Si no fuera por su voluntad intimidatoria y su intención amenazante, la más
realista de las profecías sería un cuento infantil que, como el gato con botas, ni araña ni caza ratones.
Las declaraciones atribuidas a David
Gross, Premio Nobel de Física en 2004, según las cuales la humanidad tiene muy
pocas probabilidades de sobrevivir más allá de los próximos cincuenta años,
constituyen un ejemplo particularmente interesante de un fenómeno más propio de
culturas milenarias que de sociedades civilizadas a la altura del siglo XXI: la
transformación de determinados saberes científicos en instrumentos de
adivinación y, finalmente, en relatos proféticos apocalípticos resulta más
espectacular que respetable.
Gross no es hoy un científico menor.
Su nombre pertenece al presente de la física moderna. Junto con Frank Wilczek y
H. David Politzer, formula el concepto de «libertad asintótica», un
descubrimiento considerado muy importante para comprender el comportamiento de
los quarks y la estructura íntima de la materia. Su autoridad en el campo de la
física teórica está hoy de moda. Mañana, ya veremos. Sin embargo, como profeta,
no nos dice nada nuevo. Es una lástima que el destino de algunos destacados
científicos desemboque en el género de las profecías antediluvianas.
A los intérpretes de la literatura no
suele sorprendernos que la filosofía, con frecuencia indiscernible de la
pseudofilosofía, sea la frontera que separa a la ciencia de la pseudociencia.
Sin embargo, aquí no habla un profeta religioso ni un ideólogo político. Habla
un físico laureado. Pero habla como si fuera lo que no es: un profeta, un viejo
bardo o un rapsoda del fin del mundo.
En una sociedad donde la ciencia
ocupa, a veces, un lugar de máxima autoridad cultural, el prestigio científico
funciona como una garantía de verdad, incluso cuando el objeto del discurso ya
no pertenece al campo científico originario.
La cuestión, sin embargo, no es si
Gross tiene conocimientos suficientes para comprender la probabilidad.
Evidentemente, los tiene. Pero hay probabilidades que —como los amores— matan.
La cuestión aquí es otra: ¿puede una metodología elaborada para estudiar
fenómenos físicos trasladarse sin más al desarrollo histórico de sociedades
humanas libremente cambiantes? Mi respuesta es que no.
El argumento de Gross es tan básico
como demagógico: si hay un riesgo anual determinado de guerra nuclear, basta
aplicar una fórmula probabilística —científica, diríamos— para calcular cuánto
tiempo tardaría en acumularse una probabilidad significativa de destrucción.
El cálculo matemático puede ser
correcto dentro de sus premisas, pero eso no significa que ocurra. Nadie compra
el número 00000 en la lotería nacional y sin embargo tiene las mismas
posibilidades de resultar premiado que cualquier otro número. El problema surge
cuando esas premisas se presentan como si fueran leyes inevitables de la
historia: leyes determinadas por un ser superior con el que el científico, el
filósofo o el sacerdote, toma el té todas las tardes.
La historia humana no funciona como un
sistema físico predecible. La libertad humana es un algoritmo infinito que no
cabe en ninguna fórmula matemática. Para bien y para mal, somos imprevisibles.
No somos átomos.
Una partícula no cambia de opinión. Un
quark no firma tratados. Una fuerza gravitatoria no negocia su destino ni sus
órbitas. El ser humano, sí. Una sociedad de homínidos está compuesta por
agentes que toman decisiones arriesgadas, modifican estrategias de forma
sorprendente, construyen y destruyen viejas y nuevas instituciones de forma
pacífica o violentísima y alteran las condiciones esenciales de un problema en
cualquier punto de su génesis o de su desarrollo sin previo aviso.
La guerra nuclear no es un fenómeno
natural comparable a una interacción elemental. Es, desde luego, una
posibilidad histórica, política y tecnológica. Depende de sujetos concretos, de
estructuras de poder muy especiales y de circunstancias que no permanecen
constantes durante décadas, ni siquiera durante unos breves segundos. Pero nada
es automático ni exactamente pronosticable.
La creencia en Dios no puede
reemplazarse objetivamente por la fe en las estadísticas científicas. Es un
error suponer que la ciencia se comporta como tú desearías que se comportara tu
Dios justo cuando lo necesitas. La ciencia no es tu divinidad. Ni tu demonio
particular.
La confusión a la que se prestan
declaraciones como las de Gross, sin duda deliberada por parte de ciertos
medios e instituciones, consiste en introducir una forma de determinismo
matemático allí donde sólo hay una probabilidad estadística.
Siempre ha habido en nuestras
sociedades grupos humanos empeñados en hacernos creer que no hay libertad y que
todo responde a un mecano superior a nuestra voluntad, algo así como una sala
de mandos gestionada por un Dios, un «Gran Hermano» o un «amigo imaginario»
exclusivo de nuestra familia, grupo financiero, equipo político.
La cultura contemporánea tiende a
sustituir con excesiva frecuencia las antiguas formas religiosas de predicción
del futuro por una versión tecnificada y pseudocientífica del mismo impulso
profético. Allí donde antes había revelaciones sobre el fin de los tiempos, hoy
aparecen gráficos de riesgo, porcentajes apocalípticos y modelos estadísticos
del fin de nuestra civilización.
El apocalipsis siempre ha tenido un
enorme atractivo porque ofrece una explicación de todo basada en nada. Todo
profeta adolece de un complejo de superioridad.
La ciencia es una actividad rigurosa
precisamente porque sabe distinguir entre verdades y mentiras. Cuando una
estimación de riesgo se transforma en un grimorio, el análisis científico se
convierte en escatología amenazante.
El científico interpreta la realidad siempre con sus dudas y reservas. El
profeta, por su parte, afirma —sin el menor fundamento y con el mayor descaro—
que sabe lo que ocurrirá, nos amenaza con ello y, además, se lo cree. Sin
embargo, nuestra libertad vale más que sus profecías.
Jesús G. Maestro
