A los jóvenes del siglo XXI, y también a los adultos, se les hace creer que
estos chavales son, por débiles, una «generación de cristal». No es cierto.
Sobre ellos pesan tres mitos que falsifican su imagen real y verdadera:
narcisismo generacional, invitación al fracaso personal y creencia en que
Europa es mejor que España. Cuidado con estos tres espejismos.
La llamada «generación de cristal» es una de las grandes ficciones
de nuestro tiempo. Una etiqueta que pretende describir a los jóvenes de hoy como
si fueran débiles de nacimiento e incapaces de madurar. En la vida, vale más
maña que fuerza, y la juventud siempre dispone de más fuerza de la que los
adultos se imaginan.
Esta apelación al cristal como metáfora de debilidad es
más antigua de lo que creen. Cervantes ya la usó en 1613 para referirse a un
joven que fingió ser de vidrio para que nadie le obligara a relacionarse con mujeres
y justificar de este modo, bajo una supuesta locura, su incapacidad de convivir
con los demás. Me refiero, como saben, a la novela titulada El licenciado
Vidriera. No deja de ser irónico que, justo cuando este estudiante alcanza
su graduación y concluye la carrera, se vuelva loco. Cervantes y la universidad
nunca se llevaron bien.
No estamos ante una generación de cristal, sino ante una
generación diferente que todavía no ha dicho esta boca es mía. Es una
generación que, como los personajes de Cervantes, tiene que enfrentarse a un
mundo lleno de apariencias, engaños y espejismos. Seré más claro: tiene que reconstruir
un mundo destruido para ellos por las generaciones anteriores.
Hay tres grandes falacias que se han convertido en
trampas intelectuales para interpretar la situación de los jóvenes nacidos en
el siglo XXI.
La primera es el narcisismo generacional: se les dice que
pertenecen a la generación más preparada de la historia. La segunda es la
falacia derrotista: se les hace creer que si no encuentran su lugar en el mundo
la culpa siempre la tienen los demás, no ellos. La tercera es el mito
europeísta: se les habla de Europa como un paraíso laboral frente a una España
supuestamente inferior y sin remedio.
Son tres engaños enormes. Y conviene no morder ese
anzuelo.
No es cierto que los jóvenes de hoy sean la generación mejor
preparada de la historia de España y ellos lo saben. Una generación no puede
definirse como la mejor formada de un país simplemente porque tenga más años de
escolarización o más titulaciones académicas, es decir, más papelería
curricular. La formación no es una cuestión estadística, sino intelectual. No
es un hecho colectivo o generacional, sino individual y muy personal.
Una generación que ha perdido la relación con la
literatura, que apenas conoce los grandes textos que han construido nuestra
tradición cultural, porque ningún adulto se los ha enseñado, no puede
presentarse sin más como la generación más preparada de la historia. ¿Qué clase
de formación es aquella que permite terminar estudios sin haber leído el Quijote?
Si alguien cree que pertenece a la generación más
preparada de la historia, puede llegar a suponer que la realidad le debe una
solución inmediata a sus problemas. Pero el mundo no funciona así. La realidad
no está para satisfacer tus deseos, sino para traicionarlos.
El segundo engaño nace del primero. Si una generación cree
que es la mejor preparada, cuando estalla el fracaso la responsabilidad es del
mercado, de la sociedad o de los demás, nunca del propio ego. Si algo sale mal,
la culpa la tiene la realidad. Esto es narcisismo puro. Sin embargo, la
realidad no sobrevalora ni minusvalora a nadie, simplemente responde a las
capacidades de cada uno y a todos nos pone en su sitio.
El mercado no es una máquina creada para cumplir
expectativas personales, sino un terreno abierto y cerrado de competencias
donde cada cual tiene que demostrar su valor ante múltiples y constantes
obstáculos.
Quien promete a los jóvenes que todo está garantizado les
conduce precisamente hacia el fracaso, porque los engaña. Los elogios excesivos
son peligrosos, sustituyen el aprendizaje por la complacencia y, en suma, es el
modo de hablar de Judas, es decir, de los traidores.
El tercero de los mitos es la idealización de Europa
frente a España. En el extranjero las cosas no son ni están mejores que aquí.
Hay que romper para siempre esa falacia que no es sino resultado de un complejo
de inferioridad de generaciones y generaciones de españoles que han visto el
extranjero por televisión.
Desde hace siglos hay en España una tendencia a mirar a
Europa como si allí se encontrara la solución definitiva a todos nuestros
problemas. Esa visión, heredera de una larga tradición ilustrada, idealista y
fabulosa, convierte el extranjero en una especie de tierra prometida donde todo
funciona mejor. Ortega intensificó esa imagen, muy irresponsablemente, al
afirmar sin razones que «España es el problema y Europa la solución», el lema
de la transición y la democracia de 1978. Y lo dijo pese a ser testigo histórico
y directo de dos monstruosas guerras mundiales protagonizadas por su amada, idealizada
y fracasada Alemania.
Europa no es un paraíso y sus condiciones laborales y
sociales no son una fórmula mágica frente a una España condenada al fracaso. A
otro perro con ese hueso.
Quien se va al extranjero debe saber que allí tendrá que luchar el doble que aquí por lo mismo o menos. Puede integrarse en determinadas élites profesionales o quedar fuera de ellas. Pero pertenecer a una élite no implica una vida fácil, sino una de las dependencias que más caras se pagan.
Los jóvenes actuales no son más débiles que los anteriores. Viven circunstancias históricas diferentes y tienen que responder a ellas con herramientas igualmente distintas.
No estamos ante una «generación de cristal», sino ante una generación más bien «cervantina», un grupo de chavales que aprende a distinguir entre realidad y apariencia, entre promesas y verdades, entre elogios y engaños. Y que tiene que superar tres prejuicios que los adultos han vertido injustamente sobre ellos: el narcisismo generacional, la falacia derrotista y el mito europeísta. Tu hijo no es de cristal.
Jesús G. Maestro
Faro de Vigo, 28 de junio de 2026.
