Ser o no ser un animalito: los «therians»

 





En los bosques del mundo digital ha surgido un fenómeno llamativo, pero en absoluto original. Se trata de los llamados therians, es decir, personas que afirman identificarse —no metafóricamente, sino de manera psicológica y física— con un animal no humano.

Es pronto para saber si algo así puede poner en peligro la supervivencia de determinadas especies. No sabemos si lobos, gatos, cuervos, mantis religiosas y demás criaturas pueden verse amenazadas por la proliferación de esta competencia artificial y acaso también desleal. El tiempo lo dirá.

La lista de animales que inspiran a determinados humanos a convertirse en uno de ellos es tan diversa como el imaginario que estos adolescentes, jóvenes o adultos despliegan para definir quiénes creen (o quieren) ser.

Sin embargo, este fenómeno no es en absoluto nuevo ni original. Es milenario. Y si hoy nos sorprende es porque ignoramos muchas cosas de nuestro pasado.

El término «téras» significa en griego clásico monstruo o bestia, por dos razones: su gran fuerza o tamaño y su anatomía patológica o anómala respecto a otros seres convencionales (manifestar tres cabezas o cosas por el estilo). De hecho, en biología y ciencias médicas, se usa el término teratología para hacer referencia a la interpretación de anomalías o alteraciones en el desarrollo de organismos animales o vegetales. De ahí que, en tiempos no muy lejanos, se hablara todavía de «teratogenia» para describir malformaciones o desarrollos «monstruosos».

Piensen que hoy mismo hablamos de «teras» como unidades de medida de máximo almacenamiento informático en discos duros, al insistir sobre todo en su tamaño gigantesco (para guardar «gigas», que en griego significa «gigante»).

Durante la Edad Media y el Renacimiento, los libros sobre monstruos eran mucho más frecuentes de lo que creemos, y la teratología constituía una «literatura» muy singular y sorprendente. Y suscitaba un interés equivalente a la novela fantástica del Romanticismo o a los espectáculos circenses de comienzos del siglo XX, que anunciaban la presencia de «la mujer barbuda» u otras figuras de este tipo.

El nacimiento de un ser humano con anatomías patológicas equivalía, en siglos pasados, a ser identificado como un monstruo. El alumbramiento de estas personas se interpretaba como un prodigio o señal de alguna desgracia o catástrofe que se aproximaba. De hecho, un prodigio es, etimológicamente, lo que predice o está en lugar de una advertencia sobre hechos futuros y amenazantes.

Un prodigio es una promesa de desgracias (nacimiento de un monstruo o ser humano con malformaciones) o de buena fortuna (el nacimiento de un «niño prodigio» o talentoso).

Hoy, sin embargo, las cosas parecen haber cambiado mucho. No creo, de todos modos, que este movimiento de teranos (que los ingleses llaman therians) haya surgido de los efectos secundarios de leer La metamorfosis de Kafka ni El asno de oro de Apuleyo, obra esta última del siglo II de nuestra era. Como ven, el tema viene de antiguo.

Supongo que los teranitas o «therians» tendrán estas dos novelas como lecturas de cabecera. Normalmente, la literatura no tiene efectos secundarios negativos, salvo en el caso de don Quijote, que quiso ser caballero andante con siglos de retraso, y de Gregorio Samsa, que se convierte en cucaracha (o cosa parecida) sin que conste lectura previa alguna relacionada con la entomología.

El actual movimiento teranita no viene de la literatura, sino de algo muy ajeno a ella: la cultura anglosajona. Y no es nada casual, sino muy deliberado y cuidadosamente orquestado. Pretende efectos globales y tiene un objetivo fundamental: dividir a la población y animalizar a quien se deje seducir por este impulso teránico y también algo tiránico.

En una sociedad sin criterios, sin prudencia y sin apenas ideas valiosas ni originales, se llega a creer que la libertad está por encima de todo. Y que uno puede creerse extraterrestre o tenia solitaria simplemente porque ha oído hablar de los marcianos o de los parásitos intestinales. Pero la libertad tiene un límite, que no es la ley, pues los delincuentes franquean este límite legal con una valentía de la que carecen los que se declaran honrados, más por miedo que por vocación.

Me refiero a que la libertad está limitada, ante la sociedad, por la ley, y ante la realidad, por el uso de la razón. Se puede ir más allá de las libertades que marca la ley, y uno acaba en comisaría primero y en el juzgado después, si no tiene lo que hay que tener (no me pidan que lo diga). Las influencias no engañan, las apariencias, sí.

Sin embargo, la realidad funciona de tal manera que si alguien pretende engañarla, te ajusta las cuentas con más dureza que el más cruel de los verdugos.  No se puede vivir contra la razón, y no es razonable para un ser humano vivir con un animal deshumanizado. Lo que comienza siendo un chiste puede desembocar en la sala de espera de un psiquiatra.

Para ser un perro no basta sentirse can. La psicología no es suficiente para convertirse en una cucaracha. Un perro tiene 500 millones de neuronas. Un cuervo, 1.500 millones de neuronas, es decir, el triple que un can. Un ser humano tiene unos 86.000 millones de neuronas. Quien pretenda convertirse en un cánido tendrá no sólo que ladrar y andar a cuatro patas, sino ―sobre todo― suprimir unos 85.500 millones de neuronas.

El fenómeno «therian» no es un simple juego simbólico: es una advertencia sobre los peligros de la infantilización y la regresión emocional en la adolescencia contemporánea. Interpretarlo no es sólo una curiosidad sociológica, sino un imperativo educativo y psicológico que debe reconducirlo hacia un uso de la razón que se pierde más y más cada día. La educación científica y el pensamiento crítico, junto con la interacción con la vida real, constituyen antídotos irremplazables. Hay que madurar emocionalmente para hacerlo intelectualmente.

La adolescencia no puede naufragar en un zoológico de identidades emocionales. El ser humano no puede convertirse en alguien incompatible consigo mismo. ¿Quién se beneficia de convertirnos en animales?


Jesús G. Maestro
Faro de Vigo, 8 de marzo de 2026.