como es lógico, es gestionar el dinero particular y globalmente. Las ideologías son un medio más de ejecutar esas y otras gestiones. Antes era la religión, hoy es la ideología. Advierta que la filosofía siempre anda por el medio, buscando también su lugar y comedero. Antaño, la filosofía se ocupaba de los dioses ―que eran el instrumento del poder, el látigo―, y lo suyo ―me refiero a la filosofía― era coquetear con la religión, las sectas y las creencias metafísicas. Con el fracaso de las religiones y el éxito de la secularización de las creencias, la filosofía cambió de bando, y comenzó a coquetear con las ideologías, que daban más dinero y visibilidad que las religiones. Hoy el látigo son las ideologías. Unas y otras se flagelan entre sí, y todas ellas flagelan ante todo a sus miembros y seguidores. La secta vigila más a sus miembros que a sus enemigos, he oído decir. Es entonces cuando la filosofía se convierte en el motor y el combustible de la política. El siglo XVIII es el momento histórico en el que la cortesana cambia de cama. De la Iglesia al Estado. El marxismo es, en este punto, un movimiento clave. Los seminarios se vacían para llenar de recursos humanos a las Facultades de Filosofía. El resultado, como el objetivo, es el mismo: la gestión de las creencias colectivas, primero en nombre de la religión, después en nombre de la ideología. Hoy, en nombre de la autoayuda. Fíjese que la filosofía está en todas partes. Ayer, confesionalizada en las Iglesias, bajo la cobertura de la teología; hoy, secularizada y politizada en los partidos políticos, bajo la indumentaria plural de las ideologías. La democracia posmoderna hace el resto. ¿En dónde están los ricos? Donde han estado siempre: trabajando en sus negocios, haciendo caja. Los ricos trabajan mucho más de lo que los pobres imaginan. Y su vida no es tan fácil como se cree, ni como se idealiza desde las clases más bajas. ¿En dónde están los pobres? Donde siempre, sobreviviendo como pueden, haciendo milagros para llegar a fin de mes, y siempre hablando de política, e hipotecando su vida en nombre de una o varias de las religiones o ideologías que los administradores de emociones diseñan para ellos. Da igual que se les diga con palabras claras y precisas: la mayor parte de la gente no se entera de nada. La verdad se puede publicar a los cuatro vientos. Da lo mismo. La verdad no interesa a nadie. Y menos que a nadie a los filósofos. Con frecuencia se jactan de afirmar que son más amigos de la verdad que de Platón. En realidad, son, como todo ser humano, más amigos de los vicios que más virtuosamente dicen combatir, como lo es todo hijo de vecino. Sin duda, la gente prefiere la mentira. Siempre. El prejuicio es mucho más rentable que cualquier otra cosa. Entre el original y el sucedáneo, la gente compra el sucedáneo. El éxito del low-cost no es una casualidad.

 


15. [ARDC]. Usted tiene una clara vocación por la docencia y por la crítica. Me pica la curiosidad por saber si ha incursionado en la ficción, si a lo mejor es autor de una obra secreta…


[JGM] Sí, he escrito dos cuentos totalmente irrelevantes, que están disponibles en mi canal de YouTube, en estos dos enlaces. Se titulan Yo soy casi luzbelina (https://youtu.be/7bUXLlIZV0A) y Yo no soy una ficción (https://youtu.be/5ZqrlO8KKbU). Cualquiera puede acceder a ellos. He escrito más. Los publicaré cuando me parezca. Y aclaro acaso algo importante: yo no tengo vocación en absoluto ni por la docencia ni por la crítica. Yo tengo interés  en que la literatura tenga valor y en que el ser humano sea capaz de interpretar esos valores. Y hasta tal punto tengo interés en eso que he hipotecado mi vida para cumplir esos objetivos. Lo que cada persona haga con mis ideas ya no es responsabilidad mía. Yo hablo para que la literatura tenga valor, no para tener seguidores. No soy el flautista de Hamelín, ni trato a mis oyentes como a criaturas musoritas para exhibir estadísticas. Eso ya lo hacen los demás. Yo sé distinguir entre seguidores e intérpretes. Me quedo con los segundos, que, para mí son los primeros.

 


16. [ARDC]. ¿Le queda tiempo para leer por placer, más allá de las obligaciones de la academia?


[JGM] Nunca he leído por placer. Y nunca he leído con prisa. Por placer hago otras cosas que no tienen nada que ver con la literatura, ni con la lectura, ni ―desde luego― con el trabajo, que es aquello, el trabajo, que sólo hago por dinero. Es un grandísimo error considerar que la literatura tiene como fin el placer, porque considerar que la literatura es placer supone ignorar todo acerca de la literatura y, sinceramente, no tener ni la menor idea de lo que es el placer. La literatura no es un consolador. La idea de literatura como placer es, una vez más, una idea ilustrada y romántica, no absolutamente genuina del idealismo anglosajón, porque ya estaba en clásicos como Horacio, pero combinada en el mundo hispanogrecolatino con la exigencia de conocimiento. Esta exigencia de conocimiento la anglosfera la niega totalmente, porque ni la ve ni es capaz de afrontarla. De ahí que niegue, también, la posibilidad de interpretar científicamente la literatura y el arte, y reduzca ambas actividades humanas a una finalidad placentera, prostibularia o simplemente estúpida. Pero eso sí: siempre comercial. El mundo anglosajón convierte en dinero todo lo que no puede destruir. No por casualidad prohíbe todo aquello que no es rentable, desde el conocimiento científico de las artes hasta la sexualidad humana en contextos no mercantiles. Era Borges quien decía que sus noches estaban llenas de Virgilio. Pobre hombre. Yo no me voy a la cama con Virgilio, desde luego.


 

17. [ARDC]. ¿Qué ve en el futuro del libro y la lectura?


[JGM] Veo gente convertida en una hemorragia de emoticonos.



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Entrevista de Alonso Rabí Do Carmo a Jesús G. Maestro:
17 preguntas clave sobre Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI