¿Saben lo que es la Horowitz
Andreessen Academy? Pues es una institución educativa privada creada al margen
de la universidad tradicional, incubada y financiada inicialmente con 35
millones de dólares por el fondo de capital de riesgo Andreessen Horowitz y
respaldada por algunas de las principales empresas tecnológicas de Silicon
Valley. Aparentemente, se trata de algo irrelevante para cualquier universidad.
Pero las apariencias, lo sabemos desde antes del Quijote, siempre engañan. Esta academia oferta desde su
página web grandes esperanzas, con más fundamento que las de la novela de
Dickens, a jóvenes que acaban de terminar su bachillerato.
Lo que les plantea es un extraordinario éxito
laboral sin necesidad de pisar una universidad. No hablamos de cualesquiera
universidades, sino de las de élite, esas que siempre salen en los primeros
puestos de las clasificaciones de Shanghái, aunque luego alguno de sus
profesores haya presentado un currículum supuestamente fraudulento y todo
termine en tragedia.
Corren malos tiempos para la universidad, y no
porque el problema sea la Horowitz
Andreessen Academy ni Silicon Valley. El problema es la fórmula que estas
instituciones utilizan y que más pronto que tarde otras reproducirán. Aquí
seguiremos pensando durante varios años que tal cosa no nos afecta. Sin
embargo, es el principio del fin. ¿No me creen? Miren lo que les cuento.
Algunas empresas y fondos de inversión tecnológicos han
comenzado a desarrollar modelos de formación que prescinden de buena parte de
los procedimientos tradicionales de la educación superior.
No necesitan reproducir cuatro años de estudios
universitarios, ni someterse necesariamente a los sistemas convencionales de
acreditación, ni convertir el aprendizaje en una sucesión de asignaturas,
créditos y títulos. Pueden formar y seleccionar directamente a jóvenes con
determinadas capacidades, prepararlos intensivamente y vincular esa
profesionalización a la inserción inmediata en un mercado laboral.
La cuestión no es si la universidad debe adaptarse a las
nuevas tecnologías, si debe hacer esto o lo otro con la inteligencia artificial
(en realidad nadie sabe qué hacer con esa «cosa» en la universidad, salvo
prohibirla en público y usarla a hurtadillas incluso en privado). La cuestión
es qué ocurrirá cuando determinadas formas de conocimiento y de formación
profesional puedan desarrollarse al margen de la universidad.
Varias de ellas ya pueden ejercerse hoy fuera del «alma
mater» y otras, como la formación literaria, no las ejerce nadie, ni dentro ni
fuera de la universidad, porque la gente, según el informe PISA, ni sabe
escribir ni entender lo que lee, pero supuestamente sabe discutir mucho y muy
bien, principalmente en redes sociales y en parlamentos políticos. De hecho, no
hay más que ver que hablando se entiende la gente.
El problema tampoco es la universidad
pública frente a la privada. Ambas están sujetas a mil obstáculos burocráticos
y los imperativos programáticos de Estados que ni comen ni dejan comer.
Tanto la universidad pública como la
privada están sometidas, en buena medida, a una misma estructura estatal de
regulación, acreditación, titulaciones, planes de estudios y procedimientos
administrativos. Una universidad privada puede cobrar por sus enseñanzas y una
pública financiarse principalmente mediante recursos públicos, pero ambas
necesitan desenvolverse dentro de un sistema institucional que determina qué
estudios tienen reconocimiento oficial, cómo se organizan y qué requisitos
deben cumplir. Laberíntico.
El problema se redobla cuando la
universidad empieza a preocuparse más por demostrar institucionalmente que
enseña que por enseñar realmente. Las agencias de evaluación son el mayor
problema de las universidades y la mayor pesadilla del profesorado, tanto del
inteligente como del mediocre.
La fórmula de Silicon
Valley consiste en crear una educación
profesional de élite al margen del Estado. Y al margen de los obstáculos que
conlleva ir a la universidad.
Aquí adquiere sentido lo que hemos
llamado «anarcoeducación». Este término tal vez guste a más de un seguidor del
anarcocapitalismo. Lo cierto es que no se trata de una educación caótica, ni de
la negación de ningún principio educativo, sino de la aparición de
instituciones académicas que no dependen del Estado. Ni lo obedecen. Unos
estarán a favor y otros en contra, pero a la realidad le importa muy poco lo
que piense la gente que habla más que hace. A Silicon Valley
los comentarios en redes sociales le hacen cosquillas. Las redes las tiene
Silicon Valley. Los usuarios son los enredados.
El fenómeno resultaría irrelevante si
quienes crearan esas instituciones fueran aficionados, ateneístas o jubilados
reunidos en una peña deportiva local, pero hablamos de las entidades económicas
y tecnológicas más poderosas del mundo. Silicon Valley no necesita construir
universidades alternativas ni idénticas a las que ya hay, sean públicas o
privadas, porque a tales efectos ambas son el mismo lastre. Puede hacer algo
mucho más sencillo y eficaz: dejar de necesitarlas.
Si una empresa puede formar a su
personal, contratarlo y hacerlo trabajar con altos rendimientos, el título
universitario es inútil. ¿Qué hará la universidad cuando el mercado empiece a
formar directamente al personal que necesite? No hará nada. Porque no sabrá qué
hacer. Hace muchos años que la universidad no sabe qué hacer.
Se puede mirar para otro lado y decir
que la universidad es el lugar en el que el ser humano debate, habla, dialoga,
encuentra espacios de comunicación y pensamiento crítico, y todas esas cosas
que sabemos que desde hace décadas ya no están ni en la universidad ni en las
cenas de Nochebuena porque se hacen mejor por internet y redes sociales, porque
los alumnos no van a clase tras la pandemia, porque nadie sabe qué hacer con la
IA, porque el pedagogo enseña lo que no sabe y porque cuando a alguien no le
gusta el colega que tiene cerca se busca cómo censurarlo y punto. Los
anglosajones a censurar ahora lo llaman «cancelar», que parece que suena mejor.
No estamos ante una simple competencia
entre dos modelos de educación, sino ante el órdago de una fórmula empresarial
y laboral cuyo objetivo es prescindir de la universidad. Silicon Valley plantea
un desafío que pronto imitarán otras empresas.
Es difícil mantener con vida una
institución que ha dado la espalda a profesores y alumnos desde la implantación
del Plan de Bolonia, y mediante procedimientos administrativos cada vez más
sofisticados y obstaculizantes. No se nos pregunta nada, pero se nos impone
todo.
Quien crea que la universidad puede
ofrecer como respuesta a este irreversible y feroz envite empresarial y
mercantil la formación de personas capaces de leer, escribir, argumentar,
interpretar, comparar, distinguir y juzgar, que mire los resultados de PISA y
pregunte (en secreto) a los estudiantes universitarios qué piensan (porque en
público no le dirán la verdad).
El futuro de la educación no tiene por
qué pertenecer en exclusiva al Estado, pero tampoco debería quedar únicamente
en manos del mercado. Sin embargo, las cosas no son como deberían ser, sino
como de hecho son.
Entre la burocracia estatal y el
utilitarismo tecnológico hay un espacio que todavía podemos defender: el
espacio de la inteligencia humana formada mediante el conocimiento. Sin
embargo, es un error suponer que esta defensa del conocimiento la lleva a cabo
la universidad. La universidad y el Estado nos han abandonado y por eso el
mercado ha tomado la iniciativa. Los políticos nos quieren para someternos y
manipularnos y el mercado nos quiere para trabajar. Entre la espada y la pared,
cada cual que escoja.
En suma, la universidad tiene un nuevo
enemigo. Pero el verdadero peligro no es Silicon Valley, sino el procedimiento
que permite a una empresa formar a sus empleados con más libertad de la que
ofrece el Estado y con mejores conocimientos de los que se imparten en las
universidades, tanto públicas como privadas.
Si el mercado es hoy más democráticoque el Estado, pregúntense por qué la democracia resulta cada día más injusta y
cruel con el ciudadano. Surgen nuevas instituciones que han aprendido a hacer
su trabajo al margen de quienes nos niegan esa libertad.