Los años posteriores a la pandemia han consolidado un
cambio decisivo en la enseñanza universitaria. La expansión de la educación en
remoto ha alterado de manera irreversible el protagonismo histórico de la clase
presencial. La docencia telemática no sólo ha demostrado que puede transmitir
contenidos, sino algo mucho más potente: ha puesto de manifiesto que la
presencia física ya no es indispensable para acceder al conocimiento.
En consecuencia, la clase presencial pierde en pocos años
la función histórica que desempeñó durante siglos. La información circula hoy
por múltiples vías y el aula ha dejado de poseer el monopolio de la transmisión
intelectual. Ahora bien, el argumento emocional que suele invocarse en defensa
de la presencialidad —su presunta dimensión humana— exige una crítica rigurosa.
No estamos únicamente ante una transformación
tecnológica, sino ante una mutación profunda de las expectativas educativas y
de la propia relación entre profesores y estudiantes.
Conviene recordar, además, que la supuesta «humanidad del
aula» ya estaba seriamente erosionada mucho antes de la pandemia. Durante
décadas, innumerables experiencias universitarias estuvieron dominadas por la
masificación, el anonimato y la distancia efectiva entre profesorado y
alumnado.
La interacción directa no constituía necesariamente un
espacio de reconocimiento intelectual recíproco, sino con frecuencia un ámbito
de comunicación desigual, en el que el estudiante aparecía reducido a mera
cifra estadística dentro de grupos masificados. La nostalgia idealizada de la
universidad presencial rara vez coincide con la realidad histórica efectiva de
las aulas.
El informe interno que recientemente ha trascendido sobre
la Universidad de Harvard pone de manifiesto una tendencia todavía más
profunda: la sustitución del estudio por la administración estratégica del
rendimiento académico. El estudiante del siglo XXI ya no concibe
prioritariamente la universidad como lugar de aprendizaje, sino como mecanismo
de optimización curricular. Los alumnos avispados diseñan mejor su CV que los
empollones.
Este informe sobre los problemas de Harvard señala además
una paradoja muy significativa: estudiantes incapaces de intervenir en el aula
participan con intensidad desmedida en espacios digitales y redes sociales.
Esto demuestra que el problema no consiste en la ausencia de opinión, sino en
la naturaleza del espacio donde esa opinión se expresa.
El aula exige responsabilidad argumentativa, exposición
racional y capacidad de sostener públicamente las propias ideas. Las
plataformas digitales, por el contrario, favorecen formas anónimas de expresión
impulsiva, fragmentarias y desestructuradas. La oposición entre ambos espacios
revela la tensión entre dos modelos de comunicación incompatibles: uno basado
en la argumentación pública y razonada del pensamiento y otro fundado en la
inmediatez emocional y la inconsistencia verbal.
A ello se añade otro fenómeno especialmente grave: la
percepción de vigilancia ideológica en determinados entornos universitarios.
Más importante incluso que esa vigilancia es su efecto inmediato: la
autocensura. Cuando el estudiante percibe que determinadas opiniones pueden
acarrear sanciones simbólicas o represalias académicas, el aula deja de
funcionar como espacio de ensayo intelectual y se convierte en un territorio de
prudencia y silencio.
La consecuencia es devastadora para cualquier institución
universitaria seria: desaparece una de las condiciones esenciales del
aprendizaje, esto es, la posibilidad de equivocarse. Allí donde el error deja
de ser admisible, el pensamiento crítico se debilita inevitablemente y la
participación intelectual termina por extinguirse. No se puede ejercer el pensamiento crítico en una
institución que te amenaza ideológicamente.
Más allá del caso concreto de Harvard, todo este fenómeno
debe interpretarse como parte de una transformación académica de dimensiones
históricas y geográficas muy amplias y profundas. La expansión de la enseñanza
digital, la pérdida del monopolio universitario del conocimiento y la
subordinación creciente de la formación académica a las exigencias inmediatas
del mercado laboral han modificado radicalmente la función tradicional de la
universidad occidental.
Nuestras actuales facultades y escuelas ya no ocupan el
lugar central que desempeñaron durante siglos como instituciones mediadoras del
saber. Su función se desplaza progresivamente hacia tareas de certificación en
una sociedad donde el conocimiento circula de manera descentralizada, continua
y fragmentaria.
Y aquí estalla la contradicción decisiva: mientras la
universidad conserva estructuras concebidas para un modelo histórico ya
desaparecido, la sociedad contemporánea opera bajo dinámicas empresariales y
mercantiles completamente distintas.
El síntoma más visible de esta crisis es el descenso
constante de la asistencia presencial. Pero el aula vacía no constituye la
causa del problema, sino una de sus consecuencias.
La cuestión clave ya no consiste en averiguar si la
universidad podrá recuperar la presencialidad, sino en determinar si la
universidad, tal como fue concebida históricamente, puede seguir desempeñando
su función en una sociedad donde el conocimiento se dispersa a través de
múltiples plataformas y donde la formación intelectual aparece fragmentada en
circuitos cada vez más inestables.
El caso de Harvard funciona como un indicador, incluso
tardío, de una tendencia generalizada e imparable. No estamos ante una
excepción, sino ante la manifestación visible de un proceso histórico que no se
puede detener: la reconfiguración completa del sistema universitario occidental
en el siglo XXI y la incertidumbre creciente acerca de su papel futuro en las
sociedades contemporáneas.
El aula vacía es la señal de la «matrícula cero». Si hoy
no tienes alumnos en clase, mañana no tendrás a nadie matriculado en tu
asignatura.
