Nuestras universidades están mucho más enfermas de lo que
queremos reconocer y políticamente no se hace nada decisivo por afrontar este
problema. Miren lo que les traigo hoy.
La publicación de un informe interno de la Universidad de
Harvard sobre el deterioro de la vida académica ha puesto sobre la mesa una
cuestión que promete dar mucha guerra en tiempos de paz. El problema no afecta
únicamente a una de las universidades supuestamente más prestigiosas del mundo,
sino al conjunto de las universidades occidentales y, de forma directa, a las
democracias del siglo XXI.
El informe, difundido públicamente a través de diversos
medios y comentado por The New York Times, describe una situación
paradójica: una parte considerable de los estudiantes apenas asiste a clase y,
sin embargo, obtiene calificaciones excelentes. Lejos de tratarse de una
anomalía aislada, el documento identifica además una serie de síntomas muy
amplios que revelan una transformación profunda en nuestro actual sistema
universitario.
¿Cómo
es posible obtener notas excelentes sin asistir a clase? La pregunta resulta impertinente por su aparente contradicción. Desde
siempre, el rendimiento académico se asocia al estudio continuado y a la
asistencia regular. Sin embargo, el caso de Harvard parece quebrar esa relación
histórica entre dedicación y excelencia académica.
La situación puede compararse con la de un pianista que
pretendiera interpretar el Concierto para piano número 1 de Tchaikovski
practicando apenas unos minutos al día. La propia universidad interpretó este
fenómeno como síntoma de deterioro institucional y encomendó a una comisión de
especialistas examinar a fondo el asunto, al considerarlo una amenaza directa a
la legitimidad de su formación universitaria.
Sin embargo, Harvard no está sola, porque al resto de
universidades occidentales le ocurre exactamente lo mismo, y no porque la
imiten de forma directa, sino porque comparten los mismos valores occidentales
y democráticos. Según el documento, la mayor parte de los alumnos dedica más
tiempo a actividades extracurriculares, prácticas profesionales, asociaciones
estudiantiles o estrategias de promoción curricular que al estudio mismo.
Esta transformación supone un desplazamiento decisivo: el
conocimiento deja de ser el centro de gravedad de la vida universitaria porque
la gestión estratégica de la imagen académica lo ha reemplazado. Ya no se trata
tanto de aprender como de proyectar públicamente una identidad profesional
competitiva.
La imagen publicitaria del currículo termina imponiéndose
sobre el valor del conocimiento realmente adquirido. El estudiante
universitario del siglo XXI percibe que el éxito depende más de las apariencias
que de los estudios propiamente dichos. Este fenómeno no pertenece en exclusiva
al ámbito universitario. Forma parte de una cultura marcada por la exhibición
pública de la identidad y por la necesidad constante de exposición social. La
universidad aparece así subordinada a una dinámica narcisista más amplia,
característica de las sociedades digitales contemporáneas.
Otro de los elementos señalados por el informe es la
fuerte inflación académica. Diversos medios estadounidenses indicaron que
aproximadamente el 60 % de las notas concedidas correspondían a la máxima
calificación posible. Hace dos décadas algo así no era normal: hoy es una
exigencia del sistema que el propio sistema ya no puede asumir ni controlar.
Algo así es incompatible con la realidad, porque el
alumno está idealmente sobrevalorado y luego, cuando se enfrenta al mercado
laboral, la realidad lo pone en su sitio, pues no siempre encuentra el trabajo
prometido por las altas calificaciones universitarias. La realidad está en el
mercado, no en las aulas. La empresa no mira tu expediente académico, sino tu
rendimiento laboral y tu facturación real. No te minusvalora la realidad: te
sobrevalora la universidad.
Esta inflación académica produce un efecto muy peligroso,
al generar expectativas profesionales desproporcionadas respecto a las
capacidades reales del estudiante. Muchos graduados descubren con amarga
frustración que el mercado laboral no reconoce el valor que la universidad
había atribuido a sus expedientes. La universidad no puede ser un centro de
falsas promesas.
El informe señala también que numerosos profesores ya no
pueden dar por supuesto que los estudiantes han leído los textos obligatorios
antes de asistir a clase. La desaparición progresiva de ese hábito revela una
pérdida de autoridad intelectual que la institución universitaria no puede
permitirse. Es imposible para cualquier profesor impartir clases de calidad
ante alumnos que no hacen sus trabajos académicos.
Durante décadas, especialmente en el ámbito humanístico,
la lectura constituía el presupuesto básico del trabajo académico. El seminario
universitario se construía sobre la preparación previa del alumnado y sobre la
discusión crítica de materiales ya estudiados.
La desaparición progresiva de ese hábito revela una
pérdida de autoridad intelectual de la institución universitaria. El profesor
deja de actuar sobre un alumnado previamente preparado y comienza a enfrentarse
a estudiantes que llegan al aula sin haber realizado el trabajo fundamental que
la enseñanza superior presupone.
Esta situación genera una impotencia docente agotadora.
La universidad conserva en apariencia sus exigencias, pero pierde
progresivamente capacidad para imponerlas. Algo así se resume en el éxito de la
siguiente fórmula: Pedagogía, 1 - Conocimientos, 0.
El problema de Harvard no se limita únicamente al
absentismo o a la inflación de las notas, sino al progresivo descrédito de la institución
universitaria. Cuando la universidad deja de formar para limitarse a acreditar,
pierde su legitimidad humanística y científica. El conocimiento se sustituye
por la titulitis; el estudio, por la acumulación de certificados; la formación
laboral, por la producción masiva de expedientes sobresalientes.
La consecuencia final es profundamente corrosiva: las
calificaciones no tienen valor y la universidad corre el riesgo de convertirse
en una institución desacreditada precisamente porque acredita en exceso.
El informe de Harvard adquiere relevancia porque hace
visible un problema general de las democracias occidentales del siglo XXI. La
crisis no pertenece exclusivamente a una universidad en particular ni puede
explicarse mediante causas locales o geográficas. Se trata de una
transformación global vinculada a nuevas formas de vida, tecnologías y
relaciones entre juventud, conocimiento y trabajo.
La cuestión decisiva ya no consiste únicamente en cómo
mejorar la universidad, sino en determinar si la universidad occidental
contemporánea conserva todavía una función histórica reconocible o si se
encuentra inmersa en una crisis de impotencia cuyas dimensiones son mucho más
profundas e irreversibles.

