Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, como profesor universitario, autor de la Crítica de la razón literaria, dispone de forma abierta, libre y gratuita, de toda su actividad docente, académica e investigadora, en internet, con más de mil clases grabadas en su canal de YouTube.
El mito del inconsciente
Más sobre el inconsciente freudiano
El inconsciente freudiano es, además, una forma incorpórea dotada de competencias operatorias, a las que se atribuye, incluso, por si fuera poco, la capacidad de sustraerse a la razón, de ser superior al racionalismo humano, y de vencerlo y burlarlo en cualesquiera circunstancias y tesituras.
El inconsciente freudiano sería algo así como un Dios todopoderoso e inmutable, indomesticable e incognoscible, que todo ser humano lleva dentro —aunque no se sabe exactamente dónde... (¿cerebro, testículos, hígado, tobillo, ombligo...?)—, y del que resulta imposible desasirse o desligarse, que aflora sobre todo durante el sueño, y que, para terminar, o para empezar, nos tiene —según los postulados freudianos— cogidos por los mismísimos genitales, núcleo energético y libidinoso fundamental de las actividades humanas todas.
Indudablemente, semejante duende, demon o numen, tiene una gracia extraordinaria.
Lástima que sólo exista en la imaginación de los relatos freudianos, y en la mente de sus creyentes lectores.
Si Nietzsche hubiera podido leer los relatos o cuentecillos de Freud sólo habría reconocido en tales fábulas la expresión más caricaturesca y épica de sus propios escritos. Cuando no un sofisticado plagio de aspectos esenciales de su propio pensamiento.
Jesús G. Maestro, Crítica de la razón literaria (III, 5.6), 2017 · 2022.
El mito de la filosofía platónica ante las exigencias de la literatura
Habitualmente se considera a Platón como fundador de la filosofía académica. Naturalmente esta consideración es razonable, pero también cuestionable desde determinados criterios.
Acaso Platón sea el fundador de la filosofía institucionalizada académicamente, más que de la filosofía académica propiamente dicha. Vamos a explicar esta cuestión.
No es Platón, a mi juicio, sino Aristóteles, quien lleva a cabo realmente esa fundación ―la fundación de la filosofía, como disciplina académica―, al liberar a la filosofía de una hipoteca metafísica, que la hace incompatible con la realidad.
Platón, en cierta medida ―y sólo en cierta medida, dado que introduce cambios fundamentales, como el principio de symploké y la ontología dialéctica―, es el canto del cisne de la metafísica presocrática.
Platón es un idealista filosófico, un utopista político y geómetra lúdico. Su idea de ciencia es totalmente formalista, sus planteamientos sobre política resultan absolutamente inviables, por imaginarios y fantasiosos, y sus conocimientos de literatura son abiertamente ridículos y por completo paupérrimos, además de amenazantes y patibularios.
Hoy no se puede hablar de literatura en términos platónicos ―es decir, no se puede citar a Platón, como una autoridad sobre poética literaria―, porque este filósofo idealista desconoció toda la literatura que, durante 25 siglos de Historia y comparatismo, constituye y conforma la ontología literaria que hoy tenemos delante y a la que podemos y debemos enfrentarnos. Y que, desde luego, no es posible ni legítimo ignorar.
No hay en Platón nada actual sobre interpretación literaria. Citar a Platón como autoridad o referente de la literatura es una cursilería que sólo se pueden permitir novatos, diletantes o inexpertos. Veamos por qué.
La locura, como la literatura, siempre es racionalmente muy ambigua. Lo que de veras sorprende es que hoy, en el siglo XXI, siga hablándose comúnmente ―incluso académicamente también― de locura en términos parejos a los del mundo antiguo y arcaizante. Y es aquí, en relación con la locura y la literatura, donde tenemos nuestra primera cita clave con Platón.
Había en la genuina Grecia dos corrientes metodológicas explicativas de la locura. Una de ellas, de raíces científicas y materialistas, procedió de Hipócrates (c. 460-377 a.n.E.), quien, desde la Isla de Cos, interpretó la locura al margen de las teorías demonológicas y numinosas, indudablemente metafísicas, que sus contemporáneos habían heredado e impuesto.
Como sabemos, con Hipócrates surge en los siglos V y IV la primera escuela de medicina. Esta concepción hipocrática de la locura apunta genealógicamente a los pitagóricos, quienes, como el propio Hipócrates, consideraban que los trastornos mentales ―que hoy llamaríamos psicopatologías― tenían una causa física y exigían una explicación material.
Se desestimaban de este modo las causas demonológicas y las explicaciones metafísicas de cualesquiera problemas psíquicos relativos a declaraciones, acciones o pensamientos supuestamente anómalos o anormales. Desde tales criterios hipocráticos, la locura se concebía como una enfermedad física que tenía causas y consecuencias naturales.
Sin embargo, esta concepción de la idea de locura resulta eclipsada y destruida por Platón y su filosofía metafísica, idealista y utópica, desde la cual se restaura de nuevo la tesis demonológica y espiritualista como causa de la locura.
Desde finales del siglo V a.n.E., las ideas metafísicas (platónicas) sobre la locura se imponen a las tesis naturalistas o fisiológicas (hipocráticas) con un éxito sorprendente, el cual llega hasta nosotros, apadrinado por el cristianismo medieval, el protestantismo reformista, la ilustración europeísta ―pese a todos sus mitos hiperracionales y logocéntricos―, el idealismo alemán y la contemporánea posmodernidad anglosajona.
¿No es curioso que la filosofía (idealista) de Platón haya destruido la medicina (materialista) de Hipócrates? ¿No resulta sorprendente que la filosofía, que se jacta de fundamentarse sobre saberes científicos, los rechace y desestime irracionalmente, nada menos que para la posteridad, y discurra por los caminos propios de una metafísica para explicar la realidad material humana?
Platón (c. 427-347 a.n.E.) era aproximadamente unos 30 años más joven que Hipócrates, y su filosofía resultó más hechizante ―por idealista y utópica― que la medicina hipocrática, sin duda más naturalista, fisicalista y materialista. Y por ello mismo mucho menos atractiva.
En la Historia del pensamiento de Occidente, como del mismo modo ocurrió en Oriente, y acaso allí con mucha mayor intensidad, el espíritu siempre ha gozado de buena fama, sin cardar una lana, frente a una materia que, sin duda y por supuesto, resultó demonizada desde siempre de forma irrevocable y sin apelación posible.
La obra platónica, saturada de misticismo, y salvaguardada por los intereses políticos y religiosos del cristianismo de todos los tiempos ―tanto del católico como incluso, con más fuerza aún, del reformado―, destruyó para la posteridad el crédito de las ideas hipocráticas sobre la explicación naturalista y materialista de la locura.
Platón no sólo resultó ser en este punto un precursor del inconsciente freudiano, al anteponer el impulso místico como fundamento y motor de la locura, y prototipo del comportamiento psicopatológico, sino que fue responsable de legitimar la locura, ante los idealistas y románticos de la Edad Contemporánea, como una forma superior de racionalismo, al entender estos últimos, de forma revertida, que la «verdad» de lo humano se objetivaba en un inconsciente reprimido por la razón, o en un misticismo cuya fuerza se revelaba ―por fin, en libertad― en los estados oníricos, psicopatológicos o simplemente anómicos.
De este modo, toda forma de heterodoxia queda definitivamente justificada, tanto en términos políticos como religiosos, bajo el amparo posmoderno de una idea de libertad completamente gratuita y presuntamente irracional.
Enfrentarse a la razón será ―de nuevo― una forma de exhibir esta idea gratuita y falsa de libertad. Pero una cosa es exhibir un postureo libertario y posmoderno, y otra muy diferente es ejercer de veras la libertad. La saga de los sofistas y de los irracionalistas de diseño es recurrente: Montaigne, Rousseau, Nietzsche, Freud, Heidegger, Derrida, Foucault... E imitadores. Marx figura en otras listas, pero no en ésta. Carlos Marx no es soluble en ninguna posmodernidad. Su idealismo postula otros paraísos.
Sorprende impresionantemente que a nadie le haya sorprendido ―valga el extrañamiento― que Platón, el «fundador de la filosofía» para muchos autorizados filósofos, el transformador de la realidad a través de la política en su idealista República filosófica, en su modelo utópico e irreal de Estado, hubiera tomado como ciencia de referencia la geometría y no la medicina. ¿Por qué? ¿Por qué Platón toma como ciencia de referencia para entrar en la Academia la geometría y no la medicina? ¿Por qué puede entrar en la Academia quien ignore el materialismo médico pero no quien desconozca el idealismo geométrico? ¿Qué concepto tiene Platón de las ciencias? Pues un concepto completamente lúdico, idealista y logopédico. Platón juega con la geometría como si ésta fuera un logogrifo. ¿Qué puentes construyó Platón? ¿Qué campos aró, sembró o diseñó Platón como ingeniero o agrimensor gracias a sus conocimientos de geometría?
Usar la geometría para para proponer ejercicios mentales, no operatorios, y jueguecitos filosóficos y filosocráticos ―lo que equivale a decir también pseudofilosóficos y pseudosofísticos (porque toda filosofía no es sino una forma excéntrica de ejercer la sofística)― es una muestra más de cinismo y de ludismo que de originalidad filosófica y de desarrollo científico.
Desengáñese el admirador de los diálogos platónicos: Platón es artífice de una filosofía completamente incompatible con la realidad. Pero, precisamente por ello, de un poder seductor insólito y permanente. Platón es el primer seductor de idealistas. Y lo es aún hoy.
He insistido en diferentes lugares en que difícilmente se puede considerar a Platón como fundador de la filosofía. Platón es un sofista más, si bien excéntrico, como su maestro, Sócrates.
Si la filosofía tiene realmente un comienzo, éste está en la obra de Aristóteles. Platón es el canto del cisne de un pensamiento realmente presocrático: su visión idealista y utópica, mística y metafísica, aunque le lleva a superar el monismo y el relativismo de todos sus predecesores, impulsado por un afán de originalidad que sólo en cierto modo fue capaz de satisfacer, no nos sitúa en la realidad de este mundo, sino en el idealismo absoluto de las ideas puras.
Su filosofía, como la de su mítico maestro y socrático ventrílocuo, sin duda y sin reservas, no era de este mundo. Y esta huida hacia el idealismo, esta fuga hacia la metafísica idealista y utópica, tanto en política como en ciencia, es lo que hace fascinante su filosofía, aún hoy, para todos aquellos que ―adolescentemente― se ilusionan con la idea de ser disidentes, ante una realidad que les disgusta, y superiores, ante un entorno que ―como a Sócrates gualdrapero― no les comprende en su «genialidad».
Desde un idealismo filosófico incompatible con el racionalismo materialista, Platón explicó a su manera lo que formó parte de su tiempo y de su espacio, de su historia y su geografía, muy reducidas frente a las nuestras, con todas las limitaciones que esto entraña, y que la tradición posterior a Platón nos sirvió en bandeja —cristiana primero, y secularizada después—, como una preceptiva que estaba prohibido tocar y cuestionar, de la Edad Media romana y apostólica al Romanticismo teísta y protestante, y de éste a nuestra contemporánea y no menos espiritualista posmodernidad.
El propio Aristóteles fue extremadamente cuidadoso en este punto con su maestro. Aristóteles fue un discípulo que supo nadar y guardar la ropa. Si todo discípulo es un intérprete sin originalidad ―que más que interpretar al maestro simplemente lo sigue, lo cita o lo recita―, Aristóteles supo ser un discípulo original, valga la abismal paradoja. Porque un discípulo original, a partir de cierto punto, deja de ser un discípulo, y se convierte en otra cosa. Es decir, deja de ser ―también― un condiscípulo.
Platón impregnó de misticismo todas sus interpretaciones de la realidad, e hipotecó definitivamente de este modo no sólo su propia filosofía, sino toda forma posible de interpretarla.
Piénsese que para Platón hay dos tipos de locura: una, que resulta de la enfermedad física, de la que no se ocupa en absoluto; y otra, cuya causa es metafísica, y actúa por inspiración divina o posesión demoníaca, al dotar a su poseso de potencias ―que no facultades― proféticas, poéticas o irracionales.
Es potencia, y no facultad, porque, para Platón, nadie enloquece cuando quiere, sino cuando puede, por mediación o intervención divinas o demonológicas. Aquí residiría la esencia, o la genialidad, de la creación poética: el poetizar. Así es como el misticismo filosófico de Platón eclipsa y disuelve el criterio naturalista de Hipócrates.
En cierto modo, podríamos decir que las ideas platónicas sobre la locura perduran hasta hoy en la mente de ciertos pensadores, idealistas y adolescentes.
Para Platón, la experiencia mística ―que no la experiencia fisiológica― explica el motor del comportamiento humano. Son los dioses quienes trastornan al ser humano, y no los hechos materiales de la vida real.
¿Son éstas interpretaciones que pueda asumir un filósofo materialista? Porque ésta y no otra es la teoría de Platón sobre la poesía y los poetas, sobre el origen de la literatura y la causa misma del hecho literario: una locura metafísica, que hace del poeta una criatura «alada», «divina», «loca», «enajenada», «demente»...
La poesía ―como prototipo de lo literario― era para Platón resultado del «alma» irracional, insensata, enferma, trastornada y alejada de todo racionalismo.
Esto es una «teoría» metafísica de la poesía y de la literatura que nada tiene que ver ni con la poesía ni con la literatura, y que desde luego hay que explicar por contraposición a la idea de locura que sostiene Hipócrates, como enfermedad diagnosticable desde causas y consecuencias naturales, y por contraposición a la idea de literatura que exige la Crítica de la razón literaria, como sistema de materiales y formas que objetiva, a través de la ficción, una forma inédita de racionalismo. Pues toda literatura mide y objetiva el grado de racionalismo del que dispone la sociedad humana que la hace políticamente posible.
Hipócrates es científico y materialista, frente a un Platón filosófico, idealista y utópico. He aquí el discípulo de Sócrates y el «fundador» de una filosofía, siempre metafísica, idealista y utópica, absolutamente incompatible con la realidad.
La filosofía de Platón es la de sus antepasados socráticos y presocráticos, pero mejor contada: «Porque es una cosa leve, alada y sagrada el poeta, y no está en condiciones de poetizar antes de que esté endiosado, demente, y no habite ya más en él la inteligencia» (Platón, Ion, 534b). Y hasta aquí llega la inteligencia literaria de Platón. La filosofía platónica termina donde comienza la literatura.
No por casualidad desde Platón la literatura ha sido el Talón de Aquiles de los filósofos. Cuando la literatura habla, la filosofía calla. Porque sólo la literatura puede silenciar a la filosofía.
Jesús G. Maestro, Crítica de la razón literaria (III, 1.1), 2017 · 2022.
¿Qué es la literatura? Idea y concepto de literatura según la Crítica de la razón literaria
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Crítica de la razón literaria
Vol. 3 · Parte III · Tomo 2.
En este libro el lector encontrará una teoría sobre el origen de la literatura. Se expone así una genealogía literaria que trata de responder a cómo y por qué nació la literatura. La Crítica de la razón literaria es la única Teoría de la Literatura que expone una explicación sobre el origen de la literatura. Ninguna otra obra lo ha hecho con anterioridad. Se ha hablado con frecuencia del origen de la escritura, de la filosofía, del Derecho, de la medicina y hasta ―nietzscheanamente― de la moral y de la tragedia, pero nunca se ha expuesto ni una sola teoría sobre el origen de la literatura.
La tesis que aquí se sostiene es que la literatura nace del mito, la magia, la religión y las técnicas más básicas de oralidad y escritura humanas, y que comparte en su génesis muchas formas y contenidos con otras formas del saber. Sin embargo, la literatura no tardará en divorciarse estas formas de organización del conocimiento ―y de la ignorancia―, principalmente de la religión y de la filosofía, provocando ante ellas fuertes reacciones de dialéctica hostil y de animadversión histórica.
Platón no es soluble en Homero. La literatura nace, y no por casualidad, en una geografía no intervenida por Yahvéh. Hay un componente clave en el divorcio entre literatura y religión: la ficción. Ninguna religión está dispuesta a que sus divinidades se conviertan en ficciones. Todo creyente cree en la realidad de su dios. Y como la religión, la filosofía quiere creer en sus propias divinidades, desde el ápeiron y el nous hasta el espíritu absoluto, pasando por el demiurgo, el motor perpetuo, la sustancia pura, las mónadas, el inconsciente, el Dasein, el superhombre o el Ego trascendental, perífrasis patibularias en muchos casos de una suerte de «Gran Hermano» orwelliano.
La Historia de la filosofía, como la Historia de la religión, es un desfile ―con frecuencia inquietante y siniestro― de fantasmas, tiranos y criaturas esperpénticas diseñadas por la mente de los filósofos, revestidos ―además― de engreídos humanistas y salvadores ―incautos como adolescentes― del género humano. La filosofía… que siempre desemboca o en los pantanos totalitarios de la religión o en los mares turbulentos de la política.
Frente a estos imperativos y proscripciones, siempre limitadoras de las libertades de la literatura, se han rebelado numerosos autores. Y lo han hecho desde una literatura primitiva o dogmática, de la que han tratado de libertarse, a través de una literatura crítica o indicativa, en la línea del Quijote cervantino. Cuando no ha sido posible, el racionalismo humano se ha manifestado a través de una literatura sofisticada o reconstructivista, que trata de razonar de una forma sólo irracional en apariencia, pues en el arte y en la literatura todo irracionalismo es un irracionalismo de diseño racional. Y frente a él, siempre alerta y acechante, latebrosamente, una literatura programática o imperativa, como la diseñada por Platón en su patibularia y siniestra ―y por ello mismo seductora― República.
La literatura es el discurso de la libertad, y su genealogía así lo demuestra históricamente. La literatura es una lucha constante contra el idealismo. Algo de lo que los idealistas no se han percatado jamás. El Quijote de Cervantes es, en este punto, la más explícita demostración. Es una obra cuyo éxito se ha logrado precisamente porque ha seducido a sus víctimas, de las que se burla constantemente y desautoriza siempre: los idealistas. Pero ellos no lo saben. Y es mejor que así sea. Si descubrieran el hechizo, quemarían la obra de Cervantes. No importa que se lo digamos: no lo creen. No hay fuerza más poderosa que la ignorancia de un idealista.
Para triunfar en la vida es necesario seducir a los idealistas. Nadie prospera ni tiene éxito tratando de desengañar al prójimo. La gente quiere que la engañen, no que la eduquen. La gente presta atención a los políticos, no a los profesores. Y eso que casi siempre los unos son los portavoces vocingleros de los otros.
En la genealogía de la literatura está escrita la Historia de la libertad humana. Una Historia del desengaño diseñada contra los idealistas, cuyas son la creencia en la mentira y la sumisión a un poder trascendente. La literatura siempre pondrá genealógicamente su dedo en la llaga de tu irracionalismo. Tu supervivencia depende de que lo sigas ignorando.
Genealogía de la literatura: Origen, concepción y génesis de la literatura
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Crítica de la razón literaria
Vol. 4 · Parte III · Tomo 3.
En este libro el lector encontrará una teoría sobre el origen de la literatura. Se expone así una genealogía literaria que trata de responder a cómo y por qué nació la literatura. La Crítica de la razón literaria es la única Teoría de la Literatura que expone una explicación sobre el origen de la literatura. Ninguna otra obra lo ha hecho con anterioridad. Se ha hablado con frecuencia del origen de la escritura, de la filosofía, del Derecho, de la medicina y hasta ―nietzscheanamente― de la moral y de la tragedia, pero nunca se ha expuesto ni una sola teoría sobre el origen de la literatura.
La tesis que aquí se sostiene es que la literatura nace del mito, la magia, la religión y las técnicas más básicas de oralidad y escritura humanas, y que comparte en su génesis muchas formas y contenidos con otras formas del saber.
Sin embargo, la literatura no tardará en divorciarse estas formas de organización del conocimiento ―y de la ignorancia―, principalmente de la religión y de la filosofía, provocando ante ellas fuertes reacciones de dialéctica hostil y de animadversión histórica.
Platón no es soluble en Homero. La literatura nace, y no por casualidad, en una geografía no intervenida por Yahvéh. Hay un componente clave en el divorcio entre literatura y religión: la ficción. Ninguna religión está dispuesta a que sus divinidades se conviertan en ficciones. Todo creyente cree en la realidad de su dios.
Y como la religión, la filosofía quiere creer en sus propias divinidades, desde el ápeiron y el nous hasta el espíritu absoluto, pasando por el demiurgo, el motor perpetuo, la sustancia pura, las mónadas, el inconsciente, el Dasein, el superhombre o el Ego trascendental, perífrasis patibularias en muchos casos de una suerte de «Gran Hermano» orwelliano.
La Historia de la filosofía, como la Historia de la religión, es un desfile ―con frecuencia inquietante y siniestro― de fantasmas, tiranos y criaturas esperpénticas diseñadas por la mente de los filósofos, revestidos ―además― de engreídos humanistas y salvadores ―incautos como adolescentes― del género humano. La filosofía… que siempre desemboca o en los pantanos totalitarios de la religión o en los mares turbulentos de la política.
Frente a estos imperativos y proscripciones, siempre limitadoras de las libertades de la literatura, se han rebelado numerosos autores. Y lo han hecho desde una literatura primitiva o dogmática, de la que han tratado de libertarse, a través de una literatura crítica o indicativa, en la línea del Quijote cervantino.
Cuando no ha sido posible, el racionalismo humano se ha manifestado a través de una literatura sofisticada o reconstructivista, que trata de razonar de una forma sólo irracional en apariencia, pues en el arte y en la literatura todo irracionalismo es un irracionalismo de diseño racional. Y frente a él, siempre alerta y acechante, latebrosamente, una literatura programática o imperativa, como la diseñada por Platón en su patibularia y siniestra ―y por ello mismo seductora― República.
La literatura es el discurso de la libertad, y su genealogía así lo demuestra históricamente. La literatura es una lucha constante contra el idealismo. Algo de lo que los idealistas no se han percatado jamás.
El Quijote de Cervantes es, en este punto, la más explícita demostración. Es una obra cuyo éxito se ha logrado precisamente porque ha seducido a sus víctimas, de las que se burla constantemente y desautoriza siempre: los idealistas. Pero ellos no lo saben. Y es mejor que así sea. Si descubrieran el hechizo, quemarían la obra de Cervantes. No importa que se lo digamos: no lo creen. No hay fuerza más poderosa que la ignorancia de un idealista.
Para triunfar en la vida es necesario seducir a los idealistas. Nadie prospera ni tiene éxito tratando de desengañar al prójimo. La gente quiere que la engañen, no que la eduquen. La gente presta atención a los políticos, no a los profesores. Y eso que casi siempre los unos son los portavoces vocingleros de los otros.
En la genealogía de la literatura está escrita la Historia de la libertad humana. Una Historia del desengaño diseñada contra los idealistas, cuyas son la creencia en la mentira y la sumisión a un poder trascendente. La literatura siempre pondrá genealógicamente su dedo en la llaga de tu irracionalismo. Tu supervivencia depende de que lo sigas ignorando.
Inquietudes filosóficas y totalitarismo
Las ficciones filosóficas o teológicas resultan con frecuencia mucho más inquietantes que cualesquiera otras ficciones literarias.
Téngase en cuenta que la filosofía ha sembrado la Historia del pensamiento humano —de Oriente a Occidente— de ficciones estériles, con frecuencia también amenazantes y totalitarias, casi siempre deprimentes e incluso hasta patibularias.
Si leyéramos las obras filosóficas como si fueran novelas o creaciones literarias, cuyos protagonistas y deuteragonistas sólo pueden ser el ápeiron, el demiurgo, el motor perpetuo, la causa primera, la sustancia pura, el cogito, las mónadas, el Leviatán, el espíritu absoluto, el noúmeno, el superhombre, la nada, el inconsciente, el Dasein, el ego trascendental, etc., y otros personajes ficticios por el estilo, el resultado sería un interminable cuento de terror.
La historia de Occidente está llena —sugestivamente llena— de fantasmas y mitologías homicidas.
Sólo la literatura las percibe explícitamente como lo que son: ficciones.
La filosofía, incluso confesional y teológicamente armada en muchos momentos de la Historia —incómoda, como la religión, con la ficción— les rinde un extraño culto, imperativo y programático.
Jesús G. Maestro, Crítica de la razón literaria (III, 5.4.1.3), 2017 · 2022.
Historia de la filosofía
La filosofía es
siempre una respuesta a lo que la ciencia deja sin explicar. No por casualidad
la filosofía está perpetuamente en el margen de las ciencias, en sus afueras y
arrabales. Merodeando. No puede ir más allá. Su objetivo son los restos del conocimiento científico.
Los rebojos del saber operatorio. Podemos disfrazar estos rebojos con el vuelo
de la lechuza, pero aunque la filosofía se vista de seda, filosofía se queda.
¿Lechuza o buitre? Preservemos la imagen de la lechuza para la filosofía; el
buitre es más bien icono de sofistas.
Los caminos de la
filosofía son los ámbitos que las ciencias ignoran, desprecian o silencian. A
veces, incluso, fueron caminos silenciados por los imperativos e inquisiciones
de la propia filosofía, vestida ya no de seda, sino de teología, religión o
fundamentalismo filosófico.
No todas las
filosofías son iguales ―esto es algo que no debe olvidarse jamás―, pero allí donde
la ciencia habla, la filosofía calla. Incluso a veces ocurre algo peor: cuando
la ciencia habla, la filosofía se convierte en sofística. De hecho, la
sofística es la filosofía que no se calla ante la ciencia.
En todas las épocas,
la filosofía ha sido una explicación a preguntas que la ciencia ignora. El
máximo esplendor de la filosofía corresponde a aquellos períodos de mayor
decrepitud o limitación operatoria de las ciencias. A medida que cada ciencia
amplía su campo de operaciones, cada filosofía ve mermada su propia capacidad
de maniobra. Por este camino, la filosofía puede convertirse incluso en un
pasatiempo de ignorantes. Y en efecto la posmodernidad ha hecho de la filosofía
precisamente esto: un pasatiempo de ignorantes cuyo hábitat es internet.
Ésta es la mayor
denigración que puede hacerse de la filosofía, porque equivale, en primer
lugar, a declarar su inferioridad ante las ciencias, y, en segundo lugar, a
afirmar su inutilidad ante esas mismas ciencias. Y ante las exigencias de la
vida real. La filosofía ha sido siempre el terreno en el que se mueven quienes
no saben manejar con resultados positivos las operaciones científicas. En su
lugar, se limitan ―en el mejor de los casos― al hablar, al escribir, al dar
consejos, a la paremia de la obviedad solemne, a la presunta literatura
sapiencial, al saber, al especular, al organizar contenidos preexistentes, a
conversar sobre lo que todo el mundo sabe, a los libros de autoayuda y de
autoengaño, a dialogar monológicamente, como Platón, arrogándose siempre una
suerte de superioridad moral. En el peor de los casos, algunos filósofos se
limitan a comerciar con la sofística, el engaño, la seducción, el simulacro, la
mohatra de las ideas. Porque en el fondo, toda filosofía es una forma
excéntrica de ejercer la sofística.
En aquellas épocas
en las que las ciencias y su operatividad parecen resolverlo todo, y dar
respuestas a todo, la filosofía acciona sus celos, sus sospechas, sus condenas,
sus complejos, sus censuras. Emergen los hermeneutas. Los ventrílocuos del lenguaje. Filosofía y religión son parientes cercanas,
comparten infancia ―siniestra― y genealogía ―traicionera―, y con frecuencia se
comportan, bien como enemigas íntimas, bien como aliadas contra terceros
objetivos comunes, entre los que con frecuencia se encuentran la ciencia y la
literatura. Cuando procede, la filosofía es la secularización de la religión.
Cuando no, la religión preserva a la filosofía ―por lo que pueda suceder― o
pacta puntualmente con ella «amistad y lo que surja».
La filosofía muestra sus furias cuando alguien trata de usar la razón sin consultarla. A los filósofos se debe esa engreída frase ―atribuida a Aristóteles (¿a quién si no?; Cervantes sólo la usa en contextos burlescos: Quijote II, 51)― que declara con jactancia ser amigo de la verdad y de Platón, y disponer de potestad para elegir libremente entre una y otro (amicus Plato sed magis amica veritas), como si la verdad necesitara de la amistad de nadie, y menos de la de los filósofos. Así, todo filósofo genuino disputa siempre en nombre de la verdad, como si los demás no tuvieran derecho a hacer lo mismo, y no menores razones, en nombre de sus propias actividades profesionales y oficios particulares. Y pelea el filósofo por el monopolio de la razón filosófica contra cualesquiera otras razones humanas.
Platón disputó la
razón filosófica, negándosela a la literatura, como si no fuera posible una
crítica de la razón literaria, es decir, una crítica del racionalismo
literario. Platón se esforzó por presentar siempre a la filosofía como una
aliada de las ciencias. Como si las ciencias, al igual que los tiranos de
Siracusa, necesitaran a Platón, y a su filosofía, para algo.
Los escolásticos, en
una Edad Media que había convertido a la teología en la reina de las ciencias,
hicieron de la filosofía una religión. Nótese que muchos filósofos ―no todos―,
al menos hasta el siglo XVIII, fueron también científicos. Después, o fueron
esencialmente científicos, o fueron solamente filósofos: filósofos
idealistas (valga la redundancia). Toda filosofía, por el hecho de serlo,
tiende al idealismo.
Un filósofo, cuando
habla, nos dice más sobre aquello que ignora que sobre aquello que sabe. Salvo
que actúe como un sofista. ¿Qué nos ha enseñado Espinosa sobre Dios? ¿Quién ha
visto la cara del inconsciente de Freud, su cuerpo o sus órganos? ¿Qué nos ha aclarado el Dasein de Heidegger? ¿Quién se ha encontrado alguna vez una mónada de
Leibniz? ¿Qué nos explicó Platón sobre la geometría o sobre la locura que no
nos demostrara mejor, respectivamente, Tales de Mileto o Hipócrates de Cos? Todo
filósofo piensa con la mente de un adolescente.
Newton es un hombre
que se hace preguntas filosóficas a las que da respuestas científicas. Con él,
las ciencias se divorcian definitivamente de la filosofía. En adelante, la
filosofía será sólo una hermenéutica de la realidad, cuando no, algo mucho peor:
una sofística al servicio de la democracia. O contra ella.
¿Qué ciencia construyó Platón? ¿Qué ciencia
hicieron Kant, Hegel, Fichte, Herder o Nietzsche y sus discípulos? ¿Qué ciencia
cultivó Heidegger, filósofo del nazismo ―primero― y de la posmodernidad ―después―?
¿Y Gadamer? ¿Y Habermas? Y sus discípulos... ¿Dónde está la obra científica de
todos ellos? ¿Dónde está la obra científica del idealismo alemán? Mejor no nos hagamos estas preguntas..., porque no todos los caminos de la Historia conducen a Roma. Algunos llevan a Auschwitz. Porque, desde finales del siglo XVIII, la ciencia prescinde de la
filosofía como quien se libera de un lastre insoportable. La impedimenta histórica
de las ciencias no fue solamente la teología, sino también, y con creces, la
filosofía.
La filosofía ha
cortejado todas las formas de poder: ciencia, religión y política. Hoy día sólo
la política, bajo el formato de ciertas ideologías, le muestra algún puntual
aprecio. Por parasitismo mutuamente conveniente. La religión se siente
traicionada, desde el siglo XVIII ―definitivamente―, por una filosofía que
desde esa centuria pactó con las ciencias su propia supervivencia, pero no la
de sus creyentes, que dejó a merced de El origen de las especies por medio
de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha
por la vida. Con frecuencia no siempre se cita el título completo de esta obra de Darwin (1859), acaso por evitarse con la palabra tabú del alemán actual: raza. Desde
entonces, la filosofía se hizo muy «insolidaria» con la religión, legitimó
determinadas luchas por la supervivencia y cortejó con cinismo el apoyo de ciencias emergentes. Pero las ciencias, además de no necesitar a la filosofía,
no olvidan ni perdonan los cuernos que históricamente ésta les puso ―al aliarse
con la religión, y los fundamentalismos teológicos― durante las edades Media y
Moderna.
Con el avance de la
Edad Contemporánea, la filosofía, tras fracasar en todos sus intentos y
pretensiones de disputarle a las ciencias, desplegadas con una fuerza
constructiva sin precedentes, el monopolio de la razón, reacciona con
violencia, se rearma dialécticamente, y se viste de moral. ¿Y qué hace? Lo de
siempre: condena, denigra y deslegitima aquello que se opone a su propia supremacía.
Y maldice la ciencia, la impugna y la desautoriza. Surgen así los Nietzsche,
los Freud, los Heidegger: los hermeneutas de la sospecha. Los resentidos del
éxito ajeno. Porque si la razón no es mía, mejor que se muera. Si la verdad no es mi
amiga, que no lo sea de nadie. Si la filosofía no es la reina de la noche,
aquí no amanece ni Dios. Y el culto a la ciencia se pagará con la muerte de todo Dios.
Hágase el nihilismo. La razón ha muerto ―es el imperativo que exige el filósofo―,
si es que alguien formula una razón más seductora o más convincente que la suya propia.
No sorprende en absoluto que desde el siglo XVIII la filosofía se haya recluido, hasta la nadería y lo trivial, en el terreno del idealismo, alemán ―primero― y posmoderno ―después―. Si disponemos de una ciencia sobre de determinada materia, ¿para qué una filosofía? Para engañarse a uno mismo. Y a los demás. Porque ante el desarrollo de las ciencias, la filosofía no tiene nada que hacer, más que contarse a sí misma como una Historia de sí misma. Como las historias de un abuelo Cebolleta, que habla de un pasado irrelevante. Cuando la filosofía se convierte en hermenéutica, es porque se ha disuelto en retórica, sofística o ideología de sí misma, en libro de autoayuda o en lecciones de ética para geopolíticos (la nueva telenovela), en publicidad y propaganda de temas de moda, en periodismo, en cultura, en una actualidad que es caricatura de la realidad, es decir ―con permiso de Góngora― «en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada». La ciencia, y curiosamente también la literatura, son las únicas actividades humanas capaces de hacer enmudecer a la filosofía, o de delatar su sofistería. Sofistería histórica y también posmoderna. Hoy la filosofía se encuentra sin aliados: con la religión ya no puede contar, la ciencia le da la espalda, y la política no la necesita, porque prefiere el periodismo y las redes sociales. La vida del siglo XXI ha convertido a la sofística y a la filosofía en términos sinónimos.
Jesús G. Maestro, Crítica de la razón literaria, 2017-2022 (VI, 15.19).
Neohumanismo literario: Ideas y premisas fundamentales de este sistema de pensamiento crítico
El Neohumanismo literario es un
sistema de pensamiento crítico constituido por Jesús G. Maestro a partir de su
obra científica, ensayística y literaria, desarrollada principalmente en libros
como Crítica de la razón literaria
(2017-2025), Ensayo sobre el fracaso histórico de la democracia en el siglo
XXI (2024) y Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI (2025),
entre otras de sus publicaciones académicas.
Este movimiento crítico toma como punto de
partida y referencia tres hechos determinantes e incontenibles en la realidad
del siglo XXI: 1) la destrucción del Estado moderno, como modelo político
vigente desde finales del siglo XV, surgido en la Edad Moderna con el
Renacimiento español e italiano; 2) el fracaso de la democracia, como sistema
de gobierno nacido del idealismo totalitario característico de la Ilustración
anglosajona y europeísta; y 3) la desnaturalización de la vida humana a través
de la implantación irreversible de todo tipo de procesos de digitalización,
mecanización y programación artificial a los que hoy estamos sometidos, hasta
alcanzar estados incompatibles con la supervivencia misma de nuestra propia especie.
El Neohumanismo literario considera
que estos tres hechos, que han introducido e introducen cambios radicales e
insospechados en la experiencia social e individual, no se pueden detener, pero
sí reconducir y reorganizar de modo que la vida del ser humano pueda hacerse
compatible con ellos para bien de todos.
En este proceso de reorganización o
reconducción controlada de la destrucción del Estado, el fracaso de la
democracia y la desnaturalización de la vida humana, las soluciones que ha
proporcionado ―incluso históricamente― la filosofía, la religión y las
ideologías políticas, lejos de ayudarnos, resultan problemáticas,
inconvenientes e incluso nocivas. En muchos aspectos lo siguen siendo, no sólo
porque en lugar de haber evitado esta situación de destrucción política,
fracaso democrático y mecanización inhumana de la vida, la han hecho posible, sino
porque además de no resolverla la han justificado, en ocasiones
irracionalmente, en términos ideológicos, políticos y filosóficos.
Ante este desenlace, comparable al de un
callejón histórico y político sin salida, hay dos caminos y una realidad que
pueden ofrecer posibles soluciones. Los caminos son la ciencia y la literatura,
y la realidad ―con la que hay que pactar y hacerse compatible― es el mercado.
Desde siglos inmemoriales, mucho antes de
las más modernas y contemporáneas revoluciones políticas e ideológicas, las más
variopintas filosofías y religiones trataron de ofrecer al ser humano
diferentes modos de vida, alternativos y sucesivos en todas sus promesas, para
desembocar con el paso del tiempo en guerras igualmente cruentas o incluso más atroces
que aquellas que trataron de evitar.
Con la llegada de la Ilustración
dieciochesca, idealista y fabulosa, se prometió la secularización de la vida
humana, política y social, así como la superación ancestral de conflictos
religiosos, en nombre de una «razón ilustrada», ignorante de que los
precedentes Siglos de Oro españoles, capaces de elaborar un Quijote y
toda una literatura cuyo racionalismo no ha sido superado jamás, ya lo habían
conseguido de forma insólita y eficaz. El racionalismo barroco es superior al
idealismo de la Ilustración e incompatible con el concepto reformista,
mecanicista y nihilista de la anglosfera, bajo cuyos efectos destructivos
sobrevivimos hoy en las ruinas ilustradas del siglo XXI.
De hecho, la Ilustración no cumplió sus
promesas de paz perpetua, ni de justicia universal, ni de seguridad política ni
democracia global. La guerra sigue siendo una amenaza mortal y viva, la
desigualdad nunca ha sido tan intensa y tan injusta y la democracia jamás ha
estado tan desacreditada como en estos comienzos de siglo XXI, en que el ser
humano ha visto mermadas en menos de dos décadas la mayor parte de sus
libertades esenciales, algunas de las cuales costó siglos conseguir y
legitimar, entre ellas, la presunción de inocencia, el derecho a la vida en
todas las circunstancias y la defensa política y jurídica de la propiedad
privada.
Hoy llevamos siglos bajo el peso de ideologías
políticas que, en nombre de los más variados ideales ―desde la libertad y la
paz perpetua hasta la felicidad y la justicia universal― nos han prometido
utópica y también democráticamente de todo sin satisfacer ni cumplir realmente
nada. El resultado lo tenemos ante nosotros: Estados destruidos, democracias
fracasadas, vidas deshumanizadas.
En consecuencia, debido al desengaño
provocado por la intervención constante y fracasada de creencias religiosas
inoperantes, fantasmagorías filosóficas propias de adolescentes perpetuos y
totalitarismos ideológicos que no resuelven ningún problema, desde el
Neohumanismo literario se considera que la ciencia y la literatura ―es decir,
el conocimiento científico y las artes en general― son los principales recursos
en los que puede confiar el ser humano para preservarse como especie. Ciencia y
literatura que hoy, como siempre, se ven intervenidas por ideologías políticas,
creencias religiosas y totalitarismos filosóficos.
En este momento histórico, el Estado ha
dejado de ser un referente de gestión porque el mercado lo ha reemplazado, para
bien y para mal. Podemos estar de acuerdo o en desacuerdo con este hecho, pero
tal cosa es inútil, porque el hecho en sí es como tal innegable e irreversible.
El ser humano del siglo XXI debe pactar con el mercado y hacerse compatible con
él para sobrevivir. Y no puede hacerlo a cualquier precio. El ser humano del
siglo XXI sólo cuenta con dos apoyos: la ciencia y la literatura. Y un elemento
imprescindible: el comercio.
A partir del realismo de esta situación
histórica y presente, el Neohumanismo literario, como sistema de pensamiento
crítico, se basa en las siguientes ideas o premisas fundamentales.
El Neohumanismo literario
rechaza toda concepción de la vida humana fundada en utopías, dogmas,
mitologías políticas o promesas de redención histórica o metafísica. El punto de partida de
cualquier pensamiento destinado a orientar la vida humana ha de ser la realidad
efectivamente existente, no un mundo imaginario como algo por sí mismo deseable.
La supervivencia humana
exige reconocer los límites impuestos por la naturaleza, la historia, la
ciencia, la tecnología, la economía y las estructuras efectivas de poder. Toda
doctrina que ignore estos límites está condenada a sustituir el conocimiento por la ilusión y la política por
la ficción. El idealismo conduce al ser humano al fracaso, del mismo modo que
convierte en neoténicos a los adolescentes que no maduran ante la realidad y
sus exigencias.
Los avances científicos,
tecnológicos y económicos ofrecen posibilidades inéditas, pero también nuevas
formas de dependencia, desigualdad y sometimiento. El Neohumanismo literario no
identifica acríticamente el progreso con el bien ni la innovación con la mejora
de la vida humana: exige valorar sus consecuencias desde el conocimiento
racional de sus efectos. La libertad no crece ni se amplía por sí misma a lo
largo de la historia, simplemente se transforma en una libertad «diferente» y
con frecuencia también menor, que no siempre mejor.
Frente a las creencias, las
supersticiones y las ideologías, la ciencia proporciona conocimientos racionales
capaces de explicar y transformar la realidad objetiva de un mundo habitable.
Sin embargo, la ciencia no debe confundirse con una ideología ni convertirse en
una nueva religión secular: su función es conocer la realidad a fin de mejorar
las condiciones de la vida humana, no imponer dogmas sobre el destino de la
humanidad, negando su libertad o deshumanizando el curso mismo de la vida. La
ciencia nunca puede ni debe ser un instrumento de religiones, filosofías o
ideologías políticas, por más que cada una de estas tres formas de sutil y
sofisticada inquisición trate de legitimar diferentes modos de intervenir en la
actividad científica a lo largo de la geografía y de la historia.
La literatura no es un
simple entretenimiento, una ornamentación cultural ni una manifestación
subjetiva de sentimientos. La literatura es un sistema racional de ideas
imprescindible en la educación científica del individuo al que habilita para
abrirse camino en la vida a través de una experiencia clave: el desengaño. Las
grandes obras literarias constituyen construcciones racionales capaces de
representar, interpretar y confrontar las posibilidades, contradicciones y
límites de la vida en todas sus facetas y alternativas. Por ello, la literatura
constituye, junto con la ciencia, uno de los instrumentos fundamentales de
conocimiento de que dispone el ser humano, desde el momento en que la educación
ha de estar orientada al desengaño de cada persona ante sus adversidades y
enemigos vitales, y no al engaño sistemático de sociedades e individuos, tal
como ahora lo está. En este punto, el Neohumanismo literario considera que la
literatura de los Siglos de Oro españoles, como estadio más desarrollado de la
tradición literaria hispanogrecolatina, es la que constituye el código de
referencia desde el punto de vista de sus valores, pragmatismo y desengaño para
enfrentarse a la realidad humana de cualquier tiempo y lugar. Aquí es donde el Quijote de Cervantes se convierte en la obra clave del
pensamiento humano y literario universal y en referente por excelencia del
Neohumanismo literario.
Cuando la literatura queda
reducida a propaganda filosófica o religiosa, política o ideológica,
identitaria o moral, pierde su capacidad crítica y se convierte en instrumento gregario
de un tercer mundo semántico. El Neohumanismo literario defiende una literatura
capaz de enfrentarse racionalmente a cualquier creencia, doctrina o sistema imperativo
de valores dogmáticos, incluidos aquellos que pretendan utilizarla en su propio
beneficio, desde presupuestos filosóficos, religiosos o ideológicos.
El ser humano no puede
confiar su supervivencia a promesas de felicidad futura, justicia definitiva,
igualdad absoluta, paz perpetua o redención histórica o metafísica. Tales
promesas son histórica y políticamente falsas y han servido una y otra vez para
justificar formas de poder y de violencia que no cesan de reproducirse. El
pensamiento crítico debe reemplazar la esperanza utópica y la creencia
ideológica por el conocimiento de condiciones y posibilidades reales de
supervivencia, asegurando la libertad, la propiedad privada y el conocimiento
científico, literario y mercantil de la realidad en que vivimos.
No hay libertad allí donde
el individuo carece de los medios necesarios para ejercerla, como tampoco hay libertad
cuando una persona delega completamente su capacidad de decisión en estructuras
políticas, tecnológicas, económicas o ideológicas, por muy democráticas que
estas digan llamarse. La democracia no puede inhabilitar decisiones
individuales decisivas para los propios recursos humanos constituyentes e
integrantes de una sociedad política. La libertad ha de entenderse como una
capacidad real de actuación dentro de las condiciones objetivas y políticas que
determinan la vida humana. En este punto, la política es la organización de la
libertad, es decir, la administración del poder. La libertad no se delega y
ninguna democracia puede construirse sobre la premisa de esta delegación de
derechos y toma de decisiones. La libertad no puede ubicarse en la utopía de
cualesquiera imaginaciones idealistas, ni tampoco limitarse a la conciencia ni
apelar al sentimiento, sino que ha de ejercerse en el mundo real y político, material
y humano, sin tutelas electorales que pongan en manos de una minoría o casta disposiciones
y dictámenes que afectan a inmensas mayorías de individuos silenciados y
sumisos.
El mercado no constituye por
sí mismo un ideal político, moral o antropológico, y de ninguna manera puede ignorarse
bajo el idealismo, la seducción o el autoengaño de ficciones ideológicas,
utópicas, políticas, religiosas o filosóficas. En las sociedades contemporáneas
el comercio constituye una estructura fundamental de organización de la vida
humana. El Neohumanismo literario no propone ni la sumisión al mercado
totalitario ni su abolición imaginaria, sino el conocimiento y reconocimiento
de sus mecanismos, límites y consecuencias para hacer posible una relación
racional y eficaz con él. El Neohumanismo literario considera que todos cuantos
participamos en la compra o venta de bienes de consumo somos de hecho «amigos
del comercio», y que sus verdaderos y principales enemigos o adversarios son,
bien quienes lo prohíben o derogan, sea de forma efectiva o utópica, bien
quienes lo traicionan mediante la trampa o el incumplimiento de los contratos y
derechos mercantiles positivamente estipulados o acordados.
La progresiva pérdida de
soberanía y capacidad de gestión de los Estados, así como la disolución de
fronteras y la pérdida de acuñación de moneda, entre otras impotencias
políticas de los Estados actuales, obliga a abandonar la concepción del Estado
como instancia capaz de resolver por sí misma los problemas fundamentales del
siglo XXI. El Neohumanismo literario parte de la transformación histórica de
esta estructura política y busca formas de supervivencia humana compatibles con
un mundo en el que el Estado ha dejado de ocupar la posición central que
históricamente se le atribuyó. Con la destrucción del Estado fracasa también su
sistema político, esto es, la democracia como régimen de gobierno, lo que exige
buscar una forma alternativa de gestión jurídica y de organización política.
Ninguna forma de gobierno
puede quedar exenta de crítica por presentarse como democrática. En nombre de
la democracia no todo está justificado ni permitido. La democracia ha de juzgarse
por sus resultados efectivos, por las libertades que garantiza, por las
desigualdades que provoca o tolera y por su capacidad real para gobernar y
administrar coherentemente sociedades contemporáneas. Cuando una democracia
fracasa en estas funciones, el pensamiento crítico debe reconocer ese fracaso
sin someterse al dogma de una supuesta superioridad moral democrática y debe
tratar además de constituir un sistema político alternativo capaz de superar
las deficiencias, limitaciones y fracaso de una democracia posmoderna que, hija
y heredera de la Ilustración, es incapaz de cumplir sus declaradas promesas de
bienestar universal.
El ser humano no es la
cobaya de la ciencia. Digitalización, mecanización y programación artificial de
la vida no son fenómenos externos o ajenos al ser humano: transforman nuestro modo
de vida, trabajo, conocimiento, relación familiar y profesional, nuestras
formas genuinas y naturales de ser, decidir y sobrevivir. El Neohumanismo
literario rechaza tanto la tecnofobia irracional como la confianza ingenua en
la tecnología y los fundamentalismos científicos o filosóficos, y exige
determinar qué transformaciones tecnológicas favorecen la supervivencia humana
y cuáles pueden conducir a su deshumanización o incluso su exterminio como
especie.
El Neohumanismo literario no
propone regresar a un pasado idealizado ni recuperar estructuras históricas
definitivamente desaparecidas o incluso fracasadas. Ninguna meta futura está en
el presunto pasado de una Arcadia legendaria o de una utópica y fabulosa Edad
de Oro. El objetivo es afrontar las transformaciones irreversibles del presente
y desarrollar formas de vida capaces de coexistir con ellas sin destruir las
condiciones fundamentales de la existencia humana. Sabemos que la realidad
tritura a quien es incompatible con ella y por esa razón, precisamente, el
Neohumanismo literario tiene como divisas que el idealismo es una filosofía
incompatible con la realidad y que el ser humano que no vive en la experiencia
del desengaño vive en la ignorancia de la realidad.
Religiones, filosofías e
ideologías políticas han impuesto imperativamente conocimientos que han
generado dogmas, conflictos y formas de sometimiento enemigas de la libertad
humana. Con frecuencia han disputado y disputan entre sí por el monopolio de
una supuesta «verdad», encarnada en un principio universal, una divinidad
absoluta o un «Gran Hermano» al que cambian de nombre cuando se les ocurre o
les conviene (nous, ápeiron, Demiurgo, motor perpetuo,
Dios, sustancia pura, mónadas, noúmeno, Espíritu
absoluto, Volksgeist, Superhombre, inconsciente, Dasein,
etc.). El Neohumanismo literario no acepta ninguna de estas construcciones como
instancias últimas de explicación, solución o salvación de nada. Todas ellas
deben quedar sometidas a la crítica racional, histórica, científica y literaria
del ser humano. En la mayoría de los casos no son sino ficciones explicativas
incompatibles con la realidad. Desde su origen, religiones, filosofías e
ideologías políticas se han atribuido a sí mismas una superioridad y un poder,
un mando y unos derechos, sobre seres humanos y sociedades enteras, que distan
mucho de ser respetables e incluso tolerables, si nos atenemos a las cruentas consecuencias
a las que históricamente han dado lugar en la mayoría de los casos.
El principal instrumento de
supervivencia del ser humano no es una doctrina destinada, imperativa o
dogmáticamente, a proporcionarle respuestas definitivas o absolutas, sea en
nombre de lo políticamente correcto, sea en nombre de un fundamentalismo moral
o metafísico, científico o filosófico, sino una razón capaz de cuestionar día a
día aquellas doctrinas que se presentan e imponen como totalitarias o
indiscutibles. La ciencia aporta conocimiento ante la realidad, la literatura
permite conocer la complejidad de la experiencia humana a través de modelos de
ficción integrables en la realidad y compatibles con ella, y el pensamiento
crítico nos enseña y capacita a confrontar ambos conocimientos con las
estructuras efectivas de una sociedad política. La literatura es una lucha por
la libertad contra los enemigos de la razón y es, por ello mismo, una llave
maestra que abre racionalmente todas las puertas de la vida y de la realidad.
La única puerta que no abre la llave de la literatura es la que conduce a la
mazmorra de un mundo inhabitable. Toda literatura digna de este nombre se niega
a discurrir por semejante itinerario, del mismo modo que la realidad de la
ficción poética se niega a legitimar la mentira y el engaño.
Colofón
En consecuencia, el
Neohumanismo literario no propone una nueva utopía, una nueva creencia
religiosa o filosófica ni una nueva ideología política, ni mucho menos una
retórica de autoayuda, sino un sistema racional de ideas basado en
conocimientos científicos y literarios y nunca ignorante de las realidades del
mercado. Plantea y ofrece, en suma, una forma de pensamiento crítico destinado
a conocer la realidad, interpretar sus transformaciones y hacer posible la
supervivencia del ser humano dentro de un mundo que ya no puede reconstruirse
conforme a ideales políticos, religiosos y filosóficos del pasado. Nada de
cuanto se ha ido regresa jamás en su estado original. El fundamento del
Neohumanismo literario no es la promesa de un cosmos mejor, sino la necesidad
de comprender el mundo real a través de la ciencia, la literatura y la economía
para evitar que el ser humano resulte de este modo destruido por las mismas
fuerzas históricas, científicas, tecnológicas, financieras y políticas que él
mismo ha construido.
Tú decides.






